13º Domingo del T.O. Ciclo C

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A lo largo de una serie de domingos, vamos a acompañar a Jesús en su viaje a Jerusalén.

San Lucas, ha dado a la parte central de su Evangelio esta forma narrativa de viaje. De este modo, pone de manifiesto que la vida del cristiano es una peregrinación hacia la patria, algo que está muy presente en otros escritos del Nuevo Testamento.

La primera lectura, es del libro 1º de los Reyes, 19, 16b. 19-21 y pertenece al llamado ciclo de Eliseo, el cual es llamado por Elías para la misión profética, lo que supone un cambio de vida radical y un ponerse en camino en despojo y libertad, para ejercer la propia misión. A la llamada, Eliseo responde inmediatamente con un gesto de entrega: da a los suyos todo lo que tiene y todo lo que es, mostrando así una libertad suprema.

En la segunda lectura de Gálatas 4,31b-5,1.13-18 San Pablo, nos invita también a recorrer un camino de libertad, libertad que curiosamente se da en la medida en que nos dejamos atrapar o nos sometemos a la caridad de Cristo, de manera, que vivir en la libertad, es lo mismo que vivir como Cristo vivió, es decir, estar dispuestos como él a dar la vida por los demás. Ser libre como Cristo es amar como Cristo y ello es posible, en la medida en que también nosotros nos sabemos como él, amados por el Padre, pues Dios es amor y quien vive en el amor, vive en Dios. Así es como dirá Pablo, que Cristo nos ha liberado de la ley, lo que equivale a ser liberado del apetito desordenado de poner nuestro propio yo en el centro de la existencia y pasar así a una nueva situación en lo que cuenta de verdad es la caridad que nos libera de las estrecheces de nuestro egoísmo dándonos así la felicidad.

Pero bien sabemos, que podemos entender la libertad justo, al contrario, como afirmación de nuestro propio yo, por ello hemos de estar atentos a lo que nos dice el apóstol: «no toméis la libertad como pretexto para vuestros apetitos desordenados; antes bien, haceos esclavos los unos de los otros por amor». Seamos pues libres, mediante la renuncia voluntaria y continua a vivir encerrados en nuestro yo.

El Evangelio es de Lucas 9,51-62 en él se nos muestra a Jesus que de forma decidida y en obediencia al Padre, se encamina hacia Jerusalén. La suya, es una decisión irrevocable fruto del amor. Envía por delante a sus discípulos, a fin de que preparen el corazón de los hombres, para la escucha de la Palabra. El punto de partida de su camino es un pueblo de Samaría. La relación entre judíos y samaritanos nunca fue buena y la animosidad y el odio entre ellos era grande. Pero Jesús, al comenzar el camino, advierte a los suyos que hay que alejar todo deseo de venganza, odio, persecución y toda su enseñanza consistirá en descubrirles que el reino tiene fuerza por sí mismo y sin necesidad de recurrir a la violencia o al poder, sino que más bien, el poder de Dios se manifiesta en el establecimiento del Reino por medio de la cruz y resurrección. Pero hoy como ayer, seguimos sintiendo la tentación del recurso a otros medios.

Jesús, se muestra también clarísimo en que no se puede anteponer nada a su amor, así hemos de entender: «deja que los muertos entierren a sus muertos». De este modo, el discípulo puede tener un corazón libre, capaz de hacer suyos los sentimientos del Maestro, y poder así entregarse por completo a la voluntad del Padre y a la construcción de su Reino.

El seguimiento de Cristo provoca una ruptura con lo anterior, sin que ello suponga desentenderse del mundo, sino un entenderlo desde Él mismo y desde su estilo de vida.

Lo que Jesus ofrece al que le sigue es: un sentido para toda la vida y una clave interpretativa de toda la existencia.       

Fiesta del Corpus Christi

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El día de Corpus Christi, nos centramos en la Eucaristía y afirmamos que es el centro de nuestra vida cristiana ¿Qué quiere decir esto?

En primer lugar, que la Eucaristía salva nuestro pasado, pues nos une a un hombre que pasó por en medio de la gente y anunció con obras y palabras la presencia de Dios en su tiempo y en todo tiempo. El pan y el vino consagrado nos hablan de una historia diferente, salvífica, que arranca del corazón de Dios, en la Trinidad de las personas divinas, de su amor.

