6º Domingo de pascua, Ciclo B

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La 1ª lectura es de los Hechos de los Apóstoles 10, 25-26.34-35. El episodio es conocido con el título de: «conversión de Cornelio», pero también se le podría llamar: «conversión de Pedro» que pasa de una visión restringida a abrirse a la universalidad de la salvación que el sacrificio redentor de Cristo ha adquirido para toda la humanidad y no solo para Israel. Jesús, en la cruz derribó todos los muros de separación entre gentiles y judíos y en su resurrección la oferta de vida y resurrección se extiende a toda la humanidad. La escena de Cornelio visibiliza el proyecto de Dios, que consiste en ofrecer la salvación a todo el mundo. El camino que Jesus resucitado anunció a los apóstoles, de que fuesen sus testigos, hasta los confines de la tierra, no ha hecho más que comenzar. Los que no procedemos del mundo judío y hemos recibido la fe, estamos ante un hecho profundamente consolador.

La segunda lectura es de 1ª de Juan 4,7-10. La exposición se centra en la afirmación: «Dios es amor». Esto no es una afirmación especulativa, sino la proclamación del amor que Dios ha manifestado a través de su obrar; a través de su desmesurada caridad, que le ha llevado a darnos a su mismo Hijo único, el cual, a su vez, ha entregado su propia vida expiando con la muerte nuestro pecado. El mensaje que se nos da es claro: Sólo es posible estar dispuestos a dar otras cosas, si se está dispuesto a dar la propia vida. Y esto es lo que hizo el maestro. A partir de aquí, podemos afirmar que: «el amor procede de Dios y que todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios». La clave está en la Palabra que se encarna. Si con la encarnación, el Verbo que estaba en el seno del Padre, ha venido al mundo a revelar a Dios, con la resurrección, el hombre que estaba alejado de Dios, es llevado de nuevo a su seno, hecho hijo en el hijo. Si Dios se nos da gratuitamente en Cristo, también nosotros hemos de darnos. Si Dios nos ha amado en Cristo, también nosotros nos debemos amar.

El Evangelio es de Juan 15,9-17 y profundiza en el tema de la segunda lectura: el amor. Permanecer en Él, significa permanecer en su amor, es decir en esa circulación de caridad, de pura donación que es la vida trinitaria en sí misma y en su apertura al hombre, y permanecer en su amor, es sinónimo de «observar sus mandatos», esto es, ser una cosa con el Padre, y cumplir su voluntad. Unión de voluntades, que se da en la seguridad de que este es el verdadero bien y la fuente de la verdadera alegría, de la que participa también el discípulo. El resumen de todo esto es, el mandamiento del amor, el amor recíproco hasta dar la vida por los demás. Se trata de un amor mutuo, interpersonal, creativo, capaz de hacer caer las barreras, hace prójimo a todo hombre y hace nacer una amistad que sabe compartir las cosas más importantes.

Que podamos intuir en cada circunstancia los caminos que el Espíritu nos va abriendo para que pueda desplegarse el amor y llegar a todo hombre. También Pedro supo abrazar el designio de Dios: atento al Espíritu y a los hermanos, e indicó a la Iglesia naciente el nuevo itinerario de amor, dejándonos así un camino a seguir.

5º Domingo de Pascua, ciclo B

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La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 9,26-31. En ella se refleja la situación en que se encontraba Pablo, consciente de que no es fácil aceptar a un ex-perseguidor y a la vez convencido de que solo desde la comunidad podía ejercer su tarea de evangelizador a la que había sido llamado. Bernabé, hace de mediador entre Pablo y la comunidad y es que hoy como ayer, no es fácil aceptar lo nuevo, lo sorprendente, lo inusitado y se nos invita a preguntarnos a cerca de como acogemos y vivimos la fe. Finalmente, Pablo fue aceptado por los dirigentes y por la comunidad y se dedica a predicar públicamente el nombre de Jesús, pero amenazado por los judíos de lengua griega al demostrarles que Jesús es el verdadero Mesías esperado por Israel, huye de Jerusalén. Una vez más se pone de manifiesto que la fe apostólica y la fe en Jesús llevan consigo las marcas del maestro que son la persecución y la muerte, pero así es como crece la comunidad que, impulsada por el Espíritu, va ampliando cada vez más el circulo de su irradiación.

La segunda lectura, es de 1ª de Jn 3,18-2 y nos muestra como aquella crisis que existía en las comunidades jónicas les llevó a poner en duda la identidad de Jesús, y así llegar a decir, que el Hijo de Dios, no se ha hecho realmente hombre y no ha padecido una muerte salvadora, solo es posible resolverla desde el amor. La fe se expresa con un amor fraterno comprometido y la raíz profunda de este amor es la experiencia del amor de Dios a los hombres, manifestado en su hijo Jesucristo. Juan no ignora que el mandamiento del amor es verdaderamente divino, o sea, imposible para el hombre y solo posible con la ayuda del Espíritu. Por tanto, quien ama así, tiene una sola voluntad con Dios, y ama de verdad conforme a Cristo: ha restaurado plenamente en él la imagen divina a cuyo modelo fue creado. Los mandamientos se resumen pues en uno solo: el de la fe en Jesucristo y el del amor recíproco. El que, amando, guarda sus mandamientos, conoce a Dios y Dios habita en él.

El Evangelio es de Juan 15,1-8. Aunque va a enfrentarse con la muerte, Jesús sigue siendo para los suyos la fuente de la vida y de la santidad. Mas aún, yendo al Padre pone la condición para poder permanecer siempre en los suyos. Jesus, sirviéndose de una comparación habla de sí mismo como la vid verdadera, una imagen empleada por los profetas para describir a Israel. Así se presenta como el verdadero pueblo elegido que corresponde plenamente a las atenciones de Dios. Jesus por su vida entregada en la cruz es el primogénito de una humanidad nueva y su sangre como la savia de la vid, llega a todos los sarmientos y sólo en una comunión vital con la cepa se asegura y garantiza la producción de fruto. Pero por desgracia podemos ser también sarmientos que producen infección en la vid; de ahí que debamos desear ser purificados, limpiados. La poda consiste en dejar cortar de nosotros el pecado y todo lo que no es según Dios: este es el sufrimiento que da fruto. Esto se realiza cuando la palabra de Jesús es acogida en un corazón bueno.

4º Domingo de pascua, CicloB

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La primera lectura es de los hechos de los apóstoles, y responde al tercer anuncio de Jesús como Señor y Salvador por parte de Pedro, con el que contesta a las autoridades, inquietas por la curación del paralítico.

Lo primero que hace Pedro, es afirmar que el resucitado es el mismo que fue crucificado, pero esto es lo que a los del sanedrín les inquieta y rechazan, que aquel a quien crucificaron está vivo, pues si ese enfermo se ha curado, porque se ha invocado el nombre de Jesús, quiere decir que Jesús, condenado a muerte y ejecutado, no está muerto, sino vivo. Y esta es la raíz de nuestra fe cristiana: creer en el poder de Dios que actúa resucitando a Jesús. Con frecuencia escuchamos o decimos: nadie de los que han muerto ha vuelto a decirnos lo que hay después de la muerte, pues sí ha habido uno: Jesús de Nazaret, hombre verdadero: a quien crucificasteis y murió en la cruz, Dios lo ha resucitado. El, verdadero hombre, conocedor de sufrimientos y de la muerte, ha resucitado. Por eso es el único que nos puede salvar del miedo a la muerte y nos abre caminos de vida.

La segunda lectura, es de la primera carta de San Juan y nos dice que somos hijos. El mundo en sus relaciones laborales, sociales, familiares y de cualquier otro tipo, cambiaría profundamente si tuviéramos conciencia real de esta filiación. Y es que la esperanza cristiana no lo deja todo para el final, sino que, ya somos ahora hijos, que hacen posible el reino de los hijos en la tierra, con la esperanza de conseguir el reino en la meta final. La fuerza del Reino se manifiesta ya, aunque velada, de ahí que tengamos que pedir su venida: venga a nosotros tu reino. Al final, seremos semejantes a él porque le veremos tal cual es. He ahí lo que anhelamos desde lo profundo de nuestro ser consciente o inconscientemente y eso es lo que nos asegura Cristo resucitado. Este deseo de contemplar a Dios y corresponder a su amor, es lo que nos purifica y nos permite estar en continua conversión.

El Evangelio de Juan 10, 11-18, nos presenta a Jesús como el buen pastor; ello no indica solamente su bondad personal, sino también su misión. Jesús se presenta como el único Pastor, genuino, auténtico, digno de fiar. Mientras que muchos se presentan con la pretensión de ser salvadores (los celotas entre otros), ninguno lleva la marca de la autenticidad. Jesús está dispuesto a llevar su misión hasta el final y así lo realiza con el don generoso de la propia vida. El Evangelista piensa también en los pastores de su Iglesia. Y para ellos escribe indicando: mirad al verdadero Pastor y sacad vuestras consecuencias.

En el Oriente, la imagen del Pastor está relacionada con los gobernantes, los dirigentes espirituales y los maestros que enseñaban al pueblo. Jesus introduce una radical novedad: su gobierno y su enseñanza se imparten y se reciben en un clima de total amistad, trato personal y apertura.

Jesús, Buen pastor, ofrece a la humanidad la posibilidad real de construir una sola gran familia en comunión interpersonal; el buen pastor es el que hace posible la unidad de la familia humana y la Iglesia aparece así ante el mundo, como el sacramento de salvación, de reconciliación y de comunión entre todos los hombres.

3º Domingo de Pascua, Ciclo B

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La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 3,13-15.17-19. Pedro y Juan acaban de curar a un mendigo tullido de nacimiento —y, por eso excluido del templo — con el poder del «Nombre de Jesús». El episodio suscita un gran estupor entre la gente.

El apóstol Pedro a la luz de las antiguas profecías, ayuda a la gente a reconocer en Jesús al Mesías no reconocido por su pueblo; rechazado y condenado a una muerte injusta. Si embargo, la muerte no es más fuerte que la vida ni son los hombres los que conducen la historia, sino Dios que con su poder ha resucitado de entre los muertos a su siervo fiel y de este modo, las puertas de la salvación siguen abiertas para su pueblo elegido, aunque históricamente fueron los ejecutores de la muerte del Mesías. Pero nada sucede por un poder que tengan los apóstoles; sólo en el nombre de Jesús pueden realizar prodigios y, sobre todo, exhortar con autoridad al arrepentimiento y a la conversión para que sean borrados sus pecados.

La segunda lectura es de 1ª de Juan 2,1-5ª. El autor quiere salir al paso de aquellos que en su tiempo enseñaban que una vez aceptado el bautismo los creyentes eran impecables. Por eso el autor viene a decirnos: es difícil que un verdadero miembro de Cristo peque, pero, si se diera esta circunstancia, no debe perder la esperanza porque Jesús está junto al Padre intercediendo y abogando por él. Se puede vencer la tentación siempre porque Jesús y el Espíritu salen al encuentro del hombre para que pueda vencer, pero en caso contrario, Dios no abandona al hombre. Jesucristo en la cruz es la oferta de salvación que Dios hace para todo el mundo, en él se ha abierto de nuevo el camino de retorno a Dios y de la plena comunión con él. Ahora bien, no podemos hacernos la ilusión de amar a Dios —conocer en el lenguaje bíblico equivale precisamente a amar — si no guardamos sus mandamientos y no cumplimos su voluntad en las situaciones concretas de la vida. El regenerado en y por el acontecimiento pascual, puede cumplir la voluntad de Dios que son sus mandamientos y a la vez encuentra la energía que lo posibilita.

El Evangelio, pertenece a Lucas 24,35-48. Es la última aparición del resucitado y se produce después del encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaus.

Lo primero es el saludo: la paz, que es la síntesis de todos los bienes salvíficos. Jesús la hizo posible por la sangre de la cruz y ahora nos la da como distintivo y tarea. El evangelista recurre a expresiones como: «soy yo en persona… Dicho esto, les mostró las manos y los pies», para mostrar de la forma más plástica posible, el acontecimiento de la resurrección y que es la respuesta a la inquietante pregunta: ¿después de la muerte queda alguna esperanza? Dios responde con la realidad plena de Jesús resucitado.

Recogiendo unas palabras que atribuye al resucitado mismo, entiende que en toda la Escritura aparece esta oferta de Dios, en forma de anuncio y es el conjunto del plan de Dios el que tiene su realización

A partir de ahí, viene la misión universal, como tarea. Cristo resucitado y glorioso envía a sus apóstoles a anunciar el Evangelio. La universalidad de la misión arranca del Resucitado y es acompañada por el Resucitado. La esperanza de una vida imperecedera conquistada y ofrecida por Jesús resucitado, es para todos los hombres.

Una relación de amistad

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Han habido variadas definiciones de Oración a lo largo de la historia. Santa Teresa de Jesús nos dejó una: “No es otra cosa oración mental, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama”.

Dios no solo aparece en la Escritura como el esposo que ama a su pueblo sino como quien habla como un amigo. Así se nos dice que: «habla con Moises cara a cara como habla un hombre con un amigo» (Ex 33,4) . Y al hablar de Israel: «Y tú Israel, siervo mío; Jacob mi escogido; estirpe de Abrahán, mi amigo, (Is 41,8)

A Dios le agrada estar con el hombre -como el amigo se goza en el amigo y un padre con su hijo. Dios siempre se agrada cuando el orante decide “estar a solas con El”, orando, tratando con el Amigo.

La Oración, como la amistad, es un camino que comienza un día y va en progreso. El orante comienza a tratar al Amigo que le ha amado desde toda la eternidad, y así empieza a conocerle, a amarle, a entregarse a El, en una relación que sabe no finalizará, pues en la otra vida será un trato “cara a cara” y en felicidad infinita y perpetua.

Esta historia de Amistad ha llegado a su plenitud con Cristo. Es una amistad salvadora: «…Más cuando se manifestó la bondad de Dios nuestro Salvador y su amor al hombre…según su propia misericordia, nos salvó por el baño del segundo nacimiento que derramó copiosamente sobre nosotros, por medio de Jesucristo nuestro salvador…»  (Tt 3,4-7) Jesucristo es el amigo al que podemos acudir siempre en todo momento, también en la noche o en la madrugada. Siempre podemos acudir a él e importunarle si es necesario. El estará siempre contento de salir a nuestro encuentro y seguir celebrando una amistad que dura hasta la eternidad: «Os digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite. ( Lc 11,8)

2º DOMINGO DE PASCUA O DE LA DIVINA MISERICORDIA

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La fe en Cristo resucitado, provoca la comunión en una misma fe y el fruto de esta fe en la resurrección, es la vuelta a la armonía original. La primera lectura de Hechos de los apóstoles 4,32-35 nos muestra que, si bien el pecado rompió la comunión con Dios, entre los hombres y de los hombres con la naturaleza, una vez restaurada la situación del hombre, se hace posible la comunión y la solidaridad entre todos. La expresión utilizada por Lucas para designar esto es: «Koinonia», y abarca todos los aspectos: comunión con Dios, con el Espíritu, con el Evangelio, con el Cuerpo de Cristo, con los hermanos y todo esto se manifiesta visiblemente en el compartir los bienes materiales. Los creyentes, cuando viven y experimentan esta comunión de fe, dan testimonio convincente del Cristo resucitado y liberador en todos los ámbitos de la vida humana y en todas sus vertientes.

La segunda lectura es de la primera carta de Juan 5,1-6, nos muestra que se vive la experiencia de fraternidad, cuando se vive la experiencia de filiación. Si todos hemos sido regenerados por Cristo y por él nos convertimos en hijos verdaderos, aunque adoptivos, de Dios, el amor mutuo es o ha de ser algo normal y espontáneo. El amor de Dios y de Jesús, manifestado de modo singular en su muerte, es el que hace posible el amor entre nosotros. El discípulo de Jesus vive en la seguridad de que el amor del Padre es el que nos posibilita amar como Cristo nos ha amado; hasta dar la vida y esta forma de amar hasta el don de la propia vida, es la característica del creyente en Jesús y el fruto del acontecimiento pascual. La fe es por tanto aceptar a Jesús como Hijo de Dios y como enviado singular en favor de los hombres, que nos muestra lo que somos, el porqué de la vida y sufrimientos y el destino eterno al que Dios nos llama.

El Evangelio, es de Jn 20,19-31 y nos muestra dos episodios, próximos y relacionados con un mismo tema: el de la fe y en ambos se pone de manifiesto el estado de los apóstoles tras la muerte de Jesus, ya que antes de la resurrección y de la donación del Espíritu, no estaban capacitados para comprender este acontecimiento. Ente la muerte de Jesús y la plena convicción de los apóstoles de que estaba vivo, pasó un tiempo probablemente largo. Es el tiempo de las apariciones, el tiempo de la presencia viva de Cristo entre los suyos. El que vivió realmente en esta historia nuestra, y murió en un aparente fracaso, ahora está vivo, ha vencido a la muerte. El crucificado y el resucitado es el mismo, pero en una situación totalmente nueva, desbordando los linderos de la historia y dirigiendo la historia como Señor.

Tomas, que no ha creído el testimonio de los hermanos, necesita palpar las señales de muerte, para entrar en la realidad de la vida, Tomas nos indica así, que la encarnación, lejos de ser un obstáculo, nos muestra el camino para el encuentro de fe, pues a partir de la experiencia humana de Jesús, es como nos encontramos con su verdadera identidad. Por eso, son declarados dichosos, felices los que son capaces de superar el escándalo o la precariedad de los motivos de credibilidad, que son el Jesús real y humano y se abren a la acción y presencia del resucitado. Esta dinámica producirá siempre dificultades, porque los motivos de credibilidad son pálidos ante la realidad a la que quieren concluir, pero paradójicamente, el acto de fe de Tomás, será el más perfecto de todo el Evangelio: «Señor mío y Dios mío». En cierto modo, es la cima de todo el relato joánico, que busca este acto de fe en la presencia de Dios en la humanidad y así podemos afirmar que: la palabra se ha hecho historia en Jesús.

CRISTO RESUCITA CON NOSOTROS EN LA CÁRCEL

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(Centro penitenciario de Picassent en Valencia )

José A. Heredia o.p.

Lectura del santo evangelio según san Juan (20,1-9):

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos. Palabra del Señor.

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Querida hermana, querido hermano:

Cristo resucita en la cárcel, Cristo resucita en ti que estas en la cárcel.

Hoy Cristo te dice que está vivo y que ha vencido el sufrimiento la muerte y el dolor, para que tú también lo venzas con él

Hoy es un día grande, es el gran día en el que se nos da la libertad, la libertad sobre el odio, sobre la violencia, sobre el mal, el pecado, la muerte.

Cristo resucitado nos dice y me dice, que todo lo que me mata: el mal, la injusticia, la soledad, la separación de los seres queridos…todo, lo que me recuerda la muerte, no tiene la última palabra. La última palabra la tiene Dios, que no deja al Hijo en la muerte, sino que lo rescata de la muerte, lo resucita y lo lleva consigo.

Hoy también tú eres hijo querido. Y Dios te envía un rayo de su luz, alegría y paz, porque la muerte nuestro enemigo, ha sido derrotado en la cruz de Cristo y en esa misma cruz en la que estás..

Hoy Dios también te llama a derrotar la muerte en tu cruz, sí en esa cruz. Ahí tu muerte será también vencida y derrotada. Ahí experimentarás el amor infinito del Padre que te llama por tu nombre. Ahí podrás decir con San Pablo: «¿Dónde está muerte tu victoria? ¿dónde está muerte tu aguijón?».

Hoy es un día grande para ti que estás en la cárcel, porque como nos recuerda también Pablo: «nada ni nadie puede separarnos del amor de Dios». Si Cristo ha resucitado, nada puede quitarnos la alegría de haber sido perdonados por Dios, en una palabra: liberados. 

Sí hermano, eres libre, eres libre de verdad, aunque estés entre rejas. Si crees que Cristo ha resucitado, ya has alcanzado la libertad, la que nadie te podrá quitar. La libertad de saberte único y amado, la libertad de saber que Cristo ha dado la vida por ti y te ha perdonado. La libertad de saber que eres lo más importante para Dios, la libertad de saber que desde la creación Dios pensó en ti y que desde siempre te amó y te ama como eres, con tus faltas, defectos y pecados. Pero quiere que te dejes hacer por él, que le dejes un espacio en ti. Que en tu corazón haya un espacio para Dios. Seguramente ese espacio irá creciendo día a día hasta que Cristo llegue a reinar en ti y tu corazón sea entonces alegría y fiesta como ya lo es hoy, en la medida en que has querido abrirte a él y descansar en él, poner en él tus preocupaciones, tus resistencias, tus temores, tus dudas y necesidades.

Cuantas cosas podemos compartir con Cristo, como él lo ha compartido todo con nosotros menos el pecado. Por eso hoy Cristo te dice que tu pecado es perdonado, por grande que sea, por mucho que te pese. Su amor y misericordia es mayor e infinitamente más grande que ese pecado que te lleva a la muerte. Si entiendes esto, dichoso tú, porque has entendido, la resurrección

No hay hombre más libre que Cristo y no hay mayor libertad que la de estar con Cristo. Si crees que vive, dichoso tú, porque no morirás para siempre, y también vivirás con él, y eso es la resurrección

Sí hermana y hermano que estás en la cárcel: desde la distancia, ahora doble o triple por la pandemia, la pastoral no te olvida y te desea el gozo profundo de una ¡Feliz Pascua de Resurrección!  ¡Feliz encuentro con Cristo resucitado! que nada ni nadie te pueda apartar de su infinito amor. Que tu corazón ore y cante agradecido, sí déjalo cantar y orar, déjalo adorar. Deja que proclame a los cuatro vientos y al mundo entero: la Resurrección, la alegría, la liberación, la esperanza, el amor y la paz. Puedes decir: Soy libre, aunque aún entre rejas; soy libre porque así lo ha querido Dios.  Todo eso, hermano en la cárcel, es Dios, y Dios es, la Resurrección.

