13º Domingo del T.O. Ciclo C

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A lo largo de una serie de domingos, vamos a acompañar a Jesús en su viaje a Jerusalén.

San Lucas, ha dado a la parte central de su Evangelio esta forma narrativa de viaje. De este modo, pone de manifiesto que la vida del cristiano es una peregrinación hacia la patria, algo que está muy presente en otros escritos del Nuevo Testamento.

La primera lectura, es del libro 1º de los Reyes, 19, 16b. 19-21 y pertenece al llamado ciclo de Eliseo, el cual es llamado por Elías para la misión profética, lo que supone un cambio de vida radical y un ponerse en camino en despojo y libertad, para ejercer la propia misión. A la llamada, Eliseo responde inmediatamente con un gesto de entrega: da a los suyos todo lo que tiene y todo lo que es, mostrando así una libertad suprema.

En la segunda lectura de Gálatas 4,31b-5,1.13-18 San Pablo, nos invita también a recorrer un camino de libertad, libertad que curiosamente se da en la medida en que nos dejamos atrapar o nos sometemos a la caridad de Cristo, de manera, que vivir en la libertad, es lo mismo que vivir como Cristo vivió, es decir, estar dispuestos como él a dar la vida por los demás. Ser libre como Cristo es amar como Cristo y ello es posible, en la medida en que también nosotros nos sabemos como él, amados por el Padre, pues Dios es amor y quien vive en el amor, vive en Dios. Así es como dirá Pablo, que Cristo nos ha liberado de la ley, lo que equivale a ser liberado del apetito desordenado de poner nuestro propio yo en el centro de la existencia y pasar así a una nueva situación en lo que cuenta de verdad es la caridad que nos libera de las estrecheces de nuestro egoísmo dándonos así la felicidad.

Pero bien sabemos, que podemos entender la libertad justo, al contrario, como afirmación de nuestro propio yo, por ello hemos de estar atentos a lo que nos dice el apóstol: «no toméis la libertad como pretexto para vuestros apetitos desordenados; antes bien, haceos esclavos los unos de los otros por amor». Seamos pues libres, mediante la renuncia voluntaria y continua a vivir encerrados en nuestro yo.

El Evangelio es de Lucas 9,51-62 en él se nos muestra a Jesus que de forma decidida y en obediencia al Padre, se encamina hacia Jerusalén. La suya, es una decisión irrevocable fruto del amor. Envía por delante a sus discípulos, a fin de que preparen el corazón de los hombres, para la escucha de la Palabra. El punto de partida de su camino es un pueblo de Samaría. La relación entre judíos y samaritanos nunca fue buena y la animosidad y el odio entre ellos era grande. Pero Jesús, al comenzar el camino, advierte a los suyos que hay que alejar todo deseo de venganza, odio, persecución y toda su enseñanza consistirá en descubrirles que el reino tiene fuerza por sí mismo y sin necesidad de recurrir a la violencia o al poder, sino que más bien, el poder de Dios se manifiesta en el establecimiento del Reino por medio de la cruz y resurrección. Pero hoy como ayer, seguimos sintiendo la tentación del recurso a otros medios.

Jesús, se muestra también clarísimo en que no se puede anteponer nada a su amor, así hemos de entender: «deja que los muertos entierren a sus muertos». De este modo, el discípulo puede tener un corazón libre, capaz de hacer suyos los sentimientos del Maestro, y poder así entregarse por completo a la voluntad del Padre y a la construcción de su Reino.

El seguimiento de Cristo provoca una ruptura con lo anterior, sin que ello suponga desentenderse del mundo, sino un entenderlo desde Él mismo y desde su estilo de vida.

Lo que Jesus ofrece al que le sigue es: un sentido para toda la vida y una clave interpretativa de toda la existencia.       

Fiesta del Corpus Christi

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El día de Corpus Christi, nos centramos en la Eucaristía y afirmamos que es el centro de nuestra vida cristiana ¿Qué quiere decir esto?

En primer lugar, que la Eucaristía salva nuestro pasado, pues nos une a un hombre que pasó por en medio de la gente y anunció con obras y palabras la presencia de Dios en su tiempo y en todo tiempo. El pan y el vino consagrado nos hablan de una historia diferente, salvífica, que arranca del corazón de Dios, en la Trinidad de las personas divinas, de su amor.

Este pan y este vino consagrado no solo afectan a nuestro pasado, sino también a nuestro presente, puesto que en él vemos un amor que nos sostiene y que da fundamento a nuestra vida, haciendo posible el encuentro real con el Dios que es fuente de vida y de bendición en medio de nuestro vivir, esto es, de nuestro pan y vino cotidiano.

Este pan y este vino consagrado, es también pan del futuro, de manera que nuestro vivir cotidiano, ya no es algo que transcurre con angustia entre un nacimiento y una muerte; nuestra historia, ya no encuentra un cielo cerrado encima de ella.

El pan y vino consagrado aparece, así como el signo de una historia apasionante, que renueva, transforma y da sentido a nuestra propia historia, abriéndola a un futuro nuevo y esperanzador.

La primera lectura, de Génesis 14,18-20, nos habla del encuentro de Abrahán con Melquisedec, que le ofrece pan y vino, signos del culto y del alimento básico. Junto a ellos, las palabras de bendición a Dios y a Abrahán. La bendición dirigida a Dios es el reconocimiento de su grandeza y bondad, y la dirigida a Abrahán es la consolidación de la que recibió en el momento de la vocación. Todo ello nos habla de la Eucaristía, en cuanto que signo de la bendición de Dios hacia nosotros por medio de Jesucristo y de la acción de gracias que nosotros le tributamos a él por su presencia real entre nosotros.

La segunda lectura, de 1ª Corintios, 11,23-26 nos recuerda aquello que Jesús prometió a los discípulos antes de ascender al cielo: «sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Mientras aguardamos su retorno, esa espera está poblada por su compañía permanente. Y esto es lo que anunciamos cada vez que celebramos la Eucaristía: que la presencia en el pan y vino consagrado es Cristo mismo transformado y presencializado en el pan y el vino. Esto es algo que, perteneciendo al pasado, y que forma parte de una tradición recibida, da sentido al presente, abriéndolo a un futuro de plenitud felicidad y amor. Los que participamos de un mismo pan tenemos un mismo destino, convirtiéndonos así, en pan de vida y de esperanza para los demás.

El Evangelio, es de Lucas 9,11b-17 y nos muestra la multiplicación de los panes y de los peces. Un milagro que para muchos es anticipo de la Eucaristía, pues los gestos de Jesús sobre el pan evocan los de la última cena y, por otra parte, Lucas reconoce que la celebración del banquete fraterno empuja a compartir los bienes materiales del mismo modo que se comparten los espirituales, de manera que hoy como ayer, estamos llamados a seguir realizando signos convincentes de la fe que proclamamos. Es entonces, cuando el milagro se convierte en prueba de nuestra fe y en signo del mundo nuevo al que Dios nos llama por medio de Jesucristo, cuyo Santo Nombre invocamos continuamente.

La Santísima Trinidad, Ciclo C

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La fiesta de la Santísima Trinidad, se celebra el domingo siguiente a Pentecostés y nos invita a contemplar el misterio de Dios.

La primera lectura es del libro de los Proverbios 8,22,31. Es una reflexión sobre la Sabiduría.

Sabio, es aquel que consigue ver la verdadera ley de la vida, aquel que reconoce en el mundo una sabiduría que es anterior a él. Pero poco a poco la reflexión fue evolucionando hacia su personificación en la figura de una muchacha que acompaña al Señor en su obra creadora y que se divierte con el mundo y con la humanidad.

La sabiduría es por tanto, la Palabra que hace existir la Historia, y que se suele interpretar como figura o tipo del Verbo de Dios. La sabiduría si bien aquí no se identifica con Dios, forma parte de su entorno relacional, presentándonos a Dios en relación y con un rostro femenino y en interacción con su criatura.

La sabiduría, aparece así como un intermediario o puente entre Dios y los hombres. El Nuevo Testamento, atribuye a Jesucristo este papel mediador y así la carta a los Hebreos, nos dirá que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres. La reflexión en torno a esta Sabiduría, nos permite comprobar que entre Dios y el hombre existe una suerte de relación, y que es en esa relación sobre la que se funda el sentido tanto de la vida como de la historia.

La segunda lectura, es de Romanos 5,1-5, Pablo nos recuerda que estamos llamados a participar de la gloria de Dios, de su misterio, de manera que todo contribuye a ello. El Espíritu, es el hacedor de esta gran obra, permitiendo que todo alcance su sentido y su plenitud en Dios. El que cree y espera en Dios, sabe que su amor, derramado en nosotros por medio de su Espíritu, es el que da un sentido nuevo a todas las cosas, pues todo es para la gloria de Dios.

Este amor de Dios que se derrama en nuestros corazones, nos ha dado, la libertad con respecto a la ley y al pecado, abriéndonos a la esperanza, de forma que amparados en este amor, podemos perseverar enmedio de las tribulaciones y sufrimientos de esta vida, uniéndonos así a Cristo, vencedor del pecado y de la muerte.

La vida en el Espíritu es por tanto, la fuente de donde brota la vida cristiana, pues el Espíritu, es el que da testimonio continuamente de que somos hijos del Padre por la muerte y resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios.

El Evangelio es de San Juan 16,12-15 y nos recuerda la necesidad de vivir en la verdad y en la bondad de la verdadera Historia, que no es sino Cristo Jesús, cosa que el Espíritu, nos permite y ayuda a comprender y asimilar, fundamentalmente su muerte y resurrección, que son el verdadero comienzo de la nueva historia, el nuevo mundo y de la nueva humanidad.

En este contexto, lo importante es mantener viva la comunión que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, tanto en nosotros como en el pueblo de Dios, que es la Iglesia.

Nuestra llamada a la comunión con Dios y con quienes nos acompañan en nuestro caminar, lejos de ser un peso, nos permite alcanzar la verdadera libertad y felicidad y por ello es: «la otra historia».

Ciertamente, hablar de Dios no es fácil, pues es hablar de esa otra historia, que se construye sobre la caridad, y la comprensión, unidas por un mismo amor.

Pentecostés, Ciclo C

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Con Pentecostés llegamos a la plena realización de la obra salvadora, al comienzo de la Evangelización y a la espera del retorno del Señor.

Lo que para el judaísmo era el don de la ley, se convierte ahora en el cumplimiento de la promesa.

La primera lectura de los Hechos de los apóstoles 2,1-11, narrados por San Lucas, pone de manifiesto cómo los discípulos reciben el Espíritu estando juntos y en oración. Este es el clima apropiado para recibir el Espíritu y cómo renovar su presencia, pues es el que hace posible la comunión, con Dios y con los demás.

Los signos que le acompañan como el viento, el fuego y las diferentes lenguas, son signos del poder soberano de Dios y principio de vida para todo viviente sea de la nación y lengua que sea. El hace nuevas todas las cosas comenzando por los mismos discípulos, que ahora son capaces de intuir, seguir y atestiguar los caminos de Dios y guiar a todos hacia la comunión con él, en Jesucristo, crucificado y resucitado por todos.

La segunda lectura, es de 1ª Cor. 12,13b-7.12-13. En ella Pablo indica a los cristianos de Corinto que el Espírítu es el que hace posible la comunión en la diversidad, de manera que tanto la diversidad como la comunidad son su obra. No podemos extrañarnos de lo uno ni de lo otro. Como tampoco puede extrañarnos el fin de todo ello, que no es otra cosa que la unidad, esto es el bien común, o dicho de otro modo, la edificación del cuerpo que es la Iglesia, formado no ya por los que tienen una misma sangre o pertenecen a una misma raza, sino por todos los que pertenecen a Cristo por el bautismo, que es el signo de la comunión, pues nos regenera y nos hermana a todos haciendo posible que podamos renacer a una vida nueva en la que el mayor carisma y el que los engloba a todos, es la caridad.

El Apostol, nos recuerda, que todo esto se resume en algo tan decisivo como es reconocer que Jesús es el Señor. Lo cual, no es solo una invocación realizada en la oración sino, la expresión del testimonio que se lleva a cabo en todo momento y de manera especial en la persecución. Tanto en la confesión como en el testimonio, el Espíritu es el gran protagonista y sin él no es posible ni lo uno ni lo otro.

El Evangelio es de Juan 20, 19-23. Jesús, en él, es el que entrega el Espíritu tanto en la cruz como en la resurrección y con él su fruto que es la paz, es decir, la reconciliación, el perdón de los pecados.

El pecado, que rompe la comunión con Dios y con los demás dando lugar a la guerra, ha sido vencido por Cristo y esa victoria se actualiza en el sacramento del perdón. La nueva creación es pues re-creación, es decir, un recordar al hombre su condición originaria de comunión con Dios y con los demás, llevándola hacia su plenitud. Así se pone de manifiesto que el pecado no pertenece al plan de Dios sobre el hombre, y que Jesús no tenga pecado, aun cuando fuera en todo semejante a nosotros en todo. Luego, podemos afirmar con rotundidad que el pecado no es humano.

En la formula de la absolución, se nos dice que: «el Espíritu fue derramado para la remisión de los pecados. La reconciliación, que es obra de la muerte y resurrección de Jesús y que se actualiza por el Espíritu Santo y los Apóstoles, pone de manifiesto cuál fue el proyecto original de Dios y cómo por medio del arrepentimiento, se nos da el Espíritu Santo.

Hermanas y hermanos, hemos sido llamados a formar un solo cuerpo, cada cual con sus propios dones, con sus propios carismas, con su propio rostro de santidad. El amor de Dios que se derrama en nosotros por medio del Espíritu, es el ceñidor de la unidad y el dador de la paz.

Vivir en el Espíritu es la meta de la vida cristiana, lo que equivale a tener paz en nuestro corazón, a ser instrumentos de paz y testigos de esperanza.

Para los que quieren hacer suyo el modelo de las bienaventuranzas, el Espíritu es luz, caridad, mansedumbre, y piedad enmedio de las tinieblas y de la ignorancia en esta vida.

¡Ven Espíritu Santo, ven!

Domingo de la Ascensión, Ciclo C

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La Ascensión, forma parte del núcleo del mensaje cristiano, esto es, la afirmación de que Cristo está sentado y glorificado a la derecha del Padre, pero la realidad de la Ascensión está presente en todos los escritos del Nuevo Testamento. El mensaje que nos da es que el que asciende volverá de nuevo para cerrar la historia y manifestarse plenamente. En la Ascensión celebramos, la plena glorificación de Jesús y el anuncio de su vuelta gloriosa para consumar la salvación.

La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 1,1-11, se trata de un resumen que contiene preciosas indicaciones. La primera y fundamental es que él está vivo. Tras cuarenta días, número que significa madurez, en los que Jesús se ha aparecido a los apóstoles, éstos, están capacitados, para ser testigos del resucitado y acoger el plan de Dios, que sobrepasa los límites y expectativas mesiánicas de Israel, por lo que deben estar disponibles al Espíritu prometido por el Padre, para encarnarlo en la historia. Como hizo en otro tiempo Abrahán, también los apóstoles deben salir de su tierra, de su seguridad, de sus expectativas y llevar el Evangelio a tierras lejanas, sin tener miedo a las persecuciones, fatigas, rechazos.

La segunda lectura es de Hebreos 9, 24-28; 10,19-23. En ella aparece Cristo en su función sacerdotal, infinitamente superior a la institución de la Antigua Alianza, pues él no entró en el santuario, como hacía una vez al año el sumo sacerdote para expiar los pecados del pueblo con la sangre de las víctimas sacrificadas, sino que penetró nada menos que en los cielos, en la trascendencia de Dios, para interceder en favor de todos, tras haber ofrecido de una vez por todas, el sacrificio de sí mismo. Una ofrenda cuyo valor infinito puede rescatarnos del pecado y de la muerte.

Por él, estamos llamados a acercarnos al Padre con un corazón puro, purificado por el bautismo y sus exigencias.

Cristo, ascendido a la diestra del Padre reina desde ahora. Él es la cabeza de toda la creación y en particular de la Iglesia, con la que forma una unidad indisoluble.

El Evangelio es de Lucas 24, 46-53. Este relato de la ascensión, de Lucas, que tiene muchos rasgos en común con el de los Hechos de los Apóstoles, pero también tiene acentos diferentes. El acontecimiento aparece narrado inmediatamente a continuación de la Pascua, significando que se trata de un único misterio: la victoria de Cristo sobre la muerte coincide con su exaltación a la gloria por obra del Padre y todo ello forma parte del designio de Dios, que ahora se extiende a los discípulos, llamados a dar testimonio de él.

Jerusalén, punto de llegada de la misión de Jesús, es ahora el punto de partida de la misión de los apóstoles. En Jerusalén, deberán también esperar el don del Espíritu.

El tiempo de Cristo acaba con la esperanza del Espíritu, que es también el tiempo de la Iglesia, que se alegra por el triunfo de su Rey, de su Cabeza, de su Señor y se siente llamada a la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, guiada por el Espíritu, y recordándonos que Jesús glorificado sigue en medio de nosotros hasta el fin del mundo.

6º Domingo de Pascua Ciclo C

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6º Domingo de Pascua Ciclo C

Los cristianos no judíos de Antioquía, bien pronto tuvieron que hacer frente a ciertas dificultades como, si tenían que guardar o no las tradiciones de los judíos, siendo que no eran judíos.

En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles 15,1-2.22-29, los Apóstoles reunidos en Jerusalén, decidieron algo importante para la marcha de la Iglesia y abrieron así, un punto de inflexión con respecto al judaísmo. Si para ser judío era imprescindible guardar la ley y las tradiciones judías, el cristiano, en cambio, es el que vive de la fe en Jesucristo y desde esta fe, experimenta la necesidad de la conversión y de dar muerte al pecado, para así acoger la presencia de Dios en él. Si hay que mantener algunas normas será para que pueda darse la comunión y evitar la división, pues estaba en peligro la unidad de la Iglesia. De este modo, lo que se pone de manifiesto es la libertad evangélica; algo que sin duda marcará toda la historia eclesial posterior.

El desafío entonces y ahora es el mismo; vivir en fidelidad a Jesucristo, lo que se traduce en una comunión que es la que hace creíble y posible la evangelización.

El Espíritu Santo junto a los apóstoles tanto entonces como ahora, es el que hace posible la fidelidad a las enseñanzas de Jesús, actualizando en cada momento su mensaje; garantizando esa fidelidad y adaptándola a las necesidades de cada época.

La segunda lectura es del libro del Apocalipsis 21,10-14.22-23, que nos viene acompañando durante toda la pascua y que nos habla en clave simbólica. Hoy llegamos a la conclusión, con la visión de la Jerusalén celeste, en contraste con Babilonia, la ciudad símbolo del mal.

De la Jerusalén que baja del cielo, se nos dice que esta amurallada, pero con tres puertas a cada uno de los lados que se corresponden con los puntos cardinales, por los que entran gentes de todos los pueblos de la tierra, dando lugar así al único pueblo de Dios, en el que los Apóstoles, como testigos de la resurrección, son sus fundamentos. La novedad está en que ahora el templo ya no es un lugar, sino una realidad nueva, que es la comunión con Dios y con el Cordero, cuya presencia resucitada es la luz que lo envuelve todo.

