3º Domingo del T.O. Ciclo C

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La Palabra de Dios en este domingo, nos invita a vivir en el «hoy» de la salvación.

La primera lectura es de Nehemías 8,2-4a.5-6.8-10 y nos muestra el momento de la celebración del pueblo que se reúne tras la llegada a la tierra tras el destierro y aunque llora por todo lo acontecido y por el propio pecado, es invitado ahora a la alegría en el Señor.

En la celebración, que es la primera, tras la llegada, se nos dice que Esdras abrió el libro a la vista de todos y al abrirlo, el pueblo respondió: «Amen, amén». La expresión «Amen», procede de una raíz hebrea que significa: esto es firme, sólido, y merece nuestra atención y conformidad. Dios es la roca firme, su palabra es eterna. Cuando el hombre se abre a él y a su Palabra, participa de la firmeza y seguridad que Dios irradia siempre.

Jesús es nuestro amen, dirá Pablo en 2ª Cor 1,19-22 y aún resuena en nosotros las palabras de María en las bodas de Cana: «haced lo que él os diga». En él encontramos el sí de Dios, su inquebrantable lealtad y fidelidad, que engendra en nosotros una sincera alegría. La alegría y la alabanza de sabernos objeto de su fidelidad y de su amor incondicional.

La segunda lectura, es de 1 Cor 12,12-31a y nos llama a vivir también en el hoy de la novedad que nos ha traído Jesús. En él, formamos un solo cuerpo, en donde las diferencias sociológicas (ser esclavo o libre) e incluso las religiosas (ser judío o pagano) pierden importancia y quedan abolidas. Ahora bien, surgen otras diferencias sobre distintas bases. Las nuevas diferencias, son las funciones y servicios que lejos de crear división, hacen posible la comunión, pues en un cuerpo, todos los miembros son necesarios para que el cuerpo sea una realidad acabada y pueda cumplir su misión y en él, nadie puede ser menospreciado, sino que es importante para los demás miembros. Si el cuerpo esta formado por miembros diferentes que tienen cada uno una función, así hemos de vivir en Cristo. De este modo es como sale Pablo al frente de un problema y es que algunos sintiéndose engreídos, despreciaban a los demás, especialmente a los más pequeños y según ellos, menos dotados de la comunidad.

El Evangelio de Lc 1,1-4; 4,14-21, nos presenta el «hoy» de la novedad de Jesús: «hoy se ha cumplido el pasaje de la escritura que acabáis de escuchar», dice tras la lectura del pasaje programático de Isaías, en la Sinagoga de Nazaret.

El texto anunciaba al futuro Mesías o, mejor, al futuro profeta objeto de ardiente esperanza. Con sus palabras, Jesús proclama que con él, han empezado los últimos tiempos, que se prolongan en la Iglesia y en nuestro tiempo y que su misión está dirigida de un modo particular a los pobres y a los últimos. Siguiendo a Isaías, Jesús dirige la «alegre noticia» a los pecadores, a los oprimidos y a los marginados de toda condición, porque Dios ama a cada hombre sin diferencias. Cada uno tiene un valor para él y no cabe la marginación en ningún caso.

Esta buena noticia de Cristo es capaz de sacudir a unos e infundir esperanza a todos, especialmente a los que están en los márgenes de la sociedad.

Como el Padre y con él, también Jesús, se enternece ante aquellos que han sido dejados «medio muertos» por los caminos de la vida, como le ocurrió al hombre de la parábola del «buen samaritano» y de la conmoción, pasa a la solícita acogida.

Que nuestra oración continua, nos mantenga solícitos para con los demás y constantes en el encuentro con Cristo en nuestro corazón.

2º Domingo del T.O. Ciclo C

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Retomamos el Tiempo Ordinario, que nos acompañará hasta la cuaresma. En él, iremos descubriendo y profundizando en esa relación de Dios con su pueblo y de Cristo con la Iglesia.

La primera lectura, es de Isaías 62,1-5. Nos presenta la relación de Dios con su Pueblo a través de la imagen de un matrimonio vivido en fidelidad e intensidad y que no rompe con la Alianza a pesar de la infidelidad. El consuelo y la esperanza que esto produce es grande, como grande es también el anuncio de este compromiso de fidelidad por parte de Dios, que perdona a pesar del pecado y del alejamiento de la Alianza.

El Evangelio de Jn 2,1-12, nos presenta a Jesús, también en un contexto nupcial como es el de las bodas de Cana. Si bien el domingo pasado, en la fiesta del bautismo le veíamos manifestarse en el Jordán como Hijo, bajo el testimonio del Padre y la presencia del Espíritu, ahora él mismo es el que se manifiesta como el esposo de la Nueva Alianza, el Mesías que celebra las bodas mesiánicas con la Iglesia, su esposa, simbolizada por María, la mujer de la verdadera fe, que nos enseña a acoger su Palabra, sus gestos, en definitiva su vida y de ahí que la expresión: «haced lo que él os diga», manifiesta la fe de María, que es la fe de la Iglesia, enseñándonos a amar y a escuchar a Cristo con sus palabras.

El agua que Jesús convierte en vino de gran calidad, simboliza las antiguas prácticas judías, que son sustituidas por una relación viva de Dios con nosotros, por medio de Jesucristo y los signos que realiza, por los cuales entramos en comunión con él, principalmente el bautismo y la Eucaristía.

Con este signo, que Jesús realiza en Cana, con el que convierte el agua en vino, nos dice el texto evangélico, que se manifestó su gloria y los discípulos empezaron a creer en el, es decir, empezaron a madurar hasta llegar al momento cumbre de su gloria en la muerte y resurrección y el envío del Espíritu. En la cruz será donde Cristo nos muestre toda su gloria.

En la segunda lectura de 1ª Cor 12,4-11, Pablo, nos muestra la riqueza del Espíritu, que crea la diversidad pero con un fin, el de promover la edificación común, la comunión, que proviene de la caridad, y que es por ello, el carisma mejor, ya que la hace posible. La caridad es pues, el vino nuevo, nunca probado hasta entonces: es Jesús mismo, su sangre derramada por nosotros, el signo de la caridad, que se manifiesta inequívocamente en la entrega de sí. Por tanto, si la diversidad es importante, más lo es la unidad y la comunión.

Podemos concluir que si bien María es la que nos lleva a Cristo, el Espíritu es el que nos lleva a la verdadera comunión en Cristo.

Debemos preguntarnos, hasta qué punto, somos esos «odres nuevos», capaces de ofrecer espacio al «vino nuevo» del Espíritu, que Cristo nos ofrece para no recaer continuamente en el viejo régimen del egoísmo y no tengamos modos ni maneras, contrarios al mandamiento nuevo de su Reino. Para ello, debemos pedir insistentemente al Padre el Espíritu, que nos renueva y vivifica.

El Bautismo del Señor

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Celebramos la fiesta del bautismo de Jesus por Juan en el Jordán y cabría preguntarse ¿por qué se acercó Jesus a recibirlo? Ciertamente no necesitaba el bautismo de Juan y su respuesta ante la extrañeza del mismo es: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere».

La primera lectura del Profeta Isaías 40,1-5.9-11 corresponde al primero de los cuatro cantos del siervo de Yave, en donde aparece un personaje misterioso: el ungido del Señor, que por sus rasgos, encarna al pueblo elegido o a algunos de sus personajes. El nuevo Testamento, verá en las características de este personaje, la historia y los acontecimientos trágicos de Jesús de Nazaret.

Este siervo elegido y preferido de Dios, es alguien que con la luz y la fuerza del Espíritu llevará adelante su misión, que no será fácil. Tendrá coraje en las pruebas y en los sufrimientos, que no le faltarán y tendrá como empuñadura las armas de la paz. Será sacerdote, profeta y rey. Como sacerdote, cumplirá su misión haciéndose alianza de un pueblo, como profeta, comunicará la voluntad de Dios y será luz de las naciones y como rey, está llamado a proclamar el derecho con firmeza y a establecer la justicia, es decir, la salvación, que viene de lo alto. Su objetivo es librar de todo mal al hombre en su ser más íntimo; hacer posible el bien común.

Necesitamos estas cualidades del Siervo para cumplir nuestra tarea de testigos que invitan a todos a participar de la salvación.

La segunda lectura, es de los Hechos de los apóstoles 10,34-38 y forma parte del discurso de Pedro en Cesarea, en casa de Cornelio, el cual se convierte y se bautiza, siendo así la primera conversión de un gentil al Evangelio, como fruto de la predicación de Jesucristo en la que enseña el apóstol, cómo su vida marcada por el Espíritu, que se pone de manifiesto en su bautismo en el Jordán, hace posible que la vida de todo cristiano desde su bautismo, realice la misión de ser como él para los demás y por los demás. Su pasar haciendo el bien y curando, es una característica del Siervo de Yavé y estamos todos llamados a realizarla con él y por él.

El Evangelio de Mateo 3,13-17 nos relata la escena del bautismo en el Jordán por obra del bautista. Con este gesto, Jesús, quiere mostrar su solidaridad con todos, cargando con nuestro pecado y manifestándose como siervo manso y humilde, que se entrega totalmente, tomando nuestra condición de debilidad humana.

La escena del bautismo, evidencia además algunos rasgos que muestran la participación del mundo celeste en lo humano, como es la donación del Espíritu. Pero esta donación en el caso de Jesús, no está relacionada con el bautismo, pues el bautismo de Juan no confiere el Espíritu, como si lo hace el bautismo cristiano. Tanto la apertura de los cielos como el don del Espíritu, indican que aquel que está al borde del Jordán, es el Mesías esperado, que viene como siervo y que lleva adelante el proyecto de Dios.

El bautismo de Juan no confiere el Espíritu. Solo lo confiere, el bautismo recibido de Jesús y administrado por la Iglesia, que nos incorpora a Cristo muerto y resucitado, nos confiere el perdón, la filiación y el Don del Espíritu. En una palabra: nos da la potestad  de ser Hijos queridos y amados.  

Fiesta de la Epifanía

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¿Qué es la fiesta de la Epifanía, conocida como la fiesta de los reyes magos?

La primera lectura del Profeta Isaías 50,1-6, nos da una clave, al hablarnos de la universalidad y de la unidad de todos los pueblos en torno a Jerusalén. Nos habla de una caravana que avanza hacia la ciudad santa en dos grupos bien diferenciados: uno formado por los hijos y e hijas de Israel que vuelven del exilio y el otro formado por las naciones extranjeras atraídas por la luz y la gloria de Dios. Es la alegría de la salvación que llega a todos los pueblos.

Nosotros, que hemos visto esa salvación manifestada en Cristo Jesús nacido en Belen, estamos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo, esto es a colaborar en el plan de Dios que es universal, para todos, con todo lo que somos y hacemos, nuestras posibilidades y nuestras cualidades. La salvación de Jesucristo o es para todos o no es para nadie. Distinto es que esa salvación sea acogida o no por nosotros.

La segunda lectura es de Efesios 3,2-3ª.5-6 y expresa claramente la misión de Pablo de llevar el Evangelio a los gentiles, de modo que, como hemos dicho, el designio salvífico de Dios es para toda la humanidad, que está llamada a caminar a la luz del único Dios y Padre. El Evangelio no tiene fronteras y todos los pueblos están llamados a participar de las promesas hechas a Israel y realizadas en Jesús.

La Iglesia ,cuando anuncia y predica el misterio de Cristo, comunica una gran noticia, una buena noticia: que no somos ajenos a esa voluntad de Dios de salvación, de no dejarnos sometidos al pecado y a la muerte, sino de resucitarnos con Cristo y estar con él. Así realiza la unidad entre todos los pueblos y entre los propios hijos de Dios dispersos, bien sea mediante el anuncio del evangelio, bien sea tratando de crear vínculos de comunión y fraternidad a pesar de las apariencias y de las múltiples diversidades.

El nacimiento de Cristo, ha manifestado el misterio de Dios que consiste en reunirnos a todos en él.

El Evangelio de Mateo 2,1-12, nos habla de una Revelación extraordinaria que conduce a los magos o sabios a descubrir al rey de los judíos, como rey del universo. Estos magos o sabios, en el siglo V fueron reconocidos como tres, en base a los dones ofrecidos y en que el siglo VIII le fueron dados los nombres que todos conocemos, son para el evangelista, personajes ilustres, primicia de los paganos, que exaltan la dignidad de Jesús y le buscan para adorarle. En cambio Herodes, es todo lo contrario, le busca para matarlo. He ahí las dos posturas ante este Mesías buscado y rechazado a la vez, marginado por su pueblo y buscado con esperanza por los de lejos. Seamos como los magos y sabios, adoradores de Jesús; adorarle significa, reconocerle como el único Dios y Señor. Ellos son tipo y preludio de esa innumerable y gran multitud de «verdaderos adoradores» que marchan después de haberle encontrado, por caminos distintos a los que trajeron y que anuncian a todos la salvación y la paz que provienen de él. 

     

2º Domingo de Navidad

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La personificación de la sabiduría en la primera lectura de Eclesiástico, 21.1-4-12-16, le da una serie de atributos como es el de colaborar junto al Creador, en la obra de la Creación. De esta forma, el que contempla la Creación, puede contemplar la Sabiduría en ella. La naturaleza, se convierte así en don y espejo de esta Sabiduría de Dios.
Esta Sabiduría, presente en la historia, se actualiza en Jesús. San Juan, cuando habla del «Verbo», tiene como trasfondo este texto que leemos hoy, y lo utiliza refiriéndose a la teología de la Palabra, en cuanto fuerza que crea, revelación que ilumina, persona que vivifica. Cristo es así, la Palabra última y definitiva de Dios, la auténtica sabiduría hecha visible. Esta sabiduría que ha echado raíces en Israel, lo hace ahora en la Iglesia y en los creyentes y podemos recurrir a ella en toda ocasión, sobre todo en las dificultades y complejidades de nuestra existencia.
La segunda lectura, es de Efesios 1,3-6.15-18, y nos presenta el plan de Dios manifestado en Cristo. En él, el Padre es la fuente, El Espíritu es la garantía de la herencia que se nos da y el Hijo, es el que todo lo cumple y lleva a cabo con la entrega de sí, hasta el don de la vida. El objetivo primero de este plan, es la salvación del hombre y el objetivo final es la gloria de Dios. Estamos por tanto, dentro de ese amor que envuelve al Padre, al Hijo y al Espíritu y es por la mediación eclesial por la que recibimos la filiación y el perdón de los pecados.
Nuestro Dios es un Dios de bendición y de paz. Tanto la Navidad como la Pascua son expresión de esa bendición sin medida. De ahí brota la acción de gracias por las maravillas que Dios ha hecho y sigue haciendo en nosotros.
El Evangelio es el mismo de Navidad: Juan 1,1-18. En él, destaca la presencia de Jesús Palabra y lo hace en tres momentos: Primero la preexistencia de la Palabra. Segundo: la venida histórica de las Palabra entre los hombres y finalmente: la Encarnación de la Palabra.
Esta Palabra que había entrado por primera vez en la historia humana con la Creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrarnos así su infinito amor, que da cumplimiento a la obra que el Padre le ha confiado.
La cruz, se convierte así en la expresión máxima de un amor que supera la lógica humana y que cuando lo acogemos, nos transforma en Hijos queridos, que llaman a Dios Padre.    

Santa María Madre de Dios

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El día 1 de Enero, fiesta de Santa María, está marcado ya desde hace varios años, por la Jornada mundial de la paz.

La paz, como hemos escuchado en la primera lectura del libro de los números 6,22-27, se nos muestra como un don de Dios, que proviene de su bendición. Dios nos bendice con la paz, nos da la paz, como resumen de todos sus dones. Así, su Reino, es Reino de amor, justicia y paz.

La segunda lectura de San Pablo a los Gálatas 4,4-7, nos muestra a Cristo como el dador del Espíritu, verdadero constructor de paz, que nos transforma ni más ni menos que en Hijos de Dios y provoca en nosotros la plegaria continua que brota del corazón y que nos hace exclamar: Abba Padre.

María es la artífice de este don de nuestra filiación primero, porque de ella nace el Salvador, el príncipe de la paz y segundo, porque por el mismo Espíritu que la hizo madre, del Salvador, también se convierte en madre de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Por todo ello, hoy la proclamamos con ese título tan hermoso de «Madre de Dios».

Los pastores, que van a prisa a ver lo que ha ocurrido, nos enseñan a apreciar el valor de la paz, que nos trae Jesús y que como nos recordaba Juan XXIII en la Pacem in Terris , encuentra su fundamento en el amor, la justicia, la verdad y la libertad.

El Papa Francisco, en su mensaje para este año, concreta todo esto en un lema: «Diálogo entre generaciones, educación y trabajo: instrumentos para construir una paz duradera».

El diálogo entre generaciones, porque dialogar significa escucharse, confrontarse, ponerse de acuerdo y caminar juntos. Fomentar esto entre generaciones significa labrar la dura y estéril tierra del conflicto y la exclusión para cultivar allí las semillas de una paz duradera y compartida.

Por otro lado, la educación es el camino principal que conduce a las jóvenes generaciones a una preparación específica y a ocupar de manera provechosa un lugar adecuado en el mundo del trabajo, el cual, es hoy mas que nunca una necesidad en este tiempo difícil que nos toca vivir, ya que forma parte del sentido de la vida, es camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal.

En estos tiempos de pandemia, pongamos todo nuestro esfuerzo en poner las condiciones para hacer posible la paz, como bien al que todos podemos y debemos aspirar.

Fiesta de la Sagrada Familia

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El Evangelio que escuchamos en esta fiesta, de Lucas 2,41-52 nos puede llamar la atención por la respuesta de Jesus ante sus padres, que le buscan afanosamente en medio de una carrera de obstáculos y de contratiempos: «¿Por qué me buscáis? ¿No sabéis que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?», pero ello nos permite comprobar que es porque vive en familia y en obediencia a sus padres, como puede decir esto. Y es que estar centrados viviendo una vida en familia, es lo que nos lleva a abrirnos a Dios a conocerlo y a amarlo como lo primero y lo mas importante.

La familia,  no está en función de sí misma, ni gira en torno de sí misma, sino que nos guía y dirige hacia Dios para conocerlo y amarlo como lo primero y lo más importante. La vida familiar y la obediencia a los padres, cuando brota del amor de Dios, nos guía y nos dirige hacia Dios, nos mueve hacia él.

Jesús, creciendo obediente a sus padres, reconoce y renueva continuamente el misterio de unidad con su Padre y así es como nos muestra su verdadera humanidad a todos nosotros que aspiramos a vivir también una humanidad plena y auténtica.