Este pan y este vino consagrado no solo afectan a nuestro pasado, sino también a nuestro presente, puesto que en él vemos un amor que nos sostiene y que da fundamento a nuestra vida, haciendo posible el encuentro real con el Dios que es fuente de vida y de bendición en medio de nuestro vivir, esto es, de nuestro pan y vino cotidiano.

Este pan y este vino consagrado, es también pan del futuro, de manera que nuestro vivir cotidiano, ya no es algo que transcurre con angustia entre un nacimiento y una muerte; nuestra historia, ya no encuentra un cielo cerrado encima de ella.

El pan y vino consagrado aparece, así como el signo de una historia apasionante, que renueva, transforma y da sentido a nuestra propia historia, abriéndola a un futuro nuevo y esperanzador.

La primera lectura, de Génesis 14,18-20, nos habla del encuentro de Abrahán con Melquisedec, que le ofrece pan y vino, signos del culto y del alimento básico. Junto a ellos, las palabras de bendición a Dios y a Abrahán. La bendición dirigida a Dios es el reconocimiento de su grandeza y bondad, y la dirigida a Abrahán es la consolidación de la que recibió en el momento de la vocación. Todo ello nos habla de la Eucaristía, en cuanto que signo de la bendición de Dios hacia nosotros por medio de Jesucristo y de la acción de gracias que nosotros le tributamos a él por su presencia real entre nosotros.

La segunda lectura, de 1ª Corintios, 11,23-26 nos recuerda aquello que Jesús prometió a los discípulos antes de ascender al cielo: «sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Mientras aguardamos su retorno, esa espera está poblada por su compañía permanente. Y esto es lo que anunciamos cada vez que celebramos la Eucaristía: que la presencia en el pan y vino consagrado es Cristo mismo transformado y presencializado en el pan y el vino. Esto es algo que, perteneciendo al pasado, y que forma parte de una tradición recibida, da sentido al presente, abriéndolo a un futuro de plenitud felicidad y amor. Los que participamos de un mismo pan tenemos un mismo destino, convirtiéndonos así, en pan de vida y de esperanza para los demás.

El Evangelio, es de Lucas 9,11b-17 y nos muestra la multiplicación de los panes y de los peces. Un milagro que para muchos es anticipo de la Eucaristía, pues los gestos de Jesús sobre el pan evocan los de la última cena y, por otra parte, Lucas reconoce que la celebración del banquete fraterno empuja a compartir los bienes materiales del mismo modo que se comparten los espirituales, de manera que hoy como ayer, estamos llamados a seguir realizando signos convincentes de la fe que proclamamos. Es entonces, cuando el milagro se convierte en prueba de nuestra fe y en signo del mundo nuevo al que Dios nos llama por medio de Jesucristo, cuyo Santo Nombre invocamos continuamente.

La Santísima Trinidad, Ciclo C

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La fiesta de la Santísima Trinidad, se celebra el domingo siguiente a Pentecostés y nos invita a contemplar el misterio de Dios.

La primera lectura es del libro de los Proverbios 8,22,31. Es una reflexión sobre la Sabiduría.

Sabio, es aquel que consigue ver la verdadera ley de la vida, aquel que reconoce en el mundo una sabiduría que es anterior a él. Pero poco a poco la reflexión fue evolucionando hacia su personificación en la figura de una muchacha que acompaña al Señor en su obra creadora y que se divierte con el mundo y con la humanidad.

La sabiduría es por tanto, la Palabra que hace existir la Historia, y que se suele interpretar como figura o tipo del Verbo de Dios. La sabiduría si bien aquí no se identifica con Dios, forma parte de su entorno relacional, presentándonos a Dios en relación y con un rostro femenino y en interacción con su criatura.

La sabiduría, aparece así como un intermediario o puente entre Dios y los hombres. El Nuevo Testamento, atribuye a Jesucristo este papel mediador y así la carta a los Hebreos, nos dirá que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres. La reflexión en torno a esta Sabiduría, nos permite comprobar que entre Dios y el hombre existe una suerte de relación, y que es en esa relación sobre la que se funda el sentido tanto de la vida como de la historia.

La segunda lectura, es de Romanos 5,1-5, Pablo nos recuerda que estamos llamados a participar de la gloria de Dios, de su misterio, de manera que todo contribuye a ello. El Espíritu, es el hacedor de esta gran obra, permitiendo que todo alcance su sentido y su plenitud en Dios. El que cree y espera en Dios, sabe que su amor, derramado en nosotros por medio de su Espíritu, es el que da un sentido nuevo a todas las cosas, pues todo es para la gloria de Dios.