Como ocurrió en Jesús ocurrirá en su Iglesia: el camino de la pasión conduce a la gloria de manera segura y firme y es su presencia gozosa enmedio de los que se reúnen en su nombre, lo que celebramos y lo que aguardamos en plenitud.

El Evangelio es de Juan 14,23-29. En él, Jesús consuela a sus discípulos ante su partida, prometíéndoles una presencia continua y constante en aquellos que guardan sus palabras. Esta nueva manera de estar con nosotros, consiste en ser capaces de acoger a Dios en nuestro interior, de manera que por el Espíritu, Cristo sea para nosotros, vivo y actual. Y su palabra, una palabra viva dirigida al corazón de cada uno de nosotros. El Espíritu que se nos da es pues el gran hacedor de esta novedad, haciendo presente hoy en cada momento la salvación y el amor de Dios, que es presencia viva, realizada, por medio de Jesucristo muerto y resucitado; que nos recuerda el amor que Jesús nos tiene y la necesidad de amarnos unos a otros con ese mismo amor.

Así, como ocurrió en el Concilio de Jerusalén, el resultado de todo ello es la paz , pero no una paz como la paz que da el mundo, sino nueva, porque esa paz es él mismo en nosotros, una paz que nadie nos podrá quitar, una paz que nos permite amar, esperar, orar, actuar.

“Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo”. El destino de Jesús es también nuestro destino. Alegrarnos de su destino es alegrarnos del nuestro. Compartir la misión y el destino de Cristo es para nosotros, fuente de alegría y de gozo, pero de ahí también, la necesidad de un paráclito, un defensor y padre de los pobres, que nos invita a acogernos y a recordar la palabra de Jesús, que nos ilumina y nos muestra el camino de la verdadera paz.

5º Domingo de Pascua, ciclo C

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Jesús muerto y resucitado nos muestra un camino nuevo, el del hombre glorificado a través de la muerte en cruz.

La primera lectura es de los hechos de los apóstoles, 14, 20b-26, y nos coloca junto Pablo, que acompañado de Bernabé se presenta en Jerusalén, como el que ha pasado de ser perseguidor a anunciador del Evangelio. Esto no fue fácil de asimilar ni por parte de los cristianos ni por parte de los judíos, pero Jesús resucitado es el que acompaña el camino de su Iglesia y este camino está hecho de cruz y de gloria. Un solo camino con dos etapas sucesivas y a la vez entretejidas.

Esta es la base de la evangelización en la que Cristo resucitado abre caminos y acompaña esta tarea con la presencia del Espíritu. La misión apostólica, así como la responsabilidad eclesial, son, en efecto, tareas que el Señor mismo confía a algunos, pero de las que debe hacerse cargo toda la comunidad, sosteniéndolos con la oración y el sacrificio personal.

La segunda lectura es de Apocalipsis 21,1-5, Se nos muestra la plenitud humana de Cristo resucitado, que hace posible un mundo nuevo. Si bien los profetas habían vaticinado ya unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65,17) y habían presentado a Jerusalén como esposa de Dios (Is 62) el horizonte era temporal con referencia a la restauración material de la ciudad mediante la intervención de Dios. Juan ve descender ahora, un cielo nuevo y una tierra nueva, que será la morada de Dios con los hombres. Se trata de un nuevo y último paso en la revelación: el del hombre que está con Dios. Una vez destruido el mal, aparece un nuevo pueblo que pertenece totalmente al Señor y el Señor está eternamente con ese pueblo. Esta es la nueva realidad que ya hemos empezado a degustar, pero que se nos dará plenamente, gracias a que el Cordero degollado ha resucitado, ha entrado en su gloria y nos ha enviado el Espíritu que nos lo enseña y nos lo interpreta todo.

El Evangelio es de Juan 13,31-33a.34-35, pertenece al discurso de despedida, donde Jesús explica a los discípulos que la gloria de Dios no se vincula al fácil éxito mundano ,sino más bien al triunfo del bien, que para nacer debe pasar a través de la gran tribulación. La cruz, es así el seno materno de la vida verdadera, que consiste en una vida de comunión con Cristo y cuyo resultado es el de la comunión con los hermanos. Toda la Evangelización está destinada a conseguir que el hombre viva en comunión con Jesús y que en esa comunión encuentre el sentido a su vida.

El mandamiento nuevo se inscribe así en la perspectiva nueva del amor de Cristo por nosotros. El lo ha vivido primero y así es como nos lo enseña y muestra como mandamiento. Es el camino del que ha sido glorificado a través de la muerte en la cruz. Un camino nuevo, que comienza con nuestro morir a toda clase de orgullo y de egoísmo, para pasar de la decadencia del pecado a la plenitud de la vida nueva. Es la señal de que vivimos con él y en él.

El mandamiento nuevo no es así un yugo pesado, sino comunión personal con Dios, que quiere permanecer presente entre los suyos como amor, como caridad.

4º Domingo de Pascua, Ciclo C

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Decía Clemente de Alejandría que: «nosotros, que estamos enfermos, tenemos necesidad de salvador; perdidos, tenemos necesidad de guía; ciegos, necesitamos que nos lleve a la luz; sedientos, tenemos necesidad de la fuente de la vida; de la que quien bebe no vuelve a tener sed; muertos, tenemos necesidad de la vida, ovejas, del pastor; niños del pedagogo; en suma, toda nuestra naturaleza humana tiene necesidad de Jesús».

De esta necesidad brota la evangelización.

En la primera lectura de Hech 13,14. 43-52, hemos escuchado que Pablo y Bernabé se ponen en camino y emprenden el primer viaje misionero, el anuncio de la buena nueva comenzando por los judíos, pero, su rechazo, hace que se dirijan a los gentiles de manera que el plan de Dios no admite fronteras y su salvación es para todo el mundo. Cristo, es luz destinada a iluminar a todas las naciones y ha de ser llevado a todas partes por los predicadores del Evangelio. Acoger el Evangelio es acoger la alegría de la vida eterna y rechazarlo es quedar encerrado en unos estrechos horizontes, que no nos permiten estar abiertos a la novedad del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús muerto y resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

La segunda lectura de Apocalipsis 7,9.14-17, nos habla de un gran número de señalados, de las 12 tribus, que en realidad significa que todo el pueblo de Israel es invitado a participar del triunfo y de la gloria del Mesías, pero aquí se nos habla de una inmensa muchedumbre que nadie podía contar, lo que significa que Dios tiene un proyecto universal y amplio, ahora bien, como nos dice Jesús, es necesario vigilar y orar para no caer en la tentación de la apostasía, del abandono, de la renuncia, a seguir adelante el camino del Evangelio y asumido por todos en el bautismo. Así, vemos que el nuevo Éxodo, que había profetizado Isaías 49,10,: …«no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua», se ha cumplido en Jesucristo, que venido en carne, es el pastor de los redimidos para siempre y el que los conduce a la intimidad con el Padre, a la vida sin ocaso.

El Evangelio es de Jn 10, 27-3, en él, Jesús utiliza la imagen del buen pastor para indicar a la judíos quien es él. Pero presentarse como tal, equivale a presentarse como Mesías. El es pues,el buen pastor, que conoce y ama a sus ovejas y, por consiguiente, espera encontrar en las ovejas escucha, obediencia y seguimiento confiado. Jesús nos ofrece una salvación que es la posesión de la vida eterna, esto es la intimidad con el Padre, que es la alegría infinita. Esta vida, que es eterna comienza ya aquí, pues seguir al buen pastor y escuchar su palabra, es pasar de la muerte a la vida.

Jesucristo muerto y resucitado es en definitiva, el que que crea la comunión con el Padre y entre nosotros. La Eucaristía es signo de esa comunión que aunque en nosotros es todavía imperfecta, aspira a ser plena. El sigue actualizando su misión de buen pastor a través de sus pastores. Es por tanto necesario que los pastores traten de asemejarse al buen pastor de manera que todos puedan creer y tengan acceso a la salvación.

Es puro don el que en medio de todo lo que es pasajero, podamos reconocer la voz del buen pastor como la única que sabe dar palabras de vida eterna.

3º Domingo de Pascua Ciclo C

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En la primera lectura de Hechos 5,27b-32.40b-41, se nos muestra el comienzo de la persecución para los que siguen a Jesús y ello les permite dar testimonio: «Dios lo ha exaltado a su derecha como príncipe y salvador, para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados. Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto».

Es necesario dejar todo esto, bien claro, pues ya no hay vuelta atrás y por la resurrección, «Dios lo ha constituido en Príncipe», esto es, el que conduce a la vida y «Salvador», un título que el Antiguo Testamento lo reserva única y exclusivamente para Dios, por lo que el conflicto está servido, pues este es a quien «vosotros colgasteis de un madero», y una vez resucitado es el Señor. Y este conflicto es el que atraviesa la historia de ahora y de siempre, pues si Cristo resucitado es el Señor ya no hay otro. Los poderes de este mundo sean los que sean, se revelan ante esta situación y mientras, los apóstoles que continúan con la predicacion enmedio de esta situación, se presentan ante el pueblo y ante el mundo como testigos del Señor.

La segunda lectura, es de apocalipsis 5,11-14 y en ella aparece la alabanza del cordero. En Hebreo, una misma palabra: Talja, designa tanto «siervo» como «cordero», luego Cristo es el verdadero Cordero pascual y Siervo de Yaweh. El himno de alabanza, se inicia en el cielo, desciende sobre la tierra y vuelve a subir al cielo para concluir en el Amen de los cuatro vivientes, que simbolizan todas las realidades creadas. Cielo y tierra se encuentran, de este modo, unidos en un movimiento circular, mientras que Dios libérrimo en la oferta y en los medios, espera del hombre una respuesta adecuada bien sea que camine por la luz natural y la rectitud de su conciencia o por la luz del Evangelio. El misterio de la salvación, unido al misterio de la libertad humana, hace que libertad del hombre y la salvación de Dios vayan juntas y no se puedan separar.

El Evangelio es de Juan 21,1-19. Nos muestra ese momento de incertidumbre que viven los discípulos cuando Jesús resucitado desaparece de sus ojos. Lo que parece imponerse es volver a la vida de antes iluminada por la enseñanza de Jesús al que reconocen vivo y al que encuentran en el pan partido de la Eucaristía y en la obediencia a la Palabra que les permite realizar en este caso, una pesca superabundante. Todo esto nos indica que tan real fue la resurrección como real fue la muerte en cruz y por tanto, real es también la esperanza a la que Jesus nos llama.

En este contexto es donde Simón Pedro es afianzado en su misión. Si tres fueron las negaciones ahora son tres las llamadas a la disponibilidad total para servir a los demás hasta el don de la vida, pues el ejercicio de la autoridad en la Iglesia ha de estar dirigido por el amor y el ejercicio de este amor pastoral, solo es posible si se ha experimentado profundamente el amor de Dios revelado en la persona, la vida y la muerte de Jesús.

Al Igual que Pedro, también nosotros debemos dejarnos interpelar por la palabra de Cristo resucitado, que pone al descubierto nuestro pecado, nuestra fragilidad pasada y presente, aunque nos pide un consentimiento de amor.

Solo después de haberle reconocido a él y habernos reconocido a nosotros mismos bajo su luz, podremos ofrecerle nuestro amor sin engaño y con el deseo de amarle. Entonces nos confiará su tesoro: nuestros hermanos. El sufrimiento y la persecución estarán presentes, pero junto a ello, estará la alegría de poder realizarlo todo en su santo nombre.

2º Domingo de Pascua, Ciclo C. Domingo de la Misericordia

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La Pascua ha supuesto una nueva manera de vivir. Esto es lo que nos indica la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, 2,42-47. Cuatro son las características que distinguen a los creyentes: la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, o sea el reconocerse necesitados de aprender a vivir como cristianos; la comunión o Koinonia, que es la unión de los corazones que se manifiesta también en el compartir los bienes; la fracción del pan, que es el gesto típico de los judíos para iniciar la comida ritual, que indica ahora la Eucaristía, el memorial; y por último, la oración.

Es más, los apóstoles, realizan signos y prodigios, lo que indica que expresan de forma plástica y convincente la resurrección de Jesús, pues si realizan signos en el Nombre de Jesús, es porque él está vivo. Por otra parte, según el testimonio de Deuteronomio 15, cuando los hebreos, entren en la tierra prometida han de poner cuidado en que no haya ningún pobre entre ellos, ya que la tierra es para todos. Pues bien, estas palabras adquieren ahora todo su significado, de manera que el compartir los bienes se convierte en un signo de que ha llegado la salvación definitiva.

La segunda lectura es del libro del Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19 y nos describe una experiencia que tiene lugar precisamente, el domingo, día memorial de la resurrección del Señor. En ella, el único candelabro de siete brazos del templo de Jerusalén, se ha transformado en muchos candelabros, lo que indica que se ha pasado de un único ámbito de culto, o sea el templo, a la totalidad de la comunidad eclesial. Enmedio de ellos está Cristo como primero y último, es decir, Creador y Señor del cosmos y de la historia. El que vive,esto es, el que tiene la vida en sí mismo y el que tiene las llaves, esto es el poder de la muerte y del abismo de los muertos.

El Evangelio es de Juan 20, 19-31. y nos presenta dos grandes cuadros, en el primero aparecen los once, encerrados por miedo a los judíos, a pesar del anuncio de María magdalena, pero Jesús traspasa las barreras que se le imponen, manifestando así su nueva condición, aunque mantiene los signos de la pasión: «les mostró las manos y el costado». Era necesario esta identificación, pues el que vivió en esta historia nuestra y murió en un aparente fracaso, es el que ahora está vivo y ha vencido a la muerte y por tanto, el que trae la paz: «la paz esté con vosotros». La paz es pues, el crucificado que ha resucitado. Paz y alegría, van juntos y son los signos de una creación nueva, libre ya del pecado y de la muerte.

El segundo cuadro, es el protagonizado por Tomás, que habiendo visto la agonía del maestro, se niega ahora a reconocer una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido tangible. Jesús condesciende y así nos encontramos con la confesión de fe mas elevada y concreta: ¡Señor mío y Dios mío! Pero el Señor, declara de manera abierta, para todos los tiempos,: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver. Si bien la fe parte de un Jesús real y humano, siguiendo la lógica de las bienaventuranzas, son felices, los que son capaces de superar esos motivos de credibilidad y se abren a la acción del Espíritu que les lleva al encuentro real con el Jesús resucitado.

Bienaventurados nosotros, si aunque no lo veamos con los ojos del cuerpo, creemos en el Señor, creemos en su amor y besamos sus llagas, esto es, cuando también experimentemos los clavos y las espinas que son las pruebas de la vida y entonces no solo habrá relación entre su muerte y resurrección sino también entre sus llagas y las nuestras. Vivir con Cristo, es por tanto, morir con Cristo, para resucitar también, con Cristo.

Domingo de Resurrección, Ciclo C

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Tras la celebración de la muerte y la resurrección del Señor, en el triduo y la Vigilia Pascual, llegamos al Domingo de Pascua, a la mañana de Pascua. ¿Qué añade este domingo a todo lo ya vivido y celebrado? La claridad, la certeza de que todo está bien hecho y de que todo no termina en la cruz. La cruz es el paso a la vida para siempre en Dios.

Con la resurrección, empieza por tanto, la novedad de la predicación, del anuncio de la fe : » A él a quien mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucitó». Del testimonio: » El nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos». Y del perdón: «Todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados por medio de su nombre».

Se impone por tanto, un modo nuevo de vivir que tal y como nos explica San Pablo en la carta a los colosenses, consiste en morir al pecado, al hombre viejo y renacer a una vida nuevo que el Apóstol denomina como una vida escondida con Cristo en Dios. Esto es, que prescinde de todo lo que vuelve la vida demasiado exterior y vacía de sentido para llenarla de Cristo, que vive en nosotros una vez resucitado. Es por tanto, una vida de adhesión a Cristo en la fe, hasta que se manifieste plenamente a todos.

El Evangelio de San Juan, nos sitúa ante la dolorosa experiencia de la tumba vacía, experiencia previa al encuentro con el Señor resucitado. No basta solo con el sepulcro vacío, sino que es necesario también el encuentro con el Señor, en el día primero de la semana, en el domingo, que pasa a ser así, el día primero de la nueva creación.

Una cosa es lo que se capta con la mirada externa, esto es, el sepulcro vacío y otra lo captado con la mirada interior. Lo primero es un simple ver, y lo segundo, creer. Así se nos dice que: «vio y creyó». La fe es una certeza pero una certeza que requiere un ponerse en marcha en el seguimiento de Jesucristo hasta llegar a la plenitud de vida con él.

El mensaje de la resurrección fue y sigue siendo una provocación que nos hace plantearnos la pregunta a cerca de Jesús y donde encontrarlo. Jesús es el que libre ya de las cadenas de la muerte está vivo y no lo encontramos en las páginas de los libros de historia, aunque ellos nos hablen de él, ni en las palabras de quienes lo describen como uno de tantos maestros de sabiduría de la humanidad, sino que es el que viene a nuestro encuentro, a lo largo del camino de la vida en la persona del otro, del prójimo, especialmente del que sufre y se deja encontrar en su Iglesia, enviada a llevar la buena noticia de la resurrección hasta los confines de la tierra.

El encuentro con el Señor resucitado hemos de hacerlo también todos y cada uno de nosotros. Este encuentro con él ha de ser el motor de nuestro vivir y de nuestro obrar.

Se dice que san Serafín de Sarov solía saludar con una palabras a las que venían a visitarle: «mi alegría es Cristo resucitado». Esto es sin duda un ejemplo de alguien que ha encontrado a Cristo. Como él podemos encontrar muchos ejemplos de personas entregadas a Cristo y a los demás y que nos ayudan en este tiempo de espera y de lucha y de dificultades; no de ostentaciones y de triunfalismos, sí de luces y sombras y de compromiso, en el que la Iglesia anuncia la venida del Señor y alienta a sus hijos a permanecer en la vigilancia, es decir, en la oración y en la alabanza continua, mientras preparamos con alegría su venida gloriosa.

Vivimos en el tiempo del Cristo glorioso escondido, en el que el creyente tiene la certeza de que un día se manifestará plenamente y entonces participará él de la gloria de su Señor.

Vigilia Pascual, Ciclo C

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Las lecturas de esta Vigilia Pascual comienzan con el relato de la Creación y terminan con el acontecimiento de la Resurrección.

Se nos quiere indicar así, que toda la historia, tanto la anterior como la posterior, mira hacia este acontecimiento que celebramos en esta noche santa de la Pascua.

La celebración de esta noche comienza con el rito del fuego, del que hemos encendido el Cirio Pascual, que simboliza a Cristo resucitado, presente entre los que se reúnen en su nombre.

El fuego nos recuerda la fuerza, del Espíritu que todo lo hace nuevo, y que también interviene no solo en la encarnación, sino que es el que resucita a Jesús de entre los muertos, y nos regenera a nosotros en el bautismo dándonos la filiación, el ser hijos de Dios .

