La Ascensión del Señor

En esta fiesta de la Ascensión, la comunidad cristiana mira a Jesus que a los cuarenta días de la resurrección tal y como hemos escuchado en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, «fue elevado en presencia de ellos, y una nube lo ocultó a sus ojos».

Jesus, en este misterio de su ascensión, nos muestra que él es el camino para ir al Padre y que con la fuerza del Espíritu, como celebraremos el próximo domingo, nos sostiene en nuestra peregrinación diaria  mientras vamos de camino, hasta que un día nos encontremos con él en el cielo.

La Eucaristía es una especie de ensayo de esa representación final. Frente a ese final, toda alegría y toda tristeza no dejan de ser algo provisional y todo apunta hacia ese lugar definitivo, que no está aquí, en este mundo, aunque es en este mundo donde nos vamos acercando a él en la medida en que se va transformando, de manera que poco a poco algo de este mundo pasa a formar parte del otro.

Cada Eucaristía es ocasión para que tenga lugar la ascensión de un poco de esta tierra al cielo. En cada Eucaristía nos vemos invitados a escoger, a elevarnos, a separarnos un poco de esta tierra. Tal vez preferíamos agarrarnos bien a lo que somos o a lo que tenemos, pero no olvidemos que adonde está nuestro tesoro, estará también nuestro corazón. Y si de verdad amamos a los que amamos, será con él y estando en él como los amaremos de verdad y para siempre y esa será nuestra verdadera alegría. Estar con Cristo y estar con todos los que amamos y con nosotros mismos, es una misma cosa.

En este día muchos comulgan por primera vez, anticipamos esa comunión plena, definitiva y eterna de todos los bautizados en Cristo, de todos los hombres de buena voluntad. Cuando pasará este mundo.

En este día una cierta nostalgia nos inunda, porque sentimos ese deseo de eternidad que anida en nuestro corazón, el deseo de contemplar sin velos el rostro de Dios. Pero es el momento de reconocer también que Cristo, no nos deja y que está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

El espíritu nos recuerda continuamente el camino que es Cristo, el camino de las bienaventuranzas. Es el camino que brota de la muerte y resurrección de Cristo, que pasa por tanto por el sufrimiento, pero es a la vez el camino de la alegría santa, porque en Cristo ascendido al cielo, nuestra humanidad ha sido ensalzada, elevada mucho más allá de nuestros estrechos horizontes y que solo podemos ver y conocer creyendo, esperando y amando.

Jesus, ascendido, vuelto al Padre, permanece con nosotros, solo ha cambiado de aspecto, lo encontramos en el pobre, y en el que sufre. La meta  es verlo glorioso, pero si antes lo acogemos en nuestro corazón por medio de la oración y en la acogida mutua, siendo así signos de su amor que sin dejar de ser encarnado acaba siendo un amor glorificado

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