5º Domingo del T.O. Ciclo A

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El Evangelio de las bienaventuranzas del domingo pasado nos permitió ver que la vida del cristiano es nueva ya que ha descubierto que tiene sentido, y que no es absurda, pues estamos llamados en medio de todo lo que vivimos  y nos rodea a la felicidad de saber que nada nos puede separar del amor de Dios; la consecuencia de todo ello es lo que hoy nos dice el Evangelio: que el cristiano es sal y es luz.

La sal, es para nosotros sinónimo de preservación de los alimentos y de sabor. Para el hombre oriental es también sinónimo de Alianza, de solidaridad, de vida y de sabiduría. La luz es para nosotros, sinónimo de vida.

Cuando Dios crea, la primera obra que realiza por medio de su Palabra es la luz. Por eso la Palabra de Dios se la compara con la luz, como se proclama en los salmos: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» y nosotros estamos llamados por tanto y en este sentido, a ser luz. El profeta Isaías nos lo recordaba en la primera lectura: «Cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el medio día»

El que sigue a Jesús, está llamado por tanto a ser sal y luz. Como sal está llamado a dar sabor y a hacer que el mundo no se corrompa, de la misma forma que la sal impide que se corrompan los alimentos. Como luz está llamado a recordar que Jesucristo es la luz del mundo, y como tal es el que hace nuevas todas las cosas.

San Pablo en la segunda lectura, nos habla también de esa sabiduría que es fuerza de Dios y que fundamenta nuestra fe. «Me presenté ante vosotros débil y temeroso, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios». «La fuerza se realiza en la debilidad», nos dirá en otro lugar.

Dios no necesita de nosotros, pero se hace presente por medio de nosotros. Somos nosotros los que necesitamos de Dios, porque él es nuestra fuerza y esa fuerza se hace presente, cuando desaparece nuestro orgullo y nos convertimos en apóstoles y profetas, en sal y luz capaces de iluminar las sombras y poner sentido a lo que somos y hacemos.

Que vivamos alegres en su presencia y juntos invoquemos su Santo Nombre.  

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4º Domingo del T.O. Ciclo A

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El Evangelio nos presenta este domingo el primer gran discurso que Jesús dirige a la gente allá en las colinas que rodean el lago de Galilea. El Evangelio nos lo presenta así: «al ver Jesús la multitud, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos».

Jesús aparece, así como el nuevo Moises que proclama desde el monte el Evangelio de las bienaventuranzas, que son la carta magna del reino, donde declara bienaventurados a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos. ¿Qué es todo esto sino la expresión del deseo más profundo que hay en nuestro corazón? ¿No es este un deseo que toca nuestra condición humana en lo más profundo? ¿no deseamos todos que la pobreza termine, que el que llora deje de hacerlo, que el perseguido deje de estarlo? Pues bien, Jesús declara que este deseo profundo de nuestro corazón es también el deseo de Dios.

En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran. Las bienaventuranzas son, un pasar de la cruz a la resurrección, en nuestra existencia. Son en definitiva un retrato del Hijo de Dios, de Jesús, que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.

Dice Pedro de Damasco, un antiguo eremita. Que «las bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el Reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios…una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra».

En la medida en que somos imagen de Cristo, vivimos las bienaventuranzas.

Y vivir las bienaventuranzas, es vivir y recorrer la historia de la santidad cristiana porque como escribía San Pablo: Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta (1ª Cor 1,27-28) y en otro lugar dice: ¿Quién nos separara del amor de Dios, manifestado en Cristo: la angustia, ¿el hambre la persecución, la tribulación, la indigencia, el peligro, la violencia? (Rom 8,35-39)

San Agustín, otro grande, nos dice que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no solo con espíritu sereno, sino incluso con alegría».

Hermanas y hermanos, hoy es un buen día para animarnos a seguir a Jesus por este camino de las bienaventuranzas y como María vivir en continua alabanza y acción de gracias, por poderlo hacer.

3º Domingo del T.O. Ciclo A

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Este Domingo seguimos abundando en la Novedad que ha supuesto la venida de Cristo en una carne como la nuestra.

El comienzo de la predicación marca el inicio del ministerio de Cristo. Esta comienza con una aclamación breve pero llena de significado: «convertíos, porque está cerca el reino de los cielos»; todo ello unido a la llamada de los discípulos y a la curación de los enfermos. Y lo hace lejos de los centros de poder como son Judea o Jerusalén, cumpliendo así la palabra profética que escuchábamos en la primera lectura y que recoge también el evangelista: la tierra de Zabulón, la tierra de Neftalí. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y en sombras de muerte y una luz les brilló.

Todo se resume, en una palabra: «Evangelio». Una palabra que en tiempos de Jesús la usaban los emperadores romanos para sus proclamas que independientemente de su contenido, eran consideradas buenas nuevas, es decir, anuncios de salvación, porque el emperador era considerado el señor del mundo, y sus edictos buenos presagios. ¿Por qué se aplica esta palabra a la predicación de Jesús? Pues sin duda que con ello se da un reto y un desafío ya que aplicar esta palabra a la predicación de Jesús equivale a decir que es Dios y no el emperador el Señor del mundo, y que el verdadero Evangelio es el de Jesucristo.

Así pues, la proclamación de Jesucristo es tremendamente, novedosa y desafiante, pues indica que Dios es quien reina, que Dios es el Señor y que su señorío está presente, es actual, se está realizando.

Esta cercanía del Reino de Dios es la que se da con Jesucristo, como queda demostrado en las curaciones y milagros que realiza. En resumen, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte y la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira.

Que también nosotros vivamos la pasión por el reino que animó la vida de Jesús, pasión que tiene dos aspectos: pasión por Dios y pasión por el hombre.

San Pablo en la segunda lectura, nos invita a no andar divididos. Algo tan habitual a veces, sino que miremos a Jesucristo y veamos en él al que da la vida por todos. Por tanto, solo él, y en su nombre es como nosotros, podemos alcanzar la salvación, la alegría, el perdón la paz y la unidad. No caigamos en el desánimo ni en la desesperanza, porque son muchas las dificultades o porque son muchas las trabas que a veces nos podemos encontrar. Solo el que vive en Cristo, vence, como él ha vencido, solo el que vive en Cristo puede comprometerse de manera eficaz con la verdad, el amor, la justicia y la paz.

2º Domingo del T.O. Ciclo A

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Dios quiere que todos los hombres se salven. En la primera lectura de Isaías 49,3.5-6 el profeta anuncia que esa salvación llegará hasta los confines de la tierra y esto vemos que se realiza en Jesús, que entrega su vida, su sangre, como diremos en la consagración por muchos, es decir por todos. A nosotros siempre nos costará entender ese proyecto universal de salvación por parte de Dios, porque nos creemos los únicos que se salvan, pero ese es algo que en el fondo deseamos: una comunidad humana universal en paz y en armonía.

San Pablo en la segunda lectura de 1ª Cor 1,1-3 se dirige a los corintios y a todos nosotros presentándose como apóstol, él que ha sido perseguidor y que ha recibido una misión, demostrando así que Dios es más fuerte y grande que nuestras debilidades, limitaciones y que su proyecto de salvación desborda esas limitaciones, previsiones y resistencias humanas. Esa misión consiste en anunciar el nombre de Jesucristo, el único nombre capaz de salvarnos, pues para nosotros la salvación es, vivir en Cristo, ya que el que vive en Cristo es una nueva criatura, lo viejo, el hombre viejo y sus obras han quedado atrás y ha comenzado lo nuevo.

Nosotros, que hemos sido consagrados e incorporados a Cristo por el bautismo, hemos de mantener esta consagración en medio de nuestra fragilidad mediante la invocación de su santo Nombre, y así poder vivir y encontrar en él esa novedad de vida que llamamos, salvación o redención. Un buen programa para el año que comienza.

El Evangelio nos muestra a Juan como el precursor y mensajero que anuncia la presencia de Jesús y nos invita a descubrirlo a cada uno de nosotros: «he aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». El es el que carga con nuestras miserias y transforma la iniquidad en santidad. En él, hemos renacido por el agua y el Espíritu para hacer posible un mundo nuevo, viviendo como hijos de Dios, y para ello nos da el Espíritu Santo.

En la etapa anterior, aparecía el Espíritu sobre los encargados de llevar adelante el proyecto salvador de Dios, lo que ocurría de forma esporádica. En cambio, con Jesús entramos en la época del Espíritu como don total, permanente y para todos. He ahí la gran novedad, que ha supuesto el tiempo inaugurado por Cristo. Que sepamos asumir vivir y alegrarnos en esta novedad del Espíritu.

El Bautismo del Señor

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Nos recordaba Benedicto XVI en una de sus homilías, que todo el misterio de Cristo en el mundo se puede resumir con esta palabra: bautismo, que en griego significa «inmersión».

El hijo de Dios, que desde la eternidad comparte con el Padre y con el Espíritu Santo la plenitud de la vida, se sumergió en nuestra realidad de pecadores para hacernos participar de su misma vida: se encarnó, nació como nosotros, creció como nosotros y, al llegar a la edad adulta, manifestó su misión por medio del bautismo de conversión que recibió de Juan el bautista.

Juan no quería, pero Jesús insistió porque era esa la voluntad del Padre. De este modo, Jesús manifiesta que aceptó hacerse hombre en obediencia al Padre y manifiesta así que es el hijo de Dios, verdadero Dios como el Padre. Es el que se rebajó para hacerse uno de nosotros, el que se hizo hombre y se humilló hasta la muerte y muerte de Cruz.

¿Porqué el Padre quiso eso nos podríamos preguntar? El relato insiste que cuando salió del agua, se posó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y que se escuchó la voz del Padre que lo proclama Hijo predilecto.

Jesús es pues el que nos da el Espíritu y el bautismo cristiano, a diferencia del de Juan será bautismo en el Espíritu, es decir bautismo que nos introduce en la vida de Dios, en la vida eterna, es decir, que nos lleva a la situación original anterior al pecado.

San Pablo nos dice en la carta a los romanos, que hemos sido bautizados en la muerte de Cristo para tener su misma vida de resucitados. Entrar en el bautismo, es por tanto entrar en la muerte de Cristo para resucitar con él.

El bautismo de Jesús se sitúa pues en la lógica de la humildad y de la solidaridad con el hombre y con su condición. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como cordero de Dios que quita el pecado del mundo, obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su «bautismo».

Por tanto, Cristo es el que nos da el bautismo en el Espíritu por el que quedamos libres del pecado y de la muerte. De ahí que el bautismo sea un gran don.

Hoy estamos llamados todos a descubrir este don de estar bautizados y de pertenecer a la familia de los hijos de Dios.

Que podamos dar testimonio de esta fe a lo largo de toda nuestra vida.

La Epifanía del Señor

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En la solemnidad de la epifanía, seguimos contemplando y celebrando el misterio del nacimiento de Jesús. Lo que hoy subrayamos es que este nacimiento tiene un significado universal. Al hacerse hombre en el seno de María, el Hijo de Dios vino no solo para el pueblo de Israel, representado por los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada por los Magos.

El Evangelio de Mt 2,1-12 que acabamos de escuchar, nos invita a meditar y a orar sobre los magos y sobre su camino en busca del Mesías.

Para conocer mejor a los magos y entender su deseo de dejarse guiar por los signos de Dios, veamos lo que encontraron en su camino.

Se encontraron con Herodes, que estaba interesado en el niño pero no para adorarlo sino para eliminarlo. Es un personaje que a nosotros, no nos cae bien y lo juzgamos de forma negativa, pero deberíamos preguntarnos si también nosotros consideramos a Dios como un rival, porque pensamos que pone límites a nuestra vida y no nos permite disponer de nuestra existencia como nos plazca.

Pero Dios no es un rival sino el único que puede ofrecernos la posibilidad de vivir en plenitud, de experimentar la verdadera alegría.

Se encontraron también con los estudiosos de las escrituras, pero como nos dice San Agustín, éstos a veces les gusta ser guías para los demás, indican el camino, pero no caminan, se quedan inmóviles. También nosotros tenemos la tentación a veces de considerar las escrituras como algo de estudio para los especialistas y no como el Libro que nos señala el camino para llegar a la vida, que nos dice qué es el hombre y como puede realizarse.

Se encontraron también con la estrella porque buscaban a Dios en la creación, su sabiduría, y sobre todo su amor. También nosotros, como los magos, estamos llamados a descubrir los signos de Dios, su verdad, su sabiduría y ver como el que creó el mundo y el que nació en una cueva en Belén son el mismo Dios, que nos interpela, que nos ama y que quiere llevarnos a la vida eterna.

Sobre la gran ciudad, la estrella desaparece. Para aquellos hombres, era lógico buscar al nuevo rey en el palacio real, donde se encontraban los sabios consejeros de la corte. Pero con asombro tuvieron que constatar que aquel recién nacido no se encontraba en los lugares de poder, aunque ellos sí le puedan dar informaciones valiosas sobre él. Entonces la estrella los guio a Belén, una pequeña ciudad; los guio hasta los pobres, los humildes, para encontrar al rey del mundo.

Así pues, vemos que Dios no se manifiesta en el poder de este mundo, sino en la humildad de su amor que encontramos en Belén. En la aparente impotencia de su amor está su fuerza y su poder. Allí es donde debemos ir.

El lenguaje de la creación nos ayuda a descubrir a Dios pero al final es necesario escuchar la voz de la Escrituras que son la verdadera estrella que nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina.

Que nosotros nos dejemos interpelar e iluminar por la palabra de Dios, por la estrella, que es Cristo Jesús, de manera que también nosotros podamos ser estrellas para los demás, reflejo de su luz y lo que celebramos hoy, que es luz para todo el mundo.

Maternidad divina de María

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El primero de año, viene marcado por esta fiesta de Santa María, madre de Dios, que dio carne al Hijo del Padre eterno.

En el nombre de María madre de Dios y de todos los hombres, desde el 1 de enero de 1968 se celebra en todo el mundo la jornada mundial de la paz.

La paz es un don de Dios como hemos escuchado en la primera lectura de Num 6,22-27. Es el don mesiánico por excelencia. El primer fruto de la caridad que Jesús nos ha dado es la paz, fruto de nuestra reconciliación y pacificación con Dios. Es también un valor humano que se ha de realizar en el ámbito social y político.

No podemos ceder al desaliento frente a la violencia y la guerra, por tanto, hemos de orar insistentemente para que lleguen a buen fin todos los esfuerzos para promover y construir la paz en el mundo y hacerla realidad en nuestras relaciones cotidianas.

Por María, el Hijo de Dios, pudo venir al mundo, en la plenitud de los tiempos, como nos recordaba la segunda lectura de Gal 4,4-7. Esa plenitud de los tiempos es Jesucristo, Palabra definitiva del Padre. Al empezar un nuevo año, se nos invita a considerar que el tiempo, pertenece a Dios, que Cristo es la plenitud del tiempo, y que hacia él apunta todo tiempo.

El Evangelio de Lucas 2,16-21 nos recuerda la imposición del nombre de Jesús, mientras María participa en silencio, meditando en su corazón sobre el misterio de su Hijo. Pero el acento se pone en los pastores que se volvieron alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto. Es el misterio del Verbo encarnado el que hace que la maternidad de María sea divina. María es madre de Dios en virtud de su relación con Cristo de manera que glorificando al Hijo es como se honra a la madre y honrando a la madre se glorifica al Hijo.

Ella, que dio la vida terrena al Hijo de Dios nos da a nosotros la vida divina que es Cristo mismo, el príncipe de la paz.

Que esta paz que es Cristo mismo inunde nuestra vida y haga posible un mundo nuevo en el que todos los hombres y mujeres sean respetados.

Diálogo entre generaciones; educación y trabajo como instrumentos para construir una paz verdadera, es el lema de este año. Es necesario que todo ser humano en edad de trabajar tenga la oportunidad de contribuir con su propio trabajo a la vida de la familia y de la sociedad, nos recuerda el papa.

Que María nos acompañe en este nuevo año; que obtenga para nosotros y para todo el mundo el deseado don de la paz.

Noche Buena y Navidad, Ciclo A

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Llegó el momento esperado durante siglos: la venida del Señor. Cómo debió preparar María este momento, y como debió ser su sorpresa al ver que no había sitio en la posada.

Esa posada somos nosotros, que esperamos y aguardamos la venida del Señor, pero cuando llega, estamos tan ocupados que ya no queda en nosotros ni un espacio para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios.

Pero ahí está María y José y los pastores. Ahí están los magos, pues como nos dice el Evangelio de Juan, 1,12: «a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios.

Dios entra en el mundo y en la historia, pero la hace haciéndose pequeño y pobre de modo que solo los pequeños y los pobres lo ven y así por medio de ellos, es como comienza un mundo nuevo en el que cielo y tierra se unen. Esto es lo que indica el canto de los ángeles en la noche de Navidad. Los padres dirán que los ángeles son el signo de la alegría que supone el que cielo y tierra vuelven a estar juntos; y también porque el hombre en Jesucristo se ha unido a Dios. A partir de ahora, hombres y ángeles cantan juntos. Esta es la novedad, esta es la nueva situación, el mundo nuevo que ha comenzado.

San Agustín, lo expresa refiriéndose al Padre nuestro y concretamente al decir la frase: Padre nuestro que estás en los cielos. Entendiendo los cielos, como los santos y los justos. De manera que así como el hombre viejo es llamado: «tierra». El hombre nuevo, renovado por Cristo, es llamado: «cielo».

El cielo, por tanto, no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón de Dios, que en la noche santa ha descendido hasta un establo, signo de la humildad de Dios que es ni más ni menos que el cielo. Entrar en el cielo es pues, entrar en la humildad de Dios y salir al encuentro de esa humildad de Dios es tocar el cielo lo que supone también, renovar la tierra. Un cielo y una tierra nuevos .