Este amor de Dios que se derrama en nuestros corazones, nos ha dado, la libertad con respecto a la ley y al pecado, abriéndonos a la esperanza, de forma que amparados en este amor, podemos perseverar enmedio de las tribulaciones y sufrimientos de esta vida, uniéndonos así a Cristo, vencedor del pecado y de la muerte.

La vida en el Espíritu es por tanto, la fuente de donde brota la vida cristiana, pues el Espíritu, es el que da testimonio continuamente de que somos hijos del Padre por la muerte y resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios.

El Evangelio es de San Juan 16,12-15 y nos recuerda la necesidad de vivir en la verdad y en la bondad de la verdadera Historia, que no es sino Cristo Jesús, cosa que el Espíritu, nos permite y ayuda a comprender y asimilar, fundamentalmente su muerte y resurrección, que son el verdadero comienzo de la nueva historia, el nuevo mundo y de la nueva humanidad.

En este contexto, lo importante es mantener viva la comunión que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, tanto en nosotros como en el pueblo de Dios, que es la Iglesia.

Nuestra llamada a la comunión con Dios y con quienes nos acompañan en nuestro caminar, lejos de ser un peso, nos permite alcanzar la verdadera libertad y felicidad y por ello es: «la otra historia».

Ciertamente, hablar de Dios no es fácil, pues es hablar de esa otra historia, que se construye sobre la caridad, y la comprensión, unidas por un mismo amor.

Pentecostés, Ciclo C

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Con Pentecostés llegamos a la plena realización de la obra salvadora, al comienzo de la Evangelización y a la espera del retorno del Señor.

Lo que para el judaísmo era el don de la ley, se convierte ahora en el cumplimiento de la promesa.

La primera lectura de los Hechos de los apóstoles 2,1-11, narrados por San Lucas, pone de manifiesto cómo los discípulos reciben el Espíritu estando juntos y en oración. Este es el clima apropiado para recibir el Espíritu y cómo renovar su presencia, pues es el que hace posible la comunión, con Dios y con los demás.

Los signos que le acompañan como el viento, el fuego y las diferentes lenguas, son signos del poder soberano de Dios y principio de vida para todo viviente sea de la nación y lengua que sea. El hace nuevas todas las cosas comenzando por los mismos discípulos, que ahora son capaces de intuir, seguir y atestiguar los caminos de Dios y guiar a todos hacia la comunión con él, en Jesucristo, crucificado y resucitado por todos.

La segunda lectura, es de 1ª Cor. 12,13b-7.12-13. En ella Pablo indica a los cristianos de Corinto que el Espírítu es el que hace posible la comunión en la diversidad, de manera que tanto la diversidad como la comunidad son su obra. No podemos extrañarnos de lo uno ni de lo otro. Como tampoco puede extrañarnos el fin de todo ello, que no es otra cosa que la unidad, esto es el bien común, o dicho de otro modo, la edificación del cuerpo que es la Iglesia, formado no ya por los que tienen una misma sangre o pertenecen a una misma raza, sino por todos los que pertenecen a Cristo por el bautismo, que es el signo de la comunión, pues nos regenera y nos hermana a todos haciendo posible que podamos renacer a una vida nueva en la que el mayor carisma y el que los engloba a todos, es la caridad.

El Apostol, nos recuerda, que todo esto se resume en algo tan decisivo como es reconocer que Jesús es el Señor. Lo cual, no es solo una invocación realizada en la oración sino, la expresión del testimonio que se lleva a cabo en todo momento y de manera especial en la persecución. Tanto en la confesión como en el testimonio, el Espíritu es el gran protagonista y sin él no es posible ni lo uno ni lo otro.

El Evangelio es de Juan 20, 19-23. Jesús, en él, es el que entrega el Espíritu tanto en la cruz como en la resurrección y con él su fruto que es la paz, es decir, la reconciliación, el perdón de los pecados.