¡¡FELICES PASCUAS!!

Domingo de Resurrección

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Hermanas y hermanos: ¡Cristo ha resucitado!

La primera lectura de este domingo, es de los Hechos de los Apóstoles 10, 34ª.37-43. Corresponde al encuentro de Pedro con el Centurión romano y pagano Cornelio de Cesarea. Es el primer anuncio del Evangelio a los paganos y primicia de una fecunda evangelización en el futuro, pues Jesús ha derribado todas las fronteras con su muerte y resurrección, pero no fue fácil. El Evangelio comenzaba una nueva aventura: llegar a todo el mundo y es que en la muerte y en la resurrección de Jesús, Dios ha dicho su última palabra en favor de los hombres.

Jesus, resucitado del que los apóstoles son testigos fieles y seguros, pues recibieron una experiencia interior personal y comunitaria, acompañada de una luz reveladora infalible, que les llevó a la convicción de que Jesús estaba vivo, anuncian esta gran verdad y desde entonces nuestra fe en Jesús pasa por el testimonio apostólico y nuestra fe es apostólica. Es una fe cierta y segura, aunque durante nuestra peregrinación en este mundo sigue siendo claroscura, pero siempre con la certeza de que estamos ante la maravilla de las maravillas de Dios y convencidos de que es posible la fraternidad entre todos los pueblos a través de Cristo resucitado y del Espíritu.

La segunda lectura es de Colosenses 3,1-4. Nos recuerda que por el bautismo nos hemos identificado con el Cristo Glorioso, en consecuencia, hemos de dirigir la mirada hacia donde está Cristo, que es la meta hacia la que nos dirigimos, la cual, no solo da sentido, sino que desvela el misterio del sufrimiento y de la muerte. El tiempo de espera es tiempo de lucha y dificultades; es el tiempo de la Iglesia, el tiempo del Cristo glorioso escondido, pero también de la certeza en su manifestación plena, para estar plenamente con él, una vez resucitados.

El Evangelio es de Jn 20,1-9. En él se nos recuerdan dos realidades complementarias: el sepulcro vacío y las apariciones. Solo el sepulcro vacío no podía garantizar la seguridad de nuestro destino hacia la vida. Esa es la manera de explicar que estamos ante un hecho singular y único. Los especialistas dirán que estamos ante un acontecimiento, trascendente, metahístórico y escatológico. La manera de decir esto para un semita es afirmar, que el sepulcro está vacío. Todo el conjunto de la narración con sus detalles, como el sudario, subraya el realismo de la resurrección, pero la fuerza de convicción está en la revelación de Dios y esta convicción, se apoya en la Escritura: «…Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito en la ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos acerca de mi» (Lc 24, 44-45). Las Escrituras, son la expresión literaria del proyecto de Dios que se cumple a pesar de todas las resistencias. Y lo ha cumplido devolviendo la vida a su Hijo hecho hombre y en comunión con él a todos los hombres. Jesus resucitado nos muestra la solución al enigma de la muerte y es a través de los signos y de la Escritura (especialmente la Eucaristía) como nos encontramos con el Señor resucitado.

Vigilia Pascual

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Las lecturas que la Iglesia proclama en la Vigilia Pascual podemos distribuirlas en tres bloques

  1. Creación e historia de la salvación
  2. Anuncios proféticos del futuro glorioso
  3. Cumplimiento de las Escrituras en Cristo
  • Creación e historia de la salvación

Primera lectura : Génesis 1,1-31; 2,1-2 (Creación)

La creación está orientada hacia el hombre, que es su centro y meta y ninguna creatura pudo venir a la existencia sin la palabra omnipotente del Creador. Dios hizo al hombre para la vida interminable. Será libre frente a otros como él; pero siempre será dependiente de su Creador, raíz y origen de su libertad. La significación global del jardín de Edén es teológica y no geográfica. Significa el bienestar por exelencia, es símbolo de la felicidad e imagen plástica de la comunión misteriosa del hombre con Dios. En el se cultivan árboles de toda especie que el hombre puede disfrutar, expresión , de todos los bienes que proporcionan al hombre su bienestar. Pero hay un árbol singular: el de la ciencia del bien y del mal. Expresión plástica de una realidad teológica también: sólo Dios es el soberano, Él se reserva la autoridad de decidir y determinar el bien y el mal. El hombre puede elegir entre el bien y el mal, pero decidir lo que es bueno y malo, se lo reserva Dios.

Segunda lectura: Génesis 22,1-18 (Sacrificio de Isaac)

Este relato, que originariamente invitaba a suprimir los sacrificios humanos, se convierte en el mejor ejemplo de la fe de Abraham. Abraham es invitado a abandonar su pasado politeísta para dejarse guiar por el Dios que le llama. Ahora debe estar dispuesto a renunciar también a su futuro. La fuerza de este relato y la razón básica de su presencia en la vigilia pascual está en estas palabras: Toma a tu hijo único, a tu querido Isaac, ve a la región de Moria y ofrécemelo allí en holocausto, en un monte que yo te indicaré…Isaac es tipo de Jesús el Unigénito, el Hijo Único y muy querido del Padre.

En la narración de Abraham, se oculta el problema de la fe. Creer significa en hebreo «apoyarse en Yahvé», adherirse al Dios personal y fiarse de Él. La vida de los patriarcas ante Dios, como es presentada por las historias patriarcales, posee un carácter único en la historia de la salvación, pues describe en ellas una relación peculiar e irrepetible con Dios.

Tercera lectura: Éxodo 14,15-15,1 (Paso del mar rojo)

El pueblo de Israel sale de la tierra de Egipto. Estamos ante un relato épico que exalta el poder de Dios a favor de su pueblo en el momento más angustioso de su historia. Este acto salvífico, confirmó su fe en Yahvé: «Y viendo Israel la mano fuerte que Yahvé había desplegado contra los egipcios, temió el pueblo a Yahvé, y creyeron en Yahvé y en Moisés, su siervo». Y se convirtió en un artículo fundamental de fe para todos los que se vincularon al Yavismo.

  • Anuncios proféticos del futuro glorioso

Cuarta lectura: Isaías 54,5-14 (Retorno del pueblo a Jerusalén y misión del siervo de Dios)

En la Escritura, vemos con frecuencia la imagen del esposo y de la esposa para expresar las relaciones de Dios con su pueblo. Pero Dios es Santo en medio de su pueblo. Esto quiere decir que mantiene su compromiso por encima de todo. Es fiel y mantiene su palabra. Dios no se vuelve a tras, sino que utiliza una paciente pedagogía para atraer a su pueblo.

Las traiciones de su pueblo no le apartan ni enfrían el amor primero de Dios. Incluso cuando castiga, sigue amando. Dios manifiesta su misericordia de dos maneras: perdonando sinceramente sus faltas, pecados y errores (janun) y acogiendo con tiernísimo afecto a los desvalidos, a los necesitados y a los que sufren, como una madre a la que se le conmueven las entrañas. (janum). Esta misericordia será eterna por tanto en ella recobra firmeza la esperanza. En Jesús muerto y resucitad vemos manifestado este amor misericordioso.

Quinta lectura: Isaías 55,1-11 (Dios dirige la historia)

Así como la lluvia empapa la tierra y la fecunda por sí misma, así también la palabra de Dios es eficaz por sí misma porque lleva en su propia entraña la fuerza de vida y de liberación.  El hombre tiene la seguridad de encontrar a Dios a su favor, dispuesto al perdón y a la indulgencia, siempre que rectifica y cambia de mentalidad y de actitudes. Dios será siempre el que está muy por encima, más allá de las posibilidades humanas de comprensión, sin dejar de ser cercano y providente que se ocupa de las necesidades de los hombres con singular solicitud y atención. Los planes de Dios corresponden a su providencia universal. Por tanto, ningún plan del hombre puede adecuarse a los planes de Dios. Tampoco puede ser sustituido por nada ni por nadie. Mas bien es el que lo acompaña en su progreso legítimo y provechoso en favor de las personas humanas, imágenes vivas suyas.

Sexta lectura: Baruc 3,9-15.32-4,4 (Obedece y vivirás en paz)

Baruc es más sapiencial que profético. Para encontrar la paz es necesaria la adquisición de la sabiduría que procede de Dios, creador del universo y la paz es la suma de todos los bienes y el resultado de una fidelidad inquebrantable a la voluntad de Dios manifestada en los mandamientos. El exilio es fruto de haber quebrantado el pueblo la alianza con su Dios soberano y protector. Es necesario volver al encuentro con ese Dios que garantiza la justicia y la libertad fundamentos de una paz estable y duradera. En la Vigilia Pascual, la Iglesia quiere que nos detengamos en la experiencia histórica de Israel para entrar mas plenamente en el significado del misterio pascual como liberador y garante de la paz entre los hombres y de los hombres con Dios.

Séptima lectura: Ezequiel 36,16-28 (Os daré un Espíritu nuevo)

Israel es el pueblo de la Alianza. Mediante esta alianza y su aceptación Israel es el pueblo de Dios, pueblo de su propiedad y Dios se compromete a defenderlo y a liberarlo. EL profeta explica la razón de porqué el pueblo está en el exilio: porque  se ha vuelto a los ídolos (que no salvan) y ha abandonado y dado la espalda a Dios (Que siempre lo ha protegido y le dio la tierra). Dios siempre fiel a sí mismo y a su proyecto a favor de su pueblo, decide actuar. De modo que si la dispersión fue el resultado de la infidelidad del pueblo expresada en la idolatría, la reunificación del mismo es el resultado de la intervención del Dios fiel. Cuando Dios realice plenamente su proyecto salvador tendrá lugar la reunificación. En segundo lugar, la promesa de un espíritu nuevo. Una promesa de futuro que se cumple en la Pascua y en Pentecostés. En tercer lugar, la vuelta a la tierra prometida donde Dios ejerce su soberanía sobre su pueblo. Esta tierra que prometió a los patriarcas.

  • Según las escrituras: cumplimiento en Cristo

Primera lectura: Romanos 6,3-11 (La vida en Cristo)

El sentido de la solidaridad que existe en la conciencia de los que forman un mismo clan y una misma familia era más fuerte y profundo que en nuestra mentalidad. Esta realidad proporciona a Pablo una de sus más atrevidas afirmaciones: En Cristo somos un solo cuerpo y para ello es necesario entrar por el camino de su muerte que abre esperanzas para una nueva y real vida para los hombres. Hoy, sobre todo, urge un testimonio de la solidaridad que nos viene del bautismo. Siendo la solidaridad la mejor manera de traducir hoy lo que es la Buena Noticia. Solidaridad real, consciente, responsable y comprometida con Cristo por un lado y con los hombres por otro. Los creyentes encontramos en Jesús la razón más convincente y más exigente a la vez que consoladora.

Evangelio: Marcos 16,1-8 (el sepulcro vacío)

Los cuatro relatos coinciden en que encontraron el sepulcro vacío. Sin embargo esta comprobación no basta para la fe en la resurrección de Jesús. El relato expresa la realidad de la resurrección, pero no es la fuente primera de la fe en el acontecimiento. Mas bien contribuye a entrar en el realismo de la Resurrección. Es necesario otro recurso para que el sepulcro vacío adquiera todo su sentido: la experiencia personal y comunitaria del cristo vivo y la revelación de lo alto que les permite identificar al resucitado con el crucificado. Jesús entregó en la cruz todo su ser humano para la salvación del mundo. Y todo su ser humano vuelve a la vida en su totalidad´. El acontecimiento desborda todas las previsiones y planes de los apóstoles. La actuación de Dios ha sido de vital importancia. La resurrección es la nueva creación que enlaza con el proyecto original de Dios. Se trata de algo de singular importancia para la humanidad. Es la gran respuesta definitiva al gran enigma que pesa sobre la humanidad: ¿Qué sentido tiene la muerte? ¿Qué le espera al hombre después de la muerte? Jesus que había avanzado algunas primicias en las resurrecciones que había realizado, ahora da la respuesta definitiva: después de la muerte espera a la humanidad una vida sin fin, feliz, para siempre y para todos.

Sábado Santo

Destacado

  • El Pueblo de Israel

Ha reducido al silencio y a la muerte a su Mesías verdadero. Este es el centro del drama de Israel. El pueblo de la promesa, de la revelación de Dios y de la esperanza, ha rechazado la oferta de salvación, aunque Dios sigue siendo fiel. 

  • El mundo y la humanidad

El mundo acaba de recibir el don más grande de Dios: la donación total de la vida del Mesías, del único que puede dar sentido a su Historia. Pero Dios mantiene su oferta amorosa de salvación: «Tanto amó Dios al mundo».

  • Los Apóstoles

Casi todos regresan a sus antiguas ocupaciones, pero el pastor vuelve a reunirlos. Dos huyen de Jerusalen y los encuentra Jesús en el camino hacia Emaús (Lc 24, 13-35). Esperaban pero no ha sucedido lo esperado.

  • María, la creyente, la probada, la virgen fiel, espera en silencio y calma

Los apóstoles «no comprendieron» (Lc 2,24ss), pero María no cesó de «darle vueltas en su corazón» ¡Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen!

  • Jesús mismo

Descendió a los infiernos (=Sheol judío, o Hades griego; el mundo de los muertos, pero no infierno en el sentido de separación eterna de Dios). Jesús desciende al Sheol para culminar la salvación, despojando al enemigo de la vida y del hombre de su poder sobre el hombre. Algunos testimonios bíblicos nos permiten entender esta misión de Jesús en el Sheol:

  • Apocalipsis 1,17-18: «No temas; yo soy el primero y el último, yo soy el que vive. Estuve muerto, pero ahora vivo para siempre y tengo en mi poder las llaves de la muerte y del abismo».
  • Hebreos 2,14-18: «Pues como los hijos participan en la sangre y en la carne, de igual manera Él participó en las misma, para destruir por la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo, y librar a aquellos que por el temor de la muerte estaban toda la vida sujetos a su servidumbre».  

Viernes Santo

Destacado



1.     Los acontecimientos en su marco histórico
¿por qué la crucifixión?
Los judíos podían dictar sentencia, pero no ejecutarla. Por eso Jesús fue crucificado y no lapidado como correspondía a quien era acusado de blasfemia según las leyes veterotestamentarias. La crucifixión se reservaba para los rebeldes contra Roma.
Ciertamente, hubo algunos personajes que pretendieron ser el mesías y provocaron violencia y levantamientos contra Roma. Pero Jesús como sabemos por la tercera tentación, rechazó la oferta de un liderazgo político-militar, otra cosa es como se pudieron interpretar su libertad de movimientos o su interpretación de ciertas prácticas judías. Pero Jesús se mostró con absoluta fidelidad y a la vez libertad frente a la ley de Moises. Así denunció la hipocresía de los maestros de la ley. Rompió fronteras y distanciamientos sociales. Acogía a los pecadores y comía con ellos. Todo esto confluyó en su muerte violenta.
2.     ¿Qué es lo que provoca la cruz? Los acontecimientos cristológicos
Todo acontece porque el comportamiento de Jesús colocó a Israel frente a una gran disyuntiva: o aceptaban su misión y tenían que cambiar radicalmente las estructuras religiosas o lo rechazaban por falso reformador. No les quedaba otra alternativa. Finalmente, Él, el verdadero Mesías es rechazado e Israel se condena a las tinieblas al rechazar la última y definitiva revelación de Dios. Esto causaba a Jesús un sufrimiento muy superior al sufrimiento físico y Jesús ante el sanedrín se convierte en  modelo y espejo para cuantos se sienten perseguidos, maltratados o incomprendidos por razones de fe, justicia, conciencia o coherencia en su comportamiento. Los creyentes somos llamados a vivir las actitudes de Jesús en su Pasión.
3.     ¿Qué es la cruz? Significación teológica de este acontecimiento.
La cruz es la expresión suprema del amor de Dios
Así lo entendieron los evangelistas. Cristo en la cruz es la suprema expresión del amor de Dios al mundo. El poder de Dios misericordioso se revela especialmente en la Cruz. Los milagros realizados por Jesús eran sólo un pálido anticipo.
La cruz no es un fracaso sino una victoria.
Si Cristo en la cruz es la suprema expresión del amor del Padre, es necesario anunciar a los hermanos que en la cruz se realiza el verdadero encuentro con Dios; que Dios a los que ama los prueba como un buen Padre que es (Carta a los Hebreos); que por los sufrimientos, Jesús aprendió a obedecer y encontrarse con la voluntad de Dios. El creyente se convierte así en un testigo vivo, en medio del mundo, del amor de Dios desde y en la cruz dolorosa y gozosa.
Fuerza liberadora de la cruz
a)     Para ser discípulo de Cristo hay que renunciar a todo (incluso a sí mismo) tomar la cruz y seguirle (Lc 14,25-33)
b)     Para ser discípulos de Jesús es necesario permanecer fieles a su Palabra que es la verdad y que es la única que proporciona la libertad (Jn 8,31ss)
c)     La cruz de Cristo es el valor que tergiversa y subvierte todos los demás valores en los que el hombre cree encontrar su libertad y su felicidad, como son el poder, el bienestar, el prestigio, la ciencia humana (1 Cor 1,17-31)
d)     Conseguida la liberación el discípulo descubre que la cruz es un motivo de gloria y el único valor que merece realmente su atención (Gl 6,14-17)
e)     Es posible conseguir la libertad de los hijos de Dios porque Cristo en la cruz es la suprema expresión del amor del Padre en favor de la humanidad esclavizada por lo único que no la deja realizarse: el pecado (1 Jn 4,7-21). Solo se puede amar de verdad cuando se descubre y se experimenta el amor que el Padre nos tiene a todos los hombres, manifestado en la fuerza liberadora de la cruz.
Cristo en la cruz nos libera de la ley
Cristo en la cruz es el hombre más libre y más obediente a la vez. Vive y nos revela el verdadero origen y fuente de la libertad genuinamente humana: el encuentro con la voluntad amorosa del Padre que engendra libertad.
Cristo en la cruz nos libera del pecado
El pecado no forma parte del proyecto de Dios sobre el hombre. El pecado destruye al hombre, le deshumaniza. Por eso Cristo se hizo semejante a nosotros en todo menos en el pecado (Hb 4,15) Jesús nos libera del pecado al restituirnos al verdadero proyecto de Dios sobre el hombre para su realización y felicidad.
Cristo en la cruz nos libera de la muerte
Dios, es un Dios de vivos (Mc 12) Cristo en la cruz nos libera del temor a la muerte y a los anticipos de la muerte como son el sufrimiento, la soledad y la incapacidad humana.
Gloriarse en la Cruz (Gl 6,11-14)
Gloriarse es considerar el objeto en que nos gloriamos como el más preciado trofeo. Para Pablo y para todo fiel discípulo de Jesús no hay otro trofeo de victoria, de gloria, de triunfo que la Cruz de Cristo. He ahí la novedad del Cristianismo y el programa más ambicioso. 

Jueves Santo

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  • La última cena fue una cena pascual

La última cena de Jesús con los discípulos supone todo el ceremonial de la cena pascual judía, que a su vez supera y llena de un nuevo contenido. En el relato de Mc 14,18-21.22 (cfr Mt 26,21-25.26), se indica que Jesús partió el pan en el transcurso de la comida. La cena pascual era la única comida familiar del año en la que precedía un plato (Mc 14,20) a la fracción del pan. Jesús y sus discípulos bebieron vino en la última cena (Mc 14,23.25 par) lo cual era propio de algunas celebraciones solemnes como la fiesta de Pascua.

  • Gestos de Jesús en esa noche
  • La comunidad Pascual. Jesús se reúne con los apóstoles formando una comunidad o grupo pascual. Este gesto ilumina la celebración-memorial que durante los siglos sigue realizando la Iglesia cuando celebra el sacramento pascual en cualquier tiempo o lugar.
  • Lavatorio de los pies (Jn 13) Es más que un gesto de humildad y servicio. Es un signo que anticipa de alguna manera el acontecimiento de la cruz como expresión del don de la vida de Jesús por la humanidad. Por la reacción de Pedro, expresada en las palabras tú no me lavarás los pies jamás, nos percatamos de la novedad del gesto, de lo incomprensible del mismo para Pedro. Incluso en cierto sentido le resultaba desconcertante y escandaloso. Todo esto nos permite alcanzar su sentido: estar siempre dispuestos al don de la vida por los demás.
  • Institución de la Eucaristía. Jesús toma un pan en sus manos y realiza un gesto inesperado y sorprendente para los discípulos. Eso que tiene en las manos, será él mismo en cuanto que se entrega a la muerte por la humanidad. Y lo mismo hace con la copa. Este gesto desborda el ceremonial judío en cuanto al sentido del pan y de la copa. Es el gesto más importante de los realizados por Jesús en esta noche. Con él establece el marco que ha de llenarse con el acontecimiento de la Cruz y de la Resurrección.
  • Jesús decide no comer ni beber aquella noche. Estamos tan acostumbrados a pensar que Jesús comió y bebió, que también nos sorprende a nosotros, como también sorprendió a los apóstoles. Esta decisión está relacionada íntimamente con la misión de Jesús. Israel corre el peligro de cerrarse a la revelación de Dios en Jesús y de rechazar a su Mesías verdadero y, con ello, anular el sentido histórico de su misión. Pronto, Dios va a intervenir definitivamente en la historia, luego es necesario abrirse a su oferta. Este es el sentido auténtico del ayuno pascual de Jesús.
  • Palabras de Jesús en la última cena

En toda celebración pascual hay una hagadá (homilía-explicación) en la que se recordaban los motivos por los que se celebraban la fiesta y se instruía a todos. Jesús también realizó su propia hagadá pascual. El punto de referencia es Jn 13-17. En el las palabras de Jesús tratan de descubrir el sentido de todo lo que sucedió en el Cenáculo y los acontecimientos posteriores.Revelación del Padre (Jn 14, 1-14 y 21-24): «El que me ve a mi ve al Padre…» En el clima de la última cena, Jesús quiso revelarnos definitivamente al Padre que nos ama y que ama a todos los hombres, porque por ellos envió a su propio Hijo.