Este niño es la Palabra eterna de Dios, que une a la humanidad y la divinidad, quedando superada la distancia infinita entre Dios y hombre. Esto lo vemos, sobre todo, a partir de su muerte y de su resurrección con la que abre al hombre la dimensión de la vida eterna en la comunión con Dios. Él es, por tanto, el primogénito, el primero que inaugura para nosotros, el estar en comunión con Dios y la hermandad en la que somos de la misma familia de Dios que comienza en el momento en el que María envuelve en pañales al primogénito y lo acuesta en el pesebre.

En la Navidad con los ángeles, cantamos la gloria de Dios, y con ella la paz, a los hombres. Ambos extremos: la Gloria de Dios y la paz en la tierra se unen en la noche santa, de una vez y para siempre. Cantar en esta noche la gloria de Dios es proclamar la salvación del Hombre y la paz que viene de sabernos amados por Dios.

Que esta buena noticia nos inunde y nos haga participes de ese amor y de esa alegría que nos transforma y transforma el mundo.

4º Domingo de Adviento

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Llegamos al final de este tiempo de Adviento, un tiempo en el que hemos renovado la esperanza haciendo hincapié en esa súplica que tanto hemos repetido: «Ven Señor Jesus», y es que la presencia del Señor es siempre motivo de alegría.

Pues bien, este grito que no solo impregna el Adviento, sino que atraviesa toda la historia de la salvación, ha de seguir vivo en nosotros, porque cuando el Señor viene, nuestro corazón cambia y entonces en el mundo se difunde la justicia y la paz.

Ante este grito del Adviento, la Iglesia responde con la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes; anunciar que Jesus es el Señor, de manera que acoger la buena noticia significa a su vez el darla; acoger a Dios que viene a nosotros en la Navidad, es un don que nos cambia y nos hace mensajeros del amor de Dios a todas las gentes. En una palabra: acoger a Cristo es acoger a la humanidad entera y dejar así que nuestra libertad se oriente hacia la verdad y el bien de todos.

La alegría de la Navidad ya cercana, nos lleva a anunciar a todas y a todos, la presencia de Dios en medio de nosotros, que alienta nuestro vivir y nuestro obrar.

La primera lectura del profeta Isaías 7,10-14, nos presenta el rechazo de Acaz de una señal departe de Dios, motivado por el hecho de que seguramente, ya había decidido recurrir a la ayuda del poder de Asiria, en lugar del total abandono en Dios como quería el profeta. Pero Dios sigue llevando adelante su proyecto de salvación a pesar de nuestras vacilaciones y es él mismo, el que nos dará una señal que exige la fe: la de un niño frágil que nace de una virgen y asume el nombre simbólico de: «Dios con nosotros», garantizando así el futuro de su pueblo.

Todo esto nos recuerda el misterio de Jesús. Que nace de mujer, de María y por tanto es hombre, pero su nacimiento es obra del Espíritu Santo, aplicándole literalmente la profecía de Isaías, que llamaba a aquel niño: «Dios con nosotros».

El Evangelio de Mt 1,18-24, nos presenta la figura de José, que nos recuerda que al misterio de Dios se accede por la fe y que es por su fe por la que es llamado justo. El justo José, nos recuerda así, que el hijo, todo hijo, es una realidad que no pertenece a sus progenitores y que precisamente por eso, se acoge con gozo y como promesa de esperanza. La fe da así un sentido nuevo a las cosas y a las relaciones. En la segunda lectura de Rm 1,1-7 Pablo, se nos presenta como: «Apóstol por vocación, para proclamar el Evangelio prometido por Dios». Nos recuerda así, que Dios es gratuito, pero no barato, y que su gratuidad, exige de nosotros una entrega a su plan de salvación para todos los hombres.

3º Domingo de Adviento Ciclo A

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Durante este tiempo de Adviento, nos acompaña casi diariamente el profeta Isaías que se dirige al pueblo judío desterrado en Babilonia después de la destrucción del templo de Jerusalén y habiendo perdido la esperanza de volver a la ciudad santa. En la Primera lectura de Is 3-5,1-6ª.8.10, nos recuerda que dicho cambio radical es posible porque el Señor viene y manifiesta su gloria: «mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros». Y es que, la venida de Dios capacita al hombre para la acción: «fortaleced las manos débiles» vuelve a poner en marcha a los inseguros: «afianzad las rodillas vacilantes» e imprime una nueva personalidad capaz de decidirse con valentía: «Decid a los cobardes no temáis».

Las palabras del Apóstol Santiago 5,7-10 en la segunda lectura, nos invitan no solo a la alegría sino también a ser constantes y pacientes en la espera del Señor que viene, y a serlo juntos, como comunidad, evitando quejas y juicios. Se pone al agricultor como ejemplo de quien sabe esperar, pues tiene la certeza de que la semilla dará fruto, al igual que los profetas que hablaron en nombre de Dios y tuvieron la osadía de hacerlo, confiando en él.

En el Evangelio de Mt 11,2-11, el bautista que había anunciado la venida del juez que cambia el mundo, ve que el mundo sigue igual, de ahí que pide a sus discípulos que vayan a Jesus y le pregunten: ¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? A lo largo de la historia muchos han hecho esa pregunta creyendo que hay que cambiar el mundo de un modo más radical y han dicho: ¡No es él! ¡No ha cambiado el mundo! Ahora bien, nosotros sí lo vamos a cambiar mediante: imperios, dictaduras, totalitarismos y lo han hecho, pero de modo destructivo y de todo eso no ha quedado sino un gran vacío y una gran destrucción. En cambio, en la respuesta de Jesús a Juan, vemos que lo que cambia al mundo no es la revolución violenta, ni las grandes promesas, sino la silenciosa luz de la verdad y de la bondad de Dios, que es el signo de su presencia, que nos da la certeza de que somos amados hasta el fondo, de que no caemos en el olvido, ni somos producto de la casualidad, sino de una voluntad de amor. La alegría cristiana brota de esa certeza: Dios está cerca, está conmigo, está con nosotros, en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, como amigo y esposo fiel. Alegría que está en lo profundo de la persona que se encomienda a Dios y confía en él.

Que como María, vivamos en Adviento, es decir, en la cercanía del Señor, orando y esperando su venida.

Inmaculada Madre

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La liturgia del Adviento queda enriquecida con esta solemnidad de la Inmaculada Concepción de María.

Ella no solo anticipa las promesas de Dios, sino que es un vivo anuncio de la llegada del Mesías, ya próximo.

Mientras se va acercando y se escuchan sus pasos en las páginas del Antiguo Testamento, se va delineando, luminosa y misteriosa a la vez, la figura de la madre del Mesías.

El misterio de su limpio y puro aparecer en la escena de este mundo fue el secreto mejor guardado de Dios y una autentica obra de su grandeza y bondad. De manera que tanto en este como en otros misterios de María, dejó su firma de artista, en la inmensa pureza y en la gracia abundante con la que quiso que fuera la humanidad nueva y la nueva creación.

Inmaculada significa sin mancha, esto es, sin sombra de pecado, sin el más mínimo rasguño, ni la más ligera imperfección. Pero esa exclusión de mancha o de pecado no es sino el revés de la medalla. La cara de la medalla, es como la llama el ángel: llena de gracia. Esto es: la pureza en positivo. Es decir, un volcarse de Dios en su amor sobre ella, la plenitud de los favores de Dios en ella, la semejanza más perfecta posible en una criatura, la plenitud de la bendición, para que en ella se salve el proyecto divino de ser nosotros, sus hijos, llamados a ser en su presencia, santos e inmaculados por el amor.

Los orientales llaman a la Virgen Panaguia, esto es, la toda santa; la suponen impregnada de Espíritu Santo, plasmada por Él, ungida y perfumada.

Pura llama de amor en el fuego del Espíritu, la llama San Juan de la Cruz.

Desde el principio, solo lleva en su alma, la huella de Dios su creador. Ya desde el principio, María no sólo está plasmada por el Espíritu, sino que en ella el Espíritu actúa y todo en ella es respuesta total al amor de Dios.

Que la llena de gracia interceda por nosotros y nos llene de esperanza ante la venida del Señor, para que, en medio de la debilidad, la podamos llamar madre y así podamos también alcanzar la plenitud de la gracia divina.

2º Domingo de Adviento, Ciclo A

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Un renuevo que brota de un tronco. Con esta imagen, la primera lectura del Profeta Isaías, 11,1-10, nos muestra como en medio de la destrucción vuelve la vida, como signo de la fidelidad de Dios a sus promesas. En ese renuevo vemos a Jesús nacido en Belen, de la estirpe de David, que lleno del Espíritu actuará en favor de los pobres, abriendo de este modo el mundo a la esperanza, como si de un nuevo paraíso se tratara. Esto es posible porque: «el país está lleno de la ciencia de Dios» y desde que la humanidad conoce a Dios, a través de Jesucristo y de los cristianos, cambia la faz de la tierra.

En la segunda lectura de Rom 15,4-9 Pablo subraya el tema de la aceptación recíproca. Unas palabras que se dirigen a los cristianos de origen judío y a los de origen pagano, indicándoles que todo lo que hace el cristiano debe estar marcado por la acogida y la edificación recíproca, pues el que está firme en la esperanza acepta las propias limitaciones y las de los demás con paciencia. El ejemplo como nos dice el Apóstol es Cristo, que se hizo servidor de los judíos para probar que Dios es fiel al cumplir las promesas hechas a nuestros antepasados. Pero también acoge misericordiosamente a los paganos para que glorifiquen a Dios, como dice la Escritura.

El Evangelio, de Mateo, 3,1-12, nos presenta la predicación de Juan el bautista con su potente invitación a la conversión y a la penitencia introduciendo así, la predicación de Jesús. El motivo es que «está cerca el reino de los cielos». Es decir, que Dios quiere reinar y quiere arrancar de cuajo la raíz de los males humanos como son: el pecado, las enemistades, el egoísmo. Pero él es también consciente de su propia insuficiencia y de que sus palabras cobran valor en la medida en que viene otro que bautizará con Espíritu Santo.

La venida de este otro, es lo estamos preparando en el Adviento. Cuando Juan pronuncia estas palabras, él está presente ya, pero aún no de forma manifiesta. De ahí la importancia de vivir el ahora del momento presente como el lugar en el que Dios nos invita a vivir con esperanza, aguardando el cumplimiento final de la soberanía de Dios a través de su juicio escatológico final.

Es en el hoy, en el presente donde nos jugamos el futuro. La voz del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene en los desiertos de hoy, tanto interiores como exteriores, y en los que experimentamos la sed del agua viva que es Cristo.

María nos acompaña a fin de que podamos sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio.

1 Domingo de Adviento, Ciclo A

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Comenzamos el tiempo de Adviento, tiempo de esperanza con la lectura del profeta Isaías 2,1-5 que nos llama como el salmo que escuchamos, a caminar alegres hacia el encuentro del Señor, porque como nos decía San Pablo en la Segunda lectura de Rom 13, 11-14: «nuestra salvación está cerca».

Con esta certeza, emprendemos este tiempo de Adviento que el Señor nos regala, y con el que queremos renovar la esperanza que él tiene en nosotros y consecuentemente de nosotros en Él.

A lo largo de estas cuatro semanas, la liturgia nos invitará a encontrar en Jesús apoyo y a no perder jamás la confianza en él. También nos recordará que no debemos cansarnos de invocarlo ni de salir a su encuentro sabiendo que él mismo viene continuamente a visitarnos, en la prueba, en la enfermedad, en cualquier circunstancia. También nos visita a través de los demás, especialmente de los que pasan necesidad. Dios nos visita para que podamos abrirnos a él y a su amor con entera confianza.

Por todo ello, el Adviento es tiempo de oración y espera vigilante. Vigilancia es la palabra clave como nos recuerda el Evangelio de Mateo 24,37-44: «Estad en vela…». Esta es la manera de vivir nuestra vida cristiana, pues el Jesús que vino y que vendrá glorioso, es el que viene continuamente en los acontecimientos de cada día, y por eso hemos de estar atentos a su presencia y de este modo, esperarlo vigilando, puesto que su venida no se puede programar o pronosticar, sino que será repentina e imprevisible y de ahí la necesidad de estar despiertos, es decir de no dejarnos absorber por lo inmediato, por la preocupación, de manera que nos olvidemos de su presencia en la alegría, y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, es decir en los acontecimientos de nuestra existencia.

Vivir con esta esperanza, nos permite conocer a Dios como Padre bueno y misericordioso, que Jesus nos ha mostrado con su muerte y resurrección abriéndonos a una vida verdadera, plena y eterna de comunión con él.

El mundo tiene necesidad de este Dios. Tiene necesidad de la esperanza. Que María que supo esperar y amar como nadie, nos acompañe en nuestro Adviento. Ella que nos transmite la alegría de la cercanía de Cristo vivo, que es la respuesta a nuestro sufrimiento, nos haga partícipes de su misma alegría y gloria.

  

34 Domingo del T.O. Ciclo C, Fiesta de Cristo Rey

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La fiesta de Jesucristo Rey del Universo que celebramos hoy fue instituida por el papa Pio XI en el año 1925 y más tarde, después del Concilio Vaticano II, se colocó al final del año litúrgico.

Pero ¿Cómo es la realeza de Cristo? ¿Es como la de los príncipes y reyes de este mundo?

En la primera lectura (2Sam 5,1-3) vemos como el pueblo aclama a David que es ungido rey de Israel, y que, en cuanto «ungido del Señor», es el arranque de la esperanza mesiánica en un descendiente de David (2Samuel 78ss) algo que se cumple en Jesucristo que será llamado, entre otras cosas: «Hijo de David». Así es como Dios muestra su fidelidad y su presencia en la historia.

La segunda lectura es de Col 1,12-20, y es un canto a la infinita generosidad de Dios que nos ha destinado a compartir la herencia del pueblo santo en la luz por medio de Jesucristo, que, siendo imagen del Dios invisible, ha restaurado en nosotros, por medio de la encarnación, la imagen divina que el pecado había empañado. Así, el que es primero en el orden de la creación, lo es también en el orden de la salvación, por el cual hemos sido reconciliados con Dios. Él es, por tanto, el Señor que, a través de su muerte y resurrección, recibe la adoración de todo el universo y es rey de todo lo creado.

El Evangelio de Lucas 23, 35-43, nos muestra como la realeza de Cristo se revela de modo admirable en la cruz, en donde contemplamos al Dios oculto y al rey oculto, pero verdaderos. Allí los jefes del pueblo y los soldados se burlan del «primogénito de toda la creación», como le llama San Pablo, y lo ponen a prueba para ver si tiene poder para salvarse de la muerte. Pero ahí, en la cruz, es donde Jesucristo se pone a la altura de Dios , se manifiesta como «Dios que es amor». De hecho, uno de los dos malhechores que están junto a él, consciente de sus pecados, se abre a la verdad, llega a la fe e implora al rey de los judíos: «Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» y recibe inmediatamente el perdón y la alegría de entrar en el reino de los cielos: «yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» Con estas palabras, Jesús, desde el trono de la cruz nos acoge también a todos con misericordia infinita. 

San Ambrosio, dice que: «este es un buen ejemplo de la conversión a la que debemos aspirar… y que la vida consiste en estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino»

33 Domingo T.O. Ciclo C

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Ya nos cercanos al Adviento y al final del año litúrgico, la palabra de Dios nos invita a considerar el final del tiempo ¿Cómo será ese final?

La primera lectura es de Malaquías 3,19-20a, nos dice que los orgullosos y malhechores serán como paja, pero a los que temen el nombre del Señor les iluminará un sol de justicia. Se trata de una invitación a no desaprovechar el tiempo y a vivirlo como una oportunidad que se nos da para conocer a Dios y su plan amoroso para todos y cada uno de nosotras y nosotros. Esto es, caminar en su presencia junto a los demás, manteniendo viva nuestra oración y alabanza.

El trabajo como nos recuerda San Pablo en la segunda lectura, de 2 Tes 3,7 es un instrumento fundamental mientras vivimos en el tiempo, que lejos de ser algo fatídico es la manera que tenemos de ganar el pan, esto es de colaborar en la construcción de un mundo en donde todos podamos vivir gracias al propio esfuerzo y compartir con los demás. El desequilibrio entre la riqueza y la pobreza en nuestro mundo, el escándalo del hambre, la emergencia ecológica, el paro…están mostrando una crisis profunda en el modelo de desarrollo ecónimo que tenemos y nos está pidiendo una revisión de nuestra manera de vivir y de consumir, dañina no solo para nosotros, sino también para el ecosistema, lo que perjudica especialmente a los mas pobres, de ahí la necesidad de educarnos en un consumo responsable y de favorecer el trabajo de los que cultivan la tierra así como los valores que hacen posible una comunicación sana como: la acogida, la solidaridad y compartir la fatiga del trabajo.

El Evangelio de Lc 21,5-19, nos invita a no tener miedo y a vivir esperando la venida del Señor, es decir a no dejarnos llevar por el catastrofismo ni por los falsos mesianismos que intentan alarmar creando discordia y división. Cristo mas bien nos invita a afrontar los acontecimientos diarios confiando en su amor providente sin temer al futuro, aunque pueda parecernos oscuro, porque Dios por medio de Jesucristo, ha asumido la historia para abrirla a su meta trascendente, él es el alfa y la omega, el principio y el fin y nos enseña a ver en cada gesto de amor o de solidaridad algo que da sentido al universo y que perder la vida por él es encontrarla en plenitud.

Mientras la historia sigue su curso, con sus dramas y calamidades, lo que a muchos invita a no creer, el cristiano ve en todo ello el lugar en el que se desarrolla el designio salvador de Cristo y vive por tanto la fe que actúa en la caridad como antídoto frente al nihilismo, a la negatividad y al sinsentido que parece quererse instalar.

La celebración de la Eucaristía nos invita ya a vislumbrar esa luz en medio de la oscuridad.

32 Domingo del T.O. Ciclo C

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La resurrección no es un tema fácil de tratar y los saduceos que no creen en la resurrección entre otras cosas por ser una creencia tardía, concretamente a partir del siglo II A.C. como aparece en el libro de los macabeos, que hemos leído en la primera lectura y en algún otro lugar. Políticamente buscaban el poder lo que les hacía colaboracionistas con los romanos y por todo ello estaban enfrentados a los fariseos que eran piadosos conservadores.