El pecado, que rompe la comunión con Dios y con los demás dando lugar a la guerra, ha sido vencido por Cristo y esa victoria se actualiza en el sacramento del perdón. La nueva creación es pues re-creación, es decir, un recordar al hombre su condición originaria de comunión con Dios y con los demás, llevándola hacia su plenitud. Así se pone de manifiesto que el pecado no pertenece al plan de Dios sobre el hombre, y que Jesús no tenga pecado, aun cuando fuera en todo semejante a nosotros en todo. Luego, podemos afirmar con rotundidad que el pecado no es humano.

En la formula de la absolución, se nos dice que: «el Espíritu fue derramado para la remisión de los pecados. La reconciliación, que es obra de la muerte y resurrección de Jesús y que se actualiza por el Espíritu Santo y los Apóstoles, pone de manifiesto cuál fue el proyecto original de Dios y cómo por medio del arrepentimiento, se nos da el Espíritu Santo.

Hermanas y hermanos, hemos sido llamados a formar un solo cuerpo, cada cual con sus propios dones, con sus propios carismas, con su propio rostro de santidad. El amor de Dios que se derrama en nosotros por medio del Espíritu, es el ceñidor de la unidad y el dador de la paz.

Vivir en el Espíritu es la meta de la vida cristiana, lo que equivale a tener paz en nuestro corazón, a ser instrumentos de paz y testigos de esperanza.

Para los que quieren hacer suyo el modelo de las bienaventuranzas, el Espíritu es luz, caridad, mansedumbre, y piedad enmedio de las tinieblas y de la ignorancia en esta vida.

¡Ven Espíritu Santo, ven!

Domingo de la Ascensión, Ciclo C

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La Ascensión, forma parte del núcleo del mensaje cristiano, esto es, la afirmación de que Cristo está sentado y glorificado a la derecha del Padre, pero la realidad de la Ascensión está presente en todos los escritos del Nuevo Testamento. El mensaje que nos da es que el que asciende volverá de nuevo para cerrar la historia y manifestarse plenamente. En la Ascensión celebramos, la plena glorificación de Jesús y el anuncio de su vuelta gloriosa para consumar la salvación.

La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 1,1-11, se trata de un resumen que contiene preciosas indicaciones. La primera y fundamental es que él está vivo. Tras cuarenta días, número que significa madurez, en los que Jesús se ha aparecido a los apóstoles, éstos, están capacitados, para ser testigos del resucitado y acoger el plan de Dios, que sobrepasa los límites y expectativas mesiánicas de Israel, por lo que deben estar disponibles al Espíritu prometido por el Padre, para encarnarlo en la historia. Como hizo en otro tiempo Abrahán, también los apóstoles deben salir de su tierra, de su seguridad, de sus expectativas y llevar el Evangelio a tierras lejanas, sin tener miedo a las persecuciones, fatigas, rechazos.

La segunda lectura es de Hebreos 9, 24-28; 10,19-23. En ella aparece Cristo en su función sacerdotal, infinitamente superior a la institución de la Antigua Alianza, pues él no entró en el santuario, como hacía una vez al año el sumo sacerdote para expiar los pecados del pueblo con la sangre de las víctimas sacrificadas, sino que penetró nada menos que en los cielos, en la trascendencia de Dios, para interceder en favor de todos, tras haber ofrecido de una vez por todas, el sacrificio de sí mismo. Una ofrenda cuyo valor infinito puede rescatarnos del pecado y de la muerte.

Por él, estamos llamados a acercarnos al Padre con un corazón puro, purificado por el bautismo y sus exigencias.

Cristo, ascendido a la diestra del Padre reina desde ahora. Él es la cabeza de toda la creación y en particular de la Iglesia, con la que forma una unidad indisoluble.

El Evangelio es de Lucas 24, 46-53. Este relato de la ascensión, de Lucas, que tiene muchos rasgos en común con el de los Hechos de los Apóstoles, pero también tiene acentos diferentes. El acontecimiento aparece narrado inmediatamente a continuación de la Pascua, significando que se trata de un único misterio: la victoria de Cristo sobre la muerte coincide con su exaltación a la gloria por obra del Padre y todo ello forma parte del designio de Dios, que ahora se extiende a los discípulos, llamados a dar testimonio de él.

Jerusalén, punto de llegada de la misión de Jesús, es ahora el punto de partida de la misión de los apóstoles. En Jerusalén, deberán también esperar el don del Espíritu.