Revelación del Espíritu Santo (Jn 14, 16-17; 14,26; 15,26-27; 16,7-11; 16,12-15.

El Paracletós-Espíritu Santo será enviado, como un don por el Padre a petición y ruegos de Jesús. Estará con la comunidad de los discípulos para garantizar la comunión y habitar en cada uno de sus miembros. Vendrá a enseñar, es decir, a interiorizar las palabras de Jesús. Será también testigo y acompañará el testimonio de los discípulos hasta el martirio, si fuera necesario.

Revelación de la realidad de la Iglesia. Fundamentalmente Jesus nos revela tres aspectos:

La Iglesia en sí misma. Es como una cepa (Jesús) y sus sarmientos (discípulos) : una realidad viva de la que Él es el centro vitalizador y de cohesión. En este marco se encuadra el mandamiento del amor fraterno. EL pensamiento central es que este amor es causa de la unidad, signo ante el mundo y empuje a dar la vida por el otro si fuera necesario.

La Iglesia frente al mundo. Correrá la misma suerte que la que recorrió él. Será perseguida hasta el martirio. Para cumplir esta misión recibe el don del Espíritu.

La Iglesia es una comunidad viva unida y enviada en misión. Es necesario permanecer unidos en la revelación del Nombre del Padre, en la participación de la Gloria y en la escucha de la Palabra, traducida en el amor fraterno, para que el mundo crea y conozca que Jesús es el verdadero enviado del Padre y el único Salvador de la humanidad.

Domingo de Ramos, Ciclo B

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En el segundo Isaías, encontramos cuatro fragmentos de especial belleza literaria y profundidad teológica: los «cánticos del siervo de Dios». La Primera lectura de este domingo es de Is 50,4-7. La fuerte personalidad del siervo realiza diversas tareas en el cumplimiento de su misión, pero la respuesta es la oposición, el enfrentamiento, el desprecio. Es una de las paradojas de la historia de la salvación. Recordemos a Moisés conduciendo al pueblo por el desierto hacia la libertad, pero sobre todo, lo vemos en Jesús, que no opuso resistencia a la voluntad del Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres, seguro – hasta la hora suprema del abandono en la cruz- de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos. Las palabras del profeta-poeta, llamado segundo Isaías, tienen mucho que decirnos hoy a todos nosotros, inmersos en múltiples perplejidades, desconciertos, contradicciones e incomprensibles persecuciones en todos los ámbitos.

La segunda lectura es de Filipenses 2,6-11. Es un himno que Pablo ha tomado de la liturgia cristiana primitiva, con algunas adiciones que introdujo él. Pablo, recurre a este himno para reorientar la vida de la comunidad. Puede entenderse a partir de la expresión “alarde” (No hizo alarde de su categoría de Dios)

Se sobreentiende el parangón con Adán, quien no siendo de tal condición, quiso robarla. Pablo propone a la comunidad de Filipos el ejemplo del nuevo Adán, Cristo. Este aceptó reparar, mediante la humildad y la obediencia hasta la muerte más ignominiosa, la soberbia desobediencia del primer Adán, que precipitó a todo el género humano en el pecado y la muerte. En Cambió, Cristo se vació de sí mismo y tomó la condición de esclavo, que es la nuestra. A dicho anonadamiento, responde la acción de Dios que lo ha exaltado hasta el extremo, de modo que ahora, todo el universo, está llamado a proclamar que Jesucristo es el nombre más alto en el cielo y en la tierra, porque es el nombre del Kyrios, Señor, es decir, Dios, y esta confesión es para gloria del Padre.

El Evangelio es de Marcos 1,14-15,47 y recoge la narración de la pasión, en la que encuentra respuesta la pregunta fundamental ¿Quién es Jesús? Es en la pasión donde se revela el misterio: Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. La afirmación del centurión -un pagano- que lo ve morir «de aquella manera» (15, 39) indica el camino de la incredulidad a la confesión de fe, que cada uno de nosotros está llamado a recorrer contemplando al Crucificado y no pasar como la muchedumbre del «Hosanna» al «crucifícalo». Nos debemos preguntar, si estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor, el camino del amor. Una senda que se manifiesta en su aparente debilidad e inutilidad en el abandono incondicionado a la voluntad del Padre. Pero si aquellos discípulos que, pese a haber estado y convivido con él no lo han comprendido y lo han abandonado y traicionado, nosotros ¿podremos ser fieles?

Es necesario huir y vencer todas las tentaciones de creer que la liberación y la felicidad del hombre se consiguen con la violencia. Pero también es una advertencia a quienes huyen de todo compromiso. Sólo a los pies de la cruz, podremos vivir en la fe del que es Dios y hombre verdadero. Un Dios que muere por amor. Solo así podremos vivir en la novedad que supuso aquel gesto y que puede regenerar nuestra vida, dando lugar a la emergencia del Reino de Dios que está en medio de nosotros.    

Catequesis del amor humano

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5. El significado de la originaria soledad del hombre

1. En la última reflexión del presente ciclo hemos llegado a una conclusión introductoria, sacada de las palabras del libro del Génesis sobre la creación del hombre como varón y mujer. A estas palabras, o sea, al «principio» se refirió el Señor Jesús en su conversación sobre la indisolubilidad del matrimonio (cf. Mt 19, 3-9; Mc 10, 1-12). Pero la conclusión a que hemos llegado no pone fin todavía a la serie de nuestros análisis. Efectivamente, debemos leer de nuevo las narraciones del capítulo primero y segundo del libro del Génesis en un contexto más amplio, que nos permitirá establecer una serie de significados del texto antiguo, al que se refirió Cristo. Por tanto, hoy reflexionaremos sobre el significado de la soledad originaria del hombre.

2. El punto de partida para esta reflexión nos lo dan directamente las siguientes palabras del libro del Génesis: «No es bueno que el hombre (varón) esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gén 2, 18). Es Dios Yahvé quien dice estas palabras. Forman parte del segundo relato de la creación del hombre y provienen, por lo tanto, de la tradición yahvista. Como hemos recordado anteriormente, es significativo que, en cuanto al texto yahvista, el relato de la creación del hombre (varón) es un pasaje aislado (cf. Gén 2, 7), que precede al relato de la creación de la primera mujer (cf. Gén 2, 21-22). Además es significativo que el primer hombre (‘adam), creado del «polvo de la tierra», sólo después de la creación de la primera mujer es definido como varón (‘is). Así, pues, cuando Dios-Yahvé pronuncia las palabras sobre la soledad, las refiere a la soledad del «hombre» en cuanto tal, y no sólo a la del varón (1).

Pero es difícil, basándose sólo en este hecho, ir demasiado lejos al sacar las conclusiones. Sin embargo, el contexto completo de esa soledad de la que habla el Génesis 2, 18, puede convencernos de que se trata de la soledad del «hombre» (varón y mujer), y no sólo de la soledad del hombre-varón, producida por la ausencia de la mujer. Parece, pues, basándonos en todo el contexto, que esta soledad tiene dos significados: uno, que se deriva de la naturaleza misma del hombre, es decir, de su humanidad (y esto es evidente en el relato del Gén 2), y otro, que se deriva de la relación varón-mujer, y esto es evidente, en cierto modo, en base al primer significado. Un análisis detallado de la descripción parece confirmarlo.

3. El problema de la soledad se manifiesta únicamente en el contexto del segundo relato de la creación del hombre. En el primer relato no existe este problema. Allí el hombre es creado en un solo acto como «varón y mujer» («Dios creó al hombre a imagen suya… varón y mujer los creó», Gén 1, 27). El segundo relato que, como ya hemos mencionado, habla primero de la creación del hombre y sólo después de la creación de la mujer de la «costilla» del varón, concentra nuestra atención sobre el hecho de que «el hombre está solo», y esto se presenta como un problema antropológico fundamental, anterior, en cierto sentido, al propuesto por el hecho de que este hombre sea varón y mujer. Este problema es anterior no tanto en el sentido cronológico, cuanto en el sentido existencial: es anterior «por su naturaleza». Así se revelará también él problema de la soledad del hombre desde el punto de vista de la teología del cuerpo, si llegamos a hacer un análisis profundo del segundo relato de la creación en el Génesis 2.

4. La afirmación de Dios-Yahvé «no es bueno que el hombre esté solo», aparece no sólo en el contexto inmediato de la decisión de crear a la mujer («voy a hacerle una ayuda semejante a él»), sino también en el contexto más amplio de motivos y circunstancias, que explican más profundamente el sentido de la soledad originaria del hombre. El texto yahvista vincula ante todo la creación del hombre con la necesidad de «trabajar la tierra» (Gén 2, 5), y esto correspondería, en el primer relato, a la vocación de someter y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28). Después el segundo relato de la creación habla de poner al hombre en el «jardín en Edén», y de este modo nos introduce en el estado de su felicidad original. Hasta este momento el hombre es objeto de la acción creadora de Dios-Yahvé, quien al mismo tiempo, como legislador, establece las condiciones de la primera alianza con el hombre. Ya a través de esto, se subraya la subjetividad del hombre, que encuentra una expresión ulterior cuando el Señor Dios «trajo ante el hombre (varón) todos cuantos animales del campo y cuantas aves del cielo formó de la tierra, para que viese cómo las llamaría» (Gén 2, 19). Así, pues, el significado primitivo de la soledad originaria del hombre está definido a base de un «test» específico, o de un examen que el hombre sostiene frente a Dios (y en cierto modo también frente a sí mismo). Mediante este «test», el hombre toma conciencia de la propia superioridad, es decir, de que no puede ponerse al nivel de ninguna otra especie de seres vivientes sobre la tierra.

En efecto, como dice el texto, «y fuese el nombre de todos los vivientes el que él les diera» (Gén 2, 19). «Y dio el hombre nombre a todos los ganados, y a todas la aves del cielo, y a todas las bestias del campo; pero -termina el autor- entre todos ellos no había para el hombre (varón) ayuda semejante a él» (Gén 2, 19-20).

5. Toda esta parte del texto es sin duda una preparación para el relato de la creación de la mujer. Sin embargo, posee un significado profundo, aun independientemente de esta creación. He aquí que el hombre creado se encuentra, desde el primer momento de su existencia, frente a Dios como en búsqueda de la propia entidad; se podría decir: en búsqueda de la definición de sí mismo. Un contemporáneo diría: en la propia identidad». La constatación de que el hombre «está solo» en medio del mundo visible y, en especial, entre los seres vivientes tiene un significado negativo en este estudio, en cuanto expresa lo que él «no es». No obstante, la constatación de no poderse identificar esencialmente con el mundo visible de los otros seres vivientes (animalia) tiene, al mismo tiempo, un aspecto positivo para este estudio primario: aun cuando esta constatación no es todavía una definición completa, constituye, sin embargo, uno de sus elementos. Si aceptamos la tradición aristotélica en la lógica y en la antropología, sería necesario definir este elemento como «genero próximo» (genus proximum) (2).

6. El texto yahvista nos permite, sin embargo, descubrir incluso elementos ulteriores en ese maravilloso paisaje, en el que el hombre se encuentra solo frente a Dios, sobre todo para expresar, a través de una primera autodefinición, el propio autoconocimiento, como manifestación primitiva y fundamental de humanidad. El autoconocimiento va a la par del conocimiento del mundo, de todas las criaturas visibles, de todos los seres vivientes a los que el hombre ha dado nombre para afirmar frente a ellos la propia diversidad. Así, pues, la conciencia revela al hombre como el que posee la facultad cognoscitiva respecto al mundo visible. Con este conocimiento que lo hace salir, en cierto modo, fuera del propio ser, al mismo tiempo el hombre se revela a sí mismo en toda la peculiaridad de su ser. No está solamente esencial y subjetivamente solo. En efecto, soledad significa también subjetividad del hombre, la cual se constituye a través del autoconocimiento.

El hombre está solo porque es «diferente» del mundo visible, del mundo de los seres vivientes. Analizando el texto del libro del Génesis, somos testigos, en cierto sentido, de cómo el hombre «se distingue» frente a Dios-Yahvé de todo el mundo de los seres vivientes (animalia) con el primer acto de autoconciencia, y de cómo, por lo tanto, se revela a sí mismo y, a la vez, se afirma en el mundo visible con «esperanza». Ese proceso delineado de modo tan incisivo en el Génesis 2, 19-20, proceso en búsqueda de una definición de sí, no lleva sólo a indicar -empalmando con la tradición aristotélica- el genus proximum, que en el capítulo 2 del Génesis se expresa con las palabras: «ha puesto el hombre», al que corresponde, la «diferencia» específica que, según la definición de Aristóteles, es noûs, zoom noetikón. Este proceso lleva también él primer bosquejo del ser humano como persona humana con la subjetividad propia que la caracteriza.

Interrumpimos aquí el análisis del significado de la soledad originaria del hombre. Lo reanudaremos en los capítulos sucesivos.

(1) El texto hebreo llama constantemente al primer hombre ha’adam, mientras el termino ‘is («varón») se introduce solamente cuando surge la confrontación con la ‘isa («mujer»).

«El hombre», pues, estaba solitario sin referencia al sexo.

Pero en la traducción a algunas lenguas europeas es difícil expresar este concepto del Génesis, porque «hombre» y «varón» se definen ordinariamente con una sola palabra: «homo», «uomo», «hombre», «man».

(2) «An essential (quidditive) definition is a statement which explains the essence or nature of things.

It will be essential when we can define a thing by its proximate genus and specific differentia.

The proximate genus includes within its comprehension all the essential elements of the genera above it and therefore includes all the beings that are cognate or similar in nature to the thing that is being defined; the specific differentia, on the other hand brings in the distinctive element which separates this thing from all others of a similar nature, by because an animal is a «sentient, living, material substance» (…) The specific differentia «rational» is the one distinctive essential element which distinguishes man» and every other «animal». It therefore makes lum a species of him own and separates him from every other «animal» and every other, genus above animal, ineluding plants, inanimate bodies and substance.

Furthermore, since the specific differentia is the distinctive element in the essence of man, it includes all the characteristic «properties» which lie in the nature of man as man, namely power of speech, morality, governoment, religión, immortality, etc.: realities which are absent in all other beings in this physical world».

(C.N. Bittle, The Science of Correct Thinking, Logic, Milwaukee (197412, pp. 73-74.)

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5º Domingo de Cuaresma, Ciclo B

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El profeta Jeremías en la primera lectura (Jer 31,31-34) anuncia la nueva Alianza, que Dios quiere establecer con Israel. La nueva Alianza reemplaza a la antigua, porque había sido rota y porque Israel no la aceptó. Pero Dios sigue adelante con su plan de salvación, aunque con otra manera de llegar al corazón y conducirnos a la verdad y a la salvación. Implantando su voluntad en el mismo corazón. Este nuevo pacto ya no está formulado en normas impuestas desde fuera, sino basado en una unión íntima -esponsal- entre Dios y su pueblo. Esa es la característica de los tiempos nuevos, que llegan a su plenitud con Cristo, que declara realizada esta Alianza en la última cena y su pleno cumplimiento, cuando al expirar en la cruz entregue el Espíritu, que es principio de la nueva ley en el interior del creyente.

La segunda lectura de Hebreos 5,7-9, nos lleva a un momento de la vida de Jesús desconcertante y admirable a la vez: la oración en el huerto de los olivos. Allí Jesús sintió la profunda realidad humana de su encarnación real, autentica, con todas las consecuencias (menos la del pecado) pues el pecado no solo repugna a la persona divina de Jesús, sino que Jesús es el modelo humano ejemplar, y el pecado no es humano, ya que deshumaniza al hombre. El Sufrimiento de Jesus fue por tanto un sufrimiento fecundo, eso es lo que se desprende de la expresión: «a pesar de ser hijo, aprendió sufriendo a obedecer». Su padecer fue un padecer amoroso propio de un corazón nuevo, obediente y filial, como prometió Dios al profeta Jeremías. Si bien el pecado nos destruye y deshumaniza, el sufrimiento aceptado libre y generosamente nos curte y nos hace crecer.

El Evangelio es de Jn 12,20-23, se le conoce como el Getsemaní joaneo. En Juan se habla del prendimiento, pero no de la oración de Jesús ni del diálogo con los discípulos dormidos, que abandonaron al maestro en el momento culminante de su vida. Todo ello, acompañado de rasgos muy distintivos y singulares, de modo que, la muerte es fuente de vida, el grano de trigo que muere da mucho fruto y nadie vive verdaderamente si no acepta penetrar en este misterio del grano que muere, misterio vivido por él, antes que nadie.

«He venido para esta hora». Desde las bodas de Caná en donde Jesus responde a su madre: «mujer aun no ha llegado mi hora», todo apunta hacia un momento culminante en el que Dios se revelará plenamente en Jesús su Hijo y realizará su proyecto definitivo. Esa hora es el Exodo de Jesus a su Padre. Esto es, la muerte-glorificación, expresión suprema del amor del Padre y del poder salvador de Dios.  

Jesús, se siente conmovido con la perspectiva de lo que le espera, pero el centro de su ser permanece estable en su adhesión incondicional a la voluntad del Padre, que el vino a cumplir. Esta obediencia filial glorifica al Padre y realiza la salvación del mundo. Es la entrega total de si mismo, es la que le convierte en juez misericordioso y la que expulsa al príncipe de este mundo, que divide, miente y engaña, para así, inaugurar el Reino de Dios. Nos encontramos ante la hora decisiva de la Historia: la hora de su muerte de cruz. La Kénosis de la encarnación llegará a sus últimas consecuencias en la pasión y muerte de Jesús.  

ero. Un Dios que muere por amor. Solo así podremos vivir en la novedad que supuso aquel gesto y que puede regenerar nuestra vida, dando lugar a la emergencia del Reino de Dios que está en medio de nosotros.    

San José: el sueño de Dios

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MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA 58 JORNADA MUNDIAL DE ORACIÓN POR LAS VOCACIONES

Queridos hermanos y hermanas:

El pasado 8 de diciembre, con motivo del 150.º aniversario de la declaración de san José como Patrono de la Iglesia universal, comenzó el Año dedicado especialmente a él (cf. Decreto de la Penitenciaría Apostólica, 8 de diciembre de 2020). Por mi parte, escribí la Carta apostólica Patris corde para «que crezca el amor a este gran santo». Se trata, en efecto, de una figura extraordinaria, y al mismo tiempo «tan cercana a nuestra condición humana». San José no impactaba, tampoco poseía carismas particulares ni aparecía importante a la vista de los demás. No era famoso y tampoco se hacía notar, los Evangelios no recogen ni una sola palabra suya. Sin embargo, con su vida ordinaria, realizó algo extraordinario a los ojos de Dios.

Dios ve el corazón (cf. 1 Sam 16,7) y en san José reconoció un corazón de padre, capaz de dar y generar vida en lo cotidiano. Las vocaciones tienden a esto: a generar y regenerar la vida cada día. El Señor quiere forjar corazones de padres, corazones de madres; corazones abiertos, capaces de grandes impulsos, generosos en la entrega, compasivos en el consuelo de la angustia y firmes en el fortalecimiento de la esperanza. Esto es lo que el sacerdocio y la vida consagrada necesitan, especialmente hoy, en tiempos marcados por la fragilidad y los sufrimientos causados también por la pandemia, que ha suscitado incertidumbre y miedo sobre el futuro y el mismo sentido de la vida. San José viene a nuestro encuentro con su mansedumbre, como santo de la puerta de al lado; al mismo tiempo, su fuerte testimonio puede orientarnos en el camino.

San José nos sugiere tres palabras clave para nuestra vocación. La primera es sueño. Todos en la vida sueñan con realizarse. Y es correcto que tengamos grandes expectativas, metas altas antes que objetivos efímeros —como el éxito, el dinero y la diversión—, que no son capaces de satisfacernos. De hecho, si pidiéramos a la gente que expresara en una sola palabra el sueño de su vida, no sería difícil imaginar la respuesta: “amor”. Es el amor el que da sentido a la vida, porque revela su misterio. La vida, en efecto, sólo se tiene si se da, sólo se posee verdaderamente si se entrega plenamente. San José tiene mucho que decirnos a este respecto porque, a través de los sueños que Dios le inspiró, hizo de su existencia un don.

Los Evangelios narran cuatro sueños (cf. Mt 1,20; 2,13.19.22). Eran llamadas divinas, pero no fueron fáciles de acoger. Después de cada sueño, José tuvo que cambiar sus planes y arriesgarse, sacrificando sus propios proyectos para secundar los proyectos misteriosos de Dios. Él confió totalmente. Pero podemos preguntarnos: “¿Qué era un sueño nocturno para depositar en él tanta confianza?”. Aunque en la antigüedad se le prestaba mucha atención, seguía siendo poco ante la realidad concreta de la vida. A pesar de todo, san José se dejó guiar por los sueños sin vacilar. ¿Por qué? Porque su corazón estaba orientado hacia Dios, ya estaba predispuesto hacia Él. A su vigilante “oído interno” sólo le era suficiente una pequeña señal para reconocer su voz. Esto también se aplica a nuestras llamadas. A Dios no le gusta revelarse de forma espectacular, forzando nuestra libertad. Él nos da a conocer sus planes con suavidad, no nos deslumbra con visiones impactantes, sino que se dirige a nuestra interioridad delicadamente, acercándose íntimamente a nosotros y hablándonos por medio de nuestros pensamientos y sentimientos. Y así, como hizo con san José, nos propone metas altas y sorprendentes.