Le preguntan a Jesús un poco para ponerlo a prueba, presentándole un caso que más bien ridiculiza la creencia en la resurrección: Se trataba de una viuda sin hijos que según la ley del levirato había sido esposa de siete hermanos, entonces ¿de qué marido será esposa en el más allá?

La respuesta de Jesús es clarificadora, pues les dice que en la otra vida ya no habrá matrimonio, pues los resucitados ya no pueden morir, son como ángeles. El matrimonio es una institución querida por Dios para esta vida y no para la otra y para reafirmarlo apela al episodio de la zarza ardiendo en el que Dios se reveló a Moises, como un Dios de vivos, es decir, que para él todos están vivos. Ciertamente, la resurrección es un hecho, aunque eso sí no sabemos cómo será:

En relación con la resurrección, está el enigma de la muerte. Se trata de una realidad a la que las ciencias del hombre, la filosofía, y la historia de las religiones a lo largo del tiempo, han intentado dar respuesta, pues de la respuesta que tengamos resultará una manera u otra de vivir

Estas respuestas que podemos dar y todas las posturas que nosotros podamos adoptar, van desde el miedo visceral hasta el hedonismo más exacerbado. Lo primero nos lleva a la angustia y lo segundo al desenfado, que se traduce en aquello de: comamos y bebamos que mañana moriremos.

Solo encontramos una verdadera respuesta en el acontecimiento fundamental de la resurrección de Jesucristo, que es finalmente la única respuesta válida a la muerte del hombre. Es más, tanto la fe como la esperanza se vinculan con la resurrección de Jesucristo con quien nos unimos por el bautismo, por el cual quedamos libres del pecado y consecuentemente de la muerte.

La muerte biológica sigue estando, de hecho, Cristo murió, pero la esclavitud opresora de la muerte ha sido vencida y con ella el miedo a la misma. Esa es nuestra victoria, la victoria de Cristo sobre el mal, el pecado y la muerte

A la luz de la resurrección, el creyente sabe que, aunque la muerte física es inevitable, a pesar de todos los adelantos médicos, ésta no es el final del camino, sino la puerta que nos abre a la liberación definitiva con Cristo resucitado

Que esta certeza, nos haga también a nosotros aspirar a los bienes del cielo, como nos recuerda San Pablo.

31 Domingo del T.O. Ciclo C

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Acogida es la palabra que resuena en la liturgia de este domingo.

La primera lectura del libro de la Sabiduría, 11,22-12,2, es una reflexión sapiencial sobre los acontecimientos del Éxodo. Israel sale de su particularismo y se da cuenta de que el amor de Dios se extiende a todas las criaturas.

En la segunda lectura de 2ªTesalonicenses 1,11-2,2 Pablo invita a los de Tesalónica a acoger la llamada recibida y a no huir de las fatigas del presente ni dejarse vencer por la tentación de evadirse fuera del tiempo, reclamando como inminente la venida del Señor. Es en medio de nuestra vida diaria vivida en el nombre de Cristo, como él es glorificado en nosotros y nosotros podemos realizar sus obras.

El Evangelio de este domingo Lc 19,1-10 nos habla del encuentro de Jesús con Zaqueo.

Zaqueo, era un hombre rico, un publicano, esto es, un recaudador de impuestos de parte de la autoridad romana. Por ello era considerado un pecador público, ya que además chantajeaba a la gente. Pero sintió el deseo de conocer a Jesús y como era bajo de estatura se subió a un árbol; su sorpresa debió ser grande al ver que Jesus lo llamó y le dijo que quería verle

En primer lugar, destaca que Jesus llama por su nombre a uno que es despreciado por todos y no solo eso, sino que le dice: hoy debo alojarme en tu casa. este fue para él el momento de la salvación que llega a todos por medio de Jesucristo, que viene a salvar lo que estaba perdido. La gracia de ese encuentro fue tal que cambió completamente su vida de forma que él le dice que dará la mitad de sus bienes a los pobres. Vemos así que es el amor de Dios que actúa a través de nuestro corazón, el que nos transforma a nosotros y a nuestro mundo.

En segundo lugar, vemos que Dios no excluye a nadie ni a pobres ni a ricos, sino que nos mira con amor y con deseos de salvarnos, especialmente a aquellos que son considerados ajenos a la salvación

Por último, Jesus sin quitar importancia al pecado, ofrece la salvación al pecador, la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse.

Realmente si difícil, es que un rico entre en el reino de los cielos como se nos dice en otro lugar del evangelio, esta posibilidad vemos que se realiza en Zaqueo, de forma que si la riqueza le llevó a la deshonestidad ahora esa misma riqueza se convierte para él en una ayuda para la salvación.

Que también nosotros experimentemos la alegría de recibir la visita del hijo de Dios, que nos cambia y nos convierte en mensajeros de su misericordia.

30 Domingo del T.O. Ciclo C

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Este Domingo se celebra el día del DOMUND. Es el día en que la Iglesia universal reza por los misioneros y misioneras y colabora con ellos en su labor evangelizadora desarrollada entre los más pobres. La Jornada Mundial de las Misiones, conocida como DOMUND, se celebra en todo el mundo el cuarto domingo de octubre. Es una llamada de atención sobre la común responsabilidad de todos los cristianos en la evangelización e invita a amar y apoyar la causa misionera.

La palabra de Dios insiste en este domingo en la importancia de la oración. Bien sabemos, que la oración está en la entraña de la acción misionera. La primera lectura del libro del eclesiástico 35, 12-14.16-18 insiste en que la oración llega más al corazón de Dios cuanto mayor es la situación de necesidad o de aflicción de quien la reza y el salmo insiste en que el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Si la oración es por tanto el grito del pobre y del oprimido, Dios es el que le hace justicia sin tardar.

Esta confianza en el Dios cercano que libera a sus amigos es la que invoca San Pablo en la segunda lectura de 2 Tim 4,6-8. 16-18 que al ver cercano el final hace un balance: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” y en otro lugar: “pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles”. (2tim 4,17) En este domingo misionero la palabra del apóstol cobra especial fuerza para todos nosotros.

El Evangelio de Lc 18,9-14 nos recuerda que, para subir al cielo, la oración debe brotar de un corazón, humilde, pobre, reconociéndonos pequeños y necesitados de salvación y de misericordia, reconociendo que todo procede de él y que solo con su gracia se realiza en nosotros dicha salvación.

De este modo es como podremos volver a casa, a nuestros quehaceres, más justos, justificados, esto es, más capaces de caminar por las sendas del Señor.

La oración del justo está pues en el corazón de la actividad misionera, por la que el mundo queda transfigurado por la fuerza de Jesucristo, que nos convoca a la mesa de su palabra y de su Eucaristía para gustar el don de su presencia y vivir unidos a él.

29 Domingo del T.O. Ciclo C

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La Palabra de Dios este domingo, tiene como tema principal la oración, más aún, la necesidad de orar siempre sin desfallecer como nos decía el Evangelio de Lc 18,1,8.

A simple vista nos puede parecer un tema poco incisivo en medio de un mundo tan convulso, pero no cabe duda de que la fe es la fuerza que en silencio cambia el mundo y lo transforma en el reino de Dios y la oración es expresión de la fe.

Una fe que se basa en el amor a Dios, reconocido como Padre bueno y justo, da lugar a una oración perseverante, insistente, un grito que penetra en el corazón de Dios. De este modo es como la oración se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo

La oración es la que mantiene encendida la llama de la fe, pues como hemos escuchado Jesus preguntaba: ¿Cuándo venga el hijo del hombre, encontrará fe en la tierra?

Las lecturas que hemos escuchado nos presentan algunos modelos en los que podemos inspirarnos para fortalecer nuestra fe.

Uno es el de la viuda del evangelio, que nos hace pensar en tantas personas que se sienten impotentes ante al mal y se desalientan. Pero esta viuda con su tenacidad insistente consigue que el juez la escuche. La conclusión es: ¿Cómo podríais pensar que vuestro padre celestial, bueno, fiel y poderoso que solo desea el bien de sus hijos, no os haga justicia a su tiempo? La fe nos asegura que Dios escucha nuestra oración y nos ayuda en el momento oportuno, aunque la experiencia diaria parezca desmentir esto. Pero Dios no puede cambiar las cosas sin nuestra conversión y nuestra conversión comienza con el grito del alma que pide el perdón y la salvación.

La oración nos pone, por tanto, de parte del Señor en la lucha contra el mal y la injusticia mediante la no violencia, testimoniando así que la verdad del amor es más fuerte que el odio y la muerte.

La primera lectura de Ex 17,8-13, nos recuerda como las manos levantadas de Moises en oración, garantizaron la victoria de Israel. Estos brazos elevados de Moises nos hacen pensar en los de Jesús en la cruz con los que vence el mal, el pecado y la muerte. Brazos elevados que piden de nosotros un ofrecimiento continuo con un amor semejante al suyo.

La segunda lectura de Tim 3,14.16; 4,2 nos recuerda la necesidad de permanecer firmes en lo ya aprendido de manera que la perseverancia en la oración sea para nosotros, motivo de esperanza al afrontar cada día el buen combate de la fe.

28 Domingo del T.O. Ciclo C

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Las lecturas de este domingo nos sugieren inmediatamente el tema de la gratitud, que tiene que ver más con la gratuidad que con un mero agradecimiento obligatorio.

En la primera lectura de 2º reyes 5,14-17 Dios realiza el milagro de curar a Naaman el sirio, un extranjero, que acaba alabando al Dios de Israel como único Dios y el Evangelio de Lc 17, 11-19, nos muestra como un cismático samaritano se vuelve también después de haber sido curado, alabando en voz alta al Dios de Israel.

¿Cómo andamos nosotros en la practica de la acción de gracias? Nietzche, en medio de su ateísmo, reprochaba a los cristianos el no estar contentos de su salvación, luego ¿hasta qué punto da testimonio nuestra alegría del don recibido?

Y nuestra oración ¿hasta que punto es una oración agradecida o simplemente es una queja? Eso es lo que hicieron los nueve leprosos que fueron curados, que se quedaron solamente en la queja en la súplica, pero no pasaron a la acción de gracias.

A su favor está el haber acudido a Jesus, a su santo nombre: gritándole: «Ten piedad de nosotros». Jesus les cura, mostrando así que es el Mesías esperado, que habría de eliminar precisamente esta enfermedad, pero no pasaron a la acción de gracias. La fe les curó pero no les salvó, en cambio la fe del samaritano sí suscitó el agradecimiento mostrando así que la verdadera gracia no nos pone solamente en estado de gracia sino en acción de gracias. Ser cristiano, es por tanto entrar en la acción de gracias por ser hijo y atrevernos a llamar a Dios Padre.

Pero la acción de gracias como la del samaritano, se realiza en el cotidiano vivir, en el día a día y no solo con palabras, sino con una alegría comunicativa y no solo por el hecho de haber recibido, sino por el de poder dar lo recibido. En nuestro vivir cotidiano, es donde damos gracias y esto luego lo expresamos después en la acción de gracias por excelencia que es la Eucaristía.

Venir a la Eucaristía tiene sentido entonces, pues es un agradecimiento a Dios por todo lo recibido, por el don de la vida, por el don de la fraternidad, por el don del convivir y compartir. Se nos muestra así que el cristiano no es sólo el que pide gracias o el que las recibe, sino el que las da.  Que mostremos hoy como el samaritano además de nuestra acción de gracias nuestra profesión de fe. Dios quiere que reafirmemos con todas las fibras de nuestro corazón nuestra profesión de fe en él y así Pablo en la segunda lectura de 2 Timoteo 2,8-13, nos invita a acordarnos de Jesucristo muerto y resucitado por nosotros. El único mediador entre Dios y los hombres.

27 Domingo del T.O. Ciclo C

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La Palabra de Dios en este domingo nos muestra un fragmento del Evangelio de Lucas 17, 5-10, que habla del siervo inútil.  Una expresión tan escandalosa como provocadora porque un servicio auténtico y bien hecho, nunca es inútil. Entonces ser siervo inútil significa para Lucas, ser siervo por amor, en clara referencia a Jesús que se hizo siervo y se entregó por nosotros. En consecuencia, también se refiere al servicio sacerdotal. El siervo modesto es en definitiva, el que no trabaja por la recompensa y está libre de la esclavitud del resultado o de la gratificación personal, que esconde ese antiguo y siempre nuevo pecado de la soberbia.

La palabra griega usada por Lucas es: a-kreioi, que significa: no buscar ventajas, no esperar ganancia, ni reclamarla. Entonces el significado viene a ser: «cuando hemos hecho todo decimos: somos servidores sin pretensiones, sin exigencias».

San Agustín, lo expresa con gran sabiduría: «la verdad te hizo libre, ahora el amor te hace siervo» y Jesús dice a los discípulos: «yo estoy en medio de vosotros como el que sirve». El es el que se ha identificado con el siervo sufriente predicho por Isaías.
Este es el Siervo que ha elegido el sufrimiento, el medio más escandalosamente inútil, improductivo e ineficaz como es el dolor, para sanar nuestras heridas. De manera que
es del sufrimiento de donde deriva su grandeza. ¿Qué pasaría si nosotros entendiéramos el valor de este servicio y si nuestra sociedad de apariencia y consumo entendiera el valor de este servicio, que es el sufrimiento? seguramente, la historia cambiaría y ya no tendríamos necesidad de estar discutiendo a cerca de la eutanasia o el suicidio asistido, entre otras cosas, para centrarnos en el cuidado y la atención del que sufre.

Así podemos entender mejor lo que nos dice la primera lectura del profeta Habacuc 1,2ss; 2,2-4, mediante esa frase tan conocida y comentada: «El malvado sucumbirá, pero el justo vivirá por la fe», que como dicen algunos, resume la teología de la Alianza. No por nada ha pasado a la Carta a los hebreos 10,36.39; a Romanos 1,17 y a Gálatas 3,11, aplicada a la fe en Cristo Jesús, vencedor del mal, el pecado y la muerte.

El profeta, entiende la fe como un encuentro personal del hombre con Dios de quien se fía. Recuperar este sentido de la fe, que se encuentra presente a lo largo de todo el antiguo testamento, resulta siempre novedoso, esperanzador y capaz de dar sentido a toda la vida.

 La segunda lectura de 2 Timoteo 1, 6-8.13-14, nos muestra como los encargados de velar por la integridad de la fe de los seguidores de Jesús, deben estar siempre alerta y atentos ante las dificultades, máxime cuando están expuestos también a los peligros y por tanto deben reavivar la gracia recibida de manera constante y diligentemente. La fidelidad al Evangelio, comporta la fidelidad al tesoro recibido. Solo así seremos capaces de transmitirlo a los demás.     

26 Domingo del T.O. Ciclo C

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El Evangelio de este domingo es de Lc 16,19-31 y hay que situarlo en el contexto de la bienaventuranza: «Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos» (Lc 6,20).  

Nos presenta la parábola del hombre rico y del pobre Lazáro. El primero vive una vida entregada al lujo y a los placeres; nos recuerda a los que hacen un uso injusto de la riqueza utilizándola para el lujo y la satisfacción egoísta y sin tener en cuenta al que padece necesidad. El segundo en cambio vive en la pobreza y se alimenta de las sobras de la mesa del rico, nos recuerda a aquellos que ponen en Dios su confianza, de los que solamente Dios se cuida. Curiosamente y a diferencia del rico, éste tiene nombre: Lázaro, que es abreviación de Eleázaro (Eleazar), que significa precisamente «Dios le ayuda». En conclusión, que el que no es valioso a los ojos del mundo, es valioso a los ojos de Dios.

La enseñanza de la parábola por un lado es que Dios vence nuestra iniquidad y nuestra injusticia, pues Lázaro es acogido en el seno de Abrahán, es decir, en la bienaventuranza eterna, mientras que el rico acaba en el infierno, en medio de los tormentos. Por otro lado, y más allá de esto, se nos dice que, mientras vivimos en este mundo debemos escuchar al Señor, que nos habla mediante las Sagradas Escrituras y así poder vivir según su voluntad, de lo contrario, después de la muerte, será demasiado tarde o imposible poder enmendarse.

Cuando hablamos de un mundo nuevo en donde habite la justicia, será un mundo en el que tanto el pobre Lázaro como el rico, puedan sentarse en una misma mesa y donde todo hombre pueda vivir una vida plenamente humana.

Cómo olvidar en estos días las inundaciones de Pakistan o el huracán que ha afectado recientemente a la República dominicana y regiones limítrofes. Es una buena oportunidad para pensar en esto y ver que los pueblos más pobres no solo nos interpelan, sino que no pueden ser olvidados.

La primera lectura de Amós 6, 1ª.4-7 nos recuerda el gran riesgo que supone la riqueza, pues puede llegar a secar el corazón.

Y la segunda lectura de 1 Timoteo 6,11-16, nos muestra la importancia de perseverar en nuestro bautismo, lo que exige en palabras de Pablo, ejercitarnos en el noble combate de la fe, es decir, en la confianza sin vacilaciones en Dios, que nos ha escogido desde la eternidad. Más que una conquista es un dejarse interpelar por Dios que nos ama y al que solo podemos responder amándole y amándole fundamentalmente a través del otro que está necesitado.    

25 Domingo del T.O. Ciclo C

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Nuestra relación con el dinero, de alguna manera nos muestra como es nuestra relación con Dios y con los demás.

La primera lectura del profeta Amos 8,4-7 nos muestra el mundo de la injusticia y como ésta estaba presente entonces y lo está ahora. En el Decálogo encontramos un mandamiento encaminado a regular las relaciones entre las personas: no robarás. Y la Escritura insiste que desagrada a Dios la extorsión de los más débiles en provecho de los mas fuertes.