La resurrección de Cristo ha dado lugar a una nueva creación. Lo viejo ha pasado y lo nuevo a comenzado. Esta es la clave.

La escena de la resurrección tal y como nos la describe el Evangelio nos recuerda un poco la de la transfiguración. Y es que aquello fue una prefiguración de esto. Jesús en aquel momento, hizo ver a los apóstoles lo que tenía que ocurrir después de la cruz, para así, fortalecer su fe . Igualmente la resurrección ahora, viene no solo a fortalecer la fe, sino a fundamentarla.

La fe no tiene otra base que la resurrección, que es sin duda la gran y buena noticia que habrá que comunicar a los demás. Esto es lo que hacen las mujeres, cuyos nombres aparecen en el relato, indicando, que son personas conocidas y por tanto de fiar. Esta noticia, por otro lado, comprobada y cerciorada por Pedro, es la que pone en marcha la Iglesia, fundada en la fe pascual.

Por todo ello y como hemos proclamado en el pregón, esta noche es una noche verdaderamente dichosa, en la que el Señor resucita de la muerte y de la oscuridad del tumba a la gloria de su vida eterna.

Si bien el sepulcro vacío es un dato importante, no basta para la fe en la resurrección. Contribuye a entrar en el realismo de la resurrección, pero es necesario algo más: la experiencia personal y comunitaria del Cristo vivo y la revelación de lo alto, que les permite identificar al resucitado con el crucificado.

La resurrección de Cristo no es solo la reanimación de un cadáver, sino que es mucho más. Es la vuelta a la vida para siempre, en un estado totalmente nuevo y trascendente de Cristo.

Lo que ha acontecido es lo que ellos, los apóstoles no entendían cuando Jesús les decía que tenía que padecer y que resucitaría.

Estamos pues, ante un acontecimiento que desborda todas las previsiones y todos los planes. El mensaje que se nos da es claro como el sol: Dios ha intervenido e interviene en la historia, este es el mensaje que brota de la resurrección. Esta intervención de Dios en la Historia, comienza con la creación y culmina con la resurrección que es la respuesta definitiva que quedó pendiente tras el pecado. ¿Qué sentido tiene la muerte? Y ¿Qué es lo que le espera al hombre después de la muerte? Lo le que le espera, al hombre tras la muerte es la nueva creación que enlaza con el proyecto original de Dios y que Jesús ya nos había anunciado por medio de sus signos o milagros y que llega a su plenitud tras la muerte. El mensaje de la resurrección es que tras la muerte, espera a la humanidad una vida sin fin, feliz, para siempre y para todos y esto es lo que llena de sentido nuestro vivir, nuestro actuar, nuestro trabajar y nuestro esperar.

Viernes Santo, Ciclo C

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Si ayer terminábamos diciendo que la única manera de celebrar la pascua es poniéndonos al servicio los unos de los otros, hoy la primera lectura con la que abrimos esta celebración en el día de Viernes santo, comienza diciendo: «mi siervo va a prosperar, crecerá y llegará muy alto». Toda esta lectura que hemos escuchado de Isaías, es un canto al Siervo de Dios, al siervo de Yave, que vemos realizado en Cristo. Quien: “aunque rechazado y despreciado de los hombres, llevaba nuestros dolores y soportaba nuestros sufrimientos”. Y que después, de una vida de aflicción, “comprenderá que no ha sufrido en vano”. Y es que la vida del que se ha puesto al servicio de los demás, cargando con sus culpas, es una vida que tiene sentido. Si el castigo como sufrimiento purificador, presupone una culpa, aquí en cambio nos encontramos por primera vez, con algo distinto, y es el misterioso sufrimiento vicario. En el cual, uno sufre por los otros. El pecado es nuestro, pero quien sufre para expiarlo no somos nosotros, sino el Siervo inocente.

Aquí es donde nos encontramos cara a cara con la misericordia de Dios, aun velada en el Antiguo Testamento pero que ahora Cristo pone de manifiesto. ¡Feliz culpa que mereció tal redentor! diremos mañana en la Vigila pascual. También: ¡Oh que gran misterio el del amor de Dios, que para rescatar al esclavo ha entregado al Hijo!

A meditar esto nos lleva también la segunda lectura de la carta a la hebreos, pues Cristo como verdadero y único sacerdote, no es el que ofrece sacrificios sino el que se ofrece a si mismo en sacrificio, el que ha experimentado todo lo nuestro menos el pecado, y el que obedece a ese plan de Dios de salvarnos. En virtud de esa obediencia, contraria a la desobediencia de Adán, nosotros, quedamos justificados, salvados, perdonados y nacidos de nuevo, por medio del bautismo, como también celebraremos mañana en la Vigilia pascual.

La lectura de la pasión, que escuchamos en este día, nos pone por tanto ante esa hora de sufrimiento, pero también de gloria, pues si bien el odio del mundo condena a muerte de cruz a Jesús, en la cruz Dios manifiesta su amor infinito hacia todos nosotros y nos muestra su gloria. La gloria que perdimos por el pecado, pero que ahora Cristo nos ha recuperado.

Jesucristo como queda de manifiesto en el relato, es el “yo soy”, es decir el rey de un mundo nuevo que brota de su costado abierto, que dará lugar a la Iglesia esposa de Cristo, que como nueva Eva tendrá en María, su origen, su principio y su cuidado materno, que junto a los discípulos, representados por Juan, constituye el núcleo de la Iglesia naciente.

Como el Espíritu Santo había conducido a Jesús al desierto en el comienzo de su vida pública, así le impulsa con fuerza ahora hacia Jerusalén, hacia su hora, la hora del encuentro definitivo y de la manifestación definitiva del amor de Dios. El Espíritu Santo es ahora el que da a Jesus la fuerza en Getsemaní para adherirse a la voluntad del Padre y llegar así al final de su caminar, haciendo que esa hora de muerte se convierta en hora de máxima fecundidad.

Hermanas y hermanos, que en nuestros desiertos, en nuestras cruces, en nuestro caminar, experimentemos también nosotros, con Cristo, la fuerza de ese Espíritu que nos hace exclamar: ¡Abba Padre! Y también: “Que no sea lo que yo quiero sino lo que quieres tú» y podamos experimentar que por la cruz de Cristo y por la nuestra cruz, unida a la de Cristo, es como viene la salvación al mundo.

El mensaje de la cruz nos enseña que la fuerza se realiza en la debilidad, y que el amor siempre triunfa aunque parezca lo más débil.

Jueves Santo, Ciclo C

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En un clima de amistad profunda y verdadera, Jesus quiere despedirse de los suyos y les abre su corazón de par en par. Muchas veces habría pensado en esta hora. Es la hora para la que había venido. Es la hora de darse, de entregarse, a los discípulos, a la humanidad, a la Iglesia. Estamos ante el final de su caminar entre nosotros y ante el comienzo de algo nuevo, e inusitado.

La primera lectura nos describía la última cena del pueblo en Egipto, la pascua, el paso del Señor. Esa ultima cena iba a suponer un terminar con todo lo viejo con la esclavitud y un abrir los brazos a la novedad de una nueva vida, marcada por la libertad por la presencia de Dios, por sus mandatos, en una palabra por la Alianza. En ella la sangre del cordero, ocupa un lugar importante, pues era la señal de pertenencia, de modo que la puerta marcada por la sangre del cordero no sería visitada por la muerte. Esa última cena en Egipto no solo seria algo que quedaría en la memoria, sino algo que se convierte en memorial, es decir en actualización de ese acontecimiento cada vez que se celebra. Hay un antes y un después. Ya nada será igual.

Pues bien, llegada la plenitud del tiempo, Jesucristo, ha llevado a cabo una nueva alianza, en la que la sangre del cordero es su propia sangre, derramada por todos, y con la cual quedamos libres de un esclavitud mucho mas grande que la de Egipto; la esclavitud del pecado que nos lleva a la muerte. Por este cuerpo de Cristo que se entrega y por esta sangre que se derrama, nosotros, recibimos el perdón y la misericordia de Dios. Sangre de la Alianza nueva y eterna, que se convierte también en memorial, es decir que no se renueva en el tiempo, sino que se nos hace presente, cada vez que lo celebramos, viendo en ello el amor del Padre.

Pero como veremos sobre todo mañana en la adoración de la cruz, Jesús, es el que se ha hecho siervo, y nos enseña a entrar también nosotros en la dinámica del servicio de los unos hacia los otros. Toda la vida de Jesús desde la encarnación hasta su entrega en la cruz, ha sido una kenosis, es decir un abajamiento y esto es lo que ha quedado significado en el gesto del lavatorio de los pies, con el que Juan evangelista, quiere mostrarnos todo el significado de su vivir y de su actuar. «¿comprendéis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros».

Debemos pues aprender de él. Aprender que la Eucaristía que Jesus instituye en el jueves Santo dejando a los apóstoles la potestad de celebrarla, es ante todo, acción gracias: gracias Señor por el don de tu cuerpo y de tu sangre, pero es también manera de vivir: entregando la vida por amor.

El rito del lavatorio de los pies que se reservaba a los esclavos, nos recuerda que el mandamiento del Señor debe llevarse a la práctica en el día a día: servirnos mutuamente con humildad.

La caridad, que hoy se nos invita a considerar, no es un sentimiento vago, ni una experiencia de la que podemos esperar grandes resultados, sino que es la voluntad de entregar nuestro cuerpo como Cristo se entrega en el suyo. Los casados, entregándose el uno al otro, el célibe, entregándose a los demás. Esto es mi cuerpo que se entrega por todos, esta es mi sangre derramada por muchos, diremos en la consagración.

Los casados deben enseñar a los célibes lo que significa amar de modo particular y los célibes deben enseñar a los casados a amar a todos. Dos formas de amar y de entregarse que no se excluyen sino que se complementan y que son necesarias para amar como Dios nos ama. Solo de este modo: siguiendo y acogiendo a Cristo, que se entrega totalmente por todos en la Eucaristía, como antesala de su entrega en la cruz, como veremos mañana, podremos participar en su memorial y podremos celebrar la pascua con él.

Domingo de Ramos, Ciclo C

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El Profeta Isaías 50,4-7, nos presenta la figura del Siervo que sabe escuchar, y no opone resistencia a la voluntad del Padre ni a la maldad de los hombres, seguro de que el designio de Dios, es don de salvación para todos. Esta lectura en el pórtico de la Semana Santa, nos pone en relación con Jesús, que va a realizar la parte central de su misión a través de su muerte y resurrección.

La segunda lectura es de Filipenses 2,6-11,es un hermoso himno cristológico, en el que se sobreentiende el parangón con Adán, que quiso apoderarse de la condición divina y Cristo acepta reparar mediante la humildad de la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, la soberbia del primer adán, que trajo el pecado y la muerte sobre todo el género humano, pero ahora, resucitado, es el Kirios, el Señor, es decir Dios, y en definitiva, el que da gloria al Padre como se merece.

El Evangelio de Lucas, nos muestra en la pasión, la realización de cuanto había enseñado Jesús. El maestro es así un espejo y una referencia para la conducta. Decidido ante las declaraciones del sanedrín y los poderosos, humilde ante los escarnios, los golpes, ante el odio creciente y enconado contra él, es el intercesor misericordioso de sus enemigos y el Salvador que introduce ya desde ahora en el Reino a quien confía en él. Porque donde Está Cristo, ahí está el reino y es en la cruz donde todo esto se lleva a cabo. En ella se realiza la entrega total de Jesús en manos del Padre y el total abandono a Dios para la conversión y la salvación del mundo. De este modo, el Dios del Amor; o el amor de Dios manifestado definitivamente en este Jesús, compromete al hombre en todas las facetas de su vida.

El Domingo de Ramos nos pone ante el contraste de una multitud que sigue a Jesús con entusiasmo y que poco después cae en la desilusión y se muestra indiferente o temerosa al cambiar la situación. Del «Hosanna», se pasa al «¡Crucifícalo!»

Es el momento de aceptar nuestra debilidad ante el seguimiento de Cristo por el camino de la cruz. El domingo de Ramos nos quiere poner ante el marco de este acontecimiento, para que lo vivamos decididamente y desando participar intensamente de su pasión, seguramente, no tanto llevando nosotros en el cuerpo los signos de esta comunión, cuanto aceptando en silencio y por su amor, cualquier humillación y aceptar con mansedumbre todas las pruebas de la vida.

Que como dirá San Gregorio Nacianzeno: «aceptemos todo por amor al Verbo, imitemos a través de nuestro sufrimientos la Pasión, honremos con nuestra sangre a la Sangre, llevemos decididamente la cruz. Si eres Simón Cireneo, toma la cruz y sigue al maestro. Si, como el ladrón estás en al cruz, con honradez reconoce a Dios, Si eres José de Arimatea, haz tuyo el cuerpo que ha expiado los pecados del mundo. Si eres Nicodemo, úngelo con los unguentos para la sepultura, si eres María, o la otra María, o Salomé, o Juana, llora con las primeras luces del día. Trata de ver la tumba abierta y quizá a los ángeles o al mismo Jesús.

Imita a Pedro o a Juan, corre al sepulcro. Si llegas el primero, vence en amor, no te quedes mirando fuera, ¡entra!».

5º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

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¿Como va nuestro camino hacia la pascua? La Palabra de Dios quiere ser un estímulo y una ayuda en nuestro itinerario.

La primera lectura es del profeta Isaías 43, 16-21 y nos recuerda que así como Dios hizo en el Éxodo grandes prodigios ahora continua haciendo cosas nuevas en favor de su pueblo, y sigue renovando en nosotros aquellos mismos prodigios que realizo en la salida de Egipto.

Se nos invita a mirar la Pascua y concretamente a Jesucristo como el hacedor de la nueva creación. Con él comienza algo novedoso: “Mirad, voy a hacer algo nuevo ya está brotando ¿no lo notáis?” Si después de la salida de Egipto el pueblo pudo encontrarse con Dios en el desierto y experimentar su propia debilidad y el poder de Dios, ahora salvados del pecado y de la muerte, por medio de Jesucristo, estamos llamados a caminar por el desierto de nuestra vida con una mirada y con un corazón nuevos, manteniendo viva la esperanza y entreviendo el destino glorioso al que Dios nos llama.

No hemos de mirar el pasado con añoranza sino como garantía para el presente y para el futuro, ese futuro que será siempre algo nuevo y al que Dios nos llama a acogerlo con esperanza.

La segunda lectura de S. Pablo a los Filipenses 3,8-14, nos muestra como la novedad que es Cristo, actúa en el corazón de Pablo y en el de los cristianos. El ha sido tocado por esta novedad y a pesar de su pasado glorioso en el judaísmo, no duda en reconocer todo eso basura comparado con el conocimiento de Cristo. El encuentro con Cristo, nos cambia a cada uno, en Pablo le impidió volver a las antiguas practicas en las que él mismo vivió y por las que perseguía a la Iglesia naciente. A nosotros, nos permite tener un corazón misericordioso, capaz de amar y de acoger al otro, aborrecer el pecado y vivir de un modo nuevo, y mirando siempre hacia adelante, lo pasado ha pasado y la novedad aparece en el horizonte. Si el Éxodo permitió la entrada en la Tierra prometida, la Pascua de Cristo es lo que nos permite ahora mirar con esperanza el porvenir. Lo que dice Pablo a los filipenses desde la cárcel, es que los sufrimientos del momento presente no son nada con la gloria que se nos ha dado en Cristo. Hemos de actualizar la fe en cada momento sin dejar de alimentarla y sin dejar de ver en todo lo que nos acontece, la mano misericordiosa de Dios que por medio de Jesucristo nos llama hacia él y lo que para nosotros es una pérdida o un despegarse de algo, puede ser una verdadera oportunidad de crecer y de avanzar hacia la meta final. Si el deportista tiene que hacer tantos esfuerzos y tantos sacrificios para llegar a la meta, nosotros que aspiramos a la vida eterna, tendremos que vivir cada acontecimiento en estado de esperanza, abiertos a la vida y al amor que Dios nos da. Este es el mensaje que Pablo da a los cristianos de Filipos y a los cristianos de todos los tiempos.

En el Evangelio, de Jn 8,1-11, vemos esa novedad que aparece reflejada en la pregunta: “Mujer ¿donde están tus acusadores?” Lo nuevo es que ya no hay acusadores, ya no hay acusador, ahora lo que hay es vida nueva: “en adelante no peques más”. La vida se impone no bajo el peso de la acusación, sino bajo el peso de la gracia, de manera que por la misericordia de Dios podemos vivir también de un modo nuevo. He ahí la gran novedad y la gran noticia, que si bien yo no puedo por mis propias fuerzas salir del pecado y por tanto soy digno de reprobación y de muerte, ahora por el amor de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado, puedo dejar la vida de pecado y vivir en la acción de gracias, amando y perdonando, como yo he sido amado/a y perdonado/a por él.

4º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

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El domingo cuarto de cuaresma nos llama a volver a casa.

La primera lectura de Josue 5,9a.10-12, nos muestra la llegada a la tierra prometida desde la dura esclavitud de Egipto. La celebración es al atardecer, en la llanura de Jericó. Es esta una noche solemne como la del comienzo del Éxodo. La liberación se ha dado y el pueblo deja de comer el mana y comienza a comer los frutos de la tierra. Ahora, ya quitado el oprobio de Egipto, Israel tiene la experiencia filial de llegar a casa.

En el Evangelio de Lucas 15 1-3.11-32, nos encontramos con la parábola del Hijo pródigo o mejor del padre de la misericordia. Lo primero que aparece es el contexto en el que se da: Jesús está rodeado por publicanos, pecadores y los fariseos y los maestros de la ley le echan en cara que anda y come con los pecadores, es decir, que tiene una comunión con ellos. Entonces Jesús les habla de la parábola del Hijo pródigo. Es una manera justa y adecuada de exponerles esto que están viviendo, es decir, la división entre los que se tiene por justos y los pecadores. Pues, los publicanos y los fariseos, se tiene por justos porque cumplen la ley, mientras que los pecadores no. Ese es el motivo de la división.

Jesús manifiesta, en cambio, que Dios en su misericordia nos ha puesto a todos bajo el pecado para que así, su misericordia se manifieste en todos.

Esta situación podemos vivirla de dos maneras, y que se corresponde con los dos hermanos: por un lado, el que se siente esclavo de un amo, y vive su esclavitud con rebelión o con sumisión sin amor o el que se siente amado y querido por el padre.

Lo que se pone de manifiesto tras la rebelión del hijo menor, que representa a los pecadores, es lo que hay en el corazón del hermano mayor que representa a los fariseos y a los maestros de la ley y lo que hay en el Padre. Esto es: un corazón rebosante de amor. De este modo, es como se cumple el objetivo: que todos se sientan reflejados en las palabras de Jesús, que es el que nos muestra el rostro amoroso del Padre, que cura las profundas heridas causadas por la rebelión y esta ternura se manifiesta en la invitación a la fiesta y a la comunión, que todavía no es plena ya que el hermano, aunque no se dice, todo a punta, a que se queda fuera de la fiesta y por tanto, no será plena hasta que participen todos en ella. Nos encontramos ante una imagen descriptiva de la humanidad desgarrada tal y como queda patentizado en la pasión de Cristo. Humanidad necesitada por tanto, de la reconciliación.

