Domingo 29 T.O. Ciclo B

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Lo que nos salva no es el sufrimiento, sino el que ama y quiere que todos se salven y por ello acepta el sufrimiento.

Esto es lo que ocurre al siervo que hace posible el plan de Dios y del que nos habla Isaías 53, 2ª.3ª. 10 ss en la primera lectura y cuyo sufrimiento es equiparable a dar a luz una nueva vida.

Sufrimiento que es rechazado, como rechazado es todo sufrimiento y como rechazado es el que sufre, pero este es un sufrimiento redentor, que nos habla de volver a ser lo que somos, esto es: hijos amados; lo que supone, un volver a nuestro origen a nuestras raíces.

El Siervo de Dios, no vive el sufrimiento bajo el signo del castigo, sino bajo el signo de la elección y la predilección de Dios, y así es como puede cumplir su voluntad, que consiste en llevar a todos a la reconciliación y a la paz, es decir a la salvación.

Jesús, que hace presente la figura del siervo, es proclamado en la segunda lectura de Hebreos 4,14-16, Sumo sacerdote, pero especifica que se trata de un Sumo sacerdote, capaz de compadecerse de nuestras flaquezas, que él mismo ha asumido, excepto el pecado, que consiste en el rechazo de Dios y de su voluntad. Por el contrario, él se ha unido totalmente a la voluntad del Padre y se ha mantenido en ella hasta el punto de ser su alimento. De este modo, su cuerpo y su sangre, ofrecida por todos, se ha convertido en el verdadero y único sacrificio agradable al Padre. Si bien como hombre, ha experimentado la debilidad, como Hijo de Dios, puede rescatarnos del pecado, pues hace posible que podamos acudir al «trono de la misericordia». Es decir, a la reconciliación, al perdón de los pecados. No nos deja en la muerte, sino que nos llama a la resurrección.

El Evangelio de Marcos 10, 35-45, Nos presenta a Jesús, que camina decidido hacia Jerusalén, hacia la pasión y en ese caminar va instruyendo a los suyos, que siguen sin entender lo del desprenderse de todo para seguirle, como escuchábamos el domingo pasado. Como cualquiera, pretenden privilegios, poder y gloria, pero Jesus, les muestra que el verdadero poder y la verdadera gloria, consisten en darse y en dar la vida por los demás ¿estáis dispuestos a ello les pregunta? ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Ellos sin mucha claridad, contestan que sí, pero Jesús les dice que esta entrega por los demás, como signo de amor y deseo de salvación, es algo que solo Dios nos puede dar. Nosotros aspiramos a la gloria de este mundo y a la de los grandes, pero ellos son los que oprimen y gobiernan tiránicamente, en cambio, la gloria de Cristo es la del siervo que se hace esclavo de todos y da su vida en rescate por todos. Esto sí que es capaz de transformar las estructuras pecaminosas de este mundo y hacer posible el reinado de Dios.

Necesitamos convertirnos, cambiar nuestra mentalidad por la de Cristo, que nos enseña a aspirar a un tipo de grandeza y de gloria distintas: la del amor incondicionado, que se hace humilde servicio al prójimo, hasta entregar la propia vida ¿estamos dispuestos a beber este cáliz? Una vez más el Señor nos enseña, que esto es imposible para nosotros, pero no para Dios.

Domingo 28 T.O. Ciclo B

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Domingo XXVIII del T.O.

La primera lectura del libro de la Sabiduría 7,7-11, nos muestra que la Sabiduría no es fruto de la habilidad o de una adquisición humana, sino que solo puede ser recibida de lo alto y es preferible a cualquier tesoro. Pues bien, a nosotros, esta Sabiduría se nos ha revelado en Jesús, él es el verdadero rostro de la Sabiduría, en él hemos visto el rostro de Dios, su amor por nosotros, su preocupación por nosotros. El P. Caussade en su tratado sobre el abandono en la divina providencia dice: «Puesto que Dios se nos ofrece para ocuparse de nuestros asuntos, dejémoslos pues de una vez en manos de su infinita sabiduría, para no ocuparnos ya sino de él y de lo que le concierne». ¿Qué significa ocuparnos de él sino, preferirlo a todo, como nos decía la primera lectura, hablando de la sabiduría: «la preferí a cetros y a tronos y a su lado en nada tuve la riqueza.

El Evangelio de Marcos 10,17-30, nos presenta un buen ejemplo de lo que es el diálogo con Jesucristo, Sabiduría del Padre. Un diálogo que como hemos visto en ese personaje, está marcado por el deseo de la salvación: ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? Jesus le responde lo que él ya sabe: cumple los mandamientos, a lo que le responde, que él ya los cumple desde siempre. Entonces Jesus aprovecha para mostrarle hacia donde nos conduce la verdadera Sabiduría que es él: «una cosa te falta: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme».

Los mismos discípulos se quedan perplejos ante la respuesta y aquel, incluso, dejó plantado a Jesús, pues confiaba en su riqueza y Jesus le pide ir más allá, hacia una radicalidad, hacia un anteponerle a él a todo. El abandono en la divina providencia es la escuela a la que nos llama Jesús. Dejarlo todo para encontrarlo todo, morir a nosotros para resucitar en él: «os aseguro que todo aquel que haya dejado casa, hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras por mi y por la buena noticia, recibirá en el tiempo presente cien veces más y en el mundo futuro la vida eterna».

A partir de aquí, entendemos también lo que nos dice la segunda lectura de Hebreos 4, 12-13: «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo…juzga los deseos e intenciones del corazón». Nosotros, como el personaje del evangelio, dejamos esta Palabra que es Cristo, para ocuparnos de nuestros asuntos, pero el que le sigue, encuentra en él mucho más de lo que cree necesitar: cien veces más, pero junto con persecuciones, aclara el evangelista. Nada es comparable a esta vida que Cristo nos da y solo la podemos recibir si hacemos como aquel comerciante avispado, que lo vende todo para adquirirla.

Pero también aclara Jesus a los apóstoles que esto es imposible para nosotros, pero que para Dios, todo es posible.

Domingo 27 T.O. Ciclo B

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La Palabra de Dios, nos habla este domingo de la unidad entre el hombre y la mujer y del carácter indisoluble del vínculo matrimonial, algo que hoy nos puede parecer utópico o perteneciente al pasado. Es como si lo que nos dice la primera lectura de Génesis 2,18-24, a cerca de la creación del hombre y de la mujer, como lo que nos dice Jesús en el Evangelio de Marcos 10,2-16, a cerca de la controversia con los fariseos sobre el divorcio, pareciera algo mítico o algo fabuloso, pero para nada real, en cambio esta Palabra es hoy y siempre «viva y eficaz» y dirigida a nosotros en este momento, de manera que es el mismo Cristo el que nos muestra en la segunda lectura de Hebreos 2,9-11, que ese sufrimiento y esa fatiga concreta que experimentan hombres y mujeres cuando quieren vivir su unión de una manera estable, constructiva y fecunda, no es ajeno a ese otro sufrimiento que ha padecido Jesús por todos y cada uno de nosotros, al unirse a nuestra naturaleza humana para traernos la salvación. Salvación que no la trae el sufrimiento como tal, sino el amor que nos ha manifestado por medio de ese sufrimiento, de manera que así nos acompaña en el camino del amor y nos enseña a vivir en fidelidad y amor al plan de Dios, bien sea en el matrimonio o en la vida célibe por el reino.

El que ha experimentado el sufrimiento en su camino de fidelidad al Padre, y a su designio de amor (matrimonio) por nosotros, nos enseña también a vivir el sufrimiento y a vencerlo no a través de la disolución del vínculo contraído, sino a través de la perseverancia en el amor que nos lleva a una unión mucho mas viva y auténtica con el Padre. De resultas de la unión con el Padre, que Jesus ha hecho posible, podremos perseverar en nuestros compromisos de por vida y dando fruto abundante. El secreto es estar unidos a Cristo y por él al Padre. Entonces nuestros sufrimientos serán los suyos y su fidelidad, la nuestra. Es un intercambio de amor, realizado desde la gracia de su misericordia y su perdón.

La unión indisoluble del hombre y la mujer es una verdad inscrita en el ser humano, una verdad que hace patente su capacidad y su necesidad de amar y de ser amado. Ahí vemos expresada también la suprema dignidad del hombre y de la mujer como «imagen y semejanza de Dios». El matrimonio, es signo de la unidad que estamos llamados a vivir en Dios, pero realizada ya aquí y ahora, pues como dice S. Juan Crisóstomo: «la mujer y el hombre no son dos seres, sino uno solo».

La dureza de corazón de los israelitas, que llevó a Moises a dictaminar el divorcio, es la dureza de corazón que ahora los discípulos muestran con respecto a los niños y que Jesus corta de raíz diciendo que: «el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él».

Domingo 26 T.O. Ciclo B

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En el Antiguo Testamento, el Espíritu es un don que reciben algunos encargados de una misión pública y para un tiempo solamente. La promesa de una donación del Espíritu en plenitud, que es el deseo de Moisés, se cumplirá en el Nuevo Testamento y en la Iglesia, en la que todos los bautizados son sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu es un don que no está sometido a condicionamientos humanos. Dios, Señor de la historia actúa con soberana libertad, pero a favor de su pueblo y de los hombres. Este es el mensaje de la primera lectura del libro de los Números 11,25-29. La institución acoge el carisma, pero no lo puede encorsetar, de manera que los que no estaban presentes, aunque pertenecían al grupo, también reciben el Espíritu. Dios hoy, puede actuar también desbordando toda institución.

En este sentido, el Evangelio de Marcos 9,37-42.44.46-47 nos dirá que no están en comunión con Jesús sólo los que son oficialmente de los suyos. Jesús no es propiedad de nadie en particular y hay personas que, aunque no se consideren discípulos de Jesús, no son de hecho, contrarios a él. La frase: «el que no está contra nosotros está a favor nuestro», nos invita a contemplar la vida real, con sus dramas, de manera positiva y respetuosa con todos, pues todo el que busca el bien, la honradez, la justicia, la verdad y el respeto al hombre, está ya en el reino de Jesús, está con y cerca de él. Es importante no perder de vista este talante conciliador e integrador de Jesús, del cual estamos tan necesitados para llevar adelante la Misión que él nos ha encomendado. El radicalismo, el exclusivismo, no caben en el proyecto de Jesús, pero él mismo nos invita a la radicalidad de su seguimiento, lo cual nos indica que su Reino y los valores del Reino son un don y una necesidad universal y para todos. Mención especial, en este sentido, es la que se hace de los débiles en la fe, a ellos no se les puede escandalizar de ninguna manera y sería mejor perder algún miembro, es decir, algo que es muy importante para nosotros, antes que poderlo hacer.

Todo esto es lo que nos recuerda la segunda lectura del Apóstol Santiago 5,1-6, que los bienes de este mundo, no solo los materiales, sino los culturales, técnicos y espirituales no pueden estar en manos de unos pocos, sino que tienen una función y un destino universal. De manera que cuando esto no ocurre, es Dios mismo el que escucha los gritos del pobre, si es retenido su salario o como también, comprobamos en Jesús, que se ha hecho pobre por nosotros, y en quien vemos al justo que pone su confianza enteramente en el Señor que «escucha su grito y lo salva».

Así es como hemos de construir el Reino en la etapa presente en el ahora, por medio de la comunión sincera, el compartir real y la solidaridad respetuosa con todos, y vamos preparando así, su llegada definitiva y plena.

Domingo 25 T.O, Ciclo B

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Sobre la base primaria e instintiva de querer el éxito personal y perseguirlo a toda costa incluso eliminando al que pueda ser un obstáculo para conseguirlo o el deseo de hacer grupos de poder, que crean adeptos que se enfrentan a otros grupos, el Evangelio de este domingo nos muestra que todos esos mecanismos automáticos y que se refieren al hombre viejo, encuentran en Cristo su superación.

Dios que se nos ha revelado en Cristo, nos muestra, en primer lugar, que Jesucristo no es el que pretende triunfar a toda costa, sino el que se entrega por amor a su plan de salvación. Así lo vemos en el pasaje del Evangelio de este domingo de Marcos 9, 30-37. «El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le darán muerte y, después de morir, a los tres días resucitará». Pero al igual que a los discípulos, nos da miedo preguntar qué significa eso de que va a ser entregado, preferimos no entrar en detalles y al final nos quedamos con la duda lacerante ¿Acaso Dios desea el mal del Hijo y que sea sometido a la burla y al desprecio? Dios no quiere el mal, pero si lo acepta, es para nuestro bien o el bien de los demás.

La primera lectura del libro de la Sabiduría, 2,12.17-20, nos muestra, como el justo es el que sigue los mandatos de Dios y por ello, es rechazado por los demás. Al no conocer a Dios, lo condenan, sencillamente porque «no es de los nuestros» y «tiene un comportamiento distinto del nuestro». Esto se cumple en Jesucristo, que es rechazado, condenado y crucificado por el mundo, pero es el que resucitado ha sido habilitado por Dios y vive eternamente intercediendo por nosotros.

Jesus, nos enseña un modo nuevo de vivir en apertura a Dios y a los demás, y ¿Qué es lo que nos impide estar abiertos a Dios y a los demás? nos lo recordaba el apóstol Santiago en la segunda lectura 3,16-4,3, cuando dice: «sois como un campo de batalla y estáis en guerra. Ambicionáis y no teméis, asesináis y envidiáis, pero no podéis conseguir nada; lucháis y os hacéis la guerra y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones».

Tenemos que poner paz en nosotros y en nuestro alrededor y esa paz es la que proviene de Cristo que nos dice en primer lugar, que la jerarquía entre los discípulos se estructura según el criterio del servicio y del ponerse en el último lugar. Esto es lo que ha hecho él mismo. Y en segundo lugar, uniendo la acogida de Jesús y del Padre a la acogida de un niño. El niño era en el mundo antiguo escasamente considerado, llegando a ser imagen de todos los que no son considerados dignos de atención y de estima, pero sin embargo, y curiosamente, son ellos los que reciben el don del amor de Jesús y pasan a ser sacramento del mismo Jesús, como él lo es con respecto al padre.

En definitiva: que la autojustificación y la crítica van siempre de la mano, lo mismo que la justificación por la gracia y el servicio, van siempre unidos.

Domingo 24 T.O. Ciclo B

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¿Quién es Jesús? La pregunta, nos la hemos hecho en algún momento. Para responderla, hemos aprendido fórmulas o sencillamente decimos algunas, que no nos comprometen demasiado y así decimos; que es un gran hombre, que es protector de los débiles, que es el Señor.

Toda respuesta, sin dejar de ser verdadera, estará vacía, si no afecta a nuestra vida y si no expresa un compromiso con Jesús. Por eso, la segunda lectura del Apóstol Santiago, nos decía que una fe sin obras es una fe muerta y el Evangelio de Mateo, aun nos recordará, que los que no tienen una fe explícita en su presencia y han socorrido a los necesitados, es al mismo Cristo a quien lo han hecho.

Es verdad que la fe salva, como bien nos enseña San Pablo, pero la fe o nos lleva a las buenas obras o no es auténtica. La fe o se traduce en amor o no existe. Si la fe es don, las obras son la respuesta positiva a ese don. En una palabra, que si creemos, buscaremos hacer la voluntad de Dios y ese es el reto: no solo que creamos en él, sino que vivamos como él. Por eso Jesús, que se ha manifestado como Mesías y así lo ha expresado abiertamente Pedro con la expresión: «Tú eres el Mesías», quiere manifestarse también como Hijo de Dios, lo cual es todavía no evidente para Pedro y para los discípulos, de ahí que tenga que insistirles que ha de sufrir como Hijo y en obediencia al Padre, para llevar a cabo la salvación. La redención, operada por Cristo pasa por el sufrimiento y esto nos indica que el sufrimiento tiene un sentido redentor. Cuando sufrimos con Cristo, nuestro sufrimiento tiene también un sentido redentor, por eso, cargar con la cruz, significa que, si unimos nuestro sufrimiento al de Cristo, también éste tiene un sentido redentor, pues si Cristo nos he redimido por la cruz, esta redención que ya se ha dado, se tiene que dar en cada uno de nosotros ¿Cómo?  Cargando con nuestra cruz y uniendo nuestra cruz a la de Cristo. En una palabra: sufriendo con Cristo. El que así obra, nos decía, la primera lectura, de Isaías, no verá decepcionada su confianza y puede hacer frente a sus enemigos de forma resuelta, pues el Señor le ayuda. Este es el Siervo, el que ha puesto en Dios su confianza, ha sido ultrajado, pero Dios es testigo de su inocencia.

Las palabras del centurión a los pies de la cruz, dan fe de esta verdad: «realmente este es el Hijo de Dios». Este es el que hace la voluntad del Padre y el que viene a traernos no un mesianismo de triunfo, sino de humillación y sufrimiento. Hemos de dar una vuelta a nuestro modo de pensar y a la imagen de Dios que nos habíamos construido. Siguiendo los pasos de Jesús, hemos de proyectar nuestra vida, no como posesión egoísta y autosatisfactoria, sino como entrega.

Domingo 23 T.O. CicloB

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Jesús, se nos muestra en el Evangelio de este Domingo, cercano a alguien que por su enfermedad (sordomudo) se siente excluido de la sociedad, pero Jesus le cura, es decir, le devuelve no solo la salud, sino la capacidad de sentirse uno con los demás y recuperar su dignidad. Qué duda cabe que éste será después, uno de los que anuncien con fuerza la alegría de la salvación, el Evangelio de la misericordia y del perdón.

También nosotros somo sordos cuando no oímos las necesidades de los demás y somos mudos, cuando no somos capaces de decir una palabra de aliento al que está en el sufrimiento o en el dolor.

Si vivimos con Cristo y en Cristo, entonces comprenderemos la verdad de lo que somos, es decir: pobres por nuestra incapacidad, pero como nos recordaba la segunda lectura, llamados a ser ricos en la fe y herederos del Reino, pues como el hombre del Evangelio, que al encontrarse con Jesus, experimentó un cambio radical en su vida, así nosotros también experimentamos con Cristo la fuerza de su palabra que nos llama a la conversión. Entonces, no nos escandalizaremos de nosotros mismos y podremos acoger con la palabra de Jesus, la invitación a escuchar a los demás y a poderles decir igualmente, una palabra de aliento. Pero si no acogemos la palabra de Cristo y no somos capaces de reconocer que él nos ha escogido en nuestra pobreza, para ser herederos de su reino, prometido a todos los que le aman, seguiremos siendo sordos y mudos, incapaces de acoger y dar la Palabra que puede devolvernos a la vida de la comunión y del amor, y que nos libera de la sordera y de la incapacidad de hablar; podremos amar y escuchar al Señor en su palabra y proclamarla a los demás. Podremos alabarle y bendecirle por los dones que nos concede, y, sobre todo, podremos dirigirnos a él con un corazón nuevo, que no excluye a nadie, sino que a todos acoge y ama, pues es un corazón libre para amar, abierto al amor y a la verdad.

Si escuchamos la Palabra que nos salva y que puede devolvernos a la alegría del amor y del perdón, podremos afirmar, también, que todo lo ha hecho bien y nos sabremos partícipes de ese bien y de esa bondad que viene de lo alto, que no depende de nosotros pero que sí debemos pedir para poderla llevar a la práctica.

Domingo 22 T.O. Ciclo B

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Dios ha elegido por puro amor a su pueblo y ha establecido con él una Alianza. La primera lectura de Deuteronomio 4,1-2.6-8 nos habla de que la aceptación de un solo Dios y de las exigencias de la Alianza, lleva consigo la escucha fiel de la Palabra de Dios que es fuente de vida y de libertad. Este Dios no es un Dios alejado del hombre, sino que está en su interior, en su corazón, en su intimidad. En esta línea está también Jeremías, Oseas o el mismo San Juan. Es la corriente de espiritualidad característica del Deuteronomio y tiene como Palabra clave, la escucha. Israel, ha sido llamado, en virtud de la elección divina a escuchar la ley que Dios le da y a ponerla en práctica sin alterarla, solo así será conocido  y se distinguirá de los demás pueblos, como pueblo sabio y sensato y Dios pasa a ser el Dios cercano y próximo, que sobrepasa toda capacidad y todo juicio.