Uno de esos momentos es el texto que escuchamos hoy en el que Dios se declara solemnemente defensor del pobre, hasta el punto de que los derechos de los pobres y desvalidos son los derechos del propio Dios. Este mensaje que nos transmite la Palabra de Dios es válido para nuestro mundo en el que también predomina el provecho propio, el enriquecimiento rápido, la marginación de muchos que no tienen recursos. Dios hace suya la defensa de todos ellos y a nosotros a nos enseña a no echar en saco roto esa enseñanza.

La segunda lectura es de 1ª Timoteo 2,1-8, en ella el apóstol, nos muestra que la Iglesia está llamada a velar por todos puesto que en Jesús Dios ha actuado la salvación de todos y no hay otro que nos pueda salvar. De ahí su deseo de que todos oren por todos, de manera que la luz de la fraternidad predicada por Cristo y la caridad alcance a todos y por tanto la salvación. Pablo insiste en que esta oración ha de ser hecha en todo lugar en todo momento o también de modo incesante, ya que la voluntad salvífica de Dios no tiene límites. De un modo especial es necesario orar por aquellos en cuyas manos está el destino de los pueblos: los reyes y gobernantes.

El Evangelio es de Lucas 16,1-13 y nos muestra un caso, que al parecer era frecuente y no deja de serlo: la tensión entre los terratenientes y los administradores y colonos. Jesus ante uno de estos casos muestra una enseñanza que se transmite al final del relato en el que el administrador decide actuar sagazmente, indicándonos así que también nosotros debemos actuar sagazmente ante la llegada de la salvación de Cristo. Jesus no alaba la injusticia del administrador sino su habilidad para salir del atolladero. Pues igualmente nosotros hemos de ser hábiles para vivir los asuntos del reino de Dios y discernir la diferencia entre los valores del mundo y los del Reino de Dios. Si Jesus nos ha librado del mal, del pecado y de la muerte, no podemos ahora volver atrás para vivir sin Cristo o como si no existiera. Es necesaria la habilidad, para con los bienes de este mundo de manera que no nos impidan alcanzar los eternos, sino más bien todo lo contrario. De ahí la distinción entre Dios y el dinero. Dinero que puede ser una llave para entrar en el reino si lo empleamos en beneficio de los mas necesitados o que puede ser un impedimento si es que pasa a ocupar el lugar de Dios, hasta convertirlo en un adversario.

Si el lugar que ocupa el dinero en nuestra vida, lo ocupa Dios, entonces habremos sido astutos y sagaces como nos pide el Evangelio. Este es el reto.

24 Domingo del T.O. Ciclo C

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El Evangelio, que nos enseñaba el domingo pasado a renunciar a todo para seguir a Jesús, nos da este domingo la clave de porqué es necesario hacer esa renuncia. Es necesario renunciar a todo y a todos para amar como él ama a todo y a todos.

La Primera lectura es del libro del Éxodo. En ella Moises, nos ayuda a descubrir como es el corazón de Dios siempre dispuesto a amar y a perdonar. Moises, hace que de Dios salga lo más divino: un corazón que no cesa de latir de amor, incluso frente a la miseria de su pueblo.

Por mucho que nosotros, pensemos en un Dios que se enfada y quiere destruir a su pueblo porque se ha apartado de él, su verdadero rostro, el rostro que se nos ha revelado en Cristo es totalmente otro, como pone de manifiesto Moises, recordándole como si fuera un desmemoriado, su misericordia y compasión. La lectura nos permite descubrir que en el fondo no le conocemos y que lo que hacemos es trasladar nuestra manera de ver las cosas a Dios, de modo que así como nosotros hostigamos y nos enfadamos con el que nos hace daño, así también entendemos que es la actuación de Dios.

La segunda lectura es de 1ª Timoteo 1,12-17, y nos presenta a un Pablo que se sabe amado en lo más profundo de su ser, a pesar de su miseria y su pecado y esta es la doctrina segura que él enseña sin reservas: que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores y que cada uno lo somos, pues todos tenemos la propensión a no sabernos amados en el fondo y de ahí pensamos que por ser pecadores, Dios no nos puede amar.  Ahora bien, Dios es el que se ha desbordado en nosotros por medio de Jesucristo, para que nosotros llenos de su amor podamos vivir de un modo nuevo: el del que se sabe amado generosamente y así es como puede amar y vivir en la fe y en el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Pablo, incluso se considera a sí mismo el primero de los pecadores, a fin de que pueda aparecer en él la expresión más clara de la misericordia infinita de Dios.

El Evangelio de Lucas 15,1-32, ilustra este verdadero rostro de Dios con tres parábolas sobre la misericordia en las que Dios no sólo es bueno y perdona al pecador que vuelve a él, sino que de manera afanosa busca al que estaba perdido hasta encontrarlo. Nos sorprende esa búsqueda del hombre perdido, a través de caminos y senderos escarpados. Igualmente nos llama la atención que no pare hasta que no haya encontrado al que se había perdido. El relato nos muestra de este modo, que Dios es el totalmente otro, lleno de un amor inmerecido por nuestra parte, y en el que desaparece todo tipo de cálculo.

La alegría consiste en saber que Dios nos ha perdonado y en haber descubierto un Dios mucho mejor que nosotros. Él es por tanto el bueno y no nosotros.

Así pues, solo al sabernos amados de un modo total, sin motivo y para siempre, podremos renunciar a todo y quedarnos con él que es el único digno de amor.

Es más, si Dios nos ama de esta manera, también nosotros nos hemos de amar de este modo y mutuamente.    

23 Domingo del T.O. Ciclo C

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¿Cómo conocemos la voluntad de Dios o qué quiere de nosotros? Las lecturas de este domingo insisten en la necesidad de la sabiduría para poder vivir según la voluntad de Dios. Ahora bien, para poseer la sabiduría es necesario renunciar a todo y seguir a Jesús.

La primera lectura es del libro de la sabiduría 9, 13-18b y allí se nos dice: «¿Quién conocería tu designio si tú no le dieras sabiduría y enviaras tu santo espíritu desde los cielos?» Se nos indica que la vida del hombre ha de ser una relación viva y transparente con la sabiduría para alcanzar de ella la luz y ahí tenemos la clave de la oración. La oración es la manera de mantener viva esa relación con la sabiduría y por tanto con el autor de la sabiduría que es Dios. En realidad, es lo único necesario, para saber lo que agrada a Dios, pues solo con la sabiduría que proviene de Dios y que es un don suyo, se puede acertar con el camino, de manera que lo que Dios quiere es lo que el hombre necesita.

La segunda lectura es de Filemón 9b-10.12-17. Filemón es un cristiano de buena posición, que había sido convertido por el mismo Pablo. Por su parte, el esclavo Onésimo había escapado de su señor Filemón, pero se encontró con Pablo en la cárcel y se convirtió. La Carta tiene por objeto proteger al esclavo de los duros castigos correspondientes a ese delito y garantizarle además una acogida amistosa. En el fondo es una petición de libertad y la clave está en que la liberación aportada por Cristo a la humanidad alcanza a todos los órdenes de la vida humana, incluida la esclavitud. Jesucristo, ha puesto las bases firmes para una humanidad nueva. Hemos de transmitir al mundo, este poder liberador de Cristo, sin necesidad de la violencia.

El Evangelio es de Lucas 14,25-33 y nos muestra por medio de parábolas como la verdadera sabiduría consiste en amar a Jesus y seguirle como el único amor, como la única riqueza y el único proyecto que llena el corazón. Quien no renuncia a todo no puede pretender ser discípulo suyo. Se trata no solo de los bienes materiales sino incluso la relación con otras personas, como los parientes más próximos. Es decir, que la sabiduría cristiana consiste en desvincularnos de todo lo que nos separa de Dios para llegar a vivir la vocación de discípulos que viven centrados en él y lo contemplan todo desde él.

Seguir a Jesús es una empresa dura, por lo que es necesario reflexionar antes con seriedad si estamos dispuestos a renunciar a todos los bienes y a combatir únicamente con la sabiduría divina y no con nuestra astucia sin más.

La verdadera sabiduría consiste entonces, en no llevar ningún peso que nos impida ir tras Jesús o mejor dicho, en llevar un único peso: la cruz de Jesús, es decir, el peso de su amor. En definitiva, ser discípulo, significa no preferir nada que no sea el amor de Jesús; preferirle únicamente a él. He ahí la verdadera sabiduría, que hemos de pedir continuamente y que nos acerca al conocimiento de sus designios, de su voluntad, de su amor que vence todo temor.

22 Domingo del T.O. Ciclo C

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Las lecturas de este Domingo nos hablan de dos actitudes que hoy no están muy de moda tales como: la humildad y el desinterés.

La humildad no es la resignación, sino lo contrario del orgullo. El humilde como dice Santa Teresa es el que está en la verdad, es decir, se acepta como es, sin darse importancia, aunque reconociendo sus valores y talentos. Es el que se valora en su justa medida y no se tiene en más ni en menos. El humilde no es el falto de autoestima ni el que se encierra en sí mismo, sino que sabe pedir ayuda y consulta en sus decisiones, pues ni lo inferior de sí mismo le abruma, ni le molesta lo superior en los demás.

Jesús nos dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Nos enseña a ser libres de todo aquello que nos ata como puede ser: la riqueza, la fama, la influencia, para poder ponernos al servicio de los demás, sobre todo de los más necesitados y sin pedir nada a cambio.

De ahí que el Evangelio nos habla también del desinterés: no hacer para que me hagan; no invitar para que me inviten. Mas bien, regala y regálate, porque así es como actúa Dios que hace salir el sol sobre malos y buenos y envía la lluvia sobre justos e injustos.

El desinterés no quiere decir que no me interese por los demás sino todo lo contrario, el actuar desinteresadamente es lo que me permite interesarme por el otro y esta es la manera de actuar de Jesús.

La Eucaristía, que celebramos cada domingo es el banquete del Señor al que venimos no por nuestros méritos sino por los suyos y sin ningún mérito por nuestra parte y aún así somos invitados continuamente por él a este banquete de su amor.

Que también nosotros hagamos de nuestra vida, de nuestras relaciones, de nuestro corazón, de nuestra comunidad una mesa abierta a todos, aunque no tengan méritos.

Nuestra vida se convierta así en acción de gracias a Dios que, sin mérito alguno de nuestra parte, nos ha llamado no sólo al banquete de la vida, sino también al banquete pascual de su amor.  

21 Domingo del T.O. Ciclo C

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¿Qué decir de la salvación? La pregunta que uno hace a Jesús, indica la relevancia de dicha cuestión: «Señor ¿son pocos los que se salvan?» Para nuestro sentido de responsabilidad resulta tan desastroso decir que van a salvarse todos, como saber que uno ya está condenado, pues tanto en un caso como en otro, no nos queda ningún margen de actuación.

Jesús, por ello, nos anuncia que la salvación se ofrece a todos, pero que esta oferta, puede ser rechazada por parte del hombre. Solo así podemos realmente comprometernos a trabajar con todas nuestras fuerzas, no solo por nuestra salvación, sino por la del mundo entero.

Una familia cristiana, una educación cristiana, serán siempre aspectos importantes a la hora de disponernos a aceptar la oferta, pero nada de todo ello, nos puede liberar de decidirnos por nosotros mismos, pues esta decisión por Cristo no solo es necesaria, sino que está en la raíz de nuestro deseo de salvación. Jesús nos previene de no hacerlo, de forma insistente: «hemos comido y bebido en tu presencia». A pesar de haber ido a misa todos los domingos o de haber realizado innumerables y esforzadas prácticas, Cristo nos responderá: «No os conozco. Apartaos de mi». Es decir, que solo si vivimos en Cristo y obedecemos sus mandatos, podremos, tener acceso a la salvación que procede de él, de modo que pueda: saciar nuestra sed, calmar nuestra hambre, mantenernos en su amor y así ya no tendremos necesidad de nada que no sea él.

La primera lectura, de Isaías 66,18-21, nos muestra cómo corresponde al proyecto de Dios creador y liberador, el querer hacer de todos los pueblos un solo pueblo, de todos los hombres una sola familia, y de todos los grupos una sola comunidad. Ello, en la medida en que reconocemos que el Señor es el único Dios y que es él quien puede llevar a buen puerto nuestros proyectos, anhelos y deseos, haciendo que todos converjan en una sola meta: la reunión de todos los pueblos de la tierra en una gran familia en la que se pueda vivir en paz y en prosperidad. Israel lo entendió desde la perspectiva de la reunión del Israel disperso y esta perspectiva, es la que curiosamente dio lugar a crear un muro de separación entre el pueblo de Dios y la gentilidad.

La segunda lectura de Hebreos 12,5-7.11-13, nos propone un método para entrar en la dinámica de la salvación, que consiste en la aceptación de la corrección por parte de Dios. En la vida del creyente, nada acontece por casualidad o por necesidad ,sino en virtud de una providencia divina que, aunque difícil a veces de identificar, está presente y activa en la historia. Esto no anula nuestra necesidad de conseguir certezas o de encontrar respuestas, pero solo a partir de la corrección y la prueba que Dios permite, podemos conseguir la salvación y la maduración en la fe. El resultado es que todo lo que constituye nuestra vida, adquiere significado y valor en la medida en que deriva de nuestra relación con Dios y conduce a él. Y Esta será en definitiva, la importancia y la alegría que tiene para nosotros el don de la fe.            

Fiesta de la Asunción de María a los cielos

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Esta fiesta de la Asunción, por un lado, canta las maravillas de Dios, que da a María el don de la Asunción, como afirma solemnemente la Iglesia. Por otro lado, es un canto a la fidelidad de María y por último, es un motivo de esperanza para la Iglesia y para toda la humanidad, al contemplar en María, cómo una como nosotros, vence a la muerte y es elevada a la gloria.

La primera lectura es del libro del Apocalipsis 11, 19ª; 12,1-6ª.10ab. El lenguaje apocalíptico nos invita a pensar en una especie de sueño en el que salen a flote nuestros miedos y nuestras certezas, nuestras necesidades y nuestros deseos.

En él aparece una mujer; una especie de reina soberana sobre la luna, es decir sobre el otro lado de nuestra conciencia, nuestro inconsciente, y sobre las estrellas, que representan a las doce tribus de Israel, que vendrían a significar la historia. Es en este sentido, una señal de vida y una esperanza ante el futuro

Sin embargo, encontramos en ella también dolor y peligro, pues la mujer grita por los dolores del parto y teme al dragón que quiere devorar al niño. Es una lucha en la que vemos el peligro inminente de que nuestro sueño de una vida nueva se vea en peligro.

Finalmente, el niño nace y se salva lo que nos confirma en la verdad de que Dios es el que reina sobre nosotros y el que tiene las claves de la vida y de la historia. Ha sido perseguido por la serpiente, pero ha salido vencedor, esto es: ha resucitado. Y esta es la realidad que se refleja también en su madre, cuya victoria sobre la muerte celebramos como fruto primero de la muerte y resurrección del Hijo. Se abre así un camino de esperanza para la misma iglesia y para el mundo.

La segunda lectura es de 1ª Corintios 15,20-26, en ella vemos el mensaje de la resurrección, como es en realidad: el centro del mensaje cristiano. Si Cristo ha resucitado, entonces los muertos resucitan y esta es la gran afirmación que el apóstol destaca: la muerte será vencida en todos porque ha sido vencida en Cristo Jesús. Pues bien, esta verdad realizada en Jesús, se ve realizada ya como primicia en María.

El Evangelio es de Lucas 1,39-56. El encuentro de María e Isabel pone en relación el Antiguo con el Nuevo Testamento. Isabel saluda a la madre de su Señor y la proclama bienaventurada por su fe, exultando junto con su propio hijo por impulso del Espíritu Santo.

En el magníficat, los primeros cristianos cantan el poder, la misericordia, la santidad y la fidelidad de Dios manifestados en la muerte y resurrección de Jesús y María es la mejor cantora de este cántico, pues por su fe, se convierte en modelo para todo aquel que quiere comprender lo que significa el reconocimiento del señorío de Dios sobre su propia vida.

También nosotros por ella, nos volvemos capaces de reconocer el poder de Dios que actúa en la historia, haciendo justicia al pobre, y nos transforma también a nosotros, en siervos en los que actúa el Espíritu con su fuerza, llegando incluso a abandonar nuestro cuerpo al poder del Reino de Dios.

La Iglesia canta con María, su mismo cántico de alabanza: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». 

         

20 Domingo del T.O. Ciclo C

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La vida cristiana puede ser imaginada muy bien como una carrera en la que todos participan, no por libre iniciativa, sino por haber sido llamados por el único Señor. Una carrera cuesta arriba, si queremos, precisamente porque se trata de seguir a Jesús, que sube hacia el calvario, cargado con el leño de la cruz.

La Primera lectura es de Jeremías 38,4-6.8-10 y nos cuenta las peripecias del profeta, que es declarado reo de muerte, ajusticiado y liberado. Todo esto nos muestra que en los asuntos humanos, la última palabra sólo corresponde a Dios, por lo que la tradición cristiana, le considera como figura e imagen del Jesús de la pasión.

La segunda lectura, es de Hebreos 12,1-4. Nos invita a fijarnos en Jesús cuando mantuvo su mirada sobre Jerusalén mientras subía hacia la ciudad santa, y así mantenernos fieles en nuestra lucha frente al pecado. Una lucha en la que «aún no hemos llegado a derramar sangre». Algo a lo que hemos de estar preparados, en la lucha contra el mal.

El Evangelio es de Lucas 12,49-57, nos sitúa ante la espera, que está caracterizada no solo por la vigilancia sino también por la importancia del momento presente, en el que hemos de discernir los signos de los tiempos. En este presente, Jesús da a los discípulos una nueva posibilidad de interpretar el sentido de su presencia en el mundo: su vida, muerte y resurrección, son la clave de comprensión no solo de nuestra historia personal, sino de la historia en su conjunto. El que muere ofreciendo su vida por los demás, es el que resucita, y nos introduce en la vida eterna. La lucha contra el mal, el pecado y la muerte ha sido y es dramática, pero si él ha vencido, nosotros también podemos vencer, no por nuestra propia fuerza, sino por la que él ha desplegado en nosotros por medio del Espíritu, que nos permite también dar la vida por los demás.