La segunda lectura de 2ª Corintios 5,17-21, nos habla en este sentido, de la necesidad del perdón, pues el género humano inmerso en el pecado, no podía volver a Dios con sus propios medios. Por eso en su amor sobreabundante, Dios nos envió a su unigénito para llevar a cabo la reconciliación, por su muerte y resurrección. De manera que una vez reconciliados por Cristo, hemos sido injertados en él y nos hemos convertido con él en cooperadores de la obra de la salvación. Pues si él se ha hecho solidario de nosotros ¿como no nos vamos a hacer nosotros solidarios con él? De este modo, Dios quiere exhortarnos a todos a dejarnos reconciliar, lo que exige una adhesión plena y libre a su voluntad. Y Una vez reconciliados por Cristo, ser nosotros embajadores de Cristo en la tarea de la reconciliación, sentirnos colaboradores suyos en hacer extensiva la reconciliación a todos y a todas, para así poder vivir el banquete de forma plena, total y definitiva.

Que podamos vivir con plena libertad esta misión.

3º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

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La narración de la vocación de Moisés, juntamente con la revelación del Nombre de Dios, en la Primera lectura del Ex 1-8a.13-15, es una de las cumbres de la Biblia. Dios, que comparte de alguna manera el sufrimiento de su pueblo, sorprende a Moises en su vida diaria y no solo se le da a conocer, sino que le da a conocer también su plan, su misión, que pasa por él y que consiste en llevar a cabo la salvación de su pueblo consistente, en la liberación de la esclavitud opresora, para pasar a la libertad, en una tierra espaciosa y fecunda.

El nombre, para los semitas indica la totalidad de la persona y conocerlo equivale a poder disponer de él cada vez que se le invoque. Con la fuerza de esta revelación, que es certeza de que el Dios de los padres estará con su pueblo, Moisés acoge la misión.

La fe en Dios que protege a su pueblo será la que dinamice la esperanza de este pueblo. Es el mismo Dios que protegió a los patriarcas y es que Dios es el que ama al hombre y le desea la salvación. Aunque es impasible, está muy cerca del sufrimiento del hombre.

El relato de la zarza ardiendo, nos enseña que siempre hay un lugar y una hora exacta en la que el Señor quiere encontrarse con nosotros. Es este el comienzo de la conversión o del rechazo radical. La conversión, exige decisión y constancia, sabiendo que si en la antigua Alianza el pueblo caminaba bajo la guía de Moises, para nosotros, el camino a seguir es el mismo Hijo de Dios; Jesucristo. El es quien nos saca de la esclavitud del pecado, y quien nos saca de nosotros mismos.

El Evangelio es de Lucas 13,1-9. Se centra, precisamente en la urgencia de la conversión. Lo ocurrido en una serie de acontecimientos trágicos, lejos de ser un castigo o algo parecido, es una llamada urgente a la conversión de los supervivientes y para ello se sirve de una parábola: la higuera que no da fruto. Dios espera una decisión libre por parte del hombre. Para Dios no hay mas que la respuesta generosa a la oferta realizada por medio de Jesucristo, verdadero mediador entre Dios y los hombres.

Un aspecto importante aquí es la intercesión de los unos para con los otros ante un Dios que está siempre dispuesto a escuchar a los que le suplican y así vemos que el labrador ruega al dueño de la higuera que espere un año más, a lo que el dueño cede. Este labrador que intercede ante el dueño es Jesús, que como intercesor dirá hasta el final de los tiempos: «Espera un poco…yo la cuidaré».

Por medio de la Palabra, los sacramentos y los acontecimientos, Jesús, nos ofrece la conversión. Convertirse, es ceder al dominio insistente de Dios; abandonarse a la primera señal de amor que percibimos como procedente de él.

La segunda lectura es de 1ª Cor 10,1-6.10-12. y nos muestra a las israelitas como ejemplo en el desierto, de manera que no caigamos en la negligencia, ni en el abandono de la fe. Como menos aún en la murmuración, que genera división. No basta dirá Pablo, un fideísmo que haga olvidarse de las exigencias morales que comporta la vida cristiana.

En resumen: el sentido de la vida cristiana y eclesial es ayudarse fraternalmente a caminar por las sendas de la conversión, o sea, ayudarse a buscar y a seguir a Jesús, de manera que ninguno se extravíe, se retrase o se aleje.

Fiesta de San José

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San José, descendiente de David, era probablemente de Belén. Por motivos familiares o de trabajo, se trasladó más tarde a Nazaret y allí se convirtió en esposo de María. Cuando conoce el misterio de la encarnación por medio del ángel, lo aceptó aunque no sin haber padecido una dura crisis. Belen. Egipto, Nazaret, son los lugares por los que anduvo. Tras el episodio de Jesús en el templo, ya no hay mas detalles sobre él. Es posible que muriera antes de que Jesús comenzara la vida pública.

La primera lectura de 2ª Samuel 7,4-5a. 12-14a.16 nos habla de la descendencia de David. La tradición cristiana ha releído siempre este fragmento como profético y mesiánico, aplicándolo a Jesús, Mesías descendiente de David y de modo indirecto también a José, como último eslabón de la genealogía davídica y por tanto transmisor de la promesa divina.

La segunda lectura de Romanos 4,13.16-18.22, pone de relieve que la promesa de Dios a Abraham no depende de la ley, sino de la fe como única vía que lleva a la justicia, esto es, a la acogida del don de la salvación. Los verdaderos descendientes de Abraham son no tanto los que viven según las exigencias y pretensiones de la ley, sino más bien los que acogen el don de la fe y viven de él con ánimo agradecido, lo que se aplica a San José, hombre justo.

El Evangelio es de Mateo 1,16.18-21.24. Si bien en el Evangelio de Lucas se encuentra el anuncio del ángel a María; en el de Mateo, en cambio, encontramos el anuncio a José, en el que el Angel le manifiesta su misión de padre davídico del hijo, que concebido por María, por acción del Espíritu Santo, será el Mesías de Israel, el Salvador. Su dificultad no consiste en aceptar el misterio sino en aceptar la paternidad y la misión de ser padre legal del Mesías. Su humildad (justicia), iluminada por las palabras del ángel, le hace aceptar después, plenamente el designio de Dios.

Respeto, obediencia y humildad figuran en la base de la justicia de José y esta postura interior suya -junto a su misión única y maravillosa- le sitúa en la cima de la santidad cristiana junto a María su esposa.

José brilla así como una de las grandes figuras que la Biblia nos presenta, uno de los que han sido elegidos por Dios para misiones importantes, que siempre se consideran indignos e incapaces de las tareas que Dios les había confiado pero que como amigos suyos, él los sostiene dándoles fortaleza y fidelidad.

2º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

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Cuando tenemos una gran alegría, nuestro rostro se ilumina y refleja la felicidad. Algo así podemos decir, que ha ocurrido a Jesus en la transfiguración.

La primera lectura de Gn 15,5-12.17-18 nos recuerda el acontecimiento que está en el centro de la historia de Abraham. Dios promete al Patriarca dos cosas: una descendencia y una tierra. Ambas son importantes para un nómada y todo ello es sellado con una Alianza que era instrumento para asegurar la paz y el bienestar entre los vasallos y el Soberano. Pero aquí, como la iniciativa parte de Dios, que se compromete con Abraham por amor, éste solo tendrá que responder con la fe y la confianza filial. La fe, se convierte así en un camino apasionante y desconcertante a la vez para Abraham, que se convertirá en signo de salvación y bendición para todos los pueblos. Con su comportamiento, Abraham se sitúa en la justa relación con el Señor y el Señor se manifiesta como el que tiene en sus manos las riendas de la historia dándole un futuro.

También a nosotros, el Señor nos saca de nuestras falsas seguridades en las que en vano buscamos tranquilidad y satisfacción, prometiendo a nuestra fe una recompensa inmensa. Se nos pide vivir en éxodo, en vigilancia, lo que nos exige nuevas separaciones y desapegos, y así gustar ya desde ahora un futuro infinitamente mayor que cualquier esperanza humana.

El Evangelio de la transfiguración, nos recuerda el futuro al que está destinado Jesus y todos los que creemos en él. En este acontecimiento o manifestación, Jesus, aparece en el monte como nuevo Moises y en quien alcanza su cumplimiento la ley y los profetas, representados por Moises y Elías. La nube, como en el Éxodo, indica la presencia de Dios, pero en adelante, esta presencia ya no será en una nube, sino en el propio Hijo, que hecho uno de tantos y entre los hombres, es el lugar de nuestro encuentro con él. Este es el sentido de la voz que en declaración e invitación solemne proclama: «éste es mi hijo amado, escuchadlo». En el comienzo de la carta a los hebreos se nos dice: «en muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a los padres por los profetas. En esta etapa final, nos ha hablado por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha realizado los siglos». Dios ya no tiene otra palabra, sino el Hijo, él es en primer lugar a quien hemos de escuchar y después a sus apóstoles: «no solo ruego por ellos, sino en los que creerán a través de ellos». Dé este modo es como también nosotros experimentamos lo «bueno que es estar aquí». Es decir, que la fe, cuando va precedida y acompañada de la Palabra de Dios y la experiencia de su cercanía, da sentido y significado a toda la existencia humana.

En la segunda lectura tomada de Filipenses 3,17-4,1, Pablo expone que vale la pena mantenerse fieles al Señor. En los momentos difíciles, como los nuestros, es en los que hay que mantener la fidelidad, pues sólo en Jesucristo, muerto y resucitado, está la verdadera liberación y la autentica realización del hombre, que es la que le abre a la vida y a la esperanza, de ahí que la exhortación de Pablo: «manteneos firmes en el Señor», siga siendo una advertencia, un aliento y una esperanza para los creyentes de ayer de hoy y de siempre

1º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

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Jesus, que es proclamado por el Padre, «Hijo amado» en el bautismo, es conducido ahora al desierto, por el Espíritu para ser tentado por el diablo. Estamos pues ante una prueba querida por Dios. El Evangelio de Lucas 4,1-13, pone de manifiesto en este relato de las tentaciones, que El es el que viene para congregar a toda la humanidad y para dar al Padre la adhesión y la gloria que debía haberle ofrecido Israel, y por ello es sometido ahora a las mismas tentaciones del pueblo en el desierto, como así indican las citas del Deuteronomio, con las que responde a Satanás (Dt. 8,3; 6,16; 6,13). Ahora bien, donde Israel, ha fallado, Jesús ha vencido, lo que nos indica, que él es el que viene a renovar a la humanidad desde dentro.

El tentador, engañosamente insiste en que demuestre lo que ya es, tal y como quedó patente en el jordán y en el monte tabor. Esto es: hijo de Dios, hecho hombre. En este sentido la tentación, intenta dar la vuelta a las cosas: ¿porqué no un mesianismo que satisfaga las necesidades materiales del hombre? ¿porqué no una misión milagrera, espectacular y marcada por el éxito? ¿porqué no ceder a la idolatría del poder? A todo ello Jesús responde con y desde la Palabra, que es: alimento. «no solo de pan vive el hombre». Don, que nos permite asumir el designio de Dios, su ley. «no tentarás al Señor tu Dios» .Y Luz , que nos permite ver a Dios, como padre y no ir tras los ídolos. «Al Señor tu Dios adorarás.

Jesús, fue tentado en todos los frentes, pero no pecó. De este modo, nos muestra como nos dice san Agustín, en su comentario al salmo 50: que nuestro progreso, se realiza a través de la tentación y que todos somos tentados en Cristo, de manera que también seamos vencedores en él.

La primera lectura, nos muestra el credo de Israel, repasando los hechos que dieron lugar a la liberacion de Egipto, en donde se alterna el sufrimiento y la salvación, lo que podría ser el relato de nuestra propia historia y de como Dios ha ido actuando en ella. De este modo, el arameo errante, se ha convertido en una nación numerosa, pero que experimentó la opresión y la humillación y Dios intervino con poder para darle una tierra fértil y agradable. La cosecha es así, un recuerdo de la entrada en la tierra, de manera que lo que ocurrió entonces, sigue ocurriendo ahora y de ahí que en nuestra profesión de fe, y en nuestra liturgia, nuestra ofrenda, sea expresión de nuestro encuentro con el Dios vivo, que se hace presente en Jesus, junto con nuestra alabanza y nuestra obediencia. Pues sabemos que así como se hace presente en su pueblo en los momentos cruciales de la historia, lo seguirá estando hasta el final de los tiempos, y de este modo, lo que aconteció en el pueblo de la promesa, llega a su cumplimiento en el nuevo pueblo, que es la Iglesia.

Importante es lo que nos recuerda la segunda lectura de Romanos 10,8-13. Que quien cree y confía en él, no quedará defraudado, pues por medio de él, Dios nos da su gracia y su salvación. En la invocación de su santo nombre, experimentamos que Dios nos da esta gracia y esta salvación por medio de Jesucristo y esto está al alcance de todo el que cree en él, sea de la nación que sea.

Es necesaria la escucha de la Palabra de Dios, para entrar en el ámbito de la fe y por tanto, en el de la salvación.

Que podamos rechazar la tentación manteniéndonos a la escucha de la Palabra, y orando insistentemente, y así renovar y afianzar nuestra fe en este tiempo cuaresmal.

8º Domingo T.O. Ciclo C

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No solo los hechos, sino también nuestras palabras manifiestan nuestra identidad.

La primera de lectura del libro del Eclesiástico 27,5-8 nos dice que las palabras manifiestan la bondad o maldad de nuestro corazón, del mismo modo que el fruto manifiesta al árbol o el producto horneado manifiesta su buena o mala hechura o el cribado nos ayuda a separar el trigo de la paja. Aunque solo Dios, conoce lo íntimo del hombre, el sabio es el que reconoce que por medio de los gestos y de las palabras es como nosotros nos ajustamos al querer de Dios, a su voluntad, y así poder buscar la justicia, la coherencia, la sinceridad, la honradez, la piedad, el buen hacer, la rectitud. En una palabra: para ajustarnos a la voluntad de Dios es necesario, escuchar su Palabra. Sin esa escucha paciente de la Palabra de Dios, no podemos conocerle ni amarle, ni consecuentemente, tampoco podemos hablar ni actuar con corrección y coherencia.

En la segunda lectura, seguimos escuchando la Carta a los Corintios 15,54-58, donde Pablo sigue con su reflexión en torno al sentido de nuestro vivir y de nuestro morir en Cristo. Es cierto que es algo innegable que pasaremos por la muerte, pero Jesús nos enseña que la muerte no es la última palabra sino que la última Palabra es Dios que le ha resucitado. Y si la muerte no tiene la última palabra, tampoco el mal es lo definitivo, y el cristiano se ve entonces abocado a vencer el mal con el bien, esto es con su trabajo y esfuerzo, en el día a día. No queda librado de volver a Jerusalén, es decir, a sus tareas cotidianas tras haber conocido la buena noticia de la resurrección y expandir esa buena noticia por todas partes.

Hay que trabajar como si todo dependiera de nosotros y hay que confiar en Dios como si todo dependiera de él. Esto que todos sabemos y conocemos es lo que importa: vivir en el aquí y en el ahora, de forma que nuestro trabajo sea redentor, humanizador y por tanto el medio para hacer vivo el reino de Dios aquí y ahora, con la certeza de la victoria final, pues la victoria de Cristo, es ya nuestra victoria.

En el Evangelio de Lucas 6 39,45 seguimos proclamando el sermón de la montaña que nos muestra la novedad de Jesucristo con respecto al mundo de los rabinos. Estos hablan y dicen pero al rechazar la verdad, que es Cristo, se han quedado en la oscuridad y en la incoherencia. Son como guías ciegos. En cambio seguir a Cristo es, seguir su destino, es estar dispuesto a dar la vida, lo que exige por parte del discípulo un cambio, en el sentido de no juzgar, sino que a lo sumo se expone de manera voluntaria a la corrección fraterna recíproca.

En una palabra, es necesario ejercitarse en la autocrítica, pues desde el pecado original, todos tenemos la tendencia innata a cargar sobre el otro la responsabilidad de lo defectuoso, equivocado y erróneo. Necesitamos pues conocer la verdad para ser libres, esto es, para poder amar y acompañar a los demás, lo que supone dejarse iluminar y empapar de la verdad que procede de Dios, decirme la verdad y dejar que otros me la puedan decir. Solo así podre decirla y proclamarla a los demás. Y solo así podremos ser como un árbol sano capaz de dar frutos sanos. Es decir, tendremos un corazón bueno, que supera la exterioridad propia de los fariseos.

Si nuestra vida está arraigada en Dios y en su Palabra, no puede producir mas que frutos buenos, ya que entonces el corazón, es la fuente de la que brotan las palabras y la acciones verdaderamente buenas.

7º Domingo T.O. Ciclo C

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En la primera lectura del libro de Samuel 26, 2.7-9.12-13.22-23, el joven David está siendo buscado por el rey Saúl, que atenta contra su vida. Pero cuando a David se le presenta una ocasión para deshacerse de él, la rechaza, porque respeta el carácter sagrado de Saúl, en virtud de su unción real y únicamente se limita a demostrar que ha sido real la posibilidad de eliminar a su adversario aunque sin consentir mancharse las manos de sangre. El texto indica claramente que no se puede atentar contra los ungidos del Señor, ni en consecuencia contra sus imágenes, es decir, no solo los que llevan dentro de sí el sello del Espíritu, que se nos ha dado en el bautismo, sino a cualquiera, por el hecho de haber sido creado por Dios. He ahí, la raiz profunda del respeto y el amor fraterno de los unos hacia los otros. David anticipa así, lo que Jesus nos pide en el Evangelio: el amor, llevado hasta amar a los enemigos como regla de vida, que Jesus da a todo verdadero discípulo suyo. David, que en algunas ocasiones le vemos rodeado de debilidades, aparece por el contrario, demostrando una grandeza de ánimo inusual, un control de las propias pasiones y confianza en el Dios justo y remunerador.