La segunda lectura es de la Carta del Apóstol Santiago 1,17-18.21b22.27 y nos recuerda que la escucha de la Palabra requiere una actitud de apertura especial y particular. Si bien esta Palabra revela la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y tiene una fuerza intrínseca, sólo da fruto en plenitud con la colaboración del creyente, que encuentre sitio en un corazón disponible a escucharla y a ponerla en práctica. Ya Jesús había dicho la bienaventuranza: «dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» y toda bienaventuranza nos lleva a Jesús que la proclama, a la esperanza que engendra y a la situación en la que el hombre se encuentra. A partir de ahí, desparece la tentación que acecha a todo creyente de separar el culto y el estilo de vida, dando lugar a acciones concretas: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo. La carta traduce así el dicho del Señor: «el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca….(Mt 7,24ss)

El Evangelio es de Mc 7,1-8ª.14-15.21-23, y nos presenta una verdad que es válida para todos: «escuchadme todos». Todas las cosas creadas son buenas, según el proyecto del Creador (Gn 1) y, por consiguiente, no pueden ser impuras ni volver impuro a nadie. Lo que puede contaminar al hombre, haciéndolo incapaz de vivir la relación con Dios, es su pecado, que radica en el corazón, luego, no corresponde a la voluntad de Dios ni se está en comunión con él multiplicando la observancia formal de leyes con una rigidez escrupulosa sino purificando el corazón o dicho de otro modo, iluminando la conciencia, de forma que las acciones que llevemos a cabo, manifiesten la adhesión al mandamiento de Dios, que es el amor. Jesús conecta y supera la espiritualidad deuteronomista de la que nos habla la primera lectura.

Colocando al hombre frente a la genuina voluntad de Dios, Jesús lo libera de las exageraciones rabínicas y le proporciona la auténtica libertad y responsabilidad. Un equilibrio que siempre debemos mantener o recuperar.

Domingo 21 T.O. Ciclo B

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La primera lectura es del libro de Josué 24,1ª.15-17.18b y tiene como contexto la conquista de la tierra prometida que fue lenta y los habitantes del país tienen sus propios dioses. Los hebreos, por su parte, vienen del desierto, trayendo su propia fe monoteísta en su Dios Yahvé. En el encuentro con los nativos, la fe monoteísta, se vio en dificultades. Máxime cuando veían, la riqueza y los exuberantes cultos que allí se daba a los dioses. Ante esta situación, era preciso renovar la Alianza y descubrir su riqueza en el marco de una celebración donde el pueblo responde con la aceptación de la alianza y el cumplimiento de sus cláusulas. Esto es importante, resaltarlo ya que quienes sancionaron la Alianza en Siquem, no eran los mismos que atravesaron realmente el desierto, sino que eran sus descendientes, lo que nos indica que estamos ante una fe creíble, histórica  y que actualiza la historia de la salvación. Pero esto no quiere decir que el pueblo cumpla con esos compromisos adquiridos.

En la segunda lectura de Efesios 5,21-32 Pablo, no hace ningún alarde de machismo cuando dice que el marido es la cabeza de la mujer, sino que está hablando de la relación entre Cristo y la Iglesia, de manera que como Cristo, es cabeza de la Iglesia, así el esposo es cabeza de la esposa. Seguramente, fue escrito como respuesta a ciertas acusaciones dirigidas a los cristianos en el sentido de que amenazaban la estabilidad del tejido social, puesto que exigían cierta igualdad entre todos los fieles, pues el matrimonio como expresión de la vida que existe en Dios, es una comunión de vida y de amor y en este sentido el que el esposo sea cabeza, quiere decir que debe amar más y sabiamente a la esposa y que como la cabeza no se puede separar del cuerpo, tampoco la unión matrimonial puede disolverse. Esto que es lo que se da entre Cristo y la Iglesia, es lo que se da entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Consecuentemente: «serán los dos una sola carne».

El Evangelio de Jn 6, 60-69, muestra la incredulidad de los discípulos ante las palabras de Jesús que afirman la necesidad de comer su carne y beber su sangre. Es necesario que Jesus muera y resucite para que lo puedan entender, pues sólo quien ha nacido y ha sido vivificado por el Espíritu y no obra según la carne, comprende la revelación de Jesús y es introducido en la vida de Dios.

Todo esto nos indica que, si bien el lenguaje en la transmisión de la fe es importante, la fe siempre será un paso duro de dar, pues supone una elección, una alianza del tipo de la propuesta por Josué; implica elecciones no siempre fáciles ni siempre indoloras. Y frente a los compromisos que afectan profundamente a nuestra vida, nos vemos tentados también a hablar de exageración o de complicaciones, que la Palabra se debe interpretar o sencillamente que los tiempos han cambiado. Frente a todo ello hoy el Señor nos sigue diciendo con claridad y entereza que es preciso estar con él o dejarle.

Pidamos poder decir con Pedro: «Señor ¿a quien iremos? Tus palabras dan vida eterna»

Fiesta de la Asunción

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La fiesta que celebramos de la Asunción de María, es un motivo de firme esperanza al contemplar como una criatura vence a la muerte y es elevada a la gloria.

La primera lectura es del libro del Apocalipsis. En ella se nos habla de una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal y coronada de doce estrellas. Esta mujer representa a la nueva creación, al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia que ve en ella a María asunta al cielo en cuerpo y alma, afirmando que, así como el Hijo de María murió y resucitó, así también la madre ha vencido a la muerte en la resurrección gloriosa, como primer fruto, de la resurrección del hijo. La Iglesia se alegra con la victoria del Hijo y de la madre y nosotros vemos en ello un camino de esperanza para la misma Iglesia y para el mundo. La fe en Jesús nos lleva hacia esa victoria esperanzadora sobre el mal, el pecado y la muerte.

La segunda lectura es de 1ª Corintios 15,20-26 nos recuerda que la resurrección de Jesús es el núcleo originario del mensaje cristiano, pues supone la victoria sobre la muerte y por tanto la desaparición del miedo a la muerte. Si la herencia recibida de Adán ha hecho que el pecado y la muerte alcance a todos los hombres, la herencia victoriosa de Cristo, alcanzará también a todos los hombres. Cristo ha resucitado, por tanto, resucitarán los muertos. Esto es lo fundamental: que la muerte ha sido vencida en todos, porque ha sido ya vencida en Cristo Jesús y María asunta al cielo, es la primera en participar de esa victoria. Si cierta es la muerte, mas cierta es la vida para todos. La vida ha vencido a la muerte, esa es la buena nueva, y Maria es primicia.

El Evangelio es de Lucas 1,39-56. El encuentro entre Isabel y María, dos mujeres en cinta, es un anuncio evangélico, de vida, pues una es estéril y la otra virgen. La historia a partir de ahora será distinta como canta María en el magníficat: los pobres y los oprimidos de todos los tiempos y de todos los ámbitos, pasan a ser los protagonistas de la historia y dejan de serlo los ricos y los poderosos. Isabel proclama bendita a María, pues si Cristo es nuestra bendición, María es la primera en participar de ella. El Magnificat, no es una simple plegaria de liberación ni una exaltación personal de María sino la proclamación de la capacidad de Maria y por ella, los que, por la humildad, tienen la capacidad de ver los acontecimientos con unos ojos nuevos, con unos ojos que saben ver la realidad de la historia y la mano de Dios que obra en ella, con los ojos de la fe.

Los ojos de la fe, nos ayudan también a nosotros a ver nuestra historia y la de los otros como una mirada especial, desde Dios. De este modo, las experiencias de luto y de dolor, como las de amor y alegría, pueden ser momentos que son transformados por la presencia de Dios en todos ellos, y así, hacer nuestro, el cántico de alabanza que María ha proclamado con su vida.   

TRIDUO de SANTO DOMINGO

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DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia Tercero

La Salvación como motivo y meta

La vida de Santo Domingo está al servicio de la predicación, para que la humanidad se salve. Sus largas noches de oración, son un testimonio de este deseo que alienta su vida: que todos se salven. Esta fue una de las intuiciones proféticas más relevantes en la vida de Domingo y la que dio pie a su proyecto fundacional de la Orden de Predicadores.

No olvidemos que la predicación o la evangelización es fundamental para edificar la comunidad Cristiana y para la renovación de la Iglesia.

Los grandes momentos de la renovación de la Iglesia han sido los grandes momentos de la evangelización.

Sin embargo, la predicación o la evangelización no es una simple actividad profesional en la Iglesia. Evangelizar es una forma esencial de ser cristiano. Dicho de otro modo, ser cristiano implica esencialmente la evangelización. Esta lleva consigo unas exigencias tales de fidelidad evangélica, que se convierte para el evangelizador en fuente de espiritualidad. La espiritualidad de Domingo es una espiritualidad evangelizadora, marcada por las exigencias de la evangelización.

En su jornada apostólica y en sus vigilias contemplativas Domingo se mantiene próximo a los hombres y a Dios. Vive intensamente las situaciones históricas de sus contemporáneos, las interpreta y las enfrenta desde una perspectiva evangélica. Por eso su vocación cristiana y apostólica renace constantemente al contacto con la humanidad. Este contacto remite la atención de Domingo al mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio…” (Mc 16, 15). Aquí se juntan la fidelidad a los hombres y la fidelidad a Jesús.

Estas dos fidelidades definen la verdadera espiritualidad dominicana. En medio de ambas fidelidades está Domingo, orante contemplativo y apóstol infatigable. Es significativo que llevara consigo el evangelio de Mateo y las cartas de Pablo, el evangelio de la misión y las cartas del evangelizador. Domingo entiende su misión como una fidelidad a los hombres y al man dato de Jesús en medio de la Iglesia. Y así entiende también su vocación cristiana de imitador y seguidor de Jesús.

La predicación dominicana, será pues, evangélica y apostólica y su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra. Domingo fue clarividente al diseñar el modelo de predicación dominicana. Su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra y en la vida evangélica del predicador. Todo ello al estilo de la comunidad de los Hechos de los Apóstoles.

En este estilo de vida, como ya indicábamos ayer, cobra especial relevancia la pobreza evangélica no es simple renuncia ascética a los bienes materiales, sino denuncia de toda idolatría de los mismos y anuncio del valor absoluto del Reino.

La pobreza evangélica es también una denuncia de la codicia humana, que ignora el derecho del hermano, especialmente del hermano pobre, y un anuncio del valor cristiano de la fraternidad y de la comunicación de bienes. En una palabra: una forma de anunciar con la propia vida el Evangelio de Jesús y una manera de expresar de forma auténtica la Providencia del Padre y el amor fraterno del cual se vale. Es más, la confianza en la Providencia, le llevó a vivir las bienaventuranzas evangélicas, dónde se proclama felices a los pobres y donde se nos enseña a vivir la compasión, en la que Domingo fue un gran experto.

Pero la Pobreza evangélica implica algo más, como es, la entrega de la propia vida a los hermanos por la causa del Evangelio. Qué duda cabe que si queremos hacer fecunda nuestra vida, apostolado y misión tendremos que hacer más hincapié en esta pobreza evangélica  tal como la vivió él. Una pobreza, que como dirá San Pablo, enriquece a muchos y que nos recuerda también la kenosis, el abajamiento del que siento «todo» vino a hacerse «nada» para que nosotros siendo nada podamos aspirar al todo

Por ultimo, la vida evangélica ideada y vivida por Santo Domingo está unida a la vida fraterna, que forma parte también del núcleo de la vida Cristiana. La predicación dominicana es una predicación desde la comunidad, respaldada por la comunidad. La vida comunitaria es una práctica de los valores evangélicos y, por consiguiente, un testimonio activo del Evangelio, quizá el testimonio más eficaz. Por eso, las primeras comunidades dominicanas eran llamadas domus praedicationis, casas de predicación, aunque se tratara de la comunidad femenina contemplativa de Prulla.

La experiencia y la práctica comunitaria está en el centro de la espiritualidad dominicana y en el centro de la misión evangelizadora de la Orden de Predicadores.

Domingo 19 T.O. Ciclo B

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La fidelidad a la vocación profética que desemboca en la persecución, es una constante en la historia de la salvación, como vemos fundamentalmente en Jesús.

La primera lectura es del Libro de los reyes 19, 4-8, y nos habla del profeta Elías. En un momento de especial dificultad y desánimo, el profeta pide a Dios que de por terminada su misión en esta vida, pero Dios le hace ver que ésta, apenas acaba de comenzar, de hecho, el enviado de Dios no le habla de huida o de muerte, sino de levantarse, comer y caminar. Estamos ante un nuevo relato de vocación del profeta o en todo caso, una renovación de su vocación-misión. Le corresponde denunciar al rey por su postura en clara connivencia con los cultos cananeos y proclamar la pureza de las relaciones con Yahvé estipuladas y conducidas por la fidelidad a la Alianza. Nosotros también hemos de revisar hasta qué punto ,estamos sirviendo al Dios manifestado en Cristo Jesús o a otros dioses.

La segunda lectura es de Efesios 4, 30-5,2, en ella San Pablo, nos invita a hacer del amor la norma de vida, lo cual es posible en la medida en que hemos recibido como don en el bautismo del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, es el agente de la Nueva Creación. Esto lo entendemos mejor a partir de la afirmación de Rm 5,5, donde Pablo afirmará que la esperanza no será en modo alguno defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Este Espíritu es el que nos pone en contacto con el comportamiento de Jesus y con el del Padre celestial que es bueno con todas sus creaturas. Por tanto, es el amor sincero expresado en gestos concretos el que hace posible la comunidad cristiana  y la humana. El Evangelio es en este sentido, luz que ilumina y da vida.

El Evangelio es de Juan 6,41-52, y en él Jesus se revela como Pan de vida, esto es, como el que baja del cielo y por tanto con un origen divino. Pero reconocer esto no es fácil como tampoco lo es reconocerle como verdadero alimento (pan) que da vida, pues por desgracia, la humanidad de Jesús que debería ser camino de acceso a Dios, se ha convertido en un obstáculo para los judíos por su incomprensión y por la dificultad de entender a Jesus y abrirse a su palabra. En cambio, Jesús insiste que: el que cree, tiene vida eterna y que el come de este pan vivirá para siempre. El no es solo un pan vivo sino un pan vivificante y fuente de vida.

Si bien nuestros primeros padres comieron del fruto prohibido y murieron y los israelitas en el desierto, igualmente, comieron del mana y murieron, el que come de este pan que es Cristo, él lo resucitará en el último día. Jesús es pues, el que restaura la vida perdida allá en los orígenes como efecto del pecado y es sobre todo, Pan- Eucaristía, para un mundo atenazado por la experiencia de la muerte y de la destrucción. 

     

TRIDUO de SANTO DOMINGO

Destacado

DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia segundo

La Cruz como guía

La espiritualidad cristiana es, cristocéntrica y esto lo vemos especialmente reflejado en Santo Domingo

Jesucristo es el mediador entre Dios y los hombres, el que culmina la revelación de Dios y su Espíritu, el Espíritu de Jesús, es el que anima la vida Cristiana.

Todo espiritualidad Cristiana es, en definitiva, una experiencia de fe en Jesucristo, es por tanto, una espiritualidad esencialmente cristocéntrica.

Todo esto lo vemos reflejado en las representaciones que vemos de él, especialmente las de Fray Angélico que le suele representar de rodillas al pie del Crucificado. Esos cuadros reflejan bien el centro de la experiencia espiritual de Domingo. Ese centro es Cristo, y un Cristo crucificado.

El misterio de la encarnación, que asume plenamente la condición humana, desemboca en el misterio de la Cruz, que revela todo el drama de la condición humana. Por eso, la espi­ritualidad de Domingo es a la vez una espiritualidad de encarnación y una espiritualidad de la pasión.

En el Cristo Crucificado se revela el verdadero rostro amoroso de Dios y en el dolor humano —en los crucificados de la tierra— se revela el rostro del Cristo crucificado.

El contacto con la humanidad doliente, está en la base de la espiritualidad de Domingo. Igualmente, la humanidad doliente, el dolor humano, la compasión Cristiana, nos lleva al centro de la espiritualidad dominicana, que pasa a ser por ello, una espiritualidad verdaderamente cristocéntrica.

La vida de Domingo es una historia de compasión. En Palencia siente compasión por las masas empobrecidas y vende sus libros para socorrerlas. En las guerras de reconquista y en el mundo feudal siente compasión por los esclavos y se ofrece como rescate. En el sur de Francia siente compasión por los herejes hundidos en la mentira y el error, y se dedica con todas sus fuerzas a la predicación del Evangelio. En las Marcas siente compasión por los paganos a quienes nadie les ha predicado el Evangelio, y mantiene durante toda su vida el ideal y el deseo de misionar entre los cumanos hasta entregar su vida como mártir del Evangelio. Siente especial compasión por los pecadores, y su oración de intercesión le conduce hasta el clamor y las lágrimas. Es compasivo con los frailes débiles y tentados, y se ejercita con singular destreza en la corrección fraterna y en la animación comunitaria.

Santo Domingo, fruto de este cristocentrismo es un enamorado de la pobreza evangélica, pues Cristo siendo rico, se hizo pobre, se vació de sí mismo. Y adoptó la condición de siervo, rebajándose hasta la muerte y una muerte de Cruz. Este es el Cristo al que Domingo quiere imitar con la práctica radical de la pobreza evangélica.

Por medio de la pobreza, no solo, quiere someter los instintos a la soberanía del espíritu. Sino que quiere compartir las condiciones más bajas de la condición humana, la situación de los crucificados de la tierra. A través de la pobreza Domingo ejercita de forma efectiva su compasión con la humanidad doliente.

La pobreza, le permite hacer también la experiencia de la Providencia divina y de la fraternidad humana. Una y otra se ponen de manifiesto en el compartir .

La pobreza le permite también imitar a Cristo pobre, para desde ahí vivir la pobreza no al estilo franciscano, tan querido por él, sino a “imitación de los Apóstoles”.

Finalmente, la pobreza es para-Santo Domingo un, un camino de libertad para el seguimiento radical de Jesús y para el anuncio del Evangelio. La pobreza es la carta credencial de los predicadores. Es la fuerza que respalda y legitima su predicación. La pobreza así entendida tiene un notable valor profético. Vivir la pobreza radicalmente es ya una forma efectiva de anunciar el Evangelio y de denunciar el ídolo del becerro de oro, una de las grandes idolatrías en la historia humana. Por eso, Domingo deja a sus frailes como herencia… la pobreza.

Todo esto, no solo dará forma a su apostolado, sino que también alimenta su ideal de martirio. Si bien el martirio cruento nunca tuvo lugar en la vida, siempre estuvo dispuesto a padecerlo, lo que es prueba de su centramiento en Cristo y de lo que alimenta su contemplación de Cristo crucificado. Experiencia contemplativa y experiencia apostólica van juntas en él, en perfecto equilibrio. “De día nadie más cercano a los hombres; de noche nadie más cercano a Dios”. Así resume Jordán de Sajonia su espiritualidad

Acción apostólica y contemplación, están tan unidas en él, que no se pueden separa, pues la contemplación del misterio de Cristo es la fuente del anuncio de ese misterio.

Este es el equilibrio de la vida de Santo Domingo y un reto para la familia dominicana. Pidamos en este día, poder encarnar este equilibrio.

TRIDUO de SANTO DOMINGO

Destacado

DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia primero

La Encarnación como Fuente

Estamos celebrando los ochocientos años de la muerte de Santo Domingo y los quinientos años de presencia dominicana aquí en Daroca. Es Bueno que nos preguntemos como fue la espiritualidad de Santo Domingo el fundador de la Orden de Predicadores.

La suya, fue una espiritualidad de encarnación, es decir que asume con discernimiento la condición humana propia y ajena.

Domingo se adentra y progresa en esta espiritualidad en la medida que se adentra y progresa en el contacto, en el conocimiento y en la compasión con la humanidad doliente: la humanidad sufriente es el camino para entrar en una espiritualidad de encarnación, para descubrir el misterio de la encamación y de la pasión de Cristo.

El contacto con los hombres y mujeres crucificados es para-Domingo el camino seguro para adentrarse en la contemplación de Jesucristo Crucificado. Y los hombres y mujeres crucificados son para Domingo los pobres de Palencia, los herejes del sur de Francia, los paganos de las Marcas, los esclavos de la sociedad feudal, los pecadores, cualquier hombre o mujer abrumado por cualquier tipo de sufrimiento. No es necesario abandonar la humanidad para encontrarse con Dios; al contrario, es preciso adentrarse en ella para experimentar a Dios, para sentir en vivo la fuerza de su voluntad salvífica.

Esta espiritualidad de encarnación es, en buena parte, la fuente de la rica personalidad de Domingo. Esta se caracteriza por una extraordinaria armonía entre lo humano y lo divino, entre lo natural y lo sobrenatural, entre las dotes humanas y las virtudes cristianas. Apenas es posible determinar dónde termina su personalidad humana y dónde comienza su personalidad evangélica. Es prácticamente imposible señalar la frontera entre el valor humano de su amistad y el don cristiano de su caridad. Pues bien, esta armonía de la personalidad de Domingo explica en buena medida el talante y el carácter típico del ser dominicano.

