1º de Cuaresma, ciclo B

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La Cuaresma que hemos empezado el miércoles de ceniza, era en la Iglesia primitiva, el tiempo en el que los que se iban a bautizar la noche de pascua se preparaban de forma más intensa. Tanto la primera lectura como la segunda y el Evangelio, hacen referencia al bautismo.

La primera lectura de Génesis 9,8-15, nos recuerda como el hombre poco a poco llevó la injusticia hasta el límite y roto el proyecto de Dios, que es la fuente de la vida, se desequilibró la relación del hombre con los demás y con Dios. El diluvio, representa así el combate frente al mal, el deseo de volver al origen y de comenzar de nuevo. Noe es el comienzo de una primera nueva humanidad, pero será Cristo el que haga nuevas todas las cosas, llevándonos por su muerte y resurrección a la comunión con Dios y así hará que su plan llegue a todos, pues Dios nos creó para la vida, no para la muerte; libres, pero no desligados de él. La sangre de Cristo derramada en la cruz, es «la sangre de la Alianza nueva y eterna».

La segunda lectura, es de la primera carta de Pedro y deja entrever el eco de las primeras liturgias bautismales. El Autor, se dirige a cristianos perseguidos en Bitinia, Ponto y Galacia, exhortándolos a que del mismo modo que se incorporaron sacramentalmente a la muerte y resurrección de Jesucristo, ahora, que experimentan, realmente la muerte sangrienta, participan realmente de su resurrección. Si en tiempo de Noe fue a través del Arca como se salvaron unos cuantos, ahora es en la Iglesia donde nos encontramos con Jesucristo por el bautismo y con su entrega inocente por nosotros, los culpables. Así nos restablece a la comunión con Dios y entre nosotros y nos conduce al que es la fuente de la vida, de la verdadera identidad y de la propia dignidad. El bautismo, supone así un nuevo comienzo, como ocurrió en el diluvio y de este modo, la presencia del cristiano en el mundo, es una lucha contra el mal en todas sus manifestaciones como: la violencia, la injusticia, la pobreza, el desamor, y ello, desde la fuerza del bien.

En el Evangelio de Marcos 1,12-15. Jesus después de recibir el bautismo de Juan, se retira al desierto para ser tentado, pero en realidad, Jesus fue tentado durante toda su vida y ministerio en la misión que se le encomienda en el bautismo. Esto es: la salvación a través del verdadero mesianismo y de la tarea del Siervo de Yahvé. De este modo, es tentado a escoger entre el pan y la Palabra, ambos necesarios, pero la Palabra va más allá, pues nos recuerda que somos creaturas de Dios. Es tentado entre la ostentación y la silenciosa eficacia salvadora. El diablo le invita a manifestarse públicamente en Jerusalén, pero el subirá a Jerusalén oculto y para dar su vida en la cruz para librarnos del poder de la ley, del pecado y de la muerte. Por último, deberá escoger entre el poder temporal o la salvación total y universal. Los zelotas están detrás de esta tentación, pero el plan de Dios tampoco coincide en este caso con las expectativas del pueblo.

Necesitamos también nosotros de este tiempo fuerte, de escucha de la Palabra, de reflexión, de fidelidad y así nos podamos preparar para la pascua, en donde renovaremos nuestro bautismo y con él renovaremos nuestra fe y toda nuestra vida.     

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

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Miércoles de ceniza

Basílica de Santa Sabina
Miércoles, 26 de febrero de 2020

Comenzamos la Cuaresma recibiendo las cenizas: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3,19). El polvo en la cabeza nos devuelve a la tierra, nos recuerda que procedemos de la tierra y que volveremos a la tierra. Es decir, somos débiles, frágiles, mortales. Respecto al correr de los siglos y los milenios, estamos de paso; ante la inmensidad de las galaxias y del espacio, somos diminutos. Somos polvo en el universo. Pero somos el polvo amado por Dios. Al Señor le complació recoger nuestro polvo en sus manos e infundirle su aliento de vida (cf. Gn 2,7). Así que somos polvo precioso, destinado a vivir para siempre. Somos la tierra sobre la que Dios ha vertido su cielo, el polvo que contiene sus sueños. Somos la esperanza de Dios, su tesoro, su gloria.

La ceniza nos recuerda así el trayecto de nuestra existencia: del polvo a la vida. Somos polvo, tierra, arcilla, pero si nos dejamos moldear por las manos de Dios, nos convertimos en una maravilla. Y aún así, especialmente en las dificultades y la soledad, solamente vemos nuestro polvo. Pero el Señor nos anima: lo poco que somos tiene un valor infinito a sus ojos. Ánimo, nacimos para ser amados, nacimos para ser hijos de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: Al comienzo de la Cuaresma, necesitamos caer en la cuenta de esto. Porque la Cuaresma no es el tiempo para cargar con moralismos innecesarios a las personas, sino para reconocer que nuestras pobres cenizas son amadas por Dios. Es un tiempo de gracia, para acoger la mirada amorosa de Dios sobre nosotros y, sintiéndonos mirados así, cambiar de vida. Estamos en el mundo para caminar de las cenizas a la vida. Entonces, no pulvericemos la esperanza, no incineremos el sueño que Dios tiene sobre nosotros. No caigamos en la resignación. Y te preguntas: “¿Cómo puedo confiar? El mundo va mal, el miedo se extiende, hay mucha crueldad y la sociedad se está descristianizando…”. Pero, ¿no crees que Dios puede transformar nuestro polvo en gloria?

La ceniza que nos imponen en nuestras cabezas sacude los pensamientos que tenemos en la mente. Nos recuerda que nosotros, hijos de Dios, no podemos vivir para ir tras el polvo que se desvanece. Una pregunta puede descender de nuestra cabeza al corazón: “Yo, ¿para qué vivo?”. Si vivo para las cosas del mundo que pasan, vuelvo al polvo, niego lo que Dios ha hecho en mí. Si vivo sólo para traer algo de dinero a casa y divertirme, para buscar algo de prestigio, para hacer un poco de carrera, vivo del polvo. Si juzgo mal la vida sólo porque no me toman suficientemente en consideración o no recibo de los demás lo que creo merecer, sigo mirando el polvo.

No estamos en el mundo para esto. Valemos mucho más, vivimos para mucho más: para realizar el sueño de Dios, para amar. La ceniza se posa sobre nuestras cabezas para que el fuego del amor se encienda en los corazones. Porque somos ciudadanos del cielo y el amor a Dios y al prójimo es el pasaporte al cielo, es nuestro pasaporte. Los bienes terrenos que poseemos no nos servirán, son polvo que se desvanece, pero el amor que damos —en la familia, en el trabajo, en la Iglesia, en el mundo— nos salvará, permanecerá para siempre.

La ceniza que recibimos nos recuerda un segundo camino, el opuesto, el que va de la vida al polvo. Miramos a nuestro alrededor y vemos polvo de muerte. Vidas reducidas a cenizas. Ruinas, destrucción, guerra. Vidas de niños inocentes no acogidos, vidas de pobres rechazados, vidas de ancianos descartados. Seguimos destruyéndonos, volviéndonos de nuevo al polvo. ¡Y cuánto polvo hay en nuestras relaciones! Miremos en nuestra casa, en nuestras familias: cuántos litigios, cuánta incapacidad para calmar los conflictos. ¡Qué difícil es disculparse, perdonar, comenzar de nuevo, mientras que reclamamos con tanta facilidad nuestros espacios y nuestros derechos! Hay tanto polvo que ensucia el amor y desfigura la vida. Incluso en la Iglesia, la casa de Dios, hemos dejado que se deposite tanto polvo, el polvo de la mundanidad.

Y mirémonos dentro, en el corazón: ¡cuántas veces sofocamos el fuego de Dios con las cenizas de la hipocresía! La hipocresía es la inmundicia que hoy en el Evangelio Jesús nos pide que eliminemos. De hecho, el Señor no dice sólo hacer obras de caridad, orar y ayunar, sino cumplir todo esto sin simulación, sin doblez, sin hipocresía (cf. Mt 6,2.5.16). Sin embargo, cuántas veces hacemos algo sólo para ser estimados, para aparentar, para alimentar nuestro ego. Cuántas veces nos decimos cristianos y en nuestro corazón cedemos sin problemas a las pasiones que nos esclavizan. Cuántas veces predicamos una cosa y hacemos otra. Cuántas veces aparentamos ser buenos por fuera y guardamos rencores por dentro. Cuánta doblez tenemos en nuestro corazón… Es polvo que ensucia, ceniza que sofoca el fuego del amor.

Necesitamos limpiar el polvo que se deposita en el corazón. ¿Cómo hacerlo? Nos ayuda la sincera llamada de san Pablo en la segunda lectura: “¡Dejaos reconciliar con Dios!”. Pablo no lo sugiere, lo pide: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Nosotros habríamos dicho: “¡Reconciliaos con Dios!”. Pero no, usa el pasivo: Dejaos reconciliar. Porque la santidad no es asunto nuestro, sino es gracia. Porque nosotros solos no somos capaces de eliminar el polvo que ensucia nuestros corazones. Porque sólo Jesús, que conoce y ama nuestro corazón, puede sanarlo. La Cuaresma es tiempo de curación.

Entonces, ¿qué debemos hacer? En el camino hacia la Pascua podemos dar dos pasos: el primero, del polvo a la vida, de nuestra frágil humanidad a la humanidad de Jesús, que nos sana. Podemos ponernos delante del Crucifijo, quedarnos allí, mirar y repetir: “Jesús, tú me amas, transfórmame… Jesús, tú me amas, transfórmame…”. Y después de haber acogido su amor, después de haber llorado ante este amor, se da el segundo paso, para no volver a caer de la vida al polvo. Se va a recibir el perdón de Dios, en la confesión, porque allí el fuego del amor de Dios consume las cenizas de nuestro pecado. El abrazo del Padre en la confesión nos renueva por dentro, limpia nuestro corazón. Dejémonos reconciliar para vivir como hijos amados, como pecadores perdonados, como enfermos sanados, como caminantes acompañados. Dejémonos amar para amar. Dejémonos levantar para caminar hacia la meta, la Pascua. Tendremos la alegría de descubrir que Dios nos resucita de nuestras cenizas.

6º Domingo T.O. CicloB

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El ritual de la lepra está recogido en dos capítulos del libro del levítico. La primera lectura de este domingo, pertenece a uno de ellos, concretamente a 13,1-2.44-46. Hay que tener en cuenta que el término hebreo que designa la enfermedad de la lepra significa en su raíz «estar golpeado por Dios». Para los judíos, el que era golpeado por este mal contagioso tenía que ser apartado, pues la lepra era sinónimo de separación, de impureza religiosa y de castigo de Dios. Era una situación sin esperanza humana y algo reservado para los pecadores. No es necesario un comentario de esta lectura, solo saber que, está en función del Evangelio, que luego proclamaremos. Lo que dice esta lectura, ha sido superado ampliamente por Jesús, el cual, rompe todas las fronteras y ofrece a los hombres no solo la salud corporal, sino también la posibilidad de un acercamiento a Dios como hijos suyos libres y una comunión con los demás, como hermanos.

La segunda lectura es de 1 Cor 10,31-11,1. San Pablo, a propósito de un problema que hay en la comunidad de Corinto, como era el de poder comer o no comer carne inmolada a los ídolos, pues mientras que para unos eso era indiferente, para otros era motivo de escándalo, proclama que toda la vida de un discípulo de Jesús está orientada a la Gloria de Dios, es decir, que todo confluya en una vida digna y agradable a Dios. Y la gloria de Dios, como nos recuerdan los santos padres, es que el hombre se salve y viva. Luego, esto es lo que debe reglamentar nuestra conducta con los demás: el deseo de que todos se salven. Pablo insiste en este sentido que, aunque él pueda actuar según su conciencia, es mejor, no hacer daño a los otros, que todavía tienen una fe poco formada. Por tanto, y como dirá en otro lugar: «procuremos cada uno de nosotros agradar a los demás, buscando su bien y su crecimiento en la fe. Porque tampoco Cristo buscó su propia satisfacción…(Rm 15,1ss)

El Evangelio es de Marcos 1,40-45 y subraya que el leproso se acercó a Jesús (recordemos por la primera lectura que la lepra conllevaba una segregación total de la comunidad por peligro de contagio). Es más, insiste el evangelista en que no solo se acercó a Jesús, sino que Jesús mismo le tocó. Por otra parte, la súplica del leproso es significativa: «si quieres puedes, limpiarme». Por una parte, expresa el temor del leproso consciente de su situación real desesperada y, por otra, la confianza que le inspira Jesús, pues es, recordemos, el que «enseña con autoridad». Marcos quiere destacar que éste que vive en la humillación de la naturaleza humana enferma, es realmente Hijo de Dios. Finalmente, Jesús que sabe que el leproso está condenado a la más dura y cruel marginación, actúa con eficacia.

Después de recordar al leproso que debe cumplir lo reglamentado por Moisés, Marcos, quiere que se mantenga en secreto la identidad de Jesús, pues solo así el lector leerá los gestos portentosos como prolongación de la fuerza de la cruz, pues no hay que olvidar que paradójicamente, es en la cruz donde se revela la grandeza de la autoridad de Jesús y el amor misericordioso de Dios por el mundo.

Los cristianos estamos llamados a romper los muros de la marginación por la causa que sea y hacer de este modo visible y patente nuestra fe en Jesús.

3. Segundo relato de la creación del hombre (19-IX-79/23-IX-79)

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1. Respecto a las palabras de Cristo sobre el tema del matrimonio, en las que se remite al «principio», dirigimos nuestra atención, hace una semana, al primer relato de la creación del hombre en el libro del Génesis (cap. 1). Hoy pasaremos al segundo relato que, frecuentemente es conocido por «yahvista», ya que en él a Dios se le llama «Yahvé».

El segundo relato de la creación del hombre (vinculado a la presentación tanto de la inocencia y felicidad originales, como a la primera caída) tiene un carácter diverso por su naturaleza. Aun no queriendo anticipar los detalles de esta narración -porque nos convendrá retornar a ellos en análisis ulteriores- debemos constatar que todo el texto, al formular la verdad sobre el hombre, nos sorprende con su profundidad típica, distinta de la del primer capítulo del Génesis. Se puede decir que es una profundidad de naturaleza sobre todo subjetiva y, por lo tanto, en cierto sentido, psicológica. El capítulo 2 del Génesis constituye, en cierto modo, la más antigua descripción registrada de la autocomprensión del hombre y, junto con el capítulo 3, es el primer testimonio de la conciencia humana. Con una reflexión profunda sobre este texto -a través de toda la forma arcaica de la narración, que manifiesta su primitivo carácter mítico (1)- encontramos allí «in núcleo» casi todos los elementos del análisis del hombre, a los que es tan sensible la antropología filosófica moderna y sobre todo la contemporánea. Se podría decir que el Génesis 2 presenta la creación del hombre especialmente en el aspecto de su subjetividad. Confrontando a la vez ambos relatos, llegamos a la convicción de que esta subjetividad corresponde a la realidad objetiva del hombre creado «a imagen de Dios». E incluso este hecho es -de otro modo- importante para la teología del cuerpo, como veremos en los análisis siguientes.

2. Es significativo que Cristo, en su respuesta a los fariseos, en la que se remite al «principio», indica ante todo la creación del hombre con referencia al Génesis 1, 27: «El Creador al principio los creó varón y mujer»: sólo a continuación cita el texto del Génesis 2, 24. Las palabras que describen directamente la unidad e indisolubilidad del matrimonio, se encuentran en el contexto inmediato del segundo relato de la creación, cuyo rasgo característico es la creación por separado de la mujer (cf. Gén 2, 18-23), mientras que el relato de la creación del primer hombre (varón) se halla en el Gén 2, 5-7. A este primer ser humano la Biblia lo llama «hombre» (adam) mientras que, por el contrario, desde el momento de la creación de la primera mujer, comienza a llamarlo «varón», ‘is, en relación a ‘issàh (mujer, porque está sacada del varón = ‘is) (2). Y es también significativo que, refiriéndose al Gén 2, 24. Cristo no sólo une el «principio» con el misterio de la creación, sino también nos lleva, por decirlo así, al límite de la primitiva inocencia del hombre y del pecado original. La segunda descripción de la creación del hombre ha quedado fijada en el libro del Génesis precisamente en este contexto. Allí leemos ante todo: «De la costilla que del hombre tomara, formó Yahvé Dios a la mujer, y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: ‘Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta se llamará varona, porque el varón ha sido tomada’» (Gén 2, 22-23). «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gén 2, 24).

«Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello» (Gén 2, 25).

3. A continuación, inmediatamente después de estos versículos, comienza el Génesis 3 la narración de la primera caída del hombre y de la mujer, vinculada al árbol misterioso, que ya antes ha sido llamado «árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gén 2, 17). Con esto surge una situación completamente nueva, esencialmente distinta de la precedente. El árbol de la ciencia del bien y del mal es una línea divisoria entre las dos situaciones originarias, de las que habla el libro del Génesis. La primera situación es la de la inocencia original, en la que el hombre (varón y hembra) se encuentran casi fuera del conocimiento del bien y del mal, hasta que no quebranta la prohibición del Creador y no come del fruto del árbol de la ciencia. La segunda situación, en cambio, es esa en la que el hombre, después de haber quebrantado el mandamiento del Creador por sugestión del espíritu maligno simbolizado en la serpiente, se halla, en cierto modo, dentro del conocimiento del bien y del mal. Esta segunda situación determina el estado pecaminoso del hombre, contrapuesto al estado de inocencia primitiva.

Aunque el texto yahvista sea muy conciso en su conjunto, basta sin embargo para diferenciar y contraponer con claridad esas dos situaciones originarias. Hablamos aquí de situaciones, teniendo ante los ojos el relato que es una descripción de acontecimientos. No obstante, a través de esta descripción y de todos sus pormenores, surge la diferencia esencial entre el estado pecaminoso del hombre y el de su inocencia original (3). La teología sistemática entreverá en estas dos situaciones antitéticas dos estados diversos de la naturaleza humana: status naturæ integræ (estado de naturaleza íntegra) y status naturæ lapsæ (estada de naturaleza caída). Todo esto brota de ese texto «yahvista» del Gén 2 y 3, que encierra en sí la palabra más antigua de la revelación, y evidentemente tiene un significado fundamental para la teología del hombre y para la teología del cuerpo.

4. Cuando Cristo, refiriéndose al «principio», lleva a sus interlocutores a las palabras del Gén 2, 24, les ordena, en cierto sentido, sobrepasar el límite que, en el texto yahvista del Génesis, hay entre la primera y la segunda situación del hombre. No aprueba lo que «por dureza del… corazón» permitió Moisés, y se remite a las palabras de la primera disposición divina, que en este texto está expresamente ligada al estado de inocencia original del hombre. Esto significa que esta disposición no ha perdido su vigencia, aunque el hombre haya perdido la inocencia primitiva. La respuesta de Cristo es decisiva y sin equívocos. Por eso debemos sacar de ella las conclusiones normativas, que tienen un significado esencial no sólo para la ética, sino sobre todo para la teología del hombre y para la teología del cuerpo, que, como un punto particular de la antropología teológica, se establece sobre el fundamento de la palabra de Dios que se revela. Trataremos de sacar estas conclusiones en el próximo encuentro.

(1) Si en el lenguaje del racionalismo del siglo XIX el término «mito» indicaba lo que no se contenía en la realidad, el producto de la imaginación (Wundt), o lo que es irracional (Lévy Bruhl), el siglo XX ha modificado la concepción del mito.

L. Walk ve en el mito la filosofía natural, primitiva y arreligiosa; R. Otto lo considera instrumento de conocimiento religioso; para C. G. Jung, en cambio, el mito es manifestación de los arquetipos y la expresión del «inconsciente colectivo», símbolo de los procesos interiores.

M. Eliade descubre en el mito la estructura de la realidad que es inaccesible a la investigación racional y empírica: efectivamente, el mito transforma el suceso en categoría y hace capaz de percibir la realidad trascendente; no es sólo símbolo de los procesos interiores (como afirma Jung), sino un acto autónomo y creativo del espíritu humano, mediante el cual se actúa la revelación (cf. Traité d’historie des religions, París 1949, pág. 363; Images et symboles. París, 1952, págs. 199-235).

Según P. Tillich el mito es un símbolo, constituido por los elementos de la realidad para presentar lo absoluto y la trascendencia del ser, a los que tiende el acto religioso. H. Schlier subraya en el mito no conoce los hechos históricos y no tiene necesidad de ellos, en cuanto describe lo que es destino cósmico del hombre que es siempre igual.

Finalmente, el mito tiende a conocer lo que es incognoscible.

Según P. Ricoeur: «Le mythe est autre chose qu’une explication du monde,de l’histoire ete de la destinée; il exprime, en terme de mode, voire d’outremonde ou de second monde, la compréhension que l’homme pren de luimême par rapport au fondement et à la limite de son existence (…). Il exprime dans un langage objectif le sens que ‘lhomme prend de sa dépendance à l’egard de cela qui se tient à la limite et à l’origine de son monde» (P. Ricoeur, Le Conflit des interprétations, París [Seuil] 1969, pág. 383).

«Le mythe adamique est par excellence le mythe anthropologique; Adam veut dire Homme; mais tout mythe de l’homme primordial’ n’est pas ‘mythe adamique’, qui… est seul propement anthropologique; par là trois traits sont désignes:

– le mythe étiologique rapporte l’origine du mal à un ancêtre de l’humanité actuelle dont la condition est homogène à la nôtre (…).

– le mythe étiologique est la tentative la plus extrême pour dédoubler l’origine du mal et du bien. L’intention de ce mythe est de donner consistance à une origine radicale du mal distincte de l’origine plus originaire de l’êtrebon des choses (…). Cette distinction du radical et d’originaire est essentielle au caractère anthropologique du mythe adamique; c’est elle quie fait de l’homme un commencement du mal au sein d’une création qui a déja son commencement absolu dans l’acte createur de Dieu.

– le mythe adamique subordonne à la figure centrale de l’homme primordial d’autres figures qui tendent à décentrer le récit,sans pourtant supprimer le primat de la figure adamique (…).

Le mythe,en nommant Adam, l’homme, explicite l’universalité concrète du mal humain; l’esprit de pénitence se donne dans le mythe adamique le symbole de cette universalité. Nous retrovons ainsi (…) la fonction universalisante du mythe. Mais en même temps mous retrouvons les deux autres fonctions, également suscitées par l’expérience pénitentielle (…). Le mythe protohistorique servit ainsi non sulement à généraliser l’expérience d’Israel à l’humanité de tous les temps et de tous les lieux,mais à étendre à celleci la grande tensión de la condammantion et de la misericorde que les prophétes avaient enseigné à discerner dans le prope destin d’Israel.

Enfin, dernière fonction du mthe, motivée dans la foi d’Israel: le mythe prepare la spéculation en explorant le point de rupture de l’ontologique et de l’historique» (P. Ricoeur, Finitude et culpabilitéII. Symbolique du mal, París 1960 [Aubier], págs. 218-227.

(2) En cuanto a la etimología, no se excluye que el término hebreo ‘is se derive de una raíz que significa «fuerza» (‘is o también ‘ws); en cambio ‘issà está unido a una serie de términos semíticos, cuyo significado oscila entre «hembra» y «mujer».

La etimología propuesta por el texto bíblico es de carácter popular y sirve para subrayar la unidad del origen del hombre y de la mujer; esto parece confirmado por la asonancia de ambas palabras.

(3) «El mismo lenguaje religioso pide la trasposición de las «imágenes» o mejor, «modalidades simbólicas» a «modalidades conceptuales» de expresión.

A primera vista esta trasposición puede parecer un cambio puramente extrínseco (…). El lenguaje simbólico parece inadecuado para emprender el camino del concepto por un motivo que es peculiar de la cultura occidental. En esta cultura el lenguaje religioso ha estado siempre condicionado por otro lenguaje, el filosófico, que es el lenguaje conceptual por excelencia (…). Si es verdad que un vocabulario religioso es comprendido sólo en una comunidad que lo interpreta y según una tradición de interpretación, sin embargo también es verdad que no existe tradición de interpretación que no esté «mediatizada» por alguna concepción filosófica.

He aquí que la palabra «Dios», que en los textos bíblicos recibe su significado por la convergencia de diversos modos de la narración (relatos y profecías, textos de legislación y literatura sapiencial, proverbios e himnos) -vista esta convergencia, tanto como el punto de intersección, como el horizonte que se desvanece en toda y cualquier forma- debió ser absorbida en el espacio conceptual, para ser reinterpretada en los términos del Absoluto filosófico como primer motor, causa primera, Actus Essendi, ser perfecto, etc. Nuestro concepto de Dios pertenece, pues, a una ontoteología, en la que se organiza toda la constelación de las palabras-clave de la semántica teológica, pero en un marco de significados dictados por la metafísica». (Paul Ricoeur, Ermeneutica bíblica, Brescia 1978, Morcelliana, págs. 140-141; título original: Biblical Hermeneutics, Montana 1975).

La cuestión sobre si la reducción metafísica expresa realmente el contenido que oculta en si el lenguaje simbólico y metafórico, es un tema aparte.

5 Domingo TO, Ciclo B

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El problema del mal y en particular, el del dolor inocente ha puesto al hombre en crisis desde siempre, además, es un problema que, somete la fe a una dura prueba. La primera lectura del libro de Job 7,1-4.6ss, nos muestra el antiguo esquema, es decir, la relación entre la situación del hombre en esta vida y su conducta frente a Dios. A partir de ahí, sus amigos, deducen que Job no es agradable a Dios como lo demuestra la situación en la que se encuentra. El, en cambio, sabe que su conducta es intachable y pese a ello, se ha visto alcanzado por la desgracia y la enfermedad ¿cómo se explica eso? Hoy también y sobre todo en estos momentos de crisis, muchos hombres y mujeres se debaten entre interrogantes a los que no se les ve salida. Job en aquella situación trágica sigue abierto a su Dios, aunque guarde silencio y convencido de que Dios está cerca del que sufre. Desde ahí es como también nosotros hemos de compartir el sufrimiento del otro y saber guardar un profundo silencio ante la situación desgarradora y reconocer que Dios está más cerca, cuando se nos antoja que está más lejos. Debemos tomar en serio la dolorosa situación de la experiencia humana, entrar en comunión con quien sufre y tratar de ofrecer un mensaje inteligible, convincente y consolador.

La segunda lectura es de San Pablo a los Corintios 9,16-19.22-23. Allí nos muestra el Apóstol, que no quiere ser confundido con un predicador asalariado ni tampoco quiere que los débiles en la fe, en aquel contexto, los que se negaban a comer carne inmolada a los ídolos, se pierdan y de ahí, que los fuertes de Corinto, deban renunciar con generosidad, a un derecho que les corresponde en favor de los débiles. La salvación de todos es lo importante, pues precisamente en la salvación de los otros es donde yo encuentro mi propia felicidad y paga. Es más, al transmitirlo, el Evangelio deja huellas en el que lo anuncia, participando de sus bienes también. Así pues, la total gratuidad en el ministerio se convierte en plenitud también para el anunciador y esta es la riqueza de Pablo como apóstol.

El Evangelio es de Marcos 1,29-39. Para el evangelista, la enfermedad y la muerte manifiestan el imperio del demonio, y toda curación es una victoria mesiánica contra las fuerzas del mal, un anticipo de la resurrección. Los milagros nos informan que el reino de Dios es una oferta que alcanza a todo el hombre, la verdadera liberación debe alcanzar a la integridad de la persona humana y a su libre relación con Dios. El narrador indica que Jesus curaba las enfermedades y expulsaba los demonios. Es decir, es el que restaura el plan de Dios sobre nosotros, que consiste en sacarnos de las garras del mal, del pecado y de la muerte, para ser libres y vivir en comunión con él.

Nos ilumina también el hecho de que Jesús saliera a orar cuando aun era de noche, solo así consigue adherirse a la voluntad de Dios; no se pone en el centro a sí mismo, sino al Padre, sustrayéndose a la tentación de la búsqueda de las muchedumbres y de los propios discípulos. Jesús realiza el verdadero éxodo que consiste en pasar de las expectativas de la gente a la difícil voluntad del Padre.

Que sepamos también nosotros, buscar la voluntad de Dios a ejemplo y con la ayuda de Jesús.

LAS CATEQUESIS DEL AMOR HUMANO

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2. La definición objetiva del hombre en el primer relato de la creación

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1. En el capítulo precedente comenzamos el ciclo de reflexiones sobre la respuesta que Cristo Señor dio a sus interlocutores acerca de la pregunta sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio. Los interlocutores fariseos, como recordamos, apelaron a la ley de Moisés; Cristo, en cambio, se remitió al «principio», citando las palabras del libro del Génesis.

El «principio», en este caso, se refiere a lo que trata una de las primeras páginas del libro del Génesis. Si queremos hacer un análisis de esta realidad, debemos sin duda dirigirnos, ante todo al texto. Efectivamente, las palabras pronunciadas por Cristo en la conversación con los fariseos, que nos relatan el capítulo 19 de San Mateo y el 10 de San Marcos, constituyen un pasaje que a su vez se encuadra en un contexto bien definido, sin el cual no pueden ser entendidas ni interpretadas justamente. Este contexto lo ofrecen las palabras: «¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra…?» (Mt 19, 4), y hace referencia al llamado primer relato de la creación del hombre inserto en el ciclo de los siete días de la creación del mundo(Gén 1, 1-2, 4). En cambio el contexto más próximo a las otras palabras de Cristo, tomadas del Génesis 2, 24, es el llamado segundo relato de la creación del hombre (Gén 2, 5-25), pero indirectamente es todo el capítulo tercero del Génesis. El segundo relato de la creación del hombre forma una unidad conceptual y estilística con la descripción de la inocencia original, de la felicidad del hombre e incluso de su primera caída. Dado lo específico del contenido expresado en las palabras de Cristo, tomadas primera frase del capítulo cuarto del Génesis, que trata de la concepción y nacimiento del hombre de padres terrenos. Así intentamos hacerlo en el presente análisis.

2. Desde el punto de vista de la crítica bíblica, es necesario recordar inmediatamente que el primer relato de la creación del hombre es cronológicamente posterior al segundo. El origen de este último es mucho más remoto. Este texto más antiguo se define como «yahvista» porque para nombrar a Dios se sirve del término «Yahvé». Es difícil no quedar impresionados por el hecho de que la imagen de Dios que presenta tiene rasgos antropomórficos bastante relevantes (efectivamente, entre otras cosas, leemos allí que «formó Yahvé Dios al hombre del polvo de la tierra, y le inspiró en el rostro aliento de vida»; Gén 2, 7). Respecto a esta descripción, el primer relato, es decir, precisamente el considerado cronológicamente más reciente, es mucho más maduro, tanto por lo que se refiere a la imagen de Dios, como por la formulación de las verdades esenciales sobre el hombre. Este relato proviene de la tradición sacerdotal y al mismo tiempo «elohista» de «Elohim», término que emplea para nombrar a Dios.

3. Dado que en esta narración la creación del hombre como varón y hembra, a la que se refiere Jesús en su respuesta según Mt 19, está incluida en el ritmo de los siete días de la creación del mundo, se le podría atribuir sobre todo un carácter cosmológico; el hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo, la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios («Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó…»; Gén 1, 27). En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una gradación precisa (1); en cambio, el hombre no es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza…» (Gén 1, 26).