El tiempo de Cristo acaba con la esperanza del Espíritu, que es también el tiempo de la Iglesia, que se alegra por el triunfo de su Rey, de su Cabeza, de su Señor y se siente llamada a la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, guiada por el Espíritu, y recordándonos que Jesús glorificado sigue en medio de nosotros hasta el fin del mundo.

5º Domingo de Pascua, ciclo C

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Jesús muerto y resucitado nos muestra un camino nuevo, el del hombre glorificado a través de la muerte en cruz.

La primera lectura es de los hechos de los apóstoles, 14, 20b-26, y nos coloca junto Pablo, que acompañado de Bernabé se presenta en Jerusalén, como el que ha pasado de ser perseguidor a anunciador del Evangelio. Esto no fue fácil de asimilar ni por parte de los cristianos ni por parte de los judíos, pero Jesús resucitado es el que acompaña el camino de su Iglesia y este camino está hecho de cruz y de gloria. Un solo camino con dos etapas sucesivas y a la vez entretejidas.

Esta es la base de la evangelización en la que Cristo resucitado abre caminos y acompaña esta tarea con la presencia del Espíritu. La misión apostólica, así como la responsabilidad eclesial, son, en efecto, tareas que el Señor mismo confía a algunos, pero de las que debe hacerse cargo toda la comunidad, sosteniéndolos con la oración y el sacrificio personal.

La segunda lectura es de Apocalipsis 21,1-5, Se nos muestra la plenitud humana de Cristo resucitado, que hace posible un mundo nuevo. Si bien los profetas habían vaticinado ya unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65,17) y habían presentado a Jerusalén como esposa de Dios (Is 62) el horizonte era temporal con referencia a la restauración material de la ciudad mediante la intervención de Dios. Juan ve descender ahora, un cielo nuevo y una tierra nueva, que será la morada de Dios con los hombres. Se trata de un nuevo y último paso en la revelación: el del hombre que está con Dios. Una vez destruido el mal, aparece un nuevo pueblo que pertenece totalmente al Señor y el Señor está eternamente con ese pueblo. Esta es la nueva realidad que ya hemos empezado a degustar, pero que se nos dará plenamente, gracias a que el Cordero degollado ha resucitado, ha entrado en su gloria y nos ha enviado el Espíritu que nos lo enseña y nos lo interpreta todo.

El Evangelio es de Juan 13,31-33a.34-35, pertenece al discurso de despedida, donde Jesús explica a los discípulos que la gloria de Dios no se vincula al fácil éxito mundano ,sino más bien al triunfo del bien, que para nacer debe pasar a través de la gran tribulación. La cruz, es así el seno materno de la vida verdadera, que consiste en una vida de comunión con Cristo y cuyo resultado es el de la comunión con los hermanos. Toda la Evangelización está destinada a conseguir que el hombre viva en comunión con Jesús y que en esa comunión encuentre el sentido a su vida.

El mandamiento nuevo se inscribe así en la perspectiva nueva del amor de Cristo por nosotros. El lo ha vivido primero y así es como nos lo enseña y muestra como mandamiento. Es el camino del que ha sido glorificado a través de la muerte en la cruz. Un camino nuevo, que comienza con nuestro morir a toda clase de orgullo y de egoísmo, para pasar de la decadencia del pecado a la plenitud de la vida nueva. Es la señal de que vivimos con él y en él.

El mandamiento nuevo no es así un yugo pesado, sino comunión personal con Dios, que quiere permanecer presente entre los suyos como amor, como caridad.

3º Domingo de Pascua Ciclo C

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En la primera lectura de Hechos 5,27b-32.40b-41, se nos muestra el comienzo de la persecución para los que siguen a Jesús y ello les permite dar testimonio: «Dios lo ha exaltado a su derecha como príncipe y salvador, para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados. Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto».

Es necesario dejar todo esto, bien claro, pues ya no hay vuelta atrás y por la resurrección, «Dios lo ha constituido en Príncipe», esto es, el que conduce a la vida y «Salvador», un título que el Antiguo Testamento lo reserva única y exclusivamente para Dios, por lo que el conflicto está servido, pues este es a quien «vosotros colgasteis de un madero», y una vez resucitado es el Señor. Y este conflicto es el que atraviesa la historia de ahora y de siempre, pues si Cristo resucitado es el Señor ya no hay otro. Los poderes de este mundo sean los que sean, se revelan ante esta situación y mientras, los apóstoles que continúan con la predicacion enmedio de esta situación, se presentan ante el pueblo y ante el mundo como testigos del Señor.