La espiritualidad de encarnación explica suficientemente que la personalidad de Domingo sea a la vez rica y compleja, fascinante y desconcertante, llena de rasgos contrastantes.

Un rasgo destacado de la personalidad de Domingo es su firmeza de voluntad, que de ninguna forma está reñida con la gratuidad de la salvación. Domingo ha heredado y aprendido esa firmeza de voluntad en la dureza de su tierra natal. Castilla es una tierra dura, que hay que regar con sudor para cosechar el pan. Ha heredado también esa firmeza de su padre, caballero medieval que necesitaba un buen cúmulo de virtudes para triunfar: valentía, coraje, capacidad de riesgo y sacrificio, generosidad, espíritu militante y aventurero, sentido del honor y de la lealtad…

Así vemos como la firmeza de voluntad de Domingo aparece constantemente en el itinerario de su vida. Se mantiene firme en el ministerio de la predicación, a pesar de las dificultades que le acompañan; en la difícil tarea de hacer aprobar la Orden, a pesar del decreto del Concilio IV de Letrán; en la organización de las monjas en Roma; en la dispersión de los frailes contra la opinión de sus consejeros prudentes en demasía; en la defensa de los derechos de los frailes a tener culto público en sus iglesias, a pesar de la oposición de los canónigos de París y Bolonia; en la defensa de la fidelidad propia y de sus frailes al proyecto fundacional de los orígenes…

Como testimonia Jordán de Sajonia, la firmeza de Domingo en sus decisiones parece ser fruto de una fe profunda y de una gran clarividencia evangélica. Jordán está convencido de que Domingo tomaba aquellas decisiones tan arriesgadas, conducido por inspiración divina o, al menos, guiado por una confianza profunda en la Providencia.

Pero este rasgo de su personalidad está combinado con otro no menos importante: su exquisita sensibilidad, su ternura intensa, su extraordinaria compasión…, virtudes todas ellas heredadas probablemente de su madre. La combinación de ambos rasgos nos da el perfil característico de la personalidad de Domingo, y explica la riqueza humana y cristiana de esa personalidad. Esta presencia de lo femenino en la psicología, en la espiritualidad y en la vida de Domingo, tal vez explique su especial habilidad y delicadeza en el trato con la mujer, un trato cálido, afable, diáfano, transparente, lleno de naturalidad y de pudor, un trato exquisitamente evangélico.

Lo cierto es que Domingo es un experto en humanidad. Y, sobre todo, es un experto en la amistad, que es la encarnación humana de la caridad cristiana. “Amando a todos, de todos era amado”. Domingo termina por convertirse en amigo de todos cuantos se atraviesan en su camino. Amigo de Diego y de Fulco, de Inocencio y de Honorio, de Hugolino…; amigo de los herejes dispuestos a escucharle; padre y amigo de los frailes y de las monjas; próximo y cercano a los pecadores y a los que sufren; confidente de los estudiantes de Bolonia con quienes gusta conversar.

El resultado de estos rasgos de la personalidad de Domingo no es el varón evangélico que fue. Domingo es un hombre de extraordinario equilibrio, optimista, jovial, humano. Quizá en ninguna virtud se combinan tan extraordinariamente su experiencia de Dios y su calidad humana como en la forma de entender y practicar la virginidad. “El Señor me ha concedido la gracia de mantenerme virgen de cuerpo y de espíritu”. Así lo confiesa en los momentos finales de su vida. Esta virtud es para él una forma de ejercitar el amor cristiano libre de toda búsqueda egoísta de gratificaciones inmediatas. La humanidad de Domingo queda así, bien reflejada en su virginidad de cuerpo y de espíritu. Este armonizar lo humano y lo divino como lo hiciera Domingo, no deja de ser un desafío para todos nosotros sus seguidores, pidamos poderlo llevar a cabo.

Domingo 18 del T.O. Ciclo B

Destacado

El pueblo camina por el desierto y fácilmente cae en la queja.

La primera lectura de Ex 16,2-4.12-15, nos muestra ese momento en que aparece la murmuración contra Moises y contra el propio Dios. En el fondo, el verdadero problema no es la falta de alimento o agua, sino la duda: ¿Está el Señor en medio de nosotros o no? (Ex 17,7) El relato recuerda cómo Dios condesciende una y otra vez ante la dureza de su pueblo, pero no impone, sino más bien, exhorta, amonesta. Quiere y espera del hombre una respuesta libre y amorosa y es que entender la fe como encuentro personal con el Dios providente y solícito no es tarea fácil y esto es lo que el pueblo tuvo que aprender en el desierto. De hecho, más tarde se hizo del desierto un lugar preferido porque en él se experimentó la cercanía de Dios y en él se cumplimentó la Alianza. El mana aparece como respuesta a esas protestas y murmuraciones y signo de la solicitud de Dios, también, prueba que garantiza la misión de Moises como enviado de Dios, para salvar al pueblo. 

La segunda lectura es de Efesios 4,17.20-24 en ella, San Pablo analiza la tarea del cristiano, contraponiendo la situación pagana con la cristiana. Nos recuerda que el cambio para ver y entender el mundo de un modo nuevo es una gracia y a su vez, algo que el mundo necesita. Nos viene a decir que el Evangelio nos permite un cambio de mentalidad y no un cambio de casa. Debido a ese cambio de mentalidad, el Evangelio favorece y posibilita la verdadera humanización que el mundo necesita. Esto no es otra cosa que posibilitar un volver a los orígenes, al proyecto original de Dios, al hombre creado a su imagen. Abandonar la vida pagana, consiste en adoptar una conducta de vida conforme al proyecto de Dios y a su voluntad y esto no procede de nosotros, sino que es un don de Dios (Ef 2,8). La verdad que el creyente recibe con la fe cristiana  no le aleja del mundo, sino que le permite asumirlo e interpretarlo desde la fe, esto supone un verdadero compromiso con el hombre y un vivir la vida verdaderamente humana.

El Evangelio es de Juan 6,24-35. Tras la multiplicación de los panes, el evangelista alude a la búsqueda de Jesús por parte de la muchedumbre, lo que el aprovecha para desenmascarar una mentalidad demasiado material y proclama la diferencia entre el pan material corruptible y el que nos da la vida eterna (v, 27). De hecho, los padres, comieron   el mana y murieron. En cambio, el que come del pan traído por Jesús, que es él mismo, vivirá para siempre. Jesus que ha bajado del cielo es el que da la vida al mundo. El mana era una imagen, una prefiguración, pero no procedía del cielo. Jesús es en cambio, verdadero mana que viene de lo alto y consecuentemente, sí puede darnos la vida que perdura. La muchedumbre parece haber comprendido cuando dice: «Señor danos siempre de ese pan». Pero en realidad, no comprende el valor de lo que pide, entonces Jesús precisa: «yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre». El es el don amoroso hecho por el Padre a cada uno de nosotros y es la Palabra que hemos de creer: quien se adhiere a él da un sentido a su propia vida y consigue su propia felicidad.

Fiesta de SanTiago Apóstol (En España)

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«Jacob» en hebreo. Jacobo en griego o latín. Era  Santiago “el hermano de Juan”, “el hijo de Zebedeo, Santiago, el mayor”  judío de Galilea, nacído en la orilla norte del lago. En la cercana ciudad de Cafarnaúm . Con su hermano Juan trabajaba en la pesca con su padre Zebedeo, asociados con otros dos hermanos: Pedro y Andrés.

Cuando Jesús les dijo: “seguidme”, lo dejaron todo. aquello les pareció fascinante, pues Jesus los llama para formar parte de un grupo especial de DOCE para:

1. Ser su grupo de acompañamiento, algo así como sus más estrechos colaboradores “para que estuviéramos con Él” (Mc 3,14). Estar con él. Eso es ser discípulo.

2. Para  llevar su mensaje, ser Testigos de lo que vivieron y así ser discípulos

3. Para encarnar  y simbolizar el nuevo Pueblo de Dios, como las doce tribus del antiguo Israel y formar una nueva comunidad fraterna, de discípulos, en comunidad.

Santiago junto con Pedro y juan, fueron testigos excepcionales de los momentos más importantes de Jesús. Entre otros: la resurrección de la niña Tabita (Gacela). Allí quedó patente  el PODER de Jesús sobre la muerte,  y que su REINO era un reino de vida.

El  destello de su divinidad en el monte Tabor.  Su GLORIA, en la Transfiguración: manifestando que era realmente DIOS, a pesar de su humilde aspecto.

También fueron testigos  de su angustia ante la muerte, en el Huerto de los Olivos, profundamente HUMANO.

Los tres momentos juntos revelan el misterio de Jesús en su totalidad.

A Juan y a Santiago se les conoce como: los “HIJOS DEL TRUENO” He aquí  tres situaciones en las que su ímpetu fue exagerado:

El exorcista desconocido (Mc 9,38-40). Increparon duramente a un desconocido,  que expulsaba demonios, sin ser de los discípulos y Jesus los reprendió

El rechazo samaritano (Lc 9,52-56). Otro día pidieron  fuego del cielo para acabar con una aldea samaritana que no les había recibido. Una vez más Jesus les reprendió.

El Evangelio que hoy leemos La petición de los primeros puestos (Mc 10, 35-41). Aquí la reprimenda no solo fue de Jesus sino de todos los demás.

Pero a pesar de ese ímpetu, cuando Jesús fue prendido en el huerto, lo dejaron completamente solo; refugiándose en el Cenáculo, cerrando las puertas a cal y canto. Pero enseñados por Jesús, aprendieron a reconocer y aceptar la propia fragilidad,  debilidad, e imperfección. ¡Todo esto fue fundamental a la hora de construir la comunidad cristiana…!

Pero tras pentecostés se lanzaron a anunciar por todas partes la Buena Noticia de la Resurrección.

Herodes Agripa I, queriendo contentar a los judíos, molestos con el éxito de su predicación, decidió dar un escarmiento a la comunidad cristiana …y en los años 41-44, decapitó a Santiago. Pero como Jesús, también resucitó. Y al igual que Jesús sigue vivo alentando nuestra vida y nuestro peregrinar por este mundo

… En SANTIAGO de COMPOSTELA nos recuerda que ser persona y ser discípulo significa siempre caminar. Porque Jesús quiso ser EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA.

La fuente puede verse aquí

Domingo 17 T.O. Ciclo B

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A lo largo de la Escritura se da una constante y es que la necesidad de las personas prevalece sobre el sentido sagrado de las cosas. La primera lectura es de 2 Reyes 4,42-44 y nos presenta a Eliseo en esta línea, pues, aunque se le ofrecen los panes de las primicias, hay un grupo de personas mas o menos numeroso, que necesita alimento y el profeta entiende que la alimentación de esas personas es anterior al respeto debido a las primicias; y es que hoy como ayer, la persona es un valor superior al rito y a las normas. Mas aún, la orden dada por Eliseo de repartir el pan no es un atrevimiento ni una provocación, sino la expresión visible de que es un profeta que actúa en nombre de Dios y con la convicción de que Dios no anula la aportación del hombre, sino que más bien cuenta con ella, la utiliza y la supera cuando hace falta. Dios interviene, pero a través de la mediación humana.

La segunda lectura es de San Pablo a los Efesios 4, 1-6 y corresponde a la parte parenética o exhortativa, es decir, para conducir la vida. Concretamente lo que persigue el Apóstol es que pueda darse la unidad en el seno de la comunidad. Unidad que es consecuencia de la nueva identidad cristiana y siguiendo, por tanto, el ejemplo de Jesús: humildad, amabilidad, paciencia, amor que se hace cargo de la debilidad del otro, solicitud por la construcción de la paz. Estas son las virtudes que hacen visible y realizable la unidad de la comunidad y dan testimonio de que el Espíritu es el que la anima, ya que no son sino los frutos del Espíritu. La unidad de la Iglesia es un efecto o resultado de la comunión que existe en la Trinidad. La Iglesia anuncia, así como única meta, la esperanza que todos necesitamos, esto es que el amor fraterno es posible cuando experimentamos el amor que Dios nos tiene.

El Evangelio es de Juan y en él se nos revela Jesús como el pan de vida. En el marco de la Pascua Judía, Jesús sube al monte con sus discípulos seguido por la muchedumbre, atraída por las obras extraordinarias que realiza. En este contexto perpetra el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Es él quien toma la iniciativa de dar de comer a todos, quien distribuye los panes y quien se pone a servir, siendo el primero en dar ejemplo para que sus discípulos aprendan a hacer lo mismo. Podemos ver en el transfondo la imagen de la última cena, la verdadera y definitiva pascua de Jesús, durante la cual tomó y distribuyó el pan después de haber dado gracias al Padre y que no se narra explícitamente en el Evangelio de Juan.

Jesus, al multiplicar los panes y los peces ofrecidos por un niño, da por una parte, una respuesta a las objeciones de Felipe y Andres, a cerca de la falta de alimento; es la respuesta del amor generoso y solidario que a partir de algo, aunque sea poco, pero ofrecido y compartido, sacia la necesidad de cada uno y llega a todos.

Por otra parte, los judíos esperaban del Mesías que renovaría los prodigios realizados en la travesía del desierto por medio de Moises. El Mesías sería un nuevo Moisés y la gente al ver lo realizado, considera que él es el Mesías-rey, un Mesías nacional- político, pero entonces, él se retira al monte para tomar así distancia de esa mala comprensión de su mesianismo. De este modo, nos indica en primer lugar, que su realeza no es de este mundo y en segundo lugar, que el anuncio del Evangelio, es la respuesta a las necesidades más profundas del hombre.

Domingo 16 del T.O. Ciclo B

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Contra los reyes y los falsos profetas dirige Jeremías 23,1-6 en la primera lectura sus oráculos. A los reyes, porque su comportamiento personal y su forma de gobernar el pueblo no es la apropiada y a los falsos profetas, porque anuncian falsa paz y falsa prosperidad en un momento de gravísima crisis y peligro.

Israel, hereda la imagen del pastor de otros contextos y de otros pueblos, referida a aquellos que gobiernan y la aplica en primer lugar a Dios y a los reyes, en cuanto representantes de Dios, pues no hay que olvidar que el rey de Israel es Dios. También los profetas, participan de esta cualidad de pastores.

El profeta Jeremías insiste en la justicia, en cuanto que es la síntesis de las relaciones con Dios y con los demás, que conlleva el respeto, el bien común y una actitud de cara a Dios sincera. Pero al no hacerlo, Dios mismo asumirá la guía del pueblo, y así lo vemos realizado en Cristo, buen pastor y los pastores serán ahora, los que en nombre de Cristo promueven relaciones justas entre los hombres y entre los hombres y Dios. Están al servicio de Dios y no de sí mismos.

La segunda lectura es de Efesios 2,13-18. Después de hablar del designio salvífico establecido por el Padre en Cristo, Pablo, invita a los cristianos de Éfeso y los anima a que caigan en la cuenta de su nueva condición. Hasta la venida de Cristo, los judíos dividían al mundo en dos partes: judíos, pueblo de Dios llamados a la salvación y gentiles, malditos y alejados de la salvación, pero Cristo, es el buen pastor que ha traído la paz y la comunión destruyendo fronteras y muros de separación. Y ello por medio de la cruz, que es en el plano histórico salvífico, el acontecimiento central de la reconciliación, de forma que, por él, judíos y paganos forman parte del pueblo de Dios que es la Iglesia. Por él hemos accedido al Padre y estamos animados por el único y mismo Espíritu, de modo que el cristiano, se siente llamado a fomentar la unidad y a evitar la división por razones culturales, económicas, raciales, sociales o religiosas.

El Evangelio es de Marcos 6,30-34. En él, Jesus, invita a los suyos a retirarse para orar, como él solía hacer muchas noches y así introduce también el episodio de la multiplicación de los panes. Una escena que nos invita a pensar en los futuros pastores, en comunión con el buen pastor. Jesús es realmente el modelo de pastor, pues se encarnan en él todas las cualidades que se esperaban del rey-pastor, como son: rectitud, fidelidad al proyecto de Dios y sobre todo la misericordia. Misericordia que no es debilidad, sino mirada amorosa; solicitud, es decir cuidado y generosidad en el respeto a la libertad de cada uno. Esto es, un ejercicio del poder entendido como servicio. Estas son las prerrogativas del guía auténtico, que está dispuesto a dar la vida por los demás y a compadecerse, padecer-con ellos. De aquí se desprende que, si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

15 del T.O. Ciclo B

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La Palabra profética no siempre estuvo en manos de verdaderos representantes. La primera lectura nos muestra el enfrentamiento entre Amasías, que representa el culto oficial de la Corte y Amós que no está sometido a estas ataduras y habla con libertad lo que Dios le ordena.

En Betel, Amós es un extranjero indeseado, porque su palabra pone en peligro las instituciones del reino y por ello es expulsado, a lo que responde con una afirmación del origen divino de su propia actividad profética: él no es profeta ni por descendencia ni por necesidad económica, sino solo a causa de la llamada recibida de ser portavoz e intérprete de la verdadera voluntad de Dios y de sus planes, que por lo general contrastan con los de los hombres. El verdadero profeta, se somete al designio de Dios y a sus planes que miran siempre hacia el bien común, de ahí que sea también el hombre de la escucha.

Este plan de Dios se concreta en Jesucristo. La segunda lectura es de Efesios 1,3-14, nos muestra el gran himno cristológico que abre la Carta. Jesucristo es el arquetipo y el artífice del plan eterno de Dios. Todo tiene lugar en él y por medio de él. Los creyentes están así insertos en una realidad dinámica, no estática: la vida del creyente en Cristo está en un continuo devenir, es decir en un continuo proceso de liberación llevada a cabo por Jesús a quien pertenecemos por el bautismo, y el cual nos abre a la esperanza, virtud teologal que tiene como objeto la bondad de Dios, se apoya en su poder y solo es colmada en su posesión final. Se basa en la certeza de Dios, presente en medio de nosotros y posibilita la felicidad ya en este mundo, según las bienaventuranzas, aunque inmersos en el sufrimiento y angustias de nuestro mundo.

El Evangelio es de Mc 6,7-13. En él, Jesús, después de haber visto la resistencia que había encontrado en Nazaret a causa de la incredulidad de sus habitantes, no solo sigue su actividad, sino que la prolonga asociando a los doce a la misión, indicándonos que el discípulo es no solo el que ha sido llamado por Jesús sino también, el enviado por él a la misión. En un mundo, como el nuestro, en que parece que Dios guarda silencio en sus llamadas, es necesario recuperar la seguridad de que Dios sigue llamando a cada uno y a cada una para la tarea que él le asigne. Ahora bien, Si Jesús llama libremente a los que quiere, también pone las condiciones para llevar a cabo la misión.

La sobriedad, que forma parte del estilo de vida del misionero, es parte del anuncio pues proclama la confianza en la Palabra que le ha enviado y cuyo valor está por encima de cualquier tipo de riqueza. La llamada es un signo de confianza del Maestro. Es necesario, hoy como ayer, evangelizar para que el hombre conozca la Buena noticia, esto es, que la vida del hombre sobre la tierra tiene sentido. Así se nos dice que expulsaban muchos demonios; es decir, todo lo que nos impide vivir como auténticos hijos de Dios.

14 Domingo del T.O. Ciclo B

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A lo largo del Antiguo Testamento, El Espíritu de Dios se haya con especial fuerza en los profetas. La primera lectura es del profeta Ezequiel 2,2-5. Nos muestra la vocación del profeta y su capacitación por el Espíritu para desempeñar su tarea, pese a que en esta tarea se va a encontrar con fuertes resistencias. A la acción de Dios corresponde por parte de Ezequiel permanecer a la escucha: a la Palabra le corresponde la escucha, pero ya desde el desierto, después de la liberación de Egipto, no ha sido fácil. De hecho, el rechazo, la oposición e incluso el enfrentamiento, fueron casi permanentes. El profeta aparece entonces como signo de contradicción, como piedra de tropiezo para los que corren hacia su propia ruina, pero Dios y su profeta siguen adelante con la misión. Su Palabra es viva y eficaz y ha de ser proclamada tanto si es acogida como si no lo es, pues el mundo y la Iglesia necesitan esta Palabra que ha de ser proclamada siempre y en todo lugar.