4. El nivel de ese primer relato de la creación del hombre, aunque cronológicamente posterior, es, sobre todo, de carácter teológico. De esto es índice especialmente la definición del hombre sobre la base de su relación con Dios («a imagen de Dios lo creó»), que incluye al mismo tiempo la afirmación de la imposibilidad absoluta de reducir el hombre al «mundo». Ya a la luz de las primeras frases de la Biblia, el hombre no puede ser ni comprendido ni explicado hasta el fondo con las categorías sacadas del «mundo», es decir, el conjunto visible de los cuerpos. A pesar de esto también él hombre es cuerpo. El Génesis 1, 27 constata que esta verdad esencial acerca del hombre se refiere tanto al varón como a la hembra: «Dios creó al hombre a su imagen…, varón y hembra los creó» (2). Es necesario reconocer que el primer relato es conciso, libre de cualquier huella de subjetivismo: contiene sólo el hecho objetivo y define la realidad objetiva, tanto cuando habla de la creación del hombre, varón y hembra, a imagen de Dios, como cuando añade poco después las palabras de la primera bendición: «Y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad» (Gén 1, 28).

5. El primer relato de la creación del hombre, que, como hemos constatado, es de índole teológica, esconde en sí una potente carga metafísica. No se olvide que precisamente este texto del libro del Génesis se ha convertido en la fuente de las más profundas inspiraciones para los pensadores que han intentado comprender el «ser» y el «existir». (Quizá sólo el capítulo tercero del libro del Exodo pueda resistir la comparación con este texto) (3). A pesar de algunas expresiones pormenorizadas y plásticas del paisaje, el hombre está definido allí, ante todo, en las dimensiones del ser y del existir («esse»). Está definido de modo más metafísico que físico. Al misterio de su creación («a imagen de Dios lo creó») corresponde la perspectiva de la procreación («procread y multiplicaos, y henchid la tierra»), de ese devenir en el mundo y en el tiempo, de ese «fieri» que está necesariamente unido a la situación metafísica de la creación: del ser contingente (contingens). Precisamente en este contexto metafísico de la descripción del Génesis 1, es necesario entender la entidad del bien, esto es, el aspecto del valor. Efectivamente, este aspecto vuelve en el ritmo de casi todos los días de la creación y alcanza el culmen después de la creación del hombre: «Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gén 1, 31). Por lo que se puede decir con certeza que el primer capítulo del Génesis ha formado un punto indiscutible de referencia y la base sólida para una metafísica e incluso para una antropología y una ética, según la cual «ens et bonum convertuntur». Sin duda, todo esto tiene su significado también para la teología y sobre todo para la teología del cuerpo.

6. Al llegar aquí, interrumpimos nuestras consideraciones. En el próximo capítulo nos ocuparemos del segundo relato de la creación, es decir, del que, según los escrituristas, es más antiguo cronológicamente. La expresión «teología del cuerpo» que acabo de usar, merece una explicación más exacta, pero la aplazamos para otro encuentro. Antes debemos tratar de profundizar en ese pasaje del libro del Génesis, al que Cristo se remitió.

(1) Al hablar de la materia inanimada, el autor bíblico emplea diferentes predicados, como «separó», «llamó», «hizo», «puso». En cambio, al hablar de los seres dotados de vida, usa los términos «creó» y «bendijo». Dios les ordena: «Procread y multiplicaos». Este mandato se refiere tanto a los animales como al hombre, indicando que les es común la corporalidad (cf. Gén 1, 22-28).

Sin embargo, la creación del hombre se distingue esencialmente en la descripción bíblica de las precedentes obras de Dios. No sólo va precedida de una introducción solemne, como si se tratara de una deliberación de Dios antes de este acto importante, sino que, sobre todo, la dignidad excepcional del hombre se pone de relieve por la «semejanza» con Dios, de quien es imagen.

Al crear la materia inanimada Dios «separaba»; a los animales les manda procrear y multiplicarse; pero la diferencia del sexo está subrayada sólo respecto al hombre («varón y hembra los creó»), bendiciendo al mismo tiempo su fecundidad, es decir, el vínculo de las personas (Gén 1, 27-28).

(2) El texto original dice:

«Dios creó al hombre (haadam-sustantivo colectivo: ¿la humanidad? / a su imagen; / a imagen de Dios los creó; / macho (zakar-masculino) y hembra (uneqebah-femenino) los creó» (Gén 1, 27).

(3) «Hæc sublimis veritas»; «Yo soy el que soy» (Ex 3,14) es objeto de reflexión para muchos filósofos, comenzando por San Agustín, quien pensaba que Platón debía conocer este texto porque le parecía muy cercano a sus concepciones. La doctrina agustiniana de la divina «essentialitas» ejerció, mediante San Anselmo, un profundo influjo en la teología de Ricardo de San Víctor, de Alejandro de Hales y de San Buenaventura.

«Pour passer de cette interprétation philosophique du texte de l’Exode á celle qu’allait saint Thomas il fallait nécessairement franchir la distance qui sépare l’être de l’essence’ de ‘l’être de l’existence’. Les preuves thomistes de l’existence de Dieu l’ont franchie»

Diversa es la posición del maestro Eckhart, que, basándose en este texto, atribuye a Dios la «puritas essendi»: «est aliquid altius ente…» (cf. E. Gilson, Le Thomisme, Paris 1944 [Vrin] págs. 122-127; E. Gilson, History of Christian Philosophy in the Middle Ages, London 1955 [Sheed and Ward] 810).

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El sí de Dios y el sí a Dios

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Dios nos ha dado su sí, que es el que hace posible nuestro sí, por medio de Jesucristo. Y por él nos sigue dando, «toda clase de bienes, espirituales y celestiales» (Ef 1,3) y él nos «confirma en Cristo por el Espíritu» (2ª Cor 1,21).

Este sí de Dios por medio de Jesucristo, lo hemos visto en que: «dio su vida por nosotros», y su consecuencia es: «que también nosotros, hemos de dar la vida por los demás» (1ª de Jn 3, 16).

Vemos, que nuestro sí a Dios y a los demás, dependen de su sí, que es anterior al nuestro: «pues el Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado entre vosotros por mí, por Silvano y por Timoteo no fue sí y no, sino que en él sólo hubo sí» (2 Cor 1,19). Esta es la nueva vida que él nos da: el poder amar, puesto que ya no estamos encadenados ni destinados a la muerte.

Si bien la muerte sigue estando, ésta ya no tiene la última palabra, sino que la última palabra de Dios es Cristo que muere y que resucita, que vence a la muerte y que nos llama también a nosotros a la vida, a vencer con el.

Esa es la nueva vida que se nos da por el bautismo y que nos permite amar como Cristo nos ha amado, y así, cumplir su mandato, pues: «lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere» (Jn 5,21).

Acogiendo en nosotros esta Vida nueva, es como podemos decir: Amen, sí a Dios.  

4 Domingo T.O. CicloB

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Profeta no es quien predice el futuro, sino alguien que habla en nombre de Dios, como portavoz de su Palabra, con su predicación y con su propia persona. Ahora bien, no existe una preparación especial para ser profeta, sino que éste surge en el seno de la comunidad por acción directa de Dios. La primera lectura, de Deuteronomio 18,15-20, lo expresa así en labios de Moises: «El Señor, tu Dios, te suscitará un profeta como yo, de entre tus hermanos…». Dios quiere que su palabra se encarne para que el hombre pueda tener acceso a ella. Ahora bien, el carisma profético puede ser adulterado y los profetas verdaderos, tuvieron que hacer frente a aquellos que se arrogaban la posesión del Espíritu y anunciaban lo que el pueblo esperaba y deseaba y no la verdadera palabra de Dios.

En la segunda lectura, de 1ª Cor 7,32-3, seguimos leyendo la respuesta que San Pablo dio a los corintios sobre la virginidad y el matrimonio y el verdadero sentido y función de ambas situaciones vitales. Entre los judíos no se estimaba de modo especial el celibato, por eso Pablo afirma la motivación del celibato cristiano: poder dedicarse más plenamente a los asuntos del Señor, especialmente a la evangelización y a la proclamación de la palabra. El matrimonio, por el contrario, exige una dedicación especial al mismo y esto merma las posibilidades de dedicarse a la misión. Pero Pablo no propone la virginidad ni el celibato como una obligación, sino como un consejo que se sitúa en el contexto de la esperanza del cielo. El matrimonio es una realidad sagrada, pero para el tiempo presente. El celibato, en cambio, apunta a un tiempo futuro, es lo novedoso. Su misión y sentido está orientado a entender la esperanza final.

El Evangelio es de Marcos 1,21-28. El contexto son las primeras jornadas de ministerio de Jesús en Galilea. Concretamente está en la sinagoga de Cafarnaúm y el pueblo inmediatamente establece una comparación entre Jesús y los rabinos. Se llegaba a la categoría de rabino después de largos años de aprendizaje. Jesús, pese a no haber seguido el aprendizaje rabínico ni haberse sometido a sus ritos, enseña de manera singular y transmite una enseñanza llena de vida. Jesús es mucho más que un rabino, es el último profeta enviado por Dios.

No solo tiene autoridad única y singular por su palabra llena de vida y de verdad salvadora, sino también por sus obras que manifiestan su autoridad y señorío sobre los poderes del mal que atenazan al hombre y esto suscita en los espectadores, la admiración y el asombro. La posesión diabólica, es la expresión de la esclavitud del hombre a los poderes del mal. al realizar el signo o el milagro, Jesús, ha manifestado poseer una autoridad única no solo por su palabra llena de vida y de verdad salvadora, sino que también en sus obras se manifiesta la autoridad y el señorío sobre los poderes del mal que atenazan al hombre. Para Marcos, Jesús enseña con su vida y sus gestos a favor de los hombres. Hoy como ayer, esta presentación de Jesús invita a los creyentes a asumir la responsabilidad de ser testigos creíbles en medio del mundo no sólo de palabra sino también por los gestos, de manera que nuestra vida transformada por la fuerza del Espíritu, sea también fuente de transformación y de esperanza para los demás.

LAS CATEQUESIS DEL AMOR HUMANO (Juan Pablo II)

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  1. Los fundamentos de la familia a la luz de Cristo

1. Desde hace algún tiempo están en curso los preparativos para la próxima Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en Roma en el otoño del próximo año. El tema del Sínodo: «De muneribus familiæ christianæ (Misión de la familia cristiana»), concentra nuestra atención sobre esta comunidad de vida humana y cristiana, que desde el principio es fundamental. Precisamente de esta expresión, «desde el principio» se sirve el Señor Jesús en el coloquio sobre el matrimonio, referido en el Evangelio de San Mateo y en el de San Marcos. Queremos preguntarnos qué significa esta palabra «principio». Queremos además aclarar por qué Cristo se remite al «principio» precisamente en esta circunstancia y, por tanto, nos proponemos un análisis más preciso del correspondiente texto de la Sagrada Escritura.

2. Jesucristo se refirió dos veces al «principio», durante la conversación con los fariseos, que le presentaban la cuestión sobre la indisolubilidad del matrimonio. La conversación se desarrolló del modo siguiente:

«Se le acercaron unos fariseos con propósito de tentarle, y le preguntaron: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier causaEl respondió: ¿No habéis leido que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. Ellos le replicaron: Entonces ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjole El: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así» (Mt 19, 3 ss; cf. Mc 10, 2 ss).

Cristo no acepta la discusión al nivel en que sus interlocutores tratan de introducirla, en cierto sentido no aprueba la dimensión que ellos han intentado dar al problema. Evita enzarzarse en las controversias jurídico casuísticas; y, en cambio, se remite dos veces «al principio». Procediendo así, hace clara referencia a las palabras correspondientes del libro del Génesis, que también sus interlocutores sabían de memoria. De esas palabras de la revelación más antigua, Cristo saca la conclusión y se cierra la conversación.

3. «Principio» significa, pues, aquello de que habla el libro del Génesis. Por lo tanto, Cristo cita al Génesis 1, 27, en forma resumida: «Al principio el Creador los hizo varón y hembra», mientras que el pasaje original completo dice así textualmente: «Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó y los creó varón y hembra». A continuación el Maestro se remite al Génesis 2, 24: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne». Citando estas palabras casi «in extenso», por completo, Cristo les da un significado normativo todavía más explícito (dado que podría ser hipotético que en el libro del Génesis sonaran como afirmaciones de hecho: «dejará… se unirá… vendrán a ser una sola carne»). El significado normativo es admisible en cuanto que Cristo no se limita sólo a la cita misma, sino que añade: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre». Ese «no lo separe» es determinante. A la luz de esta palabra de Cristo, el Génesis 2, 24 enuncia el principio de la unidad e indisolubilidad del matrimonio como el contenido mismo de la Palabra de Dios, expresada en la revelación más antigua.

4. Al llegar a este punto se podría sostener que el problema está concluido, que las palabras de Jesús confirman la ley eterna formulada e instituida por Dios desde el «principio», como la creación del hombre. Incluso podría parecer que el Maestro, al confirmar esta ley primordial del Creador, no hace más que establecer exclusivamente su propio sentido normativo, remitiéndose a la autoridad misma del primer Legislador. Sin embargo, esa expresión significativa: «desde el principio», repetida dos veces, induce claramente a los interlocutores a reflexionar sobre el modo en que Dios ha plasmado al hombre en el misterio de la creación, como «varón y hembra», para entender correctamente el sentido normativo de las palabras del Génesis. Y esto es tan válido para los interlocutores de hoy, como lo fue para los de entonces. Por lo tanto, en el estudio presente, considerando todo esto, debemos meternos precisamente en la actitud de los interlocutores actuales de Cristo.

5. Durante las sucesivas reflexiones de los miércoles, en las audiencias generales, como interlocutores actuales de Cristo, intentaremos detenernos más largamente sobre las palabras de San Mateo (19, 3 y ss). Para responder a la indicación que Cristo ha encerrado en ellas, trataremos de penetrar en ese «principio» al que se refirió de modo tan significativo; y así seguiremos de lejos el gran trabajo que sobre este tema precisamente emprenden ahora los participantes en el próximo Sínodo de los Obispos. Junto con ellos toman parte numerosos grupos de Pastores y de laicos que se sienten particularmente responsables de la misión que Cristo propone al matrimonio y a la familia cristiana: la misión que El ha propuesto siempre y propone también en nuestra época, en el mundo contemporáneo.

El ciclo de reflexiones que comenzamos hoy, con intención de continuarlo durante los sucesivos encuentros de los miércoles, tiene como finalidad, entre otras cosas, acompañar, de lejos por así decirlo, los trabajos preparativos al Sínodo, pero no tocando directamente su tema, sino dirigiendo la atención a las raíces profundas de las que brota este tema.

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3 Domingo, T.O. Ciclo C

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Tanto la primera lectura de este domingo, tomada del profeta Jonás 3,1-5.10, como el Evangelio, están estrechamente relacionados, pues la predicación de Jonás y la respuesta de los ninivitas a su mensaje, son como una parábola que anticipa los motivos de la llamada de Jesús a la conversión. Los ninivitas creyeron en Dios y decidieron cambiar de conducta. Esto nos recuerda la parábola del Hijo pródigo (Lucas 15) y de los obreros enviados a la viña o el patrón generoso (Mat, 20). Los ninivitas entran en el ámbito que Dios espera y se abren a su oferta de salvación cambiando de conducta. Ahora bien, el relato muestra posteriormente, como el propio Jonás está desconcertado cuando ve que la ciudad no es destruida (los ninivitas eran enemigos de Israel) y no acaba de entender por qué, pues aún no ha comprendido bien al Dios a quien sirve, que le envía y que le ha escogido para ser su pregonero. El pregonero ha cumplido anunciando el castigo; pero no alcanzó a comprender que detrás del anuncio del castigo, estaba un Dios misericordioso dispuesto al perdón y a la indulgencia incluso a los enemigos de Israel.