María y José, en medio de su extrañeza, no dejaron de reconocer la grandeza de este misterio, que Jesus niño proclama y en el que nos enseña el secreto de lo humano. Y nosotros aprendemos a partir de todo esto, que ser cristiano, es ante todo, ser hijo de Dios; pertenecer a la familia de Dios.

El mayor don de Dios, nos dirá San Juan, es que seamos sus hijos: «mirad que magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios» (1ª Jn 3,1-2). Realmente nos cuesta comprender a fondo la grandeza de este don, que nos llevará a la visión de Dios y que por tanto hemos de vivir con gran alegría.

Hoy, es un día adecuado, cuando ya hemos pasado la noche buena y vivido el día de Navidad, para  meditar  que por ser hijos, estamos llamados a ser como nos dice San Juan: «semejantes a él, porque le veremos tal cual es». Y todo esto no es obra de nuestro esfuerzo, sino fruto del amor gratuito que se nos ha manifestado en Cristo Jesús y en el que hemos de fundamentarnos día tras día con el uniforme de la misericordia entrañable, la humildad, la dulzura, la comprensión, como nos decía san Pablo en la segunda lectura de Colosenses 3,12-21. Uniforme, es lo que nos identifica, como personas singulares y bien definidas, y lo que incluye también en este caso, el perdón y la paz, es decir, el amor con el que Jesús nos ha amado, dando su vida por todos.

Fundados en este amor más grande de Dios por nosotros, manifestado en Cristo Jesús, es como podemos vivir una vida de familia, humana y fraterna. El respeto y la ternura hacia los padres, como nos recordaba la primera lectura del eclesiástico 3,37.14.17ª, será siempre el camino mejor y necesario para poder encontrarnos nos solo con los hermanos, sino también con Dios nuestro Padre.  

Misa de Navidad

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La misa del día de Navidad, a diferencia de la de la media noche, no habla del nacimiento del niño en Belén, sino que es más bien una meditación muy rica de su significado.

La primera lectura de Isaías 52, 7-10 nos invita a pensar en la presencia del Señor en medio de su pueblo: «tus centinelas alzan la voz, cantan a coro, porque ven con sus propios ojos que el Señor vuelve a Sión». Esta es la gran noticia; que Dios vuelve a Sion a cada uno de nosotros, que viene con poder a darnos su consuelo y a rescatarnos.

El anuncio profético concluye con la constatación de que todos los pueblos de la tierra han podido contemplar que el Señor no abandona a su pueblo, sino que está siempre dispuesto a salvarlo. La Iglesia llena de alegría proclama al respecto, que Dios ha actuado con poder en el nacimiento de Jesús, su hijo.

También la segunda lectura de Hebreos 1,1-6, es una invitación a la comunidad cristiana a fijar su mirada en el nacimiento de Cristo como el punto culminante de la revelación de Dios. El es la plena y completa revelación del Padre, su icono fiel, de manera que el hombre, hecho a imagen de Dios encuentra en Jesucristo la expresión máxima de lo que es él, esto es, el modelo y perfección de lo humano. En definitiva, Jesús nos enseña a ser hombres y mujeres de verdad, y en él encontramos no solo lo que somos, sino lo que estamos llamados a ser. Consecuentemente, en todo hombre y en todo acontecimiento humano, se esconde Jesús y ahí espera que le busquemos y encontremos. Lo que contemplamos con gozo en la navidad es que en la humanidad de Cristo, se esconde su divinidad y que es en lo humano, donde se nos da.

El Evangelio es de Juan 1,1-18 y corresponde al prólogo de su Evangelio, que es una síntesis meditativa de todo el misterio de la Navidad. Todo él gira en torno a la frase: «y la Palabra se hizo carne». Esto se dice de la Encarnación y por tanto, de la Navidad. Misterio de Navidad, que se remonta al misterio Trinitario y desciende después hasta el hombre. Jesús, la Palabra encarnada, hace a Dios visible y se hace cercano al hombre, siendo su reflejo, de modo que la historia y la realidad humana encuentra su razón de ser en la Palabra, pues como se nos dice: «en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres».

En Jesús, encuentra pues, significado, fin y consistencia la salvación de todo hombre y de todo el hombre. En definitiva, que la Encarnación y el Nacimiento de la Palabra, se han realizado para llevar al hombre a la meta final. Por ello, ha asumido nuestra propia naturaleza, en todo menos en el pecado (Hb 4,15).

La Navidad, es reconocer que Dios ha revelado su Palabra y la ha enviado al mundo para nuestra salvación.

Celebrémosla con gozo y alegría, pues Dios trascendente e invisible, ha dejado su lejanía e invisibilidad y ha tomado un rostro humano haciéndose visible, concreto y asequible. Es más, ha elegido la vida del pobre y del derrotado para que nosotros pudiésemos vislumbrar el poder de Dios en su elección de la pobreza y de su abajamiento, y de este modo, es como Dios nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina.

Noche Buena

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¿Cuál es el sentido de esta noche y de la Navidad? Las lecturas que escucharemos, nos invitan a descubrir el misterio de esta noche a amarlo y adorarlo.

La primera lectura de Isaías 9, 2-7, se sitúa en medio de una difícil situación para el pueblo de Israel. La invasión de Asiria (siglo VIII a.c.) augura un camino de oscuridad y tiniebla. Pues, bien, a esa gente sin esperanza, les anuncia el profeta: «el pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz». Y luego dirigiéndose a Dios proclama: «acreciste la alegría, aumentaste el gozo». Y es que los asirios, en sus propósitos expansionistas sitiaron Jerusalén (capital de Judá), pero se vieron obligados a retirarse para defender su territorio a causa de la guerra con Babilonia. El profeta ve en ello la intervención de Dios que es considerado como: «Dios fuerte, Padre Eterno, Príncipe de la paz,». Nos encontramos así ante el mensaje más antiguo de la Navidad: una llamada a no doblegarse ante el temor ni ante el enemigo y ello gracias a que: «un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado». En él descansa la alegría, la paz la justicia y el amor ardiente del Señor. Qué importante, reconocer en esta noche, que esto lo vemos cumplido en Jesus, hecho niño en Belen.

Igualmente, la segunda lectura de San Pablo a Tito, 2,11-14, nos invita a llenar de sentido y de contenido este acontecimiento que celebramos. Nos decía: «se ha manifestado la gracia de Dios que trae la salvación a todos los hombres». La Navidad es Dios que se da, que se ofrece a todos, sin distinciones de ningún tipo. En ello vemos la cercanía, la mirada y la sonrisa de Dios hacia toda la humanidad. Esa entrega de Dios en Belen, es lo que celebraremos también en la pascua, en su muerte y resurrección. En el pesebre, descubrimos al Dios con nosotros, que quiere estar con nosotros y entre nosotros. Así pues, saborear la Navidad desde la Pascua, nos ayuda a descubrir su sentido y descubrir el gran motivo de alegría y de fiesta que nos invade.

Por último, en el Evangelio de Lucas, 2,1-14, se nos habla del nacimiento histórico de Jesús. Un relato, hecho con elementos literarios propios, que reservamos a los especialistas. En él destacan las palabras de los ángeles a los pastores, que nos descubren el acontecimiento recibido desde la fe, al contemplar en la pobreza del pesebre, la presencia de Dios entre los hombres y en el que solo ellos, unos cuantos pastores, representantes de los mas pobres y humildes, descubren el gran signo y la gran señal, de la llegada del Mesías. Esto nos indica, que estamos ante un cambio de época en la historia de la humanidad en el que la paz es un don que se empieza a construir desde dentro, desde nuestra intimidad y desde nuestra comunión con el que es el Príncipe de la paz, para alcanzar desde ahí, nuestras relaciones sociales y de todo tipo.

Hermanas y hermanos, en esta noche, celebramos el nacimiento de la paz que, si bien es frágil como un recién nacido, está llamada a ser la roca firme que inspire toda nuestra existencia. En esta noche santa, asumimos la delicada misión de hacer presente en nuestra vida la gloria de Dios, que nos quiere salvar y así poder trasladar a todas las gentes esta buena noticia que pasa por la construcción de la paz. El niño de Belén nos dice que el milagro de la paz es posible si de verdad le acogemos y le adoramos en la fe.

4º Domingo de Adviento, Ciclo C

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En un tiempo difícil y complicado por la depravación de los dirigentes y por la amenaza de invasión por parte de Siria, el profeta Miqueas, 5,1-4 contemporáneo de Isaías, nos muestra en la primera lectura la necesidad de volver a los orígenes, a los comienzos, en definitiva, de volver a Dios. Y así anuncia que será Dios el que de a su pueblo un rey justo que provendrá no de Jerusalén, sino de la pequeña Belén, patria chica de David, recuperando así la humildad de los orígenes, en palabras textuales: «de los días remotos», cuando David, fue elegido el último, después de sus siete hermanos, que a los ojos de los hombres, parecían más adecuados que él. El profeta, nos indica, de este modo, que no habrá nuevo nacimiento, si no se comienza desde abajo, desde los últimos.

Este nuevo nacimiento, será el de un rey que gobernará con firmeza y a la vez con el cariño de un pastor que sigue a su propio rebaño, pero sobre todo, que actuará en nombre del Señor su Dios.

Esta profecía, la vemos cumplida en Jesús, verdadero pastor que se preocupa por su rebaño, disperso y agotado.

La segunda lectura de Hebreos 10,5-10, nos muestra el misterio de la encarnación en su sentido profundo, pues para santificarnos, Cristo no ofreció a Dios un sacrificio ritual como los ofrecidos en el templo, pues ahora, su cuerpo es el nuevo templo, no hecho por manos humanas en el que se realiza plena y cabalmente la voluntad de Dios de querernos salvar. Todo él, ha estado sujeto a la voluntad de Dios que es el bien integral de él y de todos los hombres y por él también nosotros entramos en obediencia a esa voluntad, como pedimos en el padre Nuestro.

El Evangelio de Lucas 1,39-48a, nos presenta en la visitación, la alegría de las dos madres y la de Juan, aun en el seno de Isabel. Con esa alegría manifiesta, se nos recuerda la alegría de David, que danzaba ante la llegada del arca de la alianza, signo de la presencia de Dios. Se nos dice, que saltó, ante María, que es el Arca de la Nueva Alianza, que lleva en su seno al Señor.

En la alegría de ambas madres y de Juan, descubrimos que Jesús es la fuente de la verdadera alegría, que nos muestra la verdad de lo que somos: Hijos de Dios, por él y con él. Concretamente en la alegría de María que glorifica al Señor, porque ha mirado la humildad de su sierva, vemos cumplido el plan de Dios, que anunciaba Miqueas y en el cual, los últimos están llamados a ser los primeros.

María es la que ha creído y creyendo ha comenzado a constatar cómo Dios es fiel en realizar su promesa. Igualmente nosotros, si no creemos, no experimentaremos nunca cómo el don de Dios misteriosamente se va formando en nosotros y en los demás, pues de hecho, tanto María como Isabel, saben dialogar sobre lo que Dios ha hecho en ellas. Ninguna de las dos habla de sí, sino de la otra, o de lo que Dios ha hecho en ellas, hasta llegar así, a la cumbre de la alabanza en el «magníficat».

Navidad, es dirigir la mirada hacia lo que Dios va realizando en nosotros y hacia los más pequeños que nos rodean cada día, es recibir al otro como un don y ser para el otro un don. Solo así podremos recibir la alegre noticia de la salvación.

3º Domingo de Adviento, Ciclo C

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El tercer Domingo de Adviento, tradicionalmente se le conoce como el domingo de Gaudete, que se traduce por: ¡estad alegres! Se nos invita a estar alegres ante la venida del Señor. Una venida que estamos proclamando de manera especial en este tiempo de Adviento, cercana ya la Navidad y que hemos de tener y vivir como ya presente, cada día y en cada momento de nuestro caminar, como nos lo recordaba el profeta Sofonías 3,14-18 en la primera lectura al proclamar con fuerza: «¡Lanza gritos de gozo, hija de Sion…no tengas miedo…Yahveh tu Dios está en medio de ti!».

Realmente es una alegría afirmar esto, de modo, que no podemos estar tristes ni apesadumbrados, cuando el Señor viene a nosotros, en los momentos cruciales de nuestra historia. Por ello, no podemos menos que alegrarnos y transmitir esa alegría a los demás.

Este relato, por otra parte, nos recuerda la Anunciación, cuando el ángel dice a María: «alégrate el Señor está contigo». Y es que Dios no nos deja, ni en el sufrimiento ni en la muerte, sino que está cerca y viene. En un tiempo de incertezas y de calamidades, de infecciones y contagios, dejémonos contagiar por la buena noticia, pues como nos seguía recordando el profeta: «Dios se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta».

La segunda lectura, de Filipenses 4,4-7 insiste también en el mismo mensaje: «estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres…el Señor está cerca». Y es que Dios no olvida ese proyecto de felicidad para el hombre, que el Génesis recoge en el relato del paraíso y que Pablo nos recuerda estando en una lóbrega e inmunda cárcel, donde se encontraba, al confirmar a los filipenses en la alegre esperanza cristiana, la vida eterna a la que Dios nos ha destinado por medio de Jesucristo: «Estad alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres».  Esta alegría es lo que da sentido a nuestra vida, sometida tantas veces a la limitación y a la debilidad. Qué bien resuena aquí la frase de Santa Teresa: «Nada te turbe, nada te espante» a la que podemos unir la de Pablo: «Que la paz de Dios custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». De este modo, es como en la moderación y en la sencillez de una vida en paz, encontramos ya esa plenitud alegre y gozosa a la que el Señor nos llama.

El Evangelio de Lucas 3,10-18, nos sitúa ante la predicación de Juan el bautista en donde se destaca ese hablar de Jesús como el Mesías, el que ha de venir, el más fuerte. Esto nos recuerda que necesitamos cambiar, convertirnos, no hacer extorsión, ni crear escándalos. Una hermosa lección para nosotros y para nuestras relaciones sociales en las que el otro, se convierte en alguien importante, e incluso, superior a mí, pues en él descubro al Señor que viene y está ya presente.

En consonancia con lo que le preguntaban a Juan, hoy también nosotros nos preguntamos: ¿Qué hemos de hacer para que el Señor nazca en nuestros corazones? Sea como sea, una cosa está clara: en un mundo tentado por la ansiedad, la amargura y la carencia de felicidad, los cristianos, podemos vivir contentos, pues sabemos que Dios está en medio de la historia y la dirige tanto en el plano personal, como en el plano social y universal.

Inmaculada Madre

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Llegamos a esta fiesta, que nos dispone a mirar a Maria como la que ha sido concebida sin pecado. El pecado que a todos nos afecta a ella,  no le afectó en virtud de su maternidad divina, por la que fue madre del Salvador. Ello se tradujo en una vida de total entrega a Dios y al Reino de su Hijo querido, por cuya gracia hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Por este misterio de gracia infinita, pudo acompañar al Hijo hasta el final, sufrir y amar con él y hacer posible la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, al que ella dio a luz cuando Jesus en la cruz la proclamó madre nuestra. María es madre de Dios y madre nuestra Inmaculada. Ella es también la que asciende al cielo en cuerpo y alma haciendo de nosotros Hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, llamados a reinar con ella en el reino de su Hijo querido, esto es, llamados a la santidad, como ella.

Este misterio entrañable, nos muestra en primer lugar que la gracia hace y puede hacer maravillas en nosotros. Ahí tenemos el testimonio de los santos, de los mártires, de los profetas, de los sacerdotes. Todos, por el bautismo, llamados a reinar con Cristo. Y en segundo lugar que lo que ella fue por designio de Dios, nosotros estamos llamados a serlo por ese mismo designio, una vez que identificados con Cristo nos decantemos por él y vivamos como él una vida de amor y de entrega a Dios y a los demás.

La primera lectura del Génesis 3,9-15.20, nos muestra el misterio del pecado, esa herida que todos llevamos y que nos hace apartarnos de Dios, desconfiar de su amor y de su misericordia. El pecado nos lleva también a la desesperación y pensar que no hay nada y que el fin del hombre es morir.

Pero la gran noticia, la buena noticia, es que Dios quiere salvarnos y por ello ha puesto en marcha un plan de salvación en donde María es la nueva Eva, figura de la nueva humanidad libre ya del pecado y la muerte y por tanto con la esperanza puesta en Dios. La segunda lectura de Efesios 1,3-6.11-12, nos decía que hemos sido destinados a ser hijos por medio de Jesucristo, de modo que ahora podamos no vivir ya en la desesperanza, sino que podamos prorrumpir en un himno de alabanza a su gloria. El que alaba y canta es porque sabe que su vida tiene sentido, que su vida está bien hecha y que Dios es la meta de nuestro vivir y de nuestro obrar. Estamos hechos para la comunión con Dios, para la libertad y el amor sin límite, una vez que hemos llegado como María a alumbrar al Salvador.

 El Evangelio de la Anunciación: Lc 1,26-38. Nos muestra lo que estamos celebrando en este tiempo de Adviento: que Dios viene. Viene en pobreza y debilidad, contando con la pequeñez de María. El Espíritu es el que hace posible lo imposible, pues para Dios no hay nada imposible.

Se nos invita a vivir también nosotros, bajo la fuerza de ese mismo Espíritu, que lleva adelante la obra de la salvación, contando también con nuestra pobreza y debilidad, pero que también nos pide como a María nuestro permiso, nuestro beneplácito, nuestro sí: «Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según tú dices».

María nos enseña, ya en esta vida, a vivir de un modo nuevo, a vivir en la esperanza y en la confianza  en Dios, que nos llama a  ser santos como él es Santo.   

2º Domingo de Adviento Ciclo C

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El segundo Domingo de Adviento, está marcado por la figura de Juan el bautista, el que escucha y predica. San Lucas 3,1-6 en el evangelio, lo expresa así: «La palabra de Dios vino sobre Juan, el Hijo de Zacarías, en el desierto…y fue por toda la región del Jordán predicando que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonaran los pecados». Juan, habiendo escuchado la Palabra de Dios en el desierto, ahora la puede hacer resonar en el Jordán como oferta de salvación. Se nos invita a ser como él, profetas que reconocen a Dios como el verdadero protagonista de la historia de la salvación, el que rebaja los montes y rellena los valles de nuestra soberbia, de la injusticia social, de nuestro corazón herido. He ahí nuestra esperanza.

Seamos pues,  profetas de un tiempo nuevo, que no se dejan vencer por la dificultad ni por el temor. Profetas, que aguardan en el desierto, es decir, en el silencio de la búsqueda de lo esencial, de la lucha contra la soberbia, de la escucha de la Palabra, del distanciamiento crítico, la venida de su Señor. Profetas que trabajan así, por el advenimiento de un mundo más justo, más humano y más fraterno.

