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Carta del Santo Padre Francisco al cardenal Kurt Koch, con motivo del 25 aniversario de la Encíclica «Ut Unum Sint».

Al querido hermano Cardenal KURT KOCH Presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Unidad de los Cristianos

Mañana se cumplen veinticinco años de la firma por parte de san Juan Pablo II de la Carta encíclica Ut unum sint. Con la mirada puesta en el horizonte del Jubileo de 2000, quería que la Iglesia, en su camino hacia el tercer milenio, tuviera en cuenta la oración insistente de su Maestro y Señor: “¡Que todos sean uno!” (cf. Jn 17,21). Por ello, escribió esa Encíclica que confirmó «de modo irreversible» (UUS, 3) el compromiso ecuménico de la Iglesia Católica. La publicó en la Solemnidad de la Ascensión del Señor, colocándola bajo el signo del Espíritu Santo, el artífice de la unidad en la diversidad, y en este mismo contexto litúrgico y espiritual la conmemoramos y proponemos al Pueblo de Dios. El Concilio Vaticano II reconoció que el movimiento para el restablecimiento de la unidad de todos los cristianos «ha surgido […] con ayuda de la gracia del Espíritu Santo» (Unitatis redintegratio, 1). También afirmó que el Espíritu, mientras «obra la distribución de gracias y servicios», es «el principio de la unidad de la Iglesia» (ibíd., 2). Y la Encíclica Ut unum sint reitera que «la legítima diversidad no se opone de ningún modo a la unidad de la Iglesia, sino que por el contrario aumenta su honor y contribuye no poco al cumplimiento de su misión» (n. 50). De hecho, «sólo el Espíritu Santo puede suscitar la diversidad, la multiplicidad y, al mismo tiempo, producir la unidad. […] Es él el que armoniza la Iglesia». Me viene a la mente aquella bella palabra de san Basilio, el Grande: Ipse harmonia est, él mismo es la armonía» (Homilía en la catedral católica del Espíritu Santo, Estambul, 29 noviembre 2014). 

En este aniversario, doy gracias al Señor por el camino que nos ha permitido recorrer como cristianos en busca de la comunión plena. Yo también comparto la sana impaciencia de aquellos que a veces piensan que podríamos y deberíamos esforzarnos más. Sin embargo, no debemos dejar de confiar y de agradecer: se han dado muchos pasos en estas décadas para sanar heridas seculares y milenarias; ha crecido el conocimiento y la estima mutua, favoreciendo la superación de prejuicios arraigados; se ha desarrollado el diálogo teológico y el de la caridad, así como diversas formas de colaboración en el diálogo de la vida, en el ámbito de la pastoral y cultural. En este momento, pienso en mis queridos Hermanos que presiden las diversas Iglesias y Comunidades Cristianas; y también en todos los hermanos y hermanas de todas las tradiciones cristianas que son nuestros compañeros de viaje. Al igual que los discípulos de Emaús, podemos sentir la presencia del Cristo resucitado que camina a nuestro lado y nos explica las Escrituras, y reconocerlo en la fracción del pan, en la espera de compartir juntos la mesa eucarística.

Renuevo mi agradecimiento a todos los que han trabajado y siguen haciéndolo en ese Dicasterio para mantener viva la conciencia de este objetivo irrenunciable dentro de la Iglesia. En particular, me complace acoger dos iniciativas recientes. La primera es un Vademécum ecuménico para obispos, que se publicará el próximo otoño como estímulo y guía para el ejercicio de sus responsabilidades ecuménicas. En efecto, el servicio de la unidad es un aspecto esencial de la misión del obispo, quien es «el principio fundamento perpetuo y visible de unidad» en su Iglesia particular (Lumen gentium, 23; cf. CIC 383§3; CCEO 902-908). La segunda iniciativa es la presentación de la revista Acta Œcumenica, que, en la renovación del Servicio de Información del Dicasterio, se propone como un subsidio para quienes trabajan para el servicio de la unidad.