La segunda lectura de 1 Cor 7,29-31, continúa con el tema de la semana pasada, de la dignidad del cuerpo y la alternativa entre virginidad y matrimonio. Lo importante dirá S. Pablo, es que la historia tiene un final definitivo y que Cristo ha transformado la historia; ésta, ya no es circular, sino lineal. Su muerte nos ha dado la libertad frente al mal, el pecado y la muerte y la resurrección, manifiesta que el tiempo es una instancia abierta a una realidad mucho más grandiosa. Por otro lado, Pablo tiene conciencia de que el Señor puede volver en cualquier momento. El tiempo apremia y ya no se nos permiten hacer demasiados cálculos. Hoy como ayer, enfrascados en nuestro devenir, corremos el peligro de olvidar nuestro destino. El apóstol, lejos de menospreciar las realidades humanas vividas en la historia, nos invita a dirigir la mirada a otra parte superior que da al hombre su plena realización. El creyente, dice Pablo, debe interpretar y comprender su vida sobre la tierra, poniendo su corazón y su esperanza en la meta final.

El Evangelio, de Marcos 1,14-20, nos presenta el comienzo del ministerio de Jesús y nos muestra que abrirse al Evangelio es la última oferta y posibilidad que Dios hace a la humanidad y es la mejor decisión que el hombre puede tomar en su vida. El mismo hecho de la evangelización es un signo de que hemos llegado al final de los tiempos o al momento de la actuación definitiva de Dios en la historia.

El Reino o la proclamación de la soberanía de Dios centró y ocupó toda la vida de Jesús. La característica propia de Jesús es que el reino de Dios está ya presente, comienza ya a alborear y pronto será plenamente presente en su muerte y resurrección con la acción del Espíritu Santo. La conversión, la rectificación, el cambio de actitud en labios de Jesús, tiene una finalidad: entrar en el reino, participar en él, enrolarse en la nueva creación que él viene a aportar. Entre la espera (marcadamente política y nacional) del Mesías por el pueblo de Dios y la oferta de Jesús hay un contraste importante. De ahí que sea necesario cambiar de mentalidad para entrar en el reino. De ahí, la insistencia en ese cambio fundamental, íntimo y estructural que es un elemento básico en el anuncio de Jesús, de modo que es necesario abrirse al Evangelio, en este tiempo salvífico, establecido por el Padre.

2Domingo T.O. Ciclo B

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Con Samuel, comienza la predicación profética propiamente tal. La primera lectura de 1 Samuel 3,3b-10.19, narra la llamada de Dios a Samuel. Mientras todos duermen, la Palabra de Dios vigila y llama a un hombre para que se convierta en instrumento suyo. A la llamada, Samuel responde con una total disponibilidad. En los versículos anteriores a este fragmento de hoy, se nos dice que la palabra profética era rara en aquellos tiempos en Israel (1Sam 3,1) pero el narrador añade que «la lámpara de Dios todavía no se había apagado» (v.2). La tarea nunca fue fácil, por eso los narradores de vocaciones proféticas, insisten en que el Señor estaba con ellos. La expresión «el Señor estaba con él» significa, pues, que el profeta está en la verdad y debe transmitir esa verdad.  Hoy como entonces, siguen siendo necesarias las mediaciones creíbles para los hombres y mujeres de nuestro tiempo con sus preocupaciones, angustias y esperanzas, arraigados en la promesa de Dios de estar presente en quienes se esfuerzan por transmitir al mundo su palabra y su voluntad.

La segunda lectura es de 1 Cor 6,13c-15ª.17-20, el apóstol recoge y expone una serie de razones a favor de su enseñanza del valor del cuerpo humano como constitutivo inseparable de la persona humana integral. La primera, es que ni el hombre ni la mujer son propietarios exclusivos de su cuerpo sino administradores del mismo en nombre del que les ha concedido ese don: el Señor. La segunda razón, es que al igual que el cuerpo de Cristo, el cuerpo humano, está destinado a la resurrección, que nos restituye al estado de comunión, de vida, de felicidad y de comunicación con Dios. La tercera, es que el cuerpo humano está destinado a ser miembro vivo del cuerpo de Cristo, hombre real precisamente para devolver al hombre su primitiva dignidad y para que formara con el propio Cristo un solo cuerpo vital. La cuarta razón, se asienta en que el cuerpo está destinado a ser templo del Espíritu Santo. El Espíritu, quiere morar en el cuerpo como en su propia casa. La quinta razón, es que no nos poseemos en propiedad pues hemos sido comprados. Todo esto nos indica, que no podemos disponer de nuestro propio cuerpo, que ha sido recibido por medio de colaboradores humanos y que está al servicio del bien global de la persona y de su dignidad.

El Evangelio es de Juan 1,35-42, recoge las primeras vocaciones al discipulado como una dinámica de encuentro con Jesús y de proclamación de este encuentro a otros, y así, de la experiencia auténtica y transformadora brota la evangelización gratuita, convincente y generosa. Los discípulos deben ponerse en marcha y experimentar, observar y abrirse plenamente a Jesús.

A la fase de búsqueda, «¿Qué buscáis?» pues es necesario permanecer siempre en situación de búsqueda y clarificación, sigue la de detenerse junto a él, la de reconocer en Jesús la verdadera meta de nuestro corazón, la del ser capaces de perseverar en su compañía: «se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él». En este morar con él es donde toma fuerza la contemplación y la escucha, el ponernos a su disposición con todas nuestras energías, como dijo Samuel, con la simplicidad de un niño: «habla que tu siervo escucha». Sólo permaneciendo con Jesús comprenderemos de verdad que hemos sido comprados a un precio elevado y nos hemos convertido en templo del Espíritu Santo.  

Nota sobre la moralidad del uso de algunas vacunas contra la covid-19

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La cuestión sobre el uso de las vacunas, en general, suele estar en el centro de insistentes debates en la opinión pública. En los últimos meses, han llegado a esta Congregación varias peticiones de una opinión sobre el uso de algunas vacunas contra el virus SARS-CoV-2, causante de la Covid- 19, desarrolladas recurriendo, en el proceso de investigación y producción, a líneas celulares que provienen de tejidos obtenidos de dos abortos ocurridos en el siglo basado. Al mismo tiempo, se han producido diversas declaraciones en los medios de comunicación por parte de Obispos, Asociaciones Católicas y Expertos, diferentes entre sí y a veces contradictorias, que también han planteado dudas sobre la moralidad del uso de estas vacunas.

Sobre esta cuestión ya hay un importante pronunciamiento de la Pontificia Academia para la Vida, titulado “Reflexiones morales acerca de las vacunas preparadas a partir de células procedentes de fetos humanos abortados” (5 junio 2005). Además, esta Congregación se expresó al respecto con la Instrucción Dignitas Personae (8 de septiembre de 2008) (cf. nn. 34 y 35). En 2017, la Pontificia Academia para la Vida volvió a tratar el tema con una Nota. Estos documentos ya ofrecen algunos criterios generales dirimentes.

Dado que están ya disponibles, para su distribución y administración en diversos países, las primeras vacunas contra la Covid-19, esta Congregación desea ofrecer algunas indicaciones que clarifiquen este tema. No se pretende juzgar la seguridad y eficacia de estas vacunas, aun siendo éticamente relevante y necesario, porque su evaluación es competencia de los investigadores biomédicos y las agencias para los medicamentos, sino únicamente reflexionar sobre el aspecto moral del uso de aquellas vacunas contra la Covid-19 que se han desarrollado con líneas celulares procedentes de tejidos obtenidos de dos fetos abortados no espontáneamente.

Como se afirma en la Instrucción Dignitas Personae, en los casos en los que se utilicen células de fetos abortados para crear líneas celulares para su uso en la investigación científica, “existen diferentes grados de responsabilidad”[1] en la cooperación al mal. Por ejemplo, “en las empresas que utilizan líneas celulares de origen ilícito no es idéntica la responsabilidad de quienes deciden la orientación de la producción y la de aquellos que no tienen poder de decisión”.[2]

En este sentido, cuando no estén disponibles vacunas Covid-19 éticamente irreprochables (por ejemplo, en países en los que no se ponen a disposición de médicos y pacientes vacunas sin problemas éticos o en los que su distribución es más difícil debido a las condiciones especiales de almacenamiento y transporte, o cuando se distribuyen varios tipos de vacunas en el mismo país pero, por parte de las autoridades sanitarias, no se permite a los ciudadanos elegir la vacuna que se va a inocular) es moralmente aceptable utilizar las vacunas contra la Covid-19 que han utilizado líneas celulares de fetos abortados en su proceso de investigación y producción.

La razón fundamental para considerar moralmente lícito el uso de estas vacunas es que el tipo de cooperación al mal (cooperación material pasiva) del aborto provocado del que proceden estas mismas líneas celulares, por parte quienes utilizan las vacunas resultantes, es remota. El deber moral de evitar esa cooperación material pasiva no es vinculante si existe un peligro grave, como la propagación, por lo demás incontenible, de un agente patógeno grave:[3] en este caso, la propagación pandémica del virus SARS-CoV-2 que causa la Covid-19. Por consiguiente, debe considerarse que, en este caso, pueden utilizarse todas las vacunas reconocidas como clínicamente seguras y eficaces con conciencia cierta que el recurso a tales vacunas no significa una cooperación formal con el aborto del que se obtuvieron las células con las que las vacunas han sido producidas. Sin embargo, se debe subrayar que el uso moralmente lícito de este tipo de vacunas, debido a las condiciones especiales que lo posibilitan, no puede constituir en sí mismo una legitimación, ni siquiera indirecta, de la práctica del aborto, y presupone la oposición a esta práctica por parte de quienes recurren a estas vacunas.

De hecho, el uso lícito de esas vacunas no implica ni debe implicar en modo alguno la aprobación moral del uso de líneas celulares procedentes de fetos abortados.[4] Por lo tanto, se pide tanto a las empresas farmacéuticas como a los organismos sanitarios gubernamentales, que produzcan, aprueben, distribuyan y ofrezcan vacunas éticamente aceptables que no creen problemas de conciencia, ni al personal sanitario ni a los propios vacunados.

Al mismo tiempo, es evidente para la razón práctica que la vacunación no es, por regla general, una obligación moral y que, por lo tanto, la vacunación debe ser voluntaria. En cualquier caso, desde un punto de vista ético, la moralidad de la vacunación depende no sólo del deber de proteger la propia salud, sino también del deber de perseguir el bien común. Bien que, a falta de otros medios para detener o incluso prevenir la epidemia, puede hacer recomendable la vacunación, especialmente para proteger a los más débiles y más expuestos. Sin embargo, quienes, por razones de conciencia, rechazan las vacunas producidas a partir de líneas celulares procedentes de fetos abortados, deben tomar las medidas, con otros medios profilácticos y con un comportamiento adecuado, para evitar que se conviertan en vehículos de transmisión del agente infeccioso. En particular, deben evitar cualquier riesgo para la salud de quienes no pueden ser vacunados por razones médicas o de otro tipo y que son los más vulnerables.

Por último, existe también un imperativo moral para la industria farmacéutica, los gobiernos y las organizaciones internacionales, garantizar que las vacunas, eficaces y seguras desde el punto de vista sanitario, y éticamente aceptables, sean también accesibles a los países más pobres y sin un coste excesivo para ellos. La falta de acceso a las vacunas se convertiría, de algún modo, en otra forma de discriminación e injusticia que condenaría a los países pobres a seguir viviendo en la indigencia sanitaria, económica y social.[5]

El Sumo Pontífice Francisco, en la Audiencia concedida al suscrito Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en fecha 17 diciembre 2020, ha examinado la presente Nota y ha aprobado la publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 21 de diciembre de 2020, Memoria litúrgica de San Pedro Canisio.

Luis F. Card. Ladaria, S.I.
Prefecto

+ S.E. Mons. Giacomo Morandi
Arzobispo Titular de Cerveteri
Secretario

____________________________
[1] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Dignitas Personae (8 diciembre 2008), n. 35; AAS (100), 884.
[2] Ibid, 885.
[3] Cfr. Pontificia Academia para la Vida, “Moral reflections on vaccines prepared from cells derived from aborted humanfoetuses”, 5 junio 2005.
[4] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instruc. Dignitas Personae, n. 35: “Cuando el delito está respaldado por las leyes que regulan el sistema sanitario y científico, es necesario distanciarse de los aspectos inicuos de esos sistemas, a fin de no dar la impresión de una cierta tolerancia o aceptación tácita de acciones gravemente injustas. De lo contrario, se contribuiría a aumentar la indiferencia, o incluso la complacencia con que estas acciones se ven en algunos sectores médicos y políticos”.
[5] Cfr. Francisco, Discurso a los miembros de la Fundación

Fiesta del Bautismo del Señor

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Ante la perplejidad de Juan cuando ve a Jesus acercarse a recibir el bautismo, la respuesta de Jesús es: «está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Por otra parte, la historicidad de este acontecimiento, no ha sido puesta en duda en la investigación bíblica.

La primera lectura es de Isaías 42, 1-4.6-7. Nos muestra la figura del siervo de Yahvé, que es elegido en un contexto: el de la liberación del pueblo de Dios del exilio de Babilonia, y cuya acción tiene un horizonte más amplio; para ello, se le promete un don especial del Espíritu, para poder llevar adelante la misión que se le encomienda: la defensa del derecho de los pobres, los huérfanos, las viudas y los indefensos. Es el modelo ejemplar de profeta y gobernante que sólo aspira a hacer posible el bien común de todos. Por ello, no se dejará arrastrar por la acepción de personas, ni por debilidad. Implantará el derecho con limpieza, firmeza, ecuanimidad y equidad. Su tarea era convocar a todas las gentes para que puedan entrar en el proyecto salvador de Dios. He aquí, un conjunto de cualidades, todas ellas necesarias para aquel que crea y se disponga a dar testimonio en el mundo.

La segunda lectura, es de los Hechos de los apóstoles 10,34-38. La acción, se sitúa en casa de Cornelio, donde se produjo la primera conversión de gentiles al Evangelio. Allí Pedro muestra a Jesús como el verdadero siervo de Yahvé que, ante el anuncio de su muerte y resurrección, las gentes, en concreto, una familia de paganos, se abre a la fe y a la salvación y recibe el Espíritu. También y como hemos visto en la primera lectura, Jesús es el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu para realizar su misión y su tarea hasta la consumación final. Qué duda cabe que, a los discípulos de Jesús, no les faltará esta fuerza que viene de lo alto y contra la que nadie podrá. Pedro por su parte, hace una solemne proclamación kerigmática: «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él». Este reconocimiento y proclamación define un aspecto importante de la misión y tarea de Jesús, que es a su vez una característica del Siervo de Yahvé, la de ser para los demás y por los demás.

El Evangelio de Marcos 1,6b-11, es una epifanía, es decir, un relato revelador de realidades muy profundas, en un lenguaje austero y sobrio: es el momento en que Jesús recibe su misión de Siervo. Esto es: asumir sustitutivamente la responsabilidad del pueblo y de la humanidad y el equipamiento necesario para la misma. Jesús, como los discípulos después, caminarán por el mismo camino y por los mismos ámbitos que sus hermanos los hombres, llamados a no escandalizarse del mal de nadie, sino a reconocerlo, asumirlo y tratar de superarlo.

Es necesario observar un detalle y es que la donación del Espíritu no está relacionada con el bautismo, pues se abren los cielos y desciende el Espíritu cuando Jesús ha salido de las aguas del Jordán. Todo indica que el bautismo de Juan no confiere el Espíritu Santo, este es un privilegio propio del bautismo cristiano. El Cielo abierto indicará, que Jesús, es el siervo de Yahvé, que lleva adelante el proyecto de Dios. Por eso recibe el equipamiento necesario para la misión: el don singular del Espíritu Santo, que permanece sobre él y para siempre. La voz del cielo, corrobora la vocación: Este es a la vez el Siervo de Yahvé y el Hijo de Dios. La humanidad y la divinidad de Jesús, se armonizan en una síntesis ideal: el Cristo, es el verdadero Dios y verdadero hombre. De ahí que, el bautismo de la Iglesia, recibido de Jesús y administrado en su nombre, confiera el perdón de los pecados, la incorporación a Cristo muerto y resucitado, la filiación divina y el don del Espíritu Santo.