La segunda lectura, es de apocalipsis 5,11-14 y en ella aparece la alabanza del cordero. En Hebreo, una misma palabra: Talja, designa tanto «siervo» como «cordero», luego Cristo es el verdadero Cordero pascual y Siervo de Yaweh. El himno de alabanza, se inicia en el cielo, desciende sobre la tierra y vuelve a subir al cielo para concluir en el Amen de los cuatro vivientes, que simbolizan todas las realidades creadas. Cielo y tierra se encuentran, de este modo, unidos en un movimiento circular, mientras que Dios libérrimo en la oferta y en los medios, espera del hombre una respuesta adecuada bien sea que camine por la luz natural y la rectitud de su conciencia o por la luz del Evangelio. El misterio de la salvación, unido al misterio de la libertad humana, hace que libertad del hombre y la salvación de Dios vayan juntas y no se puedan separar.

El Evangelio es de Juan 21,1-19. Nos muestra ese momento de incertidumbre que viven los discípulos cuando Jesús resucitado desaparece de sus ojos. Lo que parece imponerse es volver a la vida de antes iluminada por la enseñanza de Jesús al que reconocen vivo y al que encuentran en el pan partido de la Eucaristía y en la obediencia a la Palabra que les permite realizar en este caso, una pesca superabundante. Todo esto nos indica que tan real fue la resurrección como real fue la muerte en cruz y por tanto, real es también la esperanza a la que Jesus nos llama.

En este contexto es donde Simón Pedro es afianzado en su misión. Si tres fueron las negaciones ahora son tres las llamadas a la disponibilidad total para servir a los demás hasta el don de la vida, pues el ejercicio de la autoridad en la Iglesia ha de estar dirigido por el amor y el ejercicio de este amor pastoral, solo es posible si se ha experimentado profundamente el amor de Dios revelado en la persona, la vida y la muerte de Jesús.

Al Igual que Pedro, también nosotros debemos dejarnos interpelar por la palabra de Cristo resucitado, que pone al descubierto nuestro pecado, nuestra fragilidad pasada y presente, aunque nos pide un consentimiento de amor.

Solo después de haberle reconocido a él y habernos reconocido a nosotros mismos bajo su luz, podremos ofrecerle nuestro amor sin engaño y con el deseo de amarle. Entonces nos confiará su tesoro: nuestros hermanos. El sufrimiento y la persecución estarán presentes, pero junto a ello, estará la alegría de poder realizarlo todo en su santo nombre.

2º Domingo de Pascua, Ciclo C. Domingo de la Misericordia

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La Pascua ha supuesto una nueva manera de vivir. Esto es lo que nos indica la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, 2,42-47. Cuatro son las características que distinguen a los creyentes: la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, o sea el reconocerse necesitados de aprender a vivir como cristianos; la comunión o Koinonia, que es la unión de los corazones que se manifiesta también en el compartir los bienes; la fracción del pan, que es el gesto típico de los judíos para iniciar la comida ritual, que indica ahora la Eucaristía, el memorial; y por último, la oración.

Es más, los apóstoles, realizan signos y prodigios, lo que indica que expresan de forma plástica y convincente la resurrección de Jesús, pues si realizan signos en el Nombre de Jesús, es porque él está vivo. Por otra parte, según el testimonio de Deuteronomio 15, cuando los hebreos, entren en la tierra prometida han de poner cuidado en que no haya ningún pobre entre ellos, ya que la tierra es para todos. Pues bien, estas palabras adquieren ahora todo su significado, de manera que el compartir los bienes se convierte en un signo de que ha llegado la salvación definitiva.

La segunda lectura es del libro del Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19 y nos describe una experiencia que tiene lugar precisamente, el domingo, día memorial de la resurrección del Señor. En ella, el único candelabro de siete brazos del templo de Jerusalén, se ha transformado en muchos candelabros, lo que indica que se ha pasado de un único ámbito de culto, o sea el templo, a la totalidad de la comunidad eclesial. Enmedio de ellos está Cristo como primero y último, es decir, Creador y Señor del cosmos y de la historia. El que vive,esto es, el que tiene la vida en sí mismo y el que tiene las llaves, esto es el poder de la muerte y del abismo de los muertos.