La segunda lectura es de 2 Corintios 12,7-10. Aquí Pablo nos habla de la fuerza en la debilidad. Debilidad que él entiende siguiendo el modelo de la debilidad del Señor, pues del mismo modo que la cruz produce escándalo, también la fragilidad humana del apóstol, descrita en forma de persecuciones, insultos, divisiones en la comunidad, enfermedad, angustia, puede provocar una reacción de desconfianza y miedo por parte de los corintios. Si bien la fuerza del Evangelio lleva todo el poder de Dios que garantiza su eficacia, Dios ha decidido a lo largo de la historia de la salvación y de manera especial en los elegidos que esta fuerza se realice por medio de la colaboración total y generosa por parte del hombre sin olvidar su propia debilidad. El esquema de las bienaventuranzas nos muestra bien a las claras esto, al decirnos que se puede ser feliz a pesar de las dificultades y aparentes fracasos. En el fondo no es sino seguir el modelo de Cristo que se dejó crucificar en su débil naturaleza humana, pero está vivo por la fuerza de Dios. De este modo, cuando somos débiles al compartir su debilidad, nos hacemos capaces de compartir su vida divina. Cristo se ha hecho débil por nosotros, para que nosotros en nuestra debilidad lleguemos a ser fuertes y alegres al compartir sus padecimientos. Este no es solo el lenguaje de las bienaventuranzas, sino de toda evangelización y de toda vida cristiana que se precie de serlo.

El Evangelio es de Marcos 6,1-6, nos muestra el rechazo de Israel hacia la revelación de Dios en Jesucristo, concretamente se hace referencia a los más íntimos de Jesus, la gente de su propia tierra, de su casa, lo que nos indica que no es fácil llegar a comprender a Jesús pues su personalidad humana, escondía otra realidad que era preciso descubrir. He ahí su extrañeza, que aquellos con los que había pasado su vida, no captaron ni intuyeron quien podía ser Jesús. Este interrogante que queda abierto, culminará con la solemne confesión por parte de Pedro en Cesarea de Filipo, como escuchábamos el domingo pasado.

El Escándalo siempre estará provocado esencialmente por la manifestación del poder de Dios en una forma frágil, débil. En el centro está la lógica de la cruz, que da un sentido definitivo a la historia de todos los pobres de la tierra, pero esta historia no termina en la cruz, ya que el sepulcro no se queda cerrado, sino que se abre de par en par, para dejar salir la vida para siempre y así es como ha querido salvarnos Dios.

13 Domingo del T.O. Ciclo B

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Dios ha creado al hombre para la vida y la muerte no procede de él. La primera lectura es del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2,23-25. Este texto se hace eco del Génesis, en donde encontramos el verdadero proyecto de Dios que nos llama a la vida, pero ese proyecto quedó truncado por el pecado y su fruto que es la muerte. Pero la muerte no forma parte de la estructura esencial del hombre, sino que su estructura, le lleva más bien a la vida y a la inmortalidad, como nos recuerda Jesús cuando los saduceos le preguntan a cerca de la eternidad, a lo que responde, que seremos como ángeles de Dios y destinados a la resurrección. La muerte es siempre algo extraño al hombre, que le esclaviza. Pero Dios nos da la posibilidad de acoger la vida si miramos la cruz y vemos en ella la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Esa lucha entre la vida y la muerte, de la que Cristo sale vencedor, es la que experimentamos cada uno de nosotros en nuestro corazón.

La segunda lectura es de 2 Corintios, 8,7-9.13-15, en ella Pablo, desarrolla el motivo de la colecta en favor de los hermanos necesitados de la Iglesia de Jerusalén, para ello es importante lo que afirma a cerca de Jesucristo: «Pues ya conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual siendo rico se hizo pobre, por vosotros, para enriqueceros con su pobreza». Así pues, el acontecer de la vida de Jesús, nos enseña que la vida es fruto del expolio de sí mismo y que la resurrección se da a través de la muerte. Quiso compartir con los pobres libremente, despojándose de su riqueza por ser Dios y fue realmente pobre, siendo realmente rico. El compartir cristiano encuentra aquí toda su fuerza y hacerse pobre compartiendo, es motivo de bienaventuranza, de felicidad.

El Evangelio es de Marcos, 5,21-43 y nos muestra que Dios es un Dios de vivos y Jesús no solo tiene poder sobre la enfermedad (la curación de la mujer con flujos de sangre), sino que también lo tiene sobre la muerte. La oferta de Dios llega por tanto hasta el límite entre la vida y la muerte y su poder se manifiesta eficaz, incluso en la propia muerte. Frente a los que consideran que la muerte tiene la última palabra, y de que no hay nada en este mundo más seguro que la muerte, las palabras de Jesús nos resultan absurdas, si no es que estamos dispuestos a confiar en él como Jairo y a poner toda nuestra confianza en su amor que no decepciona. Por una parte, están los que impiden la ida de Jesús a la casa de la niña y por otra parte la decisión de Jesus de ir. Solo el que tiene fe en la Palabra del Señor, puede contemplar el milagro de la vida. Por otro lado, está el que considera esto como algo absurdo, quedándose a su vez, prisionero de la muerte, una muerte para la que no hay resurrección. Solo el amor compartido en la solidaridad concreta, es lo que nos permite participar en el don de la resurrección.

Después de resucitar a la hija de Jairo, Jesus insiste en que le den de comer. También hoy nosotros, después de escuchar las palabras de Jesus se nos da él mismo, como alimento, para que nuestro morir sea un dormir y para que no tengamos miedo a la muerte como tampoco tenemos miedo al dormir.

12 Domingo T.O. Ciclo B

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El mar, en la antigüedad era símbolo del enorme poder de la naturaleza y consiguientemente de un misterio profundo e impenetrable, pero también de un mundo amenazador y destructivo. La primera lectura nos presenta un breve fragmento del libro de Job 38,8-11, que podemos leerlo desde el Evangelio de hoy (Jesús que calma la tempestad) o desde su contexto originario.

El texto, nos permite reflexionar sobre el sentido del sufrimiento y del mal entre los hombres. El autor de este libro se encuentra ante una grave dificultad consistente en que los criterios retributivos antiguos (los buenos tienen muchos bienes en cambio no así los impíos) no satisfacen, pero aun teniendo la habilidad de plantear el problema no alcanza a resolverlo.

Igualmente, nos invita a reconocer el señorío de Dios sobre la naturaleza, de manera que el creyente que reconoce este señorío de Dios, queda libre del miedo que conduce a la idolatría y que implica la sumisión a las fuerzas naturales. De este modo, el creyente puede invocar el nombre de Dios y abandonarse con confianza a su señorío protector.

La segunda lectura, es de 2 Cor 5,14-17 y nos enseña a vivir para Cristo, que ha muerto y que ha resucitado por todos y no para nosotros mismos, ello implica, cambiar de mirada, es decir, pasar de las relaciones instrumentales, guiadas por la consideración de los otros sólo como medios para nuestros fines, a unas relaciones basadas en el ser, en la acogida de los otros como valores, como personas que tienen una dignidad inalienable. De este modo, el que vive en Cristo es una nueva creación, de modo que las riquezas de la antigua creación rota por el pecado, como son la armonía del hombre consigo mismo, con los demás, con todo lo creado y con Dios, ha sido restaurada por Cristo al darnos la filiación adoptiva, que nos hace por la fuerza del Evangelio, capaces de luchar contra el mal a base de bien.

El Evangelio es de Marcos 4,35-40. Nos permite centrarnos en la pregunta: ¿quién es Jesús? Para ello se nos recuerda las aguas del Éxodo, donde Dios se reveló a su pueblo a través de Moises. Jesús se revela ahora como el verdadero Salvador. Los milagros son un anticipo significativo que nos muestran quien es Jesús, y pese a que los apóstoles se han dirigido a Jesus, en medio de la tempestad, este les reprocha su falta de fe, pues lo que les mueve ha sido el interés por obtener algo. Algo así nos ocurre también a nosotros, que tenemos todavía una fe imperfecta y que pide milagros. La conclusión es que solo la muerte y la resurrección de Jesus, pueden afianzarnos en la fe verdadera, de que es posible la aparición de algo nuevo en la historia humana lo que nos compromete a construir también un orden diferente de relaciones, liberadas de todo tipo de miedo en el interior del propio mundo.   

11 Domingo del T.O. Ciclo B

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Dios es el gran protagonista de la historia. He ahí la gran lección que nos dan las lecturas de este Domingo.

La primera lectura es del profeta Ezequiel 17,22-24, se sitúa en el momento de la destrucción de Jerusalén y su posterior ministerio en Babilonia con los repatriados. En ella encontramos una promesa de futuro apoyada en la fidelidad, el poder y el amor de Dios, que a pesar del pecado es capaz de ofrecer al hombre un futuro diferente y nuevo. Su amor y su misericordia está por encima de todo. Este es el núcleo del texto, que se completa con la afirmación final: «y sabrán todos los árboles del bosque que yo el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol pequeño». Esto nos recuerda la imagen evangélica evocada por Lucas en el Magníficat, el cántico de María, del Dios que «derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes» (Lc 1,52) o el dicho de Jesús: «el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14,11).

La segunda lectura es de 2ª Corintios 5,6-10. San Pablo, nos recuerda que la perspectiva del que ha optado por el seguimiento de Cristo está más allá de la dimensión terrena. De ahí que nuestro habitar en el cuerpo sea como si viviéramos en un exilio y lo que adquiere relevancia mientras tanto, es la fe y por tanto, la confianza, que nos lleva a esperar.

De ahí brota la necesidad de serle gratos, no tanto por nuestros méritos cuanto, porque hemos puesto nuestra vida bajo su mirada, esto es, actuar con fidelidad a su persona y a su Evangelio.

Por último, el comparecer ante el tribunal de Cristo, más que engendrar ansia o miedo, es la conclusión de una vida vivida en el abandono en Dios, sabiendo que el dictamen final de nuestra actuación está en manos de Jesús, juez universal.

El Evangelio es de Marcos 4,26-34, en donde reúne un grupo de parábolas que tienen como idea común el crecimiento. Hoy vemos la del grano que cae en tierra y la del grano de mostaza. Si Jesús, dijo que el Reino de Dios había llegado, estas parábolas nos indican que esta llegada es de forma germinal y está en desarrollo. La misma seguridad que tiene el labrador de que después de una larga espera recogerá su fruto, así ocurrirá con el Reino de Dios. No hay que precipitar la hora decisiva que con toda seguridad llegará, libremente, inevitablemente. Pero es Dios el que obra en la historia, a pesar de que las apariencias digan lo contrario. La realización de su Reino no depende de nuestra eficacia, ni de nuestros programas o de nuestras obras, sino de una escucha atenta de la Palabra de Dios y de la disponibilidad para dejarla crecer en nosotros. Nuestra actuación es necesaria, pero ésta no brota de nuestro deseo o de nuestras ganas, sino de nuestro mostrarnos disponibles con paciencia y humildad en orden a crear las condiciones para que la Palabra pueda dar su fruto.

Domingo del Corpus Christi

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Después del domingo de la Santísima Trinidad, celebramos el domingo del Corpus Cristi. El cuerpo y concretamente el cuerpo de Cristo aparece, como señal visible de la Alianza establecida por Dios con todos y cada uno de nosotros.

La primera lectura de Éxodo 24,3-8, se sitúa en el contexto de la Alianza establecida por Dios en el Sinaí. Esta alianza que estable Dios con su pueblo, no es de igual a igual, sino de superior a inferior. El resultado es una oferta de amistad y de comunión. Dios da su palabra y la cumple y el hombre ha de hacer lo propio. El sello de este profundo compromiso se visualiza en la sangre. La expresión: «sangre de la Alianza» que utiliza Moises, volverá a ser pronunciada por Cristo en la institución de la Eucaristía, en la última cena: «Esta es mi sangre, la sangre de la Alianza nueva y eterna, que se derrama por todos» y es que la Alianza, infringida muchas veces y hecha ineficaz por Israel, será superada por la nueva alianza, no escrita ya en tablas de piedra, sino en lo mas profundo de nuestro corazón.

La segunda lectura es de Hebreos 9, 11-15, nos habla de la importancia del sacrificio de Cristo «sumo sacerdote de los bienes definitivos» y «mediador de la Nueva Alianza». Si bien los judíos entienden el templo como el lugar de encuentro con su Dios y donde se realiza el sacrificio, Jesucristo resucitado, será el nuevo templo, que sustituye al antiguo y en el que se hará plena la comunión y el encuentro de Dios con nosotros. Un encuentro personal, real y vivo, fundamentalmente en el sacramento del Pan, en el que encontramos al Jesús viviente que proporciona la más plena comunión personal. Ahí nos espera el amigo, pues como dijo en la última cena: «a vosotros os llamo amigos». Nos llama a vivir una relación de amistad profunda y viva, en la que estamos llamados a tener acceso a todos sus secretos, a estar en su presencia, a comer con él, y a mantener con él un trato de confianza, como así han experimentado muchos hombres y mujeres a lo largo de los siglos. De este modo, es como lleva a cabo la reconciliación del hombre caído, restablece el orden destruido por el pecado y ha vuelto a crear la posibilidad de una humanidad nueva en contacto con Dios Padre.

El Evangelio es de Marcos 14,12.16.22-26. En el marco de la Pascua, celebra Jesus la Cena y la transforma en «memorial», es decir, sacramento actualizante de la obra central de su vida: su muerte y resurrección. En adelante cuando los creyentes celebremos su memoria, viviremos la gozosa experiencia de encontrarnos personalmente con él, pues celebrar la memoria de Jesús no es un recuerdo sin más, sino una presencia que nos enseña a caminar en comunión de vida y amor. En una palabra: en la Eucaristía está todo Jesus donándose en comunión de vida para todos, y la Iglesia, obediente a su mandato, realiza este sacrificio y así anuncia la muerte del Señor, proclama su resurrección y espera su venida en la gloria.

Domingo de la Santísima Trinidad

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La fe en un solo y único Dios fue una conquista y un don del Espíritu. Esto es lo que distingue a Israel de los demás pueblos ya que ningún otro pueblo, ha tenido una experiencia de Dios como Israel. La Iglesia se siente heredera de Israel en la fe monoteísta, debe seguir caminando en la fe de un solo Dios que Jesús nos ha revelado como Padre.

La primera lectura es de Deuteronomio 4,32-34.39ss. En ella vemos como el pueblo, sobre todo en los momentos más difíciles, recurre a la presencia de Dios en la historia, que pasa a ser «lugar teológico», es decir, lugar de encuentro con Dios, que dirige y vela por su pueblo. La historia de la salvación es la historia de esta presencia gratuita de Dios, que está cerca de su pueblo, de manera que éste llegue a ser signo de salvación para todo el mundo, hasta que, llegada la plenitud de los tiempos, Dios se hace hombre para salvarnos.

Dios se manifiesta así, como el único punto de referencia para que el hombre creado a su imagen y semejanza llegue a la plenitud de su humanidad, de forma que, adhiriéndose a él, llegue a comprender el sentido de su existencia humana, de manera que volver la mirada hacia el único Dios supondrá reemprender el camino de la unidad y la solidaridad entre todos los hombres.

La segunda lectura es de Romanos 8,14-17 y se centra en la vida cristiana en cuanto que guiada por el Espíritu. Este capítulo 8, ha sido considerado el Te Deum de la historia de la Salvación y los versículos que leemos, nos muestran la novedad de la vida cristiana de la filiación-comunión con Dios. Pablo, nos recuerda que quien se deja guiar por el Espíritu es verdaderamente Hijo de Dios, el cual guía firmemente y suavemente el camino de los discípulos de Jesús. El Hombre que es imagen de Dios por la creación, pasa a ser hijo de Dios por medio de Jesucristo y es reafirmada la filiación constantemente por el Espíritu, que nos hace clamar: ¡Abba! (Papa) de manera que, porque Jesús nos enseñó esta manera de dirigirnos al Padre y porque el Espíritu se hace presente en nuestro corazón, podemos dirigirnos así a Dios. Ser hijos de Dios, significa poseer ya una prenda de vida eterna, significa ser herederos de los bienes de la vida de Dios y coherederos con Cristo. Pero para obtener todo esto, será necesario participar de sus sufrimientos y completar lo que falta a su pasión, es decir, caminar por el camino de la virtud.

El Evangelio de Mateo 28,16-20 nos presenta el epílogo de las apariciones pospascuales y de todo el evangelio. Frente a un judaísmo encerrado en sus tradiciones, Jesus, sin dejar de ser judío, ha realizado aquella promesa hecha a Abraham (Gn 12,1ss) de ser una bendición para todos los pueblos. La misión es universal y está presidida y acompañada por los Tres, pues hunde sus raíces en la misión del Hijo por el Padre y tiene como tarea hacer presente hasta los últimos rincones del mundo y hasta lo más hondo del corazón del hombre, la conciencia de que todo es fruto del amor de Dios. Es necesario que toda nuestra vida esté real y vitalmente sellada, animada y presidida por la presencia y actuación de los tres, como presencia discreta y silenciosa que acompaña cada momento de nuestra vida. Una presencia inalterable y definitiva: «sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».  

Solemnidad de Pentecostés, Ciclo B

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En la Historia de la Salvación, el Espíritu de Dios se hace presente de forma intermitente, temporal y sólo para los dirigentes del pueblo. Pero cuando Dios realice su plan en Cristo se promete el don del Espíritu no solo para el Mesías, sino también para la comunidad y para cada uno de sus miembros, y en todos ellos estará de forma permanente. Así se comprende mejor la afirmación de Lucas: «todos quedaron llenos del Espíritu Santo».

La primera lectura es de los Hechos de los Apóstoles 2,1,11 y nos presenta a los mismos, reunidos en oración en un contexto en el que el pueblo celebra el don de la ley, que el judaísmo lo hacía precisamente el día de Pentecostés. El Espíritu se presenta, así como plenitud de la ley. Ya Cristo había dicho que no había venido a abolir la ley sino a llevarla a plenitud y esto es lo que ahora se cumple. El Espíritu irrumpe y transforma el corazón de los discípulos haciéndolos capaces de intuir, seguir, y atestiguar los caminos de Dios

La enumeración de todos los pueblos, indica que se restaura la comunión entre Dios y los hombres y de los hombres entre sí, rota en Babel y que esta comunión entre los pueblos se llevará a cabo por la Evangelización invocada por el Espíritu, para guiar a todo el mundo a la plena comunión con él, en la unidad de la fe en Jesucristo, crucificado y resucitado

La Segunda lectura es de 1 Cor 12,3b-7.12s. En ella, Pablo dirige a los corintios, algunas consideraciones importantes para un recto discernimiento, como es el caso, de reconocer la acción del Espíritu en una persona no por hechos extraordinarios, sino antes que nada por la fe profunda con que profesa que Jesús es Dios y reconocer la acción del Espíritu en la comunidad como incansable promotor de unidad. Unidad que se lleva a cabo a través de los diferentes carismas, concedidos a cada uno para el bien común. Entre ellos, el único que durará para siempre es el de la caridad, como afirmará más adelante.

Por último, el nuevo título de pertenencia al pueblo de Dios ya no es el de la herencia de sangre y raza, sino el signo sacramental del Bautismo. Este sacramento de regeneración hermana a todos los pueblos que aceptan el mensaje, porque es un nuevo nacimiento en el Espíritu formando así un mismo cuerpo.

El Evangelio es de San Juan 20,19-23. Es considerado el Pentecostés joaneo, próximo a la resurrección, indicando de este modo que la hora en que glorifica al Padre mediante el sacrificio de la cruz y la entrega del Espíritu en la muerte, es la misma en la que el Padre glorifica al Hijo en la resurrección. Pues bien, en esta hora única, Jesús transmite también a los discípulos el Espíritu y con él la paz, la misión y el poder sobrenatural para llevarla a cabo.

El Espíritu —como repite la Iglesia en la fórmula sacramental de la absolución— fue derramado para la remisión de los pecados. El pecado es el que malogró en el paraíso el proyecto de Dios sobre el hombre que lo quiso y lo formó para la vida y la felicidad. Con la reconciliación universal, obra de la muerte-resurrección de Jesús y que se actualiza siempre por el Espíritu Santo, aparece de nuevo cuál fue el sentido del hombre en su creación, restituyendo a la pureza originaria a los que se acercan a recibir el perdón de Dios y se abren, a través de un arrepentimiento sincero, a recibir el don del Espíritu Santo.

7º Domingo de Pascua, Ciclo B: La Ascensión

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La primera lectura es de los Hechos de los Apóstoles 1,1-11 y es el relato mas detallado y completo del acontecimiento de la Ascensión, pero todo el ministerio de Jesús es como una Ascensión, desde Galilea a Jerusalén y desde Jerusalén al cielo.