La Epifanía

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El 6 de Enero, tradicionalmente, es conocido como el día de los Reyes Magos, pero propiamente es la fiesta de la Epifanía, que significa manifestación del Rey, que es Jesús. Si no se manifiesta el Señor, su encarnación no habría llegado a conocimiento de los hombres. Hoy es la fiesta de la Luz y de la entrada en la Iglesia del mundo gentil. Es una fiesta muy importante.

La Primera lectura es del profeta Isaías 60,1-6.  Se trata de un poema en honor a Jerusalén, luz de las naciones. Jerusalén que fue destruida por Nabucodonosor, vuelve ahora tras el exilio en Babilonia, a la ardua tarea de su reconstrucción y de ser signo para todos los hombres, pues a pesar de la pequeñez y estrechez en que se encuentra el pueblo, tiene un destino universal y abierto al futuro, que el profeta expresa mediante la imagen de los pueblos y sus reyes dirigiéndose a Jerusalén, ciudad del gran rey y Señor que es Dios. Hacia allí, llevan sus dones y de ahí la tradición sobre los dones de los magos a Jesús. Todo esto nos recuerda que la Iglesia, está llamada a dar testimonio ante el mundo. Jesús nos ha llamado a ser luz del mundo y sal de la tierra y todo ello, poniendo nuestros dones, talentos, cualidades y posibilidades al servicio de los demás.

La segunda lectura es de Efesios 3,2-3a.5-6. En ella, San Pablo, nos habla de su misión, que consiste, en ser mediador de la gracia, que Dios ha tenido siempre dispuesta para ofrecerla también a los gentiles. El mismo ha podido experimentar la gratuidad, la sinceridad y la ternura del amor misericordioso de Dios al llamarle de perseguidor de los seguidores de Jesús, a anunciador de su Hijo Jesucristo, salvador de todos. Varios siglos antes de la venida de Jesucristo, se habían cerrado las vías de comunicación con los gentiles, que eran considerados «malditos». Pero en la llamada a Abraham, se había anunciado que en él serán benditas todas las naciones. Pablo conoce por revelación, este plan misterioso que Dios le ha revelado y por el cual, el Evangelio no tiene fronteras y más aún, todos estamos llamados igualmente a una evangelización sin fronteras y a promover, por medio de Jesucristo, la comunión entre todos los hombres.

El Evangelio es de Mateo 2,1-12. Después del nacimiento de Jesús, al que alude muy brevemente, el evangelista nos ofrece una escena entrañable, pero a la vez muy compleja: unos magos, es decir, sabios del Oriente, se dirigen hacia judea, porque dicen haber visto una estrella. Estos magos son probablemente, astrónomos, que nos muestran cómo a Dios se le puede encontrar a través de la naturaleza, pero junto a la naturaleza también está la Palabra revelada. El recurso a Miqueas (5,1) orienta sus pasos a Jesús. Efectivamente, la Escritura sabe que el Dios creador y el Dios revelador es el mismo, pero en actuaciones distintas y complementarias que se entretejen armónicamente. Los magos-sabios representan a toda la gentilidad llamada y convocada mediante la naturaleza y por la palabra de Dios a encontrar y reconocer en Jesús al único y universal Salvador y de este modo es como los signos de la naturaleza y la luz de la palabra revelada les condujo al objetivo de su camino y encontraron al rey que buscaban y al que adoraron. Adorar es reconocer al único Dios. Aquel niño es por tanto, el Señor verdadero. Lucas lo expresó por medio del anuncio de los ángeles y Mateo lo relaciona con este bello y dramatizado relato de la visita de los magos-sabios, mostrándonos así que encontrar a Jesús es encontrar lo que realmente necesitamos. Como nos dice San Basilio: adorémosle junto con los Magos, démosle gloria con los pastores, exultemos con los ángeles, “porque nos ha nacido un Salvador: Cristo, el Señor”.     

2 Domingo de Navidad

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En este domingo, en el que celebramos la fiesta del Santo nombre de Jesús, que como dice San Bernardino de Siena, es: «el brillo de los predicadores, porque de él les viene la claridad luminosa, la validez de su mensaje y la aceptación de su palabra por los demás»,  se nos invita en la primera lectura de Eclesiástico 24,1-2.8-12, a reflexionar detenida y reposadamente en la presencia de la Sabiduría-Palabra de Dios, que nosotros descubrimos en un niño indefenso, débil, pero que es «templo personal de la sabiduría». Del mismo modo que cuando contemplamos limpiamente la creación, contemplamos la sabiduría de Dios. Esta sabiduría, no es temporal ni intermitente sino estable y permanente, así se desprende de la imagen empleada: «echar raíces», que sugiere seguridad y continuidad.

En el Nuevo Testamento, como veremos en el Evangelio, la Sabiduría es Jesús. El Evangelista Juan, cuando nos habla del “Verbo”, tiene como trasfondo este texto y lo utiliza refiriéndose a la teología de la Palabra y de la Sabiduría, en el sentido de fuerza que crea, revelación que ilumina, persona que vivifica. Jesús, en efecto, es la Palabra última y definitiva de Dios, la auténtica Sabiduría hecha visible, la persona enviada por Dios como Hijo Unigénito del Padre

La segunda lectura es de Efesios (1,3-6.15-18) Es la introducción a la carta a los Efesios en la que se desarrolla el misterio de Cristo y de la Iglesia, en un hermoso himno

Comienza el Himno, recordando la bendición de Dios por medio de Jesucristo. Dios está ahí hecho bendición para todos en Jesús, que se hizo hombre real para estar en medio de los hombres y eso es posible por el misterio pascual. Por eso no se puede vivir la Navidad sin la pascua y el don del Espíritu

Continúa recordándonos que somos Hijos adoptivos de Dios, por lo que Dios ya no contempla al hombre directamente sino a través de su Hijo. Con lo que el hombre, puede vivir en la segura esperanza y confianza filial de que siempre será contemplado amorosamente por Dios

El apóstol, nos invita a dar gracias por las celebraciones que estamos realizando, pues no son solo realidades del pasado, sino que se hacen eficaces ahora. En este momento de nuestra historia, por lo que también debemos prorrumpir en una gozosa y profunda acción de gracias

El Evangelio es de Juan 1,1-18. A diferencia de los demás evangelios, Juan no narra el nacimiento y la primera infancia de Jesús, sino que, de forma poética, describe el origen de la Palabra en la eternidad de Dios. Veámoslo siguiendo un orden.

1º La Palabra del Padre dirige la historia de los hombres. La Iglesia quiere que en este tiempo  de Navidad dirijamos una mirada respetuosa a la creación. Ese niño es la Palabra eterna de Dios por la que lo creó todo.

2º La Palabra habitó en el pueblo de Israel. El evangelista sintetiza en una sola frase toda la historia de la salvación: «Vino a los suyos y los suyos no la recibieron», pero nosotros, en cambio, podemos entrar en diálogo con la Palabra, más directamente, por la presencia humana de Jesús

3º La Palabra se hizo hombre-historia. «La Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros». La palabra se ha hecho hombre, con toda su capacidad de sufrimiento, de comunicación y de solidaridad´.

4º la acogida de la Palabra nos da derecho a ser hijos de Dios. «pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios». El hombre, además de ser imagen de Dios por la presencia de la Palabra y del Espíritu, es su propio hijo adoptivo. Esta es la verdadera Navidad, la gran noticia del nacimiento del Verbo en nosotros; que acojamos esta Palabra.

Santa María Madre de Dios

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Celebramos la fiesta más importante en honor de la santísima Virgen María. Hoy es también el día o jornada especialmente consagrado a la paz, realidad tan necesaria en nuestro mundo.

La primera lectura del libro de los Números 6, 22-27, nos recuerda que la bendición es un tesoro que los patriarcas reciben de Dios. Dios bendijo a nuestros primeros padres (Gn 3), bendijo a Abraham y en él serán benditas todas las naciones (Gn 12). Y esta bendición la han de transmitir a la hora de la muerte al primogénito como una herencia, como parte central de su testamento (Gn 27). Tiene también la garantía de la paz de parte de Dios. La palabra «Shalom», que se traduce por paz, tiene un significado más amplio, es el resumen de todos los bienes salvíficos que Dios concede a los hombres, pues hace posible la armonía con Dios, consigo mismo y con la naturaleza creada.

Hoy, que civilmente comenzamos un nuevo año, pedimos a Dios su bendición que cuaja especialmente en la paz y así nos unimos a toda la Iglesia y a todos los hombres de buena voluntad.

La segunda lectura, es de Gálatas 4,4-7, y en ella, el pensamiento de San Pablo se concentra en la filiación divina, que no es resultado de la observancia de la ley, sino que fue necesario que el propio hijo de Dios se hiciera hombre para hacernos a todos hijos de Dios por adopción. La encarnación tendrá como finalidad conseguir para los hombres este don desbordante y gratuito. Maria es proclamada hoy, madre de aquel por el cual recibimos la filiación divina, ese es su mayor título, de forma que todos recibimos el don gratuito de la filiación por medio de Jesús, hijo de Dios y de María, madre de Dios.

Celebrar la Navidad es celebrar el don por el que el hombre puede dirigirse a Dios como Padre y de ahí también nuestra condición de verdaderos hermanos. Así es como descubrimos el rostro de Dios, que no es algo que está allá arriba, ni tampoco un Dios justiciero, insensible y ajeno a las preocupaciones y problemas de los hombres. Nuestro Dios es cercano, entrañable.

El Evangelio es de Lucas 2, 16-21. En él se nos relata la vuelta de los pastores a sus majadas y como cuentan por todas partes lo que ha visto y oído, causando la admiración de todos. Son pues, un anticipo de la acción evangelizadora de la Iglesia. Maria, por su parte comienza su camino de meditación. Lucas utiliza dos verbos distintos para indicarlo: conservar y meditar, es decir: rumiar, darle vueltas. El primero sugiere la acción de guardar celosamente un tesoro muy valioso en un lugar seguro: el corazón, que para la antropología hebrea, es la intimidad de la persona. Maria no solo guarda celosamente en lo mas íntimo de su persona todo lo que escucha y observa, sino que lo rumia y le da vueltas (medita). Hay diversas actitudes ante Jesus, para el evangelista, pero sólo María adopta la postura del verdadero creyente, porque ella sabe guardar con sencillez lo que escucha y meditar con fe lo que ve, para ponerlo todo en su corazón y transformar en plegaria la salvación que Dios le ofrece. A los ocho días cumplen con Jesús un rito habitual entre los judíos, como signo de la alianza con Dios. El signo de pertenencia al pueblo de Dios es la aceptación de las cláusulas de la alianza (especialmente del reconocimiento de Dios como único y solo Dios) y el signo visible de la circuncisión. Jesus, en todo semejante a nosotros, menos en el pecado, comparte y se integra realmente en su pueblo con el rito de la circuncisión, pero en este marco se le impone el nombre de Jesús, como lo había indicado el ángel a Maria y a José. Hoy nos regocijamos en este nombre, por el que se nos da, la salvación, el perdón, la paz y todos los dones que proceden de Dios. En una palabra, en él se nos da la bendición.

La Sagrada Familia, Ciclo B

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La Iglesia nos invita a reflexionar sobre la institución de la familia y a tomar conciencia de su carácter sagrado.

La primera lectura del libro del eclesiástico 3.2-6.12-14 nos recuerda lo que en la Escritura fundamenta las relaciones de los hijos con los padres y viceversa: éstas, son un camino seguro para la observancia del mandamiento del amor a Dios y los padres son los colaboradores inmediatos de Dios en la transmisión de la vida, de ahí que tanto el Concilio Vaticano II en la Gaudium et spes y como luego nos recordará Juan Pablo II en la Familiaris Consortio, dirán que: «la familia es una comunidad de vida y de amor» ya que es la proyección de la vida comunitaria que existe en Dios (Uno y Tres). Es reflejo de su propia vida íntima.

El pasaje, pone de relieve que la relación entre el honrar a Dios y el honrar a los padres; respetarlos y cuidarlos, es obedecer a Dios; no apiadarse de ellos y abandonarlos en el momento de la prueba es despreciar al Señor.

La segunda lectura es de Colosenses 3,12-21, nos presenta también la comunidad cristiana como una comunidad de vida y amor animada por la misericordia, la bondad, la dulzura y la comprensión. Hay una relación estrecha entre la vida de familia y la vida de comunidad y es que tanto una como otra, son el terreno ideal para vivir las bienaventuranzas, como la de la misericordia: «Dichosos los misericordiosos, porque Dios tendrá misericordia de ellos» (Mt 5,7) o la de la dulzura o también, la no-violencia: «Dichosos los no-violentos porque ellos poseerán la tierra» (Mt 5,5).

En un mundo agresivo y violento son necesarias familias y/o comunidades en las que todos se sientan acogidos en la dulzura y misericordia con gestos y palabras. Igual ocurre con el perdón. Los miembros de las familias y/o de las comunidades, deben estar atentos a sus propias debilidades y a las de los demás. Para ello, necesitan ser generosos en ofrecerse el perdón, y por encima de todo el amor, que nace de la experiencia profunda del amor que Dios nos ha manifestado en Cristo Jesús. En definitiva, valores como la obediencia, el respeto, el amor en el núcleo familiar y la educación de los hijos se releen a la luz de un constante punto de referencia: el modo de vida del Señor, libre y obediente al Padre. Cristo es el verdadero referente de toda vida familiar y/o comunitaria, de manera que todo cuanto sea hecho o dicho, sea hecho o dicho en su santo nombre.

El Evangelio de Lucas 2,22-40, nos presenta el relato del Anciano Simeón que representa la esperanza de un pueblo cumplida ya en Jesús aunque todavía no del todo. Simeón, por un lado, representa al pueblo que espera la consolación de Dios y expresa gráficamente la plenitud de su espera. El canto que canta al Dios que se ha manifestado salvador y poderoso en el acontecimiento de Jesús en quien se cumplieron todas las promesas, lo rezamos cada día en la oración de laudes.

Ahora bien, será bandera discutida, pues la persona y el mensaje de Jesús provocan una «criba», un «discernimiento» que nos sitúa o con él o contra él. Igualmente, nosotros, en la medida en que somos fieles al Evangelio, somos llamados también a provocar un discernimiento constante entre los hombres.

María, por otro lado, es el modelo ejemplar del pueblo de Dios de antaño y de la Iglesia para todos nosotros, que estamos inmersos en un mundo hostil y agresivo ante los valores verdaderamente humanos y éticos. Podemos imitarla en la medida en que como ella, acogemos la Palabra de Dios, que purifica, ilumina y da plenitud de sentido a nuestra historia.    

Navidad 2020, Ciclo B

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En el marco de un cántico al Señor por la restauración de Jerusalén, la primera lectura de Isaías 52,7-10 nos muestra uno de los más hermosos mensajes en un tiempo en el que el pueblo está sometido al exilio y las preguntas acuciantes están a la orden del día: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz…que pregona la victoria, que dice a Sión: tu Dios es rey». El mensajero de parte de Dios, proclama: ¡Dios reina ya! Unas palabras que recobran todo su sentido en nuestro mundo acuciado por muchos interrogantes que parecen no tener respuesta, frente a los cuales hoy también proclamamos con fuerza la presencia de Dios, una presencia, siempre salvadora. La celebración del Nacimiento del Salvador nos permite contemplar y luego proclamar que Dios, aunque nos pueda desconcertar, ha actuado y actúa con poder por medio de su Hijo Jesucristo.

La segunda lectura de Hebreos, 1,1-6, nos indica que Jesús es la última palabra de Dios y quiere que esa palabra siga siendo proclamada en el mundo. Se nos invita con urgencia a la evangelización, a la proclamación de la Buena Noticia de las maravillas de Dios. El Hombre que había sido hecho a imagen y semejanza de Dios, descubre en Jesús, su grandeza y por tanto la necesidad de respetar a toda persona humana sea de la raza o nación que sea. En todo hombre y en todo acontecimiento humano, se esconde Jesús y espera que le busquemos. Navidad es entrar en la realidad de todos esos hermanos en los que se esconde Jesús.