La segunda lectura de San Pablo a los filipenses 1,4-6.8-11, nos recuerda que este tiempo de espera es también un tiempo de crecimiento en el amor. Alguien lo comparaba con cierta gracia, al perro que atado a la farola, espera que su amo salga de la tienda a la que ha entrado a comprar. Todos los que pasan le hacen caricias y carantoñas, pero él permanece afanado en la espera. En nuestro caso, Ese, mientras tanto, de la espera, es el tiempo del crecimiento en el amor, del conocimiento de los valores, lo que nos hace a la vez profundizar en el conocimiento y mayor agudeza en el discernimiento, de la tensión hacia lo mejor, de la integridad y transparencia de las costumbres. De manera que como nos recuerda Pablo, «el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles, cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo para gloria y alabanza de Dios».

El profeta Baruc, 5,1-9, en la primera lectura, nos muestra el camino de retorno del destierro y la reconstrucción de la capital, Jerusalén, que será llamada: «paz en la justicia y gloria en la Piedad», lo que se traduce en una vida de justicia, que traerá la paz y la piedad, es decir, el respeto a Dios, y todo ello será motivo de gloria y alabanza.

Pone así de manifiesto, que Dios es el Señor de la historia y que es él, el que resuelve en favor del hombre los tiempos de la prueba, allanando el camino de regreso. Que, en medio de nuestra realidad de cada día, vivamos también la alegría del retorno y del encuentro con Dios que nos viene a buscar por medio de Jesucristo y a sacar de nuestro exilio interior, para guiarnos por el desierto de cada día, a la esperanza de su Reino; a la justicia, al amor y la paz.

1º Domingo de Adviento, Ciclo C

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El Adviento nos prepara para la venida del Señor, que ya fue en la carne como celebraremos en la Navidad, pero que lo será también en gloria.

El profeta Jeremías nos invita en la primera lectura Jr 33,14-16 a prepararnos desde dentro, porque es en el interior donde el hombre se encuentra consigo mismo y con Dios, que es fiel a sus promesas y que ahora toma la iniciativa de llevarnos hacia una relación con él profunda y viva, donde la ley deja de ser un mero código exterior para convertirse en una inspiración que alcanza el corazón del hombre bajo la acción del Espíritu Santo. Para ello enviará a un descendiente de David, un mesías «germen de justicia», es decir, la promesa de un rey que tendrá de verdad la justicia como programa.

En la segunda lectura de 1ª Tesalonicenses 3,12-4,2, Pablo indica a los de tesalónica, como han de vivir aguardando a venida del Señor: centrados en la caridad y queriendo agradar al Señor. A ellos les dice: «os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere». Es decir, que ante las dificultades de todo tipo que podamos tener, no perdamos de vista la seguridad de la presencia del Señor que acompaña el camino de los suyos cuando permanecen en marcha y que da sentido y valor a todo lo que acontece, pues para el que vive en Cristo, todo acontecimiento se convierte en motivo de espera, de gloria y alabanza.  De esta manera es como estamos en continuo crecimiento y en constante profundización, puesto que la hondura del amor de Dios es inagotable.

El Evangelio de Lucas 21,25-28.34-36, nos invita a dirigir la mirada hacia la vuelta gloriosa del Señor, lo cual es el sentido original del adviento. El cristiano, es el que sin dejar de lado sus responsabilidades en el mundo, no pierde la esperanza en la plena realización final. Las señales, de que habla, no son tanto manifestaciones que nos permiten calcular con anticipación el momento de la venida del Señor, sino de acontecimientos que se darán siempre y en cualquier tiempo. De hecho, siempre ha habido y habrá catástrofes naturales, desórdenes y acontecimientos dolorosos, por lo que siempre habrá que estar a la espera de la venida del Señor. Por tanto, siempre podremos vivir bien en la angustia y en la pena o bien con la cabeza bien alta, porque está cerca la liberación. Ello supondrá acoger el don de la gracia, con fe y esperanza e interpretar la historia no desde el catastrofismo sino desde el amor gratuito de Dios que nos llama no solo a la esperanza sino también a la solidaridad.

La oración tiene aquí un gran significado, pues ha de ser continua mientras tanto y nos permite estar atentos en la espera, no de falsos aduladores, sino del que da sentido a nuestra historia: al hijo del hombre.

Solemnidad de Cristo Rey, Ciclo B

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Solemnidad de Cristo Rey

¿Qué significa afirmar que Cristo es rey? Con el evangelio de Juan 18,33-37, diremos que significa decir que Cristo es la verdad; que la verdad es la más profunda realidad de Jesús, que todos sus gestos y palabras son expresión de la única y profunda verdad y que acoger la verdad es para nosotros acoger la salvación que viene de Dios, es decir: la capacidad de ser amado y de amar a Dios, la posibilidad de la verdadera libertad, la realización de la verdadera humanización y la esperanza del auténtico sentido del hombre. La verdad es además, fuente de libertad y de vida. Jesus rey, es, por tanto, el testigo fiel del que nos habla la segunda lectura del libro del Apocalipsis 1,5-8, el que da testimonio de la verdad al revelarnos el rostro del Padre y las auténticas relaciones del hombre con él. El que manifiesta también el verdadero sentido del hombre en sí mismo y en sus relaciones con los demás y con el mundo, así como su destino de eternidad.

Este reino de la verdad que es Cristo, es una realidad trascendente por su naturaleza, pero comienza a realizarse en el tiempo; es eterno y es temporal, es íntimo y a la vez aparecerá glorioso y se hace presente en la tierra con la muerte-resurrección-glorificación de Jesús y el envío del Espíritu Santo. Este Reino de la verdad, hecho presente por Cristo, es la expresión de la soberanía de Dios, pero, aguarda a la consumación final.

La primera lectura del Profeta Daniel 7,13ss, nos habla de un hijo del hombre, a quien Dios le da un poder eterno y un reino invencible, que abarcará a todos los pueblos, es decir, que su persona y su señorío son celestiales y terrenos, divinos y humanos al mismo tiempo. San Pablo, hablará en este sentido, del cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo y los fieles sus miembros.

Este reino no es de este mundo, es decir, que no se establece utilizando los medios humanos que utilizan otros reyes, sino que se hace presente en la tierra con la muerte-y resurrección de Cristo y así es como la soberanía de Dios, se hace carne en él, en su amor hacia nosotros, en el amor de los unos a los otros como él nos ha amado y en la esperanza firme de su plena glorificación como cabeza.

La venida de Cristo ha obrado, por consiguiente, una discriminación entre los que acogen su testimonio y los que lo rechazan, pues su testimonio es verdadero a cerca de Dios y a cerca del hombre y acogerlo significa entrar ya desde ahora en su reino. En cambio, el que lo rechace se somete al príncipe de este mundo, de modo que no es posible mantenerse en el escepticismo como intenta Pilato.

Al que sigue a Jesus rey, no le preocupan los triunfos ni los fracasos de este mundo, sino que como discípulos y seguidores, estamos llamados a trabajar para que las exigencias del reino se hagan realidad, de manera que la esperanza cristiana sea visible, tangible y creíble y así extender por el mundo su reino de verdad y de amor.

Domingo 33 T.O. Ciclo B

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Cuando el mal se propague y parezca triunfar, la historia desembocará en el acontecimiento escatológico, en la eternidad: este es precisamente el mensaje de esperanza que se nos presenta en la primera lectura de Daniel 12, 1-3 y que nos describe el tiempo final. En él ya no caben ni ambigüedades ni componendas y todas las cosas aparecerán en su auténtica realidad. Ahora es por tanto el tiempo de la lucha, el tiempo de la protección extraordinaria de San Miguel. Tiempo de Angustia y de salvación para los que mantienen la fidelidad. Es el tiempo que apunta a la resurrección universal en el que «muchos» (semitismo que significa «todos») resucitarán, unos para la vida eterna, otros para la ignominia. La resurrección de Cristo, ha dado lugar al comienzo de este tiempo final, en el que aguardamos la segunda venida del Señor.

En el Evangelio de Marcos 13,24-32, vemos que Jesús, habla a los suyos de este tiempo final, en el que las guerras y los cataclismos son signos de que la creación está de parto hasta la venida del hijo del hombre como juez de la historia y vencedor de las fuerzas del mal. El traerá el Reino para todos los que se hayan mantenido en la fidelidad y no hayan sucumbido ante los falsos dioses. Todo esto es lo que ha comenzado con la muerte y resurrección de Cristo, de ahí que se nos invite a la vigilancia, esto es a captar en los acontecimientos, ya su retorno glorioso y así adherirnos plenamente a su Palabra, que es más estable que los cielos y la tierra, los cuales también pasarán. A cerca de cuando será esto, el mismo Cristo, se ha sometido a la voluntad del Padre.

Mientras tanto, la segunda lectura, de Hebreos 10,11-14.18, nos muestra que el sacrificio de Cristo, su entrega por todos nosotros, a diferencia de los sacrificios antiguos, ha sido de una vez para siempre, lo que indica una superación con respecto a aquellos otros sacrificios pasados, que no pertenecían al tiempo final. A partir de ahora Cristo, que ha vencido a las fuerzas del mal y está sentado en el trono de Dios, está a la espera de que su victoria se vuelva evidente. Mientras tanto, tenemos la Eucaristía, «pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación», memorial del sacrificio realizado de una vez para siempre por los pecados.

Con Cristo, la eternidad ha irrumpido en la historia y quien vive con él el dolor como pascua, entra ya en la eternidad y hace posible que ésta, vaya transfigurando ya el tiempo presente con su luz. Pero mientras tanto, vivimos el conflicto entre la luz y las tinieblas y así lo experimentamos en nosotros y en lo que nos rodea, de ahí que debamos mantener la vigilancia en el combate, de manera que la victoria de Cristo se vaya dando en nosotros, hasta que sea derrotado el mal.

El Espíritu nos guía y fortalece en la prueba, para que vivamos el momento presente como anticipo y lugar en el que vivimos en medio de la lucha, su presencia y su salvación.

Domingo 32 T.O. CicloB

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Las dos viudas, tanto la de la primera lectura del libro de los reyes, 17,10-16, que se fía de la Palabra del profeta, que le predice una intervención prodigiosa del Señor y es capaz de renunciar a lo que le aseguraría la supervivencia para este día, como la viuda del Evangelio de Marcos 12,38-44. que ofrece dos monedas de muy poco valor en el cofre del templo, nos enseñan a no tener miedo de ofrecer a Dios todo lo que tenemos y somos, es decir, a consagrarle nuestra vida de manera, que si hacemos suyo lo que es nuestro, será después tarea suya, la preocupación por lo nuestro.

Creer en Dios, significa creer que Dios es Dios y fiarse por eso de él, abandonarse en él, sin cálculos ni preocupaciones por el mañana.

A nosotros, esto nos puede parecer, una imprudencia temeraria, pero en cambio no lo es para los que no tienen ninguna seguridad a la hora de hacer frente al hoy ni al mañana.  Tal vez por ello, debamos aprender de ellos a vivir la fe y esto es lo que propone Jesús a los discípulos, que vivan bajo la lógica de la fe, como la pobre viuda.

Mi familia, mi trabajo, mis pocos o muchos recursos de todo tipo, pueden ser sometidos a la lógica de la fe y ser confiados y entregados por completo al Señor, pero esto no consiste en despreocuparnos, ni en un mero sentimiento fugaz, sino más bien, en no poner nuestra vida en ellos, es decir, tratarlos como nuestros y administrarlos como nuestros, y con un corazón conforme al nuestro, pero sin ser nuestros, ya que los hemos puesto en las manos de Dios, y en el tesoro de la comunión de los santos, de manera que Dios pueda disponer de nuestra vida para bien de sus hijos y de un mayor beneficio también para nosotros. Incluso todo eso que tenemos como más nuestro: la pobreza existencial, el pecado, también lo ofrecemos, sabiendo que el Señor, ha venido para tomarlo sobre sí y transformarlo en sacrificio de amor. Así nos lo recordaba la segunda lectura de Hebreos 9,24-28. «Cristo se ofreció una sola vez para tomar sobre si los pecados de la multitud, pero aparecerá por segunda vez ya sin relación al pecado, para dar la salvación a los que le esperan». Él es el sacerdote de la nueva alianza, el siervo de Yaveh, que no solo perdona, sino que destruye el pecado con su sacrificio y así es como nos trae la salvación. En el somos reconstruidos, liberados, salvados.

Si ponemos nuestra vida en sus manos, como la pobre viuda, sentiremos la alegría de vivir de él, por él y en él.

2º Domingo de Adviento, ciclo C

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El segundo Domingo de Adviento, está marcado por la figura de Juan el bautista, el que escucha y predica. San Lucas 3,1-6 en el evangelio, lo expresa así: «La palabra de Dios vino sobre Juan, el Hijo de Zacarías, en el desierto…y fue por toda la región del Jordán predicando que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonaran los pecados». Juan, habiendo escuchado la Palabra de Dios en el desierto, ahora la puede hacer resonar en el Jordán como oferta de salvación. Se nos invita a ser como él, profetas que reconocen a Dios como el verdadero protagonista de la historia de la salvación, el que rebaja los montes y rellena los valles de nuestra soberbia, de la injusticia social, de nuestro corazón herido. He ahí nuestra esperanza.

Seamos pues,  profetas de un tiempo nuevo, que no se dejan vencer por la dificultad ni por el temor. Profetas, que aguardan en el desierto, es decir, en el silencio de la búsqueda de lo esencial, de la lucha contra la soberbia, de la escucha de la Palabra, del distanciamiento crítico, la venida de su Señor. Profetas que trabajan así, por el advenimiento de un mundo más justo, más humano y más fraterno.

La segunda lectura de San Pablo a los filipenses 1,4-6.8-11, nos recuerda que este tiempo de espera es también un tiempo de crecimiento en el amor. Alguien lo comparaba con cierta gracia, al perro que atado a la farola, espera que su amo salga de la tienda a la que ha entrado a comprar. Todos los que pasan le hacen caricias y carantoñas, pero él permanece afanado en la espera. En nuestro caso, Ese, mientras tanto, de la espera, es el tiempo del crecimiento en el amor, del conocimiento de los valores, lo que nos hace a la vez profundizar en el conocimiento y mayor agudeza en el discernimiento, de la tensión hacia lo mejor, de la integridad y transparencia de las costumbres. De manera que como nos recuerda Pablo, «el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles, cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo para gloria y alabanza de Dios».

El profeta Baruc, 5,1-9, en la primera lectura, nos muestra el camino de retorno del destierro y la reconstrucción de la capital, Jerusalén, que será llamada: «paz en la justicia y gloria en la Piedad», lo que se traduce en una vida de justicia, que traerá la paz y la piedad, es decir, el respeto a Dios, y todo ello será motivo de gloria y alabanza.

Pone así de manifiesto, que Dios es el Señor de la historia y que es él, el que resuelve en favor del hombre los tiempos de la prueba, allanando el camino de regreso.

Que, en medio de nuestra realidad de cada día, vivamos también la alegría del retorno y del encuentro con Dios que nos viene a buscar por medio de Jesucristo y a sacar de nuestro exilio interior, para guiarnos por el desierto de cada día, a la esperanza de su Reino; a la justicia, al amor y la paz.

2º Domingo de Adviento, Ciclo C

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El segundo Domingo de Adviento, está marcado por la figura de Juan el bautista, el que escucha y predica. San Lucas 3,1-6 en el evangelio, lo expresa así: «La palabra de Dios vino sobre Juan, el Hijo de Zacarías, en el desierto…y fue por toda la región del Jordán predicando que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonaran los pecados». Juan, habiendo escuchado la Palabra de Dios en el desierto, ahora la puede hacer resonar en el Jordán como oferta de salvación. Se nos invita a ser como él, profetas que reconocen a Dios como el verdadero protagonista de la historia de la salvación, el que rebaja los montes y rellena los valles de nuestra soberbia, de la injusticia social, de nuestro corazón herido. He ahí nuestra esperanza.

Seamos pues,  profetas de un tiempo nuevo, que no se dejan vencer por la dificultad ni por el temor. Profetas, que aguardan en el desierto, es decir, en el silencio de la búsqueda de lo esencial, de la lucha contra la soberbia, de la escucha de la Palabra, del distanciamiento crítico, la venida de su Señor. Profetas que trabajan así, por el advenimiento de un mundo más justo, más humano y más fraterno.

La segunda lectura de San Pablo a los filipenses 1,4-6.8-11, nos recuerda que este tiempo de espera es también un tiempo de crecimiento en el amor. Alguien lo comparaba con cierta gracia, al perro que atado a la farola, espera que su amo salga de la tienda a la que ha entrado a comprar. Todos los que pasan le hacen caricias y carantoñas, pero él permanece afanado en la espera. En nuestro caso, Ese, mientras tanto, de la espera, es el tiempo del crecimiento en el amor, del conocimiento de los valores, lo que nos hace a la vez profundizar en el conocimiento y mayor agudeza en el discernimiento, de la tensión hacia lo mejor, de la integridad y transparencia de las costumbres. De manera que como nos recuerda Pablo, «el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles, cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo para gloria y alabanza de Dios».

El profeta Baruc, 5,1-9, en la primera lectura, nos muestra el camino de retorno del destierro y la reconstrucción de la capital, Jerusalén, que será llamada: «paz en la justicia y gloria en la Piedad», lo que se traduce en una vida de justicia, que traerá la paz y la piedad, es decir, el respeto a Dios, y todo ello será motivo de gloria y alabanza.

Pone así de manifiesto, que Dios es el Señor de la historia y que es él, el que resuelve en favor del hombre los tiempos de la prueba, allanando el camino de regreso.

Que, en medio de nuestra realidad de cada día, vivamos también la alegría del retorno y del encuentro con Dios que nos viene a buscar por medio de Jesucristo y a sacar de nuestro exilio interior, para guiarnos por el desierto de cada día, a la esperanza de su Reino; a la justicia, al amor y la paz.

La Santidad ( día de todos los santos)

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La santidad es nuestra casa. Cuando por diferentes razones estamos fuera de casa, añoramos y queremos y deseamos volver a casa. La Navidad es uno de esos momentos en que los que están fuera y pueden, regresan a casa y qué felices estamos de regresar a casa.

La santidad es ese deseo de estar en casa con los nuestros, de vernos, abrazarnos, dialogar, ver cómo estamos, qué hemos hecho…Es el deseo del Reino.