Los sueños condujeron a José a aventuras que nunca habría imaginado. El primero desestabilizó su noviazgo, pero lo convirtió en padre del Mesías; el segundo lo hizo huir a Egipto, pero salvó la vida de su familia; el tercero anunciaba el regreso a su patria y el cuarto le hizo cambiar nuevamente sus planes llevándolo a Nazaret, el mismo lugar donde Jesús iba a comenzar la proclamación del Reino de Dios. En todas estas vicisitudes, la valentía de seguir la voluntad de Dios resultó victoriosa. Así pasa en la vocación: la llamada divina siempre impulsa a salir, a entregarse, a ir más allá. No hay fe sin riesgo. Sólo abandonándose confiadamente a la gracia, dejando de lado los propios planes y comodidades se dice verdaderamente “sí” a Dios. Y cada “sí” da frutos, porque se adhiere a un plan más grande, del que sólo vislumbramos detalles, pero que el Artista divino conoce y lleva adelante, para hacer de cada vida una obra maestra. En este sentido, san José representa un icono ejemplar de la acogida de los proyectos de Dios. Pero su acogida es activa, nunca renuncia ni se rinde, «no es un hombre que se resigna pasivamente. Es un protagonista valiente y fuerte» (Carta ap. Patris corde, 4). Que él ayude a todos, especialmente a los jóvenes en discernimiento, a realizar los sueños que Dios tiene para ellos; que inspire la iniciativa valiente para decir “sí” al Señor, que siempre sorprende y nunca decepciona.

La segunda palabra que marca el itinerario de san José y de su vocación es servicio. Se desprende de los Evangelios que vivió enteramente para los demás y nunca para sí mismo. El santo Pueblo de Dios lo llama esposo castísimo, revelando así su capacidad de amar sin retener nada para sí. Liberando el amor de su afán de posesión, se abrió a un servicio aún más fecundo, su cuidado amoroso se ha extendido a lo largo de las generaciones y su protección solícita lo ha convertido en patrono de la Iglesia. También es patrono de la buena muerte, él que supo encarnar el sentido oblativo de la vida. Sin embargo, su servicio y sus sacrificios sólo fueron posibles porque estaban sostenidos por un amor más grande: «Toda vocación verdadera nace del don de sí mismo, que es la maduración del simple sacrificio. También en el sacerdocio y la vida consagrada se requiere este tipo de madurez. Cuando una vocación, ya sea en la vida matrimonial, célibe o virginal, no alcanza la madurez de la entrega de sí misma deteniéndose sólo en la lógica del sacrificio, entonces en lugar de convertirse en signo de la belleza y la alegría del amor corre el riesgo de expresar infelicidad, tristeza y frustración» (ibíd., 7).

Para san José el servicio, expresión concreta del don de sí mismo, no fue sólo un ideal elevado, sino que se convirtió en regla de vida cotidiana. Él se esforzó por encontrar y adaptar un lugar para que naciera Jesús, hizo lo posible por defenderlo de la furia de Herodes organizando un viaje repentino a Egipto, se apresuró a regresar a Jerusalén para buscar a Jesús cuando se había perdido y mantuvo a su familia con el fruto de su trabaja, incluso en tierra extranjera. En definitiva, se adaptó a las diversas circunstancias con la actitud de quien no se desanima si la vida no va como él quiere, con la disponibilidad de quien vive para servir. Con este espíritu, José emprendió los numerosos y a menudo inesperados viajes de su vida: de Nazaret a Belén para el censo, después a Egipto y de nuevo a Nazaret, y cada año a Jerusalén, con buena disposición para enfrentarse en cada ocasión a situaciones nuevas, sin quejarse de lo que ocurría, dispuesto a echar una mano para arreglar las cosas. Se podría decir que era la mano tendida del Padre celestial hacia su Hijo en la tierra. Por eso, no puede más que ser un modelo para todas las vocaciones, que están llamadas a ser las manos diligentes del Padre para sus hijos e hijas.

Me gusta pensar entonces en san José, el custodio de Jesús y de la Iglesia, como custodio de las vocaciones. Su atención en la vigilancia procede, en efecto, de su disponibilidad para servir. «Se levantó, tomó de noche al niño y a su madre» (Mt 2,14), dice el Evangelio, señalando su premura y dedicación a la familia. No perdió tiempo en analizar lo que no funcionaba bien, para no quitárselo a quien tenía a su cargo. Este cuidado atento y solícito es el signo de una vocación realizada, es el testimonio de una vida tocada por el amor de Dios. ¡Qué hermoso ejemplo de vida cristiana damos cuando no perseguimos obstinadamente nuestras propias ambiciones y no nos dejamos paralizar por nuestras nostalgias, sino que nos ocupamos de lo que el Señor nos confía por medio de la Iglesia! Así, Dios derrama sobre nosotros su Espíritu, su creatividad; y hace maravillas, como en José.

Además de la llamada de Dios —que cumple nuestros sueños más grandes— y de nuestra respuesta —que se concreta en el servicio disponible y el cuidado atento—, hay un tercer aspecto que atraviesa la vida de san José y la vocación cristiana, marcando el ritmo de lo cotidiano: la fidelidad. José es el «hombre justo» (Mt 1,19), que en el silencio laborioso de cada día persevera en su adhesión a Dios y a sus planes. En un momento especialmente difícil se pone a “considerar todas las cosas” (cf. v. 20). Medita, reflexiona, no se deja dominar por la prisa, no cede a la tentación de tomar decisiones precipitadas, no sigue sus instintos y no vive sin perspectivas. Cultiva todo con paciencia. Sabe que la existencia se construye sólo con la continua adhesión a las grandes opciones. Esto corresponde a la laboriosidad serena y constante con la que desempeñó el humilde oficio de carpintero (cf. Mt 13,55), por el que no inspiró las crónicas de la época, sino la vida cotidiana de todo padre, de todo trabajador y de todo cristiano a lo largo de los siglos. Porque la vocación, como la vida, sólo madura por medio de la fidelidad de cada día.

¿Cómo se alimenta esta fidelidad? A la luz de la fidelidad de Dios. Las primeras palabras que san José escuchó en sueños fueron una invitación a no tener miedo, porque Dios es fiel a sus promesas: «José, hijo de David, no temas» (Mt 1,20). No temas: son las palabras que el Señor te dirige también a ti, querida hermana, y a ti, querido hermano, cuando, aun en medio de incertidumbres y vacilaciones, sientes que ya no puedes postergar el deseo de entregarle tu vida. Son las palabras que te repite cuando, allí donde te encuentres, quizás en medio de pruebas e incomprensiones, luchas cada día por cumplir su voluntad. Son las palabras que redescubres cuando, a lo largo del camino de la llamada, vuelves a tu primer amor. Son las palabras que, como un estribillo, acompañan a quien dice sí a Dios con su vida como san José, en la fidelidad de cada día.

Esta fidelidad es el secreto de la alegría. En la casa de Nazaret, dice un himno litúrgico, había «una alegría límpida». Era la alegría cotidiana y transparente de la sencillez, la alegría que siente quien custodia lo que es importante: la cercanía fiel a Dios y al prójimo. ¡Qué hermoso sería si la misma atmósfera sencilla y radiante, sobria y esperanzadora, impregnara nuestros seminarios, nuestros institutos religiosos, nuestras casas parroquiales! Es la alegría que deseo para ustedes, hermanos y hermanas que generosamente han hecho de Dios el sueño de sus vidas, para servirlo en los hermanos y en las hermanas que les han sido confiados, mediante una fidelidad que es ya en sí misma un testimonio, en una época marcada por opciones pasajeras y emociones que se desvanecen sin dejar alegría. Que san José, custodio de las vocaciones, los acompañe con corazón de padre.

Roma, San Juan de Letrán, 19 de marzo de 2021, Solemnidad de San José

Catequesis del amor humano

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4. Unión entre la Inocencia y la redención realizada por Cristo

1. Cristo, respondiendo a la pregunta sobre la unidad y la indisolubilidad del matrimonio, se remitió a lo que está escrito en el libro del Génesis sobre el tema del matrimonio. En nuestras dos reflexiones precedentes hemos sometido a análisis tanto al llamado texto elohista (Gén 1), como el yahvista (Gén 2). Hoy queremos sacar algunas conclusiones de este análisis.

Cuando Cristo se refiere al «principio», lleva a sus interlocutores a superar, en cierto modo, el límite que, en el libro del Génesis, hay entre el estado de inocencia original y el estado pecaminoso que comienza con la caída original.

Simbólicamente se puede vincular este límite con el árbol de la ciencia del bien y del mal, que en el texto yahvista delimita dos situaciones diametralmente opuestas: la situación de la inocencia original y la del pecado original. Estas situaciones tienen una dimensión propia en el hombre, en su interior, en su conocimiento, conciencia, opción y decisión, y todo esto en relación con Dios Creador que, en el texto yahvista (Gén 2 y 3) es, al mismo tiempo, el Dios de la Alianza, de la alianza más antigua del Creador con su criatura, es decir, con el hombre. El árbol de la ciencia del bien y del mal, como expresión y símbolo de la alianza con Dios, rota en el corazón del hombre, delimita y contrapone dos situaciones y dos estados diametralmente opuestos: el de la inocencia original y el del pecado original, y a la vez del estado pecaminoso hereditario en el hombre que deriva de dicho pecado. Sin embargo, las palabras de Cristo, que se refieren al «principio», nos permiten encontrar en el hombre una continuidad esencial y un vínculo entre estos dos diversos estados o dimensiones del ser humano. El estado de pecado forma parte del «hombre histórico», tanto del que se habla en Mateo 19, esto es, del interlocutor de Cristo entonces, como también de cualquier otro interlocutor potencial o actual de todos los tiempos de la historia y, por lo tanto, naturalmente, también del hombre de hoy. Pero ese estado -el estado «histórico» precisamente- en cada uno de los hombres, sin excepción alguna, hunde las raíces en su propia «prehistoria» teológica, que es el estado de la inocencia original.

2. No se trata aquí de sola dialéctica. Las leyes del conocer responden a las del ser. Es imposible entender el estado pecaminoso «histórico», sin referirse o remitirse (y Cristo efectivamente a él se remite) al estado de inocencia original (en cierto sentido «prehistórica») y fundamental. El brotar, pues, del estado pecaminoso, como dimensión de la existencia humana, está, desde los comienzos, en relación con esta inocencia real del hombre como estado original y fundamental, como dimensión de ser creado «a imagen de Dios». Y así sucede no sólo para el primer hombre, varón y mujer, como dramatis personæ y protagonista de las vicisitudes descritas en el texto yahvista de los capítulos 2 y 3 del Génesis, sino también para todo el recorrido histórico de la existencia humana. El hombre histórico está, pues por así decirlo, arraigado en su prehistoria teológica revelada; y por esto cada punto de su estado pecaminoso histórico se explica (tanto para el alma como para el cuerpo) con referencia a la inocencia original. Se puede decir que esta referencia es «coheredad» del pecado, y precisamente del pecado original. Si este pecado significa, en cada hombre histórico, un estado de gracia perdida, entonces comporta también una referencia a esa gracia, que era precisamente la gracia de la inocencia original.

3. Cuando Cristo, según el capítulo 19 de San Mateo, se remite al «principio», con esta expresión no indica sólo el estado de inocencia original como horizonte perdido de la existencia humana en la historia. Tenemos el derecho de atribuir al mismo tiempo toda la elocuencia del misterio de la redención a las palabras que El pronuncia con sus propios labios. Efectivamente, ya en el ámbito del mismo texto yahvista del Gén 2 y 3, somos testigos de que el hombre, varón y mujer, después de haber roto la alianza original con su Creador, recibe la primera promesa de redención en las palabras del llamado Protoevangelio en el Gén 3, 15 (1), y comienza a vivir en la perspectiva teológica de la redención. Así, pues, el hombre «histórico» -tanto el interlocutor de Cristo de aquel tiempo, del que habla Mt 19, como el hombre de hoy- participa de esta perspectiva. El participa no sólo en la historia del estado pecaminoso humano como sujeto y cocreador. Por lo tanto, está no sólo cerrado, a causa de su estado pecaminoso, respecto a la inocencia original, sino que está al mismo tiempo abierto hacia el misterio de la redenci-cuerpo lo percibimos sobre todo con la experiencia. A la luz de las mencionadas consideraciones fundamentales, tenemos pleno derecho de abrigar la convicción de que esta nuestra experiencia «histórica» debe, en cierto modo, detenerse en los umbrales de la inocencia original del hombre, porque en relación con ella permanece inadecuada. Sin embargo, a la luz de la perspectiva de la redención del cuerpo garantiza la continuidad y la unidad entre el estado hereditario del pecado del hombre y su inocencia original, aunque esta inocencia la haya perdido históricamente de modo irremediable. También es evidente que Cristo tiene el máximo derecho de responder a la pregunta que le propusieron los doctores de la Ley y de la Alianza (como leemos en Mt 19 y en Mc 10), en la perspectiva de la redención sobre la cual se apoya la misma Alianza.

4. Si en el contexto de la teología del hombre-cuerpo, así delineado sustancialmente, pensamos en el método de los análisis ulteriores acerca de la revelación del «principio», en el que es esencial la referencia a los primeros capítulos del libro del Génesis, debemos dirigir inmediatamente nuestra atención a un factor que es particularmente importante para la interpretación teológica: importante porque consiste en la relación entre revelación y experiencia. En la interpretación de la revelación acerca del hombre y sobre todo acerca del cuerpo, debemos referirnos a la experiencia por razones comprensibles, ya que el hombre-cuerpo lo percibimos sobre todo con la experiencia. A la luz de las mencionadas consideraciones fundamentales, tenemos pleno derecho de abrigar la convicción de que esta nuestra experiencia «histórica» debe, en cierto modo, detenerse en los umbrales de la inocencia original del hombre, porque en relación con ella permanece inadecuada. Sin embargo, a la luz de las mismas consideraciones introductorias, debemos llegar a la convicción de que nuestra experiencia humana es, en este caso, un medio de algún modo legítimo para la interpretación teológica, y es, en cierto sentido, un punto de referencia indispensable, al que debemos remitirnos en la interpretación del «principio». El análisis más detallado del texto nos permitirá tener una visión más clara de él.

5. Parece que las palabras de la carta a los Romanos 8, 23, que acabamos de citar, orientan mejor nuestras investigaciones, centradas en la revelación de ese «principio», al que se refirió Cristo en su conversación sobre la indisolubilidad del matrimonio (Mt 19 y Mc 10). Todos los análisis sucesivos que se harán a este propósito basándose en los primeros capítulos del Génesis, reflejarán casi necesariamente la verdad de las palabras paulinas: «Nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de nosotros mismos, suspirando por… la redención de nuestro cuerpo». Si nos ponemos en esta actitud -tan profundamente concorde con la experiencia (2)-, el «principio» debe hablarnos con la gran riqueza de luz que proviene de la revelación, a la que desea responder sobre todo la teología. La continuación de los análisis nos explicará por qué y en qué sentido ésta debe ser teología del cuerpo.

(1) Ya la traducción griega del Antiguo Testamento, la de los Setenta, que se remonta más o menos al siglo II a.C., interpreta el Gén 3, 15 en el sentido mesiánico, aplicando el pronombre masculino autós refiriéndose al sustantivo neutro griego sperma (semen de la Vulgata). La traducción judía mantiene esta interpretación.

La exégesis cristiana, comenzando por San Ireneo (Adv. Hær. III, 23, 7) ve este texto como «Protoevangelio», que preanuncia la victoria sobre Satanás traída por Jesucristo. Aunque en los últimos siglos los estudiosos de la Sagrada Escritura hayan interpretado diversamente esta perícopa, y algunos de ellos impugnen la interpretación mesiánica, sin embargo en los últimos tiempos se retorna a ella bajo un aspecto un poco distinto. El autor yahvista une efectivamente la prehistoria con la historia de Israel, que alcanza su cumbre en la dinastía mesiánica de David, que llevará a cumplimiento las promesas del Gén 3, 15 (cf. 2 Sam 7, 12).

El Nuevo Testamento ha ilustrado el cumplimiento de la promesa en la misma perspectiva mesiánica: Jesús es Mesías, descendiente de David (Rom 1, 3; 2 Tim 2, 8), nacido mujer (Gál 4, 4), nuevo Adán-David (1 Cor 15), que debe reinar «hasta poner a todos sus enemigos bajo sus pies» (1 Cor 15, 25). Y finalmente (Apoc 12, 1-10) presenta el cumplimiento final de la profecía del Gén 3, 15, que aun no siendo anuncio claro e inmediato de Jesús, como Mesías de Israel, sin embargo conduce a El a través de la tradición real y mesiánica que une al Antiguo y al Nuevo Testamento.

(2) Hablando aquí de la relación entre la «experiencia» y la «revelación», más aún, de una convergencia sorprendente entre ellas, sólo queremos constatar que el hombre, en su estado actual de existir en el cuerpo, experimenta múltiples limitaciones, sufrimientos, pasiones, debilidades y finalmente la misma muerte, los cuales, al mismo tiempo, refieren este su existir en el cuerpo a un diverso estado o dimensión. Cuando San Pablo escribe sobre la «redención del cuerpo», habla con el lenguaje de la revelación; la experiencia efectivamente no está en condiciones de captar este contenido, o mejor esta realidad. Al mismo tiempo en el conjunto de este contenido el autor de Rom 8, 23 toma de nuevo todo lo que, tanto a él como, en cierto modo, a todo hombre (independientemente de su relación con la revelación) se le ha ofrecido a través de la experiencia de la existencia humana que es una existencia en el cuerpo.

Tenemos, pues, el derecho de hablar de la relación entre la experiencia y la revelación, más aún, tenemos el derecho de proponer el problema de su relación recíproca, si bien para muchos entre la una y la otra hay una línea de demarcación que es una línea de total antítesis y de antinomía radical. Esta línea, a su parecer, debe ser trazada sin duda entre la fe y la ciencia, entre la teología y la filosofía. Al formular este punto de vista, se tienen en cuenta más bien conceptos abstractos que no el hombre como sujeto vivo.

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4º Domingo Cuaresma Ciclo B

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La historia de la salvación se podría definir como el encuentro de un pueblo que no acertaba a ser fiel a un Dios, que no dejaba de serlo nunca. La primera lectura de 2 Crónicas 36,14-16, nos muestra como seis siglos después de la liberación de Egipto, Israel llegó a una situación marcada por las dificultades para entender a su Dios, que se comprometió a un solemne pacto de superior a inferior (Alianza del Sinaí) y que no ha recibido la contrapartida de la respuesta del hombre. A pesar de todo, Dios sigue enviando mensajeros, pero ellos se burlaron, los despreciaron y se mofaron de ellos. Es difícil escuchar la voz de Dios. No en vano, Jesús proclamará dichosos, a los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen (Lc 11,27). Es difícil abrirse siempre a la Palabra de Dios, aunque es liberadora, discrimina, discierne y criba.

La segunda lectura es de Efesios 2, 4-10, nos recuerda que la salvación por Cristo es totalmente gratuita pues parte de Dios que es rico en misericordia, misericordia que en hebreo se expresa con dos vocablos complementarios: janum y rajum. Dios es misericordioso (janum) cuando se acerca al hombre para perdonarlo. El Dios que perdona lo hace porque sabe de qué masa hemos sido formados. Pero Dios es también misericordioso (rajum) cuando se acerca a los hombres con tiernísimo afecto, conmovido en sus entrañas como una madre auténtica. Así lo vemos por ejemplo en Oseas, y sobre todo en la parábola de hijo pródigo ¡Dios es así! ¿Queréis reprocharle su conducta, preguntaba Jesús a los escribas y fariseos que criticaban su comportamiento con los pecadores? Así pues, lo acontecido en Cristo en favor de los hombres desborda por todas partes y Pablo tiene que recurrir a expresiones nuevas para poner de relieve como que hemos sido vivificados en Cristo, hemos resucitado con Cristo y hemos sido sentados con él en los cielos. La omnipotencia de Dios se manifiesta en su amor. De modo que hemos sido recreados, vueltos a crear y nuestras obras son el desbordar de la gracia, de modo que ya no hay lugar para la vanagloria, sino para la acción de gracias.

El Evangelio es de Juan 3,14-2.  Nos presenta la respuesta de Jesús a Nicodemo, en la que nos revela su propia identidad y la misión que ha recibido del Padre. Después de haberse identificado con la figura gloriosa del Hijo del hombre bajado del cielo, se compara con la serpiente de bronce que Moises había levantado en el desierto para librar de la muerte segura al pueblo pecador. Hay que tener en cuenta que la serpiente recuerda la muerte, pero también su antídoto, de hecho, entre los pueblos cananeos, la serpiente es símbolo de fecundidad. Así pues, Cristo elevado en la cruz, aunque represente el culmen de la ignominia, constituye también el máximo de su gloria. Para San Juan la elevación en la cruz, coincide con la glorificación de Cristo, porque en la cruz se manifiesta en todo su esplendor el amor salvífico de Dios que mueve a entregar al Hijo para que el hombre pase del pecado a la vida eterna. Pero esto exige la acogida en la fe: en el desierto había que mirar a la serpiente de bronce, ahora se debe creer en Jesús. Cada uno con su adhesión o rechazo, hace una opción que entraña un juicio. Esto es, si descubrimos por la fe en el exaltado (como la serpiente de bronce en el desierto y que es signo de salvación para el que la miraba) al propio Jesús como hijo del hombre.  

3 Domingo de Cuaresma, Ciclo B

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En la primera lectura de Éxodo 20,1-17, Dios estipula con su pueblo, en el Sinaí, la alianza con sus cláusulas. El Dios de Israel, es el Señor de cielos y tierra, que puede ofrecer una alianza estable, firme y eficaz con su pueblo y así, pone ante los ojos de Israel la gran proeza que ha realizado con ellos: los ha liberado de la mano del faraón y su ejército, que eran muy superiores a ellos.  Este acontecimiento, se convierte en el punto de referencia de toda la historia de Israel, por lo que, Israel tiene motivos para fiarse de Dios, su soberano.