En la humanidad de Cristo se oculta su divinidad. Celebramos que Dios está presente en Jesús y que estamos llamados a encontrarnos con él en cada hombre y cada mujer de buena voluntad.

El Evangelio es de Juan 1,1-18, en el recordamos la presencia de la Palabra en la creación y consecuentemente en la historia de toda persona humana, que existe por la Palabra y el Espíritu. La Iglesia quiere que el día de Navidad dirijamos una mirada respetuosa a la creación y a encontrar en el Niño, la Palabra eterna de Dios por la que todo fue hecho.

El Evangelista sintetiza en una frase toda la Historia de la salvación en la que se da la dialéctica continua de fidelidad a la Palabra y rechazo de la misma: «Vino a los suyos y los suyos no la recibieron», pero Dios no deja de lado su proyecto y los que la acogen, son hechos hijos de Dios. Esta es la gran novedad de la encarnación en el pensamiento de Juan: que Dios ha revelado su Palabra y la ha enviado al mundo para nuestra salvación de manera que la salvación de los hombres, el reencuentro con Dios, que hace posible la humanización verdadera y el encuentro con los demás, ha sido la finalidad de todos los dones de Dios y entre ellos destaca el de la encarnación.

El hombre, no solo es imagen de Dios por la presencia de la Palabra y el Espíritu sino hijo adoptivo con todos los derechos. Celebremos, por tanto, la Navidad, disfrutémosla y compartámosla generosamente haciéndola actual en nuestro mundo.   El no solo se ha hecho hombre, sino que se ha quedado entre los hombres y nos ha hecho hijos: «A cuantos le recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios».

En Navidad nace Jesus y con él nacemos nosotros a una vida nueva. A nosotros solo nos queda agradecerle y alegrarnos por nuestra participación en su misma vida divina.

Misa de Noche buena, año 2020, Ciclo B

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La liturgia de esta noche, se centra en el nacimiento temporal del Hijo de Dios hecho hombre.

La primera lectura es de Isaías 9, 2-7. Allí se nos dice que: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras y una luz les brilló». En los orígenes cuando las tinieblas lo invadían todo, la intervención creadora de Dios con su palabra y con su Espíritu será una victoria de la luz sobre las tinieblas. Con el nacimiento del Mesías, el hombre puede vivir en la luz. La Eucaristía de esta noche nos invita a envolvernos de la luz del mesías que se nos regala y luego ser lámparas encendidas a nuestro alrededor.

«Acreciste la alegría, aumentaste el gozo se gozan en tu presencia». La venida, del Mesías, que restaura el plan de Dios es motivo y fuente de alegría para todos, pues el mundo cuenta entre sus tesoros mas inapreciables, la presencia siempre actual del Príncipe de la paz que quiere conducirlo hacia ella. Necesitamos tomar en serio la paz y la equidad en el mundo, en todas sus manifestaciones: la paz íntima, del corazón, en las familias, en la convivencia cotidiana…Dios es un Dios de paz.

La segunda lectura es de Tito 2,11-14) «ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación de Dios para todos los hombres» Dios no excluye a nadie del banquete festivo de su reino. Es necesario romper fronteras y derribar obstáculos como los racismos y discriminaciones de todo tipo. La contemplación de la escena de Belen sigue planteando interrogantes y animando el compromiso de los discípulos de Jesús. Dios infinitamente rico, se hace pobre e infinitamente santo, asume la naturaleza humana menos en el pecado. Si así nos ha amado, tanto o más nos tendremos que amar.

El Evangelio es de Lucas 2,1-14. Después de decirnos que estamos ante un acontecimiento que acaece en una situación, momento y lugar determinado, el punto central son las palabras de los ángeles a los pastores: «Gloria a Dios…y en la tierra paz», las cuales marcan el inicio de una época nueva en la historia de los hombres. En esta noche, como en la de pascua, se proclama la gloria de Dios y junto a ella la paz, que es la síntesis y la suma de todos los bienes salvíficos que Dios ofrece gratuitamente al hombre. Paz que no se construye solo desde arriba sino desde abajo, desde nuestra propia intimidad y nuestra comunión con el príncipe de la paz, hasta alcanzar las múltiples relaciones sociales y humanas.

En esta Noche santa asumimos la misión de hacer sensible y tangible al mundo la gloria de Dios, respondiendo a su proyecto salvador y asumiendo el compromiso de llevarlo a los demás mediante la construcción de la paz. Que nos contagiemos y transformemos por este acontecimiento. Cuatro son las noches históricas de la humanidad: la noche de la Creación, la de Abraham, la del Éxodo y la de Belén. Esta es la más importante porque el Hijo de Dios ha traído su paz, que no es como la pax romana, sino el fundamento de la civilización del amor. Que podamos vivir y contemplar en esta noche, al que es la paz.  

La justicia es inmortal

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En el libro de la sabiduría 1, 12-15, encontramos que la justicia es inmortal, de donde podemos entresacar que la muerte o lo mortal pertenece a lo injusto, a lo no querido por Dios.

Cuando muere alguien en edad joven o en circunstancias adversas, es cuando más experimentamos esta primera afirmación que hace referencia a la injusticia, pero curiosamente no nos percatamos de la segunda afirmación, la que hace referencia a qué es lo no querido por Dios. Efectivamente, la muerte es fruto del pecado y el pecado es lo contrario a Dios. Sólo el que vence el pecado, vence la muerte y este es Cristo.

Pero como, nos recuerda Os 6,1.2, Dios es el que desgarra y cura, golpea y venda, es decir, que no estamos fuera de él, sino que como nos recuerda San Pablo: «en él vivimos, nos movemos y existimos» (Heh 17,28)

El Evangelio es y será siempre buena noticia, llamada a la salvación del pecado y de la muerte, pero como todavía, el pecado y la muerte tienen fuerza, serán siempre un impedimento para su anuncio y difusión, de ahí que San Pablo insista a su discípulo Timoteo, en la necesidad de tomar parte en los padecimientos del Evangelio según la fuerza de Dios (2 Tim 1,8-10). El mensaje de la cruz, siempre será escándalo para unos y necedad para otros, pero para los que se convierten, es fuerza de Dios y sabiduría de Dios (1º Cor 1, 18-31).

Así pues, nuestro destino no es otro que el estar con Cristo (jn 14, 1-4) y estar con Cristo es estar con el Padre, lo cual es participar de su misma vida inmortal y eterna. Cristo es por tanto el camino que nos conduce al Padre, fuente y origen de la vida, felicidad y gozo perpetuo. Mientras vamos de camino, experimentamos ya algo de eso, aunque con bastantes interferencias y siempre con el temor de que se acabe, pero Dios nos llama por medio de Jesucristo y alienta nuestro deseo de Eternidad, de manera que todo cuanto deseamos y anhelamos no es sino reflejo de ese querer estar con el Padre, por el Hijo y en el Espíritu.     

4 Domingo de Adviento, Ciclo B

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En Israel solo hay un rey que es Dios. En la primera lectura de 2 Samuel 7,1-5.8b-11.16, David quiere construir una «casa» (templo) para su Dios, al que se lo debe todo; Dios que entiende el deseo de David se adelanta y le promete construir una «casa» (dinastía) que durará para siempre. Esta seguridad en la promesa ofrecida por Dios, fundamentará la esperanza del pueblo en todos los momentos de su historia y ésta promesa será como una lámpara encendida en los momentos más difíciles. La raíz y el fundamento de la esperanza contra toda esperanza es esta promesa que culminará en la realidad mesiánica. En los momentos difíciles del exilio babilónico se tradujo en una esperanza de restauración y siglos mas tarde en la esperanza del mesías, que colmará todas las esperanzas. A este fragmento se refiere el ángel Gabriel en la anunciación de la encarnación del verdadero y definitivo Mesías, esperanza de todos los pueblos, Jesús de Nazaret.

La segunda lectura de Romanos 16,25-27 nos habla del Evangelio proclamado por Pablo, este Evangelio, es el mismo Cristo proclamado que es la continuidad con el Cristo proclamador. La unidad profunda de las dos etapas muestra la solidez del proyecto de Dios en favor de los hombres. Anunciar incansablemente el Evangelio es esperanza para los proclamadores y respuesta a los anhelos de la humanidad en cuanto que Buena noticia siempre actual. Además, este Evangelio es como se nos dice: «revelación del misterio mantenido en secreto durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura». Jesús aparece así en el centro de la historia de la salvación y como decía San Jerónimo: conocer la Escritura es conocer a Cristo, e ignorar la Escritura es ignorar a Cristo. La Sagrada Escritura es lo que da firmeza y autenticidad a la esperanza, así, el discípulo de Jesús, tiene siempre motivos para seguir esperando incluso en medio de las experiencias más difíciles, de forma que en ellas se hace creíble su vida y su palabra.

El evangelio de Lucas 1,26-38, narra las circunstancias humanas en que se va producir el acontecimiento central de la historia de la salvación. Se indica la situación de María: es una virgen y José es de la casa de David. Jesús será hijo de David a través de José. La Palabra se hará historia en un hogar humano, pero con una intervención divina del todo especial.

Lucas enseña lo mismo que Pablo en la carta a los romanos cuando dice: «acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con poder según el Espíritu de Santidad por su resurrección de entre los muertos». Y Lucas: «el Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que va a nacer será santo y se llamará Hijo de Dios». En una palabra, va a tener lugar una nueva creación y para realizarla es necesaria la presencia del Espíritu Creador y la virginidad de María está al servicio de esta maravilla. La encarnación de la Palabra es por tanto, el primer momento de la nueva creación. María pronunciando su sí, ha entrado a formar parte directa de la encarnación y todos los elementos de la promesa a David se funden y realizan en Jesucristo, que es el Mesías perteneciente a la familia davídica y es el Hijo hecho hombre, el nuevo templo, la casa que Dios ha preparado para que el hombre y Dios se encuentren

Falsas respuestas

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Hay dos situaciones extremas que pueden llegar a presentarse como soluciones en circunstancias particularmente dramáticas, sin advertir que son falsas respuestas, que no resuelven los problemas que pretenden superar y que en definitiva no hacen más que agregar nuevos factores de destrucción en el tejido de la sociedad nacional y universal. Se trata de la guerra y de la pena de muerte

«En el que trama el mal sólo hay engaño, pero en los que promueven la paz hay alegría» (Pr 12,20). Sin embargo hay quienes buscan soluciones en la guerra, que frecuentemente «se nutre de la perversión de las relaciones, de ambiciones hegemónicas, de abusos de poder, del miedo al otro y a la diferencia vista como un obstáculo». La guerra no es un fantasma del pasado, sino que se ha convertido en una amenaza constante. El mundo está encontrando cada vez más dificultad en el lento camino de la paz que había emprendido y que comenzaba a dar algunos frutos.

Puesto que se están creando nuevamente las condiciones para la proliferación de guerras, recuerdo que «la guerra es la negación de todos los derechos y una dramática agresión al ambiente. Si se quiere un verdadero desarrollo humano integral para todos, se debe continuar incansablemente con la tarea de evitar la guerra entre las naciones y los pueblos. Para tal fin hay que asegurar el imperio incontestado del derecho y el infatigable recurso a la negociación, a los buenos oficios y al arbitraje, como propone la Carta de las Naciones Unidas, verdadera norma jurídica fundamental». Quiero destacar que los 75 años de las Naciones Unidas y la experiencia de los primeros 20 años de este milenio, muestran que la plena aplicación de las normas internacionales es realmente eficaz, y que su incumplimiento es nocivo. La Carta de las Naciones Unidas, respetada y aplicada con transparencia y sinceridad, es un punto de referencia obligatorio de justicia y un cauce de paz. Pero esto supone no disfrazar intenciones espurias ni colocar los intereses particulares de un país o grupo por encima del bien común mundial. Si la norma es considerada un instrumento al que se acude cuando resulta favorable y que se elude cuando no lo es, se desatan fuerzas incontrolables que hacen un gran daño a las sociedades, a los más débiles, a la fraternidad, al medio ambiente y a los bienes culturales, con pérdidas irrecuperables para la comunidad global.

(Carta Encíclica de SS Francisco, Fratelli Tutti, n. 255-257)

3 Domingo de Adviento, ciclo B

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El profeta es un enviado al pueblo con una misión que se define muy detalladamente. La primera lectura de Isaías 61,1-2ª. 10-11, resume el motivo del envío del profeta: para dar la buena noticia a los pobres. El profeta debe anunciar que Dios no se ha olvidado, sino que se cuida de ellos. Este profeta llevará el Evangelio a los pobres, la amnistía a los cautivos y un año de gracia del Señor. Todas estas son imágenes de la salvación definitiva. Ésta está inmersa en un forcejeo misterioso entre la gratuidad de Dios y la respuesta libre del hombre. La esperanza, por tanto, la vivimos inmersos en lo paradójico y desconcertante de nuestra historia, pero en referencia a una palabra que es como lámpara que alumbra en lugar oscuro, porque Dios conduce la historia hacia una meta feliz y victoriosa. Así es como la esperanza cristiana asume la historia humana apoyándose incondicionalmente en la fidelidad y en el poder de Dios. Este es el verdadero Adviento que el profeta nos muestra con su palabra, mostrándonos la voluntad de Dios.

La segunda lectura, es de 1Tesalonicenses 5,16-24. En ella, Pablo observa que la esperanza es motivo de alegría, pues se apoya en la seguridad de la promesa de Dios que dirige la historia hacia una meta feliz y plenamente humanizadora. De ahí, la exhortación a: estar alegres, a orar en todo momento y a dar gracias, pues esta es la voluntad de Dios. Solo así, podremos:  no apagar la fuerza del Espíritu, no menospreciar los dones proféticos, examinarlo todo quedándonos con lo bueno y apartarnos de todo tipo de mal.

Todo ello, se apoya sobre una convicción típica de Pablo: «Dios es fiel». Es, por tanto, un Dios que cumple su palabra y sus promesas, en consecuencia, es posible la esperanza en medio de la tribulación. La esperanza requiere la respuesta por parte del hombre, pero siempre tiene la mirada y el corazón puestos en el Dios que es fiel, que cumple y mantiene su promesa. La esperanza cristiana apunta hacia un bien futuro, difícil pero posible por el empeño del poder de Dios.

El Evangelio de Juan 1,6-8.19-28, parece responder a ciertos movimientos sectarios que surgieron del bautista, apuntando a que Jesús es siempre y en todo superior a Juan y que solo Jesús es el verdadero Mesías. Por tanto, la comunidad eclesial fundada por Jesús es la auténtica. La última frase de este fragmento (v. 28) nos indica que Juan desarrolla su ministerio en Betania, que significa: casa del testimonio, lo que indica, la importancia del testimonio tanto personal como comunitario. Juan es modelo de testigo, enseñándonos que cada uno puede y debe ser «signo» de Jesus para el otro y manteniendo la capacidad de desaparecer, exactamente como él. Cada uno es un signo útil, incluso necesario, pero precisamente por ser signo no es algo definitivo. Juan pudo aprovecharse de la ignorancia de los que le preguntaban y dejarse aclamar como Mesías, pero el sabe estar en su lugar. Es el que da testimonio de que uno solo es el Señor y uno solo el maestro, todos los demás somos hermanos.

Inmaculada Concepción de María

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María es modelo de la nueva humanidad salvada en Cristo.

La primera lectura es de Génesis 3,9-15.20. y recoge la respuesta de Dios a la lamentable situación creada como resultado de la desobediencia de nuestros primeros padres.

El árbol de la ciencia del bien y del mal significa que Dios se reserva el derecho a determinar lo que es bueno y lo que es malo. El hombre puede elegir, pero no determinar lo que es bueno y es malo. Su libertad está determinada por la voluntad de Dios de la que procede. Ese es el bien del hombre y la posibilidad de su realización y pleno sentido humano. El primer pecado ha sido un atentado a la soberanía de Dios, una reclamación de autonomía moral, por la que el hombre no se conforma con su condición de creatura.