El Evangelio es de Juan 20, 19-31. y nos presenta dos grandes cuadros, en el primero aparecen los once, encerrados por miedo a los judíos, a pesar del anuncio de María magdalena, pero Jesús traspasa las barreras que se le imponen, manifestando así su nueva condición, aunque mantiene los signos de la pasión: «les mostró las manos y el costado». Era necesario esta identificación, pues el que vivió en esta historia nuestra y murió en un aparente fracaso, es el que ahora está vivo y ha vencido a la muerte y por tanto, el que trae la paz: «la paz esté con vosotros». La paz es pues, el crucificado que ha resucitado. Paz y alegría, van juntos y son los signos de una creación nueva, libre ya del pecado y de la muerte.

El segundo cuadro, es el protagonizado por Tomás, que habiendo visto la agonía del maestro, se niega ahora a reconocer una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido tangible. Jesús condesciende y así nos encontramos con la confesión de fe mas elevada y concreta: ¡Señor mío y Dios mío! Pero el Señor, declara de manera abierta, para todos los tiempos,: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver. Si bien la fe parte de un Jesús real y humano, siguiendo la lógica de las bienaventuranzas, son felices, los que son capaces de superar esos motivos de credibilidad y se abren a la acción del Espíritu que les lleva al encuentro real con el Jesús resucitado.

Bienaventurados nosotros, si aunque no lo veamos con los ojos del cuerpo, creemos en el Señor, creemos en su amor y besamos sus llagas, esto es, cuando también experimentemos los clavos y las espinas que son las pruebas de la vida y entonces no solo habrá relación entre su muerte y resurrección sino también entre sus llagas y las nuestras. Vivir con Cristo, es por tanto, morir con Cristo, para resucitar también, con Cristo.

Domingo de Resurrección, Ciclo C

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Tras la celebración de la muerte y la resurrección del Señor, en el triduo y la Vigilia Pascual, llegamos al Domingo de Pascua, a la mañana de Pascua. ¿Qué añade este domingo a todo lo ya vivido y celebrado? La claridad, la certeza de que todo está bien hecho y de que todo no termina en la cruz. La cruz es el paso a la vida para siempre en Dios.

Con la resurrección, empieza por tanto, la novedad de la predicación, del anuncio de la fe : » A él a quien mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucitó». Del testimonio: » El nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos». Y del perdón: «Todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados por medio de su nombre».

Se impone por tanto, un modo nuevo de vivir que tal y como nos explica San Pablo en la carta a los colosenses, consiste en morir al pecado, al hombre viejo y renacer a una vida nuevo que el Apóstol denomina como una vida escondida con Cristo en Dios. Esto es, que prescinde de todo lo que vuelve la vida demasiado exterior y vacía de sentido para llenarla de Cristo, que vive en nosotros una vez resucitado. Es por tanto, una vida de adhesión a Cristo en la fe, hasta que se manifieste plenamente a todos.

El Evangelio de San Juan, nos sitúa ante la dolorosa experiencia de la tumba vacía, experiencia previa al encuentro con el Señor resucitado. No basta solo con el sepulcro vacío, sino que es necesario también el encuentro con el Señor, en el día primero de la semana, en el domingo, que pasa a ser así, el día primero de la nueva creación.

Una cosa es lo que se capta con la mirada externa, esto es, el sepulcro vacío y otra lo captado con la mirada interior. Lo primero es un simple ver, y lo segundo, creer. Así se nos dice que: «vio y creyó». La fe es una certeza pero una certeza que requiere un ponerse en marcha en el seguimiento de Jesucristo hasta llegar a la plenitud de vida con él.

El mensaje de la resurrección fue y sigue siendo una provocación que nos hace plantearnos la pregunta a cerca de Jesús y donde encontrarlo. Jesús es el que libre ya de las cadenas de la muerte está vivo y no lo encontramos en las páginas de los libros de historia, aunque ellos nos hablen de él, ni en las palabras de quienes lo describen como uno de tantos maestros de sabiduría de la humanidad, sino que es el que viene a nuestro encuentro, a lo largo del camino de la vida en la persona del otro, del prójimo, especialmente del que sufre y se deja encontrar en su Iglesia, enviada a llevar la buena noticia de la resurrección hasta los confines de la tierra.

El encuentro con el Señor resucitado hemos de hacerlo también todos y cada uno de nosotros. Este encuentro con él ha de ser el motor de nuestro vivir y de nuestro obrar.