En el camino hacia la comunión plena es importante recordar el trayecto recorrido, pero también se necesita escudriñar el horizonte con la encíclica Ut unum sint, preguntándose: «Quanta est nobis via?» (n. 77), “¿cuánto camino nos separa todavía?”. Algo es cierto, la unidad no es principalmente el resultado de nuestra acción, sino que es don del Espíritu Santo. Sin embargo, esta «no vendrá como un milagro al final: la unidad viene en el camino, la construye el Espíritu Santo en el camino» (Homilía en las vísperas, San Pablo extramuros, 25 enero 2014). Por lo tanto, invoquemos al Espíritu con confianza, para que guíe nuestros pasos y cada uno escuche con renovado vigor el llamado a trabajar por la causa ecuménica; que Él inspire nuevos gestos proféticos y fortalezca la caridad fraterna entre todos los discípulos de Cristo, «para que el mundo crea» (Jn 17,21) y se acreciente la alabanza al Padre que está en el Cielo.

Vaticano, 24 de mayo de 2020.

FRANCISCO

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La Fiesta de La Ascensión

La fiesta de la Ascensión nos pone en una fuerte tensión hacia el cielo, nuestra verdadera patria, y nos hace experimentar con mayor intensidad el deseo de la eternidad.

En la primera lectura tomada de los hechos de los Apóstoles 1,1-11, veíamos como Jesús que ha salido del Padre para venir a nosotros, regresa al Padre. Esto nos recuerda un poco la parábola del Hijo pródigo, con matices, claro está. Aquel que se fue y luego regresó. Y Jesús cuando regresa al Padre nos lleva a todos con él ¿Cómo? Dándonos el Espíritu Santo. «vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo». Este Espíritu que es Señor y dador de vida, es el que nos introduce en la vida nueva junto al Padre y el Hijo, nos hace partícipes de la divinidad y nos convierte en hijos.

Veíamos también, que el que ahora asciende es el que volverá de nuevo para cerrar la historia y manifestarse plenamente. En la Ascensión, hemos contemplado su gloria. La segunda lectura de Efesios 1,17-23, nos muestra que la Ascensión es como la rúbrica final del cumplimiento del plan de Dios en favor de los hombres. A partir de aquí,se pone en marcha la gran tarea de la evangelización, anunciando la extraordinaria grandeza del poder de Dios para nosotros los que creemos, según la fuerza poderosa que desplegó en Cristo. De este modo también la Iglesia que vive según los pasos del Señor, será también glorificada. Si bien experimenta la cruz, sabe que ésta no es su destino final.

El Evangelio de Mat 28, 16-20, nos muestra eso, que tras la Ascensión comienza la misión apostólica: el anuncio de Jesús como el único Señor. La Ascensión es la fiesta de la evangelización por todo el mundo y a todos los hombres, de todas las razas culturas y lenguas. Es también, el inicio de la perpetua presencia de Jesús que junto con la presencia del Espíritu hace posible y fecunda la tarea evangelizadora de la Iglesia Si nos fijamos bien, el Evangelista utiliza el verbo «estar» en presente (estoy) y no el futuro (estaré).

Es un presente de prolongación permanente, de continuidad. Jesús se va, pero no se desentiende de este mundo, sino que seguirá siendo siempre el compañero de camino de la humanidad hasta que lleguemos a esa su meta gloriosa. Mientras tanto le encontramos sobre todo en el pobre y en el que sufre. Ahora no le vemos glorioso, lo vemos en la humildad de las mediaciones humanas: cuando nos amamos, nos acogemos y cuando oramos unos por otros. Del mismo modo que cuando viene a nosotros no deja al Padre, cuando va al Padre no nos deja a nosotros.

Hermanas/os os pedimos oración por el eterno descanso del Hno. Esteban y de Juan, por la salud de Fabiola y por la fortaleza espiritual de Fernando, Raquel, Mario y Sonsoles.