Las lecturas de este día de todos los santos, nos recuerdan en primer lugar que todos estamos llamados a la santidad, es decir a regresar a casa, y que todos tenemos espacio en esa casa que es la casa del Padre. Alí nos dice el libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14, en la primera lectura, que nos encontraremos con Dios nuestro Padre y con todos los que allí le adoran y gritan con voz potente: «la victoria es de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero». Esto es, que la victoria no es del mal, aunque estemos rodeados por el mal; que la victoria no es de la muerte, aunque estemos rodeados de muerte y la muerte acontezca en nuestra vida. La victoria no es del pecado, aunque experimentemos el pecado en nosotros y en los que nos rodean. «La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero». Por tanto, «sea la alabanza, la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza a Dios por los siglos de los siglos». Y terminaba diciendo que: «estos son los que vienen de la gran tribulación: han la vado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero». Los santos son los que han llegado a la casa del Padre, al cielo, porque han estado y vivido con Cristo. Su sangre les ha salvado, les ha redimido, curado, alimentado.

La segunda lectura de Primera de Juan 1Jn 3,1-3, nos recuerda que, entonces es cuando se manifestará lo que realmente somos. Todos tenemos lo mismo: defectos, debilidades, distracciones, flaquezas, pero por encima de todo esto, somos hijos, hijos amados, hijos queridos. Esto que ahora no vemos o lo vemos mal, entonces lo veremos con total claridad y nos encontraremos por tanto con nuestro verdadero yo. Gracias a Cristo hemos podido renunciar a nosotros mismos, para encontrarnos con nuestro verdadero ser, nuestro verdadero yo. Pues, «hemos lavado y blanqueado los vestidos con la sangre del Cordero».

El Evangelio, es el Evangelio de las bienaventuranzas: Mt 5,1-12ª, Vivir las bienaventuranzas es vivir según Cristo, pues él es el que las ha vivido de verdad. El se ha hecho pobre por nosotros, se ha hecho manso y ha llorado por nosotros, ha padecido por nosotros hambre y sed de justicia, también ha sido misericordioso con todos, limpio de corazón, y dador de paz. También ha sido perseguido por causa de la justicia. Por último, y de este modo, las bienaventuranzas nos invitan a sabernos dichosos cuando vivimos también estas cosas, por su causa, porque entonces comprenderemos que solo en el cielo podremos ser felices de verdad solo allí será colmada nuestra esperanza y solo allí encontraremos todo lo que hemos buscado y deseado, aunque sin encontrarlo.

Ser santo, es por tanto, vivir como Cristo y estar con Cristo alimentarnos de él, seguir sus pasos, morir con y como él y resucitar con y como él. Seamos santos, no necesariamente, santos de hornacina, sino santos de la puerta de al lado, como tantas veces nos ha recordado el Papa Francisco. Santos que encontramos cada día en el metro, en el mercado, en la oficina, en el trabajo. Santos que sufren, lloran y oran, trabajan y luchan continuamente, mientras aguardan la llegada del Reino, su verdadera Patria, su verdadero hogar, su verdadera y ansiada, felicidad.

Domingo 31 Ciclo B

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Si amamos a Dios, hemos de amar al prójimo. La primera lectura del libro del Deuteronomio, nos sitúa en el corazón de la espiritualidad bíblica y nos coloca ante el verdadero temor del Señor que es sinónimo de adhesión, escucha reverente y obediencia amorosa. De ahí, la importancia de la escucha como nos recuerda la oración del Shemá al final del versículo, y que es el Credo de Israel. Después de afirmar el amor a Dios acaba diciendo: «El señor es nuestro Dios, el Señor es uno». Que importante también para nosotros como hijos de la promesa hecha por Dios a Abraham, recordar esto, que Dios establece con nosotros, el pueblo de la Nueva Alianza, una relación tal que nos permite hacer de nuestra vida una entrega al amor y al bien que tienen en él su origen.

Jesucristo, como nos dice la segunda lectura, es el que vive plenamente esta entrega al inaugurar un nuevo y eterno sacerdocio. El suyo no es un sacerdocio como el de aquellos que cada día deben ofrecer sacrificios por sus pecados y por los del pueblo, sino que ofrece el sacerdocio que no pasa, el sacrificio de si mismo, que engloba no solo el amor incondicional a Dios, sino también al prójimo, por quien se ofrece hasta la muerte y muerte de cruz.

El Evangelio, nos muestra en esta ocasión, a diferencia de los domingos anteriores, a un maestro de la ley que le pregunta algo muy concreto, pues pensemos que había 248 mandamientos y 365 prohibiciones, la pregunta: ¿Cuál es el mandamiento mas importante de la ley? Jesus le responde, que lo importante es amar a Dios, él es el único que merece todo nuestro amor y aquí introduce qué significa amar totalmente a Dios. Amar totalmente a Dios, significa amar al prójimo como a uno mismo. Esto es lo que él ha vivido plenamente y el sentido de su sacerdocio nuevo y eterno. Con Cristo, hemos llegado a conocer lo que realmente agrada a Dios, su voluntad.

Dios es la fuente, su amor nos envuelve, por tanto, no nos podemos dispersar y hemos de volver continuamente a él, al uno, al que lo sostiene todo. Amar a Dios es ofrecerle lo que somos, tenemos, hacemos, deseamos, porque todo procede de él, de manera que, si le amamos a él, amaremos también lo que hay en nosotros, que procede de él y todo lo que nos rodea, que procede también de él y esto es fundamentalmente el prójimo.

Tendremos por tanto muchos compromisos, muchas actividades, muchos a los que atender, pero él será la fuerza que nos sostenga y que nos lleva a la unidad de nosotros mismos y hacia los demás, pues le amaremos a él a nosotros y a los demás con un mismo e indivisible amor, esto es con su mismo amor, que es en definitiva el amor de Jesús. El es el que ha cumplido de verdad este mandamiento del amor, de manera que habiéndolo cumplido puede ahora mostrárnoslo como asequible a todos y a todas. Esa es la razón de su sacerdocio, que hace posible eso de que: «el amor vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Domingo 30 T.O. Ciclo B

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En la primera lectura de Jr 31,7-9 el Señor dirige por medio del profeta, una palabra de consuelo a su pueblo que está lacerado por las divisiones y por el exilio y le dice que mantenga viva la esperanza. Al pequeño resto que guarda la Alianza, Dios le promete el regreso y no solo el regreso, sino también su ayuda y protección, como si se tratara de un nuevo éxodo. Dios pondrá también en marcha una nueva Alianza, que será realizada en el corazón de los hombres. Así lo expresa el Profeta más adelante: «pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (Jr 31,31). Así que Dios, desde nuestra interioridad, nos permite vivir de un modo nuevo, esto es, haciendo posible la justicia, la solidaridad y la paz.

En el Evangelio, continuamos escuchando el relato de Marcos 10,46-52 en el que prosigue la marcha de Jesus hacia Jerusalén. Hoy se nos presenta el relato del ciego Bartimeo, que grita a Jesús. Bartimeo, es un descartado de la sociedad, un mendigo y además está ciego, pero sabe que es Jesus el que pasaba por allí y le grita, invocándole con el título mesiánico de: «hijo de David». El evangelista, nos muestra así claramente quien es Jesus y quien es el hombre. El ciego, representa al hombre, que sabe que si deja pasar esta ocasión única de dirigirse a Jesús, no le quedará otra cosa que recaer en la oscuridad y tener como única perspectiva la muerte, por lo que solo le queda gritar, no puede hacer otra cosa sino gritar. Esa es su oración y así nos ha dejado un modelo de oración, como grito a la misericordia de Dios y que la tradición cristiana ha recogido en la llamada: «oración de Jesús u oración del corazón» en la versión: «Señor Jesucristo, hijo de Dios ten piedad de mi». Juan Pablo II en la Encíclica Dives in misericordia, nos recordaba que: «En ningún momento y en ningún período histórico —especialmente en una época tan crítica como la nuestra— la Iglesia puede olvidar la oración, que es un grito a la misericordia de Dios, ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan». El grito de Bartimeo, indica no solo todo eso sino también su fe en la bondad y en el poder de Jesus, convirtiéndose así en modelo de creyente que ante nada retrocede y sigue a Jesus en su camino hacia la cruz, en la que se revela la plenitud de lo que significa ser el Mesías. El ciego es el que cree sin ver y ve creyendo, pudiendo así seguir a Jesus, y Jesus le permitió ver lo que todos necesitamos ver, a saber: nuestra situación y nuestro destino de pasión y gloria; de muerte y resurrección. Este es el milagro que se operó en él, el de la fe que le lleva a la visión y le impulsa a caminar.

Que nuestra oración insistente y continua, se convierta también en un grito de repudio del mal de este mundo y permita la manifestación de los más puros deseos del hombre, de sus ansias de un mundo nuevo, de su deseo de que el Reino venga, de contemplar la gloria de Dios (Ex 33,18), y de ver a Dios tal cual es y de asemejamos a él (cf 1 Jn 3,2)..

La segunda lectura de Hebreos 5,1-6 nos muestra a Jesus, que va por delante, abriendo camino y garantizando la misión. Los que han recibido la vista, como el ciego, deben seguir sus pasos y caminar tras él.

Domingo 29 T.O. Ciclo B

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Lo que nos salva no es el sufrimiento, sino el que ama y quiere que todos se salven y por ello acepta el sufrimiento.

Esto es lo que ocurre al siervo que hace posible el plan de Dios y del que nos habla Isaías 53, 2ª.3ª. 10 ss en la primera lectura y cuyo sufrimiento es equiparable a dar a luz una nueva vida.

Sufrimiento que es rechazado, como rechazado es todo sufrimiento y como rechazado es el que sufre, pero este es un sufrimiento redentor, que nos habla de volver a ser lo que somos, esto es: hijos amados; lo que supone, un volver a nuestro origen a nuestras raíces.

El Siervo de Dios, no vive el sufrimiento bajo el signo del castigo, sino bajo el signo de la elección y la predilección de Dios, y así es como puede cumplir su voluntad, que consiste en llevar a todos a la reconciliación y a la paz, es decir a la salvación.

Jesús, que hace presente la figura del siervo, es proclamado en la segunda lectura de Hebreos 4,14-16, Sumo sacerdote, pero especifica que se trata de un Sumo sacerdote, capaz de compadecerse de nuestras flaquezas, que él mismo ha asumido, excepto el pecado, que consiste en el rechazo de Dios y de su voluntad. Por el contrario, él se ha unido totalmente a la voluntad del Padre y se ha mantenido en ella hasta el punto de ser su alimento. De este modo, su cuerpo y su sangre, ofrecida por todos, se ha convertido en el verdadero y único sacrificio agradable al Padre. Si bien como hombre, ha experimentado la debilidad, como Hijo de Dios, puede rescatarnos del pecado, pues hace posible que podamos acudir al «trono de la misericordia». Es decir, a la reconciliación, al perdón de los pecados. No nos deja en la muerte, sino que nos llama a la resurrección.

El Evangelio de Marcos 10, 35-45, Nos presenta a Jesús, que camina decidido hacia Jerusalén, hacia la pasión y en ese caminar va instruyendo a los suyos, que siguen sin entender lo del desprenderse de todo para seguirle, como escuchábamos el domingo pasado. Como cualquiera, pretenden privilegios, poder y gloria, pero Jesus, les muestra que el verdadero poder y la verdadera gloria, consisten en darse y en dar la vida por los demás ¿estáis dispuestos a ello les pregunta? ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Ellos sin mucha claridad, contestan que sí, pero Jesús les dice que esta entrega por los demás, como signo de amor y deseo de salvación, es algo que solo Dios nos puede dar. Nosotros aspiramos a la gloria de este mundo y a la de los grandes, pero ellos son los que oprimen y gobiernan tiránicamente, en cambio, la gloria de Cristo es la del siervo que se hace esclavo de todos y da su vida en rescate por todos. Esto sí que es capaz de transformar las estructuras pecaminosas de este mundo y hacer posible el reinado de Dios.

Necesitamos convertirnos, cambiar nuestra mentalidad por la de Cristo, que nos enseña a aspirar a un tipo de grandeza y de gloria distintas: la del amor incondicionado, que se hace humilde servicio al prójimo, hasta entregar la propia vida ¿estamos dispuestos a beber este cáliz? Una vez más el Señor nos enseña, que esto es imposible para nosotros, pero no para Dios.

Domingo 28 T.O. Ciclo B

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Domingo XXVIII del T.O.

La primera lectura del libro de la Sabiduría 7,7-11, nos muestra que la Sabiduría no es fruto de la habilidad o de una adquisición humana, sino que solo puede ser recibida de lo alto y es preferible a cualquier tesoro. Pues bien, a nosotros, esta Sabiduría se nos ha revelado en Jesús, él es el verdadero rostro de la Sabiduría, en él hemos visto el rostro de Dios, su amor por nosotros, su preocupación por nosotros. El P. Caussade en su tratado sobre el abandono en la divina providencia dice: «Puesto que Dios se nos ofrece para ocuparse de nuestros asuntos, dejémoslos pues de una vez en manos de su infinita sabiduría, para no ocuparnos ya sino de él y de lo que le concierne». ¿Qué significa ocuparnos de él sino, preferirlo a todo, como nos decía la primera lectura, hablando de la sabiduría: «la preferí a cetros y a tronos y a su lado en nada tuve la riqueza.

El Evangelio de Marcos 10,17-30, nos presenta un buen ejemplo de lo que es el diálogo con Jesucristo, Sabiduría del Padre. Un diálogo que como hemos visto en ese personaje, está marcado por el deseo de la salvación: ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? Jesus le responde lo que él ya sabe: cumple los mandamientos, a lo que le responde, que él ya los cumple desde siempre. Entonces Jesus aprovecha para mostrarle hacia donde nos conduce la verdadera Sabiduría que es él: «una cosa te falta: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme».

Los mismos discípulos se quedan perplejos ante la respuesta y aquel, incluso, dejó plantado a Jesús, pues confiaba en su riqueza y Jesus le pide ir más allá, hacia una radicalidad, hacia un anteponerle a él a todo. El abandono en la divina providencia es la escuela a la que nos llama Jesús. Dejarlo todo para encontrarlo todo, morir a nosotros para resucitar en él: «os aseguro que todo aquel que haya dejado casa, hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras por mi y por la buena noticia, recibirá en el tiempo presente cien veces más y en el mundo futuro la vida eterna».

A partir de aquí, entendemos también lo que nos dice la segunda lectura de Hebreos 4, 12-13: «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo…juzga los deseos e intenciones del corazón». Nosotros, como el personaje del evangelio, dejamos esta Palabra que es Cristo, para ocuparnos de nuestros asuntos, pero el que le sigue, encuentra en él mucho más de lo que cree necesitar: cien veces más, pero junto con persecuciones, aclara el evangelista. Nada es comparable a esta vida que Cristo nos da y solo la podemos recibir si hacemos como aquel comerciante avispado, que lo vende todo para adquirirla.

Pero también aclara Jesus a los apóstoles que esto es imposible para nosotros, pero que para Dios, todo es posible.

Domingo 27 T.O. Ciclo B

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La Palabra de Dios, nos habla este domingo de la unidad entre el hombre y la mujer y del carácter indisoluble del vínculo matrimonial, algo que hoy nos puede parecer utópico o perteneciente al pasado. Es como si lo que nos dice la primera lectura de Génesis 2,18-24, a cerca de la creación del hombre y de la mujer, como lo que nos dice Jesús en el Evangelio de Marcos 10,2-16, a cerca de la controversia con los fariseos sobre el divorcio, pareciera algo mítico o algo fabuloso, pero para nada real, en cambio esta Palabra es hoy y siempre «viva y eficaz» y dirigida a nosotros en este momento, de manera que es el mismo Cristo el que nos muestra en la segunda lectura de Hebreos 2,9-11, que ese sufrimiento y esa fatiga concreta que experimentan hombres y mujeres cuando quieren vivir su unión de una manera estable, constructiva y fecunda, no es ajeno a ese otro sufrimiento que ha padecido Jesús por todos y cada uno de nosotros, al unirse a nuestra naturaleza humana para traernos la salvación. Salvación que no la trae el sufrimiento como tal, sino el amor que nos ha manifestado por medio de ese sufrimiento, de manera que así nos acompaña en el camino del amor y nos enseña a vivir en fidelidad y amor al plan de Dios, bien sea en el matrimonio o en la vida célibe por el reino.

El que ha experimentado el sufrimiento en su camino de fidelidad al Padre, y a su designio de amor (matrimonio) por nosotros, nos enseña también a vivir el sufrimiento y a vencerlo no a través de la disolución del vínculo contraído, sino a través de la perseverancia en el amor que nos lleva a una unión mucho mas viva y auténtica con el Padre. De resultas de la unión con el Padre, que Jesus ha hecho posible, podremos perseverar en nuestros compromisos de por vida y dando fruto abundante. El secreto es estar unidos a Cristo y por él al Padre. Entonces nuestros sufrimientos serán los suyos y su fidelidad, la nuestra. Es un intercambio de amor, realizado desde la gracia de su misericordia y su perdón.

La unión indisoluble del hombre y la mujer es una verdad inscrita en el ser humano, una verdad que hace patente su capacidad y su necesidad de amar y de ser amado. Ahí vemos expresada también la suprema dignidad del hombre y de la mujer como «imagen y semejanza de Dios». El matrimonio, es signo de la unidad que estamos llamados a vivir en Dios, pero realizada ya aquí y ahora, pues como dice S. Juan Crisóstomo: «la mujer y el hombre no son dos seres, sino uno solo».

La dureza de corazón de los israelitas, que llevó a Moises a dictaminar el divorcio, es la dureza de corazón que ahora los discípulos muestran con respecto a los niños y que Jesus corta de raíz diciendo que: «el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él».

Domingo 26 T.O. Ciclo B

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En el Antiguo Testamento, el Espíritu es un don que reciben algunos encargados de una misión pública y para un tiempo solamente. La promesa de una donación del Espíritu en plenitud, que es el deseo de Moisés, se cumplirá en el Nuevo Testamento y en la Iglesia, en la que todos los bautizados son sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu es un don que no está sometido a condicionamientos humanos. Dios, Señor de la historia actúa con soberana libertad, pero a favor de su pueblo y de los hombres. Este es el mensaje de la primera lectura del libro de los Números 11,25-29. La institución acoge el carisma, pero no lo puede encorsetar, de manera que los que no estaban presentes, aunque pertenecían al grupo, también reciben el Espíritu. Dios hoy, puede actuar también desbordando toda institución.