La Ascensión es el paso (pascua) de Jesús al Padre y cuando venga, será el paso de la historia a la eternidad, esto es, la pascua desde el orden creado a Dios, la Ascensión de la humanidad al abrazo trinitario. Pero, a pesar de las pruebas que Jesús dio a los apóstoles de que estaba vivo, aun está la incomprensión: ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel? La respuesta de Jesús es que necesitan el Espíritu que les conduzca a la verdad completa.

La Ascensión nos muestra, que Cristo ha sido glorificado y que este Cristo que ahora ha sido glorificado plenamente, es el que de nuevo volverá.

La segunda lectura es de Efesios 1,17-23 y nos muestra a Cristo el Señor, centro de la Evangelización animada por el Espíritu. Con la Ascensión, culmina la segunda etapa de la historia de la salvación, que se corresponde con la misión de Jesús y se abre la tercera etapa que es la de la Iglesia guiada por el Espíritu, la cual se cerrará con la consumación final. Cristo ascendido a la diestra del Padre, es la cabeza de toda la creación y en particular de la Iglesia, con la que forma una unidad indisoluble.

San Agustín, dirá que, por tratarse de la plena glorificación de la Cabeza, es también la glorificación anticipada de la Iglesia. Ésta vive en la certeza de seguir los pasos de su Señor, y un día, también ella, en todos sus miembros y junto con la cabeza, conseguirá la plena glorificación. Se nos invita a contemplar el camino desde el final y así alentar nuestra esperanza.

El Evangelio es de Marcos 16,15-20. En él Jesús, se aparece a los apóstoles antes de la conclusión de su camino terreno, para exhortarles a hacerse misioneros del Evangelio por todo el mundo. Si la resurrección ha restaurado el proyecto original de Dios, ahora en Cristo resucitado, Dios ofrece la liberación de la humanidad y la restauración original de toda la creación. Solo en su Nombre conseguirá el hombre la salvación, pues Dios no nos ha dado otro nombre bajo el que nos podamos salvar. Jesús es pues, el Evangelio que se ofrece a los hombres y evangelizar será pues, hacer presente a Jesús, su vida, sus palabras, sus gestos y su entrega total, pero también su exaltación a la derecha del Padre como Señor. La Ascensión, es garantía de su presencia permanente entre ellos y en medio del mundo, de manera que ninguna dificultad ni ningún obstáculo, impedirá el avance de la tarea evangelizadora.

Si morimos con Cristo, resucitaremos con él y ascenderemos con él al Padre, seremos liberados de la esclavitud y llegaremos a ser hombres y mujeres cada vez más libres: Que como los primeros cristianos vivamos el sentido de la inminencia; que nuestros ojos sepan mirar al cielo sin alejarse de la tierra.

6º Domingo de pascua, Ciclo B

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La 1ª lectura es de los Hechos de los Apóstoles 10, 25-26.34-35. El episodio es conocido con el título de: «conversión de Cornelio», pero también se le podría llamar: «conversión de Pedro» que pasa de una visión restringida a abrirse a la universalidad de la salvación que el sacrificio redentor de Cristo ha adquirido para toda la humanidad y no solo para Israel. Jesús, en la cruz derribó todos los muros de separación entre gentiles y judíos y en su resurrección la oferta de vida y resurrección se extiende a toda la humanidad. La escena de Cornelio visibiliza el proyecto de Dios, que consiste en ofrecer la salvación a todo el mundo. El camino que Jesus resucitado anunció a los apóstoles, de que fuesen sus testigos, hasta los confines de la tierra, no ha hecho más que comenzar. Los que no procedemos del mundo judío y hemos recibido la fe, estamos ante un hecho profundamente consolador.

La segunda lectura es de 1ª de Juan 4,7-10. La exposición se centra en la afirmación: «Dios es amor». Esto no es una afirmación especulativa, sino la proclamación del amor que Dios ha manifestado a través de su obrar; a través de su desmesurada caridad, que le ha llevado a darnos a su mismo Hijo único, el cual, a su vez, ha entregado su propia vida expiando con la muerte nuestro pecado. El mensaje que se nos da es claro: Sólo es posible estar dispuestos a dar otras cosas, si se está dispuesto a dar la propia vida. Y esto es lo que hizo el maestro. A partir de aquí, podemos afirmar que: «el amor procede de Dios y que todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios». La clave está en la Palabra que se encarna. Si con la encarnación, el Verbo que estaba en el seno del Padre, ha venido al mundo a revelar a Dios, con la resurrección, el hombre que estaba alejado de Dios, es llevado de nuevo a su seno, hecho hijo en el hijo. Si Dios se nos da gratuitamente en Cristo, también nosotros hemos de darnos. Si Dios nos ha amado en Cristo, también nosotros nos debemos amar.

El Evangelio es de Juan 15,9-17 y profundiza en el tema de la segunda lectura: el amor. Permanecer en Él, significa permanecer en su amor, es decir en esa circulación de caridad, de pura donación que es la vida trinitaria en sí misma y en su apertura al hombre, y permanecer en su amor, es sinónimo de «observar sus mandatos», esto es, ser una cosa con el Padre, y cumplir su voluntad. Unión de voluntades, que se da en la seguridad de que este es el verdadero bien y la fuente de la verdadera alegría, de la que participa también el discípulo. El resumen de todo esto es, el mandamiento del amor, el amor recíproco hasta dar la vida por los demás. Se trata de un amor mutuo, interpersonal, creativo, capaz de hacer caer las barreras, hace prójimo a todo hombre y hace nacer una amistad que sabe compartir las cosas más importantes.

Que podamos intuir en cada circunstancia los caminos que el Espíritu nos va abriendo para que pueda desplegarse el amor y llegar a todo hombre. También Pedro supo abrazar el designio de Dios: atento al Espíritu y a los hermanos, e indicó a la Iglesia naciente el nuevo itinerario de amor, dejándonos así un camino a seguir.

5º Domingo de Pascua, ciclo B

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La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 9,26-31. En ella se refleja la situación en que se encontraba Pablo, consciente de que no es fácil aceptar a un ex-perseguidor y a la vez convencido de que solo desde la comunidad podía ejercer su tarea de evangelizador a la que había sido llamado. Bernabé, hace de mediador entre Pablo y la comunidad y es que hoy como ayer, no es fácil aceptar lo nuevo, lo sorprendente, lo inusitado y se nos invita a preguntarnos a cerca de como acogemos y vivimos la fe. Finalmente, Pablo fue aceptado por los dirigentes y por la comunidad y se dedica a predicar públicamente el nombre de Jesús, pero amenazado por los judíos de lengua griega al demostrarles que Jesús es el verdadero Mesías esperado por Israel, huye de Jerusalén. Una vez más se pone de manifiesto que la fe apostólica y la fe en Jesús llevan consigo las marcas del maestro que son la persecución y la muerte, pero así es como crece la comunidad que, impulsada por el Espíritu, va ampliando cada vez más el circulo de su irradiación.

La segunda lectura, es de 1ª de Jn 3,18-2 y nos muestra como aquella crisis que existía en las comunidades jónicas les llevó a poner en duda la identidad de Jesús, y así llegar a decir, que el Hijo de Dios, no se ha hecho realmente hombre y no ha padecido una muerte salvadora, solo es posible resolverla desde el amor. La fe se expresa con un amor fraterno comprometido y la raíz profunda de este amor es la experiencia del amor de Dios a los hombres, manifestado en su hijo Jesucristo. Juan no ignora que el mandamiento del amor es verdaderamente divino, o sea, imposible para el hombre y solo posible con la ayuda del Espíritu. Por tanto, quien ama así, tiene una sola voluntad con Dios, y ama de verdad conforme a Cristo: ha restaurado plenamente en él la imagen divina a cuyo modelo fue creado. Los mandamientos se resumen pues en uno solo: el de la fe en Jesucristo y el del amor recíproco. El que, amando, guarda sus mandamientos, conoce a Dios y Dios habita en él.

El Evangelio es de Juan 15,1-8. Aunque va a enfrentarse con la muerte, Jesús sigue siendo para los suyos la fuente de la vida y de la santidad. Mas aún, yendo al Padre pone la condición para poder permanecer siempre en los suyos. Jesus, sirviéndose de una comparación habla de sí mismo como la vid verdadera, una imagen empleada por los profetas para describir a Israel. Así se presenta como el verdadero pueblo elegido que corresponde plenamente a las atenciones de Dios. Jesus por su vida entregada en la cruz es el primogénito de una humanidad nueva y su sangre como la savia de la vid, llega a todos los sarmientos y sólo en una comunión vital con la cepa se asegura y garantiza la producción de fruto. Pero por desgracia podemos ser también sarmientos que producen infección en la vid; de ahí que debamos desear ser purificados, limpiados. La poda consiste en dejar cortar de nosotros el pecado y todo lo que no es según Dios: este es el sufrimiento que da fruto. Esto se realiza cuando la palabra de Jesús es acogida en un corazón bueno.

4º Domingo de pascua, CicloB

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La primera lectura es de los hechos de los apóstoles, y responde al tercer anuncio de Jesús como Señor y Salvador por parte de Pedro, con el que contesta a las autoridades, inquietas por la curación del paralítico.

Lo primero que hace Pedro, es afirmar que el resucitado es el mismo que fue crucificado, pero esto es lo que a los del sanedrín les inquieta y rechazan, que aquel a quien crucificaron está vivo, pues si ese enfermo se ha curado, porque se ha invocado el nombre de Jesús, quiere decir que Jesús, condenado a muerte y ejecutado, no está muerto, sino vivo. Y esta es la raíz de nuestra fe cristiana: creer en el poder de Dios que actúa resucitando a Jesús. Con frecuencia escuchamos o decimos: nadie de los que han muerto ha vuelto a decirnos lo que hay después de la muerte, pues sí ha habido uno: Jesús de Nazaret, hombre verdadero: a quien crucificasteis y murió en la cruz, Dios lo ha resucitado. El, verdadero hombre, conocedor de sufrimientos y de la muerte, ha resucitado. Por eso es el único que nos puede salvar del miedo a la muerte y nos abre caminos de vida.

La segunda lectura, es de la primera carta de San Juan y nos dice que somos hijos. El mundo en sus relaciones laborales, sociales, familiares y de cualquier otro tipo, cambiaría profundamente si tuviéramos conciencia real de esta filiación. Y es que la esperanza cristiana no lo deja todo para el final, sino que, ya somos ahora hijos, que hacen posible el reino de los hijos en la tierra, con la esperanza de conseguir el reino en la meta final. La fuerza del Reino se manifiesta ya, aunque velada, de ahí que tengamos que pedir su venida: venga a nosotros tu reino. Al final, seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es. He ahí lo que anhelamos desde lo profundo de nuestro ser consciente o inconscientemente y eso es lo que nos asegura Cristo resucitado. Este deseo de contemplar a Dios y corresponder a su amor, es lo que nos purifica y nos permite estar en continua conversión.

El Evangelio de Juan 10, 11-18, nos presenta a Jesús como el buen pastor; ello no indica solamente su bondad personal, sino también su misión. Jesús se presenta como el único Pastor, genuino, auténtico, digno de fiar. Mientras que muchos se presentan con la pretensión de ser salvadores (los celotas entre otros), ninguno lleva la marca de la autenticidad. Jesús está dispuesto a llevar su misión hasta el final y así lo realiza con el don generoso de la propia vida. El Evangelista piensa también en los pastores de su Iglesia. Y para ellos escribe indicando: mirad al verdadero Pastor y sacad vuestras consecuencias.

En el Oriente, la imagen del Pastor está relacionada con los gobernantes, los dirigentes espirituales y los maestros que enseñaban al pueblo. Jesus introduce una radical novedad: su gobierno y su enseñanza se imparten y se reciben en un clima de total amistad, trato personal y apertura.

Jesús, Buen pastor, ofrece a la humanidad la posibilidad real de construir una sola gran familia en comunión interpersonal; el buen pastor es el que hace posible la unidad de la familia humana y la Iglesia aparece así ante el mundo, como el sacramento de salvación, de reconciliación y de comunión entre todos los hombres.

3º Domingo de Pascua, Ciclo B

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La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 3,13-15.17-19. Pedro y Juan acaban de curar a un mendigo tullido de nacimiento —y, por eso excluido del templo — con el poder del «Nombre de Jesús». El episodio suscita un gran estupor entre la gente.

El apóstol Pedro a la luz de las antiguas profecías, ayuda a la gente a reconocer en Jesús al Mesías no reconocido por su pueblo; rechazado y condenado a una muerte injusta. Si embargo, la muerte no es más fuerte que la vida ni son los hombres los que conducen la historia, sino Dios que con su poder ha resucitado de entre los muertos a su siervo fiel y de este modo, las puertas de la salvación siguen abiertas para su pueblo elegido, aunque históricamente fueron los ejecutores de la muerte del Mesías. Pero nada sucede por un poder que tengan los apóstoles; sólo en el nombre de Jesús pueden realizar prodigios y, sobre todo, exhortar con autoridad al arrepentimiento y a la conversión para que sean borrados sus pecados.

La segunda lectura es de 1ª de Juan 2,1-5ª. El autor quiere salir al paso de aquellos que en su tiempo enseñaban que una vez aceptado el bautismo los creyentes eran impecables. Por eso el autor viene a decirnos: es difícil que un verdadero miembro de Cristo peque, pero, si se diera esta circunstancia, no debe perder la esperanza porque Jesús está junto al Padre intercediendo y abogando por él. Se puede vencer la tentación siempre porque Jesús y el Espíritu salen al encuentro del hombre para que pueda vencer, pero en caso contrario, Dios no abandona al hombre. Jesucristo en la cruz es la oferta de salvación que Dios hace para todo el mundo, en él se ha abierto de nuevo el camino de retorno a Dios y de la plena comunión con él. Ahora bien, no podemos hacernos la ilusión de amar a Dios —conocer en el lenguaje bíblico equivale precisamente a amar — si no guardamos sus mandamientos y no cumplimos su voluntad en las situaciones concretas de la vida. El regenerado en y por el acontecimiento pascual, puede cumplir la voluntad de Dios que son sus mandamientos y a la vez encuentra la energía que lo posibilita.

El Evangelio, pertenece a Lucas 24,35-48. Es la última aparición del resucitado y se produce después del encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaus.

Lo primero es el saludo: la paz, que es la síntesis de todos los bienes salvíficos. Jesús la hizo posible por la sangre de la cruz y ahora nos la da como distintivo y tarea. El evangelista recurre a expresiones como: «soy yo en persona… Dicho esto, les mostró las manos y los pies», para mostrar de la forma más plástica posible, el acontecimiento de la resurrección y que es la respuesta a la inquietante pregunta: ¿después de la muerte queda alguna esperanza? Dios responde con la realidad plena de Jesús resucitado.

Recogiendo unas palabras que atribuye al resucitado mismo, entiende que en toda la Escritura aparece esta oferta de Dios, en forma de anuncio y es el conjunto del plan de Dios el que tiene su realización

A partir de ahí, viene la misión universal, como tarea. Cristo resucitado y glorioso envía a sus apóstoles a anunciar el Evangelio. La universalidad de la misión arranca del Resucitado y es acompañada por el Resucitado. La esperanza de una vida imperecedera conquistada y ofrecida por Jesús resucitado, es para todos los hombres.

Una relación de amistad

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Han habido variadas definiciones de Oración a lo largo de la historia. Santa Teresa de Jesús nos dejó una: “No es otra cosa oración mental, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.

Dios no solo aparece en la Escritura como el esposo que ama a su pueblo sino como quien habla como un amigo. Así se nos dice que: «habla con Moises cara a cara como habla un hombre con un amigo» (Ex 33,4) . Y al hablar de Israel: «Y tú Israel, siervo mío; Jacob mi escogido; estirpe de Abrahán, mi amigo, (Is 41,8)

A Dios le agrada estar con el hombre -como el amigo se goza en el amigo y un padre con su hijo. Dios siempre se agrada cuando el orante decide “estar a solas con El”, orando, tratando con el Amigo.

La Oración, como la amistad, es un camino que comienza un día y va en progreso. El orante comienza a tratar al Amigo que le ha amado desde toda la eternidad, y así empieza a conocerle, a amarle, a entregarse a El, en una relación que sabe no finalizará, pues en la otra vida será un trato “cara a cara” y en felicidad infinita y perpetua.

Esta historia de Amistad ha llegado a su plenitud con Cristo. Es una amistad salvadora: «…Más cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre…según su propia misericordia, nos salvó por el baño del segundo nacimiento que derramó copiosamente sobre nosotros, por medio de Jesucristo nuestro salvador…»  (Tt 3,4-7) Jesucristo es el amigo al que podemos acudir siempre en todo momento, también en la noche o en la madrugada. Siempre podemos acudir a él e importunarle si es necesario. El estará siempre contento de salir a nuestro encuentro y seguir celebrando una amistad que dura hasta la eternidad: «Os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. ( Lc 11,8)

2º DOMINGO DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA

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La fe en Cristo resucitado, provoca la comunión en una misma fe y el fruto de esta fe en la resurrección, es la vuelta a la armonía original. La primera lectura de Hechos de los apóstoles 4,32-35 nos muestra que, si bien el pecado rompió la comunión con Dios, entre los hombres y de los hombres con la naturaleza, una vez restaurada la situación del hombre, se hace posible la comunión y la solidaridad entre todos. La expresión utilizada por Lucas para designar esto es: «Koinonia», y abarca todos los aspectos: comunión con Dios, con el Espíritu, con el Evangelio, con el Cuerpo de Cristo, con los hermanos y todo esto se manifiesta visiblemente en el compartir los bienes materiales. Los creyentes, cuando viven y experimentan esta comunión de fe, dan testimonio convincente del Cristo resucitado y liberador en todos los ámbitos de la vida humana y en todas sus vertientes.

La segunda lectura es de la primera carta de Juan 5,1-6, nos muestra que se vive la experiencia de fraternidad, cuando se vive la experiencia de filiación. Si todos hemos sido regenerados por Cristo y por él nos convertimos en hijos verdaderos, aunque adoptivos, de Dios, el amor mutuo es o ha de ser algo normal y espontáneo. El amor de Dios y de Jesús, manifestado de modo singular en su muerte, es el que hace posible el amor entre nosotros. El discípulo de Jesus vive en la seguridad de que el amor del Padre es el que nos posibilita amar como Cristo nos ha amado; hasta dar la vida y esta forma de amar hasta el don de la propia vida, es la característica del creyente en Jesús y el fruto del acontecimiento pascual. La fe es por tanto aceptar a Jesús como Hijo de Dios y como enviado singular en favor de los hombres, que nos muestra lo que somos, el porqué de la vida y sufrimientos y el destino eterno al que Dios nos llama.

El Evangelio, es de Jn 20,19-31 y nos muestra dos episodios, próximos y relacionados con un mismo tema: el de la fe y en ambos se pone de manifiesto el estado de los apóstoles tras la muerte de Jesus, ya que antes de la resurrección y de la donación del Espíritu, no estaban capacitados para comprender este acontecimiento. Ente la muerte de Jesús y la plena convicción de los apóstoles de que estaba vivo, pasó un tiempo probablemente largo. Es el tiempo de las apariciones, el tiempo de la presencia viva de Cristo entre los suyos. El que vivió realmente en esta historia nuestra, y murió en un aparente fracaso, ahora está vivo, ha vencido a la muerte. El crucificado y el resucitado es el mismo, pero en una situación totalmente nueva, desbordando los linderos de la historia y dirigiendo la historia como Señor.

Tomas, que no ha creído el testimonio de los hermanos, necesita palpar las señales de muerte, para entrar en la realidad de la vida, Tomas nos indica así, que la encarnación, lejos de ser un obstáculo, nos muestra el camino para el encuentro de fe, pues a partir de la experiencia humana de Jesús, es como nos encontramos con su verdadera identidad. Por eso, son declarados dichosos, felices los que son capaces de superar el escándalo o la precariedad de los motivos de credibilidad, que son el Jesús real y humano y se abren a la acción y presencia del resucitado. Esta dinámica producirá siempre dificultades, porque los motivos de credibilidad son pálidos ante la realidad a la que quieren concluir, pero paradójicamente, el acto de fe de Tomás, será el más perfecto de todo el Evangelio: «Señor mío y Dios mío». En cierto modo, es la cima de todo el relato joánico, que busca este acto de fe en la presencia de Dios en la humanidad y así podemos afirmar que: la palabra se ha hecho historia en Jesús.