Cada semana podéis poner vuestras intenciones en los comentarios para que podamos agregarlos aquí.

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Benedicto XVI en el primer centenario del nacimiento de San Juan Pablo II

El 18 de mayo, se cumplirán 100 años desde que el papa Juan Pablo II nació en la pequeña ciudad polaca de Wadowice.

Polonia, dividida durante más de 100 años por las tres grandes potencias vecinas – Prusia, Rusia y Austria –, había recuperado su independencia al final de la Primera Guerra Mundial. Fue una época llena de esperanza, pero también de dificultades, ya que la presión de las dos grandes potencias, Alemania y Rusia, siguió pesando sobre el Estado que se estaba reorganizando. En esta situación de angustia, pero sobre todo de esperanza, creció el joven Karol Wojtyla, que perdió muy pronto a su madre, a su hermano y, finalmente, a su padre, de quien había aprendido una piedad profunda y cálida. El joven Karol era particularmente apasionado de la literatura y el teatro, y después de estudiar para sus exámenes de secundaria, comenzó a dedicarse más a estas materias.“Para evitar la deportación, en el otoño de 1940, comenzó a trabajar en una cantera que pertenecía a la fábrica química de Solvay” (cf. Don y Misterio). “En Cracovia, había ingresado en secreto en el Seminario. Mientras trabajaba como obrero en una fábrica, comenzó a estudiar teología con viejos libros de texto, para poder ser ordenado sacerdote el 1 de noviembre de 1946” (cf. Ibid.). Por supuesto, no solo estudió teología en los libros, sino también a partir de la situación específica que pesaba sobre él y su país. Es una especie de característica de toda su vida y su trabajo. Estudia con libros, pero experimenta y sufre las cuestiones que están detrás del material impreso. Para él, como joven obispo – obispo auxiliar desde 1958, arzobispo de Cracovia desde 1964 – el Concilio Vaticano II se convirtió en una escuela para toda su vida y su trabajo. Las grandes preguntas que surgieron especialmente sobre el llamado Esquema 13 – luego Constitución Gaudium et Spes – fueron sus preguntas personales. Las respuestas desarrolladas en el Concilio le mostraron el camino a seguir para su trabajo como obispo y luego como Papa.

Cuando el cardenal Wojtyla fue elegido sucesor de San Pedro el 16 de octubre de 1978, la Iglesia estaba en una situación desesperada. Las deliberaciones del Concilio se presentaban al público como una disputa sobre la fe misma, lo que parecía privarla de su certeza indudable e inviolable. Un pastor bávaro, por ejemplo, comentando la situación, decía: «Al final, hemos acogido una fe falsa». Esta sensación de que no había nada seguro, de que todo estaba en cuestión, fue alimentada por la forma en que se implementó la reforma litúrgica. Al final, todo parecía factible en la liturgia. Pablo VI había cerrado el Concilio con energía y determinación, pero luego, una vez terminado, se vio confrontado con más asuntos, siempre más urgentes, lo que finalmente puso en tela de juicio a la Iglesia misma. Los sociólogos compararon la situación de la Iglesia en ese momento con la de la Unión Soviética bajo Gorbachov, cuando toda la poderosa estructura del Estado finalmente se derrumbó en un intento de reformarla.

Una tarea que superaba las fuerzas humanas esperaba al nuevo Papa. Sin embargo, desde el primer momento, Juan Pablo II despertó un nuevo entusiasmo por Cristo y su Iglesia. Primero lo hizo con el grito del sermón al comienzo de su pontificado: “¡No tengan miedo! ¡Abran, sí, abran de par en par las puertas a Cristo!” Este tono finalmente determinó todo su pontificado y lo convirtió en un renovado liberador de la Iglesia. Esto estaba condicionado por el hecho de que el nuevo Papa provenía de un país donde el Concilio había sido bien recibido: no el cuestionamiento de todo, sino más bien la alegre renovación de todo.