En este sentido, el Evangelio de Marcos 9,37-42.44.46-47 nos dirá que no están en comunión con Jesús sólo los que son oficialmente de los suyos. Jesús no es propiedad de nadie en particular y hay personas que, aunque no se consideren discípulos de Jesús, no son de hecho, contrarios a él. La frase: «el que no está contra nosotros está a favor nuestro», nos invita a contemplar la vida real, con sus dramas, de manera positiva y respetuosa con todos, pues todo el que busca el bien, la honradez, la justicia, la verdad y el respeto al hombre, está ya en el reino de Jesús, está con y cerca de él. Es importante no perder de vista este talante conciliador e integrador de Jesús, del cual estamos tan necesitados para llevar adelante la Misión que él nos ha encomendado. El radicalismo, el exclusivismo, no caben en el proyecto de Jesús, pero él mismo nos invita a la radicalidad de su seguimiento, lo cual nos indica que su Reino y los valores del Reino son un don y una necesidad universal y para todos. Mención especial, en este sentido, es la que se hace de los débiles en la fe, a ellos no se les puede escandalizar de ninguna manera y sería mejor perder algún miembro, es decir, algo que es muy importante para nosotros, antes que poderlo hacer.

Todo esto es lo que nos recuerda la segunda lectura del Apóstol Santiago 5,1-6, que los bienes de este mundo, no solo los materiales, sino los culturales, técnicos y espirituales no pueden estar en manos de unos pocos, sino que tienen una función y un destino universal. De manera que cuando esto no ocurre, es Dios mismo el que escucha los gritos del pobre, si es retenido su salario o como también, comprobamos en Jesús, que se ha hecho pobre por nosotros, y en quien vemos al justo que pone su confianza enteramente en el Señor que «escucha su grito y lo salva».

Así es como hemos de construir el Reino en la etapa presente en el ahora, por medio de la comunión sincera, el compartir real y la solidaridad respetuosa con todos, y vamos preparando así, su llegada definitiva y plena.

Domingo 25 T.O, Ciclo B

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Sobre la base primaria e instintiva de querer el éxito personal y perseguirlo a toda costa incluso eliminando al que pueda ser un obstáculo para conseguirlo o el deseo de hacer grupos de poder, que crean adeptos que se enfrentan a otros grupos, el Evangelio de este domingo nos muestra que todos esos mecanismos automáticos y que se refieren al hombre viejo, encuentran en Cristo su superación.

Dios que se nos ha revelado en Cristo, nos muestra, en primer lugar, que Jesucristo no es el que pretende triunfar a toda costa, sino el que se entrega por amor a su plan de salvación. Así lo vemos en el pasaje del Evangelio de este domingo de Marcos 9, 30-37. «El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le darán muerte y, después de morir, a los tres días resucitará». Pero al igual que a los discípulos, nos da miedo preguntar qué significa eso de que va a ser entregado, preferimos no entrar en detalles y al final nos quedamos con la duda lacerante ¿Acaso Dios desea el mal del Hijo y que sea sometido a la burla y al desprecio? Dios no quiere el mal, pero si lo acepta, es para nuestro bien o el bien de los demás.

La primera lectura del libro de la Sabiduría, 2,12.17-20, nos muestra, como el justo es el que sigue los mandatos de Dios y por ello, es rechazado por los demás. Al no conocer a Dios, lo condenan, sencillamente porque «no es de los nuestros» y «tiene un comportamiento distinto del nuestro». Esto se cumple en Jesucristo, que es rechazado, condenado y crucificado por el mundo, pero es el que resucitado ha sido habilitado por Dios y vive eternamente intercediendo por nosotros.

Jesus, nos enseña un modo nuevo de vivir en apertura a Dios y a los demás, y ¿Qué es lo que nos impide estar abiertos a Dios y a los demás? nos lo recordaba el apóstol Santiago en la segunda lectura 3,16-4,3, cuando dice: «sois como un campo de batalla y estáis en guerra. Ambicionáis y no teméis, asesináis y envidiáis, pero no podéis conseguir nada; lucháis y os hacéis la guerra y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones».

Tenemos que poner paz en nosotros y en nuestro alrededor y esa paz es la que proviene de Cristo que nos dice en primer lugar, que la jerarquía entre los discípulos se estructura según el criterio del servicio y del ponerse en el último lugar. Esto es lo que ha hecho él mismo. Y en segundo lugar, uniendo la acogida de Jesús y del Padre a la acogida de un niño. El niño era en el mundo antiguo escasamente considerado, llegando a ser imagen de todos los que no son considerados dignos de atención y de estima, pero sin embargo, y curiosamente, son ellos los que reciben el don del amor de Jesús y pasan a ser sacramento del mismo Jesús, como él lo es con respecto al padre.

En definitiva: que la autojustificación y la crítica van siempre de la mano, lo mismo que la justificación por la gracia y el servicio, van siempre unidos.

Domingo 24 T.O. Ciclo B

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¿Quién es Jesús? La pregunta, nos la hemos hecho en algún momento. Para responderla, hemos aprendido fórmulas o sencillamente decimos algunas, que no nos comprometen demasiado y así decimos; que es un gran hombre, que es protector de los débiles, que es el Señor.

Toda respuesta, sin dejar de ser verdadera, estará vacía, si no afecta a nuestra vida y si no expresa un compromiso con Jesús. Por eso, la segunda lectura del Apóstol Santiago, nos decía que una fe sin obras es una fe muerta y el Evangelio de Mateo, aun nos recordará, que los que no tienen una fe explícita en su presencia y han socorrido a los necesitados, es al mismo Cristo a quien lo han hecho.

Es verdad que la fe salva, como bien nos enseña San Pablo, pero la fe o nos lleva a las buenas obras o no es auténtica. La fe o se traduce en amor o no existe. Si la fe es don, las obras son la respuesta positiva a ese don. En una palabra, que si creemos, buscaremos hacer la voluntad de Dios y ese es el reto: no solo que creamos en él, sino que vivamos como él. Por eso Jesús, que se ha manifestado como Mesías y así lo ha expresado abiertamente Pedro con la expresión: «Tú eres el Mesías», quiere manifestarse también como Hijo de Dios, lo cual es todavía no evidente para Pedro y para los discípulos, de ahí que tenga que insistirles que ha de sufrir como Hijo y en obediencia al Padre, para llevar a cabo la salvación. La redención, operada por Cristo pasa por el sufrimiento y esto nos indica que el sufrimiento tiene un sentido redentor. Cuando sufrimos con Cristo, nuestro sufrimiento tiene también un sentido redentor, por eso, cargar con la cruz, significa que, si unimos nuestro sufrimiento al de Cristo, también éste tiene un sentido redentor, pues si Cristo nos he redimido por la cruz, esta redención que ya se ha dado, se tiene que dar en cada uno de nosotros ¿Cómo?  Cargando con nuestra cruz y uniendo nuestra cruz a la de Cristo. En una palabra: sufriendo con Cristo. El que así obra, nos decía, la primera lectura, de Isaías, no verá decepcionada su confianza y puede hacer frente a sus enemigos de forma resuelta, pues el Señor le ayuda. Este es el Siervo, el que ha puesto en Dios su confianza, ha sido ultrajado, pero Dios es testigo de su inocencia.

Las palabras del centurión a los pies de la cruz, dan fe de esta verdad: «realmente este es el Hijo de Dios». Este es el que hace la voluntad del Padre y el que viene a traernos no un mesianismo de triunfo, sino de humillación y sufrimiento. Hemos de dar una vuelta a nuestro modo de pensar y a la imagen de Dios que nos habíamos construido. Siguiendo los pasos de Jesús, hemos de proyectar nuestra vida, no como posesión egoísta y autosatisfactoria, sino como entrega.

Domingo 23 T.O. CicloB

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Jesús, se nos muestra en el Evangelio de este Domingo, cercano a alguien que por su enfermedad (sordomudo) se siente excluido de la sociedad, pero Jesus le cura, es decir, le devuelve no solo la salud, sino la capacidad de sentirse uno con los demás y recuperar su dignidad. Qué duda cabe que éste será después, uno de los que anuncien con fuerza la alegría de la salvación, el Evangelio de la misericordia y del perdón.

También nosotros somo sordos cuando no oímos las necesidades de los demás y somos mudos, cuando no somos capaces de decir una palabra de aliento al que está en el sufrimiento o en el dolor.

Si vivimos con Cristo y en Cristo, entonces comprenderemos la verdad de lo que somos, es decir: pobres por nuestra incapacidad, pero como nos recordaba la segunda lectura, llamados a ser ricos en la fe y herederos del Reino, pues como el hombre del Evangelio, que al encontrarse con Jesus, experimentó un cambio radical en su vida, así nosotros también experimentamos con Cristo la fuerza de su palabra que nos llama a la conversión. Entonces, no nos escandalizaremos de nosotros mismos y podremos acoger con la palabra de Jesus, la invitación a escuchar a los demás y a poderles decir igualmente, una palabra de aliento. Pero si no acogemos la palabra de Cristo y no somos capaces de reconocer que él nos ha escogido en nuestra pobreza, para ser herederos de su reino, prometido a todos los que le aman, seguiremos siendo sordos y mudos, incapaces de acoger y dar la Palabra que puede devolvernos a la vida de la comunión y del amor, y que nos libera de la sordera y de la incapacidad de hablar; podremos amar y escuchar al Señor en su palabra y proclamarla a los demás. Podremos alabarle y bendecirle por los dones que nos concede, y, sobre todo, podremos dirigirnos a él con un corazón nuevo, que no excluye a nadie, sino que a todos acoge y ama, pues es un corazón libre para amar, abierto al amor y a la verdad.

Si escuchamos la Palabra que nos salva y que puede devolvernos a la alegría del amor y del perdón, podremos afirmar, también, que todo lo ha hecho bien y nos sabremos partícipes de ese bien y de esa bondad que viene de lo alto, que no depende de nosotros pero que sí debemos pedir para poderla llevar a la práctica.

Domingo 22 T.O. Ciclo B

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Dios ha elegido por puro amor a su pueblo y ha establecido con él una Alianza. La primera lectura de Deuteronomio 4,1-2.6-8 nos habla de que la aceptación de un solo Dios y de las exigencias de la Alianza, lleva consigo la escucha fiel de la Palabra de Dios que es fuente de vida y de libertad. Este Dios no es un Dios alejado del hombre, sino que está en su interior, en su corazón, en su intimidad. En esta línea está también Jeremías, Oseas o el mismo San Juan. Es la corriente de espiritualidad característica del Deuteronomio y tiene como Palabra clave, la escucha. Israel, ha sido llamado, en virtud de la elección divina a escuchar la ley que Dios le da y a ponerla en práctica sin alterarla, solo así será conocido  y se distinguirá de los demás pueblos, como pueblo sabio y sensato y Dios pasa a ser el Dios cercano y próximo, que sobrepasa toda capacidad y todo juicio.

La segunda lectura es de la Carta del Apóstol Santiago 1,17-18.21b22.27 y nos recuerda que la escucha de la Palabra requiere una actitud de apertura especial y particular. Si bien esta Palabra revela la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y tiene una fuerza intrínseca, sólo da fruto en plenitud con la colaboración del creyente, que encuentre sitio en un corazón disponible a escucharla y a ponerla en práctica. Ya Jesús había dicho la bienaventuranza: «dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» y toda bienaventuranza nos lleva a Jesús que la proclama, a la esperanza que engendra y a la situación en la que el hombre se encuentra. A partir de ahí, desparece la tentación que acecha a todo creyente de separar el culto y el estilo de vida, dando lugar a acciones concretas: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo. La carta traduce así el dicho del Señor: «el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca….(Mt 7,24ss)

El Evangelio es de Mc 7,1-8ª.14-15.21-23, y nos presenta una verdad que es válida para todos: «escuchadme todos». Todas las cosas creadas son buenas, según el proyecto del Creador (Gn 1) y, por consiguiente, no pueden ser impuras ni volver impuro a nadie. Lo que puede contaminar al hombre, haciéndolo incapaz de vivir la relación con Dios, es su pecado, que radica en el corazón, luego, no corresponde a la voluntad de Dios ni se está en comunión con él multiplicando la observancia formal de leyes con una rigidez escrupulosa sino purificando el corazón o dicho de otro modo, iluminando la conciencia, de forma que las acciones que llevemos a cabo, manifiesten la adhesión al mandamiento de Dios, que es el amor. Jesús conecta y supera la espiritualidad deuteronomista de la que nos habla la primera lectura.

Colocando al hombre frente a la genuina voluntad de Dios, Jesús lo libera de las exageraciones rabínicas y le proporciona la auténtica libertad y responsabilidad. Un equilibrio que siempre debemos mantener o recuperar.

Domingo 21 T.O. Ciclo B

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La primera lectura es del libro de Josué 24,1ª.15-17.18b y tiene como contexto la conquista de la tierra prometida que fue lenta y los habitantes del país tienen sus propios dioses. Los hebreos, por su parte, vienen del desierto, trayendo su propia fe monoteísta en su Dios Yahvé. En el encuentro con los nativos, la fe monoteísta, se vio en dificultades. Máxime cuando veían, la riqueza y los exuberantes cultos que allí se daba a los dioses. Ante esta situación, era preciso renovar la Alianza y descubrir su riqueza en el marco de una celebración donde el pueblo responde con la aceptación de la alianza y el cumplimiento de sus cláusulas. Esto es importante, resaltarlo ya que quienes sancionaron la Alianza en Siquem, no eran los mismos que atravesaron realmente el desierto, sino que eran sus descendientes, lo que nos indica que estamos ante una fe creíble, histórica  y que actualiza la historia de la salvación. Pero esto no quiere decir que el pueblo cumpla con esos compromisos adquiridos.

En la segunda lectura de Efesios 5,21-32 Pablo, no hace ningún alarde de machismo cuando dice que el marido es la cabeza de la mujer, sino que está hablando de la relación entre Cristo y la Iglesia, de manera que como Cristo, es cabeza de la Iglesia, así el esposo es cabeza de la esposa. Seguramente, fue escrito como respuesta a ciertas acusaciones dirigidas a los cristianos en el sentido de que amenazaban la estabilidad del tejido social, puesto que exigían cierta igualdad entre todos los fieles, pues el matrimonio como expresión de la vida que existe en Dios, es una comunión de vida y de amor y en este sentido el que el esposo sea cabeza, quiere decir que debe amar más y sabiamente a la esposa y que como la cabeza no se puede separar del cuerpo, tampoco la unión matrimonial puede disolverse. Esto que es lo que se da entre Cristo y la Iglesia, es lo que se da entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Consecuentemente: «serán los dos una sola carne».

El Evangelio de Jn 6, 60-69, muestra la incredulidad de los discípulos ante las palabras de Jesús que afirman la necesidad de comer su carne y beber su sangre. Es necesario que Jesus muera y resucite para que lo puedan entender, pues sólo quien ha nacido y ha sido vivificado por el Espíritu y no obra según la carne, comprende la revelación de Jesús y es introducido en la vida de Dios.

Todo esto nos indica que, si bien el lenguaje en la transmisión de la fe es importante, la fe siempre será un paso duro de dar, pues supone una elección, una alianza del tipo de la propuesta por Josué; implica elecciones no siempre fáciles ni siempre indoloras. Y frente a los compromisos que afectan profundamente a nuestra vida, nos vemos tentados también a hablar de exageración o de complicaciones, que la Palabra se debe interpretar o sencillamente que los tiempos han cambiado. Frente a todo ello hoy el Señor nos sigue diciendo con claridad y entereza que es preciso estar con él o dejarle.

Pidamos poder decir con Pedro: «Señor ¿a quien iremos? Tus palabras dan vida eterna»

Fiesta de la Asunción

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La fiesta que celebramos de la Asunción de María, es un motivo de firme esperanza al contemplar como una criatura vence a la muerte y es elevada a la gloria.

La primera lectura es del libro del Apocalipsis. En ella se nos habla de una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal y coronada de doce estrellas. Esta mujer representa a la nueva creación, al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia que ve en ella a María asunta al cielo en cuerpo y alma, afirmando que, así como el Hijo de María murió y resucitó, así también la madre ha vencido a la muerte en la resurrección gloriosa, como primer fruto, de la resurrección del hijo. La Iglesia se alegra con la victoria del Hijo y de la madre y nosotros vemos en ello un camino de esperanza para la misma Iglesia y para el mundo. La fe en Jesús nos lleva hacia esa victoria esperanzadora sobre el mal, el pecado y la muerte.

La segunda lectura es de 1ª Corintios 15,20-26 nos recuerda que la resurrección de Jesús es el núcleo originario del mensaje cristiano, pues supone la victoria sobre la muerte y por tanto la desaparición del miedo a la muerte. Si la herencia recibida de Adán ha hecho que el pecado y la muerte alcance a todos los hombres, la herencia victoriosa de Cristo, alcanzará también a todos los hombres. Cristo ha resucitado, por tanto, resucitarán los muertos. Esto es lo fundamental: que la muerte ha sido vencida en todos, porque ha sido ya vencida en Cristo Jesús y María asunta al cielo, es la primera en participar de esa victoria. Si cierta es la muerte, mas cierta es la vida para todos. La vida ha vencido a la muerte, esa es la buena nueva, y Maria es primicia.

El Evangelio es de Lucas 1,39-56. El encuentro entre Isabel y María, dos mujeres en cinta, es un anuncio evangélico, de vida, pues una es estéril y la otra virgen. La historia a partir de ahora será distinta como canta María en el magníficat: los pobres y los oprimidos de todos los tiempos y de todos los ámbitos, pasan a ser los protagonistas de la historia y dejan de serlo los ricos y los poderosos. Isabel proclama bendita a María, pues si Cristo es nuestra bendición, María es la primera en participar de ella. El Magnificat, no es una simple plegaria de liberación ni una exaltación personal de María sino la proclamación de la capacidad de Maria y por ella, los que, por la humildad, tienen la capacidad de ver los acontecimientos con unos ojos nuevos, con unos ojos que saben ver la realidad de la historia y la mano de Dios que obra en ella, con los ojos de la fe.

Los ojos de la fe, nos ayudan también a nosotros a ver nuestra historia y la de los otros como una mirada especial, desde Dios. De este modo, las experiencias de luto y de dolor, como las de amor y alegría, pueden ser momentos que son transformados por la presencia de Dios en todos ellos, y así, hacer nuestro, el cántico de alabanza que María ha proclamado con su vida.   

TRIDUO de SANTO DOMINGO

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DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia Tercero

La Salvación como motivo y meta

La vida de Santo Domingo está al servicio de la predicación, para que la humanidad se salve. Sus largas noches de oración, son un testimonio de este deseo que alienta su vida: que todos se salven. Esta fue una de las intuiciones proféticas más relevantes en la vida de Domingo y la que dio pie a su proyecto fundacional de la Orden de Predicadores.

No olvidemos que la predicación o la evangelización es fundamental para edificar la comunidad Cristiana y para la renovación de la Iglesia.

Los grandes momentos de la renovación de la Iglesia han sido los grandes momentos de la evangelización.