Este relato leído en el marco de la fiesta de hoy indica que Dios proyecta establecer el orden primero y realizará un nuevo proyecto de restauración en María.

Dios se pone de parte del hombre frente a la serpiente, es más, la humanidad es herida en el calcañar, es decir en una parte no vital, mientras que la serpiente será herida en la cabeza. Por eso se ha definido el capítulo 15 como protoevangelio, es decir, primer anuncio de la victoria del hombre sobre el pecado y la muerte.

La victoria se atribuye al linaje de la mujer, esto es, a Jesucristo, que es el que aplasta la cabeza del enemigo en la cruz y en la resurrección. Jesús es por tanto el único salvador, el único mediador entre Dios y los hombres y la figura de María, encaja admirablemente en este proyecto. Ella es la nueva Eva y la madre de la Iglesia naciente junto al árbol de la cruz.

La segunda lectura es de Efesios 1,3-6.11-12, y se ha definido como el magníficat de Pablo, es un canto de bendición y alabanza a Dios, invocado no como Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, sino como Padre de nuestro Señor Jesucristo. Cristo es pues, el único Mediador,  el Mesías, plenitud de la espera de Israel.

La Iglesia, al introducir o elegir este texto para la fiesta de la Inmaculada Concepción, nos invita a dirigir la mirada a María como la primera y singular beneficiaria de esta actuación de Dios en favor de su pueblo por medio de Jesucristo, que es su Hijo al darle la naturaleza humana. Ella, es la primera elegida en el plan de Dios antes de la creación del mundo y recibe el don antes de experimentar el pecado; nosotros, en cambio, alcanzamos el don después de participar de él y  somos liberados de él por la fe y el bautismo.

El Evangelio de Lucas 1,26-38, indica la situación de María, que es una virgen, y de José, que es de la casa de David. Así pues, Jesús será hijo de David a través de José, que sin embargo no será su padre biológico. Lo será por la paternidad legal que produce los mismos efectos jurídicos que la paternidad natural, cuando así lo reconoce públicamente el padre. De este modo la Palabra se hará historia en un hogar humano, pero con una intervención divina del todo especial como lo demuestra la presencia de un ángel enviado del Señor.

Dios que capacita a aquellos a quienes quiere encomendar una misión especial, ha preservado a Maria del pecado, como afirma la fe de la Iglesia, de esta forma, Dios indica que la comunión con su voluntad lejos de restarle algo al hombre, le engrandece.

El sí de María, es eco del: «aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad» (sal 39,8) con el que el mismo Jesus se adhiere a la voluntad salvífica de Dios, de forma que en el encuentro de esas dos obediencias se cumple el plan de salvación.

2 Domingo de Adviento, Ciclo B

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Dios viene, preparemos su venida.

La primera lectura del profeta Isaías nos habla de un mensajero que, elevado sobre un monte, grita: «aquí está vuestro Dios, aquí está el Señor».  La vuelta del exilio, que supuso una gran prueba, es signo de la presencia de Dios en medio de su pueblo, dejando claro que: este Dios que los liberó de la esclavitud de Egipto y que les saca ahora del exilio de Babilonia, es el Creador, el que lo ha hecho todo y su presencia lo llena todo y su salvación llega a todos. El tiempo del duro exilio, ha servido al pueblo para madurar su fe y ver que Dios está en todas partes y que no solo es el Dios de Israel, sino el Señor de todos los pueblos.

Se impone pues una palabra de aliento, de consolación: «Consolad a mi pueblo y hablad al corazón de Jerusalén». Tras la dura prueba, viene la consolación y la preparación de una senda para que venga el Señor, y es que él viene a nuestro encuentro, él quiere nacer en el pesebre de nuestro corazón.

La segunda lectura de 2 de Pedro 3,8-14 nos muestra unos signos de destrucción. Dios acaba con el mal, mediante toda esa destrucción de los elementos y está oculto silenciosamente en nosotros. Pero la pregunta es: ¿Por qué tarda en venir? Los que creen que no necesitan conversión no entienden que es la paciencia de Dios la que hace posible nuestra conversión y la que hace posible la historia de la salvación encaminándola hacia su meta definitiva. La paciencia de Dios es, por tanto, nuestra salvación. Mientras tanto, vivamos en su presencia alentadora en cada uno de nosotros y en todos, que nos llama a la santidad en el amor y que nos garantiza la llegada de un cielo nuevo, y una tierra nueva en donde habite la justicia.

El Evangelio de Marcos 1,1-8 nos invita a ver la presencia de Dios, hecha realidad en Jesucristo. Juan el Bautista es el encargado de descubrirla y de anunciar que Cristo es el que viene a colmarnos de ella. Así lo indica al decir: «yo bautizo con agua, pero él os bautizará con Espíritu Santo». Juan nos indica también que es el desierto, es decir el silencio y la soledad a donde Dios nos llama para que hagamos viva esa presencia.

Ante tantos mensajes negativos, nihilistas, contradictorios, quedémonos con el mensaje profético que nos invita a preparar nuestro corazón para que el Señor pueda poner en él su morada. Él, como decíamos, quiere nacer en él, hacerse presente en nuestra historia para llenarla de su presencia y de su amor, como dice Hugo de San Victor: «ni Dios podía venir a nosotros, ni nosotros podíamos ir a él sino por medio del amor». Ese amor se nos ha dado por medio de Jesucristo que baja del cielo a la tierra para llevar al hombre de la tierra al cielo.

El aceite de la misericordia

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Contemplar y proclamar

Tampoco estamos hablando de impunidad. Pero la justicia sólo se busca adecuadamente por amor a la justicia misma, por respeto a las víctimas, para prevenir nuevos crímenes y en orden a preservar el bien común, no como una supuesta descarga de la propia ira. El perdón es precisamente lo que permite buscar la justicia sin caer en el círculo vicioso de la venganza ni en la injusticia del olvido.

Cuando hubo injusticias mutuas, cabe reconocer con claridad que pueden no haber tenido la misma gravedad o que no sean comparables. La violencia ejercida desde las estructuras y el poder del Estado no está en el mismo nivel de la violencia de grupos particulares. De todos modos, no se puede pretender que sólo se recuerden los sufrimientos injustos de una sola de las partes. Como enseñaron los Obispos de Croacia, «nosotros debemos a toda víctima inocente el mismo respeto. No puede…

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El aceite de la misericordia

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Tampoco estamos hablando de impunidad. Pero la justicia sólo se busca adecuadamente por amor a la justicia misma, por respeto a las víctimas, para prevenir nuevos crímenes y en orden a preservar el bien común, no como una supuesta descarga de la propia ira. El perdón es precisamente lo que permite buscar la justicia sin caer en el círculo vicioso de la venganza ni en la injusticia del olvido.

Cuando hubo injusticias mutuas, cabe reconocer con claridad que pueden no haber tenido la misma gravedad o que no sean comparables. La violencia ejercida desde las estructuras y el poder del Estado no está en el mismo nivel de la violencia de grupos particulares. De todos modos, no se puede pretender que sólo se recuerden los sufrimientos injustos de una sola de las partes. Como enseñaron los Obispos de Croacia, «nosotros debemos a toda víctima inocente el mismo respeto. No puede haber aquí diferencias raciales, confesionales, nacionales o políticas».

Pido a Dios «que prepare nuestros corazones al encuentro con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz».

(Carta Encíclica de SS Francisco, Fratelli Tutti, n. 252-254)

Venganza o perdón

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El perdón no implica olvido. Decimos más bien que cuando hay algo que de ninguna manera puede ser negado, relativizado o disimulado, sin embargo, podemos perdonar. Cuando hay algo que jamás debe ser tolerado, justificado o excusado, sin embargo, podemos perdonar. Cuando hay algo que por ninguna razón debemos permitirnos olvidar, sin embargo, podemos perdonar. El perdón libre y sincero es una grandeza que refleja la inmensidad del perdón divino. Si el perdón es gratuito, entonces puede perdonarse aun a quien se resiste al arrepentimiento y es incapaz de pedir perdón.

Los que perdonan de verdad no olvidan, pero renuncian a ser poseídos por esa misma fuerza destructiva que los ha perjudicado. Rompen el círculo vicioso, frenan el avance de las fuerzas de la destrucción. Deciden no seguir inoculando en la sociedad la energía de la venganza que tarde o temprano termina recayendo una vez más sobre ellos mismos. Porque la venganza nunca sacia verdaderamente la insatisfacción de las víctimas. Hay crímenes tan horrendos y crueles, que hacer sufrir a quien los cometió no sirve para sentir que se ha reparado el daño; ni siquiera bastaría matar al criminal, ni se podrían encontrar torturas que se equiparen a lo que pudo haber sufrido la víctima. La venganza no resuelve nada.

(Carta Encíclica de SS Francisco, Fratelli Tutti, n. 250-251)

Primer domingo de Adviento, ciclo B

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Comienza este tiempo de Adviento. Una vez más, es el amor del Padre el que nos pone en camino hacia el Hijo que viene y así podamos acogerle en todas las ocasiones que él nos brinde. Miremos de ponernos nuevamente en camino.

La primera lectura es de Isaías 63,16b-17.19b;64,2b-7 y en ella se invoca a Dios con el afectuoso nombre de «Padre» cuya paciencia, que desea nuestra salvación, parece ser la causa del error y del endurecimiento del pueblo. De ahí, que se insista, con una de las invocaciones más acuciantes: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! Bajaste y los montes se derritieron». Con esta expresión se indica que Dios es la única posibilidad de salvación porque es poderoso y ha demostrado siempre que puede hacer lo que ningún ídolo puede hacer. Dios no puede negarse a sí mismo, no puede volver la espalda a la obra de sus manos. Por eso el profeta clama movido por la confianza de un hijo: «No te excedas en la ira, Señor; mira que somos tu pueblo».

La segunda lectura es de 1 Corintios 1,3-9. En ella San Pablo muestra la esperanza en la manifestación del Señor, que es el pensamiento central de este primer domingo de Adviento. Vivir siempre en la esperanza, es propio de quienes han sido sellados en el Señor resucitado y glorioso. Pero la esperanza que ha de realizarse en la historia está sometida a las pruebas y dudas, por eso Pablo, prefiere subrayar que será el mismo Dios, quien los conducirá a ese encuentro definitivo con su Hijo. La esperanza, que ha de estar acompañada siempre de la fortaleza, la constancia, la longanimidad y la perseverancia, es para el cristiano, sabedor de su propia debilidad, ocasión de aceptar y reconocer la fidelidad de Dios, que quiere a toda costa llevar a buen término la vocación que Dios le ha dado.

El Evangelio es de Marcos 13,33-37 y comienza y concluye con la misma invitación: «Vigilad». Dios actúa definitivamente en la historia a través de signos y palabras. Es necesario estar atentos para ver y entender. Una lectura superficial podría parecernos que Jesus no revela el día y la hora de su venida para que los cristianos vivan en continuo temor. Pero la verdadera lectura, nos permite reconocer que en realidad todas las horas son buenas para abrirse al evangelio de forma que comprometa la existencia. Frente al deseo de conocer el final, se impone la preocupación por vivir y discernir cada tiempo y cada momento en la escucha y en la obediencia.

Esta enseñanza de Jesús desmiente los esfuerzos de ciertas sectas que se entretienen en calcular fechas y tiempos de la vuelta de Señor, pero no somos nosotros los dueños del tiempo, sino que lo es el Señor, por tanto, no debemos vivir en la preocupación sino en la confianza en el Padre y en su providencia.

La seguridad de la vuelta del Señor urge así, que nos comprometamos y seamos fieles en el tiempo que nos ha tocado vivir.

La vida eterna, es verdadera

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Si Cristo ha vencido a la muerte, la muerte ya no tiene dominio sobre nosotros.

El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Gaudium et Spes, 18 dice que: «Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. …. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera».

Esta vida verdadera que Dios nos da es la vida eterna, demostrando así que, no quiere la muerte (Sab 1,13-15) sino que, el hombre se convierta y viva (Ez 33, 10-11) y así, vivamos en la verdad (1Tm 2,3-6).

La vida verdadera es la eterna, de modo que como nos dice el Evangelio (Mt 16, 24-28) pretender vivir sin Cristo es perderse, esto es,  quedarse en la muerte, mientras que el camina con Cristo en esta vida, aunque muera, vivirá.     

Profesión perpetua de Sor Flor (Sierva de Jesús)

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Rvv MM Rosalina y Lorena, M. Lourdes, Superiora de esta comunidad, Hermanas, sacerdotes, hermanos todos:

Cuentan que una vez estaba un sacerdote rezando delante de una imagen bizantina en una capilla y en eso llegó una joven y le preguntó si ese era el tesoro de aquella Iglesia. El sacerdote ni corto ni perezoso le dijo: no, el tesoro eres tú.

Cada uno de nosotros y de nosotras somos el tesoro de la Iglesia y en ella todos miramos a Cristo, que va por delante abriéndonos el camino.

Hoy ese tesoro eres especialmente tú, hermana Flor, que vas a hacer tu Profesión Solemne en presencia de las hermanas que te acompañan y con las que quieres llevar adelante tu vida y tu seguimiento de Cristo, en esta Congregación de siervas de Jesús. Lo que dijiste el día de tu bautismo o mejor, otros dijeron por ti, y lo que afirmaste el día de tu confirmación, hoy lo ratificas y lo quieres vivir fielmente en esta Congregación de Siervas de Jesús. En ella has encontrado tu forma de vivir el seguimiento de Cristo y de entregarte a él a través de los enfermos y los necesitados. Que bien os lo recordaba el papa Francisco, a propósito de este año jubilar que estáis celebrando, en los 150 años de la fundación: «querer quemar la vida por los enfermos, hasta el final y no solo quedar chamuscadas». 

A propósito de los enfermos, el año pasado, como sabéis, la Conferencia Episcopal, sacó un documento titulado: sembradores de esperanza: acoger, proteger y acompañar en la etapa final de la vida. Aunque se centra de manera especial en la etapa final de la vida. Cuando lo leía pensaba especialmente en vosotras, las Siervas.

Empieza haciendo referencia a ese texto de Ex 3,5: «quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado» y continúa diciendo: «si entrar en la vida de una persona constituye siempre caminar en terreno sagrado, con mayor razón, cuando esta vida está afectada por la enfermedad o ante el trance supremo de la muerte». Creo que esto lo entendió perfectamente bien, Santa María Josefa, de manera que como sigue diciendo el documento: «la alegría del Evangelio debe alcanzar a todos, de manera especial a los que viven en el sufrimiento y la postración».

Hoy afirmas que quieres seguir los pasos de Jesus según el modelo de vida ideado por Santa Josefa. Ella que no se achicó ante las dificultades, que no le fue fácil en muchos momentos llevar adelante su vida y proyecto, no se quedó en el lamento ni en la desilusión, sino que se puso en marcha y poco a poco después de mucho esperar y buscar, encontró el camino a seguir:  el de entregarse a los pobres y enfermos desde una vida comunitaria y de profunda intimidad con él. Las lecturas que hemos escuchado nos invitan a esa relación profunda con el Señor a la que él te llama y nos llama: «levántate, ven a mí», decía por dos veces la primera lectura, que hemos escuchado del Cantar de los cantares. Así lo pones de manifiesto hoy al profesar, ya pasado el tiempo de preparación y formación, «pasado el invierno», decía la lectura, y así haces de esta relación con Cristo, la fuente de tu vida, de tu apostolado y misión de cara al mundo.

Igualmente, hoy como hemos escuchado en el Evangelio, en la Anunciación a María, se te comunica la Buena Nueva de que el Señor está contigo y de que por ti y a través de ti él quiere seguir viniendo a nosotros, renovando así el misterio profundo de su amor por nosotros y no dejando de llamar a mujeres y a hombres que acogiendo la semilla de la Palabra puedan darle vida en su corazón y puedan alumbrar con ella las tinieblas de este mundo, mediante  su entrega como él, hasta la muerte.    