El Papa ha viajado por el mundo en 104 grandes viajes pastorales y proclamó el Evangelio en todas partes como una alegría, cumpliendo así su obligación de defender el bien, de defender a Cristo. En 14 encíclicas, volvió a exponer completamente la fe de la Iglesia y su doctrina humana. Inevitablemente, al hacerlo, provocó oposición en las iglesias del Occidente llenas de dudas.

Hoy, me parece importante enfatizar sobre todo el verdadero centro desde el cual debe leerse el mensaje de sus diferentes textos. Este centro vino a la atención de todos nosotros en el momento de su muerte. El Papa Juan Pablo II murió en las primeras horas de la nueva fiesta de la Divina Misericordia. Permítanme agregar primero un pequeño comentario personal que revela un aspecto importante del ser y el trabajo del Papa. Desde el principio, Juan Pablo II se sintió profundamente conmovido por el mensaje de Faustina Kowalska, una monja de Cracovia, que destacó la Divina Misericordia como un centro esencial de la fe cristiana y deseaba una celebración con este motivo. Después de todas las consultas, el Papa había escogido el domingo in albis. Sin embargo, antes de tomar la decisión final, le pidió a la Congregación de la Fe su opinión sobre la conveniencia de esta fecha. Dijimos que no porque pensamos que una fecha tan antigua y llena de contenido como la del domingo in albis no debería sobrecargarse con nuevas ideas. Ciertamente no fue fácil para el Santo Padre aceptar nuestro no. Pero lo hizo con toda humildad y aceptó el no de nuestro lado por segunda vez. Finalmente, hizo una propuesta dejando el histórico domingo in albis, pero incorporando la Divina Misericordia en su mensaje original. En otras ocasiones, de vez en cuando, me impresionó la humildad de este gran Papa, que renunció a las ideas de lo que deseaba porque no recibió la aprobación de los organismos oficiales que, según las reglas clásicas, había de consultar.

Mientras Juan Pablo II vivió sus últimos momentos en este mundo, la Fiesta de la Divina Misericordia acababa de comenzar tras la oración de las primeras vísperas. Esta celebración iluminó la hora de su muerte: la luz de la misericordia de Dios se presenta como un mensaje reconfortante sobre su muerte. En su último libro, Memoria e Identidad, publicado en la víspera de su muerte, el Papa resumió una vez más el mensaje de la Divina Misericordia. Señaló que la hermana Faustina murió antes de los horrores de la Segunda Guerra Mundial, pero que ya había dado la respuesta del Señor a este horror insoportable. Era como si Cristo quisiera decir a través de Faustina: “El mal no obtendrá la victoria final. El misterio pascual confirma que el bien prevalecerá, que la vida triunfará sobre la muerte y que el amor triunfará sobre el odio”.

A lo largo de su vida, el Papa buscó apropiarse subjetivamente del centro objetivo de la fe cristiana, que es la doctrina de la salvación, y ayudar a otros a apropiarse de ella. A través de Cristo resucitado, la misericordia de Dios es para cada individuo. Aunque este centro de la existencia cristiana solo nos lo da la fe, también es importante filosóficamente, porque si la misericordia de Dios no es un hecho, debemos encontrar nuestro camino en un mundo donde el poder último del bien contra el mal es incierto. Después de todo, más allá de este significado histórico objetivo, es esencial que todos sepan que, al final, la misericordia de Dios es más fuerte que nuestra debilidad. Además, en esta etapa actual, también se puede encontrar la unidad interior entre el mensaje de Juan Pablo II y las intenciones fundamentales del Papa Francisco: Juan Pablo II no es un rigorista moral, como algunos lo intentan dibujar en parte. Con la centralidad de la misericordia divina, nos da la oportunidad de aceptar el requerimiento moral del hombre, aunque nunca podemos cumplirlo por completo. Sin embargo, nuestros esfuerzos morales se hacen a la luz de la divina misericordia, que resulta ser una fuerza curativa para nuestra debilidad.