Hoy como ayer, es necesario mirar a los acontecimientos fundamentales; entonces fue la liberación de Israel de las manos de los egipcios y en la plenitud de los tiempos, fue la liberación de la humanidad por obra de Jesús en su muerte y resurrección. De esta forma es como los mandamientos no son en su origen y en el proyecto de Dios, una carga insoportable, sino la posibilidad de supervivencia del pueblo.  Son la respuesta a un Dios que se ha volcado en la salvación de un pueblo. Son posibilidades de vida y libertad: «obedece y vivirás».

La segunda lectura es de 1ª Cor 1,22-25. Pablo, nos recordará que la intervención definitiva de Dios en favor de su pueblo, se ha concretado en la cruz, que es expresión misteriosa y desconcertante del poder y sabiduría de Dios. Es, en una palabra, la expresión acabada del amor gratuito y portentoso de Dios. Cuando Pablo afirma que: «lo necio de Dios es más sabio que los hombres y lo débil de Dios más fuerte que los hombres», nos está indicando que Dios está por encima, pero no en contra, de nuestro modo de proceder, de pensar y de planificar. La fe en Cristo no anula los valores humanos, sino que los eleva, valoriza y humaniza, porque los libera del error (sabiduría) y los restaura (poder) lo que nos permite, la plena confianza en Dios y en las posibilidades que El da.

El Evangelio de San juan, nos presenta la expulsión de los vendedores del templo por parte de Jesús. El templo, es el lugar elegido por Dios para establecer su morada, donde habita su Nombre. Pero Jesús, afirmará: «destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres días (Jn 2,12ss) Esta es la clave del acontecimiento. El templo material, edificado por manos humanas, debe orientar la mirada y el pensamiento del hombre a otro templo no construido por manos humanas. Continúa el Evangelio: «Él hablaba del templo de su cuerpo; cuando resucitó de entre los muertos los discípulos creyeron en la palabra de Jesús» (Jn 2,19ss).

Si bien la Iglesia primitiva, en sus primeros pasos, no se desprende del templo, Esteban se encarga, guiado por el Espíritu de urgir al alejamiento de la Iglesia respecto del templo, de forma que, como en el caso de Jesús, templo y muerte martirial, están relacionados y no en vano, el velo del templo se rasgó de arriba abajo, en el momento en el que muere Jesús y el centurión romano, expresa su fe en Jesus cuando exclama: ¡Este hombre era verdaderamente justo e Hijo de Dios!  

2º de Cuaresma, Ciclo B

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La primera lectura de Génesis 22,1-2.9ª.15-18, nos presenta una de las páginas más dramáticas de la Escritura, por medio de la cual, Abraham, comprenderá que no debe olvidar que Isaac es un regalo, un don de Dios y, por otra parte, no olvidemos que en los pueblos circundantes, se sacrificaban seres humanos a los falsos dioses. Dios quiere advertir a su pueblo que eso no le agrada. Es sobrecogedor el diálogo entre el padre y el hijo (que no se recogen en la lectura abreviada de hoy). En él, el padre resume el sentido en una frase: «Dios proveerá». El Dios bueno y amoroso proveerá, porque lo hace todo bien en la vida de los hombres. Y este Dios se ha hecho presente. Es el Dios de la vida que no quiere la muerte del hombre, hechura suya: «no alargues la mano contra tu hijo, ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo. Tu único hijo». En el Evangelio, escucharemos: «Este es mi hijo amado, escuchadlo». Hay una relación entre Isaac y Jesús, que se teje con tres palabras clave: hijo, amado y único. Isaac es un anuncio típico de lo que será Jesús y Abraham, un anuncio típico del Padre que será revelado en Jesús. Dios se revela, así, como el Padre que no perdona a su propio y único Hijo, muy amado, en favor de los otros hijos, que son muchos y necesitados de salvación.

En la segunda lectura de Romanos 8,31b-34, encontramos actualizado, ese amor fiel de Dios, quien, por nosotros y por nuestra salvación, nos ha dado lo más precioso que posee: su propio hijo. En él nos lo ha dado todo y quien da lo más, siempre está dispuesto a dar lo menos. Esto engendra una confianza que nunca nos defraudará, porque anda de por medio el amor gratuito y generoso de Dios. El Hijo que muere y resucita para liberarnos de la esclavitud y del miedo, nos invita a hacer creíble el amor de Dios al recibirlo y vivirlo como algo gratuito, humanizador y, a la vez comprometido. En una palabra, abriéndonos a la esperanza.

El Evangelio es de Marcos 9,1-9. En él, escuchamos el acontecimiento de la Transfiguración, que los evangelistas enmarcan después de la confesión de Pedro en Cesarea y el primer gran anuncio de Jesús de su pasión. Un anuncio que provocó en Pedro el rechazo, asustado por el escándalo de la cruz. Así pues, la escena de la Transfiguración, nos sitúa en primer lugar ante el seguimiento de Jesús y su destino de muerte y resurrección. En segundo lugar, se nos invita a mirar a Jesús como nuevo Moises, de forma que la Iglesia (Jesús: Evangelio) frente a la Sinagoga (Moises y Elías: ley y profetas) nos indica la novedad y la superioridad de Jesús. En tercer lugar, la voz celeste procedente del Padre nos remite a otro momento especial de la vida de Jesús: su bautismo. Tanto el uno como el otro nos indican que Él es el centro donde converge la realidad de lo alto y la más honda realidad de lo terreno. Es el mediador de la nueva y eterna Alianza. En cuarto lugar, todo tiende hacia la necesidad de «escucharlo» ya que es el que viene a proclamar la voluntad de Dios en favor de los hombres. La única alternativa es la de escuchar, la palabra de Éste de quien dan testimonio la Ley y los profetas y que, está por encima de la Ley y de los profetas. Solo Él tiene palabras de vida y de salvación, de ahí que debamos escucharlo.    

1º de Cuaresma, ciclo B

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La Cuaresma que hemos empezado el miércoles de ceniza, era en la Iglesia primitiva, el tiempo en el que los que se iban a bautizar la noche de pascua se preparaban de forma más intensa. Tanto la primera lectura como la segunda y el Evangelio, hacen referencia al bautismo.

La primera lectura de Génesis 9,8-15, nos recuerda como el hombre poco a poco llevó la injusticia hasta el límite y roto el proyecto de Dios, que es la fuente de la vida, se desequilibró la relación del hombre con los demás y con Dios. El diluvio, representa así el combate frente al mal, el deseo de volver al origen y de comenzar de nuevo. Noe es el comienzo de una primera nueva humanidad, pero será Cristo el que haga nuevas todas las cosas, llevándonos por su muerte y resurrección a la comunión con Dios y así hará que su plan llegue a todos, pues Dios nos creó para la vida, no para la muerte; libres, pero no desligados de él. La sangre de Cristo derramada en la cruz, es «la sangre de la Alianza nueva y eterna».

La segunda lectura, es de la primera carta de Pedro y deja entrever el eco de las primeras liturgias bautismales. El Autor, se dirige a cristianos perseguidos en Bitinia, Ponto y Galacia, exhortándolos a que del mismo modo que se incorporaron sacramentalmente a la muerte y resurrección de Jesucristo, ahora, que experimentan, realmente la muerte sangrienta, participan realmente de su resurrección. Si en tiempo de Noe fue a través del Arca como se salvaron unos cuantos, ahora es en la Iglesia donde nos encontramos con Jesucristo por el bautismo y con su entrega inocente por nosotros, los culpables. Así nos restablece a la comunión con Dios y entre nosotros y nos conduce al que es la fuente de la vida, de la verdadera identidad y de la propia dignidad. El bautismo, supone así un nuevo comienzo, como ocurrió en el diluvio y de este modo, la presencia del cristiano en el mundo, es una lucha contra el mal en todas sus manifestaciones como: la violencia, la injusticia, la pobreza, el desamor, y ello, desde la fuerza del bien.

En el Evangelio de Marcos 1,12-15. Jesus después de recibir el bautismo de Juan, se retira al desierto para ser tentado, pero en realidad, Jesus fue tentado durante toda su vida y ministerio en la misión que se le encomienda en el bautismo. Esto es: la salvación a través del verdadero mesianismo y de la tarea del Siervo de Yahvé. De este modo, es tentado a escoger entre el pan y la Palabra, ambos necesarios, pero la Palabra va más allá, pues nos recuerda que somos creaturas de Dios. Es tentado entre la ostentación y la silenciosa eficacia salvadora. El diablo le invita a manifestarse públicamente en Jerusalén, pero el subirá a Jerusalén oculto y para dar su vida en la cruz para librarnos del poder de la ley, del pecado y de la muerte. Por último, deberá escoger entre el poder temporal o la salvación total y universal. Los zelotas están detrás de esta tentación, pero el plan de Dios tampoco coincide en este caso con las expectativas del pueblo.

Necesitamos también nosotros de este tiempo fuerte, de escucha de la Palabra, de reflexión, de fidelidad y así nos podamos preparar para la pascua, en donde renovaremos nuestro bautismo y con él renovaremos nuestra fe y toda nuestra vida.     

HOMILÍA DEL SANTO PADRE FRANCISCO

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Miércoles de ceniza

Basílica de Santa Sabina
Miércoles, 26 de febrero de 2020

Comenzamos la Cuaresma recibiendo las cenizas: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás” (cf. Gn 3,19). El polvo en la cabeza nos devuelve a la tierra, nos recuerda que procedemos de la tierra y que volveremos a la tierra. Es decir, somos débiles, frágiles, mortales. Respecto al correr de los siglos y los milenios, estamos de paso; ante la inmensidad de las galaxias y del espacio, somos diminutos. Somos polvo en el universo. Pero somos el polvo amado por Dios. Al Señor le complació recoger nuestro polvo en sus manos e infundirle su aliento de vida (cf. Gn 2,7). Así que somos polvo precioso, destinado a vivir para siempre. Somos la tierra sobre la que Dios ha vertido su cielo, el polvo que contiene sus sueños. Somos la esperanza de Dios, su tesoro, su gloria.

La ceniza nos recuerda así el trayecto de nuestra existencia: del polvo a la vida. Somos polvo, tierra, arcilla, pero si nos dejamos moldear por las manos de Dios, nos convertimos en una maravilla. Y aún así, especialmente en las dificultades y la soledad, solamente vemos nuestro polvo. Pero el Señor nos anima: lo poco que somos tiene un valor infinito a sus ojos. Ánimo, nacimos para ser amados, nacimos para ser hijos de Dios.

Queridos hermanos y hermanas: Al comienzo de la Cuaresma, necesitamos caer en la cuenta de esto. Porque la Cuaresma no es el tiempo para cargar con moralismos innecesarios a las personas, sino para reconocer que nuestras pobres cenizas son amadas por Dios. Es un tiempo de gracia, para acoger la mirada amorosa de Dios sobre nosotros y, sintiéndonos mirados así, cambiar de vida. Estamos en el mundo para caminar de las cenizas a la vida. Entonces, no pulvericemos la esperanza, no incineremos el sueño que Dios tiene sobre nosotros. No caigamos en la resignación. Y te preguntas: “¿Cómo puedo confiar? El mundo va mal, el miedo se extiende, hay mucha crueldad y la sociedad se está descristianizando…”. Pero, ¿no crees que Dios puede transformar nuestro polvo en gloria?

La ceniza que nos imponen en nuestras cabezas sacude los pensamientos que tenemos en la mente. Nos recuerda que nosotros, hijos de Dios, no podemos vivir para ir tras el polvo que se desvanece. Una pregunta puede descender de nuestra cabeza al corazón: “Yo, ¿para qué vivo?”. Si vivo para las cosas del mundo que pasan, vuelvo al polvo, niego lo que Dios ha hecho en mí. Si vivo sólo para traer algo de dinero a casa y divertirme, para buscar algo de prestigio, para hacer un poco de carrera, vivo del polvo. Si juzgo mal la vida sólo porque no me toman suficientemente en consideración o no recibo de los demás lo que creo merecer, sigo mirando el polvo.

No estamos en el mundo para esto. Valemos mucho más, vivimos para mucho más: para realizar el sueño de Dios, para amar. La ceniza se posa sobre nuestras cabezas para que el fuego del amor se encienda en los corazones. Porque somos ciudadanos del cielo y el amor a Dios y al prójimo es el pasaporte al cielo, es nuestro pasaporte. Los bienes terrenos que poseemos no nos servirán, son polvo que se desvanece, pero el amor que damos —en la familia, en el trabajo, en la Iglesia, en el mundo— nos salvará, permanecerá para siempre.

La ceniza que recibimos nos recuerda un segundo camino, el opuesto, el que va de la vida al polvo. Miramos a nuestro alrededor y vemos polvo de muerte. Vidas reducidas a cenizas. Ruinas, destrucción, guerra. Vidas de niños inocentes no acogidos, vidas de pobres rechazados, vidas de ancianos descartados. Seguimos destruyéndonos, volviéndonos de nuevo al polvo. ¡Y cuánto polvo hay en nuestras relaciones! Miremos en nuestra casa, en nuestras familias: cuántos litigios, cuánta incapacidad para calmar los conflictos. ¡Qué difícil es disculparse, perdonar, comenzar de nuevo, mientras que reclamamos con tanta facilidad nuestros espacios y nuestros derechos! Hay tanto polvo que ensucia el amor y desfigura la vida. Incluso en la Iglesia, la casa de Dios, hemos dejado que se deposite tanto polvo, el polvo de la mundanidad.

Y mirémonos dentro, en el corazón: ¡cuántas veces sofocamos el fuego de Dios con las cenizas de la hipocresía! La hipocresía es la inmundicia que hoy en el Evangelio Jesús nos pide que eliminemos. De hecho, el Señor no dice sólo hacer obras de caridad, orar y ayunar, sino cumplir todo esto sin simulación, sin doblez, sin hipocresía (cf. Mt 6,2.5.16). Sin embargo, cuántas veces hacemos algo sólo para ser estimados, para aparentar, para alimentar nuestro ego. Cuántas veces nos decimos cristianos y en nuestro corazón cedemos sin problemas a las pasiones que nos esclavizan. Cuántas veces predicamos una cosa y hacemos otra. Cuántas veces aparentamos ser buenos por fuera y guardamos rencores por dentro. Cuánta doblez tenemos en nuestro corazón… Es polvo que ensucia, ceniza que sofoca el fuego del amor.

Necesitamos limpiar el polvo que se deposita en el corazón. ¿Cómo hacerlo? Nos ayuda la sincera llamada de san Pablo en la segunda lectura: “¡Dejaos reconciliar con Dios!”. Pablo no lo sugiere, lo pide: «En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Nosotros habríamos dicho: “¡Reconciliaos con Dios!”. Pero no, usa el pasivo: Dejaos reconciliar. Porque la santidad no es asunto nuestro, sino es gracia. Porque nosotros solos no somos capaces de eliminar el polvo que ensucia nuestros corazones. Porque sólo Jesús, que conoce y ama nuestro corazón, puede sanarlo. La Cuaresma es tiempo de curación.

Entonces, ¿qué debemos hacer? En el camino hacia la Pascua podemos dar dos pasos: el primero, del polvo a la vida, de nuestra frágil humanidad a la humanidad de Jesús, que nos sana. Podemos ponernos delante del Crucifijo, quedarnos allí, mirar y repetir: “Jesús, tú me amas, transfórmame… Jesús, tú me amas, transfórmame…”. Y después de haber acogido su amor, después de haber llorado ante este amor, se da el segundo paso, para no volver a caer de la vida al polvo. Se va a recibir el perdón de Dios, en la confesión, porque allí el fuego del amor de Dios consume las cenizas de nuestro pecado. El abrazo del Padre en la confesión nos renueva por dentro, limpia nuestro corazón. Dejémonos reconciliar para vivir como hijos amados, como pecadores perdonados, como enfermos sanados, como caminantes acompañados. Dejémonos amar para amar. Dejémonos levantar para caminar hacia la meta, la Pascua. Tendremos la alegría de descubrir que Dios nos resucita de nuestras cenizas.

6º Domingo T.O. CicloB

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El ritual de la lepra está recogido en dos capítulos del libro del levítico. La primera lectura de este domingo, pertenece a uno de ellos, concretamente a 13,1-2.44-46. Hay que tener en cuenta que el término hebreo que designa la enfermedad de la lepra significa en su raíz «estar golpeado por Dios». Para los judíos, el que era golpeado por este mal contagioso tenía que ser apartado, pues la lepra era sinónimo de separación, de impureza religiosa y de castigo de Dios. Era una situación sin esperanza humana y algo reservado para los pecadores. No es necesario un comentario de esta lectura, solo saber que, está en función del Evangelio, que luego proclamaremos. Lo que dice esta lectura, ha sido superado ampliamente por Jesús, el cual, rompe todas las fronteras y ofrece a los hombres no solo la salud corporal, sino también la posibilidad de un acercamiento a Dios como hijos suyos libres y una comunión con los demás, como hermanos.

La segunda lectura es de 1 Cor 10,31-11,1. San Pablo, a propósito de un problema que hay en la comunidad de Corinto, como era el de poder comer o no comer carne inmolada a los ídolos, pues mientras que para unos eso era indiferente, para otros era motivo de escándalo, proclama que toda la vida de un discípulo de Jesús está orientada a la Gloria de Dios, es decir, que todo confluya en una vida digna y agradable a Dios. Y la gloria de Dios, como nos recuerdan los santos padres, es que el hombre se salve y viva. Luego, esto es lo que debe reglamentar nuestra conducta con los demás: el deseo de que todos se salven. Pablo insiste en este sentido que, aunque él pueda actuar según su conciencia, es mejor, no hacer daño a los otros, que todavía tienen una fe poco formada. Por tanto, y como dirá en otro lugar: «procuremos cada uno de nosotros agradar a los demás, buscando su bien y su crecimiento en la fe. Porque tampoco Cristo buscó su propia satisfacción…(Rm 15,1ss)

El Evangelio es de Marcos 1,40-45 y subraya que el leproso se acercó a Jesús (recordemos por la primera lectura que la lepra conllevaba una segregación total de la comunidad por peligro de contagio). Es más, insiste el evangelista en que no solo se acercó a Jesús, sino que Jesús mismo le tocó. Por otra parte, la súplica del leproso es significativa: «si quieres puedes, limpiarme». Por una parte, expresa el temor del leproso consciente de su situación real desesperada y, por otra, la confianza que le inspira Jesús, pues es, recordemos, el que «enseña con autoridad». Marcos quiere destacar que éste que vive en la humillación de la naturaleza humana enferma, es realmente Hijo de Dios. Finalmente, Jesús que sabe que el leproso está condenado a la más dura y cruel marginación, actúa con eficacia.

Después de recordar al leproso que debe cumplir lo reglamentado por Moisés, Marcos, quiere que se mantenga en secreto la identidad de Jesús, pues solo así el lector leerá los gestos portentosos como prolongación de la fuerza de la cruz, pues no hay que olvidar que paradójicamente, es en la cruz donde se revela la grandeza de la autoridad de Jesús y el amor misericordioso de Dios por el mundo.

Los cristianos estamos llamados a romper los muros de la marginación por la causa que sea y hacer de este modo visible y patente nuestra fe en Jesús.

3. Segundo relato de la creación del hombre (19-IX-79/23-IX-79)

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1. Respecto a las palabras de Cristo sobre el tema del matrimonio, en las que se remite al «principio», dirigimos nuestra atención, hace una semana, al primer relato de la creación del hombre en el libro del Génesis (cap. 1). Hoy pasaremos al segundo relato que, frecuentemente es conocido por «yahvista», ya que en él a Dios se le llama «Yahvé».

El segundo relato de la creación del hombre (vinculado a la presentación tanto de la inocencia y felicidad originales, como a la primera caída) tiene un carácter diverso por su naturaleza. Aun no queriendo anticipar los detalles de esta narración -porque nos convendrá retornar a ellos en análisis ulteriores- debemos constatar que todo el texto, al formular la verdad sobre el hombre, nos sorprende con su profundidad típica, distinta de la del primer capítulo del Génesis. Se puede decir que es una profundidad de naturaleza sobre todo subjetiva y, por lo tanto, en cierto sentido, psicológica. El capítulo 2 del Génesis constituye, en cierto modo, la más antigua descripción registrada de la autocomprensión del hombre y, junto con el capítulo 3, es el primer testimonio de la conciencia humana. Con una reflexión profunda sobre este texto -a través de toda la forma arcaica de la narración, que manifiesta su primitivo carácter mítico (1)- encontramos allí «in núcleo» casi todos los elementos del análisis del hombre, a los que es tan sensible la antropología filosófica moderna y sobre todo la contemporánea. Se podría decir que el Génesis 2 presenta la creación del hombre especialmente en el aspecto de su subjetividad. Confrontando a la vez ambos relatos, llegamos a la convicción de que esta subjetividad corresponde a la realidad objetiva del hombre creado «a imagen de Dios». E incluso este hecho es -de otro modo- importante para la teología del cuerpo, como veremos en los análisis siguientes.

2. Es significativo que Cristo, en su respuesta a los fariseos, en la que se remite al «principio», indica ante todo la creación del hombre con referencia al Génesis 1, 27: «El Creador al principio los creó varón y mujer»: sólo a continuación cita el texto del Génesis 2, 24. Las palabras que describen directamente la unidad e indisolubilidad del matrimonio, se encuentran en el contexto inmediato del segundo relato de la creación, cuyo rasgo característico es la creación por separado de la mujer (cf. Gén 2, 18-23), mientras que el relato de la creación del primer hombre (varón) se halla en el Gén 2, 5-7. A este primer ser humano la Biblia lo llama «hombre» (adam) mientras que, por el contrario, desde el momento de la creación de la primera mujer, comienza a llamarlo «varón», ‘is, en relación a ‘issàh (mujer, porque está sacada del varón = ‘is) (2). Y es también significativo que, refiriéndose al Gén 2, 24. Cristo no sólo une el «principio» con el misterio de la creación, sino también nos lleva, por decirlo así, al límite de la primitiva inocencia del hombre y del pecado original. La segunda descripción de la creación del hombre ha quedado fijada en el libro del Génesis precisamente en este contexto. Allí leemos ante todo: «De la costilla que del hombre tomara, formó Yahvé Dios a la mujer, y se la presentó al hombre. El hombre exclamó: ‘Esto sí que es ya hueso de mis huesos y carne de mi carne. Esta se llamará varona, porque el varón ha sido tomada’» (Gén 2, 22-23). «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne» (Gén 2, 24).

«Estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer, sin avergonzarse de ello» (Gén 2, 25).

3. A continuación, inmediatamente después de estos versículos, comienza el Génesis 3 la narración de la primera caída del hombre y de la mujer, vinculada al árbol misterioso, que ya antes ha sido llamado «árbol de la ciencia del bien y del mal» (Gén 2, 17). Con esto surge una situación completamente nueva, esencialmente distinta de la precedente. El árbol de la ciencia del bien y del mal es una línea divisoria entre las dos situaciones originarias, de las que habla el libro del Génesis. La primera situación es la de la inocencia original, en la que el hombre (varón y hembra) se encuentran casi fuera del conocimiento del bien y del mal, hasta que no quebranta la prohibición del Creador y no come del fruto del árbol de la ciencia. La segunda situación, en cambio, es esa en la que el hombre, después de haber quebrantado el mandamiento del Creador por sugestión del espíritu maligno simbolizado en la serpiente, se halla, en cierto modo, dentro del conocimiento del bien y del mal. Esta segunda situación determina el estado pecaminoso del hombre, contrapuesto al estado de inocencia primitiva.

Aunque el texto yahvista sea muy conciso en su conjunto, basta sin embargo para diferenciar y contraponer con claridad esas dos situaciones originarias. Hablamos aquí de situaciones, teniendo ante los ojos el relato que es una descripción de acontecimientos. No obstante, a través de esta descripción y de todos sus pormenores, surge la diferencia esencial entre el estado pecaminoso del hombre y el de su inocencia original (3). La teología sistemática entreverá en estas dos situaciones antitéticas dos estados diversos de la naturaleza humana: status naturæ integræ (estado de naturaleza íntegra) y status naturæ lapsæ (estada de naturaleza caída). Todo esto brota de ese texto «yahvista» del Gén 2 y 3, que encierra en sí la palabra más antigua de la revelación, y evidentemente tiene un significado fundamental para la teología del hombre y para la teología del cuerpo.

4. Cuando Cristo, refiriéndose al «principio», lleva a sus interlocutores a las palabras del Gén 2, 24, les ordena, en cierto sentido, sobrepasar el límite que, en el texto yahvista del Génesis, hay entre la primera y la segunda situación del hombre. No aprueba lo que «por dureza del… corazón» permitió Moisés, y se remite a las palabras de la primera disposición divina, que en este texto está expresamente ligada al estado de inocencia original del hombre. Esto significa que esta disposición no ha perdido su vigencia, aunque el hombre haya perdido la inocencia primitiva. La respuesta de Cristo es decisiva y sin equívocos. Por eso debemos sacar de ella las conclusiones normativas, que tienen un significado esencial no sólo para la ética, sino sobre todo para la teología del hombre y para la teología del cuerpo, que, como un punto particular de la antropología teológica, se establece sobre el fundamento de la palabra de Dios que se revela. Trataremos de sacar estas conclusiones en el próximo encuentro.

(1) Si en el lenguaje del racionalismo del siglo XIX el término «mito» indicaba lo que no se contenía en la realidad, el producto de la imaginación (Wundt), o lo que es irracional (Lévy Bruhl), el siglo XX ha modificado la concepción del mito.

L. Walk ve en el mito la filosofía natural, primitiva y arreligiosa; R. Otto lo considera instrumento de conocimiento religioso; para C. G. Jung, en cambio, el mito es manifestación de los arquetipos y la expresión del «inconsciente colectivo», símbolo de los procesos interiores.

M. Eliade descubre en el mito la estructura de la realidad que es inaccesible a la investigación racional y empírica: efectivamente, el mito transforma el suceso en categoría y hace capaz de percibir la realidad trascendente; no es sólo símbolo de los procesos interiores (como afirma Jung), sino un acto autónomo y creativo del espíritu humano, mediante el cual se actúa la revelación (cf. Traité d’historie des religions, París 1949, pág. 363; Images et symboles. París, 1952, págs. 199-235).

Según P. Tillich el mito es un símbolo, constituido por los elementos de la realidad para presentar lo absoluto y la trascendencia del ser, a los que tiende el acto religioso. H. Schlier subraya en el mito no conoce los hechos históricos y no tiene necesidad de ellos, en cuanto describe lo que es destino cósmico del hombre que es siempre igual.

Finalmente, el mito tiende a conocer lo que es incognoscible.

Según P. Ricoeur: «Le mythe est autre chose qu’une explication du monde,de l’histoire ete de la destinée; il exprime, en terme de mode, voire d’outremonde ou de second monde, la compréhension que l’homme pren de luimême par rapport au fondement et à la limite de son existence (…). Il exprime dans un langage objectif le sens que ‘lhomme prend de sa dépendance à l’egard de cela qui se tient à la limite et à l’origine de son monde» (P. Ricoeur, Le Conflit des interprétations, París [Seuil] 1969, pág. 383).

«Le mythe adamique est par excellence le mythe anthropologique; Adam veut dire Homme; mais tout mythe de l’homme primordial’ n’est pas ‘mythe adamique’, qui… est seul propement anthropologique; par là trois traits sont désignes:

– le mythe étiologique rapporte l’origine du mal à un ancêtre de l’humanité actuelle dont la condition est homogène à la nôtre (…).

– le mythe étiologique est la tentative la plus extrême pour dédoubler l’origine du mal et du bien. L’intention de ce mythe est de donner consistance à une origine radicale du mal distincte de l’origine plus originaire de l’êtrebon des choses (…). Cette distinction du radical et d’originaire est essentielle au caractère anthropologique du mythe adamique; c’est elle quie fait de l’homme un commencement du mal au sein d’une création qui a déja son commencement absolu dans l’acte createur de Dieu.

– le mythe adamique subordonne à la figure centrale de l’homme primordial d’autres figures qui tendent à décentrer le récit,sans pourtant supprimer le primat de la figure adamique (…).

Le mythe,en nommant Adam, l’homme, explicite l’universalité concrète du mal humain; l’esprit de pénitence se donne dans le mythe adamique le symbole de cette universalité. Nous retrovons ainsi (…) la fonction universalisante du mythe. Mais en même temps mous retrouvons les deux autres fonctions, également suscitées par l’expérience pénitentielle (…). Le mythe protohistorique servit ainsi non sulement à généraliser l’expérience d’Israel à l’humanité de tous les temps et de tous les lieux,mais à étendre à celleci la grande tensión de la condammantion et de la misericorde que les prophétes avaient enseigné à discerner dans le prope destin d’Israel.

Enfin, dernière fonction du mthe, motivée dans la foi d’Israel: le mythe prepare la spéculation en explorant le point de rupture de l’ontologique et de l’historique» (P. Ricoeur, Finitude et culpabilitéII. Symbolique du mal, París 1960 [Aubier], págs. 218-227.

(2) En cuanto a la etimología, no se excluye que el término hebreo ‘is se derive de una raíz que significa «fuerza» (‘is o también ‘ws); en cambio ‘issà está unido a una serie de términos semíticos, cuyo significado oscila entre «hembra» y «mujer».

La etimología propuesta por el texto bíblico es de carácter popular y sirve para subrayar la unidad del origen del hombre y de la mujer; esto parece confirmado por la asonancia de ambas palabras.

(3) «El mismo lenguaje religioso pide la trasposición de las «imágenes» o mejor, «modalidades simbólicas» a «modalidades conceptuales» de expresión.

A primera vista esta trasposición puede parecer un cambio puramente extrínseco (…). El lenguaje simbólico parece inadecuado para emprender el camino del concepto por un motivo que es peculiar de la cultura occidental. En esta cultura el lenguaje religioso ha estado siempre condicionado por otro lenguaje, el filosófico, que es el lenguaje conceptual por excelencia (…). Si es verdad que un vocabulario religioso es comprendido sólo en una comunidad que lo interpreta y según una tradición de interpretación, sin embargo también es verdad que no existe tradición de interpretación que no esté «mediatizada» por alguna concepción filosófica.

He aquí que la palabra «Dios», que en los textos bíblicos recibe su significado por la convergencia de diversos modos de la narración (relatos y profecías, textos de legislación y literatura sapiencial, proverbios e himnos) -vista esta convergencia, tanto como el punto de intersección, como el horizonte que se desvanece en toda y cualquier forma- debió ser absorbida en el espacio conceptual, para ser reinterpretada en los términos del Absoluto filosófico como primer motor, causa primera, Actus Essendi, ser perfecto, etc. Nuestro concepto de Dios pertenece, pues, a una ontoteología, en la que se organiza toda la constelación de las palabras-clave de la semántica teológica, pero en un marco de significados dictados por la metafísica». (Paul Ricoeur, Ermeneutica bíblica, Brescia 1978, Morcelliana, págs. 140-141; título original: Biblical Hermeneutics, Montana 1975).

La cuestión sobre si la reducción metafísica expresa realmente el contenido que oculta en si el lenguaje simbólico y metafórico, es un tema aparte.

5 Domingo TO, Ciclo B

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El problema del mal y en particular, el del dolor inocente ha puesto al hombre en crisis desde siempre, además, es un problema que, somete la fe a una dura prueba. La primera lectura del libro de Job 7,1-4.6ss, nos muestra el antiguo esquema, es decir, la relación entre la situación del hombre en esta vida y su conducta frente a Dios. A partir de ahí, sus amigos, deducen que Job no es agradable a Dios como lo demuestra la situación en la que se encuentra. El, en cambio, sabe que su conducta es intachable y pese a ello, se ha visto alcanzado por la desgracia y la enfermedad ¿cómo se explica eso? Hoy también y sobre todo en estos momentos de crisis, muchos hombres y mujeres se debaten entre interrogantes a los que no se les ve salida. Job en aquella situación trágica sigue abierto a su Dios, aunque guarde silencio y convencido de que Dios está cerca del que sufre. Desde ahí es como también nosotros hemos de compartir el sufrimiento del otro y saber guardar un profundo silencio ante la situación desgarradora y reconocer que Dios está más cerca, cuando se nos antoja que está más lejos. Debemos tomar en serio la dolorosa situación de la experiencia humana, entrar en comunión con quien sufre y tratar de ofrecer un mensaje inteligible, convincente y consolador.

La segunda lectura es de San Pablo a los Corintios 9,16-19.22-23. Allí nos muestra el Apóstol, que no quiere ser confundido con un predicador asalariado ni tampoco quiere que los débiles en la fe, en aquel contexto, los que se negaban a comer carne inmolada a los ídolos, se pierdan y de ahí, que los fuertes de Corinto, deban renunciar con generosidad, a un derecho que les corresponde en favor de los débiles. La salvación de todos es lo importante, pues precisamente en la salvación de los otros es donde yo encuentro mi propia felicidad y paga. Es más, al transmitirlo, el Evangelio deja huellas en el que lo anuncia, participando de sus bienes también. Así pues, la total gratuidad en el ministerio se convierte en plenitud también para el anunciador y esta es la riqueza de Pablo como apóstol.

El Evangelio es de Marcos 1,29-39. Para el evangelista, la enfermedad y la muerte manifiestan el imperio del demonio, y toda curación es una victoria mesiánica contra las fuerzas del mal, un anticipo de la resurrección. Los milagros nos informan que el reino de Dios es una oferta que alcanza a todo el hombre, la verdadera liberación debe alcanzar a la integridad de la persona humana y a su libre relación con Dios. El narrador indica que Jesus curaba las enfermedades y expulsaba los demonios. Es decir, es el que restaura el plan de Dios sobre nosotros, que consiste en sacarnos de las garras del mal, del pecado y de la muerte, para ser libres y vivir en comunión con él.

Nos ilumina también el hecho de que Jesús saliera a orar cuando aun era de noche, solo así consigue adherirse a la voluntad de Dios; no se pone en el centro a sí mismo, sino al Padre, sustrayéndose a la tentación de la búsqueda de las muchedumbres y de los propios discípulos. Jesús realiza el verdadero éxodo que consiste en pasar de las expectativas de la gente a la difícil voluntad del Padre.

Que sepamos también nosotros, buscar la voluntad de Dios a ejemplo y con la ayuda de Jesús.

LAS CATEQUESIS DEL AMOR HUMANO

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2. La definición objetiva del hombre en el primer relato de la creación

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1. En el capítulo precedente comenzamos el ciclo de reflexiones sobre la respuesta que Cristo Señor dio a sus interlocutores acerca de la pregunta sobre la unidad e indisolubilidad del matrimonio. Los interlocutores fariseos, como recordamos, apelaron a la ley de Moisés; Cristo, en cambio, se remitió al «principio», citando las palabras del libro del Génesis.

El «principio», en este caso, se refiere a lo que trata una de las primeras páginas del libro del Génesis. Si queremos hacer un análisis de esta realidad, debemos sin duda dirigirnos, ante todo al texto. Efectivamente, las palabras pronunciadas por Cristo en la conversación con los fariseos, que nos relatan el capítulo 19 de San Mateo y el 10 de San Marcos, constituyen un pasaje que a su vez se encuadra en un contexto bien definido, sin el cual no pueden ser entendidas ni interpretadas justamente. Este contexto lo ofrecen las palabras: «¿No habéis leído que al principio el Creador los hizo varón y hembra…?» (Mt 19, 4), y hace referencia al llamado primer relato de la creación del hombre inserto en el ciclo de los siete días de la creación del mundo(Gén 1, 1-2, 4). En cambio el contexto más próximo a las otras palabras de Cristo, tomadas del Génesis 2, 24, es el llamado segundo relato de la creación del hombre (Gén 2, 5-25), pero indirectamente es todo el capítulo tercero del Génesis. El segundo relato de la creación del hombre forma una unidad conceptual y estilística con la descripción de la inocencia original, de la felicidad del hombre e incluso de su primera caída. Dado lo específico del contenido expresado en las palabras de Cristo, tomadas primera frase del capítulo cuarto del Génesis, que trata de la concepción y nacimiento del hombre de padres terrenos. Así intentamos hacerlo en el presente análisis.

2. Desde el punto de vista de la crítica bíblica, es necesario recordar inmediatamente que el primer relato de la creación del hombre es cronológicamente posterior al segundo. El origen de este último es mucho más remoto. Este texto más antiguo se define como «yahvista» porque para nombrar a Dios se sirve del término «Yahvé». Es difícil no quedar impresionados por el hecho de que la imagen de Dios que presenta tiene rasgos antropomórficos bastante relevantes (efectivamente, entre otras cosas, leemos allí que «formó Yahvé Dios al hombre del polvo de la tierra, y le inspiró en el rostro aliento de vida»; Gén 2, 7). Respecto a esta descripción, el primer relato, es decir, precisamente el considerado cronológicamente más reciente, es mucho más maduro, tanto por lo que se refiere a la imagen de Dios, como por la formulación de las verdades esenciales sobre el hombre. Este relato proviene de la tradición sacerdotal y al mismo tiempo «elohista» de «Elohim», término que emplea para nombrar a Dios.

3. Dado que en esta narración la creación del hombre como varón y hembra, a la que se refiere Jesús en su respuesta según Mt 19, está incluida en el ritmo de los siete días de la creación del mundo, se le podría atribuir sobre todo un carácter cosmológico; el hombre es creado sobre la tierra y al mismo tiempo que el mundo visible. Pero, a la vez, el Creador le ordena subyugar y dominar la tierra (cf. Gén 1, 28): está colocado, pues, por encima del mundo. Aunque el hombre esté tan estrechamente unido al mundo visible, sin embargo, la narración bíblica no habla de su semejanza con el resto de las criaturas, sino solamente con Dios («Dios creó al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó…»; Gén 1, 27). En el ciclo de los siete días de la creación es evidente una gradación precisa (1); en cambio, el hombre no es creado según una sucesión natural, sino que el Creador parece detenerse antes de llamarlo a la existencia, como si volviese a entrar en sí mismo para tomar una decisión: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza…» (Gén 1, 26).

4. El nivel de ese primer relato de la creación del hombre, aunque cronológicamente posterior, es, sobre todo, de carácter teológico. De esto es índice especialmente la definición del hombre sobre la base de su relación con Dios («a imagen de Dios lo creó»), que incluye al mismo tiempo la afirmación de la imposibilidad absoluta de reducir el hombre al «mundo». Ya a la luz de las primeras frases de la Biblia, el hombre no puede ser ni comprendido ni explicado hasta el fondo con las categorías sacadas del «mundo», es decir, el conjunto visible de los cuerpos. A pesar de esto también él hombre es cuerpo. El Génesis 1, 27 constata que esta verdad esencial acerca del hombre se refiere tanto al varón como a la hembra: «Dios creó al hombre a su imagen…, varón y hembra los creó» (2). Es necesario reconocer que el primer relato es conciso, libre de cualquier huella de subjetivismo: contiene sólo el hecho objetivo y define la realidad objetiva, tanto cuando habla de la creación del hombre, varón y hembra, a imagen de Dios, como cuando añade poco después las palabras de la primera bendición: «Y los bendijo Dios, diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad» (Gén 1, 28).

5. El primer relato de la creación del hombre, que, como hemos constatado, es de índole teológica, esconde en sí una potente carga metafísica. No se olvide que precisamente este texto del libro del Génesis se ha convertido en la fuente de las más profundas inspiraciones para los pensadores que han intentado comprender el «ser» y el «existir». (Quizá sólo el capítulo tercero del libro del Exodo pueda resistir la comparación con este texto) (3). A pesar de algunas expresiones pormenorizadas y plásticas del paisaje, el hombre está definido allí, ante todo, en las dimensiones del ser y del existir («esse»). Está definido de modo más metafísico que físico. Al misterio de su creación («a imagen de Dios lo creó») corresponde la perspectiva de la procreación («procread y multiplicaos, y henchid la tierra»), de ese devenir en el mundo y en el tiempo, de ese «fieri» que está necesariamente unido a la situación metafísica de la creación: del ser contingente (contingens). Precisamente en este contexto metafísico de la descripción del Génesis 1, es necesario entender la entidad del bien, esto es, el aspecto del valor. Efectivamente, este aspecto vuelve en el ritmo de casi todos los días de la creación y alcanza el culmen después de la creación del hombre: «Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho» (Gén 1, 31). Por lo que se puede decir con certeza que el primer capítulo del Génesis ha formado un punto indiscutible de referencia y la base sólida para una metafísica e incluso para una antropología y una ética, según la cual «ens et bonum convertuntur». Sin duda, todo esto tiene su significado también para la teología y sobre todo para la teología del cuerpo.

6. Al llegar aquí, interrumpimos nuestras consideraciones. En el próximo capítulo nos ocuparemos del segundo relato de la creación, es decir, del que, según los escrituristas, es más antiguo cronológicamente. La expresión «teología del cuerpo» que acabo de usar, merece una explicación más exacta, pero la aplazamos para otro encuentro. Antes debemos tratar de profundizar en ese pasaje del libro del Génesis, al que Cristo se remitió.

(1) Al hablar de la materia inanimada, el autor bíblico emplea diferentes predicados, como «separó», «llamó», «hizo», «puso». En cambio, al hablar de los seres dotados de vida, usa los términos «creó» y «bendijo». Dios les ordena: «Procread y multiplicaos». Este mandato se refiere tanto a los animales como al hombre, indicando que les es común la corporalidad (cf. Gén 1, 22-28).

Sin embargo, la creación del hombre se distingue esencialmente en la descripción bíblica de las precedentes obras de Dios. No sólo va precedida de una introducción solemne, como si se tratara de una deliberación de Dios antes de este acto importante, sino que, sobre todo, la dignidad excepcional del hombre se pone de relieve por la «semejanza» con Dios, de quien es imagen.

Al crear la materia inanimada Dios «separaba»; a los animales les manda procrear y multiplicarse; pero la diferencia del sexo está subrayada sólo respecto al hombre («varón y hembra los creó»), bendiciendo al mismo tiempo su fecundidad, es decir, el vínculo de las personas (Gén 1, 27-28).

(2) El texto original dice:

«Dios creó al hombre (haadam-sustantivo colectivo: ¿la humanidad? / a su imagen; / a imagen de Dios los creó; / macho (zakar-masculino) y hembra (uneqebah-femenino) los creó» (Gén 1, 27).

(3) «Hæc sublimis veritas»; «Yo soy el que soy» (Ex 3,14) es objeto de reflexión para muchos filósofos, comenzando por San Agustín, quien pensaba que Platón debía conocer este texto porque le parecía muy cercano a sus concepciones. La doctrina agustiniana de la divina «essentialitas» ejerció, mediante San Anselmo, un profundo influjo en la teología de Ricardo de San Víctor, de Alejandro de Hales y de San Buenaventura.

«Pour passer de cette interprétation philosophique du texte de l’Exode á celle qu’allait saint Thomas il fallait nécessairement franchir la distance qui sépare l’être de l’essence’ de ‘l’être de l’existence’. Les preuves thomistes de l’existence de Dieu l’ont franchie»

Diversa es la posición del maestro Eckhart, que, basándose en este texto, atribuye a Dios la «puritas essendi»: «est aliquid altius ente…» (cf. E. Gilson, Le Thomisme, Paris 1944 [Vrin] págs. 122-127; E. Gilson, History of Christian Philosophy in the Middle Ages, London 1955 [Sheed and Ward] 810).