Jesús nos muestra el camino de la entrega a Dios y a los demás sin límite. Muchas veces tendrás que renovar ese sí que hoy das, en medio del dolor y del sufrimiento propio y ajeno, pero él pondrá en ti su Espíritu y la palabra capaz de llevar al otro la salud, la alegría y la esperanza. Te incorporas así a la misión, sin perder de vista los consejos evangélicos de: castidad pobreza y obediencia. El voto de obediencia es a fin de cuentas el más radical de todos, pues significa que no llevas tu propia vida sola, sino que te dejaras guiar, conducir por el Señor en las mediaciones que él nos da. Pero también lo haces dentro de una disciplina, de una comunidad fraterna en la que serás disponible, transparente y esa transparencia te la dará la castidad, que te permite vivir un amor abierto a todos, reservar tu vida para el Señor y desde él para todos. Y como no, la pobreza, sin ella es inalcanzable esta meta porque significa que te apoyas no en nada ni en nadie, sino en Dios, harás tu trabajo lo mejor que sepas y eso para que tu servicio sea auténtico, no para para tener más o para tener más fama. Pobreza, castidad y obediencia son las tres luminarias que pondrán en tu vida luz y sal sobre todo en los momentos difíciles, ya que, aunque el mal está presente en el mundo junto al pecado y lo adverso, el que se fía de Cristo, camina sobre las aguas, tiene fuerza y si experimenta la debilidad el Señor nos tiende la mano como a Pedro cuando dice: «Sálvame Señor que me hundo». Dichosa tú que te ofreces así al Señor y haces posible que este Instituto de Siervas de Jesus pueda seguir adelante con su misión. Eso es algo que solo Dios te puede dar y a la vez, recompensar.

En definitiva, que: que seas feliz en el Señor y que puedas llevar su Buena Nueva de la salud, de la salvación y la paz, a todos los necesitados de ella.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.  

La tentación de la venganza

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No hay punto final en la construcción de la paz social de un país, sino que es «una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos. Trabajo que nos pide no decaer en el esfuerzo por construirla unidad de la nación y, a pesar de los obstáculos, diferencias y distintos enfoques sobre la manera de lograr la convivencia pacífica, persistir en la lucha para favorecer la cultura del encuentro, que exige colocar en el centro de toda acción política, social y económica, a la persona humana, su altísima dignidad, y el respeto por el bien común. Que este esfuerzo nos haga huir de toda tentación de venganza y búsqueda de intereses sólo particulares y a corto plazo». Las manifestaciones públicas violentas, de un lado o de otro, no ayudan a encontrar caminos de salida. Sobre todo porque, como bien han señalado los Obispos de Colombia, cuando se alientan «movilizaciones ciudadanas no siempre aparecen claros sus orígenes y objetivos, hay ciertas formas de manipulación política y se han percibido apropiaciones a favor de intereses particulares»

( Carta Encíclica de SS Francisco, Fratelli Tutti, n. 232 )

Arquitectos y artesanos de la paz

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Muchas veces es muy necesario negociar y así desarrollar cauces concretos para la paz. Pero los procesos efectivos de una paz duradera son ante todo transformaciones artesanales obradas por los pueblos, donde cada ser humano puede ser un fermento eficaz con su estilo de vida cotidiana. Las grandes transformaciones no son fabricadas en escritorios o despachos. Entonces «cada uno juega un papel fundamental en un único proyecto creador, para escribir una nueva página de la historia, una página llena de esperanza, llena de paz, llena de reconciliación». Hay una “arquitectura” de la paz, donde intervienen las diversas instituciones de la sociedad, cada una desde su competencia, pero hay también una “artesanía” de la paz que nos involucra a todos. A partir de diversos procesos de paz que se desarrollaron en distintos lugares del mundo «hemos aprendido que estos caminos de pacificación, de primacía de la razón sobre la venganza, de delicada armonía entre la política y el derecho, no pueden obviar los procesos de la gente. No se alcanzan con el diseño de marcos normativos y arreglos institucionales entre grupos políticos o económicos de buena voluntad. […] Además, siempre es rico incorporar en nuestros procesos de paz la experiencia de sectores que, en muchas ocasiones, han sido invisibilizados, para que sean precisamente las comunidades quienes coloreen los procesos de memoria colectiva»

( Carta Enciclica de SS Francisco, Fratelli Tutti, n. 231 )

Domingo XXX, T.O. Ciclo A

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La ley, debe ser entendida como signo de la presencia de Dios, que es misericordioso con su pueblo y cuida especialmente, con esmero y amor, de aquellos miembros más desasistidos e indigentes y que están desprovistos de alguien que les defienda. Este es el caso de los extranjeros, carentes de un clan familiar, del huérfano y la viuda, carentes de padre o marido y el pobre carente de abogado. De estas personas, Dios se presenta como el defensor, o sea, como abogado, marido, padre y familia.    

La primera lectura de Éxodo 22, 21-27, es una prueba de esto. No se trata de simples normas filantrópicas sino de exigencia teológica, pues quien ha conocido a Dios debe actuar conforme a la verdad de este Dios misericordioso y cariñoso. Lo mismo ocurre con el préstamo del dinero. Hay que hacer desaparecer todo tipo de usura en las relaciones económicas entre los miembros del pueblo. El quebrantamiento de esta voluntad de Dios provocó un gran número de pobres que se habían vuelto incapaces de devolver los préstamos  usureros.  La  razón sigue siendo: «si grita a mi yo lo escucharé, porque yo soy compasivo».

La segunda lectura tomada de 1ª Tesalonicenses 1,5c-10, nos presenta a Pablo que habla de los problemas que tuvo en la evangelización de esa comunidad y como los tesalonicenses han seguido su ejemplo en su integridad en la fe y en su valentía frente a las tribulaciones. Ahora ellos experimentan lo que significa ser discípulos de Jesús de verdad. La clave es que acogieron la Palabra entre tanta lucha, con la alegría del Espíritu Santo, de forma que ahora son ellos modelo para las demás iglesias, por haber hecho un largo recorrido desde las prácticas paganas hasta la experiencia limpia del Evangelio. En ellos se ha patentizado la alegría de los que viven la bienaventuranza de Jesús: dichosos los perseguidos por mi y por la justicia porque Dios es realmente su rey.

El Evangelio, tomado de Mateo 22,34-40, nos da al igual que el domingo pasado, la respuesta de Jesus a otra cuestión fundamental: ¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley? La respuesta de Jesús orienta la cuestión en varias direcciones. La primera se dirige hacia la oración que los judíos recitan tres veces al día y que es una profesión de fe en el Dios único y verdadero. Sólo desde el reconocimiento de un único Dios se puede hablar de un amor exclusivo. En segundo lugar, Dios quiere ser reconocido y amado con todo el corazón, es decir, con toda la interioridad: inteligencia, voluntad, sentimientos. En tercer lugar, a esa exclusividad de Dios, se añade la novedad de Jesús al poner el mandamiento del amor fraterno o al prójimo en el contexto y en la esfera del amor de Dios.

En Jesús descubrimos el modelo supremo para hacernos prójimos de los demás en el contexto del amor a Dios: la atención solícita ante las necesidades del otro, el perdón y reconciliación con el enemigo y el servicio al amigo y al hermano.  Un amor universal y sin fronteras esta es la novedad a la que apunta el Evangelio y que ya estaba presente en la ley y en los profetas  

El sentido de pertenencia

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El esfuerzo duro por superar lo que nos divide sin perder la identidad de cada uno, supone que en todos permanezca vivo un básico sentimiento de pertenencia. Porque «nuestra sociedad gana cuando cada persona, cada grupo social, se siente verdaderamente de casa. En una familia, los padres, los abuelos, los hijos son de casa; ninguno está excluido. Si uno tiene una dificultad, incluso grave, aunque se la haya buscado él, los demás acuden en su ayuda, lo apoyan; su dolor es de todos. […] En las familias todos contribuyen al proyecto común, todos trabajan por el bien común, pero sin anular al individuo; al contrario, lo sostienen, lo promueven. Se pelean, pero hay algo que no se mueve: ese lazo familiar. Las peleas de familia son reconciliaciones después. Las alegrías y las penas de cada uno son asumidas por todos. ¡Eso sí es ser familia! Si pudiéramos lograr ver al oponente político o al vecino de casa con los mismos ojos que a los hijos, esposas, esposos, padres o madres, qué bueno sería. ¿Amamos nuestra sociedad o sigue siendo algo lejano, algo anónimo, que no nos involucra, no nos mete, no nos compromete?»

( Carta Enciclica de SS Francisco, Fratelli Tutti, n.230 )

Proactivos versus reactivos

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«El camino hacia la paz no implica homogeneizar la sociedad, pero sí nos permite trabajar juntos. Puede unir a muchos en pos de búsquedas comunes donde todos ganan. Frente a un determinado objetivo común, se podrán aportar diferentes propuestas técnicas, distintas experiencias, y trabajar por el bien común. Es necesario tratar de identificar bien los problemas que atraviesa una sociedad para aceptar que existen diferentes maneras de mirar las dificultades y de resolverlas. El camino hacia una mejor convivencia implica siempre reconocer la posibilidad de que el otro aporte una perspectiva legítima, al menos en parte, algo que pueda ser rescatado, aun cuando se haya equivocado o haya actuado mal. Porque “nunca se debe encasillar al otro por lo que pudo decir o hacer, sino que debe ser considerado por la promesa que lleva dentro de él”, promesa que deja siempre un resquicio de esperanza.

Como enseñaron los Obispos de Sudáfrica, la verdadera reconciliación se alcanza de manera proactiva, “formando una nueva sociedad basada en el servicio a los demás, más que en el deseo de dominar; una sociedad basada en compartir con otros lo que uno posee, más que en la lucha egoísta de cada uno por la mayor riqueza posible; una sociedad en la que el valor de estar juntos como seres humanos es definitivamente más importante que cualquier grupo menor, sea este la familia, la nación, la raza o la cultura”. Los Obispos de Corea del Sur señalaron que una verdadera paz “sólo puede lograrse cuando luchamos por la justicia a través del diálogo, persiguiendo la reconciliación y el desarrollo mutuo”».

(Carta encíclica de S.S. Francisco, Fratelli tutti, 228-229)

La resurrección de la carne

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La muerte es la separación del cuerpo y del alma, en cambio la resurrección es la recuperación de nuestra unidad sustancial de cuerpo y alma, pero no como éramos, sino de un modo nuevo.

La Redención ha afectado a todo nuestro ser alma y cuerpo de modo que como afirma Tertuliano: «La carne es el soporte de nuestra salvación». Es decir, que si no resucita la carne no resucitamos. San Pablo en 1ª Tes 4,13-14 dirá que: «si creemos que Jesús murió y resucitó, del mismo modo, Dios llevará con él, por medio de Jesús, a los que han muerto». Y en 1ª Cor 15,13-14: «si no hay resurrección de los muertos tampoco Cristo ha resucitado y si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y nuestra fe».

Así pues, estamos llamados a la vida, a la resurrección, a una vida nueva que no sabemos como será, pues: «cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo» (Mc 12,25).

Jesús, que nos ha rescatado del pecado y de la muerte, es el que nos resucita y el Padre ha tenido a bien a darnos por medio de él, la vida perdurable, que no conoce ocaso y que no tiene fin: «nadie puede venir a mi si no lo atrae el Padre que me ha enviado y yo lo resucitaré en el último día» (Jn 6,44)

Curar la memoria

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«Reencuentro no significa volver a un momento anterior a los conflictos. Con el tiempo todos hemos cambiado. El dolor y los enfrentamientos nos han transformado. Además, ya no hay lugar para diplomacias vacías, para disimulos, para dobles discursos, para ocultamientos, para buenos modales que esconden la realidad. Los que han estado duramente enfrentados conversan desde la verdad, clara y desnuda. Les hace falta aprender a cultivar una memoria penitencial, capaz de asumir el pasado para liberar el futuro de las propias insatisfacciones, confusiones o proyecciones. Sólo desde la verdad histórica de los hechos podrán hacer el esfuerzo perseverante y largo de comprenderse mutuamente y de intentar una nueva síntesis para el bien de todos. La realidad es que «el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo. Es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que honra la memoria de las víctimas y que se abre, paso a paso, a una esperanza común, más fuerte que la venganza»…«la verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Las tres juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas. […] La verdad no debe, de hecho, conducir a la venganza, sino más bien a la reconciliación y al perdón. Verdad es contar a las familias desgarradas por el dolor lo que ha ocurrido con sus parientes desaparecidos. Verdad es confesar qué pasó con los menores de edad reclutados por los actores violentos. Verdad es reconocer el dolor de las mujeres víctimas de violencia y de abusos. […] Cada violencia cometida contra un ser humano es una herida en la carne de la humanidad; cada muerte violenta nos disminuye como personas. […] La violencia engendra violencia, el odio engendra más odio, y la muerte más muerte. Tenemos que romper esa cadena que se presenta como ineludible».

(Carta Encíclica de S.S. Francisco, Fratelli tutti, 226-227)

Domingo XXIX, T.O. Ciclo A

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El gobierno del mundo lo realiza Dios por medio de intermediarios legítimamente constituidos en el poder, y este poder está ordenado para el bien de los pueblos y no de las personas que lo ostentan.

La primera lectura tomada de Isaías 45,1.4-6, nos presenta un caso único en la historia de Israel, en el que Dios se dirige a un rey extranjero y este rey es mencionado con el título de ungido, «consagrado».

Si Dios llama a Ciro por su propio nombre quiere decir que Dios lo elige y lo acerca de modo singular como propiedad suya. La autoridad le viene de Dios, que es el Señor de la historia, y que actúa a través de los acontecimientos y de las personas dirigiendo su propio proyecto. En consecuencia, hemos de asumir responsablemente la autonomía de las autoridades civiles, pero, sobre todo, colaborar lealmente con ellas para conseguir el bien común de todos los ciudadanos.

La segunda lectura, de 1tesalonicenses 1,1-5 nos muestra por primera vez en el Nuevo Testamento la fe, la esperanza y la caridad juntas, las tres virtudes específicas de la vida cristiana. Amados por Dios, de este amor procede el empeño en la fe, que no se reduce a una mera actitud contemplativa, sino que está acompañada de caridad eficiente, de la cual se desprende una firme esperanza que no es fuga del presente, sino ánimo para soportar las tribulaciones.

Pablo da gracias sin cesar porque en ellos, el Evangelio ha dado fruto, como fuerza del Espíritu que alcanza el corazón del hombre y lo transforma. Este Evangelio, acogido como Palabra de Dios, «estuvo acompañado de la fuerza y plenitud del Espíritu», capaz de transformar la voluntad y los deseos de las personas y suscitar la plena convicción de vivir una auténtica vida cristiana y dar un testimonio eficaz.

El Evangelio, tomado de Mateo 22,15-21, nos presenta uno de los anhelos más profundos del pueblo galileo y del judío que era verse liberado del yugo opresor de Roma ¿qué piensa Jesús a cerca del impuesto pagado al Cesar? Jesús responderá introduciendo una novedad: la desacralización del poder temporal y la autonomía de lo temporal y de lo religioso, aunque estén profundamente relacionados.

«Cara» corresponde a un termino cuya mejor traducción es «imagen». El hombre es imagen de Dios, por tanto, si la moneda lleva la imagen del César, es legítimo que se le devuelva a él, pues le pertenece, pero a Dios lo que le pertenece (su imagen). Dios es único y sólo a él se le ha de rendir culto: Es decir, sus imágenes le pertenecen a él exclusivamente.

La respuesta de Jesús «Dad al Cesar lo que es del Cesar y a Dios lo que es de Dios» nos recuerda la necesidad de distinguir los dos planos y de denunciar cualquier tipo de mezcolanza teocrática, ya sea por divinización (culto al emperador) o por injerencia del dominio religioso en el ámbito político. Los que buscaban acusarle, asombrados le dejaron y se fueron, pero el que quiera escuchar encontrará un mensaje: anteponer a cualquier táctica política la búsqueda de la voluntad de Dios y someterse sinceramente a ella.