Cuando murió el Papa Juan Pablo II, la Plaza de San Pedro estaba llena de personas, especialmente jóvenes, que querían encontrarse con su Papa por última vez. No puedo olvidar el momento en que Mons. Sandri anunció el mensaje de la partida del Papa. Sobre todo, el momento en que la gran campana de San Pedro repicó, hizo que este mensaje resultara inolvidable. El día del funeral, había muchas pancartas diciendo “¡Santo subito!”. Eso fue un grito que, de todos lados, surgió a partir del encuentro con Juan Pablo II. No solo en la plaza, sino también en varios círculos intelectuales, se discutió la idea de darle el título de “Magno” a Juan Pablo II.

La palabra “santo” indica la esfera de Dios y la palabra “magno” la dimensión humana. Según el reglamento de la Iglesia, la santidad puede ser reconocida por dos criterios: las virtudes heroicas y el milagro. Los dos criterios están estrechamente vinculados. La expresión “virtud heroica” no significa una especie de hazaña olímpica; al contrario, en y a través de una persona se revela algo que no proviene de él, sino que se hace visible la obra de Dios en y a través de él. No es una competencia moral de la persona, sino renunciar a la propia grandeza. El punto es que una persona deja que Dios trabaje en ella, y así el trabajo y el poder de Dios se hacen visibles a través de ella.

Lo mismo se aplica a la prueba del milagro: aquí tampoco se trata de un evento sensacional sino de la revelación de la bondad de Dios que cura de una manera que va más allá de las meras posibilidades humanas. El santo es un hombre abierto a Dios e imbuido de Dios. El que se aleja de sí mismo y nos deja ver y reconocer a Dios es santo. Verificar esto legalmente, en la medida de lo posible, es el significado de los dos procesos de beatificación y canonización. En los casos de Juan Pablo II, ambos procesos se hicieron estrictamente de acuerdo a las reglas aplicables. Por lo tanto, ahora se nos presenta como el padre que nos deja ver la misericordia y la bondad de Dios.

Es más difícil definir correctamente el término “magno”. Durante los casi 2.000 años de historia del papado, el título “Magno” solo prevaleció para dos papas: León I (440-461) y Gregorio I (590-604). La palabra “magno” tiene una connotación política en ambos, en la medida en que algo del misterio de Dios mismo se hace visible a través de la actuación política. A través del diálogo, León Magno logró convencer a Atila, el Príncipe de los Hunos, para que perdonara a Roma, la ciudad de los príncipes de los apóstoles Pedro y Pablo. Desarmado, sin poder militar o político, sino por el solo poder de la convicción por su fe, logró convencer al temido tirano para que perdonara a Roma. El espíritu demostró ser más fuerte en la lucha entre espíritu y poder.

Aunque Gregorio I no tuvo un éxito tan espectacular, también logró proteger a Roma contra los lombardos, de nuevo al oponerse el espíritu al poder y alcanzar la victoria del espíritu. Si comparamos la historia de los dos Papas con la de Juan Pablo II, su similitud es evidente. Juan Pablo II tampoco tenía poder militar o político. Durante las deliberaciones sobre la forma futura de Europa y Alemania, en febrero de 1945, se observó que la opinión del Papa también debía tenerse en cuenta. Entonces Stalin preguntó: “¿Cuántas divisiones tiene el Papa?”. Es claro que el Papa no tiene divisiones a su disposición. Pero el poder de la fe resultó ser un poder que finalmente derrocó el sistema de poder soviético en 1989 y permitió un nuevo comienzo. Es indiscutible que la fe del Papa fue un elemento esencial en el derrumbe del poder comunista. Así que la grandeza evidente en León I y Gregorio I es ciertamente visible también en Juan Pablo II.

Dejamos abierto si el epíteto “magno” prevalecerá o no. Es cierto que el poder y la bondad de Dios se hicieron visibles para todos nosotros en Juan Pablo II. En un momento en que la Iglesia sufre una vez más la aflicción del mal, este es para nosotros un signo de esperanza y confianza.