El Evangelio es de Lucas 6,27-38 y es una resonancia de las bienaventuranzas que escuchábamos el domingo pasado. Si Dios no ama el sufrimiento sino al que sufre, y si Dios nos amó cuando nosotros éramos injustos y pecadores, el resultado es que también nosotros hemos de amar, incluso a los enemigos. Ahora bien: el término «enemigos» en los que Jesús piensa y de los que habla, son fundamentalmente los romanos, que no solo ocupaban el pais, sino que extorsionaban, robaban, mataban, violaban y despreciaban la dignidad de los que habitan en él. ¿Como hacer posible este programa que no solo contrapone el amor al odio, como cualquier otro rabino, sino que exige que el amor de sus discípulos se concrete precisamente en quienes les odian, un amor que se traduce en gestos que verifican ese amor?, el origen y modelo de esta conducta es, el Padre celestial que es misericordioso, es decir, que no nos ama porque seamos buenos o porque hagamos su voluntad y practiquemos la virtud, ni deja de amarnos porque seamos malos y desobedezcamos su voluntad. Simplemente nos ama porque nos ama, porque es amor y amor gratuito e incondicionado. Por tanto, solo si nos hacemos imitadores suyos, seremos también capaces de amar como él «asimetricamente» a nuestro prójimo, siendo misericordiosos como El es misericordioso. Y estaremos en condiciones de llegar a lo que nos pide: a amar a los enemigos, como hemos visto que hizo David en la primera lectura y, sobre todo, como hizo él mismo en la cruz. Este será también el modo en que viviremos la novedad absoluta de la que, como efecto de la resurrección, nos habla Pablo en la segunda lectura de 1 Corintios 15,45-49, pues si somos imagen de Dios por el primer adán, y esa imagen quedó deteriorada por el pecado, ahora ha sido restaurada por Cristo. Por tanto si del viejo adán hemos heredado no solo la imagen deteriorada sino un destino de esclavitud y muerte, ahora por la resurrección, ese destino ha sido cambiado en un destino de vida.

La resurrección ha inaugurado el paso de un cuerpo animal a un cuerpo espiritual, y nuestro destino es el de Cristo: vivir junto al Padre.

6º Domingo T.O. Ciclo C

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El Profeta Jeremías, en la primera lectura (17,5-8) nos muestra dónde se encuentra para el hombre la maldición que tiene como desenlace la muerte y dónde está la bendición que trae consigo la vida, según dónde ponga su confianza. El impío es el que confía en sí mismo y en las cosas humanas, es decir, en la carne. Se parece a un cardo que echa sus raíces en la estepa, lugar árido e inhóspito, no podrá dar fruto ni durar mucho. En una palabra, tiene cerrado el camino a la esperanza. Por el contrario, el piadoso es el que confía en el Señor y por eso se parece a un árbol que hunde sus raíces junto al agua; no teme las estaciones ni las vicisitudes: ni desaparecerá ni se volverá estéril porque ha puesto su fundamento en el Señor y en el encuentra su protección. En definitiva, es en la apertura al Otro, donde encontramos, la razón de nuestro ser, amar y esperar. La maldición no da sentido, no proporciona esperanza, no abre al futuro ni explica el presente. En cambio, la bendición, es seguridad para el futuro y sentido en el presente, esto es, vida que se realiza y que se hace fecunda.

En este sentido, hemos de entender las bendiciones y las maldiciones que nos muestra el Evangelio de (Lucas 6,17.20-26). Las bienaventuranzas son bendiciones y como tales, están abiertas a la esperanza. Lucas, a diferencia de Mateo, reduce las bienaventuranzas de ocho a cuatro, pero añade cuatro amenazas. Así pues, el verdadero discípulo de Jesús es al mismo tiempo, pobre, dócil, misericordioso, obrador de paz, puro de corazón…por el contrario, quien no acoge la novedad del Evangelio sólo merece amenazas, es decir, la ausencia de esperanza-confianza. Dicho de otro modo: Dios no quiere el sufrimiento, pero ama a los que sufren y les prepara un verdadero y definitivo consuelo. Dios no quiere que seamos perseguidos por Cristo, pero ama, protege y asiste a los perseguidos y así sucesivamente, Dios va respondiendo a nuestras vicisitudes. Dios que nos ama, es pues, la única bendición y la única bienaventuranza. En cambio, las malaventuranzas o maldiciones se dirigen a los que buscan su felicidad en los bienes, en el prestigio, en el poder. Todo está en buscar el sentido de la vida en la realidad intrahistórica sin contar con Jesucristo o bien contando con él, confiar en él. El texto de las bienaventuranzas- malaventuranzas o amenazas, lucanas, nos muestra algo que vemos normalmente por la experiencia: quien es rico tiende a poner su confianza en sus propias riquezas, quien es pobre, tiende en cambio a ponerla en aquel que puede venir en su ayuda. Quien confía, como Jesús en el Padre que está en el cielo, confía en quien ha demostrado su consistencia, como la roca, resucitando a Jesús, y esta es la verdad fundamental de nuestra fe como nos muestra San Pablo en la segunda lectura de (1 Cor 15,12.16-20).

Existe una relación estrecha entre la resurrección de Cristo de entre los muertos y nuestra resurrección. Creer, es abrirse, a través de este acontecimiento de Cristo Jesús al Dios de la vida que ha vencido a la muerte, una muerte, que por cierto, él nunca ha querido para los hombres. La bendición o bienaventuranza es que en Cristo viviremos para siempre la plenitud de la vida, en la totalidad de nuestro ser humano: cuerpo, alma y espíritu. Esta no es una esperanza atribuida a criterios humanos, sino una esperaza que es don, prenda futura, que supera todas las previsiones humanas.

Que pongamos nuestra confianza, como Jesús, en el Padre que está en los cielos y así seremos como el árbol plantado junto al agua, que no se inquieta ni deja de dar fruto (Jr 17,8).

5º Domingo T.O. Ciclo C

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El domingo pasado escuchábamos la vocacion de Jeremías, este domingo escuchamos la vocación de Isaías, ( 6,1-2a.3-8). Tanto uno como otro, hacen referencia a la santidad y la gloria de Dios, que trasciende toda grandeza y poder humanos.

Ante esa grandeza de Dios, el profeta se siente indigno y pecador y ese es el momento en el que interviene Dios que le infunde una nueva vida al tocar sus labios. Entonces el profeta se declara dispuesto para la misión. Es la plena disponibilidad del que se deja invadir por un Dios que salva. El relato de la vocación profética, nos recuerda que toda llamada es un don gratuito de Dios y requiere la acogida responsable coherente y generosa por parte del hombre, y que todos nosotros, hemos sido llamados a realizar una misión en medio del mundo, como testigos del Dios fuerte y tres veces santo, lo cual es fuente de realización humana y cristiana.

La segunda lectura es de (1 Cor 15,1-11) En medio de los problemas y dudas que se dan en la comunidad, Pablo recuerda a los Corintios, el Evangelio anunciado, esto es, la buena nueva de la resurrección. Fueron muchos, y todos dignos de fe, los que constaron el sepulcro vacío y vieron resucitado al Señor. Entre ellos estoy también yo -afirma Pablo-, que por la gracia de Dios, soy lo que soy. Él, que se siente indigno de ser apóstol, ha encontrado en la fuerza del resucitado, la explicacion de su tarea apostólica y de la fe de todo cristiano, pues de lo contrario seríamos unos infelices y engañados. Pero Cristo, ha resucitado y sigue vivo, ese es el fundamento de la fe. Pablo recibió este contenido fundamental de la fe, en el momento de su conversión y junto a él, la gracia singular de contemplar a Cristo resucitado. Es necesario recordar y proclamar una y otra vez esto: que la meta de la humanidad no es la muerte, sino la vida gloriosa junto al Señor. La Iglesia, guiada por los apóstoles proclama esa misma verdad, que no solo da sentido a la vida presente, sino la esperanza en la vida futura.

El Evangelio es de Lc 5,1-11. y nos presenta la vocación de los discípulos, con esa nota final: dejándolo todo lo siguieron. Esto supone y significa el abandono radical por parte del discípulo en una decisión consciente y libre.Ahora bien, el relato pone de manifiesto también, que es la Palabra de Jesus la que ha llenado las redes y es la misma Palabra la que hace eficaz el trabajo apostólico. Los apóstoles, pese a que han estado faenando toda la noche y sin resultados, ahora lo hacen pero en el Nombre del Señor; he ahí la nueva manera de vivir y de afrontar las cosas. Entonces, el resultado cambia y ante ello, Pedro experimenta su propia flaqueza, su propio pecado: «apártate de mi Señor, que soy un pecador». Es la reacción ante lo que Dios es y hace, pero ahí interviene Jesús: «No temas: desde ahora serás pescador de hombres».

Debemos preguntarnos si nuestra vida cristiana y nuestro trabajo apostólico es consecuencia de habernos dejado fascinar como los discípulos y Pedro, por Jesucristo y por su Reino. Esta es la raíz de toda actividad eclesial, de lo contrario caemos en el activismo, en la búsqueda de nuestra propia satisfacción o en el exhibicionismo: un «pescar hombres» no para la vida en Cristo, para la resurrección, sino para nosotros, para la muerte.

Hemos de volver al contacto con él, para poder llevar a los demás el gran anuncio de la resurrección, que es la victoria de la vida sobre la muerte.

4º Domingo T.O. Ciclo C

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La vocación de Jeremías en la primera lectura, Jr 1,4-5.17-19 nos muestra el temor y la confianza en Dios del profeta ante la difícil tarea que ha de realizar de denuncia por la decadencia moral y religiosa en la que se encontraba el pueblo, lo que le lleva a enfrentarse a los poderosos; pero Dios sale al encuentro de sus reparos y le asegura que no debe tener ningún miedo a nadie. A diferencia de otros profeta, Jeremías, ha sido elegido desde el mismo momento de la concepción, lo que servirá de modelo a otros, como es el caso de Pablo, cuando afirma en Gálatas 1,15-17: «Cuando Dios, que me eligió desde el seno de mi madre y me llamó por pura benevolencia, tuvo a bien revelarme a su Hijo y hacerme su mensajero ante los paganos». Tanto en uno como en otro caso, está claro que se trata de un mensaje que tiene un sentido universal y válido para todos. La ejecución de la misión acarreará sufrimientos y dificultades, pero tanto la gratuidad en la llamada y las propias dificultades, se convierten en garantía de autenticidad, pues tanto en lo uno como en lo otro, la fuerza del profeta, a pesar del ambiente de hostilidad religiosa y de abandono social, reside en la promesa de Dios: «yo estoy contigo para librarte». La historia del profeta muestra que en los momentos mas duros en los que se revela su debate interior ante el desarrollo de la misión y la falta de acogida, siempre hay una salida y esta no es otra que la fidelidad de Dios, así como la constante y progresiva intimidad con Dios. Nosotros que también somo sacerdotes, profetas y reyes desde el bautismo, también somos enviados al mundo para proclamar las maravillas de Dios, una tarea también llena de dificultades y sufrimientos.

La segunda lectura, es de Pablo a los corintios 12,31-13,13 una comunidad esta, que fue para Pablo, motivo de muchas preocupaciones. Ellos aspiraban a los carismas más llamativos y visibles, pero Pablo que solo quiere ser testigo del amor de Cristo por todos, les expone el camino mejor, el gran carisma del amor que se da, que se entrega y que busca el bien del otro. En él, se resume el mandamiento del amor a Dios y al prójimo y que es un don que supera a los demás dones y carismas. A una serie de actuaciones ostentosas y llamativas que podrían atraer la atención de los miembros de la comunidad y convertirlos en líderes. Pablo insiste en su engaño si se separan de la caridad, pues solo el amor, nos hace semejantes a Dios que es amor, pero no un amor posesivo sino un amor que se entrega y que no se pertenece, porque es reflejo del amor que Dios nos tiene. Así nos lo manifiesta San Juan, cuando indica que: «el amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros, y envió a su Hijo para librarnos de nuestros pecados ( Iª de Jn 4,10).

El Evangelio es continuación del que escuchábamos el Domingo pasado. Jesús después de proclamar ante los suyos, el hoy de la salvación: «hoy se cumple esta escritura que acabáis de escuchar», es decir: que con él ha llegado el Espíritu de liberación definitiva en el que se cumplen todas las profecías siguiendo el plan de Dios, vemos que no suscitó entusiasmo sino escepticismo y oposición por parte de los conciudadanos que hubieran preferido no la liberación y la conversión en una vida nueva, sino signos y prodigios estrepitosos como prueba de su poder. Este encuentro en la sinagoga de Nazaret, marcara su destino en el que, como bien sabemos, se alternará la admiración y el rechazo. Jesús ha llevado la misión profética a su plenitud, lo que muestra también al seguidor de Cristo que también está llamado a vivir esa plenitud de la vocación cristiana, siendo testigo como Pablo, de la alegre noticia, del amor de Cristo, que culmina en el don de su vida por todos.

Jesús no busca su propio interés humano, como hacen a menudo los hombres, sino que nos lleva hacia el desprendimiento, el desasimiento, la verdadera libertad y la vida que tiene su fuente y fundamento en Dios.

3º Domingo T.O. Ciclo C

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La Palabra de Dios en este domingo, nos invita a vivir en el «hoy» de la salvación.

La primera lectura es de Nehemías 8,2-4a.5-6.8-10 y nos muestra el momento de la celebración del pueblo que se reúne tras la llegada a la tierra tras el destierro y aunque llora por todo lo acontecido y por el propio pecado, es invitado ahora a la alegría en el Señor.

En la celebración, que es la primera, tras la llegada, se nos dice que Esdras abrió el libro a la vista de todos y al abrirlo, el pueblo respondió: «Amen, amén». La expresión «Amen», procede de una raíz hebrea que significa: esto es firme, sólido, y merece nuestra atención y conformidad. Dios es la roca firme, su palabra es eterna. Cuando el hombre se abre a él y a su Palabra, participa de la firmeza y seguridad que Dios irradia siempre.

Jesús es nuestro amen, dirá Pablo en 2ª Cor 1,19-22 y aún resuena en nosotros las palabras de María en las bodas de Cana: «haced lo que él os diga». En él encontramos el sí de Dios, su inquebrantable lealtad y fidelidad, que engendra en nosotros una sincera alegría. La alegría y la alabanza de sabernos objeto de su fidelidad y de su amor incondicional.

La segunda lectura, es de 1 Cor 12,12-31a y nos llama a vivir también en el hoy de la novedad que nos ha traído Jesús. En él, formamos un solo cuerpo, en donde las diferencias sociológicas (ser esclavo o libre) e incluso las religiosas (ser judío o pagano) pierden importancia y quedan abolidas. Ahora bien, surgen otras diferencias sobre distintas bases. Las nuevas diferencias, son las funciones y servicios que lejos de crear división, hacen posible la comunión, pues en un cuerpo, todos los miembros son necesarios para que el cuerpo sea una realidad acabada y pueda cumplir su misión y en él, nadie puede ser menospreciado, sino que es importante para los demás miembros. Si el cuerpo esta formado por miembros diferentes que tienen cada uno una función, así hemos de vivir en Cristo. De este modo es como sale Pablo al frente de un problema y es que algunos sintiéndose engreídos, despreciaban a los demás, especialmente a los más pequeños y según ellos, menos dotados de la comunidad.

El Evangelio de Lc 1,1-4; 4,14-21, nos presenta el «hoy» de la novedad de Jesús: «hoy se ha cumplido el pasaje de la escritura que acabáis de escuchar», dice tras la lectura del pasaje programático de Isaías, en la Sinagoga de Nazaret.

El texto anunciaba al futuro Mesías o, mejor, al futuro profeta objeto de ardiente esperanza. Con sus palabras, Jesús proclama que con él, han empezado los últimos tiempos, que se prolongan en la Iglesia y en nuestro tiempo y que su misión está dirigida de un modo particular a los pobres y a los últimos. Siguiendo a Isaías, Jesús dirige la «alegre noticia» a los pecadores, a los oprimidos y a los marginados de toda condición, porque Dios ama a cada hombre sin diferencias. Cada uno tiene un valor para él y no cabe la marginación en ningún caso.

Esta buena noticia de Cristo es capaz de sacudir a unos e infundir esperanza a todos, especialmente a los que están en los márgenes de la sociedad.

Como el Padre y con él, también Jesús, se enternece ante aquellos que han sido dejados «medio muertos» por los caminos de la vida, como le ocurrió al hombre de la parábola del «buen samaritano» y de la conmoción, pasa a la solícita acogida.

Que nuestra oración continua, nos mantenga solícitos para con los demás y constantes en el encuentro con Cristo en nuestro corazón.

2º Domingo T.O. Ciclo C

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Retomamos el Tiempo Ordinario, que nos acompañará hasta la cuaresma. En él, iremos descubriendo y profundizando en esa relación de Dios con su pueblo y de Cristo con la Iglesia.

La primera lectura, es de Isaías 62,1-5. Nos presenta la relación de Dios con su Pueblo a través de la imagen de un matrimonio vivido en fidelidad e intensidad y que no rompe con la Alianza a pesar de la infidelidad. El consuelo y la esperanza que esto produce es grande, como grande es también el anuncio de este compromiso de fidelidad por parte de Dios, que perdona a pesar del pecado y del alejamiento de la Alianza.

El Evangelio de Jn 2,1-12, nos presenta a Jesús, también en un contexto nupcial como es el de las bodas de Cana. Si bien el domingo pasado, en la fiesta del bautismo le veíamos manifestarse en el Jordán como Hijo, bajo el testimonio del Padre y la presencia del Espíritu, ahora él mismo es el que se manifiesta como el esposo de la Nueva Alianza, el Mesías que celebra las bodas mesiánicas con la Iglesia, su esposa, simbolizada por María, la mujer de la verdadera fe, que nos enseña a acoger su Palabra, sus gestos, en definitiva su vida y de ahí que la expresión: «haced lo que él os diga», manifiesta la fe de María, que es la fe de la Iglesia, enseñándonos a amar y a escuchar a Cristo con sus palabras.

El agua que Jesús convierte en vino de gran calidad, simboliza las antiguas prácticas judías, que son sustituidas por una relación viva de Dios con nosotros, por medio de Jesucristo y los signos que realiza, por los cuales entramos en comunión con él, principalmente el bautismo y la Eucaristía.

Con este signo, que Jesús realiza en Cana, con el que convierte el agua en vino, nos dice el texto evangélico, que se manifestó su gloria y los discípulos empezaron a creer en el, es decir, empezaron a madurar hasta llegar al momento cumbre de su gloria en la muerte y resurrección y el envío del Espíritu. En la cruz será donde Cristo nos muestre toda su gloria.

En la segunda lectura de 1ª Cor 12,4-11, Pablo, nos muestra la riqueza del Espíritu, que crea la diversidad pero con un fin, el de promover la edificación común, la comunión, que proviene de la caridad, y que es por ello, el carisma mejor, ya que la hace posible. La caridad es pues, el vino nuevo, nunca probado hasta entonces: es Jesús mismo, su sangre derramada por nosotros, el signo de la caridad, que se manifiesta inequívocamente en la entrega de sí. Por tanto, si la diversidad es importante, más lo es la unidad y la comunión.

Podemos concluir que si bien María es la que nos lleva a Cristo, el Espíritu es el que nos lleva a la verdadera comunión en Cristo.

Debemos preguntarnos, hasta qué punto, somos esos «odres nuevos», capaces de ofrecer espacio al «vino nuevo» del Espíritu, que Cristo nos ofrece para no recaer continuamente en el viejo régimen del egoísmo y no tengamos modos ni maneras, contrarios al mandamiento nuevo de su Reino. Para ello, debemos pedir insistentemente al Padre el Espíritu, que nos renueva y vivifica.