Sin embargo, la predicación o la evangelización no es una simple actividad profesional en la Iglesia. Evangelizar es una forma esencial de ser cristiano. Dicho de otro modo, ser cristiano implica esencialmente la evangelización. Esta lleva consigo unas exigencias tales de fidelidad evangélica, que se convierte para el evangelizador en fuente de espiritualidad. La espiritualidad de Domingo es una espiritualidad evangelizadora, marcada por las exigencias de la evangelización.

En su jornada apostólica y en sus vigilias contemplativas Domingo se mantiene próximo a los hombres y a Dios. Vive intensamente las situaciones históricas de sus contemporáneos, las interpreta y las enfrenta desde una perspectiva evangélica. Por eso su vocación cristiana y apostólica renace constantemente al contacto con la humanidad. Este contacto remite la atención de Domingo al mandato de Jesús: «Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio…» (Mc 16, 15). Aquí se juntan la fidelidad a los hombres y la fidelidad a Jesús.

Estas dos fidelidades definen la verdadera espiritualidad dominicana. En medio de ambas fidelidades está Domingo, orante contemplativo y apóstol infatigable. Es significativo que llevara consigo el evangelio de Mateo y las cartas de Pablo, el evangelio de la misión y las cartas del evangelizador. Domingo entiende su misión como una fidelidad a los hombres y al man dato de Jesús en medio de la Iglesia. Y así entiende también su vocación cristiana de imitador y seguidor de Jesús.

La predicación dominicana, será pues, evangélica y apostólica y su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra. Domingo fue clarividente al diseñar el modelo de predicación dominicana. Su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra y en la vida evangélica del predicador. Todo ello al estilo de la comunidad de los Hechos de los Apóstoles.

En este estilo de vida, como ya indicábamos ayer, cobra especial relevancia la pobreza evangélica no es simple renuncia ascética a los bienes materiales, sino denuncia de toda idolatría de los mismos y anuncio del valor absoluto del Reino.

La pobreza evangélica es también una denuncia de la codicia humana, que ignora el derecho del hermano, especialmente del hermano pobre, y un anuncio del valor cristiano de la fraternidad y de la comunicación de bienes. En una palabra: una forma de anunciar con la propia vida el Evangelio de Jesús y una manera de expresar de forma auténtica la Providencia del Padre y el amor fraterno del cual se vale. Es más, la confianza en la Providencia, le llevó a vivir las bienaventuranzas evangélicas, dónde se proclama felices a los pobres y donde se nos enseña a vivir la compasión, en la que Domingo fue un gran experto.

Pero la Pobreza evangélica implica algo más, como es, la entrega de la propia vida a los hermanos por la causa del Evangelio. Qué duda cabe que si queremos hacer fecunda nuestra vida, apostolado y misión tendremos que hacer más hincapié en esta pobreza evangélica  tal como la vivió él. Una pobreza, que como dirá San Pablo, enriquece a muchos y que nos recuerda también la kenosis, el abajamiento del que siento «todo» vino a hacerse «nada» para que nosotros siendo nada podamos aspirar al todo

Por ultimo, la vida evangélica ideada y vivida por Santo Domingo está unida a la vida fraterna, que forma parte también del núcleo de la vida Cristiana. La predicación dominicana es una predicación desde la comunidad, respaldada por la comunidad. La vida comunitaria es una práctica de los valores evangélicos y, por consiguiente, un testimonio activo del Evangelio, quizá el testimonio más eficaz. Por eso, las primeras comunidades dominicanas eran llamadas domus praedicationis, casas de predicación, aunque se tratara de la comunidad femenina contemplativa de Prulla.

La experiencia y la práctica comunitaria está en el centro de la espiritualidad dominicana y en el centro de la misión evangelizadora de la Orden de Predicadores.

Domingo 19 T.O. Ciclo B

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La fidelidad a la vocación profética que desemboca en la persecución, es una constante en la historia de la salvación, como vemos fundamentalmente en Jesús.

La primera lectura es del Libro de los reyes 19, 4-8, y nos habla del profeta Elías. En un momento de especial dificultad y desánimo, el profeta pide a Dios que de por terminada su misión en esta vida, pero Dios le hace ver que ésta, apenas acaba de comenzar, de hecho, el enviado de Dios no le habla de huida o de muerte, sino de levantarse, comer y caminar. Estamos ante un nuevo relato de vocación del profeta o en todo caso, una renovación de su vocación-misión. Le corresponde denunciar al rey por su postura en clara connivencia con los cultos cananeos y proclamar la pureza de las relaciones con Yahvé estipuladas y conducidas por la fidelidad a la Alianza. Nosotros también hemos de revisar hasta qué punto ,estamos sirviendo al Dios manifestado en Cristo Jesús o a otros dioses.

La segunda lectura es de Efesios 4, 30-5,2, en ella San Pablo, nos invita a hacer del amor la norma de vida, lo cual es posible en la medida en que hemos recibido como don en el bautismo del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, es el agente de la Nueva Creación. Esto lo entendemos mejor a partir de la afirmación de Rm 5,5, donde Pablo afirmará que la esperanza no será en modo alguno defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Este Espíritu es el que nos pone en contacto con el comportamiento de Jesus y con el del Padre celestial que es bueno con todas sus creaturas. Por tanto, es el amor sincero expresado en gestos concretos el que hace posible la comunidad cristiana  y la humana. El Evangelio es en este sentido, luz que ilumina y da vida.

El Evangelio es de Juan 6,41-52, y en él Jesus se revela como Pan de vida, esto es, como el que baja del cielo y por tanto con un origen divino. Pero reconocer esto no es fácil como tampoco lo es reconocerle como verdadero alimento (pan) que da vida, pues por desgracia, la humanidad de Jesús que debería ser camino de acceso a Dios, se ha convertido en un obstáculo para los judíos por su incomprensión y por la dificultad de entender a Jesus y abrirse a su palabra. En cambio, Jesús insiste que: el que cree, tiene vida eterna y que el come de este pan vivirá para siempre. El no es solo un pan vivo sino un pan vivificante y fuente de vida.

Si bien nuestros primeros padres comieron del fruto prohibido y murieron y los israelitas en el desierto, igualmente, comieron del mana y murieron, el que come de este pan que es Cristo, él lo resucitará en el último día. Jesús es pues, el que restaura la vida perdida allá en los orígenes como efecto del pecado y es sobre todo, Pan- Eucaristía, para un mundo atenazado por la experiencia de la muerte y de la destrucción. 

     

TRIDUO de SANTO DOMINGO

Destacado

DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia segundo

La Cruz como guía

La espiritualidad cristiana es, cristocéntrica y esto lo vemos especialmente reflejado en Santo Domingo

Jesucristo es el mediador entre Dios y los hombres, el que culmina la revelación de Dios y su Espíritu, el Espíritu de Jesús, es el que anima la vida Cristiana.

Todo espiritualidad Cristiana es, en definitiva, una experiencia de fe en Jesucristo, es por tanto, una espiritualidad esencialmente cristocéntrica.

Todo esto lo vemos reflejado en las representaciones que vemos de él, especialmente las de Fray Angélico que le suele representar de rodillas al pie del Crucificado. Esos cuadros reflejan bien el centro de la experiencia espiritual de Domingo. Ese centro es Cristo, y un Cristo crucificado.

El misterio de la encarnación, que asume plenamente la condición humana, desemboca en el misterio de la Cruz, que revela todo el drama de la condición humana. Por eso, la espi­ritualidad de Domingo es a la vez una espiritualidad de encarnación y una espiritualidad de la pasión.

En el Cristo Crucificado se revela el verdadero rostro amoroso de Dios y en el dolor humano —en los crucificados de la tierra— se revela el rostro del Cristo crucificado.

El contacto con la humanidad doliente, está en la base de la espiritualidad de Domingo. Igualmente, la humanidad doliente, el dolor humano, la compasión Cristiana, nos lleva al centro de la espiritualidad dominicana, que pasa a ser por ello, una espiritualidad verdaderamente cristocéntrica.

La vida de Domingo es una historia de compasión. En Palencia siente compasión por las masas empobrecidas y vende sus libros para socorrerlas. En las guerras de reconquista y en el mundo feudal siente compasión por los esclavos y se ofrece como rescate. En el sur de Francia siente compasión por los herejes hundidos en la mentira y el error, y se dedica con todas sus fuerzas a la predicación del Evangelio. En las Marcas siente compasión por los paganos a quienes nadie les ha predicado el Evangelio, y mantiene durante toda su vida el ideal y el deseo de misionar entre los cumanos hasta entregar su vida como mártir del Evangelio. Siente especial compasión por los pecadores, y su oración de intercesión le conduce hasta el clamor y las lágrimas. Es compasivo con los frailes débiles y tentados, y se ejercita con singular destreza en la corrección fraterna y en la animación comunitaria.

Santo Domingo, fruto de este cristocentrismo es un enamorado de la pobreza evangélica, pues Cristo siendo rico, se hizo pobre, se vació de sí mismo. Y adoptó la condición de siervo, rebajándose hasta la muerte y una muerte de Cruz. Este es el Cristo al que Domingo quiere imitar con la práctica radical de la pobreza evangélica.

Por medio de la pobreza, no solo, quiere someter los instintos a la soberanía del espíritu. Sino que quiere compartir las condiciones más bajas de la condición humana, la situación de los crucificados de la tierra. A través de la pobreza Domingo ejercita de forma efectiva su compasión con la humanidad doliente.

La pobreza, le permite hacer también la experiencia de la Providencia divina y de la fraternidad humana. Una y otra se ponen de manifiesto en el compartir .

La pobreza le permite también imitar a Cristo pobre, para desde ahí vivir la pobreza no al estilo franciscano, tan querido por él, sino a «imitación de los Apóstoles».

Finalmente, la pobreza es para-Santo Domingo un, un camino de libertad para el seguimiento radical de Jesús y para el anuncio del Evangelio. La pobreza es la carta credencial de los predicadores. Es la fuerza que respalda y legitima su predicación. La pobreza así entendida tiene un notable valor profético. Vivir la pobreza radicalmente es ya una forma efectiva de anunciar el Evangelio y de denunciar el ídolo del becerro de oro, una de las grandes idolatrías en la historia humana. Por eso, Domingo deja a sus frailes como herencia… la pobreza.

Todo esto, no solo dará forma a su apostolado, sino que también alimenta su ideal de martirio. Si bien el martirio cruento nunca tuvo lugar en la vida, siempre estuvo dispuesto a padecerlo, lo que es prueba de su centramiento en Cristo y de lo que alimenta su contemplación de Cristo crucificado. Experiencia contemplativa y experiencia apostólica van juntas en él, en perfecto equilibrio. «De día nadie más cercano a los hombres; de noche nadie más cercano a Dios». Así resume Jordán de Sajonia su espiritualidad

Acción apostólica y contemplación, están tan unidas en él, que no se pueden separa, pues la contemplación del misterio de Cristo es la fuente del anuncio de ese misterio.

Este es el equilibrio de la vida de Santo Domingo y un reto para la familia dominicana. Pidamos en este día, poder encarnar este equilibrio.

TRIDUO de SANTO DOMINGO

Destacado

DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia primero

La Encarnación como Fuente

Estamos celebrando los ochocientos años de la muerte de Santo Domingo y los quinientos años de presencia dominicana aquí en Daroca. Es Bueno que nos preguntemos como fue la espiritualidad de Santo Domingo el fundador de la Orden de Predicadores.

La suya, fue una espiritualidad de encarnación, es decir que asume con discernimiento la condición humana propia y ajena.

Domingo se adentra y progresa en esta espiritualidad en la medida que se adentra y progresa en el contacto, en el conocimiento y en la compasión con la humanidad doliente: la humanidad sufriente es el camino para entrar en una espiritualidad de encarnación, para descubrir el misterio de la encamación y de la pasión de Cristo.

El contacto con los hombres y mujeres crucificados es para-Domingo el camino seguro para adentrarse en la contemplación de Jesucristo Crucificado. Y los hombres y mujeres crucificados son para Domingo los pobres de Palencia, los herejes del sur de Francia, los paganos de las Marcas, los esclavos de la sociedad feudal, los pecadores, cualquier hombre o mujer abrumado por cualquier tipo de sufrimiento. No es necesario abandonar la humanidad para encontrarse con Dios; al contrario, es preciso adentrarse en ella para experimentar a Dios, para sentir en vivo la fuerza de su voluntad salvífica.

Esta espiritualidad de encarnación es, en buena parte, la fuente de la rica personalidad de Domingo. Esta se caracteriza por una extraordinaria armonía entre lo humano y lo divino, entre lo natural y lo sobrenatural, entre las dotes humanas y las virtudes cristianas. Apenas es posible determinar dónde termina su personalidad humana y dónde comienza su personalidad evangélica. Es prácticamente imposible señalar la frontera entre el valor humano de su amistad y el don cristiano de su caridad. Pues bien, esta armonía de la personalidad de Domingo explica en buena medida el talante y el carácter típico del ser dominicano.

La espiritualidad de encarnación explica suficientemente que la personalidad de Domingo sea a la vez rica y compleja, fascinante y desconcertante, llena de rasgos contrastantes.

Un rasgo destacado de la personalidad de Domingo es su firmeza de voluntad, que de ninguna forma está reñida con la gratuidad de la salvación. Domingo ha heredado y aprendido esa firmeza de voluntad en la dureza de su tierra natal. Castilla es una tierra dura, que hay que regar con sudor para cosechar el pan. Ha heredado también esa firmeza de su padre, caballero medieval que necesitaba un buen cúmulo de virtudes para triunfar: valentía, coraje, capacidad de riesgo y sacrificio, generosidad, espíritu militante y aventurero, sentido del honor y de la lealtad…

Así vemos como la firmeza de voluntad de Domingo aparece constantemente en el itinerario de su vida. Se mantiene firme en el ministerio de la predicación, a pesar de las dificultades que le acompañan; en la difícil tarea de hacer aprobar la Orden, a pesar del decreto del Concilio IV de Letrán; en la organización de las monjas en Roma; en la dispersión de los frailes contra la opinión de sus consejeros prudentes en demasía; en la defensa de los derechos de los frailes a tener culto público en sus iglesias, a pesar de la oposición de los canónigos de París y Bolonia; en la defensa de la fidelidad propia y de sus frailes al proyecto fundacional de los orígenes…

Como testimonia Jordán de Sajonia, la firmeza de Domingo en sus decisiones parece ser fruto de una fe profunda y de una gran clarividencia evangélica. Jordán está convencido de que Domingo tomaba aquellas decisiones tan arriesgadas, conducido por inspiración divina o, al menos, guiado por una confianza profunda en la Providencia.

Pero este rasgo de su personalidad está combinado con otro no menos importante: su exquisita sensibilidad, su ternura intensa, su extraordinaria compasión…, virtudes todas ellas heredadas probablemente de su madre. La combinación de ambos rasgos nos da el perfil característico de la personalidad de Domingo, y explica la riqueza humana y cristiana de esa personalidad. Esta presencia de lo femenino en la psicología, en la espiritualidad y en la vida de Domingo, tal vez explique su especial habilidad y delicadeza en el trato con la mujer, un trato cálido, afable, diáfano, transparente, lleno de naturalidad y de pudor, un trato exquisitamente evangélico.

Lo cierto es que Domingo es un experto en humanidad. Y, sobre todo, es un experto en la amistad, que es la encarnación humana de la caridad cristiana. «Amando a todos, de todos era amado». Domingo termina por convertirse en amigo de todos cuantos se atraviesan en su camino. Amigo de Diego y de Fulco, de Inocencio y de Honorio, de Hugolino…; amigo de los herejes dispuestos a escucharle; padre y amigo de los frailes y de las monjas; próximo y cercano a los pecadores y a los que sufren; confidente de los estudiantes de Bolonia con quienes gusta conversar.

El resultado de estos rasgos de la personalidad de Domingo no es el varón evangélico que fue. Domingo es un hombre de extraordinario equilibrio, optimista, jovial, humano. Quizá en ninguna virtud se combinan tan extraordinariamente su experiencia de Dios y su calidad humana como en la forma de entender y practicar la virginidad. «El Señor me ha concedido la gracia de mantenerme virgen de cuerpo y de espíritu». Así lo confiesa en los momentos finales de su vida. Esta virtud es para él una forma de ejercitar el amor cristiano libre de toda búsqueda egoísta de gratificaciones inmediatas. La humanidad de Domingo queda así, bien reflejada en su virginidad de cuerpo y de espíritu. Este armonizar lo humano y lo divino como lo hiciera Domingo, no deja de ser un desafío para todos nosotros sus seguidores, pidamos poderlo llevar a cabo.

Domingo 18 del T.O. Ciclo B

Destacado

El pueblo camina por el desierto y fácilmente cae en la queja.

La primera lectura de Ex 16,2-4.12-15, nos muestra ese momento en que aparece la murmuración contra Moises y contra el propio Dios. En el fondo, el verdadero problema no es la falta de alimento o agua, sino la duda: ¿Está el Señor en medio de nosotros o no? (Ex 17,7) El relato recuerda cómo Dios condesciende una y otra vez ante la dureza de su pueblo, pero no impone, sino más bien, exhorta, amonesta. Quiere y espera del hombre una respuesta libre y amorosa y es que entender la fe como encuentro personal con el Dios providente y solícito no es tarea fácil y esto es lo que el pueblo tuvo que aprender en el desierto. De hecho, más tarde se hizo del desierto un lugar preferido porque en él se experimentó la cercanía de Dios y en él se cumplimentó la Alianza. El mana aparece como respuesta a esas protestas y murmuraciones y signo de la solicitud de Dios, también, prueba que garantiza la misión de Moises como enviado de Dios, para salvar al pueblo. 

La segunda lectura es de Efesios 4,17.20-24 en ella, San Pablo analiza la tarea del cristiano, contraponiendo la situación pagana con la cristiana. Nos recuerda que el cambio para ver y entender el mundo de un modo nuevo es una gracia y a su vez, algo que el mundo necesita. Nos viene a decir que el Evangelio nos permite un cambio de mentalidad y no un cambio de casa. Debido a ese cambio de mentalidad, el Evangelio favorece y posibilita la verdadera humanización que el mundo necesita. Esto no es otra cosa que posibilitar un volver a los orígenes, al proyecto original de Dios, al hombre creado a su imagen. Abandonar la vida pagana, consiste en adoptar una conducta de vida conforme al proyecto de Dios y a su voluntad y esto no procede de nosotros, sino que es un don de Dios (Ef 2,8). La verdad que el creyente recibe con la fe cristiana  no le aleja del mundo, sino que le permite asumirlo e interpretarlo desde la fe, esto supone un verdadero compromiso con el hombre y un vivir la vida verdaderamente humana.