Ahora bien, en una misma familia puede haber miembros, que se deciden por el seguimiento y otros no. ¿Qué ocurre entonces? Que se produce una división, no querida directamente por Jesús sino como resultado de la opción tomada por el discípulo que decide seguirle. Es decir, que el seguimiento de Jesús provoca muchas oposiciones y no cabe duda que en el culmen de esta oposición, fue rechazado por su pueblo. Luego, es verdad que el que vino a establecer la definitiva paz entre los hombres, y entre Dios y los hombres, de hecho, lleva consigo la división; una división no querida pero inevitablemente producida.

La paz que Jesús anuncia es una paz que divide, que provoca divisiones entre unos grupos y otros, entre unas comunidades y otras, entre unos pueblos y otros, precisamente por la novedad que trae al mundo y por el escándalo de ese misterio pascual que, tanto para nosotros como para él, es finalmente el criterio único y definitivo de todo comportamiento humano.   

Se nos indica, de este modo, que Jesús es un valor absoluto que está incluso por encima de la sagrada institución de la familia. Esto no sólo sigue teniendo vigencia hoy, sino que puede llegar a plantear serias dificultades.

En definitiva, no es fácil vivir el seguimiento, tanto en el tiempo de Jesús, como también en el nuestro y seguramente en cualquier tiempo, pues como se nos en afirma en la carta a los hebreos 13,8: Jesucristo es el mismo, ayer y hoy y siempre.   

        

19 Domingo del T.O. Ciclo C

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Somos dichosos, bienaventurados, cuando el Señor viene, cuando el Señor nos visita y le acogemos y recibimos como tal. El mensaje de las bienaventuranzas, con las que Jesús inaugura el sermón del monte, nos ayuda pues, no consiste en un vago consuelo, sino en la fortaleza y el ánimo en medio de la lucha a ejemplo de aquel que habiendo experimentado nuestra pobreza y habiendo probado la muerte, ha resucitado y está para siempre en Dios. Así pues, la visita de Dios siempre va acompañada de la fortaleza en medio del dolor.

El recuerdo del Éxodo en la primera lectura, (Sab 18,6-9) nos permite comprobar como esa presencia de Dios en medio de su pueblo es la que hace realmente la historia, llevándola hacia su plenitud. Dios actúa de manera admirable y misteriosa a la vez. Este acontecimiento del Éxodo, que se refiere al pasado, hace referencia también a la actuación de Dios en el presente y en el futuro, luego, a partir de él, podemos hablar de que el Señor ha visitado y visita a su pueblo, a través de los acontecimientos de la historia y fundamentalmente a través del acontecimiento de Jesucristo su Hijo, Nuestro Señor.

¿Cómo vivo estos acontecimientos? Si los vivo a la luz de la fe, descubro en ellos al Dios vivo que ama a los que le reciben en medio de estos acontecimientos, de su vida y de su historia

En la segunda lectura de hebreos 11,1-2.8-19 vemos que este es el caso de Abrahán, y de tantos como él, que a pesar de la edad se puso en camino, haciéndose peregrino, y mostrando que la fe es fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve. Esperamos lo que no vemos, pero con fe, con sabiduría, con seguridad, con certeza, pues a pesar de todo, nada ni nadie ha podido interrumpir la marcha de la historia, ni el ritmo marcado por su Señor. La esperanza es segura, pues el Dios que ha actuado con fidelidad en el pasado, sigue haciéndolo ahora. Hay motivos para la esperanza, entendida como una capacidad o virtud que se apoya en el poder de Dios.

El Evangelio de Lucas 12,32-48 hace de esta seguridad, una de las más bellas declaraciones de Jesús: «no temáis pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el reino. Vended vuestras posesiones y dad limosna. Acumulad aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón se acerca ni la polilla roe. Porque donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón».

La invitación a no temer y el hecho de tratarnos de pequeño rebaño, además de la idea del tesoro que atrae nuestro corazón, nos invitan a mantenernos fieles a la Alianza, al amor de Dios, y por tanto, vigilantes, ante todo aquello que pueda poner en peligro dicha fidelidad, sabiendo que el Señor viene cuando menos se le espera y que los dones que todos hemos recibido de Dios, le dan gloria cuando los ponemos al servicio de su Reino.   

18 Domingo del T.O. Ciclo C

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Tanto la primera lectura de Eclesiastés 1,2; 2,21-23, como el Evangelio, ponen de relieve dos mensajes que iluminan nuestra vida, el primero es el de la vanidad de los bienes de este mundo y hasta de las mismas obras humanas. Pero esto puede llevarnos, no a la desolación sino a la sabiduría del corazón y aquí es donde el Evangelio que escuchamos de Lucas 12,13-21, pone de manifiesto la insensatez que supone acumular riquezas. Jesús no considera que la riqueza sea mala, lo que desaprueba es la preocupación que tanto la ausencia de bienes como el exceso de estos, supone.

El rico vive en la preocupación por atesorar y no solo por atesorar, ya que después viene la preocupación por conservar lo atesorado, e incluso la preocupación por gastar. Pensemos por ejemplo en un camello de aquellos de oriente, todo cargado de fardos y de bultos y que tiene que pasar por una calle muy estrecha. El camello no pondrá ninguna resistencia a ser descargado de todo aquello que le impide poder pasar. Y en este sentido diremos que tiene mas sentido común que el rico, que no deseará que le quiten sus cosas, sino que se aferrará mas y más a sus bártulos y si alguien pretende aliviarlo dirá que en realidad lo que desea es tener más riqueza, aunque el peso que ello produzca, le impida avanzar. Esa es la insensatez del rico que denuncia Jesús.

Los bienes son un bien y todo lo que existe es bueno. Más aún, a los que lo han dejado todo para seguirlo, El Señor, les promete el ciento por uno: casas, hermanos, madres, hijos y tierras, con persecuciones y en el siglo venidero la vida eterna. Y cuando Jesús pregunta a los apóstoles: «cuando os envié sin talega, ni bolsa, ni calzado ¿os faltó alguna cosa? Ellos le respondieron: nada.

Por tanto, el tema no es privarse de los bienes sino de usarlos bien; servirnos de ellos y no estar a su servicio, en una palabra, hacer que aprovechen a todos.

Lo que Jesús considera insensato, es la riqueza acumulada, que nos convierte en esclavos y que nos impide ser libres para ponernos al servicio de Dios y de los demás.

De esa esclavitud paralizante es de la que nos quiere librar Jesús. Por tanto, hemos de ser pobres, pero según el corazón de Dios, de manera que ser pobre de espíritu, es tener las manos abiertas tanto si están llenas como si están vacías, pues de nada servirán las manos llenas si éstas permanecen cerradas. En este caso el pobre, será pobre, pero no lo será de espíritu, es decir, según el corazón de Dios.

El pobre de espíritu es pues, el que tiene sus manos, su vida y su corazón abiertos a Dios y a los demás.

El rico, en cambio, es el que se encierra y defiende su riqueza aún sabiendo que tras la muerte no se llevará nada. Lo suyo es insensatez y locura y de esa insensatez y locura es de la que nos previene Jesús. La segunda lectura de Colosenses 3, 1-5.9-11, nos muestra que, por el bautismo, hemos pasado a ser nuevas criaturas, por lo que hemos de vivir de un modo nuevo, concretamente evitando la codicia que es una idolatría, para morir con Cristo al hombre viejo y resucitar con él a una vida nueva, en la que a través de la relación fraterna se ponga de manifiesto la sinceridad y la lealtad.

17 Domingo del T.O. Ciclo C

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La Palabra de Dios en este domingo nos habla de la importancia de la oración y concretamente la oración de súplica. Es la oración como acto de amor.

La primera lectura es de Gn 18, 20-32 donde la oración de Abrahán subraya la fuerza de la intercesión de los justos ante Dios.

Abrahán, intercede al señor por Sodoma. Apela a la justicia de Dios, no contra los pecadores sino en favor de los inocentes y a fin de obtener el perdón de los otros. El resultado será la salvación de toda la ciudad: «perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos». Al final, Dios está dispuesto a perdonar a toda la ciudad, aunque solo se encontrasen en ella diez personas inocentes. Para nosotros no deja de ser significativo este acercamiento a Dios como lo hizo Abrahán, que se basa en la amistad de Dios, que le llama amigo (Is 41,8). Abrahán sabe que en Dios, aun siendo el juez de toda la tierra, la misericordia prevalece sobre la justicia e impresionado por su justicia, invoca su misericordia. Abraham se muestra así, no solo como amigo de Dios, sino también de los hombres por los que intercede.

La segunda lectura es de Colosenses 2,12-14. Por el Bautismo hemos pasado a ser propiedad de aquel en cuyo nombre hemos sido bautizados, es decir, de Dios y de Cristo Jesús, en el Espíritu. Por él participamos de la muerte y resurrección de Cristo. Es por tanto, el sacramento de la fe en Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos, que da la vida, que vence a la muerte y que nos abre los caminos de una vida que no tendrá fin. Por él también toda la humanidad, es llamada a la resurrección y a la vida. Él es el justo que hace posible que todos seamos salvados y liberados del mal del pecado y de la muerte.

El Evangelio es de Lucas 11,1-3 y en él descubrimos algo interesante como es la oración de Jesús. Los apóstoles le veían orar de forma asidua y en todas sus vertientes: mental o íntima, vocal, personal, comunitaria. Podemos decir que Jesús estaba continuamente en diálogo con el Padre. Y así, le vemos pasar muchas veces la noche en oración. Cuando los discípulos le piden que les enseñe a orar, él les da una serie de pautas para que puedan hacer lo mismo que él.

La invocación Abbá para dirigirse al Padre, es propia de Jesús y entraña una relación especial, mas profunda que la que tenía Abrahán y que se asemeja a la de un niño con su padre, indica confianza, comunión y obediencia. Es el clima ideal en el que tiene que situarse el discípulo. La santificación del Nombre de Dios sitúa al discípulo en un profundo deseo de que sea también él santificado por su acción, es decir, que lleve adelante su proyecto de vida y felicidad en favor de los hombres. Pedir que venga el reino, significa pedir que la humanidad sea gobernada por su gracia y por su Palabra. Pan, es todo aquello que el hombre necesita para la vida del cuerpo y del espíritu. El perdón que invocamos de Dios nos compromete a darlo a los demás. La ayuda en la tentación, forma parte de la vida espiritual y Jesús es el que puede acudir en nuestra ayuda.

Las parábolas que acompañan, ponen de manifiesto que la oración no es algo destinado a un tiempo concreto, sino algo propio de todo tiempo, es el quehacer de todos los días, de todos los lugares y de todas las situaciones, pues se trata de un diálogo íntimo con el Amigo, con el Padre, y con el Huésped del alma y por tanto, algo que tenemos que realizar siempre y en todo lugar y que da como fruto, en último lugar, el don del Espíritu a los que lo piden insistentemente al Padre.

La oración, es por tanto, lo que acompaña la vida del que cree y nos pone en relación con el Padre, en ella hemos de pedir aquello que necesitamos con confianza, incluido el don del Espíritu, que es el que con Jesucristo, acompaña siempre la oración cristiana.

16 Domingo del T.O. Ciclo C

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La primera lectura, es del libro del Genesis 18,1-10ª, en ella aparece la importancia dada por los orientales a la hospitalidad, hasta el punto de que Abrahán, considera un favor el hecho de poder brindar acogida: «Mi Señor, por favor, te ruego que no pases sin detenerte con tu siervo». Por otra parte, los misteriosos personajes, traen un mensaje especial: «cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara tendrá un hijo». Ambos eran ancianos e incapaces de procrear, pero Dios tiene otro proyecto que se realizará por las vías normales, pero superando la incapacidad humana. Así es como actúa Dios en la historia.

La segunda lectura es de Colosenses 1,24-28 y en ella, Pablo, pone de manifiesto la íntima relación del sufrimiento y de la misión evangelizadora, lo cual vemos en el propio Cristo y en la Iglesia, cuerpo de Cristo. Por eso, el apóstol no tiene miedo de hacer frente a las dificultades y hasta encuentra alegría en hacerlo por amor a los fieles: «me alegro de padecer por vosotros». De esta manera, contribuye a la pasión redentora de Cristo: «pues así voy completando en mi existencia mortal, y en favor del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, lo que aún falta al total de las tribulaciones cristianas». Si bien los padecimientos de Cristo son perfectamente suficientes de por sí, para obrar la salvación, el anuncio del evangelio implica un sufrimiento, que Pablo considera como un complemento de la Pasión. Este, consiste en anunciar el proyecto salvador de comunión con Dios tanto para los judíos como para los gentiles, para lo que es necesario la fidelidad constante al Evangelio y el crecimiento en la fe mediante una vida coherente con él. Que Dios es Padre de todos. Esto es lo que Pablo quiere manifestar y hemos de manifestar todos, aunque ello suponga pasar por la prueba del sufrimiento, sabiendo que Cristo es el que vence por la gloria de su muerte y resurrección.

El Evangelio es de Lucas 10,38-42 donde se pone de manifiesto que escuchar la Palabra de Dios es tarea de especial importancia y relevancia. María, representa en este sentido, lo mejor del pueblo de Israel, que es invitado a escuchar atentamente la Palabra de Dios. En este sentido, la postura de Marta no deja de tener importancia, pues nos está recordando la relevancia de la acción para poder tener una vida digna.

El maestro Eckhart, en uno de sus sermones explica que Marta necesita a María y que María necesita de Marta, pues cuando Marta dice a Jesús: «dile que me eche una mano», le está indicando que está bien para ella hacerlo, pero siempre como resultado de la contemplación, esto es, que la contemplación debe llevar al servicio y el servicio a la contemplación. Elegir la mejor parte, es sin duda lo fundamental, y lo necesario, pero ello ha de redundar en el servicio, para que la contemplación sea plena.

Una lectura atenta del relato pone de manifiesto que Jesús supo armonizar las dos realidades y las dos tareas: durante el día se dedicaba a anunciar el reino con gestos y palabras, hasta el punto de no tener apenas tiempo para comer. Pero a la vez, se retiraba habitualmente al monte tanto de día como de noche para dedicarse a la oración, esto es, al diálogo íntimo con Dios. Es necesario pues que nos dediquemos tanto al servicio fraterno como a la alabanza divina y que lo une debe redundar en lo otro.              

15 Domingo del T.O. Ciclo C

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Los profetas exhortaban a la fidelidad y la primera lectura del libro del Deuteronomio, 30,10-14, nos muestra que esa fidelidad a la Alianza es una fuente de realización humana y que la voluntad de Dios manifestada en los mandamientos es para todos, fuente de vida y bendición. El hombre puede ponerse a la escucha de la Palabra de Dios y reconocer que esa palabra no es ajena a sus deseos más profundos, de ahí que cumplir los mandamientos es posible; es posible obedecer, y lo que Dios manda está a nuestro alcance. No es una obediencia ajena a nosotros, sino que en la obediencia radica nuestro bien, nuestra felicidad y nuestra paz. No se trata de un simple cumplimiento, sino de la realización humana e íntegra del hombre, pues lo que Dios manda es algo que coincide con nuestros deseos más profundos, nos hace libres y da sentido a nuestra vida, pues: «el mandamiento está dentro de ti, en tu corazón y en tu boca, cúmplelo». Hemos de volver a la intimidad del corazón y al encuentro con Dios en nuestro corazón.

La segunda lectura es de Colosenses 1,15-20, un himno cristológico que sitúa a Cristo por encima de todo lo creado y por tanto, el único que nos puede salvar. En él se centra la creación entera y no hay otro salvador fuera de él. Él es el primogénito de entre los muertos, pues en su resurrección, todos hemos vuelto a la vida, luego es el primero en la creación antigua y el primero en la nueva creación, llevada a plenitud cuando todos volvamos a la vida y Dios lo sea todo en todos. En él la humanidad recobra la esperanza ya que, si seguimos sus pasos, encontramos en él, la respuesta a los anhelos de nuestro corazón como son: la vida perdurable, la felicidad plena y la comunión eterna con Dios.

El Evangelio es de Lucas 10,25-37 y en él, Jesús invita al maestro de la ley a volver al Deuteronomio: «amarás al Señor con todo tu corazón». Pero solo es auténtica esta primacía de Dios, si inmediatamente después aparece el hombre como objeto de amor y de la solicitud hacia los demás. Esa será la señal auténtica, fiable y creíble del amor a Dios.

Pero el maestro se ve obligado a insistir ¿Cómo puedo saber quién es mi prójimo? Jesús responde con la parábola del buen samaritano, en la que enseña tres cosas: que el prójimo es cualquier miembro de la humanidad, toda persona humana es un prójimo. Esto es algo que comprende hasta un samaritano, es decir, alguien al que los judíos consideraban un «excomulgado». Igualmente nos muestra que la pregunta para ser correcta debe plantearse no hacia nosotros, sino hacia el otro. Es decir: no quien me es prójimo, sino quien se hace prójimo.

Por último, nos enseña que amar, significa tener compasión de cualquiera que sufra y hacer al otro lo que quisiera que me hicieran a mí en caso de necesidad. El que quiera alcanzar la vida eterna, que es la pregunta que se hacia el maestro, sabe ahora cómo hacerlo: seguir los pasos del buen samaritano y no los del sacerdote o el levita. La misericordia está, por tanto, por encima del culto. Jesus lejos de distanciarse con respecto a la ley, la lleva a su plenitud, como nos enseña, por medio del amor al prójimo como prueba evidente de que amamos a Dios.       

     

14 Domingo del T.O. Ciclo C

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La alegría por la intervención de Dios en la historia marca la línea de la primera lectura del profeta Isaías 66,10-14c, ante el pueblo que regresa del exilio de Babilonia y se llena de alegría ante la llegada a Jerusalén y que experimenta la ternura de Dios que en expresión del profeta, se conmueve como una madre ante el sufrimiento del hijo querido. El poder de Dios se manifiesta acompañado de la ternura, compasión y misericordia.