CRISTO RESUCITA CON NOSOTROS EN LA CÁRCEL

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(Centro penitenciario de Picassent en Valencia )

José A. Heredia o.p.

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1-9):

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

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Querida hermana, querido hermano:

Cristo resucita en la cárcel, Cristo resucita en ti que estas en la cárcel.

Hoy Cristo te dice que está vivo y que ha vencido el sufrimiento la muerte y el dolor, para que tú también lo venzas con él

Hoy es un día grande, es el gran día en el que se nos da la libertad, la libertad sobre el odio, sobre la violencia, sobre el mal, el pecado, la muerte.

Cristo resucitado nos dice y me dice, que todo lo que me mata: el mal, la injusticia, la soledad, la separación de los seres queridos…todo, lo que me recuerda la muerte, no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios, que no deja al Hijo en la muerte, sino que lo rescata de la muerte, lo resucita y lo lleva consigo.

Hoy también tú eres hijo querido. Y Dios te envía un rayo de su luz, alegría y paz, porque la muerte nuestro enemigo, ha sido derrotado en la cruz de Cristo y en esa misma cruz en la que estás..

Hoy Dios también te llama a derrotar la muerte en tu cruz, sí en esa cruz. Ahí tu muerte será también vencida y derrotada. Ahí experimentarás el amor infinito del Padre que te llama por tu nombre. Ahí podrás decir con San Pablo: «¿Dónde está muerte tu victoria? ¿dónde está muerte tu aguijón?».

Hoy es un día grande para ti que estás en la cárcel, porque como nos recuerda también Pablo: «nada ni nadie puede separarnos del amor de Dios». Si Cristo ha resucitado, nada puede quitarnos la alegría de haber sido perdonados por Dios, en una palabra: liberados. 

Sí hermano, eres libre, eres libre de verdad, aunque estés entre rejas. Si crees que Cristo ha resucitado, ya has alcanzado la libertad, la que nadie te podrá quitar. La libertad de saberte único y amado, la libertad de saber que Cristo ha dado la vida por ti y te ha perdonado. La libertad de saber que eres lo más importante para Dios, la libertad de saber que desde la creación Dios pensó en ti y que desde siempre te amó y te ama como eres, con tus faltas, defectos y pecados. Pero quiere que te dejes hacer por él, que le dejes un espacio en ti. Que en tu corazón haya un espacio para Dios. Seguramente ese espacio irá creciendo día a día hasta que Cristo llegue a reinar en ti y tu corazón sea entonces alegría y fiesta como ya lo es hoy, en la medida en que has querido abrirte a él y descansar en él, poner en él tus preocupaciones, tus resistencias, tus temores, tus dudas y necesidades.

Cuantas cosas podemos compartir con Cristo, como él lo ha compartido todo con nosotros menos el pecado. Por eso hoy Cristo te dice que tu pecado es perdonado, por grande que sea, por mucho que te pese. Su amor y misericordia es mayor e infinitamente más grande que ese pecado que te lleva a la muerte. Si entiendes esto, dichoso tú, porque has entendido, la resurrección

No hay hombre más libre que Cristo y no hay mayor libertad que la de estar con Cristo. Si crees que vive, dichoso tú, porque no morirás para siempre, y también vivirás con él, y eso es la resurrección

Sí hermana y hermano que estás en la cárcel: desde la distancia, ahora doble o triple por la pandemia, la pastoral no te olvida y te desea el gozo profundo de una ¡Feliz Pascua de Resurrección!  ¡Feliz encuentro con Cristo resucitado! que nada ni nadie te pueda apartar de su infinito amor. Que tu corazón ore y cante agradecido, sí déjalo cantar y orar, déjalo adorar. Deja que proclame a los cuatro vientos y al mundo entero: la Resurrección, la alegría, la liberación, la esperanza, el amor y la paz. Puedes decir: Soy libre, aunque aún entre rejas; soy libre porque así lo ha querido Dios.  Todo eso, hermano en la cárcel, es Dios, y Dios es, la Resurrección.

¡¡FELICES PASCUAS!!

Domingo de Resurrección

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Hermanas y hermanos: ¡Cristo ha resucitado!

La primera lectura de este domingo, es de los Hechos de los Apóstoles 10, 34ª.37-43. Corresponde al encuentro de Pedro con el Centurión romano y pagano Cornelio de Cesarea. Es el primer anuncio del Evangelio a los paganos y primicia de una fecunda evangelización en el futuro, pues Jesús ha derribado todas las fronteras con su muerte y resurrección, pero no fue fácil. El Evangelio comenzaba una nueva aventura: llegar a todo el mundo y es que en la muerte y en la resurrección de Jesús, Dios ha dicho su última palabra en favor de los hombres.

Jesus, resucitado del que los apóstoles son testigos fieles y seguros, pues recibieron una experiencia interior personal y comunitaria, acompañada de una luz reveladora infalible, que les llevó a la convicción de que Jesús estaba vivo, anuncian esta gran verdad y desde entonces nuestra fe en Jesús pasa por el testimonio apostólico y nuestra fe es apostólica. Es una fe cierta y segura, aunque durante nuestra peregrinación en este mundo sigue siendo claroscura, pero siempre con la certeza de que estamos ante la maravilla de las maravillas de Dios y convencidos de que es posible la fraternidad entre todos los pueblos a través de Cristo resucitado y del Espíritu.

La segunda lectura es de Colosenses 3,1-4. Nos recuerda que por el bautismo nos hemos identificado con el Cristo Glorioso, en consecuencia, hemos de dirigir la mirada hacia donde está Cristo, que es la meta hacia la que nos dirigimos, la cual, no solo da sentido, sino que desvela el misterio del sufrimiento y de la muerte. El tiempo de espera es tiempo de lucha y dificultades; es el tiempo de la Iglesia, el tiempo del Cristo glorioso escondido, pero también de la certeza en su manifestación plena, para estar plenamente con él, una vez resucitados.

El Evangelio es de Jn 20,1-9. En él se nos recuerdan dos realidades complementarias: el sepulcro vacío y las apariciones. Solo el sepulcro vacío no podía garantizar la seguridad de nuestro destino hacia la vida. Esa es la manera de explicar que estamos ante un hecho singular y único. Los especialistas dirán que estamos ante un acontecimiento, trascendente, metahístórico y escatológico. La manera de decir esto para un semita es afirmar, que el sepulcro está vacío. Todo el conjunto de la narración con sus detalles, como el sudario, subraya el realismo de la resurrección, pero la fuerza de convicción está en la revelación de Dios y esta convicción, se apoya en la Escritura: «…Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mi» (Lc 24, 44-45). Las Escrituras, son la expresión literaria del proyecto de Dios que se cumple a pesar de todas las resistencias. Y lo ha cumplido devolviendo la vida a su Hijo hecho hombre y en comunión con él a todos los hombres. Jesus resucitado nos muestra la solución al enigma de la muerte y es a través de los signos y de la Escritura (especialmente la Eucaristía) como nos encontramos con el Señor resucitado.

Vigilia Pascual

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Las lecturas que la Iglesia proclama en la Vigilia Pascual podemos distribuirlas en tres bloques

  1. Creación e historia de la salvación
  2. Anuncios proféticos del futuro glorioso
  3. Cumplimiento de las Escrituras en Cristo
  • Creación e historia de la salvación

Primera lectura : Génesis 1,1-31; 2,1-2 (Creación)

La creación está orientada hacia el hombre, que es su centro y meta y ninguna creatura pudo venir a la existencia sin la palabra omnipotente del Creador. Dios hizo al hombre para la vida interminable. Será libre frente a otros como él; pero siempre será dependiente de su Creador, raíz y origen de su libertad. La significación global del jardín de Edén es teológica y no geográfica. Significa el bienestar por exelencia, es símbolo de la felicidad e imagen plástica de la comunión misteriosa del hombre con Dios. En el se cultivan árboles de toda especie que el hombre puede disfrutar, expresión , de todos los bienes que proporcionan al hombre su bienestar. Pero hay un árbol singular: el de la ciencia del bien y del mal. Expresión plástica de una realidad teológica también: sólo Dios es el soberano, Él se reserva la autoridad de decidir y determinar el bien y el mal. El hombre puede elegir entre el bien y el mal, pero decidir lo que es bueno y malo, se lo reserva Dios.

Segunda lectura: Génesis 22,1-18 (Sacrificio de Isaac)

Este relato, que originariamente invitaba a suprimir los sacrificios humanos, se convierte en el mejor ejemplo de la fe de Abraham. Abraham es invitado a abandonar su pasado politeísta para dejarse guiar por el Dios que le llama. Ahora debe estar dispuesto a renunciar también a su futuro. La fuerza de este relato y la razón básica de su presencia en la vigilia pascual está en estas palabras: Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, ve a la región de Moria y ofrécemelo allí en holocausto, en un monte que yo te indicaré…Isaac es tipo de Jesús el Unigénito, el Hijo Único y muy querido del Padre.

En la narración de Abraham, se oculta el problema de la fe. Creer significa en hebreo «apoyarse en Yahvé», adherirse al Dios personal y fiarse de Él. La vida de los patriarcas ante Dios, como es presentada por las historias patriarcales, posee un carácter único en la historia de la salvación, pues describe en ellas una relación peculiar e irrepetible con Dios.

Tercera lectura: Éxodo 14,15-15,1 (Paso del mar rojo)

El pueblo de Israel sale de la tierra de Egipto. Estamos ante un relato épico que exalta el poder de Dios a favor de su pueblo en el momento más angustioso de su historia. Este acto salvífico, confirmó su fe en Yahvé: «Y viendo Israel la mano fuerte que Yahvé había desplegado contra los egipcios, temió el pueblo a Yahvé, y creyeron en Yahvé y en Moisés, su siervo». Y se convirtió en un artículo fundamental de fe para todos los que se vincularon al Yavismo.

  • Anuncios proféticos del futuro glorioso

Cuarta lectura: Isaías 54,5-14 (Retorno del pueblo a Jerusalén y misión del siervo de Dios)

En la Escritura, vemos con frecuencia la imagen del esposo y de la esposa para expresar las relaciones de Dios con su pueblo. Pero Dios es Santo en medio de su pueblo. Esto quiere decir que mantiene su compromiso por encima de todo. Es fiel y mantiene su palabra. Dios no se vuelve a tras, sino que utiliza una paciente pedagogía para atraer a su pueblo.

Las traiciones de su pueblo no le apartan ni enfrían el amor primero de Dios. Incluso cuando castiga, sigue amando. Dios manifiesta su misericordia de dos maneras: perdonando sinceramente sus faltas, pecados y errores (janun) y acogiendo con tiernísimo afecto a los desvalidos, a los necesitados y a los que sufren, como una madre a la que se le conmueven las entrañas. (janum). Esta misericordia será eterna por tanto en ella recobra firmeza la esperanza. En Jesús muerto y resucitad vemos manifestado este amor misericordioso.

Quinta lectura: Isaías 55,1-11 (Dios dirige la historia)

Así como la lluvia empapa la tierra y la fecunda por sí misma, así también la palabra de Dios es eficaz por sí misma porque lleva en su propia entraña la fuerza de vida y de liberación.  El hombre tiene la seguridad de encontrar a Dios a su favor, dispuesto al perdón y a la indulgencia, siempre que rectifica y cambia de mentalidad y de actitudes. Dios será siempre el que está muy por encima, más allá de las posibilidades humanas de comprensión, sin dejar de ser cercano y providente que se ocupa de las necesidades de los hombres con singular solicitud y atención. Los planes de Dios corresponden a su providencia universal. Por tanto, ningún plan del hombre puede adecuarse a los planes de Dios. Tampoco puede ser sustituido por nada ni por nadie. Mas bien es el que lo acompaña en su progreso legítimo y provechoso en favor de las personas humanas, imágenes vivas suyas.

Sexta lectura: Baruc 3,9-15.32-4,4 (Obedece y vivirás en paz)

Baruc es más sapiencial que profético. Para encontrar la paz es necesaria la adquisición de la sabiduría que procede de Dios, creador del universo y la paz es la suma de todos los bienes y el resultado de una fidelidad inquebrantable a la voluntad de Dios manifestada en los mandamientos. El exilio es fruto de haber quebrantado el pueblo la alianza con su Dios soberano y protector. Es necesario volver al encuentro con ese Dios que garantiza la justicia y la libertad fundamentos de una paz estable y duradera. En la Vigilia Pascual, la Iglesia quiere que nos detengamos en la experiencia histórica de Israel para entrar mas plenamente en el significado del misterio pascual como liberador y garante de la paz entre los hombres y de los hombres con Dios.

Séptima lectura: Ezequiel 36,16-28 (Os daré un Espíritu nuevo)

Israel es el pueblo de la Alianza. Mediante esta alianza y su aceptación Israel es el pueblo de Dios, pueblo de su propiedad y Dios se compromete a defenderlo y a liberarlo. EL profeta explica la razón de porqué el pueblo está en el exilio: porque  se ha vuelto a los ídolos (que no salvan) y ha abandonado y dado la espalda a Dios (Que siempre lo ha protegido y le dio la tierra). Dios siempre fiel a sí mismo y a su proyecto a favor de su pueblo, decide actuar. De modo que si la dispersión fue el resultado de la infidelidad del pueblo expresada en la idolatría, la reunificación del mismo es el resultado de la intervención del Dios fiel. Cuando Dios realice plenamente su proyecto salvador tendrá lugar la reunificación. En segundo lugar, la promesa de un espíritu nuevo. Una promesa de futuro que se cumple en la Pascua y en Pentecostés. En tercer lugar, la vuelta a la tierra prometida donde Dios ejerce su soberanía sobre su pueblo. Esta tierra que prometió a los patriarcas.

  • Según las escrituras: cumplimiento en Cristo

Primera lectura: Romanos 6,3-11 (La vida en Cristo)

El sentido de la solidaridad que existe en la conciencia de los que forman un mismo clan y una misma familia era más fuerte y profundo que en nuestra mentalidad. Esta realidad proporciona a Pablo una de sus más atrevidas afirmaciones: En Cristo somos un solo cuerpo y para ello es necesario entrar por el camino de su muerte que abre esperanzas para una nueva y real vida para los hombres. Hoy, sobre todo, urge un testimonio de la solidaridad que nos viene del bautismo. Siendo la solidaridad la mejor manera de traducir hoy lo que es la Buena Noticia. Solidaridad real, consciente, responsable y comprometida con Cristo por un lado y con los hombres por otro. Los creyentes encontramos en Jesús la razón más convincente y más exigente a la vez que consoladora.

Evangelio: Marcos 16,1-8 (el sepulcro vacío)

Los cuatro relatos coinciden en que encontraron el sepulcro vacío. Sin embargo esta comprobación no basta para la fe en la resurrección de Jesús. El relato expresa la realidad de la resurrección, pero no es la fuente primera de la fe en el acontecimiento. Mas bien contribuye a entrar en el realismo de la Resurrección. Es necesario otro recurso para que el sepulcro vacío adquiera todo su sentido: la experiencia personal y comunitaria del cristo vivo y la revelación de lo alto que les permite identificar al resucitado con el crucificado. Jesús entregó en la cruz todo su ser humano para la salvación del mundo. Y todo su ser humano vuelve a la vida en su totalidad´. El acontecimiento desborda todas las previsiones y planes de los apóstoles. La actuación de Dios ha sido de vital importancia. La resurrección es la nueva creación que enlaza con el proyecto original de Dios. Se trata de algo de singular importancia para la humanidad. Es la gran respuesta definitiva al gran enigma que pesa sobre la humanidad: ¿Qué sentido tiene la muerte? ¿Qué le espera al hombre después de la muerte? Jesus que había avanzado algunas primicias en las resurrecciones que había realizado, ahora da la respuesta definitiva: después de la muerte espera a la humanidad una vida sin fin, feliz, para siempre y para todos.

Sábado Santo

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  • El Pueblo de Israel

Ha reducido al silencio y a la muerte a su Mesías verdadero. Este es el centro del drama de Israel. El pueblo de la promesa, de la revelación de Dios y de la esperanza, ha rechazado la oferta de salvación, aunque Dios sigue siendo fiel. 

  • El mundo y la humanidad

El mundo acaba de recibir el don más grande de Dios: la donación total de la vida del Mesías, del único que puede dar sentido a su Historia. Pero Dios mantiene su oferta amorosa de salvación: «Tanto amó Dios al mundo».

  • Los Apóstoles

Casi todos regresan a sus antiguas ocupaciones, pero el pastor vuelve a reunirlos. Dos huyen de Jerusalen y los encuentra Jesús en el camino hacia Emaús (Lc 24, 13-35). Esperaban pero no ha sucedido lo esperado.

  • María, la creyente, la probada, la virgen fiel, espera en silencio y calma

Los apóstoles «no comprendieron» (Lc 2,24ss), pero María no cesó de «darle vueltas en su corazón» ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!

  • Jesús mismo

Descendió a los infiernos (=Sheol judío, o Hades griego; el mundo de los muertos, pero no infierno en el sentido de separación eterna de Dios). Jesús desciende al Sheol para culminar la salvación, despojando al enemigo de la vida y del hombre de su poder sobre el hombre. Algunos testimonios bíblicos nos permiten entender esta misión de Jesús en el Sheol:

  • Apocalipsis 1,17-18: «No temas; yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo».
  • Hebreos 2,14-18: «Pues como los hijos participan en la sangre y en la carne, de igual manera Él participó en las misma, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo, y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a su servidumbre».  

Viernes Santo

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1.     Los acontecimientos en su marco histórico
¿por qué la crucifixión?
Los judíos podían dictar sentencia, pero no ejecutarla. Por eso Jesús fue crucificado y no lapidado como correspondía a quien era acusado de blasfemia según las leyes veterotestamentarias. La crucifixión se reservaba para los rebeldes contra Roma.
Ciertamente, hubo algunos personajes que pretendieron ser el mesías y provocaron violencia y levantamientos contra Roma. Pero Jesús como sabemos por la tercera tentación, rechazó la oferta de un liderazgo político-militar, otra cosa es como se pudieron interpretar su libertad de movimientos o su interpretación de ciertas prácticas judías. Pero Jesús se mostró con absoluta fidelidad y a la vez libertad frente a la ley de Moises. Así denunció la hipocresía de los maestros de la ley. Rompió fronteras y distanciamientos sociales. Acogía a los pecadores y comía con ellos. Todo esto confluyó en su muerte violenta.
2.     ¿Qué es lo que provoca la cruz? Los acontecimientos cristológicos
Todo acontece porque el comportamiento de Jesús colocó a Israel frente a una gran disyuntiva: o aceptaban su misión y tenían que cambiar radicalmente las estructuras religiosas o lo rechazaban por falso reformador. No les quedaba otra alternativa. Finalmente, Él, el verdadero Mesías es rechazado e Israel se condena a las tinieblas al rechazar la última y definitiva revelación de Dios. Esto causaba a Jesús un sufrimiento muy superior al sufrimiento físico y Jesús ante el sanedrín se convierte en  modelo y espejo para cuantos se sienten perseguidos, maltratados o incomprendidos por razones de fe, justicia, conciencia o coherencia en su comportamiento. Los creyentes somos llamados a vivir las actitudes de Jesús en su Pasión.
3.     ¿Qué es la cruz? Significación teológica de este acontecimiento.
La cruz es la expresión suprema del amor de Dios
Así lo entendieron los evangelistas. Cristo en la cruz es la suprema expresión del amor de Dios al mundo. El poder de Dios misericordioso se revela especialmente en la Cruz. Los milagros realizados por Jesús eran sólo un pálido anticipo.
La cruz no es un fracaso sino una victoria.
Si Cristo en la cruz es la suprema expresión del amor del Padre, es necesario anunciar a los hermanos que en la cruz se realiza el verdadero encuentro con Dios; que Dios a los que ama los prueba como un buen Padre que es (Carta a los Hebreos); que por los sufrimientos, Jesús aprendió a obedecer y encontrarse con la voluntad de Dios. El creyente se convierte así en un testigo vivo, en medio del mundo, del amor de Dios desde y en la cruz dolorosa y gozosa.
Fuerza liberadora de la cruz
a)     Para ser discípulo de Cristo hay que renunciar a todo (incluso a sí mismo) tomar la cruz y seguirle (Lc 14,25-33)
b)     Para ser discípulos de Jesús es necesario permanecer fieles a su Palabra que es la verdad y que es la única que proporciona la libertad (Jn 8,31ss)
c)     La cruz de Cristo es el valor que tergiversa y subvierte todos los demás valores en los que el hombre cree encontrar su libertad y su felicidad, como son el poder, el bienestar, el prestigio, la ciencia humana (1 Cor 1,17-31)
d)     Conseguida la liberación el discípulo descubre que la cruz es un motivo de gloria y el único valor que merece realmente su atención (Gl 6,14-17)
e)     Es posible conseguir la libertad de los hijos de Dios porque Cristo en la cruz es la suprema expresión del amor del Padre en favor de la humanidad esclavizada por lo único que no la deja realizarse: el pecado (1 Jn 4,7-21). Solo se puede amar de verdad cuando se descubre y se experimenta el amor que el Padre nos tiene a todos los hombres, manifestado en la fuerza liberadora de la cruz.
Cristo en la cruz nos libera de la ley
Cristo en la cruz es el hombre más libre y más obediente a la vez. Vive y nos revela el verdadero origen y fuente de la libertad genuinamente humana: el encuentro con la voluntad amorosa del Padre que engendra libertad.
Cristo en la cruz nos libera del pecado
El pecado no forma parte del proyecto de Dios sobre el hombre. El pecado destruye al hombre, le deshumaniza. Por eso Cristo se hizo semejante a nosotros en todo menos en el pecado (Hb 4,15) Jesús nos libera del pecado al restituirnos al verdadero proyecto de Dios sobre el hombre para su realización y felicidad.
Cristo en la cruz nos libera de la muerte
Dios, es un Dios de vivos (Mc 12) Cristo en la cruz nos libera del temor a la muerte y a los anticipos de la muerte como son el sufrimiento, la soledad y la incapacidad humana.
Gloriarse en la Cruz (Gl 6,11-14)
Gloriarse es considerar el objeto en que nos gloriamos como el más preciado trofeo. Para Pablo y para todo fiel discípulo de Jesús no hay otro trofeo de victoria, de gloria, de triunfo que la Cruz de Cristo. He ahí la novedad del Cristianismo y el programa más ambicioso. 