El Evangelio es de Juan 6,24-35. Tras la multiplicación de los panes, el evangelista alude a la búsqueda de Jesús por parte de la muchedumbre, lo que el aprovecha para desenmascarar una mentalidad demasiado material y proclama la diferencia entre el pan material corruptible y el que nos da la vida eterna (v, 27). De hecho, los padres, comieron   el mana y murieron. En cambio, el que come del pan traído por Jesús, que es él mismo, vivirá para siempre. Jesus que ha bajado del cielo es el que da la vida al mundo. El mana era una imagen, una prefiguración, pero no procedía del cielo. Jesús es en cambio, verdadero mana que viene de lo alto y consecuentemente, sí puede darnos la vida que perdura. La muchedumbre parece haber comprendido cuando dice: «Señor danos siempre de ese pan». Pero en realidad, no comprende el valor de lo que pide, entonces Jesús precisa: «yo soy el pan de vida. El que viene a mí no volverá a tener hambre». El es el don amoroso hecho por el Padre a cada uno de nosotros y es la Palabra que hemos de creer: quien se adhiere a él da un sentido a su propia vida y consigue su propia felicidad.

Fiesta de SanTiago Apóstol (En España)

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«Jacob» en hebreo. Jacobo en griego o latín. Era  Santiago “el hermano de Juan”, “el hijo de Zebedeo, Santiago, el mayor”  judío de Galilea, nacído en la orilla norte del lago. En la cercana ciudad de Cafarnaúm . Con su hermano Juan trabajaba en la pesca con su padre Zebedeo, asociados con otros dos hermanos: Pedro y Andrés.

Cuando Jesús les dijo: “seguidme”, lo dejaron todo. aquello les pareció fascinante, pues Jesus los llama para formar parte de un grupo especial de DOCE para:

1. Ser su grupo de acompañamiento, algo así como sus más estrechos colaboradores “para que estuviéramos con Él” (Mc 3,14). Estar con él. Eso es ser discípulo.

2. Para  llevar su mensaje, ser Testigos de lo que vivieron y así ser discípulos

3. Para encarnar  y simbolizar el nuevo Pueblo de Dios, como las doce tribus del antiguo Israel y formar una nueva comunidad fraterna, de discípulos, en comunidad.

Santiago junto con Pedro y juan, fueron testigos excepcionales de los momentos más importantes de Jesús. Entre otros: la resurrección de la niña Tabita (Gacela). Allí quedó patente  el PODER de Jesús sobre la muerte,  y que su REINO era un reino de vida.

El  destello de su divinidad en el monte Tabor.  Su GLORIA, en la Transfiguración: manifestando que era realmente DIOS, a pesar de su humilde aspecto.

También fueron testigos  de su angustia ante la muerte, en el Huerto de los Olivos, profundamente HUMANO.

Los tres momentos juntos revelan el misterio de Jesús en su totalidad.

A Juan y a Santiago se les conoce como: los “HIJOS DEL TRUENO” He aquí  tres situaciones en las que su ímpetu fue exagerado:

El exorcista desconocido (Mc 9,38-40). Increparon duramente a un desconocido,  que expulsaba demonios, sin ser de los discípulos y Jesus los reprendió

El rechazo samaritano (Lc 9,52-56). Otro día pidieron  fuego del cielo para acabar con una aldea samaritana que no les había recibido. Una vez más Jesus les reprendió.

El Evangelio que hoy leemos La petición de los primeros puestos (Mc 10, 35-41). Aquí la reprimenda no solo fue de Jesus sino de todos los demás.

Pero a pesar de ese ímpetu, cuando Jesús fue prendido en el huerto, lo dejaron completamente solo; refugiándose en el Cenáculo, cerrando las puertas a cal y canto. Pero enseñados por Jesús, aprendieron a reconocer y aceptar la propia fragilidad,  debilidad, e imperfección. ¡Todo esto fue fundamental a la hora de construir la comunidad cristiana…!

Pero tras pentecostés se lanzaron a anunciar por todas partes la Buena Noticia de la Resurrección.

Herodes Agripa I, queriendo contentar a los judíos, molestos con el éxito de su predicación, decidió dar un escarmiento a la comunidad cristiana …y en los años 41-44, decapitó a Santiago. Pero como Jesús, también resucitó. Y al igual que Jesús sigue vivo alentando nuestra vida y nuestro peregrinar por este mundo

… En SANTIAGO de COMPOSTELA nos recuerda que ser persona y ser discípulo significa siempre caminar. Porque Jesús quiso ser EL CAMINO, LA VERDAD Y LA VIDA.

La fuente puede verse aquí

Domingo 17 T.O. Ciclo B

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A lo largo de la Escritura se da una constante y es que la necesidad de las personas prevalece sobre el sentido sagrado de las cosas. La primera lectura es de 2 Reyes 4,42-44 y nos presenta a Eliseo en esta línea, pues, aunque se le ofrecen los panes de las primicias, hay un grupo de personas mas o menos numeroso, que necesita alimento y el profeta entiende que la alimentación de esas personas es anterior al respeto debido a las primicias; y es que hoy como ayer, la persona es un valor superior al rito y a las normas. Mas aún, la orden dada por Eliseo de repartir el pan no es un atrevimiento ni una provocación, sino la expresión visible de que es un profeta que actúa en nombre de Dios y con la convicción de que Dios no anula la aportación del hombre, sino que más bien cuenta con ella, la utiliza y la supera cuando hace falta. Dios interviene, pero a través de la mediación humana.

La segunda lectura es de San Pablo a los Efesios 4, 1-6 y corresponde a la parte parenética o exhortativa, es decir, para conducir la vida. Concretamente lo que persigue el Apóstol es que pueda darse la unidad en el seno de la comunidad. Unidad que es consecuencia de la nueva identidad cristiana y siguiendo, por tanto, el ejemplo de Jesús: humildad, amabilidad, paciencia, amor que se hace cargo de la debilidad del otro, solicitud por la construcción de la paz. Estas son las virtudes que hacen visible y realizable la unidad de la comunidad y dan testimonio de que el Espíritu es el que la anima, ya que no son sino los frutos del Espíritu. La unidad de la Iglesia es un efecto o resultado de la comunión que existe en la Trinidad. La Iglesia anuncia, así como única meta, la esperanza que todos necesitamos, esto es que el amor fraterno es posible cuando experimentamos el amor que Dios nos tiene.

El Evangelio es de Juan y en él se nos revela Jesús como el pan de vida. En el marco de la Pascua Judía, Jesús sube al monte con sus discípulos seguido por la muchedumbre, atraída por las obras extraordinarias que realiza. En este contexto perpetra el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Es él quien toma la iniciativa de dar de comer a todos, quien distribuye los panes y quien se pone a servir, siendo el primero en dar ejemplo para que sus discípulos aprendan a hacer lo mismo. Podemos ver en el transfondo la imagen de la última cena, la verdadera y definitiva pascua de Jesús, durante la cual tomó y distribuyó el pan después de haber dado gracias al Padre y que no se narra explícitamente en el Evangelio de Juan.

Jesus, al multiplicar los panes y los peces ofrecidos por un niño, da por una parte, una respuesta a las objeciones de Felipe y Andres, a cerca de la falta de alimento; es la respuesta del amor generoso y solidario que a partir de algo, aunque sea poco, pero ofrecido y compartido, sacia la necesidad de cada uno y llega a todos.

Por otra parte, los judíos esperaban del Mesías que renovaría los prodigios realizados en la travesía del desierto por medio de Moises. El Mesías sería un nuevo Moisés y la gente al ver lo realizado, considera que él es el Mesías-rey, un Mesías nacional- político, pero entonces, él se retira al monte para tomar así distancia de esa mala comprensión de su mesianismo. De este modo, nos indica en primer lugar, que su realeza no es de este mundo y en segundo lugar, que el anuncio del Evangelio, es la respuesta a las necesidades más profundas del hombre.

Domingo 16 del T.O. Ciclo B

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Contra los reyes y los falsos profetas dirige Jeremías 23,1-6 en la primera lectura sus oráculos. A los reyes, porque su comportamiento personal y su forma de gobernar el pueblo no es la apropiada y a los falsos profetas, porque anuncian falsa paz y falsa prosperidad en un momento de gravísima crisis y peligro.

Israel, hereda la imagen del pastor de otros contextos y de otros pueblos, referida a aquellos que gobiernan y la aplica en primer lugar a Dios y a los reyes, en cuanto representantes de Dios, pues no hay que olvidar que el rey de Israel es Dios. También los profetas, participan de esta cualidad de pastores.

El profeta Jeremías insiste en la justicia, en cuanto que es la síntesis de las relaciones con Dios y con los demás, que conlleva el respeto, el bien común y una actitud de cara a Dios sincera. Pero al no hacerlo, Dios mismo asumirá la guía del pueblo, y así lo vemos realizado en Cristo, buen pastor y los pastores serán ahora, los que en nombre de Cristo promueven relaciones justas entre los hombres y entre los hombres y Dios. Están al servicio de Dios y no de sí mismos.

La segunda lectura es de Efesios 2,13-18. Después de hablar del designio salvífico establecido por el Padre en Cristo, Pablo, invita a los cristianos de Éfeso y los anima a que caigan en la cuenta de su nueva condición. Hasta la venida de Cristo, los judíos dividían al mundo en dos partes: judíos, pueblo de Dios llamados a la salvación y gentiles, malditos y alejados de la salvación, pero Cristo, es el buen pastor que ha traído la paz y la comunión destruyendo fronteras y muros de separación. Y ello por medio de la cruz, que es en el plano histórico salvífico, el acontecimiento central de la reconciliación, de forma que, por él, judíos y paganos forman parte del pueblo de Dios que es la Iglesia. Por él hemos accedido al Padre y estamos animados por el único y mismo Espíritu, de modo que el cristiano, se siente llamado a fomentar la unidad y a evitar la división por razones culturales, económicas, raciales, sociales o religiosas.

El Evangelio es de Marcos 6,30-34. En él, Jesus, invita a los suyos a retirarse para orar, como él solía hacer muchas noches y así introduce también el episodio de la multiplicación de los panes. Una escena que nos invita a pensar en los futuros pastores, en comunión con el buen pastor. Jesús es realmente el modelo de pastor, pues se encarnan en él todas las cualidades que se esperaban del rey-pastor, como son: rectitud, fidelidad al proyecto de Dios y sobre todo la misericordia. Misericordia que no es debilidad, sino mirada amorosa; solicitud, es decir cuidado y generosidad en el respeto a la libertad de cada uno. Esto es, un ejercicio del poder entendido como servicio. Estas son las prerrogativas del guía auténtico, que está dispuesto a dar la vida por los demás y a compadecerse, padecer-con ellos. De aquí se desprende que, si Cristo dio su vida por nosotros, también nosotros debemos dar nuestra vida por los hermanos.

15 del T.O. Ciclo B

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La Palabra profética no siempre estuvo en manos de verdaderos representantes. La primera lectura nos muestra el enfrentamiento entre Amasías, que representa el culto oficial de la Corte y Amós que no está sometido a estas ataduras y habla con libertad lo que Dios le ordena.

En Betel, Amós es un extranjero indeseado, porque su palabra pone en peligro las instituciones del reino y por ello es expulsado, a lo que responde con una afirmación del origen divino de su propia actividad profética: él no es profeta ni por descendencia ni por necesidad económica, sino solo a causa de la llamada recibida de ser portavoz e intérprete de la verdadera voluntad de Dios y de sus planes, que por lo general contrastan con los de los hombres. El verdadero profeta, se somete al designio de Dios y a sus planes que miran siempre hacia el bien común, de ahí que sea también el hombre de la escucha.

Este plan de Dios se concreta en Jesucristo. La segunda lectura es de Efesios 1,3-14, nos muestra el gran himno cristológico que abre la Carta. Jesucristo es el arquetipo y el artífice del plan eterno de Dios. Todo tiene lugar en él y por medio de él. Los creyentes están así insertos en una realidad dinámica, no estática: la vida del creyente en Cristo está en un continuo devenir, es decir en un continuo proceso de liberación llevada a cabo por Jesús a quien pertenecemos por el bautismo, y el cual nos abre a la esperanza, virtud teologal que tiene como objeto la bondad de Dios, se apoya en su poder y solo es colmada en su posesión final. Se basa en la certeza de Dios, presente en medio de nosotros y posibilita la felicidad ya en este mundo, según las bienaventuranzas, aunque inmersos en el sufrimiento y angustias de nuestro mundo.

El Evangelio es de Mc 6,7-13. En él, Jesús, después de haber visto la resistencia que había encontrado en Nazaret a causa de la incredulidad de sus habitantes, no solo sigue su actividad, sino que la prolonga asociando a los doce a la misión, indicándonos que el discípulo es no solo el que ha sido llamado por Jesús sino también, el enviado por él a la misión. En un mundo, como el nuestro, en que parece que Dios guarda silencio en sus llamadas, es necesario recuperar la seguridad de que Dios sigue llamando a cada uno y a cada una para la tarea que él le asigne. Ahora bien, Si Jesús llama libremente a los que quiere, también pone las condiciones para llevar a cabo la misión.

La sobriedad, que forma parte del estilo de vida del misionero, es parte del anuncio pues proclama la confianza en la Palabra que le ha enviado y cuyo valor está por encima de cualquier tipo de riqueza. La llamada es un signo de confianza del Maestro. Es necesario, hoy como ayer, evangelizar para que el hombre conozca la Buena noticia, esto es, que la vida del hombre sobre la tierra tiene sentido. Así se nos dice que expulsaban muchos demonios; es decir, todo lo que nos impide vivir como auténticos hijos de Dios.

14 Domingo del T.O. Ciclo B

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A lo largo del Antiguo Testamento, El Espíritu de Dios se haya con especial fuerza en los profetas. La primera lectura es del profeta Ezequiel 2,2-5. Nos muestra la vocación del profeta y su capacitación por el Espíritu para desempeñar su tarea, pese a que en esta tarea se va a encontrar con fuertes resistencias. A la acción de Dios corresponde por parte de Ezequiel permanecer a la escucha: a la Palabra le corresponde la escucha, pero ya desde el desierto, después de la liberación de Egipto, no ha sido fácil. De hecho, el rechazo, la oposición e incluso el enfrentamiento, fueron casi permanentes. El profeta aparece entonces como signo de contradicción, como piedra de tropiezo para los que corren hacia su propia ruina, pero Dios y su profeta siguen adelante con la misión. Su Palabra es viva y eficaz y ha de ser proclamada tanto si es acogida como si no lo es, pues el mundo y la Iglesia necesitan esta Palabra que ha de ser proclamada siempre y en todo lugar.

La segunda lectura es de 2 Corintios 12,7-10. Aquí Pablo nos habla de la fuerza en la debilidad. Debilidad que él entiende siguiendo el modelo de la debilidad del Señor, pues del mismo modo que la cruz produce escándalo, también la fragilidad humana del apóstol, descrita en forma de persecuciones, insultos, divisiones en la comunidad, enfermedad, angustia, puede provocar una reacción de desconfianza y miedo por parte de los corintios. Si bien la fuerza del Evangelio lleva todo el poder de Dios que garantiza su eficacia, Dios ha decidido a lo largo de la historia de la salvación y de manera especial en los elegidos que esta fuerza se realice por medio de la colaboración total y generosa por parte del hombre sin olvidar su propia debilidad. El esquema de las bienaventuranzas nos muestra bien a las claras esto, al decirnos que se puede ser feliz a pesar de las dificultades y aparentes fracasos. En el fondo no es sino seguir el modelo de Cristo que se dejó crucificar en su débil naturaleza humana, pero está vivo por la fuerza de Dios. De este modo, cuando somos débiles al compartir su debilidad, nos hacemos capaces de compartir su vida divina. Cristo se ha hecho débil por nosotros, para que nosotros en nuestra debilidad lleguemos a ser fuertes y alegres al compartir sus padecimientos. Este no es solo el lenguaje de las bienaventuranzas, sino de toda evangelización y de toda vida cristiana que se precie de serlo.

El Evangelio es de Marcos 6,1-6, nos muestra el rechazo de Israel hacia la revelación de Dios en Jesucristo, concretamente se hace referencia a los más íntimos de Jesus, la gente de su propia tierra, de su casa, lo que nos indica que no es fácil llegar a comprender a Jesús pues su personalidad humana, escondía otra realidad que era preciso descubrir. He ahí su extrañeza, que aquellos con los que había pasado su vida, no captaron ni intuyeron quien podía ser Jesús. Este interrogante que queda abierto, culminará con la solemne confesión por parte de Pedro en Cesarea de Filipo, como escuchábamos el domingo pasado.

El Escándalo siempre estará provocado esencialmente por la manifestación del poder de Dios en una forma frágil, débil. En el centro está la lógica de la cruz, que da un sentido definitivo a la historia de todos los pobres de la tierra, pero esta historia no termina en la cruz, ya que el sepulcro no se queda cerrado, sino que se abre de par en par, para dejar salir la vida para siempre y así es como ha querido salvarnos Dios.

13 Domingo del T.O. Ciclo B

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Dios ha creado al hombre para la vida y la muerte no procede de él. La primera lectura es del libro de la Sabiduría 1, 13-15; 2,23-25. Este texto se hace eco del Génesis, en donde encontramos el verdadero proyecto de Dios que nos llama a la vida, pero ese proyecto quedó truncado por el pecado y su fruto que es la muerte. Pero la muerte no forma parte de la estructura esencial del hombre, sino que su estructura, le lleva más bien a la vida y a la inmortalidad, como nos recuerda Jesús cuando los saduceos le preguntan a cerca de la eternidad, a lo que responde, que seremos como ángeles de Dios y destinados a la resurrección. La muerte es siempre algo extraño al hombre, que le esclaviza. Pero Dios nos da la posibilidad de acoger la vida si miramos la cruz y vemos en ella la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte. Esa lucha entre la vida y la muerte, de la que Cristo sale vencedor, es la que experimentamos cada uno de nosotros en nuestro corazón.

La segunda lectura es de 2 Corintios, 8,7-9.13-15, en ella Pablo, desarrolla el motivo de la colecta en favor de los hermanos necesitados de la Iglesia de Jerusalén, para ello es importante lo que afirma a cerca de Jesucristo: «Pues ya conocéis la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual siendo rico se hizo pobre, por vosotros, para enriqueceros con su pobreza». Así pues, el acontecer de la vida de Jesús, nos enseña que la vida es fruto del expolio de sí mismo y que la resurrección se da a través de la muerte. Quiso compartir con los pobres libremente, despojándose de su riqueza por ser Dios y fue realmente pobre, siendo realmente rico. El compartir cristiano encuentra aquí toda su fuerza y hacerse pobre compartiendo, es motivo de bienaventuranza, de felicidad.