Los que regresan, experimentan la pobreza y la debilidad de su situación, pero saben que Dios está enmedio de ellos, y esa es la fuente de su alegría, lo cual nos recuerda ya la bienaventuranza proclamada por Jesús: «dichosos los que lloran, porque ellos, serán consolados».No se trata de una alegría cualquiera, sino de la que proviene del gozo profundo por la intervención de Dios, la alegria de su presencia que no se olvida de su hijo querido, sino que lo lleva y sostiene como a un niño a quien su madre consuela.

La segunda lectura, es de San Pablo a los Gálatas 6,14-18. donde nos muestra el apóstol que la fe, es aceptación plena del acontecimiento de Cristo y de la vida que brota de su muerte y resurrección.

Si bien los generales romanos entraban en la ciudad precedidos por los trofeos conseguidos tras la victoria, el cristiano, tiene como trofeo, la cruz de Cristo y en la medida en que se identifica con ella, se convierte en nueva criatura, y se lleva a cabo la nueva Creación.

Jesús, es el hombre perfecto y sólo en referencia a él, adquiere el hombre su verdadera dimensión interior e histórica. La nueva Creación ha de seguir creciendo y la nueva Humanidad debe consolidarse, lo que conlleva el estar marcados por las marcas del sufrimiento de Cristo en favor de los hombres. Un sufrimiento que es liberador.

El Evangelio es de Lucas 10,1-12.17-20. Seguimos teniendo como telón de fondo el viaje de Jesús a Jerusalén, que hoy se centra en el seguimiento y confianza en el Padre. Si bien el judío que quería conocer la ley de Dios buscaba un maestro, Jesús llama él mismo a los discípulos y aún más, no les exige el estudio de la ley, sino el seguimiento personal, con disponibilidad para la pobreza y el seguimiento a fin de poder anunciar la llegada del Reino para lo que les da una serie de advertencias: seréis como corderos entre lobos, sed cautos y prudentes; no llevéis talega ni alforja, confiad en la Providencia, porque el Padre no os abandonará. Como mensajeros de paz, llevad la paz y también han de saber, que no les faltará la incomprensión e incluso la persecución. En cada tiempo, el apóstol ha de vivir desprendido de todo, expuesto a la persecución y lleno de confianza en la Providencia. Es necesario tambien dejarse cuidar y no caer en la tentación del prestigio y del poder, sabiendo que la palabra lleva en sí misma la fuerza necesaria para transformar el mundo y los hombres.

Por último, el mayor motivo de alegría es saber que los nombres de cada uno, no quedarán escritos en un arco como los nombres de los vencedores en los arcos triunfales, sino en el cielo, pues Jesús que nos ha librado de las garras del mal, nos ha introducido en la misma vida de Dios donde todos estamos llamados a la vida divina de filiación y fraternidad.

13º Domingo del T.O. Ciclo C

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A lo largo de una serie de domingos, vamos a acompañar a Jesús en su viaje a Jerusalén.

San Lucas, ha dado a la parte central de su Evangelio esta forma narrativa de viaje. De este modo, pone de manifiesto que la vida del cristiano es una peregrinación hacia la patria, algo que está muy presente en otros escritos del Nuevo Testamento.

La primera lectura, es del libro 1º de los Reyes, 19, 16b. 19-21 y pertenece al llamado ciclo de Eliseo, el cual es llamado por Elías para la misión profética, lo que supone un cambio de vida radical y un ponerse en camino en despojo y libertad, para ejercer la propia misión. A la llamada, Eliseo responde inmediatamente con un gesto de entrega: da a los suyos todo lo que tiene y todo lo que es, mostrando así una libertad suprema.

En la segunda lectura de Gálatas 4,31b-5,1.13-18 San Pablo, nos invita también a recorrer un camino de libertad, libertad que curiosamente se da en la medida en que nos dejamos atrapar o nos sometemos a la caridad de Cristo, de manera, que vivir en la libertad, es lo mismo que vivir como Cristo vivió, es decir, estar dispuestos como él a dar la vida por los demás. Ser libre como Cristo es amar como Cristo y ello es posible, en la medida en que también nosotros nos sabemos como él, amados por el Padre, pues Dios es amor y quien vive en el amor, vive en Dios. Así es como dirá Pablo, que Cristo nos ha liberado de la ley, lo que equivale a ser liberado del apetito desordenado de poner nuestro propio yo en el centro de la existencia y pasar así a una nueva situación en lo que cuenta de verdad es la caridad que nos libera de las estrecheces de nuestro egoísmo dándonos así la felicidad.

Pero bien sabemos, que podemos entender la libertad justo, al contrario, como afirmación de nuestro propio yo, por ello hemos de estar atentos a lo que nos dice el apóstol: «no toméis la libertad como pretexto para vuestros apetitos desordenados; antes bien, haceos esclavos los unos de los otros por amor». Seamos pues libres, mediante la renuncia voluntaria y continua a vivir encerrados en nuestro yo.

El Evangelio es de Lucas 9,51-62 en él se nos muestra a Jesus que de forma decidida y en obediencia al Padre, se encamina hacia Jerusalén. La suya, es una decisión irrevocable fruto del amor. Envía por delante a sus discípulos, a fin de que preparen el corazón de los hombres, para la escucha de la Palabra. El punto de partida de su camino es un pueblo de Samaría. La relación entre judíos y samaritanos nunca fue buena y la animosidad y el odio entre ellos era grande. Pero Jesús, al comenzar el camino, advierte a los suyos que hay que alejar todo deseo de venganza, odio, persecución y toda su enseñanza consistirá en descubrirles que el reino tiene fuerza por sí mismo y sin necesidad de recurrir a la violencia o al poder, sino que más bien, el poder de Dios se manifiesta en el establecimiento del Reino por medio de la cruz y resurrección. Pero hoy como ayer, seguimos sintiendo la tentación del recurso a otros medios.

Jesús, se muestra también clarísimo en que no se puede anteponer nada a su amor, así hemos de entender: «deja que los muertos entierren a sus muertos». De este modo, el discípulo puede tener un corazón libre, capaz de hacer suyos los sentimientos del Maestro, y poder así entregarse por completo a la voluntad del Padre y a la construcción de su Reino.

El seguimiento de Cristo provoca una ruptura con lo anterior, sin que ello suponga desentenderse del mundo, sino un entenderlo desde Él mismo y desde su estilo de vida.

Lo que Jesus ofrece al que le sigue es: un sentido para toda la vida y una clave interpretativa de toda la existencia.       

Fiesta del Corpus Christi

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El día de Corpus Christi, nos centramos en la Eucaristía y afirmamos que es el centro de nuestra vida cristiana ¿Qué quiere decir esto?

En primer lugar, que la Eucaristía salva nuestro pasado, pues nos une a un hombre que pasó por en medio de la gente y anunció con obras y palabras la presencia de Dios en su tiempo y en todo tiempo. El pan y el vino consagrado nos hablan de una historia diferente, salvífica, que arranca del corazón de Dios, en la Trinidad de las personas divinas, de su amor.

Este pan y este vino consagrado no solo afectan a nuestro pasado, sino también a nuestro presente, puesto que en él vemos un amor que nos sostiene y que da fundamento a nuestra vida, haciendo posible el encuentro real con el Dios que es fuente de vida y de bendición en medio de nuestro vivir, esto es, de nuestro pan y vino cotidiano.

Este pan y este vino consagrado, es también pan del futuro, de manera que nuestro vivir cotidiano, ya no es algo que transcurre con angustia entre un nacimiento y una muerte; nuestra historia, ya no encuentra un cielo cerrado encima de ella.

El pan y vino consagrado aparece, así como el signo de una historia apasionante, que renueva, transforma y da sentido a nuestra propia historia, abriéndola a un futuro nuevo y esperanzador.

La primera lectura, de Génesis 14,18-20, nos habla del encuentro de Abrahán con Melquisedec, que le ofrece pan y vino, signos del culto y del alimento básico. Junto a ellos, las palabras de bendición a Dios y a Abrahán. La bendición dirigida a Dios es el reconocimiento de su grandeza y bondad, y la dirigida a Abrahán es la consolidación de la que recibió en el momento de la vocación. Todo ello nos habla de la Eucaristía, en cuanto que signo de la bendición de Dios hacia nosotros por medio de Jesucristo y de la acción de gracias que nosotros le tributamos a él por su presencia real entre nosotros.

La segunda lectura, de 1ª Corintios, 11,23-26 nos recuerda aquello que Jesús prometió a los discípulos antes de ascender al cielo: «sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Mientras aguardamos su retorno, esa espera está poblada por su compañía permanente. Y esto es lo que anunciamos cada vez que celebramos la Eucaristía: que la presencia en el pan y vino consagrado es Cristo mismo transformado y presencializado en el pan y el vino. Esto es algo que, perteneciendo al pasado, y que forma parte de una tradición recibida, da sentido al presente, abriéndolo a un futuro de plenitud felicidad y amor. Los que participamos de un mismo pan tenemos un mismo destino, convirtiéndonos así, en pan de vida y de esperanza para los demás.

El Evangelio, es de Lucas 9,11b-17 y nos muestra la multiplicación de los panes y de los peces. Un milagro que para muchos es anticipo de la Eucaristía, pues los gestos de Jesús sobre el pan evocan los de la última cena y, por otra parte, Lucas reconoce que la celebración del banquete fraterno empuja a compartir los bienes materiales del mismo modo que se comparten los espirituales, de manera que hoy como ayer, estamos llamados a seguir realizando signos convincentes de la fe que proclamamos. Es entonces, cuando el milagro se convierte en prueba de nuestra fe y en signo del mundo nuevo al que Dios nos llama por medio de Jesucristo, cuyo Santo Nombre invocamos continuamente.

La Santísima Trinidad, Ciclo C

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La fiesta de la Santísima Trinidad, se celebra el domingo siguiente a Pentecostés y nos invita a contemplar el misterio de Dios.

La primera lectura es del libro de los Proverbios 8,22,31. Es una reflexión sobre la Sabiduría.

Sabio, es aquel que consigue ver la verdadera ley de la vida, aquel que reconoce en el mundo una sabiduría que es anterior a él. Pero poco a poco la reflexión fue evolucionando hacia su personificación en la figura de una muchacha que acompaña al Señor en su obra creadora y que se divierte con el mundo y con la humanidad.

La sabiduría es por tanto, la Palabra que hace existir la Historia, y que se suele interpretar como figura o tipo del Verbo de Dios. La sabiduría si bien aquí no se identifica con Dios, forma parte de su entorno relacional, presentándonos a Dios en relación y con un rostro femenino y en interacción con su criatura.

La sabiduría, aparece así como un intermediario o puente entre Dios y los hombres. El Nuevo Testamento, atribuye a Jesucristo este papel mediador y así la carta a los Hebreos, nos dirá que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres. La reflexión en torno a esta Sabiduría, nos permite comprobar que entre Dios y el hombre existe una suerte de relación, y que es en esa relación sobre la que se funda el sentido tanto de la vida como de la historia.

La segunda lectura, es de Romanos 5,1-5, Pablo nos recuerda que estamos llamados a participar de la gloria de Dios, de su misterio, de manera que todo contribuye a ello. El Espíritu, es el hacedor de esta gran obra, permitiendo que todo alcance su sentido y su plenitud en Dios. El que cree y espera en Dios, sabe que su amor, derramado en nosotros por medio de su Espíritu, es el que da un sentido nuevo a todas las cosas, pues todo es para la gloria de Dios.

Este amor de Dios que se derrama en nuestros corazones, nos ha dado, la libertad con respecto a la ley y al pecado, abriéndonos a la esperanza, de forma que amparados en este amor, podemos perseverar enmedio de las tribulaciones y sufrimientos de esta vida, uniéndonos así a Cristo, vencedor del pecado y de la muerte.

La vida en el Espíritu es por tanto, la fuente de donde brota la vida cristiana, pues el Espíritu, es el que da testimonio continuamente de que somos hijos del Padre por la muerte y resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios.

El Evangelio es de San Juan 16,12-15 y nos recuerda la necesidad de vivir en la verdad y en la bondad de la verdadera Historia, que no es sino Cristo Jesús, cosa que el Espíritu, nos permite y ayuda a comprender y asimilar, fundamentalmente su muerte y resurrección, que son el verdadero comienzo de la nueva historia, el nuevo mundo y de la nueva humanidad.

En este contexto, lo importante es mantener viva la comunión que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, tanto en nosotros como en el pueblo de Dios, que es la Iglesia.

Nuestra llamada a la comunión con Dios y con quienes nos acompañan en nuestro caminar, lejos de ser un peso, nos permite alcanzar la verdadera libertad y felicidad y por ello es: «la otra historia».

Ciertamente, hablar de Dios no es fácil, pues es hablar de esa otra historia, que se construye sobre la caridad, y la comprensión, unidas por un mismo amor.

Pentecostés, Ciclo C

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Con Pentecostés llegamos a la plena realización de la obra salvadora, al comienzo de la Evangelización y a la espera del retorno del Señor.

Lo que para el judaísmo era el don de la ley, se convierte ahora en el cumplimiento de la promesa.

La primera lectura de los Hechos de los apóstoles 2,1-11, narrados por San Lucas, pone de manifiesto cómo los discípulos reciben el Espíritu estando juntos y en oración. Este es el clima apropiado para recibir el Espíritu y cómo renovar su presencia, pues es el que hace posible la comunión, con Dios y con los demás.

Los signos que le acompañan como el viento, el fuego y las diferentes lenguas, son signos del poder soberano de Dios y principio de vida para todo viviente sea de la nación y lengua que sea. El hace nuevas todas las cosas comenzando por los mismos discípulos, que ahora son capaces de intuir, seguir y atestiguar los caminos de Dios y guiar a todos hacia la comunión con él, en Jesucristo, crucificado y resucitado por todos.

La segunda lectura, es de 1ª Cor. 12,13b-7.12-13. En ella Pablo indica a los cristianos de Corinto que el Espírítu es el que hace posible la comunión en la diversidad, de manera que tanto la diversidad como la comunidad son su obra. No podemos extrañarnos de lo uno ni de lo otro. Como tampoco puede extrañarnos el fin de todo ello, que no es otra cosa que la unidad, esto es el bien común, o dicho de otro modo, la edificación del cuerpo que es la Iglesia, formado no ya por los que tienen una misma sangre o pertenecen a una misma raza, sino por todos los que pertenecen a Cristo por el bautismo, que es el signo de la comunión, pues nos regenera y nos hermana a todos haciendo posible que podamos renacer a una vida nueva en la que el mayor carisma y el que los engloba a todos, es la caridad.

El Apostol, nos recuerda, que todo esto se resume en algo tan decisivo como es reconocer que Jesús es el Señor. Lo cual, no es solo una invocación realizada en la oración sino, la expresión del testimonio que se lleva a cabo en todo momento y de manera especial en la persecución. Tanto en la confesión como en el testimonio, el Espíritu es el gran protagonista y sin él no es posible ni lo uno ni lo otro.

El Evangelio es de Juan 20, 19-23. Jesús, en él, es el que entrega el Espíritu tanto en la cruz como en la resurrección y con él su fruto que es la paz, es decir, la reconciliación, el perdón de los pecados.

El pecado, que rompe la comunión con Dios y con los demás dando lugar a la guerra, ha sido vencido por Cristo y esa victoria se actualiza en el sacramento del perdón. La nueva creación es pues re-creación, es decir, un recordar al hombre su condición originaria de comunión con Dios y con los demás, llevándola hacia su plenitud. Así se pone de manifiesto que el pecado no pertenece al plan de Dios sobre el hombre, y que Jesús no tenga pecado, aun cuando fuera en todo semejante a nosotros en todo. Luego, podemos afirmar con rotundidad que el pecado no es humano.

En la formula de la absolución, se nos dice que: «el Espíritu fue derramado para la remisión de los pecados. La reconciliación, que es obra de la muerte y resurrección de Jesús y que se actualiza por el Espíritu Santo y los Apóstoles, pone de manifiesto cuál fue el proyecto original de Dios y cómo por medio del arrepentimiento, se nos da el Espíritu Santo.

Hermanas y hermanos, hemos sido llamados a formar un solo cuerpo, cada cual con sus propios dones, con sus propios carismas, con su propio rostro de santidad. El amor de Dios que se derrama en nosotros por medio del Espíritu, es el ceñidor de la unidad y el dador de la paz.

Vivir en el Espíritu es la meta de la vida cristiana, lo que equivale a tener paz en nuestro corazón, a ser instrumentos de paz y testigos de esperanza.

Para los que quieren hacer suyo el modelo de las bienaventuranzas, el Espíritu es luz, caridad, mansedumbre, y piedad enmedio de las tinieblas y de la ignorancia en esta vida.

¡Ven Espíritu Santo, ven!

Domingo de la Ascensión, Ciclo C

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La Ascensión, forma parte del núcleo del mensaje cristiano, esto es, la afirmación de que Cristo está sentado y glorificado a la derecha del Padre, pero la realidad de la Ascensión está presente en todos los escritos del Nuevo Testamento. El mensaje que nos da es que el que asciende volverá de nuevo para cerrar la historia y manifestarse plenamente. En la Ascensión celebramos, la plena glorificación de Jesús y el anuncio de su vuelta gloriosa para consumar la salvación.

La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 1,1-11, se trata de un resumen que contiene preciosas indicaciones. La primera y fundamental es que él está vivo. Tras cuarenta días, número que significa madurez, en los que Jesús se ha aparecido a los apóstoles, éstos, están capacitados, para ser testigos del resucitado y acoger el plan de Dios, que sobrepasa los límites y expectativas mesiánicas de Israel, por lo que deben estar disponibles al Espíritu prometido por el Padre, para encarnarlo en la historia. Como hizo en otro tiempo Abrahán, también los apóstoles deben salir de su tierra, de su seguridad, de sus expectativas y llevar el Evangelio a tierras lejanas, sin tener miedo a las persecuciones, fatigas, rechazos.