Jueves Santo

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  • La última cena fue una cena pascual

La última cena de Jesús con los discípulos supone todo el ceremonial de la cena pascual judía, que a su vez supera y llena de un nuevo contenido. En el relato de Mc 14,18-21.22 (cfr Mt 26,21-25.26), se indica que Jesús partió el pan en el transcurso de la comida. La cena pascual era la única comida familiar del año en la que precedía un plato (Mc 14,20) a la fracción del pan. Jesús y sus discípulos bebieron vino en la última cena (Mc 14,23.25 par) lo cual era propio de algunas celebraciones solemnes como la fiesta de Pascua.

  • Gestos de Jesús en esa noche
  • La comunidad Pascual. Jesús se reúne con los apóstoles formando una comunidad o grupo pascual. Este gesto ilumina la celebración-memorial que durante los siglos sigue realizando la Iglesia cuando celebra el sacramento pascual en cualquier tiempo o lugar.
  • Lavatorio de los pies (Jn 13) Es más que un gesto de humildad y servicio. Es un signo que anticipa de alguna manera el acontecimiento de la cruz como expresión del don de la vida de Jesús por la humanidad. Por la reacción de Pedro, expresada en las palabras tú no me lavarás los pies jamás, nos percatamos de la novedad del gesto, de lo incomprensible del mismo para Pedro. Incluso en cierto sentido le resultaba desconcertante y escandaloso. Todo esto nos permite alcanzar su sentido: estar siempre dispuestos al don de la vida por los demás.
  • Institución de la Eucaristía. Jesús toma un pan en sus manos y realiza un gesto inesperado y sorprendente para los discípulos. Eso que tiene en las manos, será él mismo en cuanto que se entrega a la muerte por la humanidad. Y lo mismo hace con la copa. Este gesto desborda el ceremonial judío en cuanto al sentido del pan y de la copa. Es el gesto más importante de los realizados por Jesús en esta noche. Con él establece el marco que ha de llenarse con el acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección.
  • Jesús decide no comer ni beber aquella noche. Estamos tan acostumbrados a pensar que Jesús comió y bebió, que también nos sorprende a nosotros, como también sorprendió a los apóstoles. Esta decisión está relacionada íntimamente con la misión de Jesús. Israel corre el peligro de cerrarse a la revelación de Dios en Jesús y de rechazar a su Mesías verdadero y, con ello, anular el sentido histórico de su misión. Pronto, Dios va a intervenir definitivamente en la historia, luego es necesario abrirse a su oferta. Este es el sentido auténtico del ayuno pascual de Jesús.
  • Palabras de Jesús en la última cena

En toda celebración pascual hay una hagadá (homilía-explicación) en la que se recordaban los motivos por los que se celebraban la fiesta y se instruía a todos. Jesús también realizó su propia hagadá pascual. El punto de referencia es Jn 13-17. En el las palabras de Jesús tratan de descubrir el sentido de todo lo que sucedió en el Cenáculo y los acontecimientos posteriores.Revelación del Padre (Jn 14, 1-14 y 21-24): «El que me ve a mi ve al Padre…» En el clima de la última cena, Jesús quiso revelarnos definitivamente al Padre que nos ama y que ama a todos los hombres, porque por ellos envió a su propio Hijo.

Revelación del Espíritu Santo (Jn 14, 16-17; 14,26; 15,26-27; 16,7-11; 16,12-15.

El Paracletós-Espíritu Santo será enviado, como un don por el Padre a petición y ruegos de Jesús. Estará con la comunidad de los discípulos para garantizar la comunión y habitar en cada uno de sus miembros. Vendrá a enseñar, es decir, a interiorizar las palabras de Jesús. Será también testigo y acompañará el testimonio de los discípulos hasta el martirio, si fuera necesario.

Revelación de la realidad de la Iglesia. Fundamentalmente Jesus nos revela tres aspectos:

La Iglesia en sí misma. Es como una cepa (Jesús) y sus sarmientos (discípulos) : una realidad viva de la que Él es el centro vitalizador y de cohesión. En este marco se encuadra el mandamiento del amor fraterno. EL pensamiento central es que este amor es causa de la unidad, signo ante el mundo y empuje a dar la vida por el otro si fuera necesario.

La Iglesia frente al mundo. Correrá la misma suerte que la que recorrió él. Será perseguida hasta el martirio. Para cumplir esta misión recibe el don del Espíritu.

La Iglesia es una comunidad viva unida y enviada en misión. Es necesario permanecer unidos en la revelación del Nombre del Padre, en la participación de la Gloria y en la escucha de la Palabra, traducida en el amor fraterno, para que el mundo crea y conozca que Jesús es el verdadero enviado del Padre y el único Salvador de la humanidad.

Domingo de Ramos, Ciclo B

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En el segundo Isaías, encontramos cuatro fragmentos de especial belleza literaria y profundidad teológica: los «cánticos del siervo de Dios». La Primera lectura de este domingo es de Is 50,4-7. La fuerte personalidad del siervo realiza diversas tareas en el cumplimiento de su misión, pero la respuesta es la oposición, el enfrentamiento, el desprecio. Es una de las paradojas de la historia de la salvación. Recordemos a Moisés conduciendo al pueblo por el desierto hacia la libertad, pero sobre todo, lo vemos en Jesús, que no opuso resistencia a la voluntad del Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres, seguro – hasta la hora suprema del abandono en la cruz- de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos. Las palabras del profeta-poeta, llamado segundo Isaías, tienen mucho que decirnos hoy a todos nosotros, inmersos en múltiples perplejidades, desconciertos, contradicciones e incomprensibles persecuciones en todos los ámbitos.

La segunda lectura es de Filipenses 2,6-11. Es un himno que Pablo ha tomado de la liturgia cristiana primitiva, con algunas adiciones que introdujo él. Pablo, recurre a este himno para reorientar la vida de la comunidad. Puede entenderse a partir de la expresión “alarde” (No hizo alarde de su categoría de Dios)

Se sobreentiende el parangón con Adán, quien no siendo de tal condición, quiso robarla. Pablo propone a la comunidad de Filipos el ejemplo del nuevo Adán, Cristo. Este aceptó reparar, mediante la humildad y la obediencia hasta la muerte más ignominiosa, la soberbia desobediencia del primer Adán, que precipitó a todo el género humano en el pecado y la muerte. En Cambió, Cristo se vació de sí mismo y tomó la condición de esclavo, que es la nuestra. A dicho anonadamiento, responde la acción de Dios que lo ha exaltado hasta el extremo, de modo que ahora, todo el universo, está llamado a proclamar que Jesucristo es el nombre más alto en el cielo y en la tierra, porque es el nombre del Kyrios, Señor, es decir, Dios, y esta confesión es para gloria del Padre.

El Evangelio es de Marcos 1,14-15,47 y recoge la narración de la pasión, en la que encuentra respuesta la pregunta fundamental ¿Quién es Jesús? Es en la pasión donde se revela el misterio: Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. La afirmación del centurión -un pagano- que lo ve morir «de aquella manera» (15, 39) indica el camino de la incredulidad a la confesión de fe, que cada uno de nosotros está llamado a recorrer contemplando al Crucificado y no pasar como la muchedumbre del «Hosanna» al «crucifícalo». Nos debemos preguntar, si estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor, el camino del amor. Una senda que se manifiesta en su aparente debilidad e inutilidad en el abandono incondicionado a la voluntad del Padre. Pero si aquellos discípulos que, pese a haber estado y convivido con él no lo han comprendido y lo han abandonado y traicionado, nosotros ¿podremos ser fieles?

Es necesario huir y vencer todas las tentaciones de creer que la liberación y la felicidad del hombre se consiguen con la violencia. Pero también es una advertencia a quienes huyen de todo compromiso. Sólo a los pies de la cruz, podremos vivir en la fe del que es Dios y hombre verdadero. Un Dios que muere por amor. Solo así podremos vivir en la novedad que supuso aquel gesto y que puede regenerar nuestra vida, dando lugar a la emergencia del Reino de Dios que está en medio de nosotros.    

Catequesis del amor humano

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5. El significado de la originaria soledad del hombre

1. En la última reflexión del presente ciclo hemos llegado a una conclusión introductoria, sacada de las palabras del libro del Génesis sobre la creación del hombre como varón y mujer. A estas palabras, o sea, al «principio» se refirió el Señor Jesús en su conversación sobre la indisolubilidad del matrimonio (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 1-12). Pero la conclusión a que hemos llegado no pone fin todavía a la serie de nuestros análisis. Efectivamente, debemos leer de nuevo las narraciones del capítulo primero y segundo del libro del Génesis en un contexto más amplio, que nos permitirá establecer una serie de significados del texto antiguo, al que se refirió Cristo. Por tanto, hoy reflexionaremos sobre el significado de la soledad originaria del hombre.

2. El punto de partida para esta reflexión nos lo dan directamente las siguientes palabras del libro del Génesis: «No es bueno que el hombre (varón) esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gén 2, 18). Es Dios Yahvé quien dice estas palabras. Forman parte del segundo relato de la creación del hombre y provienen, por lo tanto, de la tradición yahvista. Como hemos recordado anteriormente, es significativo que, en cuanto al texto yahvista, el relato de la creación del hombre (varón) es un pasaje aislado (cf. Gén 2, 7), que precede al relato de la creación de la primera mujer (cf. Gén 2, 21-22). Además es significativo que el primer hombre (‘adam), creado del «polvo de la tierra», sólo después de la creación de la primera mujer es definido como varón (‘is). Así, pues, cuando Dios-Yahvé pronuncia las palabras sobre la soledad, las refiere a la soledad del «hombre» en cuanto tal, y no sólo a la del varón (1).

Pero es difícil, basándose sólo en este hecho, ir demasiado lejos al sacar las conclusiones. Sin embargo, el contexto completo de esa soledad de la que habla el Génesis 2, 18, puede convencernos de que se trata de la soledad del «hombre» (varón y mujer), y no sólo de la soledad del hombre-varón, producida por la ausencia de la mujer. Parece, pues, basándonos en todo el contexto, que esta soledad tiene dos significados: uno, que se deriva de la naturaleza misma del hombre, es decir, de su humanidad (y esto es evidente en el relato del Gén 2), y otro, que se deriva de la relación varón-mujer, y esto es evidente, en cierto modo, en base al primer significado. Un análisis detallado de la descripción parece confirmarlo.

3. El problema de la soledad se manifiesta únicamente en el contexto del segundo relato de la creación del hombre. En el primer relato no existe este problema. Allí el hombre es creado en un solo acto como «varón y mujer» («Dios creó al hombre a imagen suya… varón y mujer los creó», Gén 1, 27). El segundo relato que, como ya hemos mencionado, habla primero de la creación del hombre y sólo después de la creación de la mujer de la «costilla» del varón, concentra nuestra atención sobre el hecho de que «el hombre está solo», y esto se presenta como un problema antropológico fundamental, anterior, en cierto sentido, al propuesto por el hecho de que este hombre sea varón y mujer. Este problema es anterior no tanto en el sentido cronológico, cuanto en el sentido existencial: es anterior «por su naturaleza». Así se revelará también él problema de la soledad del hombre desde el punto de vista de la teología del cuerpo, si llegamos a hacer un análisis profundo del segundo relato de la creación en el Génesis 2.

4. La afirmación de Dios-Yahvé «no es bueno que el hombre esté solo», aparece no sólo en el contexto inmediato de la decisión de crear a la mujer («voy a hacerle una ayuda semejante a él»), sino también en el contexto más amplio de motivos y circunstancias, que explican más profundamente el sentido de la soledad originaria del hombre. El texto yahvista vincula ante todo la creación del hombre con la necesidad de «trabajar la tierra» (Gén 2, 5), y esto correspondería, en el primer relato, a la vocación de someter y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28). Después el segundo relato de la creación habla de poner al hombre en el «jardín en Edén», y de este modo nos introduce en el estado de su felicidad original. Hasta este momento el hombre es objeto de la acción creadora de Dios-Yahvé, quien al mismo tiempo, como legislador, establece las condiciones de la primera alianza con el hombre. Ya a través de esto, se subraya la subjetividad del hombre, que encuentra una expresión ulterior cuando el Señor Dios «trajo ante el hombre (varón) todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo las llamaría» (Gén 2, 19). Así, pues, el significado primitivo de la soledad originaria del hombre está definido a base de un «test» específico, o de un examen que el hombre sostiene frente a Dios (y en cierto modo también frente a sí mismo). Mediante este «test», el hombre toma conciencia de la propia superioridad, es decir, de que no puede ponerse al nivel de ninguna otra especie de seres vivientes sobre la tierra.

En efecto, como dice el texto, «y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera» (Gén 2, 19). «Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas la aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero -termina el autor- entre todos ellos no había para el hombre (varón) ayuda semejante a él» (Gén 2, 19-20).

5. Toda esta parte del texto es sin duda una preparación para el relato de la creación de la mujer. Sin embargo, posee un significado profundo, aun independientemente de esta creación. He aquí que el hombre creado se encuentra, desde el primer momento de su existencia, frente a Dios como en búsqueda de la propia entidad; se podría decir: en búsqueda de la definición de sí mismo. Un contemporáneo diría: en la propia identidad». La constatación de que el hombre «está solo» en medio del mundo visible y, en especial, entre los seres vivientes tiene un significado negativo en este estudio, en cuanto expresa lo que él «no es». No obstante, la constatación de no poderse identificar esencialmente con el mundo visible de los otros seres vivientes (animalia) tiene, al mismo tiempo, un aspecto positivo para este estudio primario: aun cuando esta constatación no es todavía una definición completa, constituye, sin embargo, uno de sus elementos. Si aceptamos la tradición aristotélica en la lógica y en la antropología, sería necesario definir este elemento como «genero próximo» (genus proximum) (2).

6. El texto yahvista nos permite, sin embargo, descubrir incluso elementos ulteriores en ese maravilloso paisaje, en el que el hombre se encuentra solo frente a Dios, sobre todo para expresar, a través de una primera autodefinición, el propio autoconocimiento, como manifestación primitiva y fundamental de humanidad. El autoconocimiento va a la par del conocimiento del mundo, de todas las criaturas visibles, de todos los seres vivientes a los que el hombre ha dado nombre para afirmar frente a ellos la propia diversidad. Así, pues, la conciencia revela al hombre como el que posee la facultad cognoscitiva respecto al mundo visible. Con este conocimiento que lo hace salir, en cierto modo, fuera del propio ser, al mismo tiempo el hombre se revela a sí mismo en toda la peculiaridad de su ser. No está solamente esencial y subjetivamente solo. En efecto, soledad significa también subjetividad del hombre, la cual se constituye a través del autoconocimiento.

El hombre está solo porque es «diferente» del mundo visible, del mundo de los seres vivientes. Analizando el texto del libro del Génesis, somos testigos, en cierto sentido, de cómo el hombre «se distingue» frente a Dios-Yahvé de todo el mundo de los seres vivientes (animalia) con el primer acto de autoconciencia, y de cómo, por lo tanto, se revela a sí mismo y, a la vez, se afirma en el mundo visible con «esperanza». Ese proceso delineado de modo tan incisivo en el Génesis 2, 19-20, proceso en búsqueda de una definición de sí, no lleva sólo a indicar -empalmando con la tradición aristotélica- el genus proximum, que en el capítulo 2 del Génesis se expresa con las palabras: «ha puesto el hombre», al que corresponde, la «diferencia» específica que, según la definición de Aristóteles, es noûs, zoom noetikón. Este proceso lleva también él primer bosquejo del ser humano como persona humana con la subjetividad propia que la caracteriza.

Interrumpimos aquí el análisis del significado de la soledad originaria del hombre. Lo reanudaremos en los capítulos sucesivos.

(1) El texto hebreo llama constantemente al primer hombre ha’adam, mientras el termino ‘is («varón») se introduce solamente cuando surge la confrontación con la ‘isa («mujer»).

«El hombre», pues, estaba solitario sin referencia al sexo.

Pero en la traducción a algunas lenguas europeas es difícil expresar este concepto del Génesis, porque «hombre» y «varón» se definen ordinariamente con una sola palabra: «homo», «uomo», «hombre», «man».

(2) «An essential (quidditive) definition is a statement which explains the essence or nature of things.

It will be essential when we can define a thing by its proximate genus and specific differentia.

The proximate genus includes within its comprehension all the essential elements of the genera above it and therefore includes all the beings that are cognate or similar in nature to the thing that is being defined; the specific differentia, on the other hand brings in the distinctive element which separates this thing from all others of a similar nature, by because an animal is a «sentient, living, material substance» (…) The specific differentia «rational» is the one distinctive essential element which distinguishes man» and every other «animal». It therefore makes lum a species of him own and separates him from every other «animal» and every other, genus above animal, ineluding plants, inanimate bodies and substance.

Furthermore, since the specific differentia is the distinctive element in the essence of man, it includes all the characteristic «properties» which lie in the nature of man as man, namely power of speech, morality, governoment, religión, immortality, etc.: realities which are absent in all other beings in this physical world».

(C.N. Bittle, The Science of Correct Thinking, Logic, Milwaukee (197412, pp. 73-74.)

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5º Domingo de Cuaresma, Ciclo B

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El profeta Jeremías en la primera lectura (Jer 31,31-34) anuncia la nueva Alianza, que Dios quiere establecer con Israel. La nueva Alianza reemplaza a la antigua, porque había sido rota y porque Israel no la aceptó. Pero Dios sigue adelante con su plan de salvación, aunque con otra manera de llegar al corazón y conducirnos a la verdad y a la salvación. Implantando su voluntad en el mismo corazón. Este nuevo pacto ya no está formulado en normas impuestas desde fuera, sino basado en una unión íntima -esponsal- entre Dios y su pueblo. Esa es la característica de los tiempos nuevos, que llegan a su plenitud con Cristo, que declara realizada esta Alianza en la última cena y su pleno cumplimiento, cuando al expirar en la cruz entregue el Espíritu, que es principio de la nueva ley en el interior del creyente.

La segunda lectura de Hebreos 5,7-9, nos lleva a un momento de la vida de Jesús desconcertante y admirable a la vez: la oración en el huerto de los olivos. Allí Jesús sintió la profunda realidad humana de su encarnación real, autentica, con todas las consecuencias (menos la del pecado) pues el pecado no solo repugna a la persona divina de Jesús, sino que Jesús es el modelo humano ejemplar, y el pecado no es humano, ya que deshumaniza al hombre. El Sufrimiento de Jesus fue por tanto un sufrimiento fecundo, eso es lo que se desprende de la expresión: «a pesar de ser hijo, aprendió sufriendo a obedecer». Su padecer fue un padecer amoroso propio de un corazón nuevo, obediente y filial, como prometió Dios al profeta Jeremías. Si bien el pecado nos destruye y deshumaniza, el sufrimiento aceptado libre y generosamente nos curte y nos hace crecer.