Se dice que san Serafín de Sarov solía saludar con una palabras a las que venían a visitarle: «mi alegría es Cristo resucitado». Esto es sin duda un ejemplo de alguien que ha encontrado a Cristo. Como él podemos encontrar muchos ejemplos de personas entregadas a Cristo y a los demás y que nos ayudan en este tiempo de espera y de lucha y de dificultades; no de ostentaciones y de triunfalismos, sí de luces y sombras y de compromiso, en el que la Iglesia anuncia la venida del Señor y alienta a sus hijos a permanecer en la vigilancia, es decir, en la oración y en la alabanza continua, mientras preparamos con alegría su venida gloriosa.

Vivimos en el tiempo del Cristo glorioso escondido, en el que el creyente tiene la certeza de que un día se manifestará plenamente y entonces participará él de la gloria de su Señor.

Vigilia Pascual, Ciclo C

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Las lecturas de esta Vigilia Pascual comienzan con el relato de la Creación y terminan con el acontecimiento de la Resurrección.

Se nos quiere indicar así, que toda la historia, tanto la anterior como la posterior, mira hacia este acontecimiento que celebramos en esta noche santa de la Pascua.

La celebración de esta noche comienza con el rito del fuego, del que hemos encendido el Cirio Pascual, que simboliza a Cristo resucitado, presente entre los que se reúnen en su nombre.

El fuego nos recuerda la fuerza, del Espíritu que todo lo hace nuevo, y que también interviene no solo en la encarnación, sino que es el que resucita a Jesús de entre los muertos, y nos regenera a nosotros en el bautismo dándonos la filiación, el ser hijos de Dios .

La resurrección de Cristo ha dado lugar a una nueva creación. Lo viejo ha pasado y lo nuevo a comenzado. Esta es la clave.

La escena de la resurrección tal y como nos la describe el Evangelio nos recuerda un poco la de la transfiguración. Y es que aquello fue una prefiguración de esto. Jesús en aquel momento, hizo ver a los apóstoles lo que tenía que ocurrir después de la cruz, para así, fortalecer su fe . Igualmente la resurrección ahora, viene no solo a fortalecer la fe, sino a fundamentarla.

La fe no tiene otra base que la resurrección, que es sin duda la gran y buena noticia que habrá que comunicar a los demás. Esto es lo que hacen las mujeres, cuyos nombres aparecen en el relato, indicando, que son personas conocidas y por tanto de fiar. Esta noticia, por otro lado, comprobada y cerciorada por Pedro, es la que pone en marcha la Iglesia, fundada en la fe pascual.

Por todo ello y como hemos proclamado en el pregón, esta noche es una noche verdaderamente dichosa, en la que el Señor resucita de la muerte y de la oscuridad del tumba a la gloria de su vida eterna.

Si bien el sepulcro vacío es un dato importante, no basta para la fe en la resurrección. Contribuye a entrar en el realismo de la resurrección, pero es necesario algo más: la experiencia personal y comunitaria del Cristo vivo y la revelación de lo alto, que les permite identificar al resucitado con el crucificado.

La resurrección de Cristo no es solo la reanimación de un cadáver, sino que es mucho más. Es la vuelta a la vida para siempre, en un estado totalmente nuevo y trascendente de Cristo.

Lo que ha acontecido es lo que ellos, los apóstoles no entendían cuando Jesús les decía que tenía que padecer y que resucitaría.

Estamos pues, ante un acontecimiento que desborda todas las previsiones y todos los planes. El mensaje que se nos da es claro como el sol: Dios ha intervenido e interviene en la historia, este es el mensaje que brota de la resurrección. Esta intervención de Dios en la Historia, comienza con la creación y culmina con la resurrección que es la respuesta definitiva que quedó pendiente tras el pecado. ¿Qué sentido tiene la muerte? Y ¿Qué es lo que le espera al hombre después de la muerte? Lo le que le espera, al hombre tras la muerte es la nueva creación que enlaza con el proyecto original de Dios y que Jesús ya nos había anunciado por medio de sus signos o milagros y que llega a su plenitud tras la muerte. El mensaje de la resurrección es que tras la muerte, espera a la humanidad una vida sin fin, feliz, para siempre y para todos y esto es lo que llena de sentido nuestro vivir, nuestro actuar, nuestro trabajar y nuestro esperar.