Querido San Juan Pablo II, ¡ruega por nosotros!

Benedicto XVI

Ciudad del Vaticano, 4 de mayo del 2020

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Meditación

La Virgen de los desamparados

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Hermanas y hermanos:

La fiesta de la Virgen de la Desamparados, la celebraremos este año de pandemia, de una manera especial, unidos al Pastor de la Diócesis y por los medios de comunicación.

Para los que no sois de Valencia, Ntra Sra de los Desamparados, es una advocación muy arraigada en la historia del Pueblo Valenciano. Una advocación del pueblo y para el pueblo. La Devoción a la Virgen de los Desamparados, surgió en un contexto marcado por las epidemias, los enfrentamientos, la ignorancia y la pobreza. Muchos niños quedaban huérfanos y abandonados y muchos enajenados iban por las calles sin rumbo, siendo objeto de burlas y maltrato.

El P. Jofre Gilabert, religioso Mercedario y muy amigo de San Vicente Ferrer, pidió en un famoso sermón cuaresmal en la catedral, después de presenciar el abucheamiento de uno de estos enajenados, que esto se debía remediar y así es como se creó el hospital dels Inocents, Ignorats, folls e orats, que según la moderna psiquiatría se trataría de: olifgofrénicos, psicóticos y dementes. Es el primer hospital psiquiátrico del mundo. Más tarde se creó la Cofradía que tenía como objetivo asumir el costo del mantenimiento del hospital, y amparaba, ayudaba y servía a todos los desamparados, dementes, niños expósitos, es decir, abandonados al nacer, huérfanos, presos, acompañaba también a los reos de muerte y ayudaba a las doncellas pobres para que no cayeran en la prostitución.

Todo esto se fue fraguando en torno a María, que como nos dice la primera lectura del libro del Apocalipsis, es la que hace posible un mundo nuevo, donde ya no hay ni muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor y es la que nos muestra a Jesús, con quien ha comenzado este mundo nuevo y está ya entre nosotros hasta irnos transformando según él. El apóstol San Pablo, en la segunda lectura, nos da una serie de contenidos fundamentales para configurarnos según el hombre nuevo que es Cristo, que van desde lo más general, como «aborreced lo malo y apegaos a lo bueno, pasando por el amor mutuo y la oración asidua o continua, hasta llegar a lo más concreto: «contribuid en las necesidades del pueblo de Dios, practicad, la hospitalidad». Y es que este mundo nuevo, se va construyendo cada día, gesto a gesto, superación a superación, donación a donación.

El Evangelio nos recuerda, que María es la que está a los pies de la cruz del Hijo y es la que está como nos recuerda la Madre de Desamparados, a los pies de cada cruz. Esto son cosas que solo puede hacer una madre. Por eso como se nos dice: «desde aquella hora, el discípulo la recibió en su casa». Aquella hora, es esta hora y cada hora, nuestra hora.

En esta situación que nos toca vivir, marcada también por el dolor y la enfermedad, la pobreza y la muerte, María sigue estando a nuestro lado, mostrándonos que ese dolor, sufrimiento y muerte marcan el comienzo de la novedad, del mundo nuevo. A nosotros siempre nos costará entenderlo, por eso ella nos acompaña y consuela para que no perdamos la esperanza, para que nos mantengamos en la fe y nada ni nadie nos prive del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús en el trabajo por esa novedad.

Que también nosotros, como el discípulo amado la acojamos en nuestra casa, en nuestra vida, en nuestra realidad, en nuestro aquí y ahora. Ella no es solo un objeto de devoción, sino alguien que nos quiere, nos cuida y acompaña. Es la que vela por nosotros en la dificultad. Por eso hoy de manera especial resuena en nosotros aquella famosa frase que según la tradición, dijo al indio Juan Diego: ¿acaso no soy tu madre?

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