El Bautismo del Señor

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Celebramos la fiesta del bautismo de Jesus por Juan en el Jordán y cabría preguntarse ¿por qué se acercó Jesus a recibirlo? Ciertamente no necesitaba el bautismo de Juan y su respuesta ante la extrañeza del mismo es: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere».

La primera lectura del Profeta Isaías 40,1-5.9-11 corresponde al primero de los cuatro cantos del siervo de Yave, en donde aparece un personaje misterioso: el ungido del Señor, que por sus rasgos, encarna al pueblo elegido o a algunos de sus personajes. El nuevo Testamento, verá en las características de este personaje, la historia y los acontecimientos trágicos de Jesús de Nazaret.

Este siervo elegido y preferido de Dios, es alguien que con la luz y la fuerza del Espíritu llevará adelante su misión, que no será fácil. Tendrá coraje en las pruebas y en los sufrimientos, que no le faltarán y tendrá como empuñadura las armas de la paz. Será sacerdote, profeta y rey. Como sacerdote, cumplirá su misión haciéndose alianza de un pueblo, como profeta, comunicará la voluntad de Dios y será luz de las naciones y como rey, está llamado a proclamar el derecho con firmeza y a establecer la justicia, es decir, la salvación, que viene de lo alto. Su objetivo es librar de todo mal al hombre en su ser más íntimo; hacer posible el bien común.

Necesitamos estas cualidades del Siervo para cumplir nuestra tarea de testigos que invitan a todos a participar de la salvación.

La segunda lectura, es de los Hechos de los apóstoles 10,34-38 y forma parte del discurso de Pedro en Cesarea, en casa de Cornelio, el cual se convierte y se bautiza, siendo así la primera conversión de un gentil al Evangelio, como fruto de la predicación de Jesucristo en la que enseña el apóstol, cómo su vida marcada por el Espíritu, que se pone de manifiesto en su bautismo en el Jordán, hace posible que la vida de todo cristiano desde su bautismo, realice la misión de ser como él para los demás y por los demás. Su pasar haciendo el bien y curando, es una característica del Siervo de Yavé y estamos todos llamados a realizarla con él y por él.

El Evangelio de Mateo 3,13-17 nos relata la escena del bautismo en el Jordán por obra del bautista. Con este gesto, Jesús, quiere mostrar su solidaridad con todos, cargando con nuestro pecado y manifestándose como siervo manso y humilde, que se entrega totalmente, tomando nuestra condición de debilidad humana.

La escena del bautismo, evidencia además algunos rasgos que muestran la participación del mundo celeste en lo humano, como es la donación del Espíritu. Pero esta donación en el caso de Jesús, no está relacionada con el bautismo, pues el bautismo de Juan no confiere el Espíritu, como si lo hace el bautismo cristiano. Tanto la apertura de los cielos como el don del Espíritu, indican que aquel que está al borde del Jordán, es el Mesías esperado, que viene como siervo y que lleva adelante el proyecto de Dios.

El bautismo de Juan no confiere el Espíritu. Solo lo confiere, el bautismo recibido de Jesús y administrado por la Iglesia, que nos incorpora a Cristo muerto y resucitado, nos confiere el perdón, la filiación y el Don del Espíritu. En una palabra: nos da la potestad  de ser Hijos queridos y amados.  

Fiesta de la Epifanía

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¿Qué es la fiesta de la Epifanía, conocida como la fiesta de los reyes magos?

La primera lectura del Profeta Isaías 50,1-6, nos da una clave, al hablarnos de la universalidad y de la unidad de todos los pueblos en torno a Jerusalén. Nos habla de una caravana que avanza hacia la ciudad santa en dos grupos bien diferenciados: uno formado por los hijos y e hijas de Israel que vuelven del exilio y el otro formado por las naciones extranjeras atraídas por la luz y la gloria de Dios. Es la alegría de la salvación que llega a todos los pueblos.

Nosotros, que hemos visto esa salvación manifestada en Cristo Jesús nacido en Belen, estamos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo, esto es a colaborar en el plan de Dios que es universal, para todos, con todo lo que somos y hacemos, nuestras posibilidades y nuestras cualidades. La salvación de Jesucristo o es para todos o no es para nadie. Distinto es que esa salvación sea acogida o no por nosotros.

La segunda lectura es de Efesios 3,2-3ª.5-6 y expresa claramente la misión de Pablo de llevar el Evangelio a los gentiles, de modo que, como hemos dicho, el designio salvífico de Dios es para toda la humanidad, que está llamada a caminar a la luz del único Dios y Padre. El Evangelio no tiene fronteras y todos los pueblos están llamados a participar de las promesas hechas a Israel y realizadas en Jesús.

La Iglesia ,cuando anuncia y predica el misterio de Cristo, comunica una gran noticia, una buena noticia: que no somos ajenos a esa voluntad de Dios de salvación, de no dejarnos sometidos al pecado y a la muerte, sino de resucitarnos con Cristo y estar con él. Así realiza la unidad entre todos los pueblos y entre los propios hijos de Dios dispersos, bien sea mediante el anuncio del evangelio, bien sea tratando de crear vínculos de comunión y fraternidad a pesar de las apariencias y de las múltiples diversidades.

El nacimiento de Cristo, ha manifestado el misterio de Dios que consiste en reunirnos a todos en él.

El Evangelio de Mateo 2,1-12, nos habla de una Revelación extraordinaria que conduce a los magos o sabios a descubrir al rey de los judíos, como rey del universo. Estos magos o sabios, en el siglo V fueron reconocidos como tres, en base a los dones ofrecidos y en que el siglo VIII le fueron dados los nombres que todos conocemos, son para el evangelista, personajes ilustres, primicia de los paganos, que exaltan la dignidad de Jesús y le buscan para adorarle. En cambio Herodes, es todo lo contrario, le busca para matarlo. He ahí las dos posturas ante este Mesías buscado y rechazado a la vez, marginado por su pueblo y buscado con esperanza por los de lejos. Seamos como los magos y sabios, adoradores de Jesús; adorarle significa, reconocerle como el único Dios y Señor. Ellos son tipo y preludio de esa innumerable y gran multitud de «verdaderos adoradores» que marchan después de haberle encontrado, por caminos distintos a los que trajeron y que anuncian a todos la salvación y la paz que provienen de él. 

     

2º Domingo de Navidad

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La personificación de la sabiduría en la primera lectura de Eclesiástico, 21.1-4-12-16, le da una serie de atributos como es el de colaborar junto al Creador, en la obra de la Creación. De esta forma, el que contempla la Creación, puede contemplar la Sabiduría en ella. La naturaleza, se convierte así en don y espejo de esta Sabiduría de Dios.
Esta Sabiduría, presente en la historia, se actualiza en Jesús. San Juan, cuando habla del «Verbo», tiene como trasfondo este texto que leemos hoy, y lo utiliza refiriéndose a la teología de la Palabra, en cuanto fuerza que crea, revelación que ilumina, persona que vivifica. Cristo es así, la Palabra última y definitiva de Dios, la auténtica sabiduría hecha visible. Esta sabiduría que ha echado raíces en Israel, lo hace ahora en la Iglesia y en los creyentes y podemos recurrir a ella en toda ocasión, sobre todo en las dificultades y complejidades de nuestra existencia.
La segunda lectura, es de Efesios 1,3-6.15-18, y nos presenta el plan de Dios manifestado en Cristo. En él, el Padre es la fuente, El Espíritu es la garantía de la herencia que se nos da y el Hijo, es el que todo lo cumple y lleva a cabo con la entrega de sí, hasta el don de la vida. El objetivo primero de este plan, es la salvación del hombre y el objetivo final es la gloria de Dios. Estamos por tanto, dentro de ese amor que envuelve al Padre, al Hijo y al Espíritu y es por la mediación eclesial por la que recibimos la filiación y el perdón de los pecados.
Nuestro Dios es un Dios de bendición y de paz. Tanto la Navidad como la Pascua son expresión de esa bendición sin medida. De ahí brota la acción de gracias por las maravillas que Dios ha hecho y sigue haciendo en nosotros.
El Evangelio es el mismo de Navidad: Juan 1,1-18. En él, destaca la presencia de Jesús Palabra y lo hace en tres momentos: Primero la preexistencia de la Palabra. Segundo: la venida histórica de las Palabra entre los hombres y finalmente: la Encarnación de la Palabra.
Esta Palabra que había entrado por primera vez en la historia humana con la Creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrarnos así su infinito amor, que da cumplimiento a la obra que el Padre le ha confiado.
La cruz, se convierte así en la expresión máxima de un amor que supera la lógica humana y que cuando lo acogemos, nos transforma en Hijos queridos, que llaman a Dios Padre.    

Santa María Madre de Dios

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El día 1 de Enero, fiesta de Santa María, está marcado ya desde hace varios años, por la Jornada mundial de la paz.

La paz, como hemos escuchado en la primera lectura del libro de los números 6,22-27, se nos muestra como un don de Dios, que proviene de su bendición. Dios nos bendice con la paz, nos da la paz, como resumen de todos sus dones. Así, su Reino, es Reino de amor, justicia y paz.

La segunda lectura de San Pablo a los Gálatas 4,4-7, nos muestra a Cristo como el dador del Espíritu, verdadero constructor de paz, que nos transforma ni más ni menos que en Hijos de Dios y provoca en nosotros la plegaria continua que brota del corazón y que nos hace exclamar: Abba Padre.

María es la artífice de este don de nuestra filiación primero, porque de ella nace el Salvador, el príncipe de la paz y segundo, porque por el mismo Espíritu que la hizo madre, del Salvador, también se convierte en madre de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Por todo ello, hoy la proclamamos con ese título tan hermoso de «Madre de Dios».

Los pastores, que van a prisa a ver lo que ha ocurrido, nos enseñan a apreciar el valor de la paz, que nos trae Jesús y que como nos recordaba Juan XXIII en la Pacem in Terris , encuentra su fundamento en el amor, la justicia, la verdad y la libertad.

El Papa Francisco, en su mensaje para este año, concreta todo esto en un lema: «Diálogo entre generaciones, educación y trabajo: instrumentos para construir una paz duradera».

El diálogo entre generaciones, porque dialogar significa escucharse, confrontarse, ponerse de acuerdo y caminar juntos. Fomentar esto entre generaciones significa labrar la dura y estéril tierra del conflicto y la exclusión para cultivar allí las semillas de una paz duradera y compartida.

Por otro lado, la educación es el camino principal que conduce a las jóvenes generaciones a una preparación específica y a ocupar de manera provechosa un lugar adecuado en el mundo del trabajo, el cual, es hoy mas que nunca una necesidad en este tiempo difícil que nos toca vivir, ya que forma parte del sentido de la vida, es camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal.

En estos tiempos de pandemia, pongamos todo nuestro esfuerzo en poner las condiciones para hacer posible la paz, como bien al que todos podemos y debemos aspirar.

Fiesta de la Sagrada Familia

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El Evangelio que escuchamos en esta fiesta, de Lucas 2,41-52 nos puede llamar la atención por la respuesta de Jesus ante sus padres, que le buscan afanosamente en medio de una carrera de obstáculos y de contratiempos: «¿Por qué me buscáis? ¿No sabéis que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?», pero ello nos permite comprobar que es porque vive en familia y en obediencia a sus padres, como puede decir esto. Y es que estar centrados viviendo una vida en familia, es lo que nos lleva a abrirnos a Dios a conocerlo y a amarlo como lo primero y lo mas importante.

La familia,  no está en función de sí misma, ni gira en torno de sí misma, sino que nos guía y dirige hacia Dios para conocerlo y amarlo como lo primero y lo más importante. La vida familiar y la obediencia a los padres, cuando brota del amor de Dios, nos guía y nos dirige hacia Dios, nos mueve hacia él.

Jesús, creciendo obediente a sus padres, reconoce y renueva continuamente el misterio de unidad con su Padre y así es como nos muestra su verdadera humanidad a todos nosotros que aspiramos a vivir también una humanidad plena y auténtica.

María y José, en medio de su extrañeza, no dejaron de reconocer la grandeza de este misterio, que Jesus niño proclama y en el que nos enseña el secreto de lo humano. Y nosotros aprendemos a partir de todo esto, que ser cristiano, es ante todo, ser hijo de Dios; pertenecer a la familia de Dios.

El mayor don de Dios, nos dirá San Juan, es que seamos sus hijos: «mirad que magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios» (1ª Jn 3,1-2). Realmente nos cuesta comprender a fondo la grandeza de este don, que nos llevará a la visión de Dios y que por tanto hemos de vivir con gran alegría.

Hoy, es un día adecuado, cuando ya hemos pasado la noche buena y vivido el día de Navidad, para  meditar  que por ser hijos, estamos llamados a ser como nos dice San Juan: «semejantes a él, porque le veremos tal cual es». Y todo esto no es obra de nuestro esfuerzo, sino fruto del amor gratuito que se nos ha manifestado en Cristo Jesús y en el que hemos de fundamentarnos día tras día con el uniforme de la misericordia entrañable, la humildad, la dulzura, la comprensión, como nos decía san Pablo en la segunda lectura de Colosenses 3,12-21. Uniforme, es lo que nos identifica, como personas singulares y bien definidas, y lo que incluye también en este caso, el perdón y la paz, es decir, el amor con el que Jesús nos ha amado, dando su vida por todos.

Fundados en este amor más grande de Dios por nosotros, manifestado en Cristo Jesús, es como podemos vivir una vida de familia, humana y fraterna. El respeto y la ternura hacia los padres, como nos recordaba la primera lectura del eclesiástico 3,37.14.17ª, será siempre el camino mejor y necesario para poder encontrarnos nos solo con los hermanos, sino también con Dios nuestro Padre.  

Misa de Navidad

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La misa del día de Navidad, a diferencia de la de la media noche, no habla del nacimiento del niño en Belén, sino que es más bien una meditación muy rica de su significado.

La primera lectura de Isaías 52, 7-10 nos invita a pensar en la presencia del Señor en medio de su pueblo: «tus centinelas alzan la voz, cantan a coro, porque ven con sus propios ojos que el Señor vuelve a Sión». Esta es la gran noticia; que Dios vuelve a Sion a cada uno de nosotros, que viene con poder a darnos su consuelo y a rescatarnos.

El anuncio profético concluye con la constatación de que todos los pueblos de la tierra han podido contemplar que el Señor no abandona a su pueblo, sino que está siempre dispuesto a salvarlo. La Iglesia llena de alegría proclama al respecto, que Dios ha actuado con poder en el nacimiento de Jesús, su hijo.

También la segunda lectura de Hebreos 1,1-6, es una invitación a la comunidad cristiana a fijar su mirada en el nacimiento de Cristo como el punto culminante de la revelación de Dios. El es la plena y completa revelación del Padre, su icono fiel, de manera que el hombre, hecho a imagen de Dios encuentra en Jesucristo la expresión máxima de lo que es él, esto es, el modelo y perfección de lo humano. En definitiva, Jesús nos enseña a ser hombres y mujeres de verdad, y en él encontramos no solo lo que somos, sino lo que estamos llamados a ser. Consecuentemente, en todo hombre y en todo acontecimiento humano, se esconde Jesús y ahí espera que le busquemos y encontremos. Lo que contemplamos con gozo en la navidad es que en la humanidad de Cristo, se esconde su divinidad y que es en lo humano, donde se nos da.

El Evangelio es de Juan 1,1-18 y corresponde al prólogo de su Evangelio, que es una síntesis meditativa de todo el misterio de la Navidad. Todo él gira en torno a la frase: «y la Palabra se hizo carne». Esto se dice de la Encarnación y por tanto, de la Navidad. Misterio de Navidad, que se remonta al misterio Trinitario y desciende después hasta el hombre. Jesús, la Palabra encarnada, hace a Dios visible y se hace cercano al hombre, siendo su reflejo, de modo que la historia y la realidad humana encuentra su razón de ser en la Palabra, pues como se nos dice: «en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres».

En Jesús, encuentra pues, significado, fin y consistencia la salvación de todo hombre y de todo el hombre. En definitiva, que la Encarnación y el Nacimiento de la Palabra, se han realizado para llevar al hombre a la meta final. Por ello, ha asumido nuestra propia naturaleza, en todo menos en el pecado (Hb 4,15).

La Navidad, es reconocer que Dios ha revelado su Palabra y la ha enviado al mundo para nuestra salvación.

Celebrémosla con gozo y alegría, pues Dios trascendente e invisible, ha dejado su lejanía e invisibilidad y ha tomado un rostro humano haciéndose visible, concreto y asequible. Es más, ha elegido la vida del pobre y del derrotado para que nosotros pudiésemos vislumbrar el poder de Dios en su elección de la pobreza y de su abajamiento, y de este modo, es como Dios nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina.

Noche Buena

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¿Cuál es el sentido de esta noche y de la Navidad? Las lecturas que escucharemos, nos invitan a descubrir el misterio de esta noche a amarlo y adorarlo.

La primera lectura de Isaías 9, 2-7, se sitúa en medio de una difícil situación para el pueblo de Israel. La invasión de Asiria (siglo VIII a.c.) augura un camino de oscuridad y tiniebla. Pues, bien, a esa gente sin esperanza, les anuncia el profeta: «el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz». Y luego dirigiéndose a Dios proclama: «acreciste la alegría, aumentaste el gozo». Y es que los asirios, en sus propósitos expansionistas sitiaron Jerusalén (capital de Judá), pero se vieron obligados a retirarse para defender su territorio a causa de la guerra con Babilonia. El profeta ve en ello la intervención de Dios que es considerado como: «Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de la paz,». Nos encontramos así ante el mensaje más antiguo de la Navidad: una llamada a no doblegarse ante el temor ni ante el enemigo y ello gracias a que: «un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado». En él descansa la alegría, la paz la justicia y el amor ardiente del Señor. Qué importante, reconocer en esta noche, que esto lo vemos cumplido en Jesus, hecho niño en Belen.

Igualmente, la segunda lectura de San Pablo a Tito, 2,11-14, nos invita a llenar de sentido y de contenido este acontecimiento que celebramos. Nos decía: «se ha manifestado la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres». La Navidad es Dios que se da, que se ofrece a todos, sin distinciones de ningún tipo. En ello vemos la cercanía, la mirada y la sonrisa de Dios hacia toda la humanidad. Esa entrega de Dios en Belen, es lo que celebraremos también en la pascua, en su muerte y resurrección. En el pesebre, descubrimos al Dios con nosotros, que quiere estar con nosotros y entre nosotros. Así pues, saborear la Navidad desde la Pascua, nos ayuda a descubrir su sentido y descubrir el gran motivo de alegría y de fiesta que nos invade.

Por último, en el Evangelio de Lucas, 2,1-14, se nos habla del nacimiento histórico de Jesús. Un relato, hecho con elementos literarios propios, que reservamos a los especialistas. En él destacan las palabras de los ángeles a los pastores, que nos descubren el acontecimiento recibido desde la fe, al contemplar en la pobreza del pesebre, la presencia de Dios entre los hombres y en el que solo ellos, unos cuantos pastores, representantes de los mas pobres y humildes, descubren el gran signo y la gran señal, de la llegada del Mesías. Esto nos indica, que estamos ante un cambio de época en la historia de la humanidad en el que la paz es un don que se empieza a construir desde dentro, desde nuestra intimidad y desde nuestra comunión con el que es el Príncipe de la paz, para alcanzar desde ahí, nuestras relaciones sociales y de todo tipo.