El Evangelio es de Jn 12,20-23, se le conoce como el Getsemaní joaneo. En Juan se habla del prendimiento, pero no de la oración de Jesús ni del diálogo con los discípulos dormidos, que abandonaron al maestro en el momento culminante de su vida. Todo ello, acompañado de rasgos muy distintivos y singulares, de modo que, la muerte es fuente de vida, el grano de trigo que muere da mucho fruto y nadie vive verdaderamente si no acepta penetrar en este misterio del grano que muere, misterio vivido por él, antes que nadie.

«He venido para esta hora». Desde las bodas de Caná en donde Jesus responde a su madre: «mujer aun no ha llegado mi hora», todo apunta hacia un momento culminante en el que Dios se revelará plenamente en Jesús su Hijo y realizará su proyecto definitivo. Esa hora es el Exodo de Jesus a su Padre. Esto es, la muerte-glorificación, expresión suprema del amor del Padre y del poder salvador de Dios.  

Jesús, se siente conmovido con la perspectiva de lo que le espera, pero el centro de su ser permanece estable en su adhesión incondicional a la voluntad del Padre, que el vino a cumplir. Esta obediencia filial glorifica al Padre y realiza la salvación del mundo. Es la entrega total de si mismo, es la que le convierte en juez misericordioso y la que expulsa al príncipe de este mundo, que divide, miente y engaña, para así, inaugurar el Reino de Dios. Nos encontramos ante la hora decisiva de la Historia: la hora de su muerte de cruz. La Kénosis de la encarnación llegará a sus últimas consecuencias en la pasión y muerte de Jesús.  

ero. Un Dios que muere por amor. Solo así podremos vivir en la novedad que supuso aquel gesto y que puede regenerar nuestra vida, dando lugar a la emergencia del Reino de Dios que está en medio de nosotros.    

San José: el sueño de Dios

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA 58 JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado 8 de diciembre, con motivo del 150.º aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia universal, comenzó el Año dedicado especialmente a él (cf. Decreto de la Penitenciaría Apostólica, 8 de diciembre de 2020). Por mi parte, escribí la Carta apostólica Patris corde para «que crezca el amor a este gran santo». Se trata, en efecto, de una figura extraordinaria, y al mismo tiempo «tan cercana a nuestra condición humana». San José no impactaba, tampoco poseía carismas particulares ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso y tampoco se hacía notar, los Evangelios no recogen ni una sola palabra suya. Sin embargo, con su vida ordinaria, realizó algo extraordinario a los ojos de Dios.

Dios ve el corazón (cf. 1 Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza. Esto es lo que el sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida. San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino.

San José nos sugiere tres palabras clave para nuestra vocación. La primera es sueño. Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es correcto que tengamos grandes expectativas, metas altas antes que objetivos efímeros —como el éxito, el dinero y la diversión—, que no son capaces de satisfacernos. De hecho, si pidiéramos a la gente que expresara en una sola palabra el sueño de su vida, no sería difícil imaginar la respuesta: “amor”. Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente. San José tiene mucho que decirnos a este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don.

Los Evangelios narran cuatro sueños (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Eran llamadas divinas, pero no fueron fáciles de acoger. Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los proyectos misteriosos de Dios. Él confió totalmente. Pero podemos preguntarnos: “¿Qué era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza?”. Aunque en la antigüedad se le prestaba mucha atención, seguía siendo poco ante la realidad concreta de la vida. A pesar de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno” sólo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes.

Los sueños condujeron a José a aventuras que nunca habría imaginado. El primero desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios. En todas estas vicisitudes, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, porque se adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido, san José representa un icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios. Pero su acogida es activa, nunca renuncia ni se rinde, «no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte» (Carta ap. Patris corde, 4). Que él ayude a todos, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir “sí” al Señor, que siempre sorprende y nunca decepciona.

La segunda palabra que marca el itinerario de san José y de su vocación es servicio. Se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo. El santo Pueblo de Dios lo llama esposo castísimo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso se ha extendido a lo largo de las generaciones y su protección solícita lo ha convertido en patrono de la Iglesia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el sentido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fueron posibles porque estaban sostenidos por un amor más grande: «Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración» (ibíd., 7).

Para san José el servicio, expresión concreta del don de sí mismo, no fue sólo un ideal elevado, sino que se convirtió en regla de vida cotidiana. Él se esforzó por encontrar y adaptar un lugar para que naciera Jesús, hizo lo posible por defenderlo de la furia de Herodes organizando un viaje repentino a Egipto, se apresuró a regresar a Jerusalén para buscar a Jesús cuando se había perdido y mantuvo a su familia con el fruto de su trabaja, incluso en tierra extranjera. En definitiva, se adaptó a las diversas circunstancias con la actitud de quien no se desanima si la vida no va como él quiere, con la disponibilidad de quien vive para servir. Con este espíritu, José emprendió los numerosos y a menudo inesperados viajes de su vida: de Nazaret a Belén para el censo, después a Egipto y de nuevo a Nazaret, y cada año a Jerusalén, con buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas. Se podría decir que era la mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra. Por eso, no puede más que ser un modelo para todas las vocaciones, que están llamadas a ser las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas.

Me gusta pensar entonces en san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como custodio de las vocaciones. Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su disponibilidad para servir. «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2,14), dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en analizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no perseguimos obstinadamente nuestras propias ambiciones y no nos dejamos paralizar por nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace maravillas, como en José.

Además de la llamada de Dios —que cumple nuestros sueños más grandes— y de nuestra respuesta —que se concreta en el servicio disponible y el cuidado atento—, hay un tercer aspecto que atraviesa la vida de san José y la vocación cristiana, marcando el ritmo de lo cotidiano: la fidelidad. José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes. En un momento especialmente difícil se pone a “considerar todas las cosas” (cf. v. 20). Medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia. Sabe que la existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones. Esto corresponde a la laboriosidad serena y constante con la que desempeñó el humilde oficio de carpintero (cf. Mt 13,55), por el que no inspiró las crónicas de la época, sino la vida cotidiana de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos. Porque la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día.

¿Cómo se alimenta esta fidelidad? A la luz de la fidelidad de Dios. Las primeras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20). No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día.

Esta fidelidad es el secreto de la alegría. En la casa de Nazaret, dice un himno litúrgico, había «una alegría límpida». Era la alegría cotidiana y transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo. ¡Qué hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y radiante, sobria y esperanzadora, impregnara nuestros seminarios, nuestros institutos religiosos, nuestras casas parroquiales! Es la alegría que deseo para ustedes, hermanos y hermanas que generosamente han hecho de Dios el sueño de sus vidas, para servirlo en los hermanos y en las hermanas que les han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que se desvanecen sin dejar alegría. Que san José, custodio de las vocaciones, los acompañe con corazón de padre.

Roma, San Juan de Letrán, 19 de marzo de 2021, Solemnidad de San José

Catequesis del amor humano

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4. Unión entre la Inocencia y la redención realizada por Cristo

1. Cristo, respondiendo a la pregunta sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio, se remitió a lo que está escrito en el libro del Génesis sobre el tema del matrimonio. En nuestras dos reflexiones precedentes hemos sometido a análisis tanto al llamado texto elohista (Gén 1), como el yahvista (Gén 2). Hoy queremos sacar algunas conclusiones de este análisis.

Cuando Cristo se refiere al «principio», lleva a sus interlocutores a superar, en cierto modo, el límite que, en el libro del Génesis, hay entre el estado de inocencia original y el estado pecaminoso que comienza con la caída original.

Simbólicamente se puede vincular este límite con el árbol de la ciencia del bien y del mal, que en el texto yahvista delimita dos situaciones diametralmente opuestas: la situación de la inocencia original y la del pecado original. Estas situaciones tienen una dimensión propia en el hombre, en su interior, en su conocimiento, conciencia, opción y decisión, y todo esto en relación con Dios Creador que, en el texto yahvista (Gén 2 y 3) es, al mismo tiempo, el Dios de la Alianza, de la alianza más antigua del Creador con su criatura, es decir, con el hombre. El árbol de la ciencia del bien y del mal, como expresión y símbolo de la alianza con Dios, rota en el corazón del hombre, delimita y contrapone dos situaciones y dos estados diametralmente opuestos: el de la inocencia original y el del pecado original, y a la vez del estado pecaminoso hereditario en el hombre que deriva de dicho pecado. Sin embargo, las palabras de Cristo, que se refieren al «principio», nos permiten encontrar en el hombre una continuidad esencial y un vínculo entre estos dos diversos estados o dimensiones del ser humano. El estado de pecado forma parte del «hombre histórico», tanto del que se habla en Mateo 19, esto es, del interlocutor de Cristo entonces, como también de cualquier otro interlocutor potencial o actual de todos los tiempos de la historia y, por lo tanto, naturalmente, también del hombre de hoy. Pero ese estado -el estado «histórico» precisamente- en cada uno de los hombres, sin excepción alguna, hunde las raíces en su propia «prehistoria» teológica, que es el estado de la inocencia original.

2. No se trata aquí de sola dialéctica. Las leyes del conocer responden a las del ser. Es imposible entender el estado pecaminoso «histórico», sin referirse o remitirse (y Cristo efectivamente a él se remite) al estado de inocencia original (en cierto sentido «prehistórica») y fundamental. El brotar, pues, del estado pecaminoso, como dimensión de la existencia humana, está, desde los comienzos, en relación con esta inocencia real del hombre como estado original y fundamental, como dimensión de ser creado «a imagen de Dios». Y así sucede no sólo para el primer hombre, varón y mujer, como dramatis personæ y protagonista de las vicisitudes descritas en el texto yahvista de los capítulos 2 y 3 del Génesis, sino también para todo el recorrido histórico de la existencia humana. El hombre histórico está, pues por así decirlo, arraigado en su prehistoria teológica revelada; y por esto cada punto de su estado pecaminoso histórico se explica (tanto para el alma como para el cuerpo) con referencia a la inocencia original. Se puede decir que esta referencia es «coheredad» del pecado, y precisamente del pecado original. Si este pecado significa, en cada hombre histórico, un estado de gracia perdida, entonces comporta también una referencia a esa gracia, que era precisamente la gracia de la inocencia original.

3. Cuando Cristo, según el capítulo 19 de San Mateo, se remite al «principio», con esta expresión no indica sólo el estado de inocencia original como horizonte perdido de la existencia humana en la historia. Tenemos el derecho de atribuir al mismo tiempo toda la elocuencia del misterio de la redención a las palabras que El pronuncia con sus propios labios. Efectivamente, ya en el ámbito del mismo texto yahvista del Gén 2 y 3, somos testigos de que el hombre, varón y mujer, después de haber roto la alianza original con su Creador, recibe la primera promesa de redención en las palabras del llamado Protoevangelio en el Gén 3, 15 (1), y comienza a vivir en la perspectiva teológica de la redención. Así, pues, el hombre «histórico» -tanto el interlocutor de Cristo de aquel tiempo, del que habla Mt 19, como el hombre de hoy- participa de esta perspectiva. El participa no sólo en la historia del estado pecaminoso humano como sujeto y cocreador. Por lo tanto, está no sólo cerrado, a causa de su estado pecaminoso, respecto a la inocencia original, sino que está al mismo tiempo abierto hacia el misterio de la redenci-cuerpo lo percibimos sobre todo con la experiencia. A la luz de las mencionadas consideraciones fundamentales, tenemos pleno derecho de abrigar la convicción de que esta nuestra experiencia «histórica» debe, en cierto modo, detenerse en los umbrales de la inocencia original del hombre, porque en relación con ella permanece inadecuada. Sin embargo, a la luz de la perspectiva de la redención del cuerpo garantiza la continuidad y la unidad entre el estado hereditario del pecado del hombre y su inocencia original, aunque esta inocencia la haya perdido históricamente de modo irremediable. También es evidente que Cristo tiene el máximo derecho de responder a la pregunta que le propusieron los doctores de la Ley y de la Alianza (como leemos en Mt 19 y en Mc 10), en la perspectiva de la redención sobre la cual se apoya la misma Alianza.

4. Si en el contexto de la teología del hombre-cuerpo, así delineado sustancialmente, pensamos en el método de los análisis ulteriores acerca de la revelación del «principio», en el que es esencial la referencia a los primeros capítulos del libro del Génesis, debemos dirigir inmediatamente nuestra atención a un factor que es particularmente importante para la interpretación teológica: importante porque consiste en la relación entre revelación y experiencia. En la interpretación de la revelación acerca del hombre y sobre todo acerca del cuerpo, debemos referirnos a la experiencia por razones comprensibles, ya que el hombre-cuerpo lo percibimos sobre todo con la experiencia. A la luz de las mencionadas consideraciones fundamentales, tenemos pleno derecho de abrigar la convicción de que esta nuestra experiencia «histórica» debe, en cierto modo, detenerse en los umbrales de la inocencia original del hombre, porque en relación con ella permanece inadecuada. Sin embargo, a la luz de las mismas consideraciones introductorias, debemos llegar a la convicción de que nuestra experiencia humana es, en este caso, un medio de algún modo legítimo para la interpretación teológica, y es, en cierto sentido, un punto de referencia indispensable, al que debemos remitirnos en la interpretación del «principio». El análisis más detallado del texto nos permitirá tener una visión más clara de él.

5. Parece que las palabras de la carta a los Romanos 8, 23, que acabamos de citar, orientan mejor nuestras investigaciones, centradas en la revelación de ese «principio», al que se refirió Cristo en su conversación sobre la indisolubilidad del matrimonio (Mt 19 y Mc 10). Todos los análisis sucesivos que se harán a este propósito basándose en los primeros capítulos del Génesis, reflejarán casi necesariamente la verdad de las palabras paulinas: «Nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, suspirando por… la redención de nuestro cuerpo». Si nos ponemos en esta actitud -tan profundamente concorde con la experiencia (2)-, el «principio» debe hablarnos con la gran riqueza de luz que proviene de la revelación, a la que desea responder sobre todo la teología. La continuación de los análisis nos explicará por qué y en qué sentido ésta debe ser teología del cuerpo.

(1) Ya la traducción griega del Antiguo Testamento, la de los Setenta, que se remonta más o menos al siglo II a.C., interpreta el Gén 3, 15 en el sentido mesiánico, aplicando el pronombre masculino autós refiriéndose al sustantivo neutro griego sperma (semen de la Vulgata). La traducción judía mantiene esta interpretación.

La exégesis cristiana, comenzando por San Ireneo (Adv. Hær. III, 23, 7) ve este texto como «Protoevangelio», que preanuncia la victoria sobre Satanás traída por Jesucristo. Aunque en los últimos siglos los estudiosos de la Sagrada Escritura hayan interpretado diversamente esta perícopa, y algunos de ellos impugnen la interpretación mesiánica, sin embargo en los últimos tiempos se retorna a ella bajo un aspecto un poco distinto. El autor yahvista une efectivamente la prehistoria con la historia de Israel, que alcanza su cumbre en la dinastía mesiánica de David, que llevará a cumplimiento las promesas del Gén 3, 15 (cf. 2 Sam 7, 12).

El Nuevo Testamento ha ilustrado el cumplimiento de la promesa en la misma perspectiva mesiánica: Jesús es Mesías, descendiente de David (Rom 1, 3; 2 Tim 2, 8), nacido mujer (Gál 4, 4), nuevo Adán-David (1 Cor 15), que debe reinar «hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15, 25). Y finalmente (Apoc 12, 1-10) presenta el cumplimiento final de la profecía del Gén 3, 15, que aun no siendo anuncio claro e inmediato de Jesús, como Mesías de Israel, sin embargo conduce a El a través de la tradición real y mesiánica que une al Antiguo y al Nuevo Testamento.

(2) Hablando aquí de la relación entre la «experiencia» y la «revelación», más aún, de una convergencia sorprendente entre ellas, sólo queremos constatar que el hombre, en su estado actual de existir en el cuerpo, experimenta múltiples limitaciones, sufrimientos, pasiones, debilidades y finalmente la misma muerte, los cuales, al mismo tiempo, refieren este su existir en el cuerpo a un diverso estado o dimensión. Cuando San Pablo escribe sobre la «redención del cuerpo», habla con el lenguaje de la revelación; la experiencia efectivamente no está en condiciones de captar este contenido, o mejor esta realidad. Al mismo tiempo en el conjunto de este contenido el autor de Rom 8, 23 toma de nuevo todo lo que, tanto a él como, en cierto modo, a todo hombre (independientemente de su relación con la revelación) se le ha ofrecido a través de la experiencia de la existencia humana que es una existencia en el cuerpo.

Tenemos, pues, el derecho de hablar de la relación entre la experiencia y la revelación, más aún, tenemos el derecho de proponer el problema de su relación recíproca, si bien para muchos entre la una y la otra hay una línea de demarcación que es una línea de total antítesis y de antinomía radical. Esta línea, a su parecer, debe ser trazada sin duda entre la fe y la ciencia, entre la teología y la filosofía. Al formular este punto de vista, se tienen en cuenta más bien conceptos abstractos que no el hombre como sujeto vivo.

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4º Domingo Cuaresma Ciclo B

Destacado

La historia de la salvación se podría definir como el encuentro de un pueblo que no acertaba a ser fiel a un Dios, que no dejaba de serlo nunca. La primera lectura de 2 Crónicas 36,14-16, nos muestra como seis siglos después de la liberación de Egipto, Israel llegó a una situación marcada por las dificultades para entender a su Dios, que se comprometió a un solemne pacto de superior a inferior (Alianza del Sinaí) y que no ha recibido la contrapartida de la respuesta del hombre. A pesar de todo, Dios sigue enviando mensajeros, pero ellos se burlaron, los despreciaron y se mofaron de ellos. Es difícil escuchar la voz de Dios. No en vano, Jesús proclamará dichosos, a los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 11,27). Es difícil abrirse siempre a la Palabra de Dios, aunque es liberadora, discrimina, discierne y criba.

La segunda lectura es de Efesios 2, 4-10, nos recuerda que la salvación por Cristo es totalmente gratuita pues parte de Dios que es rico en misericordia, misericordia que en hebreo se expresa con dos vocablos complementarios: janum y rajum. Dios es misericordioso (janum) cuando se acerca al hombre para perdonarlo. El Dios que perdona lo hace porque sabe de qué masa hemos sido formados. Pero Dios es también misericordioso (rajum) cuando se acerca a los hombres con tiernísimo afecto, conmovido en sus entrañas como una madre auténtica. Así lo vemos por ejemplo en Oseas, y sobre todo en la parábola de hijo pródigo ¡Dios es así! ¿Queréis reprocharle su conducta, preguntaba Jesús a los escribas y fariseos que criticaban su comportamiento con los pecadores? Así pues, lo acontecido en Cristo en favor de los hombres desborda por todas partes y Pablo tiene que recurrir a expresiones nuevas para poner de relieve como que hemos sido vivificados en Cristo, hemos resucitado con Cristo y hemos sido sentados con él en los cielos. La omnipotencia de Dios se manifiesta en su amor. De modo que hemos sido recreados, vueltos a crear y nuestras obras son el desbordar de la gracia, de modo que ya no hay lugar para la vanagloria, sino para la acción de gracias.

El Evangelio es de Juan 3,14-2.  Nos presenta la respuesta de Jesús a Nicodemo, en la que nos revela su propia identidad y la misión que ha recibido del Padre. Después de haberse identificado con la figura gloriosa del Hijo del hombre bajado del cielo, se compara con la serpiente de bronce que Moises había levantado en el desierto para librar de la muerte segura al pueblo pecador. Hay que tener en cuenta que la serpiente recuerda la muerte, pero también su antídoto, de hecho, entre los pueblos cananeos, la serpiente es símbolo de fecundidad. Así pues, Cristo elevado en la cruz, aunque represente el culmen de la ignominia, constituye también el máximo de su gloria. Para San Juan la elevación en la cruz, coincide con la glorificación de Cristo, porque en la cruz se manifiesta en todo su esplendor el amor salvífico de Dios que mueve a entregar al Hijo para que el hombre pase del pecado a la vida eterna. Pero esto exige la acogida en la fe: en el desierto había que mirar a la serpiente de bronce, ahora se debe creer en Jesús. Cada uno con su adhesión o rechazo, hace una opción que entraña un juicio. Esto es, si descubrimos por la fe en el exaltado (como la serpiente de bronce en el desierto y que es signo de salvación para el que la miraba) al propio Jesús como hijo del hombre.