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El sí de Dios y el sí a Dios

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Dios nos ha dado su sí, que es el que hace posible nuestro sí, por medio de Jesucristo. Y por él nos sigue dando, «toda clase de bienes, espirituales y celestiales» (Ef 1,3) y él nos «confirma en Cristo por el Espíritu» (2ª Cor 1,21).

Este sí de Dios por medio de Jesucristo, lo hemos visto en que: «dio su vida por nosotros», y su consecuencia es: «que también nosotros, hemos de dar la vida por los demás» (1ª de Jn 3, 16).

Vemos, que nuestro sí a Dios y a los demás, dependen de su sí, que es anterior al nuestro: «pues el Hijo de Dios, Jesucristo, que fue anunciado entre vosotros por mí, por Silvano y por Timoteo no fue sí y no, sino que en él sólo hubo sí» (2 Cor 1,19). Esta es la nueva vida que él nos da: el poder amar, puesto que ya no estamos encadenados ni destinados a la muerte.

Si bien la muerte sigue estando, ésta ya no tiene la última palabra, sino que la última palabra de Dios es Cristo que muere y que resucita, que vence a la muerte y que nos llama también a nosotros a la vida, a vencer con el.

Esa es la nueva vida que se nos da por el bautismo y que nos permite amar como Cristo nos ha amado, y así, cumplir su mandato, pues: «lo mismo que el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere» (Jn 5,21).

Acogiendo en nosotros esta Vida nueva, es como podemos decir: Amen, sí a Dios.  

LAS CATEQUESIS DEL AMOR HUMANO (Juan Pablo II)

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  1. Los fundamentos de la familia a la luz de Cristo

1. Desde hace algún tiempo están en curso los preparativos para la próxima Asamblea ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se celebrará en Roma en el otoño del próximo año. El tema del Sínodo: «De muneribus familiæ christianæ (Misión de la familia cristiana»), concentra nuestra atención sobre esta comunidad de vida humana y cristiana, que desde el principio es fundamental. Precisamente de esta expresión, «desde el principio» se sirve el Señor Jesús en el coloquio sobre el matrimonio, referido en el Evangelio de San Mateo y en el de San Marcos. Queremos preguntarnos qué significa esta palabra «principio». Queremos además aclarar por qué Cristo se remite al «principio» precisamente en esta circunstancia y, por tanto, nos proponemos un análisis más preciso del correspondiente texto de la Sagrada Escritura.

2. Jesucristo se refirió dos veces al «principio», durante la conversación con los fariseos, que le presentaban la cuestión sobre la indisolubilidad del matrimonio. La conversación se desarrolló del modo siguiente:

«Se le acercaron unos fariseos con propósito de tentarle, y le preguntaron: ¿Es lícito repudiar a la mujer por cualquier causaEl respondió: ¿No habéis leido que al principio el Creador los hizo varón y hembra? Y dijo: Por eso dejará el hombre al padre y a la madre y se unirá a su mujer, y serán los dos una sola carne. De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre. Ellos le replicaron: Entonces ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjole El: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio no fue así» (Mt 19, 3 ss; cf. Mc 10, 2 ss).

Cristo no acepta la discusión al nivel en que sus interlocutores tratan de introducirla, en cierto sentido no aprueba la dimensión que ellos han intentado dar al problema. Evita enzarzarse en las controversias jurídico casuísticas; y, en cambio, se remite dos veces «al principio». Procediendo así, hace clara referencia a las palabras correspondientes del libro del Génesis, que también sus interlocutores sabían de memoria. De esas palabras de la revelación más antigua, Cristo saca la conclusión y se cierra la conversación.

3. «Principio» significa, pues, aquello de que habla el libro del Génesis. Por lo tanto, Cristo cita al Génesis 1, 27, en forma resumida: «Al principio el Creador los hizo varón y hembra», mientras que el pasaje original completo dice así textualmente: «Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó y los creó varón y hembra». A continuación el Maestro se remite al Génesis 2, 24: «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre; y se unirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una sola carne». Citando estas palabras casi «in extenso», por completo, Cristo les da un significado normativo todavía más explícito (dado que podría ser hipotético que en el libro del Génesis sonaran como afirmaciones de hecho: «dejará… se unirá… vendrán a ser una sola carne»). El significado normativo es admisible en cuanto que Cristo no se limita sólo a la cita misma, sino que añade: «De manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios unió no lo separe el hombre». Ese «no lo separe» es determinante. A la luz de esta palabra de Cristo, el Génesis 2, 24 enuncia el principio de la unidad e indisolubilidad del matrimonio como el contenido mismo de la Palabra de Dios, expresada en la revelación más antigua.

4. Al llegar a este punto se podría sostener que el problema está concluido, que las palabras de Jesús confirman la ley eterna formulada e instituida por Dios desde el «principio», como la creación del hombre. Incluso podría parecer que el Maestro, al confirmar esta ley primordial del Creador, no hace más que establecer exclusivamente su propio sentido normativo, remitiéndose a la autoridad misma del primer Legislador. Sin embargo, esa expresión significativa: «desde el principio», repetida dos veces, induce claramente a los interlocutores a reflexionar sobre el modo en que Dios ha plasmado al hombre en el misterio de la creación, como «varón y hembra», para entender correctamente el sentido normativo de las palabras del Génesis. Y esto es tan válido para los interlocutores de hoy, como lo fue para los de entonces. Por lo tanto, en el estudio presente, considerando todo esto, debemos meternos precisamente en la actitud de los interlocutores actuales de Cristo.

5. Durante las sucesivas reflexiones de los miércoles, en las audiencias generales, como interlocutores actuales de Cristo, intentaremos detenernos más largamente sobre las palabras de San Mateo (19, 3 y ss). Para responder a la indicación que Cristo ha encerrado en ellas, trataremos de penetrar en ese «principio» al que se refirió de modo tan significativo; y así seguiremos de lejos el gran trabajo que sobre este tema precisamente emprenden ahora los participantes en el próximo Sínodo de los Obispos. Junto con ellos toman parte numerosos grupos de Pastores y de laicos que se sienten particularmente responsables de la misión que Cristo propone al matrimonio y a la familia cristiana: la misión que El ha propuesto siempre y propone también en nuestra época, en el mundo contemporáneo.

El ciclo de reflexiones que comenzamos hoy, con intención de continuarlo durante los sucesivos encuentros de los miércoles, tiene como finalidad, entre otras cosas, acompañar, de lejos por así decirlo, los trabajos preparativos al Sínodo, pero no tocando directamente su tema, sino dirigiendo la atención a las raíces profundas de las que brota este tema.

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3 Domingo, T.O. Ciclo C

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Tanto la primera lectura de este domingo, tomada del profeta Jonás 3,1-5.10, como el Evangelio, están estrechamente relacionados, pues la predicación de Jonás y la respuesta de los ninivitas a su mensaje, son como una parábola que anticipa los motivos de la llamada de Jesús a la conversión. Los ninivitas creyeron en Dios y decidieron cambiar de conducta. Esto nos recuerda la parábola del Hijo pródigo (Lucas 15) y de los obreros enviados a la viña o el patrón generoso (Mat, 20). Los ninivitas entran en el ámbito que Dios espera y se abren a su oferta de salvación cambiando de conducta. Ahora bien, el relato muestra posteriormente, como el propio Jonás está desconcertado cuando ve que la ciudad no es destruida (los ninivitas eran enemigos de Israel) y no acaba de entender por qué, pues aún no ha comprendido bien al Dios a quien sirve, que le envía y que le ha escogido para ser su pregonero. El pregonero ha cumplido anunciando el castigo; pero no alcanzó a comprender que detrás del anuncio del castigo, estaba un Dios misericordioso dispuesto al perdón y a la indulgencia incluso a los enemigos de Israel.

La segunda lectura de 1 Cor 7,29-31, continúa con el tema de la semana pasada, de la dignidad del cuerpo y la alternativa entre virginidad y matrimonio. Lo importante dirá S. Pablo, es que la historia tiene un final definitivo y que Cristo ha transformado la historia; ésta, ya no es circular, sino lineal. Su muerte nos ha dado la libertad frente al mal, el pecado y la muerte y la resurrección, manifiesta que el tiempo es una instancia abierta a una realidad mucho más grandiosa. Por otro lado, Pablo tiene conciencia de que el Señor puede volver en cualquier momento. El tiempo apremia y ya no se nos permiten hacer demasiados cálculos. Hoy como ayer, enfrascados en nuestro devenir, corremos el peligro de olvidar nuestro destino. El apóstol, lejos de menospreciar las realidades humanas vividas en la historia, nos invita a dirigir la mirada a otra parte superior que da al hombre su plena realización. El creyente, dice Pablo, debe interpretar y comprender su vida sobre la tierra, poniendo su corazón y su esperanza en la meta final.

El Evangelio, de Marcos 1,14-20, nos presenta el comienzo del ministerio de Jesús y nos muestra que abrirse al Evangelio es la última oferta y posibilidad que Dios hace a la humanidad y es la mejor decisión que el hombre puede tomar en su vida. El mismo hecho de la evangelización es un signo de que hemos llegado al final de los tiempos o al momento de la actuación definitiva de Dios en la historia.

El Reino o la proclamación de la soberanía de Dios centró y ocupó toda la vida de Jesús. La característica propia de Jesús es que el reino de Dios está ya presente, comienza ya a alborear y pronto será plenamente presente en su muerte y resurrección con la acción del Espíritu Santo. La conversión, la rectificación, el cambio de actitud en labios de Jesús, tiene una finalidad: entrar en el reino, participar en él, enrolarse en la nueva creación que él viene a aportar. Entre la espera (marcadamente política y nacional) del Mesías por el pueblo de Dios y la oferta de Jesús hay un contraste importante. De ahí que sea necesario cambiar de mentalidad para entrar en el reino. De ahí, la insistencia en ese cambio fundamental, íntimo y estructural que es un elemento básico en el anuncio de Jesús, de modo que es necesario abrirse al Evangelio, en este tiempo salvífico, establecido por el Padre.

2Domingo T.O. Ciclo B

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Con Samuel, comienza la predicación profética propiamente tal. La primera lectura de 1 Samuel 3,3b-10.19, narra la llamada de Dios a Samuel. Mientras todos duermen, la Palabra de Dios vigila y llama a un hombre para que se convierta en instrumento suyo. A la llamada, Samuel responde con una total disponibilidad. En los versículos anteriores a este fragmento de hoy, se nos dice que la palabra profética era rara en aquellos tiempos en Israel (1Sam 3,1) pero el narrador añade que «la lámpara de Dios todavía no se había apagado» (v.2). La tarea nunca fue fácil, por eso los narradores de vocaciones proféticas, insisten en que el Señor estaba con ellos. La expresión «el Señor estaba con él» significa, pues, que el profeta está en la verdad y debe transmitir esa verdad.  Hoy como entonces, siguen siendo necesarias las mediaciones creíbles para los hombres y mujeres de nuestro tiempo con sus preocupaciones, angustias y esperanzas, arraigados en la promesa de Dios de estar presente en quienes se esfuerzan por transmitir al mundo su palabra y su voluntad.

La segunda lectura es de 1 Cor 6,13c-15ª.17-20, el apóstol recoge y expone una serie de razones a favor de su enseñanza del valor del cuerpo humano como constitutivo inseparable de la persona humana integral. La primera, es que ni el hombre ni la mujer son propietarios exclusivos de su cuerpo sino administradores del mismo en nombre del que les ha concedido ese don: el Señor. La segunda razón, es que al igual que el cuerpo de Cristo, el cuerpo humano, está destinado a la resurrección, que nos restituye al estado de comunión, de vida, de felicidad y de comunicación con Dios. La tercera, es que el cuerpo humano está destinado a ser miembro vivo del cuerpo de Cristo, hombre real precisamente para devolver al hombre su primitiva dignidad y para que formara con el propio Cristo un solo cuerpo vital. La cuarta razón, se asienta en que el cuerpo está destinado a ser templo del Espíritu Santo. El Espíritu, quiere morar en el cuerpo como en su propia casa. La quinta razón, es que no nos poseemos en propiedad pues hemos sido comprados. Todo esto nos indica, que no podemos disponer de nuestro propio cuerpo, que ha sido recibido por medio de colaboradores humanos y que está al servicio del bien global de la persona y de su dignidad.

El Evangelio es de Juan 1,35-42, recoge las primeras vocaciones al discipulado como una dinámica de encuentro con Jesús y de proclamación de este encuentro a otros, y así, de la experiencia auténtica y transformadora brota la evangelización gratuita, convincente y generosa. Los discípulos deben ponerse en marcha y experimentar, observar y abrirse plenamente a Jesús.

A la fase de búsqueda, «¿Qué buscáis?» pues es necesario permanecer siempre en situación de búsqueda y clarificación, sigue la de detenerse junto a él, la de reconocer en Jesús la verdadera meta de nuestro corazón, la del ser capaces de perseverar en su compañía: «se fueron con él, vieron dónde vivía y pasaron aquel día con él». En este morar con él es donde toma fuerza la contemplación y la escucha, el ponernos a su disposición con todas nuestras energías, como dijo Samuel, con la simplicidad de un niño: «habla que tu siervo escucha». Sólo permaneciendo con Jesús comprenderemos de verdad que hemos sido comprados a un precio elevado y nos hemos convertido en templo del Espíritu Santo.  

Nota sobre la moralidad del uso de algunas vacunas contra la covid-19

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La cuestión sobre el uso de las vacunas, en general, suele estar en el centro de insistentes debates en la opinión pública. En los últimos meses, han llegado a esta Congregación varias peticiones de una opinión sobre el uso de algunas vacunas contra el virus SARS-CoV-2, causante de la Covid- 19, desarrolladas recurriendo, en el proceso de investigación y producción, a líneas celulares que provienen de tejidos obtenidos de dos abortos ocurridos en el siglo basado. Al mismo tiempo, se han producido diversas declaraciones en los medios de comunicación por parte de Obispos, Asociaciones Católicas y Expertos, diferentes entre sí y a veces contradictorias, que también han planteado dudas sobre la moralidad del uso de estas vacunas.

Sobre esta cuestión ya hay un importante pronunciamiento de la Pontificia Academia para la Vida, titulado “Reflexiones morales acerca de las vacunas preparadas a partir de células procedentes de fetos humanos abortados” (5 junio 2005). Además, esta Congregación se expresó al respecto con la Instrucción Dignitas Personae (8 de septiembre de 2008) (cf. nn. 34 y 35). En 2017, la Pontificia Academia para la Vida volvió a tratar el tema con una Nota. Estos documentos ya ofrecen algunos criterios generales dirimentes.

Dado que están ya disponibles, para su distribución y administración en diversos países, las primeras vacunas contra la Covid-19, esta Congregación desea ofrecer algunas indicaciones que clarifiquen este tema. No se pretende juzgar la seguridad y eficacia de estas vacunas, aun siendo éticamente relevante y necesario, porque su evaluación es competencia de los investigadores biomédicos y las agencias para los medicamentos, sino únicamente reflexionar sobre el aspecto moral del uso de aquellas vacunas contra la Covid-19 que se han desarrollado con líneas celulares procedentes de tejidos obtenidos de dos fetos abortados no espontáneamente.

Como se afirma en la Instrucción Dignitas Personae, en los casos en los que se utilicen células de fetos abortados para crear líneas celulares para su uso en la investigación científica, “existen diferentes grados de responsabilidad”[1] en la cooperación al mal. Por ejemplo, “en las empresas que utilizan líneas celulares de origen ilícito no es idéntica la responsabilidad de quienes deciden la orientación de la producción y la de aquellos que no tienen poder de decisión”.[2]

En este sentido, cuando no estén disponibles vacunas Covid-19 éticamente irreprochables (por ejemplo, en países en los que no se ponen a disposición de médicos y pacientes vacunas sin problemas éticos o en los que su distribución es más difícil debido a las condiciones especiales de almacenamiento y transporte, o cuando se distribuyen varios tipos de vacunas en el mismo país pero, por parte de las autoridades sanitarias, no se permite a los ciudadanos elegir la vacuna que se va a inocular) es moralmente aceptable utilizar las vacunas contra la Covid-19 que han utilizado líneas celulares de fetos abortados en su proceso de investigación y producción.

La razón fundamental para considerar moralmente lícito el uso de estas vacunas es que el tipo de cooperación al mal (cooperación material pasiva) del aborto provocado del que proceden estas mismas líneas celulares, por parte quienes utilizan las vacunas resultantes, es remota. El deber moral de evitar esa cooperación material pasiva no es vinculante si existe un peligro grave, como la propagación, por lo demás incontenible, de un agente patógeno grave:[3] en este caso, la propagación pandémica del virus SARS-CoV-2 que causa la Covid-19. Por consiguiente, debe considerarse que, en este caso, pueden utilizarse todas las vacunas reconocidas como clínicamente seguras y eficaces con conciencia cierta que el recurso a tales vacunas no significa una cooperación formal con el aborto del que se obtuvieron las células con las que las vacunas han sido producidas. Sin embargo, se debe subrayar que el uso moralmente lícito de este tipo de vacunas, debido a las condiciones especiales que lo posibilitan, no puede constituir en sí mismo una legitimación, ni siquiera indirecta, de la práctica del aborto, y presupone la oposición a esta práctica por parte de quienes recurren a estas vacunas.

De hecho, el uso lícito de esas vacunas no implica ni debe implicar en modo alguno la aprobación moral del uso de líneas celulares procedentes de fetos abortados.[4] Por lo tanto, se pide tanto a las empresas farmacéuticas como a los organismos sanitarios gubernamentales, que produzcan, aprueben, distribuyan y ofrezcan vacunas éticamente aceptables que no creen problemas de conciencia, ni al personal sanitario ni a los propios vacunados.

Al mismo tiempo, es evidente para la razón práctica que la vacunación no es, por regla general, una obligación moral y que, por lo tanto, la vacunación debe ser voluntaria. En cualquier caso, desde un punto de vista ético, la moralidad de la vacunación depende no sólo del deber de proteger la propia salud, sino también del deber de perseguir el bien común. Bien que, a falta de otros medios para detener o incluso prevenir la epidemia, puede hacer recomendable la vacunación, especialmente para proteger a los más débiles y más expuestos. Sin embargo, quienes, por razones de conciencia, rechazan las vacunas producidas a partir de líneas celulares procedentes de fetos abortados, deben tomar las medidas, con otros medios profilácticos y con un comportamiento adecuado, para evitar que se conviertan en vehículos de transmisión del agente infeccioso. En particular, deben evitar cualquier riesgo para la salud de quienes no pueden ser vacunados por razones médicas o de otro tipo y que son los más vulnerables.

Por último, existe también un imperativo moral para la industria farmacéutica, los gobiernos y las organizaciones internacionales, garantizar que las vacunas, eficaces y seguras desde el punto de vista sanitario, y éticamente aceptables, sean también accesibles a los países más pobres y sin un coste excesivo para ellos. La falta de acceso a las vacunas se convertiría, de algún modo, en otra forma de discriminación e injusticia que condenaría a los países pobres a seguir viviendo en la indigencia sanitaria, económica y social.[5]

El Sumo Pontífice Francisco, en la Audiencia concedida al suscrito Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en fecha 17 diciembre 2020, ha examinado la presente Nota y ha aprobado la publicación.

Dado en Roma, en la sede de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el 21 de diciembre de 2020, Memoria litúrgica de San Pedro Canisio.

Luis F. Card. Ladaria, S.I.
Prefecto

+ S.E. Mons. Giacomo Morandi
Arzobispo Titular de Cerveteri
Secretario

____________________________
[1] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instrucción Dignitas Personae (8 diciembre 2008), n. 35; AAS (100), 884.
[2] Ibid, 885.
[3] Cfr. Pontificia Academia para la Vida, “Moral reflections on vaccines prepared from cells derived from aborted humanfoetuses”, 5 junio 2005.
[4] Congregación para la Doctrina de la Fe, Instruc. Dignitas Personae, n. 35: “Cuando el delito está respaldado por las leyes que regulan el sistema sanitario y científico, es necesario distanciarse de los aspectos inicuos de esos sistemas, a fin de no dar la impresión de una cierta tolerancia o aceptación tácita de acciones gravemente injustas. De lo contrario, se contribuiría a aumentar la indiferencia, o incluso la complacencia con que estas acciones se ven en algunos sectores médicos y políticos”.
[5] Cfr. Francisco, Discurso a los miembros de la Fundación

Fiesta del Bautismo del Señor

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Ante la perplejidad de Juan cuando ve a Jesus acercarse a recibir el bautismo, la respuesta de Jesús es: «está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere». Por otra parte, la historicidad de este acontecimiento, no ha sido puesta en duda en la investigación bíblica.

La primera lectura es de Isaías 42, 1-4.6-7. Nos muestra la figura del siervo de Yahvé, que es elegido en un contexto: el de la liberación del pueblo de Dios del exilio de Babilonia, y cuya acción tiene un horizonte más amplio; para ello, se le promete un don especial del Espíritu, para poder llevar adelante la misión que se le encomienda: la defensa del derecho de los pobres, los huérfanos, las viudas y los indefensos. Es el modelo ejemplar de profeta y gobernante que sólo aspira a hacer posible el bien común de todos. Por ello, no se dejará arrastrar por la acepción de personas, ni por debilidad. Implantará el derecho con limpieza, firmeza, ecuanimidad y equidad. Su tarea era convocar a todas las gentes para que puedan entrar en el proyecto salvador de Dios. He aquí, un conjunto de cualidades, todas ellas necesarias para aquel que crea y se disponga a dar testimonio en el mundo.