El Evangelio es de Marcos, 5,21-43 y nos muestra que Dios es un Dios de vivos y Jesús no solo tiene poder sobre la enfermedad (la curación de la mujer con flujos de sangre), sino que también lo tiene sobre la muerte. La oferta de Dios llega por tanto hasta el límite entre la vida y la muerte y su poder se manifiesta eficaz, incluso en la propia muerte. Frente a los que consideran que la muerte tiene la última palabra, y de que no hay nada en este mundo más seguro que la muerte, las palabras de Jesús nos resultan absurdas, si no es que estamos dispuestos a confiar en él como Jairo y a poner toda nuestra confianza en su amor que no decepciona. Por una parte, están los que impiden la ida de Jesús a la casa de la niña y por otra parte la decisión de Jesus de ir. Solo el que tiene fe en la Palabra del Señor, puede contemplar el milagro de la vida. Por otro lado, está el que considera esto como algo absurdo, quedándose a su vez, prisionero de la muerte, una muerte para la que no hay resurrección. Solo el amor compartido en la solidaridad concreta, es lo que nos permite participar en el don de la resurrección.

Después de resucitar a la hija de Jairo, Jesus insiste en que le den de comer. También hoy nosotros, después de escuchar las palabras de Jesus se nos da él mismo, como alimento, para que nuestro morir sea un dormir y para que no tengamos miedo a la muerte como tampoco tenemos miedo al dormir.

12 Domingo T.O. Ciclo B

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El mar, en la antigüedad era símbolo del enorme poder de la naturaleza y consiguientemente de un misterio profundo e impenetrable, pero también de un mundo amenazador y destructivo. La primera lectura nos presenta un breve fragmento del libro de Job 38,8-11, que podemos leerlo desde el Evangelio de hoy (Jesús que calma la tempestad) o desde su contexto originario.

El texto, nos permite reflexionar sobre el sentido del sufrimiento y del mal entre los hombres. El autor de este libro se encuentra ante una grave dificultad consistente en que los criterios retributivos antiguos (los buenos tienen muchos bienes en cambio no así los impíos) no satisfacen, pero aun teniendo la habilidad de plantear el problema no alcanza a resolverlo.

Igualmente, nos invita a reconocer el señorío de Dios sobre la naturaleza, de manera que el creyente que reconoce este señorío de Dios, queda libre del miedo que conduce a la idolatría y que implica la sumisión a las fuerzas naturales. De este modo, el creyente puede invocar el nombre de Dios y abandonarse con confianza a su señorío protector.

La segunda lectura, es de 2 Cor 5,14-17 y nos enseña a vivir para Cristo, que ha muerto y que ha resucitado por todos y no para nosotros mismos, ello implica, cambiar de mirada, es decir, pasar de las relaciones instrumentales, guiadas por la consideración de los otros sólo como medios para nuestros fines, a unas relaciones basadas en el ser, en la acogida de los otros como valores, como personas que tienen una dignidad inalienable. De este modo, el que vive en Cristo es una nueva creación, de modo que las riquezas de la antigua creación rota por el pecado, como son la armonía del hombre consigo mismo, con los demás, con todo lo creado y con Dios, ha sido restaurada por Cristo al darnos la filiación adoptiva, que nos hace por la fuerza del Evangelio, capaces de luchar contra el mal a base de bien.

El Evangelio es de Marcos 4,35-40. Nos permite centrarnos en la pregunta: ¿quién es Jesús? Para ello se nos recuerda las aguas del Éxodo, donde Dios se reveló a su pueblo a través de Moises. Jesús se revela ahora como el verdadero Salvador. Los milagros son un anticipo significativo que nos muestran quien es Jesús, y pese a que los apóstoles se han dirigido a Jesus, en medio de la tempestad, este les reprocha su falta de fe, pues lo que les mueve ha sido el interés por obtener algo. Algo así nos ocurre también a nosotros, que tenemos todavía una fe imperfecta y que pide milagros. La conclusión es que solo la muerte y la resurrección de Jesus, pueden afianzarnos en la fe verdadera, de que es posible la aparición de algo nuevo en la historia humana lo que nos compromete a construir también un orden diferente de relaciones, liberadas de todo tipo de miedo en el interior del propio mundo.   

11 Domingo del T.O. Ciclo B

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Dios es el gran protagonista de la historia. He ahí la gran lección que nos dan las lecturas de este Domingo.

La primera lectura es del profeta Ezequiel 17,22-24, se sitúa en el momento de la destrucción de Jerusalén y su posterior ministerio en Babilonia con los repatriados. En ella encontramos una promesa de futuro apoyada en la fidelidad, el poder y el amor de Dios, que a pesar del pecado es capaz de ofrecer al hombre un futuro diferente y nuevo. Su amor y su misericordia está por encima de todo. Este es el núcleo del texto, que se completa con la afirmación final: «y sabrán todos los árboles del bosque que yo el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol pequeño». Esto nos recuerda la imagen evangélica evocada por Lucas en el Magníficat, el cántico de María, del Dios que «derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes» (Lc 1,52) o el dicho de Jesús: «el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14,11).

La segunda lectura es de 2ª Corintios 5,6-10. San Pablo, nos recuerda que la perspectiva del que ha optado por el seguimiento de Cristo está más allá de la dimensión terrena. De ahí que nuestro habitar en el cuerpo sea como si viviéramos en un exilio y lo que adquiere relevancia mientras tanto, es la fe y por tanto, la confianza, que nos lleva a esperar.

De ahí brota la necesidad de serle gratos, no tanto por nuestros méritos cuanto, porque hemos puesto nuestra vida bajo su mirada, esto es, actuar con fidelidad a su persona y a su Evangelio.

Por último, el comparecer ante el tribunal de Cristo, más que engendrar ansia o miedo, es la conclusión de una vida vivida en el abandono en Dios, sabiendo que el dictamen final de nuestra actuación está en manos de Jesús, juez universal.

El Evangelio es de Marcos 4,26-34, en donde reúne un grupo de parábolas que tienen como idea común el crecimiento. Hoy vemos la del grano que cae en tierra y la del grano de mostaza. Si Jesús, dijo que el Reino de Dios había llegado, estas parábolas nos indican que esta llegada es de forma germinal y está en desarrollo. La misma seguridad que tiene el labrador de que después de una larga espera recogerá su fruto, así ocurrirá con el Reino de Dios. No hay que precipitar la hora decisiva que con toda seguridad llegará, libremente, inevitablemente. Pero es Dios el que obra en la historia, a pesar de que las apariencias digan lo contrario. La realización de su Reino no depende de nuestra eficacia, ni de nuestros programas o de nuestras obras, sino de una escucha atenta de la Palabra de Dios y de la disponibilidad para dejarla crecer en nosotros. Nuestra actuación es necesaria, pero ésta no brota de nuestro deseo o de nuestras ganas, sino de nuestro mostrarnos disponibles con paciencia y humildad en orden a crear las condiciones para que la Palabra pueda dar su fruto.

Domingo del Corpus Christi

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Después del domingo de la Santísima Trinidad, celebramos el domingo del Corpus Cristi. El cuerpo y concretamente el cuerpo de Cristo aparece, como señal visible de la Alianza establecida por Dios con todos y cada uno de nosotros.

La primera lectura de Éxodo 24,3-8, se sitúa en el contexto de la Alianza establecida por Dios en el Sinaí. Esta alianza que estable Dios con su pueblo, no es de igual a igual, sino de superior a inferior. El resultado es una oferta de amistad y de comunión. Dios da su palabra y la cumple y el hombre ha de hacer lo propio. El sello de este profundo compromiso se visualiza en la sangre. La expresión: «sangre de la Alianza» que utiliza Moises, volverá a ser pronunciada por Cristo en la institución de la Eucaristía, en la última cena: «Esta es mi sangre, la sangre de la Alianza nueva y eterna, que se derrama por todos» y es que la Alianza, infringida muchas veces y hecha ineficaz por Israel, será superada por la nueva alianza, no escrita ya en tablas de piedra, sino en lo mas profundo de nuestro corazón.

La segunda lectura es de Hebreos 9, 11-15, nos habla de la importancia del sacrificio de Cristo «sumo sacerdote de los bienes definitivos» y «mediador de la Nueva Alianza». Si bien los judíos entienden el templo como el lugar de encuentro con su Dios y donde se realiza el sacrificio, Jesucristo resucitado, será el nuevo templo, que sustituye al antiguo y en el que se hará plena la comunión y el encuentro de Dios con nosotros. Un encuentro personal, real y vivo, fundamentalmente en el sacramento del Pan, en el que encontramos al Jesús viviente que proporciona la más plena comunión personal. Ahí nos espera el amigo, pues como dijo en la última cena: «a vosotros os llamo amigos». Nos llama a vivir una relación de amistad profunda y viva, en la que estamos llamados a tener acceso a todos sus secretos, a estar en su presencia, a comer con él, y a mantener con él un trato de confianza, como así han experimentado muchos hombres y mujeres a lo largo de los siglos. De este modo, es como lleva a cabo la reconciliación del hombre caído, restablece el orden destruido por el pecado y ha vuelto a crear la posibilidad de una humanidad nueva en contacto con Dios Padre.

El Evangelio es de Marcos 14,12.16.22-26. En el marco de la Pascua, celebra Jesus la Cena y la transforma en «memorial», es decir, sacramento actualizante de la obra central de su vida: su muerte y resurrección. En adelante cuando los creyentes celebremos su memoria, viviremos la gozosa experiencia de encontrarnos personalmente con él, pues celebrar la memoria de Jesús no es un recuerdo sin más, sino una presencia que nos enseña a caminar en comunión de vida y amor. En una palabra: en la Eucaristía está todo Jesus donándose en comunión de vida para todos, y la Iglesia, obediente a su mandato, realiza este sacrificio y así anuncia la muerte del Señor, proclama su resurrección y espera su venida en la gloria.

Domingo de la Santísima Trinidad

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La fe en un solo y único Dios fue una conquista y un don del Espíritu. Esto es lo que distingue a Israel de los demás pueblos ya que ningún otro pueblo, ha tenido una experiencia de Dios como Israel. La Iglesia se siente heredera de Israel en la fe monoteísta, debe seguir caminando en la fe de un solo Dios que Jesús nos ha revelado como Padre.

La primera lectura es de Deuteronomio 4,32-34.39ss. En ella vemos como el pueblo, sobre todo en los momentos más difíciles, recurre a la presencia de Dios en la historia, que pasa a ser «lugar teológico», es decir, lugar de encuentro con Dios, que dirige y vela por su pueblo. La historia de la salvación es la historia de esta presencia gratuita de Dios, que está cerca de su pueblo, de manera que éste llegue a ser signo de salvación para todo el mundo, hasta que, llegada la plenitud de los tiempos, Dios se hace hombre para salvarnos.

Dios se manifiesta así, como el único punto de referencia para que el hombre creado a su imagen y semejanza llegue a la plenitud de su humanidad, de forma que, adhiriéndose a él, llegue a comprender el sentido de su existencia humana, de manera que volver la mirada hacia el único Dios supondrá reemprender el camino de la unidad y la solidaridad entre todos los hombres.

La segunda lectura es de Romanos 8,14-17 y se centra en la vida cristiana en cuanto que guiada por el Espíritu. Este capítulo 8, ha sido considerado el Te Deum de la historia de la Salvación y los versículos que leemos, nos muestran la novedad de la vida cristiana de la filiación-comunión con Dios. Pablo, nos recuerda que quien se deja guiar por el Espíritu es verdaderamente Hijo de Dios, el cual guía firmemente y suavemente el camino de los discípulos de Jesús. El Hombre que es imagen de Dios por la creación, pasa a ser hijo de Dios por medio de Jesucristo y es reafirmada la filiación constantemente por el Espíritu, que nos hace clamar: ¡Abba! (Papa) de manera que, porque Jesús nos enseñó esta manera de dirigirnos al Padre y porque el Espíritu se hace presente en nuestro corazón, podemos dirigirnos así a Dios. Ser hijos de Dios, significa poseer ya una prenda de vida eterna, significa ser herederos de los bienes de la vida de Dios y coherederos con Cristo. Pero para obtener todo esto, será necesario participar de sus sufrimientos y completar lo que falta a su pasión, es decir, caminar por el camino de la virtud.

El Evangelio de Mateo 28,16-20 nos presenta el epílogo de las apariciones pospascuales y de todo el evangelio. Frente a un judaísmo encerrado en sus tradiciones, Jesus, sin dejar de ser judío, ha realizado aquella promesa hecha a Abraham (Gn 12,1ss) de ser una bendición para todos los pueblos. La misión es universal y está presidida y acompañada por los Tres, pues hunde sus raíces en la misión del Hijo por el Padre y tiene como tarea hacer presente hasta los últimos rincones del mundo y hasta lo más hondo del corazón del hombre, la conciencia de que todo es fruto del amor de Dios. Es necesario que toda nuestra vida esté real y vitalmente sellada, animada y presidida por la presencia y actuación de los tres, como presencia discreta y silenciosa que acompaña cada momento de nuestra vida. Una presencia inalterable y definitiva: «sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».  

Solemnidad de Pentecostés, Ciclo B

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En la Historia de la Salvación, el Espíritu de Dios se hace presente de forma intermitente, temporal y sólo para los dirigentes del pueblo. Pero cuando Dios realice su plan en Cristo se promete el don del Espíritu no solo para el Mesías, sino también para la comunidad y para cada uno de sus miembros, y en todos ellos estará de forma permanente. Así se comprende mejor la afirmación de Lucas: «todos quedaron llenos del Espíritu Santo».

La primera lectura es de los Hechos de los Apóstoles 2,1,11 y nos presenta a los mismos, reunidos en oración en un contexto en el que el pueblo celebra el don de la ley, que el judaísmo lo hacía precisamente el día de Pentecostés. El Espíritu se presenta, así como plenitud de la ley. Ya Cristo había dicho que no había venido a abolir la ley sino a llevarla a plenitud y esto es lo que ahora se cumple. El Espíritu irrumpe y transforma el corazón de los discípulos haciéndolos capaces de intuir, seguir, y atestiguar los caminos de Dios

La enumeración de todos los pueblos, indica que se restaura la comunión entre Dios y los hombres y de los hombres entre sí, rota en Babel y que esta comunión entre los pueblos se llevará a cabo por la Evangelización invocada por el Espíritu, para guiar a todo el mundo a la plena comunión con él, en la unidad de la fe en Jesucristo, crucificado y resucitado

La Segunda lectura es de 1 Cor 12,3b-7.12s. En ella, Pablo dirige a los corintios, algunas consideraciones importantes para un recto discernimiento, como es el caso, de reconocer la acción del Espíritu en una persona no por hechos extraordinarios, sino antes que nada por la fe profunda con que profesa que Jesús es Dios y reconocer la acción del Espíritu en la comunidad como incansable promotor de unidad. Unidad que se lleva a cabo a través de los diferentes carismas, concedidos a cada uno para el bien común. Entre ellos, el único que durará para siempre es el de la caridad, como afirmará más adelante.

Por último, el nuevo título de pertenencia al pueblo de Dios ya no es el de la herencia de sangre y raza, sino el signo sacramental del Bautismo. Este sacramento de regeneración hermana a todos los pueblos que aceptan el mensaje, porque es un nuevo nacimiento en el Espíritu formando así un mismo cuerpo.

El Evangelio es de San Juan 20,19-23. Es considerado el Pentecostés joaneo, próximo a la resurrección, indicando de este modo que la hora en que glorifica al Padre mediante el sacrificio de la cruz y la entrega del Espíritu en la muerte, es la misma en la que el Padre glorifica al Hijo en la resurrección. Pues bien, en esta hora única, Jesús transmite también a los discípulos el Espíritu y con él la paz, la misión y el poder sobrenatural para llevarla a cabo.

El Espíritu —como repite la Iglesia en la fórmula sacramental de la absolución— fue derramado para la remisión de los pecados. El pecado es el que malogró en el paraíso el proyecto de Dios sobre el hombre que lo quiso y lo formó para la vida y la felicidad. Con la reconciliación universal, obra de la muerte-resurrección de Jesús y que se actualiza siempre por el Espíritu Santo, aparece de nuevo cuál fue el sentido del hombre en su creación, restituyendo a la pureza originaria a los que se acercan a recibir el perdón de Dios y se abren, a través de un arrepentimiento sincero, a recibir el don del Espíritu Santo.

Segundo Domingo de Navidad

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La personificación de la sabiduría en la primera lectura de Eclesiástico, 21.1-4-12-16, le da una serie de atributos como es el de colaborar junto al Creador, en la obra de la Creación. De esta forma, el que contempla la Creación, puede contemplar la Sabiduría en ella. La naturaleza, se convierte así en don y espejo de esta Sabiduría de Dios.

Esta Sabiduría, presente en la historia, se actualiza en Jesús. San Juan, cuando habla del «Verbo», tiene como trasfondo este texto que leemos hoy, y lo utiliza refiriéndose a la teología de la Palabra, en cuanto fuerza que crea, revelación que ilumina, persona que vivifica. Cristo es así, la Palabra última y definitiva de Dios, la auténtica sabiduría hecha visible. Esta sabiduría que ha echado raíces en Israel, lo hace ahora en la Iglesia y en los creyentes y podemos recurrir a ella en toda ocasión, sobre todo en las dificultades y complejidades de nuestra existencia.

La segunda lectura, es de Efesios 1,3-6.15-18, y nos presenta el plan de Dios manifestado en Cristo. En él, el Padre es la fuente, El Espíritu es la garantía de la herencia que se nos da y el Hijo, es el que todo lo cumple y lleva a cabo con la entrega de sí, hasta el don de la vida. El objetivo primero de este plan, es la salvación del hombre y el objetivo final es la gloria de Dios. Estamos por tanto, dentro de ese amor que envuelve al Padre, al Hijo y al Espíritu y es por la mediación eclesial por la que recibimos la filiación y el perdón de los pecados.

Nuestro Dios es un Dios de bendición y de paz. Tanto la Navidad como la Pascua son expresión de esa bendición sin medida. De ahí brota la acción de gracias por las maravillas que Dios ha hecho y sigue haciendo en nosotros.

El Evangelio en el día de Navidad: Juan 1,1-18. En él, destaca la presencia de Jesús Palabra y lo hace en tres momentos: Primero la preexistencia de la Palabra. Segundo: la venida histórica de las Palabra entre los hombres y finalmente: la Encarnación de la Palabra.

Esta Palabra que había entrado por primera vez en la historia humana con la Creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrarnos así su infinito amor, que da cumplimiento a la obra que el Padre le ha confiado.

La cruz, se convierte así en la expresión máxima de un amor que supera la lógica humana y que cuando lo acogemos, nos transforma en Hijos queridos, que llaman a Dios Padre.