Hermanas y hermanos, en esta noche, celebramos el nacimiento de la paz que, si bien es frágil como un recién nacido, está llamada a ser la roca firme que inspire toda nuestra existencia. En esta noche santa, asumimos la delicada misión de hacer presente en nuestra vida la gloria de Dios, que nos quiere salvar y así poder trasladar a todas las gentes esta buena noticia que pasa por la construcción de la paz. El niño de Belén nos dice que el milagro de la paz es posible si de verdad le acogemos y le adoramos en la fe.

4º Domingo de Adviento, Ciclo C

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En un tiempo difícil y complicado por la depravación de los dirigentes y por la amenaza de invasión por parte de Siria, el profeta Miqueas, 5,1-4 contemporáneo de Isaías, nos muestra en la primera lectura la necesidad de volver a los orígenes, a los comienzos, en definitiva, de volver a Dios. Y así anuncia que será Dios el que de a su pueblo un rey justo que provendrá no de Jerusalén, sino de la pequeña Belén, patria chica de David, recuperando así la humildad de los orígenes, en palabras textuales: «de los días remotos», cuando David, fue elegido el último, después de sus siete hermanos, que a los ojos de los hombres, parecían más adecuados que él. El profeta, nos indica, de este modo, que no habrá nuevo nacimiento, si no se comienza desde abajo, desde los últimos.

Este nuevo nacimiento, será el de un rey que gobernará con firmeza y a la vez con el cariño de un pastor que sigue a su propio rebaño, pero sobre todo, que actuará en nombre del Señor su Dios.

Esta profecía, la vemos cumplida en Jesús, verdadero pastor que se preocupa por su rebaño, disperso y agotado.

La segunda lectura de Hebreos 10,5-10, nos muestra el misterio de la encarnación en su sentido profundo, pues para santificarnos, Cristo no ofreció a Dios un sacrificio ritual como los ofrecidos en el templo, pues ahora, su cuerpo es el nuevo templo, no hecho por manos humanas en el que se realiza plena y cabalmente la voluntad de Dios de querernos salvar. Todo él, ha estado sujeto a la voluntad de Dios que es el bien integral de él y de todos los hombres y por él también nosotros entramos en obediencia a esa voluntad, como pedimos en el padre Nuestro.

El Evangelio de Lucas 1,39-48a, nos presenta en la visitación, la alegría de las dos madres y la de Juan, aun en el seno de Isabel. Con esa alegría manifiesta, se nos recuerda la alegría de David, que danzaba ante la llegada del arca de la alianza, signo de la presencia de Dios. Se nos dice, que saltó, ante María, que es el Arca de la Nueva Alianza, que lleva en su seno al Señor.

En la alegría de ambas madres y de Juan, descubrimos que Jesús es la fuente de la verdadera alegría, que nos muestra la verdad de lo que somos: Hijos de Dios, por él y con él. Concretamente en la alegría de María que glorifica al Señor, porque ha mirado la humildad de su sierva, vemos cumplido el plan de Dios, que anunciaba Miqueas y en el cual, los últimos están llamados a ser los primeros.

María es la que ha creído y creyendo ha comenzado a constatar cómo Dios es fiel en realizar su promesa. Igualmente nosotros, si no creemos, no experimentaremos nunca cómo el don de Dios misteriosamente se va formando en nosotros y en los demás, pues de hecho, tanto María como Isabel, saben dialogar sobre lo que Dios ha hecho en ellas. Ninguna de las dos habla de sí, sino de la otra, o de lo que Dios ha hecho en ellas, hasta llegar así, a la cumbre de la alabanza en el «magníficat».

Navidad, es dirigir la mirada hacia lo que Dios va realizando en nosotros y hacia los más pequeños que nos rodean cada día, es recibir al otro como un don y ser para el otro un don. Solo así podremos recibir la alegre noticia de la salvación.

3º Domingo de Adviento, Ciclo C

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El tercer Domingo de Adviento, tradicionalmente se le conoce como el domingo de Gaudete, que se traduce por: ¡estad alegres! Se nos invita a estar alegres ante la venida del Señor. Una venida que estamos proclamando de manera especial en este tiempo de Adviento, cercana ya la Navidad y que hemos de tener y vivir como ya presente, cada día y en cada momento de nuestro caminar, como nos lo recordaba el profeta Sofonías 3,14-18 en la primera lectura al proclamar con fuerza: «¡Lanza gritos de gozo, hija de Sion…no tengas miedo…Yahveh tu Dios está en medio de ti!».

Realmente es una alegría afirmar esto, de modo, que no podemos estar tristes ni apesadumbrados, cuando el Señor viene a nosotros, en los momentos cruciales de nuestra historia. Por ello, no podemos menos que alegrarnos y transmitir esa alegría a los demás.

Este relato, por otra parte, nos recuerda la Anunciación, cuando el ángel dice a María: «alégrate el Señor está contigo». Y es que Dios no nos deja, ni en el sufrimiento ni en la muerte, sino que está cerca y viene. En un tiempo de incertezas y de calamidades, de infecciones y contagios, dejémonos contagiar por la buena noticia, pues como nos seguía recordando el profeta: «Dios se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta».

La segunda lectura, de Filipenses 4,4-7 insiste también en el mismo mensaje: «estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres…el Señor está cerca». Y es que Dios no olvida ese proyecto de felicidad para el hombre, que el Génesis recoge en el relato del paraíso y que Pablo nos recuerda estando en una lóbrega e inmunda cárcel, donde se encontraba, al confirmar a los filipenses en la alegre esperanza cristiana, la vida eterna a la que Dios nos ha destinado por medio de Jesucristo: «Estad alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres».  Esta alegría es lo que da sentido a nuestra vida, sometida tantas veces a la limitación y a la debilidad. Qué bien resuena aquí la frase de Santa Teresa: «Nada te turbe, nada te espante» a la que podemos unir la de Pablo: «Que la paz de Dios custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». De este modo, es como en la moderación y en la sencillez de una vida en paz, encontramos ya esa plenitud alegre y gozosa a la que el Señor nos llama.

El Evangelio de Lucas 3,10-18, nos sitúa ante la predicación de Juan el bautista en donde se destaca ese hablar de Jesús como el Mesías, el que ha de venir, el más fuerte. Esto nos recuerda que necesitamos cambiar, convertirnos, no hacer extorsión, ni crear escándalos. Una hermosa lección para nosotros y para nuestras relaciones sociales en las que el otro, se convierte en alguien importante, e incluso, superior a mí, pues en él descubro al Señor que viene y está ya presente.

En consonancia con lo que le preguntaban a Juan, hoy también nosotros nos preguntamos: ¿Qué hemos de hacer para que el Señor nazca en nuestros corazones? Sea como sea, una cosa está clara: en un mundo tentado por la ansiedad, la amargura y la carencia de felicidad, los cristianos, podemos vivir contentos, pues sabemos que Dios está en medio de la historia y la dirige tanto en el plano personal, como en el plano social y universal.

Inmaculada Madre

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Llegamos a esta fiesta, que nos dispone a mirar a Maria como la que ha sido concebida sin pecado. El pecado que a todos nos afecta a ella,  no le afectó en virtud de su maternidad divina, por la que fue madre del Salvador. Ello se tradujo en una vida de total entrega a Dios y al Reino de su Hijo querido, por cuya gracia hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Por este misterio de gracia infinita, pudo acompañar al Hijo hasta el final, sufrir y amar con él y hacer posible la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, al que ella dio a luz cuando Jesus en la cruz la proclamó madre nuestra. María es madre de Dios y madre nuestra Inmaculada. Ella es también la que asciende al cielo en cuerpo y alma haciendo de nosotros Hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, llamados a reinar con ella en el reino de su Hijo querido, esto es, llamados a la santidad, como ella.

Este misterio entrañable, nos muestra en primer lugar que la gracia hace y puede hacer maravillas en nosotros. Ahí tenemos el testimonio de los santos, de los mártires, de los profetas, de los sacerdotes. Todos, por el bautismo, llamados a reinar con Cristo. Y en segundo lugar que lo que ella fue por designio de Dios, nosotros estamos llamados a serlo por ese mismo designio, una vez que identificados con Cristo nos decantemos por él y vivamos como él una vida de amor y de entrega a Dios y a los demás.

La primera lectura del Génesis 3,9-15.20, nos muestra el misterio del pecado, esa herida que todos llevamos y que nos hace apartarnos de Dios, desconfiar de su amor y de su misericordia. El pecado nos lleva también a la desesperación y pensar que no hay nada y que el fin del hombre es morir.

Pero la gran noticia, la buena noticia, es que Dios quiere salvarnos y por ello ha puesto en marcha un plan de salvación en donde María es la nueva Eva, figura de la nueva humanidad libre ya del pecado y la muerte y por tanto con la esperanza puesta en Dios. La segunda lectura de Efesios 1,3-6.11-12, nos decía que hemos sido destinados a ser hijos por medio de Jesucristo, de modo que ahora podamos no vivir ya en la desesperanza, sino que podamos prorrumpir en un himno de alabanza a su gloria. El que alaba y canta es porque sabe que su vida tiene sentido, que su vida está bien hecha y que Dios es la meta de nuestro vivir y de nuestro obrar. Estamos hechos para la comunión con Dios, para la libertad y el amor sin límite, una vez que hemos llegado como María a alumbrar al Salvador.

 El Evangelio de la Anunciación: Lc 1,26-38. Nos muestra lo que estamos celebrando en este tiempo de Adviento: que Dios viene. Viene en pobreza y debilidad, contando con la pequeñez de María. El Espíritu es el que hace posible lo imposible, pues para Dios no hay nada imposible.

Se nos invita a vivir también nosotros, bajo la fuerza de ese mismo Espíritu, que lleva adelante la obra de la salvación, contando también con nuestra pobreza y debilidad, pero que también nos pide como a María nuestro permiso, nuestro beneplácito, nuestro sí: «Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según tú dices».

María nos enseña, ya en esta vida, a vivir de un modo nuevo, a vivir en la esperanza y en la confianza  en Dios, que nos llama a  ser santos como él es Santo.   

2º Domingo de Adviento Ciclo C

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El segundo Domingo de Adviento, está marcado por la figura de Juan el bautista, el que escucha y predica. San Lucas 3,1-6 en el evangelio, lo expresa así: «La palabra de Dios vino sobre Juan, el Hijo de Zacarías, en el desierto…y fue por toda la región del Jordán predicando que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonaran los pecados». Juan, habiendo escuchado la Palabra de Dios en el desierto, ahora la puede hacer resonar en el Jordán como oferta de salvación. Se nos invita a ser como él, profetas que reconocen a Dios como el verdadero protagonista de la historia de la salvación, el que rebaja los montes y rellena los valles de nuestra soberbia, de la injusticia social, de nuestro corazón herido. He ahí nuestra esperanza.

Seamos pues,  profetas de un tiempo nuevo, que no se dejan vencer por la dificultad ni por el temor. Profetas, que aguardan en el desierto, es decir, en el silencio de la búsqueda de lo esencial, de la lucha contra la soberbia, de la escucha de la Palabra, del distanciamiento crítico, la venida de su Señor. Profetas que trabajan así, por el advenimiento de un mundo más justo, más humano y más fraterno.

La segunda lectura de San Pablo a los filipenses 1,4-6.8-11, nos recuerda que este tiempo de espera es también un tiempo de crecimiento en el amor. Alguien lo comparaba con cierta gracia, al perro que atado a la farola, espera que su amo salga de la tienda a la que ha entrado a comprar. Todos los que pasan le hacen caricias y carantoñas, pero él permanece afanado en la espera. En nuestro caso, Ese, mientras tanto, de la espera, es el tiempo del crecimiento en el amor, del conocimiento de los valores, lo que nos hace a la vez profundizar en el conocimiento y mayor agudeza en el discernimiento, de la tensión hacia lo mejor, de la integridad y transparencia de las costumbres. De manera que como nos recuerda Pablo, «el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles, cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo para gloria y alabanza de Dios».

El profeta Baruc, 5,1-9, en la primera lectura, nos muestra el camino de retorno del destierro y la reconstrucción de la capital, Jerusalén, que será llamada: «paz en la justicia y gloria en la Piedad», lo que se traduce en una vida de justicia, que traerá la paz y la piedad, es decir, el respeto a Dios, y todo ello será motivo de gloria y alabanza.

Pone así de manifiesto, que Dios es el Señor de la historia y que es él, el que resuelve en favor del hombre los tiempos de la prueba, allanando el camino de regreso. Que, en medio de nuestra realidad de cada día, vivamos también la alegría del retorno y del encuentro con Dios que nos viene a buscar por medio de Jesucristo y a sacar de nuestro exilio interior, para guiarnos por el desierto de cada día, a la esperanza de su Reino; a la justicia, al amor y la paz.

1º Domingo de Adviento, Ciclo C

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El Adviento nos prepara para la venida del Señor, que ya fue en la carne como celebraremos en la Navidad, pero que lo será también en gloria.

El profeta Jeremías nos invita en la primera lectura Jr 33,14-16 a prepararnos desde dentro, porque es en el interior donde el hombre se encuentra consigo mismo y con Dios, que es fiel a sus promesas y que ahora toma la iniciativa de llevarnos hacia una relación con él profunda y viva, donde la ley deja de ser un mero código exterior para convertirse en una inspiración que alcanza el corazón del hombre bajo la acción del Espíritu Santo. Para ello enviará a un descendiente de David, un mesías «germen de justicia», es decir, la promesa de un rey que tendrá de verdad la justicia como programa.

En la segunda lectura de 1ª Tesalonicenses 3,12-4,2, Pablo indica a los de tesalónica, como han de vivir aguardando a venida del Señor: centrados en la caridad y queriendo agradar al Señor. A ellos les dice: «os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere». Es decir, que ante las dificultades de todo tipo que podamos tener, no perdamos de vista la seguridad de la presencia del Señor que acompaña el camino de los suyos cuando permanecen en marcha y que da sentido y valor a todo lo que acontece, pues para el que vive en Cristo, todo acontecimiento se convierte en motivo de espera, de gloria y alabanza.  De esta manera es como estamos en continuo crecimiento y en constante profundización, puesto que la hondura del amor de Dios es inagotable.

El Evangelio de Lucas 21,25-28.34-36, nos invita a dirigir la mirada hacia la vuelta gloriosa del Señor, lo cual es el sentido original del adviento. El cristiano, es el que sin dejar de lado sus responsabilidades en el mundo, no pierde la esperanza en la plena realización final. Las señales, de que habla, no son tanto manifestaciones que nos permiten calcular con anticipación el momento de la venida del Señor, sino de acontecimientos que se darán siempre y en cualquier tiempo. De hecho, siempre ha habido y habrá catástrofes naturales, desórdenes y acontecimientos dolorosos, por lo que siempre habrá que estar a la espera de la venida del Señor. Por tanto, siempre podremos vivir bien en la angustia y en la pena o bien con la cabeza bien alta, porque está cerca la liberación. Ello supondrá acoger el don de la gracia, con fe y esperanza e interpretar la historia no desde el catastrofismo sino desde el amor gratuito de Dios que nos llama no solo a la esperanza sino también a la solidaridad.

La oración tiene aquí un gran significado, pues ha de ser continua mientras tanto y nos permite estar atentos en la espera, no de falsos aduladores, sino del que da sentido a nuestra historia: al hijo del hombre.

Solemnidad de Cristo Rey, Ciclo B

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Solemnidad de Cristo Rey

¿Qué significa afirmar que Cristo es rey? Con el evangelio de Juan 18,33-37, diremos que significa decir que Cristo es la verdad; que la verdad es la más profunda realidad de Jesús, que todos sus gestos y palabras son expresión de la única y profunda verdad y que acoger la verdad es para nosotros acoger la salvación que viene de Dios, es decir: la capacidad de ser amado y de amar a Dios, la posibilidad de la verdadera libertad, la realización de la verdadera humanización y la esperanza del auténtico sentido del hombre. La verdad es además, fuente de libertad y de vida. Jesus rey, es, por tanto, el testigo fiel del que nos habla la segunda lectura del libro del Apocalipsis 1,5-8, el que da testimonio de la verdad al revelarnos el rostro del Padre y las auténticas relaciones del hombre con él. El que manifiesta también el verdadero sentido del hombre en sí mismo y en sus relaciones con los demás y con el mundo, así como su destino de eternidad.

Este reino de la verdad que es Cristo, es una realidad trascendente por su naturaleza, pero comienza a realizarse en el tiempo; es eterno y es temporal, es íntimo y a la vez aparecerá glorioso y se hace presente en la tierra con la muerte-resurrección-glorificación de Jesús y el envío del Espíritu Santo. Este Reino de la verdad, hecho presente por Cristo, es la expresión de la soberanía de Dios, pero, aguarda a la consumación final.

La primera lectura del Profeta Daniel 7,13ss, nos habla de un hijo del hombre, a quien Dios le da un poder eterno y un reino invencible, que abarcará a todos los pueblos, es decir, que su persona y su señorío son celestiales y terrenos, divinos y humanos al mismo tiempo. San Pablo, hablará en este sentido, del cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo y los fieles sus miembros.

Este reino no es de este mundo, es decir, que no se establece utilizando los medios humanos que utilizan otros reyes, sino que se hace presente en la tierra con la muerte-y resurrección de Cristo y así es como la soberanía de Dios, se hace carne en él, en su amor hacia nosotros, en el amor de los unos a los otros como él nos ha amado y en la esperanza firme de su plena glorificación como cabeza.

La venida de Cristo ha obrado, por consiguiente, una discriminación entre los que acogen su testimonio y los que lo rechazan, pues su testimonio es verdadero a cerca de Dios y a cerca del hombre y acogerlo significa entrar ya desde ahora en su reino. En cambio, el que lo rechace se somete al príncipe de este mundo, de modo que no es posible mantenerse en el escepticismo como intenta Pilato.

Al que sigue a Jesus rey, no le preocupan los triunfos ni los fracasos de este mundo, sino que como discípulos y seguidores, estamos llamados a trabajar para que las exigencias del reino se hagan realidad, de manera que la esperanza cristiana sea visible, tangible y creíble y así extender por el mundo su reino de verdad y de amor.

Domingo 33 T.O. Ciclo B

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Cuando el mal se propague y parezca triunfar, la historia desembocará en el acontecimiento escatológico, en la eternidad: este es precisamente el mensaje de esperanza que se nos presenta en la primera lectura de Daniel 12, 1-3 y que nos describe el tiempo final. En él ya no caben ni ambigüedades ni componendas y todas las cosas aparecerán en su auténtica realidad. Ahora es por tanto el tiempo de la lucha, el tiempo de la protección extraordinaria de San Miguel. Tiempo de Angustia y de salvación para los que mantienen la fidelidad. Es el tiempo que apunta a la resurrección universal en el que «muchos» (semitismo que significa «todos») resucitarán, unos para la vida eterna, otros para la ignominia. La resurrección de Cristo, ha dado lugar al comienzo de este tiempo final, en el que aguardamos la segunda venida del Señor.