La segunda lectura es de Hebreos 9, 24-28; 10,19-23. En ella aparece Cristo en su función sacerdotal, infinitamente superior a la institución de la Antigua Alianza, pues él no entró en el santuario, como hacía una vez al año el sumo sacerdote para expiar los pecados del pueblo con la sangre de las víctimas sacrificadas, sino que penetró nada menos que en los cielos, en la trascendencia de Dios, para interceder en favor de todos, tras haber ofrecido de una vez por todas, el sacrificio de sí mismo. Una ofrenda cuyo valor infinito puede rescatarnos del pecado y de la muerte.

Por él, estamos llamados a acercarnos al Padre con un corazón puro, purificado por el bautismo y sus exigencias.

Cristo, ascendido a la diestra del Padre reina desde ahora. Él es la cabeza de toda la creación y en particular de la Iglesia, con la que forma una unidad indisoluble.

El Evangelio es de Lucas 24, 46-53. Este relato de la ascensión, de Lucas, que tiene muchos rasgos en común con el de los Hechos de los Apóstoles, pero también tiene acentos diferentes. El acontecimiento aparece narrado inmediatamente a continuación de la Pascua, significando que se trata de un único misterio: la victoria de Cristo sobre la muerte coincide con su exaltación a la gloria por obra del Padre y todo ello forma parte del designio de Dios, que ahora se extiende a los discípulos, llamados a dar testimonio de él.

Jerusalén, punto de llegada de la misión de Jesús, es ahora el punto de partida de la misión de los apóstoles. En Jerusalén, deberán también esperar el don del Espíritu.

El tiempo de Cristo acaba con la esperanza del Espíritu, que es también el tiempo de la Iglesia, que se alegra por el triunfo de su Rey, de su Cabeza, de su Señor y se siente llamada a la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, guiada por el Espíritu, y recordándonos que Jesús glorificado sigue en medio de nosotros hasta el fin del mundo.

6º Domingo de Pascua Ciclo C

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6º Domingo de Pascua Ciclo C

Los cristianos no judíos de Antioquía, bien pronto tuvieron que hacer frente a ciertas dificultades como, si tenían que guardar o no las tradiciones de los judíos, siendo que no eran judíos.

En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles 15,1-2.22-29, los Apóstoles reunidos en Jerusalén, decidieron algo importante para la marcha de la Iglesia y abrieron así, un punto de inflexión con respecto al judaísmo. Si para ser judío era imprescindible guardar la ley y las tradiciones judías, el cristiano, en cambio, es el que vive de la fe en Jesucristo y desde esta fe, experimenta la necesidad de la conversión y de dar muerte al pecado, para así acoger la presencia de Dios en él. Si hay que mantener algunas normas será para que pueda darse la comunión y evitar la división, pues estaba en peligro la unidad de la Iglesia. De este modo, lo que se pone de manifiesto es la libertad evangélica; algo que sin duda marcará toda la historia eclesial posterior.

El desafío entonces y ahora es el mismo; vivir en fidelidad a Jesucristo, lo que se traduce en una comunión que es la que hace creíble y posible la evangelización.

El Espíritu Santo junto a los apóstoles tanto entonces como ahora, es el que hace posible la fidelidad a las enseñanzas de Jesús, actualizando en cada momento su mensaje; garantizando esa fidelidad y adaptándola a las necesidades de cada época.

La segunda lectura es del libro del Apocalipsis 21,10-14.22-23, que nos viene acompañando durante toda la pascua y que nos habla en clave simbólica. Hoy llegamos a la conclusión, con la visión de la Jerusalén celeste, en contraste con Babilonia, la ciudad símbolo del mal.

De la Jerusalén que baja del cielo, se nos dice que esta amurallada, pero con tres puertas a cada uno de los lados que se corresponden con los puntos cardinales, por los que entran gentes de todos los pueblos de la tierra, dando lugar así al único pueblo de Dios, en el que los Apóstoles, como testigos de la resurrección, son sus fundamentos. La novedad está en que ahora el templo ya no es un lugar, sino una realidad nueva, que es la comunión con Dios y con el Cordero, cuya presencia resucitada es la luz que lo envuelve todo.

Como ocurrió en Jesús ocurrirá en su Iglesia: el camino de la pasión conduce a la gloria de manera segura y firme y es su presencia gozosa enmedio de los que se reúnen en su nombre, lo que celebramos y lo que aguardamos en plenitud.

El Evangelio es de Juan 14,23-29. En él, Jesús consuela a sus discípulos ante su partida, prometíéndoles una presencia continua y constante en aquellos que guardan sus palabras. Esta nueva manera de estar con nosotros, consiste en ser capaces de acoger a Dios en nuestro interior, de manera que por el Espíritu, Cristo sea para nosotros, vivo y actual. Y su palabra, una palabra viva dirigida al corazón de cada uno de nosotros. El Espíritu que se nos da es pues el gran hacedor de esta novedad, haciendo presente hoy en cada momento la salvación y el amor de Dios, que es presencia viva, realizada, por medio de Jesucristo muerto y resucitado; que nos recuerda el amor que Jesús nos tiene y la necesidad de amarnos unos a otros con ese mismo amor.

Así, como ocurrió en el Concilio de Jerusalén, el resultado de todo ello es la paz , pero no una paz como la paz que da el mundo, sino nueva, porque esa paz es él mismo en nosotros, una paz que nadie nos podrá quitar, una paz que nos permite amar, esperar, orar, actuar.

“Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo”. El destino de Jesús es también nuestro destino. Alegrarnos de su destino es alegrarnos del nuestro. Compartir la misión y el destino de Cristo es para nosotros, fuente de alegría y de gozo, pero de ahí también, la necesidad de un paráclito, un defensor y padre de los pobres, que nos invita a acogernos y a recordar la palabra de Jesús, que nos ilumina y nos muestra el camino de la verdadera paz.

5º Domingo de Pascua, ciclo C

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Jesús muerto y resucitado nos muestra un camino nuevo, el del hombre glorificado a través de la muerte en cruz.

La primera lectura es de los hechos de los apóstoles, 14, 20b-26, y nos coloca junto Pablo, que acompañado de Bernabé se presenta en Jerusalén, como el que ha pasado de ser perseguidor a anunciador del Evangelio. Esto no fue fácil de asimilar ni por parte de los cristianos ni por parte de los judíos, pero Jesús resucitado es el que acompaña el camino de su Iglesia y este camino está hecho de cruz y de gloria. Un solo camino con dos etapas sucesivas y a la vez entretejidas.

Esta es la base de la evangelización en la que Cristo resucitado abre caminos y acompaña esta tarea con la presencia del Espíritu. La misión apostólica, así como la responsabilidad eclesial, son, en efecto, tareas que el Señor mismo confía a algunos, pero de las que debe hacerse cargo toda la comunidad, sosteniéndolos con la oración y el sacrificio personal.

La segunda lectura es de Apocalipsis 21,1-5, Se nos muestra la plenitud humana de Cristo resucitado, que hace posible un mundo nuevo. Si bien los profetas habían vaticinado ya unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65,17) y habían presentado a Jerusalén como esposa de Dios (Is 62) el horizonte era temporal con referencia a la restauración material de la ciudad mediante la intervención de Dios. Juan ve descender ahora, un cielo nuevo y una tierra nueva, que será la morada de Dios con los hombres. Se trata de un nuevo y último paso en la revelación: el del hombre que está con Dios. Una vez destruido el mal, aparece un nuevo pueblo que pertenece totalmente al Señor y el Señor está eternamente con ese pueblo. Esta es la nueva realidad que ya hemos empezado a degustar, pero que se nos dará plenamente, gracias a que el Cordero degollado ha resucitado, ha entrado en su gloria y nos ha enviado el Espíritu que nos lo enseña y nos lo interpreta todo.

El Evangelio es de Juan 13,31-33a.34-35, pertenece al discurso de despedida, donde Jesús explica a los discípulos que la gloria de Dios no se vincula al fácil éxito mundano ,sino más bien al triunfo del bien, que para nacer debe pasar a través de la gran tribulación. La cruz, es así el seno materno de la vida verdadera, que consiste en una vida de comunión con Cristo y cuyo resultado es el de la comunión con los hermanos. Toda la Evangelización está destinada a conseguir que el hombre viva en comunión con Jesús y que en esa comunión encuentre el sentido a su vida.

El mandamiento nuevo se inscribe así en la perspectiva nueva del amor de Cristo por nosotros. El lo ha vivido primero y así es como nos lo enseña y muestra como mandamiento. Es el camino del que ha sido glorificado a través de la muerte en la cruz. Un camino nuevo, que comienza con nuestro morir a toda clase de orgullo y de egoísmo, para pasar de la decadencia del pecado a la plenitud de la vida nueva. Es la señal de que vivimos con él y en él.

El mandamiento nuevo no es así un yugo pesado, sino comunión personal con Dios, que quiere permanecer presente entre los suyos como amor, como caridad.

4º Domingo de Pascua, Ciclo C

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Decía Clemente de Alejandría que: «nosotros, que estamos enfermos, tenemos necesidad de salvador; perdidos, tenemos necesidad de guía; ciegos, necesitamos que nos lleve a la luz; sedientos, tenemos necesidad de la fuente de la vida; de la que quien bebe no vuelve a tener sed; muertos, tenemos necesidad de la vida, ovejas, del pastor; niños del pedagogo; en suma, toda nuestra naturaleza humana tiene necesidad de Jesús».

De esta necesidad brota la evangelización.

En la primera lectura de Hech 13,14. 43-52, hemos escuchado que Pablo y Bernabé se ponen en camino y emprenden el primer viaje misionero, el anuncio de la buena nueva comenzando por los judíos, pero, su rechazo, hace que se dirijan a los gentiles de manera que el plan de Dios no admite fronteras y su salvación es para todo el mundo. Cristo, es luz destinada a iluminar a todas las naciones y ha de ser llevado a todas partes por los predicadores del Evangelio. Acoger el Evangelio es acoger la alegría de la vida eterna y rechazarlo es quedar encerrado en unos estrechos horizontes, que no nos permiten estar abiertos a la novedad del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús muerto y resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

La segunda lectura de Apocalipsis 7,9.14-17, nos habla de un gran número de señalados, de las 12 tribus, que en realidad significa que todo el pueblo de Israel es invitado a participar del triunfo y de la gloria del Mesías, pero aquí se nos habla de una inmensa muchedumbre que nadie podía contar, lo que significa que Dios tiene un proyecto universal y amplio, ahora bien, como nos dice Jesús, es necesario vigilar y orar para no caer en la tentación de la apostasía, del abandono, de la renuncia, a seguir adelante el camino del Evangelio y asumido por todos en el bautismo. Así, vemos que el nuevo Éxodo, que había profetizado Isaías 49,10,: …«no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua», se ha cumplido en Jesucristo, que venido en carne, es el pastor de los redimidos para siempre y el que los conduce a la intimidad con el Padre, a la vida sin ocaso.

El Evangelio es de Jn 10, 27-3, en él, Jesús utiliza la imagen del buen pastor para indicar a la judíos quien es él. Pero presentarse como tal, equivale a presentarse como Mesías. El es pues,el buen pastor, que conoce y ama a sus ovejas y, por consiguiente, espera encontrar en las ovejas escucha, obediencia y seguimiento confiado. Jesús nos ofrece una salvación que es la posesión de la vida eterna, esto es la intimidad con el Padre, que es la alegría infinita. Esta vida, que es eterna comienza ya aquí, pues seguir al buen pastor y escuchar su palabra, es pasar de la muerte a la vida.

Jesucristo muerto y resucitado es en definitiva, el que que crea la comunión con el Padre y entre nosotros. La Eucaristía es signo de esa comunión que aunque en nosotros es todavía imperfecta, aspira a ser plena. El sigue actualizando su misión de buen pastor a través de sus pastores. Es por tanto necesario que los pastores traten de asemejarse al buen pastor de manera que todos puedan creer y tengan acceso a la salvación.

Es puro don el que en medio de todo lo que es pasajero, podamos reconocer la voz del buen pastor como la única que sabe dar palabras de vida eterna.

3º Domingo de Pascua Ciclo C

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En la primera lectura de Hechos 5,27b-32.40b-41, se nos muestra el comienzo de la persecución para los que siguen a Jesús y ello les permite dar testimonio: «Dios lo ha exaltado a su derecha como príncipe y salvador, para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados. Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto».

Es necesario dejar todo esto, bien claro, pues ya no hay vuelta atrás y por la resurrección, «Dios lo ha constituido en Príncipe», esto es, el que conduce a la vida y «Salvador», un título que el Antiguo Testamento lo reserva única y exclusivamente para Dios, por lo que el conflicto está servido, pues este es a quien «vosotros colgasteis de un madero», y una vez resucitado es el Señor. Y este conflicto es el que atraviesa la historia de ahora y de siempre, pues si Cristo resucitado es el Señor ya no hay otro. Los poderes de este mundo sean los que sean, se revelan ante esta situación y mientras, los apóstoles que continúan con la predicacion enmedio de esta situación, se presentan ante el pueblo y ante el mundo como testigos del Señor.

La segunda lectura, es de apocalipsis 5,11-14 y en ella aparece la alabanza del cordero. En Hebreo, una misma palabra: Talja, designa tanto «siervo» como «cordero», luego Cristo es el verdadero Cordero pascual y Siervo de Yaweh. El himno de alabanza, se inicia en el cielo, desciende sobre la tierra y vuelve a subir al cielo para concluir en el Amen de los cuatro vivientes, que simbolizan todas las realidades creadas. Cielo y tierra se encuentran, de este modo, unidos en un movimiento circular, mientras que Dios libérrimo en la oferta y en los medios, espera del hombre una respuesta adecuada bien sea que camine por la luz natural y la rectitud de su conciencia o por la luz del Evangelio. El misterio de la salvación, unido al misterio de la libertad humana, hace que libertad del hombre y la salvación de Dios vayan juntas y no se puedan separar.

El Evangelio es de Juan 21,1-19. Nos muestra ese momento de incertidumbre que viven los discípulos cuando Jesús resucitado desaparece de sus ojos. Lo que parece imponerse es volver a la vida de antes iluminada por la enseñanza de Jesús al que reconocen vivo y al que encuentran en el pan partido de la Eucaristía y en la obediencia a la Palabra que les permite realizar en este caso, una pesca superabundante. Todo esto nos indica que tan real fue la resurrección como real fue la muerte en cruz y por tanto, real es también la esperanza a la que Jesus nos llama.

En este contexto es donde Simón Pedro es afianzado en su misión. Si tres fueron las negaciones ahora son tres las llamadas a la disponibilidad total para servir a los demás hasta el don de la vida, pues el ejercicio de la autoridad en la Iglesia ha de estar dirigido por el amor y el ejercicio de este amor pastoral, solo es posible si se ha experimentado profundamente el amor de Dios revelado en la persona, la vida y la muerte de Jesús.

Al Igual que Pedro, también nosotros debemos dejarnos interpelar por la palabra de Cristo resucitado, que pone al descubierto nuestro pecado, nuestra fragilidad pasada y presente, aunque nos pide un consentimiento de amor.

Solo después de haberle reconocido a él y habernos reconocido a nosotros mismos bajo su luz, podremos ofrecerle nuestro amor sin engaño y con el deseo de amarle. Entonces nos confiará su tesoro: nuestros hermanos. El sufrimiento y la persecución estarán presentes, pero junto a ello, estará la alegría de poder realizarlo todo en su santo nombre.

2º Domingo de Pascua, Ciclo C. Domingo de la Misericordia

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La Pascua ha supuesto una nueva manera de vivir. Esto es lo que nos indica la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, 2,42-47. Cuatro son las características que distinguen a los creyentes: la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, o sea el reconocerse necesitados de aprender a vivir como cristianos; la comunión o Koinonia, que es la unión de los corazones que se manifiesta también en el compartir los bienes; la fracción del pan, que es el gesto típico de los judíos para iniciar la comida ritual, que indica ahora la Eucaristía, el memorial; y por último, la oración.

Es más, los apóstoles, realizan signos y prodigios, lo que indica que expresan de forma plástica y convincente la resurrección de Jesús, pues si realizan signos en el Nombre de Jesús, es porque él está vivo. Por otra parte, según el testimonio de Deuteronomio 15, cuando los hebreos, entren en la tierra prometida han de poner cuidado en que no haya ningún pobre entre ellos, ya que la tierra es para todos. Pues bien, estas palabras adquieren ahora todo su significado, de manera que el compartir los bienes se convierte en un signo de que ha llegado la salvación definitiva.

La segunda lectura es del libro del Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19 y nos describe una experiencia que tiene lugar precisamente, el domingo, día memorial de la resurrección del Señor. En ella, el único candelabro de siete brazos del templo de Jerusalén, se ha transformado en muchos candelabros, lo que indica que se ha pasado de un único ámbito de culto, o sea el templo, a la totalidad de la comunidad eclesial. Enmedio de ellos está Cristo como primero y último, es decir, Creador y Señor del cosmos y de la historia. El que vive,esto es, el que tiene la vida en sí mismo y el que tiene las llaves, esto es el poder de la muerte y del abismo de los muertos.

El Evangelio es de Juan 20, 19-31. y nos presenta dos grandes cuadros, en el primero aparecen los once, encerrados por miedo a los judíos, a pesar del anuncio de María magdalena, pero Jesús traspasa las barreras que se le imponen, manifestando así su nueva condición, aunque mantiene los signos de la pasión: «les mostró las manos y el costado». Era necesario esta identificación, pues el que vivió en esta historia nuestra y murió en un aparente fracaso, es el que ahora está vivo y ha vencido a la muerte y por tanto, el que trae la paz: «la paz esté con vosotros». La paz es pues, el crucificado que ha resucitado. Paz y alegría, van juntos y son los signos de una creación nueva, libre ya del pecado y de la muerte.

El segundo cuadro, es el protagonizado por Tomás, que habiendo visto la agonía del maestro, se niega ahora a reconocer una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido tangible. Jesús condesciende y así nos encontramos con la confesión de fe mas elevada y concreta: ¡Señor mío y Dios mío! Pero el Señor, declara de manera abierta, para todos los tiempos,: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver. Si bien la fe parte de un Jesús real y humano, siguiendo la lógica de las bienaventuranzas, son felices, los que son capaces de superar esos motivos de credibilidad y se abren a la acción del Espíritu que les lleva al encuentro real con el Jesús resucitado.