La segunda lectura, es de los Hechos de los apóstoles 10,34-38. La acción, se sitúa en casa de Cornelio, donde se produjo la primera conversión de gentiles al Evangelio. Allí Pedro muestra a Jesús como el verdadero siervo de Yahvé que, ante el anuncio de su muerte y resurrección, las gentes, en concreto, una familia de paganos, se abre a la fe y a la salvación y recibe el Espíritu. También y como hemos visto en la primera lectura, Jesús es el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu para realizar su misión y su tarea hasta la consumación final. Qué duda cabe que, a los discípulos de Jesús, no les faltará esta fuerza que viene de lo alto y contra la que nadie podrá. Pedro por su parte, hace una solemne proclamación kerigmática: «pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con él». Este reconocimiento y proclamación define un aspecto importante de la misión y tarea de Jesús, que es a su vez una característica del Siervo de Yahvé, la de ser para los demás y por los demás.

El Evangelio de Marcos 1,6b-11, es una epifanía, es decir, un relato revelador de realidades muy profundas, en un lenguaje austero y sobrio: es el momento en que Jesús recibe su misión de Siervo. Esto es: asumir sustitutivamente la responsabilidad del pueblo y de la humanidad y el equipamiento necesario para la misma. Jesús, como los discípulos después, caminarán por el mismo camino y por los mismos ámbitos que sus hermanos los hombres, llamados a no escandalizarse del mal de nadie, sino a reconocerlo, asumirlo y tratar de superarlo.

Es necesario observar un detalle y es que la donación del Espíritu no está relacionada con el bautismo, pues se abren los cielos y desciende el Espíritu cuando Jesús ha salido de las aguas del Jordán. Todo indica que el bautismo de Juan no confiere el Espíritu Santo, este es un privilegio propio del bautismo cristiano. El Cielo abierto indicará, que Jesús, es el siervo de Yahvé, que lleva adelante el proyecto de Dios. Por eso recibe el equipamiento necesario para la misión: el don singular del Espíritu Santo, que permanece sobre él y para siempre. La voz del cielo, corrobora la vocación: Este es a la vez el Siervo de Yahvé y el Hijo de Dios. La humanidad y la divinidad de Jesús, se armonizan en una síntesis ideal: el Cristo, es el verdadero Dios y verdadero hombre. De ahí que, el bautismo de la Iglesia, recibido de Jesús y administrado en su nombre, confiera el perdón de los pecados, la incorporación a Cristo muerto y resucitado, la filiación divina y el don del Espíritu Santo.

La Epifanía

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El 6 de Enero, tradicionalmente, es conocido como el día de los Reyes Magos, pero propiamente es la fiesta de la Epifanía, que significa manifestación del Rey, que es Jesús. Si no se manifiesta el Señor, su encarnación no habría llegado a conocimiento de los hombres. Hoy es la fiesta de la Luz y de la entrada en la Iglesia del mundo gentil. Es una fiesta muy importante.

La Primera lectura es del profeta Isaías 60,1-6.  Se trata de un poema en honor a Jerusalén, luz de las naciones. Jerusalén que fue destruida por Nabucodonosor, vuelve ahora tras el exilio en Babilonia, a la ardua tarea de su reconstrucción y de ser signo para todos los hombres, pues a pesar de la pequeñez y estrechez en que se encuentra el pueblo, tiene un destino universal y abierto al futuro, que el profeta expresa mediante la imagen de los pueblos y sus reyes dirigiéndose a Jerusalén, ciudad del gran rey y Señor que es Dios. Hacia allí, llevan sus dones y de ahí la tradición sobre los dones de los magos a Jesús. Todo esto nos recuerda que la Iglesia, está llamada a dar testimonio ante el mundo. Jesús nos ha llamado a ser luz del mundo y sal de la tierra y todo ello, poniendo nuestros dones, talentos, cualidades y posibilidades al servicio de los demás.

La segunda lectura es de Efesios 3,2-3a.5-6. En ella, San Pablo, nos habla de su misión, que consiste, en ser mediador de la gracia, que Dios ha tenido siempre dispuesta para ofrecerla también a los gentiles. El mismo ha podido experimentar la gratuidad, la sinceridad y la ternura del amor misericordioso de Dios al llamarle de perseguidor de los seguidores de Jesús, a anunciador de su Hijo Jesucristo, salvador de todos. Varios siglos antes de la venida de Jesucristo, se habían cerrado las vías de comunicación con los gentiles, que eran considerados «malditos». Pero en la llamada a Abraham, se había anunciado que en él serán benditas todas las naciones. Pablo conoce por revelación, este plan misterioso que Dios le ha revelado y por el cual, el Evangelio no tiene fronteras y más aún, todos estamos llamados igualmente a una evangelización sin fronteras y a promover, por medio de Jesucristo, la comunión entre todos los hombres.

El Evangelio es de Mateo 2,1-12. Después del nacimiento de Jesús, al que alude muy brevemente, el evangelista nos ofrece una escena entrañable, pero a la vez muy compleja: unos magos, es decir, sabios del Oriente, se dirigen hacia judea, porque dicen haber visto una estrella. Estos magos son probablemente, astrónomos, que nos muestran cómo a Dios se le puede encontrar a través de la naturaleza, pero junto a la naturaleza también está la Palabra revelada. El recurso a Miqueas (5,1) orienta sus pasos a Jesús. Efectivamente, la Escritura sabe que el Dios creador y el Dios revelador es el mismo, pero en actuaciones distintas y complementarias que se entretejen armónicamente. Los magos-sabios representan a toda la gentilidad llamada y convocada mediante la naturaleza y por la palabra de Dios a encontrar y reconocer en Jesús al único y universal Salvador y de este modo es como los signos de la naturaleza y la luz de la palabra revelada les condujo al objetivo de su camino y encontraron al rey que buscaban y al que adoraron. Adorar es reconocer al único Dios. Aquel niño es por tanto, el Señor verdadero. Lucas lo expresó por medio del anuncio de los ángeles y Mateo lo relaciona con este bello y dramatizado relato de la visita de los magos-sabios, mostrándonos así que encontrar a Jesús es encontrar lo que realmente necesitamos. Como nos dice San Basilio: adorémosle junto con los Magos, démosle gloria con los pastores, exultemos con los ángeles, “porque nos ha nacido un Salvador: Cristo, el Señor”.     

2 Domingo de Navidad

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En este domingo, en el que celebramos la fiesta del Santo nombre de Jesús, que como dice San Bernardino de Siena, es: «el brillo de los predicadores, porque de él les viene la claridad luminosa, la validez de su mensaje y la aceptación de su palabra por los demás»,  se nos invita en la primera lectura de Eclesiástico 24,1-2.8-12, a reflexionar detenida y reposadamente en la presencia de la Sabiduría-Palabra de Dios, que nosotros descubrimos en un niño indefenso, débil, pero que es «templo personal de la sabiduría». Del mismo modo que cuando contemplamos limpiamente la creación, contemplamos la sabiduría de Dios. Esta sabiduría, no es temporal ni intermitente sino estable y permanente, así se desprende de la imagen empleada: «echar raíces», que sugiere seguridad y continuidad.

En el Nuevo Testamento, como veremos en el Evangelio, la Sabiduría es Jesús. El Evangelista Juan, cuando nos habla del “Verbo”, tiene como trasfondo este texto y lo utiliza refiriéndose a la teología de la Palabra y de la Sabiduría, en el sentido de fuerza que crea, revelación que ilumina, persona que vivifica. Jesús, en efecto, es la Palabra última y definitiva de Dios, la auténtica Sabiduría hecha visible, la persona enviada por Dios como Hijo Unigénito del Padre

La segunda lectura es de Efesios (1,3-6.15-18) Es la introducción a la carta a los Efesios en la que se desarrolla el misterio de Cristo y de la Iglesia, en un hermoso himno

Comienza el Himno, recordando la bendición de Dios por medio de Jesucristo. Dios está ahí hecho bendición para todos en Jesús, que se hizo hombre real para estar en medio de los hombres y eso es posible por el misterio pascual. Por eso no se puede vivir la Navidad sin la pascua y el don del Espíritu

Continúa recordándonos que somos Hijos adoptivos de Dios, por lo que Dios ya no contempla al hombre directamente sino a través de su Hijo. Con lo que el hombre, puede vivir en la segura esperanza y confianza filial de que siempre será contemplado amorosamente por Dios

El apóstol, nos invita a dar gracias por las celebraciones que estamos realizando, pues no son solo realidades del pasado, sino que se hacen eficaces ahora. En este momento de nuestra historia, por lo que también debemos prorrumpir en una gozosa y profunda acción de gracias

El Evangelio es de Juan 1,1-18. A diferencia de los demás evangelios, Juan no narra el nacimiento y la primera infancia de Jesús, sino que, de forma poética, describe el origen de la Palabra en la eternidad de Dios. Veámoslo siguiendo un orden.

1º La Palabra del Padre dirige la historia de los hombres. La Iglesia quiere que en este tiempo  de Navidad dirijamos una mirada respetuosa a la creación. Ese niño es la Palabra eterna de Dios por la que lo creó todo.

2º La Palabra habitó en el pueblo de Israel. El evangelista sintetiza en una sola frase toda la historia de la salvación: «Vino a los suyos y los suyos no la recibieron», pero nosotros, en cambio, podemos entrar en diálogo con la Palabra, más directamente, por la presencia humana de Jesús

3º La Palabra se hizo hombre-historia. «La Palabra se hizo hombre y acampó entre nosotros». La palabra se ha hecho hombre, con toda su capacidad de sufrimiento, de comunicación y de solidaridad´.

4º la acogida de la Palabra nos da derecho a ser hijos de Dios. «pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios». El hombre, además de ser imagen de Dios por la presencia de la Palabra y del Espíritu, es su propio hijo adoptivo. Esta es la verdadera Navidad, la gran noticia del nacimiento del Verbo en nosotros; que acojamos esta Palabra.

El aceite de la misericordia

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Tampoco estamos hablando de impunidad. Pero la justicia sólo se busca adecuadamente por amor a la justicia misma, por respeto a las víctimas, para prevenir nuevos crímenes y en orden a preservar el bien común, no como una supuesta descarga de la propia ira. El perdón es precisamente lo que permite buscar la justicia sin caer en el círculo vicioso de la venganza ni en la injusticia del olvido.

Cuando hubo injusticias mutuas, cabe reconocer con claridad que pueden no haber tenido la misma gravedad o que no sean comparables. La violencia ejercida desde las estructuras y el poder del Estado no está en el mismo nivel de la violencia de grupos particulares. De todos modos, no se puede pretender que sólo se recuerden los sufrimientos injustos de una sola de las partes. Como enseñaron los Obispos de Croacia, «nosotros debemos a toda víctima inocente el mismo respeto. No puede haber aquí diferencias raciales, confesionales, nacionales o políticas».

Pido a Dios «que prepare nuestros corazones al encuentro con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz».

(Carta Encíclica de SS Francisco, Fratelli Tutti, n. 252-254)

Venganza o perdón

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El perdón no implica olvido. Decimos más bien que cuando hay algo que de ninguna manera puede ser negado, relativizado o disimulado, sin embargo, podemos perdonar. Cuando hay algo que jamás debe ser tolerado, justificado o excusado, sin embargo, podemos perdonar. Cuando hay algo que por ninguna razón debemos permitirnos olvidar, sin embargo, podemos perdonar. El perdón libre y sincero es una grandeza que refleja la inmensidad del perdón divino. Si el perdón es gratuito, entonces puede perdonarse aun a quien se resiste al arrepentimiento y es incapaz de pedir perdón.

Los que perdonan de verdad no olvidan, pero renuncian a ser poseídos por esa misma fuerza destructiva que los ha perjudicado. Rompen el círculo vicioso, frenan el avance de las fuerzas de la destrucción. Deciden no seguir inoculando en la sociedad la energía de la venganza que tarde o temprano termina recayendo una vez más sobre ellos mismos. Porque la venganza nunca sacia verdaderamente la insatisfacción de las víctimas. Hay crímenes tan horrendos y crueles, que hacer sufrir a quien los cometió no sirve para sentir que se ha reparado el daño; ni siquiera bastaría matar al criminal, ni se podrían encontrar torturas que se equiparen a lo que pudo haber sufrido la víctima. La venganza no resuelve nada.

(Carta Encíclica de SS Francisco, Fratelli Tutti, n. 250-251)

Primer domingo de Adviento, ciclo B

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Comienza este tiempo de Adviento. Una vez más, es el amor del Padre el que nos pone en camino hacia el Hijo que viene y así podamos acogerle en todas las ocasiones que él nos brinde. Miremos de ponernos nuevamente en camino.

La primera lectura es de Isaías 63,16b-17.19b;64,2b-7 y en ella se invoca a Dios con el afectuoso nombre de «Padre» cuya paciencia, que desea nuestra salvación, parece ser la causa del error y del endurecimiento del pueblo. De ahí, que se insista, con una de las invocaciones más acuciantes: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! Bajaste y los montes se derritieron». Con esta expresión se indica que Dios es la única posibilidad de salvación porque es poderoso y ha demostrado siempre que puede hacer lo que ningún ídolo puede hacer. Dios no puede negarse a sí mismo, no puede volver la espalda a la obra de sus manos. Por eso el profeta clama movido por la confianza de un hijo: «No te excedas en la ira, Señor; mira que somos tu pueblo».

La segunda lectura es de 1 Corintios 1,3-9. En ella San Pablo muestra la esperanza en la manifestación del Señor, que es el pensamiento central de este primer domingo de Adviento. Vivir siempre en la esperanza, es propio de quienes han sido sellados en el Señor resucitado y glorioso. Pero la esperanza que ha de realizarse en la historia está sometida a las pruebas y dudas, por eso Pablo, prefiere subrayar que será el mismo Dios, quien los conducirá a ese encuentro definitivo con su Hijo. La esperanza, que ha de estar acompañada siempre de la fortaleza, la constancia, la longanimidad y la perseverancia, es para el cristiano, sabedor de su propia debilidad, ocasión de aceptar y reconocer la fidelidad de Dios, que quiere a toda costa llevar a buen término la vocación que Dios le ha dado.

El Evangelio es de Marcos 13,33-37 y comienza y concluye con la misma invitación: «Vigilad». Dios actúa definitivamente en la historia a través de signos y palabras. Es necesario estar atentos para ver y entender. Una lectura superficial podría parecernos que Jesus no revela el día y la hora de su venida para que los cristianos vivan en continuo temor. Pero la verdadera lectura, nos permite reconocer que en realidad todas las horas son buenas para abrirse al evangelio de forma que comprometa la existencia. Frente al deseo de conocer el final, se impone la preocupación por vivir y discernir cada tiempo y cada momento en la escucha y en la obediencia.

Esta enseñanza de Jesús desmiente los esfuerzos de ciertas sectas que se entretienen en calcular fechas y tiempos de la vuelta de Señor, pero no somos nosotros los dueños del tiempo, sino que lo es el Señor, por tanto, no debemos vivir en la preocupación sino en la confianza en el Padre y en su providencia.

La seguridad de la vuelta del Señor urge así, que nos comprometamos y seamos fieles en el tiempo que nos ha tocado vivir.

La vida eterna, es verdadera

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Si Cristo ha vencido a la muerte, la muerte ya no tiene dominio sobre nosotros.

El Concilio Vaticano II en la Constitución dogmática Gaudium et Spes, 18 dice que: «Mientras toda imaginación fracasa ante la muerte, la Iglesia, aleccionada por la Revelación divina, afirma que el hombre ha sido creado por Dios para un destino feliz situado más allá de las fronteras de la miseria terrestre. La fe cristiana enseña que la muerte corporal, que entró en la historia a consecuencia del pecado, será vencida cuando el omnipotente y misericordioso Salvador restituya al hombre en la salvación perdida por el pecado. …. Ha sido Cristo resucitado el que ha ganado esta victoria para el hombre, liberándolo de la muerte con su propia muerte. Para todo hombre que reflexione, la fe, apoyada en sólidos argumentos, responde satisfactoriamente al interrogante angustioso sobre el destino futuro del hombre y al mismo tiempo ofrece la posibilidad de una comunión con nuestros mismos queridos hermanos arrebatados por la muerte, dándonos la esperanza de que poseen ya en Dios la vida verdadera».

Esta vida verdadera que Dios nos da es la vida eterna, demostrando así que, no quiere la muerte (Sab 1,13-15) sino que, el hombre se convierta y viva (Ez 33, 10-11) y así, vivamos en la verdad (1Tm 2,3-6).

La vida verdadera es la eterna, de modo que como nos dice el Evangelio (Mt 16, 24-28) pretender vivir sin Cristo es perderse, esto es,  quedarse en la muerte, mientras que el camina con Cristo en esta vida, aunque muera, vivirá.     

Profesión perpetua de Sor Flor (Sierva de Jesús)

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Rvv MM Rosalina y Lorena, M. Lourdes, Superiora de esta comunidad, Hermanas, sacerdotes, hermanos todos:

Cuentan que una vez estaba un sacerdote rezando delante de una imagen bizantina en una capilla y en eso llegó una joven y le preguntó si ese era el tesoro de aquella Iglesia. El sacerdote ni corto ni perezoso le dijo: no, el tesoro eres tú.

Cada uno de nosotros y de nosotras somos el tesoro de la Iglesia y en ella todos miramos a Cristo, que va por delante abriéndonos el camino.

Hoy ese tesoro eres especialmente tú, hermana Flor, que vas a hacer tu Profesión Solemne en presencia de las hermanas que te acompañan y con las que quieres llevar adelante tu vida y tu seguimiento de Cristo, en esta Congregación de siervas de Jesús. Lo que dijiste el día de tu bautismo o mejor, otros dijeron por ti, y lo que afirmaste el día de tu confirmación, hoy lo ratificas y lo quieres vivir fielmente en esta Congregación de Siervas de Jesús. En ella has encontrado tu forma de vivir el seguimiento de Cristo y de entregarte a él a través de los enfermos y los necesitados. Que bien os lo recordaba el papa Francisco, a propósito de este año jubilar que estáis celebrando, en los 150 años de la fundación: «querer quemar la vida por los enfermos, hasta el final y no solo quedar chamuscadas». 

A propósito de los enfermos, el año pasado, como sabéis, la Conferencia Episcopal, sacó un documento titulado: sembradores de esperanza: acoger, proteger y acompañar en la etapa final de la vida. Aunque se centra de manera especial en la etapa final de la vida. Cuando lo leía pensaba especialmente en vosotras, las Siervas.

Empieza haciendo referencia a ese texto de Ex 3,5: «quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado» y continúa diciendo: «si entrar en la vida de una persona constituye siempre caminar en terreno sagrado, con mayor razón, cuando esta vida está afectada por la enfermedad o ante el trance supremo de la muerte». Creo que esto lo entendió perfectamente bien, Santa María Josefa, de manera que como sigue diciendo el documento: «la alegría del Evangelio debe alcanzar a todos, de manera especial a los que viven en el sufrimiento y la postración».

Hoy afirmas que quieres seguir los pasos de Jesus según el modelo de vida ideado por Santa Josefa. Ella que no se achicó ante las dificultades, que no le fue fácil en muchos momentos llevar adelante su vida y proyecto, no se quedó en el lamento ni en la desilusión, sino que se puso en marcha y poco a poco después de mucho esperar y buscar, encontró el camino a seguir:  el de entregarse a los pobres y enfermos desde una vida comunitaria y de profunda intimidad con él. Las lecturas que hemos escuchado nos invitan a esa relación profunda con el Señor a la que él te llama y nos llama: «levántate, ven a mí», decía por dos veces la primera lectura, que hemos escuchado del Cantar de los cantares. Así lo pones de manifiesto hoy al profesar, ya pasado el tiempo de preparación y formación, «pasado el invierno», decía la lectura, y así haces de esta relación con Cristo, la fuente de tu vida, de tu apostolado y misión de cara al mundo.

Igualmente, hoy como hemos escuchado en el Evangelio, en la Anunciación a María, se te comunica la Buena Nueva de que el Señor está contigo y de que por ti y a través de ti él quiere seguir viniendo a nosotros, renovando así el misterio profundo de su amor por nosotros y no dejando de llamar a mujeres y a hombres que acogiendo la semilla de la Palabra puedan darle vida en su corazón y puedan alumbrar con ella las tinieblas de este mundo, mediante  su entrega como él, hasta la muerte.    

Jesús nos muestra el camino de la entrega a Dios y a los demás sin límite. Muchas veces tendrás que renovar ese sí que hoy das, en medio del dolor y del sufrimiento propio y ajeno, pero él pondrá en ti su Espíritu y la palabra capaz de llevar al otro la salud, la alegría y la esperanza. Te incorporas así a la misión, sin perder de vista los consejos evangélicos de: castidad pobreza y obediencia. El voto de obediencia es a fin de cuentas el más radical de todos, pues significa que no llevas tu propia vida sola, sino que te dejaras guiar, conducir por el Señor en las mediaciones que él nos da. Pero también lo haces dentro de una disciplina, de una comunidad fraterna en la que serás disponible, transparente y esa transparencia te la dará la castidad, que te permite vivir un amor abierto a todos, reservar tu vida para el Señor y desde él para todos. Y como no, la pobreza, sin ella es inalcanzable esta meta porque significa que te apoyas no en nada ni en nadie, sino en Dios, harás tu trabajo lo mejor que sepas y eso para que tu servicio sea auténtico, no para para tener más o para tener más fama. Pobreza, castidad y obediencia son las tres luminarias que pondrán en tu vida luz y sal sobre todo en los momentos difíciles, ya que, aunque el mal está presente en el mundo junto al pecado y lo adverso, el que se fía de Cristo, camina sobre las aguas, tiene fuerza y si experimenta la debilidad el Señor nos tiende la mano como a Pedro cuando dice: «Sálvame Señor que me hundo». Dichosa tú que te ofreces así al Señor y haces posible que este Instituto de Siervas de Jesus pueda seguir adelante con su misión. Eso es algo que solo Dios te puede dar y a la vez, recompensar.

En definitiva, que: que seas feliz en el Señor y que puedas llevar su Buena Nueva de la salud, de la salvación y la paz, a todos los necesitados de ella.

En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.