En el Evangelio de Marcos 13,24-32, vemos que Jesús, habla a los suyos de este tiempo final, en el que las guerras y los cataclismos son signos de que la creación está de parto hasta la venida del hijo del hombre como juez de la historia y vencedor de las fuerzas del mal. El traerá el Reino para todos los que se hayan mantenido en la fidelidad y no hayan sucumbido ante los falsos dioses. Todo esto es lo que ha comenzado con la muerte y resurrección de Cristo, de ahí que se nos invite a la vigilancia, esto es a captar en los acontecimientos, ya su retorno glorioso y así adherirnos plenamente a su Palabra, que es más estable que los cielos y la tierra, los cuales también pasarán. A cerca de cuando será esto, el mismo Cristo, se ha sometido a la voluntad del Padre.

Mientras tanto, la segunda lectura, de Hebreos 10,11-14.18, nos muestra que el sacrificio de Cristo, su entrega por todos nosotros, a diferencia de los sacrificios antiguos, ha sido de una vez para siempre, lo que indica una superación con respecto a aquellos otros sacrificios pasados, que no pertenecían al tiempo final. A partir de ahora Cristo, que ha vencido a las fuerzas del mal y está sentado en el trono de Dios, está a la espera de que su victoria se vuelva evidente. Mientras tanto, tenemos la Eucaristía, «pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación», memorial del sacrificio realizado de una vez para siempre por los pecados.

Con Cristo, la eternidad ha irrumpido en la historia y quien vive con él el dolor como pascua, entra ya en la eternidad y hace posible que ésta, vaya transfigurando ya el tiempo presente con su luz. Pero mientras tanto, vivimos el conflicto entre la luz y las tinieblas y así lo experimentamos en nosotros y en lo que nos rodea, de ahí que debamos mantener la vigilancia en el combate, de manera que la victoria de Cristo se vaya dando en nosotros, hasta que sea derrotado el mal.

El Espíritu nos guía y fortalece en la prueba, para que vivamos el momento presente como anticipo y lugar en el que vivimos en medio de la lucha, su presencia y su salvación.

Domingo 32 T.O. CicloB

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Las dos viudas, tanto la de la primera lectura del libro de los reyes, 17,10-16, que se fía de la Palabra del profeta, que le predice una intervención prodigiosa del Señor y es capaz de renunciar a lo que le aseguraría la supervivencia para este día, como la viuda del Evangelio de Marcos 12,38-44. que ofrece dos monedas de muy poco valor en el cofre del templo, nos enseñan a no tener miedo de ofrecer a Dios todo lo que tenemos y somos, es decir, a consagrarle nuestra vida de manera, que si hacemos suyo lo que es nuestro, será después tarea suya, la preocupación por lo nuestro.

Creer en Dios, significa creer que Dios es Dios y fiarse por eso de él, abandonarse en él, sin cálculos ni preocupaciones por el mañana.

A nosotros, esto nos puede parecer, una imprudencia temeraria, pero en cambio no lo es para los que no tienen ninguna seguridad a la hora de hacer frente al hoy ni al mañana.  Tal vez por ello, debamos aprender de ellos a vivir la fe y esto es lo que propone Jesús a los discípulos, que vivan bajo la lógica de la fe, como la pobre viuda.

Mi familia, mi trabajo, mis pocos o muchos recursos de todo tipo, pueden ser sometidos a la lógica de la fe y ser confiados y entregados por completo al Señor, pero esto no consiste en despreocuparnos, ni en un mero sentimiento fugaz, sino más bien, en no poner nuestra vida en ellos, es decir, tratarlos como nuestros y administrarlos como nuestros, y con un corazón conforme al nuestro, pero sin ser nuestros, ya que los hemos puesto en las manos de Dios, y en el tesoro de la comunión de los santos, de manera que Dios pueda disponer de nuestra vida para bien de sus hijos y de un mayor beneficio también para nosotros. Incluso todo eso que tenemos como más nuestro: la pobreza existencial, el pecado, también lo ofrecemos, sabiendo que el Señor, ha venido para tomarlo sobre sí y transformarlo en sacrificio de amor. Así nos lo recordaba la segunda lectura de Hebreos 9,24-28. «Cristo se ofreció una sola vez para tomar sobre si los pecados de la multitud, pero aparecerá por segunda vez ya sin relación al pecado, para dar la salvación a los que le esperan». Él es el sacerdote de la nueva alianza, el siervo de Yaveh, que no solo perdona, sino que destruye el pecado con su sacrificio y así es como nos trae la salvación. En el somos reconstruidos, liberados, salvados.

Si ponemos nuestra vida en sus manos, como la pobre viuda, sentiremos la alegría de vivir de él, por él y en él.

2º Domingo de Adviento, Ciclo C

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El segundo Domingo de Adviento, está marcado por la figura de Juan el bautista, el que escucha y predica. San Lucas 3,1-6 en el evangelio, lo expresa así: «La palabra de Dios vino sobre Juan, el Hijo de Zacarías, en el desierto…y fue por toda la región del Jordán predicando que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonaran los pecados». Juan, habiendo escuchado la Palabra de Dios en el desierto, ahora la puede hacer resonar en el Jordán como oferta de salvación. Se nos invita a ser como él, profetas que reconocen a Dios como el verdadero protagonista de la historia de la salvación, el que rebaja los montes y rellena los valles de nuestra soberbia, de la injusticia social, de nuestro corazón herido. He ahí nuestra esperanza.

Seamos pues,  profetas de un tiempo nuevo, que no se dejan vencer por la dificultad ni por el temor. Profetas, que aguardan en el desierto, es decir, en el silencio de la búsqueda de lo esencial, de la lucha contra la soberbia, de la escucha de la Palabra, del distanciamiento crítico, la venida de su Señor. Profetas que trabajan así, por el advenimiento de un mundo más justo, más humano y más fraterno.

La segunda lectura de San Pablo a los filipenses 1,4-6.8-11, nos recuerda que este tiempo de espera es también un tiempo de crecimiento en el amor. Alguien lo comparaba con cierta gracia, al perro que atado a la farola, espera que su amo salga de la tienda a la que ha entrado a comprar. Todos los que pasan le hacen caricias y carantoñas, pero él permanece afanado en la espera. En nuestro caso, Ese, mientras tanto, de la espera, es el tiempo del crecimiento en el amor, del conocimiento de los valores, lo que nos hace a la vez profundizar en el conocimiento y mayor agudeza en el discernimiento, de la tensión hacia lo mejor, de la integridad y transparencia de las costumbres. De manera que como nos recuerda Pablo, «el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles, cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo para gloria y alabanza de Dios».

El profeta Baruc, 5,1-9, en la primera lectura, nos muestra el camino de retorno del destierro y la reconstrucción de la capital, Jerusalén, que será llamada: «paz en la justicia y gloria en la Piedad», lo que se traduce en una vida de justicia, que traerá la paz y la piedad, es decir, el respeto a Dios, y todo ello será motivo de gloria y alabanza.

Pone así de manifiesto, que Dios es el Señor de la historia y que es él, el que resuelve en favor del hombre los tiempos de la prueba, allanando el camino de regreso.

Que, en medio de nuestra realidad de cada día, vivamos también la alegría del retorno y del encuentro con Dios que nos viene a buscar por medio de Jesucristo y a sacar de nuestro exilio interior, para guiarnos por el desierto de cada día, a la esperanza de su Reino; a la justicia, al amor y la paz.

2º Domingo de Adviento, ciclo C

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El segundo Domingo de Adviento, está marcado por la figura de Juan el bautista, el que escucha y predica. San Lucas 3,1-6 en el evangelio, lo expresa así: «La palabra de Dios vino sobre Juan, el Hijo de Zacarías, en el desierto…y fue por toda la región del Jordán predicando que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonaran los pecados». Juan, habiendo escuchado la Palabra de Dios en el desierto, ahora la puede hacer resonar en el Jordán como oferta de salvación. Se nos invita a ser como él, profetas que reconocen a Dios como el verdadero protagonista de la historia de la salvación, el que rebaja los montes y rellena los valles de nuestra soberbia, de la injusticia social, de nuestro corazón herido. He ahí nuestra esperanza.

Seamos pues,  profetas de un tiempo nuevo, que no se dejan vencer por la dificultad ni por el temor. Profetas, que aguardan en el desierto, es decir, en el silencio de la búsqueda de lo esencial, de la lucha contra la soberbia, de la escucha de la Palabra, del distanciamiento crítico, la venida de su Señor. Profetas que trabajan así, por el advenimiento de un mundo más justo, más humano y más fraterno.

La segunda lectura de San Pablo a los filipenses 1,4-6.8-11, nos recuerda que este tiempo de espera es también un tiempo de crecimiento en el amor. Alguien lo comparaba con cierta gracia, al perro que atado a la farola, espera que su amo salga de la tienda a la que ha entrado a comprar. Todos los que pasan le hacen caricias y carantoñas, pero él permanece afanado en la espera. En nuestro caso, Ese, mientras tanto, de la espera, es el tiempo del crecimiento en el amor, del conocimiento de los valores, lo que nos hace a la vez profundizar en el conocimiento y mayor agudeza en el discernimiento, de la tensión hacia lo mejor, de la integridad y transparencia de las costumbres. De manera que como nos recuerda Pablo, «el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles, cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo para gloria y alabanza de Dios».

El profeta Baruc, 5,1-9, en la primera lectura, nos muestra el camino de retorno del destierro y la reconstrucción de la capital, Jerusalén, que será llamada: «paz en la justicia y gloria en la Piedad», lo que se traduce en una vida de justicia, que traerá la paz y la piedad, es decir, el respeto a Dios, y todo ello será motivo de gloria y alabanza.

Pone así de manifiesto, que Dios es el Señor de la historia y que es él, el que resuelve en favor del hombre los tiempos de la prueba, allanando el camino de regreso.

Que, en medio de nuestra realidad de cada día, vivamos también la alegría del retorno y del encuentro con Dios que nos viene a buscar por medio de Jesucristo y a sacar de nuestro exilio interior, para guiarnos por el desierto de cada día, a la esperanza de su Reino; a la justicia, al amor y la paz.

La Santidad ( día de todos los santos)

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La santidad es nuestra casa. Cuando por diferentes razones estamos fuera de casa, añoramos y queremos y deseamos volver a casa. La Navidad es uno de esos momentos en que los que están fuera y pueden, regresan a casa y qué felices estamos de regresar a casa.

La santidad es ese deseo de estar en casa con los nuestros, de vernos, abrazarnos, dialogar, ver cómo estamos, qué hemos hecho…Es el deseo del Reino.

Las lecturas de este día de todos los santos, nos recuerdan en primer lugar que todos estamos llamados a la santidad, es decir a regresar a casa, y que todos tenemos espacio en esa casa que es la casa del Padre. Alí nos dice el libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14, en la primera lectura, que nos encontraremos con Dios nuestro Padre y con todos los que allí le adoran y gritan con voz potente: «la victoria es de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero». Esto es, que la victoria no es del mal, aunque estemos rodeados por el mal; que la victoria no es de la muerte, aunque estemos rodeados de muerte y la muerte acontezca en nuestra vida. La victoria no es del pecado, aunque experimentemos el pecado en nosotros y en los que nos rodean. «La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero». Por tanto, «sea la alabanza, la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza a Dios por los siglos de los siglos». Y terminaba diciendo que: «estos son los que vienen de la gran tribulación: han la vado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero». Los santos son los que han llegado a la casa del Padre, al cielo, porque han estado y vivido con Cristo. Su sangre les ha salvado, les ha redimido, curado, alimentado.

La segunda lectura de Primera de Juan 1Jn 3,1-3, nos recuerda que, entonces es cuando se manifestará lo que realmente somos. Todos tenemos lo mismo: defectos, debilidades, distracciones, flaquezas, pero por encima de todo esto, somos hijos, hijos amados, hijos queridos. Esto que ahora no vemos o lo vemos mal, entonces lo veremos con total claridad y nos encontraremos por tanto con nuestro verdadero yo. Gracias a Cristo hemos podido renunciar a nosotros mismos, para encontrarnos con nuestro verdadero ser, nuestro verdadero yo. Pues, «hemos lavado y blanqueado los vestidos con la sangre del Cordero».

El Evangelio, es el Evangelio de las bienaventuranzas: Mt 5,1-12ª, Vivir las bienaventuranzas es vivir según Cristo, pues él es el que las ha vivido de verdad. El se ha hecho pobre por nosotros, se ha hecho manso y ha llorado por nosotros, ha padecido por nosotros hambre y sed de justicia, también ha sido misericordioso con todos, limpio de corazón, y dador de paz. También ha sido perseguido por causa de la justicia. Por último, y de este modo, las bienaventuranzas nos invitan a sabernos dichosos cuando vivimos también estas cosas, por su causa, porque entonces comprenderemos que solo en el cielo podremos ser felices de verdad solo allí será colmada nuestra esperanza y solo allí encontraremos todo lo que hemos buscado y deseado, aunque sin encontrarlo.

Ser santo, es por tanto, vivir como Cristo y estar con Cristo alimentarnos de él, seguir sus pasos, morir con y como él y resucitar con y como él. Seamos santos, no necesariamente, santos de hornacina, sino santos de la puerta de al lado, como tantas veces nos ha recordado el Papa Francisco. Santos que encontramos cada día en el metro, en el mercado, en la oficina, en el trabajo. Santos que sufren, lloran y oran, trabajan y luchan continuamente, mientras aguardan la llegada del Reino, su verdadera Patria, su verdadero hogar, su verdadera y ansiada, felicidad.

Domingo 31 Ciclo B

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Si amamos a Dios, hemos de amar al prójimo. La primera lectura del libro del Deuteronomio, nos sitúa en el corazón de la espiritualidad bíblica y nos coloca ante el verdadero temor del Señor que es sinónimo de adhesión, escucha reverente y obediencia amorosa. De ahí, la importancia de la escucha como nos recuerda la oración del Shemá al final del versículo, y que es el Credo de Israel. Después de afirmar el amor a Dios acaba diciendo: «El señor es nuestro Dios, el Señor es uno». Que importante también para nosotros como hijos de la promesa hecha por Dios a Abraham, recordar esto, que Dios establece con nosotros, el pueblo de la Nueva Alianza, una relación tal que nos permite hacer de nuestra vida una entrega al amor y al bien que tienen en él su origen.

Jesucristo, como nos dice la segunda lectura, es el que vive plenamente esta entrega al inaugurar un nuevo y eterno sacerdocio. El suyo no es un sacerdocio como el de aquellos que cada día deben ofrecer sacrificios por sus pecados y por los del pueblo, sino que ofrece el sacerdocio que no pasa, el sacrificio de si mismo, que engloba no solo el amor incondicional a Dios, sino también al prójimo, por quien se ofrece hasta la muerte y muerte de cruz.

El Evangelio, nos muestra en esta ocasión, a diferencia de los domingos anteriores, a un maestro de la ley que le pregunta algo muy concreto, pues pensemos que había 248 mandamientos y 365 prohibiciones, la pregunta: ¿Cuál es el mandamiento mas importante de la ley? Jesus le responde, que lo importante es amar a Dios, él es el único que merece todo nuestro amor y aquí introduce qué significa amar totalmente a Dios. Amar totalmente a Dios, significa amar al prójimo como a uno mismo. Esto es lo que él ha vivido plenamente y el sentido de su sacerdocio nuevo y eterno. Con Cristo, hemos llegado a conocer lo que realmente agrada a Dios, su voluntad.

Dios es la fuente, su amor nos envuelve, por tanto, no nos podemos dispersar y hemos de volver continuamente a él, al uno, al que lo sostiene todo. Amar a Dios es ofrecerle lo que somos, tenemos, hacemos, deseamos, porque todo procede de él, de manera que, si le amamos a él, amaremos también lo que hay en nosotros, que procede de él y todo lo que nos rodea, que procede también de él y esto es fundamentalmente el prójimo.

Tendremos por tanto muchos compromisos, muchas actividades, muchos a los que atender, pero él será la fuerza que nos sostenga y que nos lleva a la unidad de nosotros mismos y hacia los demás, pues le amaremos a él a nosotros y a los demás con un mismo e indivisible amor, esto es con su mismo amor, que es en definitiva el amor de Jesús. El es el que ha cumplido de verdad este mandamiento del amor, de manera que habiéndolo cumplido puede ahora mostrárnoslo como asequible a todos y a todas. Esa es la razón de su sacerdocio, que hace posible eso de que: «el amor vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Segundo Domingo de Navidad

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La personificación de la sabiduría en la primera lectura de Eclesiástico, 21.1-4-12-16, le da una serie de atributos como es el de colaborar junto al Creador, en la obra de la Creación. De esta forma, el que contempla la Creación, puede contemplar la Sabiduría en ella. La naturaleza, se convierte así en don y espejo de esta Sabiduría de Dios.

Esta Sabiduría, presente en la historia, se actualiza en Jesús. San Juan, cuando habla del «Verbo», tiene como trasfondo este texto que leemos hoy, y lo utiliza refiriéndose a la teología de la Palabra, en cuanto fuerza que crea, revelación que ilumina, persona que vivifica. Cristo es así, la Palabra última y definitiva de Dios, la auténtica sabiduría hecha visible. Esta sabiduría que ha echado raíces en Israel, lo hace ahora en la Iglesia y en los creyentes y podemos recurrir a ella en toda ocasión, sobre todo en las dificultades y complejidades de nuestra existencia.

La segunda lectura, es de Efesios 1,3-6.15-18, y nos presenta el plan de Dios manifestado en Cristo. En él, el Padre es la fuente, El Espíritu es la garantía de la herencia que se nos da y el Hijo, es el que todo lo cumple y lleva a cabo con la entrega de sí, hasta el don de la vida. El objetivo primero de este plan, es la salvación del hombre y el objetivo final es la gloria de Dios. Estamos por tanto, dentro de ese amor que envuelve al Padre, al Hijo y al Espíritu y es por la mediación eclesial por la que recibimos la filiación y el perdón de los pecados.

Nuestro Dios es un Dios de bendición y de paz. Tanto la Navidad como la Pascua son expresión de esa bendición sin medida. De ahí brota la acción de gracias por las maravillas que Dios ha hecho y sigue haciendo en nosotros.

El Evangelio en el día de Navidad: Juan 1,1-18. En él, destaca la presencia de Jesús Palabra y lo hace en tres momentos: Primero la preexistencia de la Palabra. Segundo: la venida histórica de las Palabra entre los hombres y finalmente: la Encarnación de la Palabra.

Esta Palabra que había entrado por primera vez en la historia humana con la Creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrarnos así su infinito amor, que da cumplimiento a la obra que el Padre le ha confiado.

La cruz, se convierte así en la expresión máxima de un amor que supera la lógica humana y que cuando lo acogemos, nos transforma en Hijos queridos, que llaman a Dios Padre.