Bienaventurados nosotros, si aunque no lo veamos con los ojos del cuerpo, creemos en el Señor, creemos en su amor y besamos sus llagas, esto es, cuando también experimentemos los clavos y las espinas que son las pruebas de la vida y entonces no solo habrá relación entre su muerte y resurrección sino también entre sus llagas y las nuestras. Vivir con Cristo, es por tanto, morir con Cristo, para resucitar también, con Cristo.

Domingo de Resurrección, Ciclo C

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Tras la celebración de la muerte y la resurrección del Señor, en el triduo y la Vigilia Pascual, llegamos al Domingo de Pascua, a la mañana de Pascua. ¿Qué añade este domingo a todo lo ya vivido y celebrado? La claridad, la certeza de que todo está bien hecho y de que todo no termina en la cruz. La cruz es el paso a la vida para siempre en Dios.

Con la resurrección, empieza por tanto, la novedad de la predicación, del anuncio de la fe : » A él a quien mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucitó». Del testimonio: » El nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos». Y del perdón: «Todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados por medio de su nombre».

Se impone por tanto, un modo nuevo de vivir que tal y como nos explica San Pablo en la carta a los colosenses, consiste en morir al pecado, al hombre viejo y renacer a una vida nuevo que el Apóstol denomina como una vida escondida con Cristo en Dios. Esto es, que prescinde de todo lo que vuelve la vida demasiado exterior y vacía de sentido para llenarla de Cristo, que vive en nosotros una vez resucitado. Es por tanto, una vida de adhesión a Cristo en la fe, hasta que se manifieste plenamente a todos.

El Evangelio de San Juan, nos sitúa ante la dolorosa experiencia de la tumba vacía, experiencia previa al encuentro con el Señor resucitado. No basta solo con el sepulcro vacío, sino que es necesario también el encuentro con el Señor, en el día primero de la semana, en el domingo, que pasa a ser así, el día primero de la nueva creación.

Una cosa es lo que se capta con la mirada externa, esto es, el sepulcro vacío y otra lo captado con la mirada interior. Lo primero es un simple ver, y lo segundo, creer. Así se nos dice que: «vio y creyó». La fe es una certeza pero una certeza que requiere un ponerse en marcha en el seguimiento de Jesucristo hasta llegar a la plenitud de vida con él.

El mensaje de la resurrección fue y sigue siendo una provocación que nos hace plantearnos la pregunta a cerca de Jesús y donde encontrarlo. Jesús es el que libre ya de las cadenas de la muerte está vivo y no lo encontramos en las páginas de los libros de historia, aunque ellos nos hablen de él, ni en las palabras de quienes lo describen como uno de tantos maestros de sabiduría de la humanidad, sino que es el que viene a nuestro encuentro, a lo largo del camino de la vida en la persona del otro, del prójimo, especialmente del que sufre y se deja encontrar en su Iglesia, enviada a llevar la buena noticia de la resurrección hasta los confines de la tierra.

El encuentro con el Señor resucitado hemos de hacerlo también todos y cada uno de nosotros. Este encuentro con él ha de ser el motor de nuestro vivir y de nuestro obrar.

Se dice que san Serafín de Sarov solía saludar con una palabras a las que venían a visitarle: «mi alegría es Cristo resucitado». Esto es sin duda un ejemplo de alguien que ha encontrado a Cristo. Como él podemos encontrar muchos ejemplos de personas entregadas a Cristo y a los demás y que nos ayudan en este tiempo de espera y de lucha y de dificultades; no de ostentaciones y de triunfalismos, sí de luces y sombras y de compromiso, en el que la Iglesia anuncia la venida del Señor y alienta a sus hijos a permanecer en la vigilancia, es decir, en la oración y en la alabanza continua, mientras preparamos con alegría su venida gloriosa.

Vivimos en el tiempo del Cristo glorioso escondido, en el que el creyente tiene la certeza de que un día se manifestará plenamente y entonces participará él de la gloria de su Señor.

Vigilia Pascual, Ciclo C

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Las lecturas de esta Vigilia Pascual comienzan con el relato de la Creación y terminan con el acontecimiento de la Resurrección.

Se nos quiere indicar así, que toda la historia, tanto la anterior como la posterior, mira hacia este acontecimiento que celebramos en esta noche santa de la Pascua.

La celebración de esta noche comienza con el rito del fuego, del que hemos encendido el Cirio Pascual, que simboliza a Cristo resucitado, presente entre los que se reúnen en su nombre.

El fuego nos recuerda la fuerza, del Espíritu que todo lo hace nuevo, y que también interviene no solo en la encarnación, sino que es el que resucita a Jesús de entre los muertos, y nos regenera a nosotros en el bautismo dándonos la filiación, el ser hijos de Dios .

La resurrección de Cristo ha dado lugar a una nueva creación. Lo viejo ha pasado y lo nuevo a comenzado. Esta es la clave.

La escena de la resurrección tal y como nos la describe el Evangelio nos recuerda un poco la de la transfiguración. Y es que aquello fue una prefiguración de esto. Jesús en aquel momento, hizo ver a los apóstoles lo que tenía que ocurrir después de la cruz, para así, fortalecer su fe . Igualmente la resurrección ahora, viene no solo a fortalecer la fe, sino a fundamentarla.

La fe no tiene otra base que la resurrección, que es sin duda la gran y buena noticia que habrá que comunicar a los demás. Esto es lo que hacen las mujeres, cuyos nombres aparecen en el relato, indicando, que son personas conocidas y por tanto de fiar. Esta noticia, por otro lado, comprobada y cerciorada por Pedro, es la que pone en marcha la Iglesia, fundada en la fe pascual.

Por todo ello y como hemos proclamado en el pregón, esta noche es una noche verdaderamente dichosa, en la que el Señor resucita de la muerte y de la oscuridad del tumba a la gloria de su vida eterna.

Si bien el sepulcro vacío es un dato importante, no basta para la fe en la resurrección. Contribuye a entrar en el realismo de la resurrección, pero es necesario algo más: la experiencia personal y comunitaria del Cristo vivo y la revelación de lo alto, que les permite identificar al resucitado con el crucificado.

La resurrección de Cristo no es solo la reanimación de un cadáver, sino que es mucho más. Es la vuelta a la vida para siempre, en un estado totalmente nuevo y trascendente de Cristo.

Lo que ha acontecido es lo que ellos, los apóstoles no entendían cuando Jesús les decía que tenía que padecer y que resucitaría.

Estamos pues, ante un acontecimiento que desborda todas las previsiones y todos los planes. El mensaje que se nos da es claro como el sol: Dios ha intervenido e interviene en la historia, este es el mensaje que brota de la resurrección. Esta intervención de Dios en la Historia, comienza con la creación y culmina con la resurrección que es la respuesta definitiva que quedó pendiente tras el pecado. ¿Qué sentido tiene la muerte? Y ¿Qué es lo que le espera al hombre después de la muerte? Lo le que le espera, al hombre tras la muerte es la nueva creación que enlaza con el proyecto original de Dios y que Jesús ya nos había anunciado por medio de sus signos o milagros y que llega a su plenitud tras la muerte. El mensaje de la resurrección es que tras la muerte, espera a la humanidad una vida sin fin, feliz, para siempre y para todos y esto es lo que llena de sentido nuestro vivir, nuestro actuar, nuestro trabajar y nuestro esperar.

Viernes Santo, Ciclo C

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Si ayer terminábamos diciendo que la única manera de celebrar la pascua es poniéndonos al servicio los unos de los otros, hoy la primera lectura con la que abrimos esta celebración en el día de Viernes santo, comienza diciendo: «mi siervo va a prosperar, crecerá y llegará muy alto». Toda esta lectura que hemos escuchado de Isaías, es un canto al Siervo de Dios, al siervo de Yave, que vemos realizado en Cristo. Quien: “aunque rechazado y despreciado de los hombres, llevaba nuestros dolores y soportaba nuestros sufrimientos”. Y que después, de una vida de aflicción, “comprenderá que no ha sufrido en vano”. Y es que la vida del que se ha puesto al servicio de los demás, cargando con sus culpas, es una vida que tiene sentido. Si el castigo como sufrimiento purificador, presupone una culpa, aquí en cambio nos encontramos por primera vez, con algo distinto, y es el misterioso sufrimiento vicario. En el cual, uno sufre por los otros. El pecado es nuestro, pero quien sufre para expiarlo no somos nosotros, sino el Siervo inocente.

Aquí es donde nos encontramos cara a cara con la misericordia de Dios, aun velada en el Antiguo Testamento pero que ahora Cristo pone de manifiesto. ¡Feliz culpa que mereció tal redentor! diremos mañana en la Vigila pascual. También: ¡Oh que gran misterio el del amor de Dios, que para rescatar al esclavo ha entregado al Hijo!

A meditar esto nos lleva también la segunda lectura de la carta a la hebreos, pues Cristo como verdadero y único sacerdote, no es el que ofrece sacrificios sino el que se ofrece a si mismo en sacrificio, el que ha experimentado todo lo nuestro menos el pecado, y el que obedece a ese plan de Dios de salvarnos. En virtud de esa obediencia, contraria a la desobediencia de Adán, nosotros, quedamos justificados, salvados, perdonados y nacidos de nuevo, por medio del bautismo, como también celebraremos mañana en la Vigilia pascual.

La lectura de la pasión, que escuchamos en este día, nos pone por tanto ante esa hora de sufrimiento, pero también de gloria, pues si bien el odio del mundo condena a muerte de cruz a Jesús, en la cruz Dios manifiesta su amor infinito hacia todos nosotros y nos muestra su gloria. La gloria que perdimos por el pecado, pero que ahora Cristo nos ha recuperado.

Jesucristo como queda de manifiesto en el relato, es el “yo soy”, es decir el rey de un mundo nuevo que brota de su costado abierto, que dará lugar a la Iglesia esposa de Cristo, que como nueva Eva tendrá en María, su origen, su principio y su cuidado materno, que junto a los discípulos, representados por Juan, constituye el núcleo de la Iglesia naciente.

Como el Espíritu Santo había conducido a Jesús al desierto en el comienzo de su vida pública, así le impulsa con fuerza ahora hacia Jerusalén, hacia su hora, la hora del encuentro definitivo y de la manifestación definitiva del amor de Dios. El Espíritu Santo es ahora el que da a Jesus la fuerza en Getsemaní para adherirse a la voluntad del Padre y llegar así al final de su caminar, haciendo que esa hora de muerte se convierta en hora de máxima fecundidad.

Hermanas y hermanos, que en nuestros desiertos, en nuestras cruces, en nuestro caminar, experimentemos también nosotros, con Cristo, la fuerza de ese Espíritu que nos hace exclamar: ¡Abba Padre! Y también: “Que no sea lo que yo quiero sino lo que quieres tú» y podamos experimentar que por la cruz de Cristo y por la nuestra cruz, unida a la de Cristo, es como viene la salvación al mundo.

El mensaje de la cruz nos enseña que la fuerza se realiza en la debilidad, y que el amor siempre triunfa aunque parezca lo más débil.

Jueves Santo, Ciclo C

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En un clima de amistad profunda y verdadera, Jesus quiere despedirse de los suyos y les abre su corazón de par en par. Muchas veces habría pensado en esta hora. Es la hora para la que había venido. Es la hora de darse, de entregarse, a los discípulos, a la humanidad, a la Iglesia. Estamos ante el final de su caminar entre nosotros y ante el comienzo de algo nuevo, e inusitado.

La primera lectura nos describía la última cena del pueblo en Egipto, la pascua, el paso del Señor. Esa ultima cena iba a suponer un terminar con todo lo viejo con la esclavitud y un abrir los brazos a la novedad de una nueva vida, marcada por la libertad por la presencia de Dios, por sus mandatos, en una palabra por la Alianza. En ella la sangre del cordero, ocupa un lugar importante, pues era la señal de pertenencia, de modo que la puerta marcada por la sangre del cordero no sería visitada por la muerte. Esa última cena en Egipto no solo seria algo que quedaría en la memoria, sino algo que se convierte en memorial, es decir en actualización de ese acontecimiento cada vez que se celebra. Hay un antes y un después. Ya nada será igual.

Pues bien, llegada la plenitud del tiempo, Jesucristo, ha llevado a cabo una nueva alianza, en la que la sangre del cordero es su propia sangre, derramada por todos, y con la cual quedamos libres de un esclavitud mucho mas grande que la de Egipto; la esclavitud del pecado que nos lleva a la muerte. Por este cuerpo de Cristo que se entrega y por esta sangre que se derrama, nosotros, recibimos el perdón y la misericordia de Dios. Sangre de la Alianza nueva y eterna, que se convierte también en memorial, es decir que no se renueva en el tiempo, sino que se nos hace presente, cada vez que lo celebramos, viendo en ello el amor del Padre.

Pero como veremos sobre todo mañana en la adoración de la cruz, Jesús, es el que se ha hecho siervo, y nos enseña a entrar también nosotros en la dinámica del servicio de los unos hacia los otros. Toda la vida de Jesús desde la encarnación hasta su entrega en la cruz, ha sido una kenosis, es decir un abajamiento y esto es lo que ha quedado significado en el gesto del lavatorio de los pies, con el que Juan evangelista, quiere mostrarnos todo el significado de su vivir y de su actuar. «¿comprendéis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros».

Debemos pues aprender de él. Aprender que la Eucaristía que Jesus instituye en el jueves Santo dejando a los apóstoles la potestad de celebrarla, es ante todo, acción gracias: gracias Señor por el don de tu cuerpo y de tu sangre, pero es también manera de vivir: entregando la vida por amor.

El rito del lavatorio de los pies que se reservaba a los esclavos, nos recuerda que el mandamiento del Señor debe llevarse a la práctica en el día a día: servirnos mutuamente con humildad.

La caridad, que hoy se nos invita a considerar, no es un sentimiento vago, ni una experiencia de la que podemos esperar grandes resultados, sino que es la voluntad de entregar nuestro cuerpo como Cristo se entrega en el suyo. Los casados, entregándose el uno al otro, el célibe, entregándose a los demás. Esto es mi cuerpo que se entrega por todos, esta es mi sangre derramada por muchos, diremos en la consagración.

Los casados deben enseñar a los célibes lo que significa amar de modo particular y los célibes deben enseñar a los casados a amar a todos. Dos formas de amar y de entregarse que no se excluyen sino que se complementan y que son necesarias para amar como Dios nos ama. Solo de este modo: siguiendo y acogiendo a Cristo, que se entrega totalmente por todos en la Eucaristía, como antesala de su entrega en la cruz, como veremos mañana, podremos participar en su memorial y podremos celebrar la pascua con él.

Domingo de Ramos, Ciclo C

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El Profeta Isaías 50,4-7, nos presenta la figura del Siervo que sabe escuchar, y no opone resistencia a la voluntad del Padre ni a la maldad de los hombres, seguro de que el designio de Dios, es don de salvación para todos. Esta lectura en el pórtico de la Semana Santa, nos pone en relación con Jesús, que va a realizar la parte central de su misión a través de su muerte y resurrección.

La segunda lectura es de Filipenses 2,6-11,es un hermoso himno cristológico, en el que se sobreentiende el parangón con Adán, que quiso apoderarse de la condición divina y Cristo acepta reparar mediante la humildad de la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, la soberbia del primer adán, que trajo el pecado y la muerte sobre todo el género humano, pero ahora, resucitado, es el Kirios, el Señor, es decir Dios, y en definitiva, el que da gloria al Padre como se merece.

El Evangelio de Lucas, nos muestra en la pasión, la realización de cuanto había enseñado Jesús. El maestro es así un espejo y una referencia para la conducta. Decidido ante las declaraciones del sanedrín y los poderosos, humilde ante los escarnios, los golpes, ante el odio creciente y enconado contra él, es el intercesor misericordioso de sus enemigos y el Salvador que introduce ya desde ahora en el Reino a quien confía en él. Porque donde Está Cristo, ahí está el reino y es en la cruz donde todo esto se lleva a cabo. En ella se realiza la entrega total de Jesús en manos del Padre y el total abandono a Dios para la conversión y la salvación del mundo. De este modo, el Dios del Amor; o el amor de Dios manifestado definitivamente en este Jesús, compromete al hombre en todas las facetas de su vida.

El Domingo de Ramos nos pone ante el contraste de una multitud que sigue a Jesús con entusiasmo y que poco después cae en la desilusión y se muestra indiferente o temerosa al cambiar la situación. Del «Hosanna», se pasa al «¡Crucifícalo!»

Es el momento de aceptar nuestra debilidad ante el seguimiento de Cristo por el camino de la cruz. El domingo de Ramos nos quiere poner ante el marco de este acontecimiento, para que lo vivamos decididamente y desando participar intensamente de su pasión, seguramente, no tanto llevando nosotros en el cuerpo los signos de esta comunión, cuanto aceptando en silencio y por su amor, cualquier humillación y aceptar con mansedumbre todas las pruebas de la vida.

Que como dirá San Gregorio Nacianzeno: «aceptemos todo por amor al Verbo, imitemos a través de nuestro sufrimientos la Pasión, honremos con nuestra sangre a la Sangre, llevemos decididamente la cruz. Si eres Simón Cireneo, toma la cruz y sigue al maestro. Si, como el ladrón estás en al cruz, con honradez reconoce a Dios, Si eres José de Arimatea, haz tuyo el cuerpo que ha expiado los pecados del mundo. Si eres Nicodemo, úngelo con los unguentos para la sepultura, si eres María, o la otra María, o Salomé, o Juana, llora con las primeras luces del día. Trata de ver la tumba abierta y quizá a los ángeles o al mismo Jesús.

Imita a Pedro o a Juan, corre al sepulcro. Si llegas el primero, vence en amor, no te quedes mirando fuera, ¡entra!».