Domingo XXX, T.O. Ciclo A

La ley, debe ser entendida como signo de la presencia de Dios, que es misericordioso con su pueblo y cuida especialmente, con esmero y amor, de aquellos miembros más desasistidos e indigentes y que están desprovistos de alguien que les defienda. Este es el caso de los extranjeros, carentes de un clan familiar, del huérfano y la viuda, carentes de padre o marido y el pobre carente de abogado. De estas personas, Dios se presenta como el defensor, o sea, como abogado, marido, padre y familia.    

La primera lectura de Éxodo 22, 21-27, es una prueba de esto. No se trata de simples normas filantrópicas sino de exigencia teológica, pues quien ha conocido a Dios debe actuar conforme a la verdad de este Dios misericordioso y cariñoso. Lo mismo ocurre con el préstamo del dinero. Hay que hacer desaparecer todo tipo de usura en las relaciones económicas entre los miembros del pueblo. El quebrantamiento de esta voluntad de Dios provocó un gran número de pobres que se habían vuelto incapaces de devolver los préstamos  usureros.  La  razón sigue siendo: «si grita a mi yo lo escucharé, porque yo soy compasivo».

La segunda lectura tomada de 1ª Tesalonicenses 1,5c-10, nos presenta a Pablo que habla de los problemas que tuvo en la evangelización de esa comunidad y como los tesalonicenses han seguido su ejemplo en su integridad en la fe y en su valentía frente a las tribulaciones. Ahora ellos experimentan lo que significa ser discípulos de Jesús de verdad. La clave es que acogieron la Palabra entre tanta lucha, con la alegría del Espíritu Santo, de forma que ahora son ellos modelo para las demás iglesias, por haber hecho un largo recorrido desde las prácticas paganas hasta la experiencia limpia del Evangelio. En ellos se ha patentizado la alegría de los que viven la bienaventuranza de Jesús: dichosos los perseguidos por mi y por la justicia porque Dios es realmente su rey.

El Evangelio, tomado de Mateo 22,34-40, nos da al igual que el domingo pasado, la respuesta de Jesus a otra cuestión fundamental: ¿Cuál es el mandamiento más importante de la ley? La respuesta de Jesús orienta la cuestión en varias direcciones. La primera se dirige hacia la oración que los judíos recitan tres veces al día y que es una profesión de fe en el Dios único y verdadero. Sólo desde el reconocimiento de un único Dios se puede hablar de un amor exclusivo. En segundo lugar, Dios quiere ser reconocido y amado con todo el corazón, es decir, con toda la interioridad: inteligencia, voluntad, sentimientos. En tercer lugar, a esa exclusividad de Dios, se añade la novedad de Jesús al poner el mandamiento del amor fraterno o al prójimo en el contexto y en la esfera del amor de Dios.

En Jesús descubrimos el modelo supremo para hacernos prójimos de los demás en el contexto del amor a Dios: la atención solícita ante las necesidades del otro, el perdón y reconciliación con el enemigo y el servicio al amigo y al hermano.  Un amor universal y sin fronteras esta es la novedad a la que apunta el Evangelio y que ya estaba presente en la ley y en los profetas  

Domingo XXVII, T.O. Ciclo A

Cuando se quiere expresar el bienestar o la tranquilidad en la Escritura, se afirma que más o menos es como llevar una vida tranquila debajo de la higuera o la parra.

La primera lectura de Isaías 5, 1-7, recurre a la imagen de la vid para simbolizar al pueblo de Dios, en el que Dios lo hace todo bien para el hombre. Pero la grandeza y belleza de las imágenes que describen los cuidados del viñador se convierten en decepción hasta convertirse en amenazas. Ahora bien, el amor de Dios por su viña es eterno y las amenazas una advertencia y una solicitación a convertirse y a cambiar de actitud en sus relaciones con él, de manera que si Israel no vive en la viña-jardín con corazón agradecido y no produce los frutos esperados, Dios convertirá el jardín en un desierto. El mensaje es que Dios sigue teniendo proyectos de paz y de bienestar y no de aflicción para los hombres y no abandona al mundo ni puede ser suplantado por nada, porque nada ni nadie quiere más sinceramente el bien de todos los hombres y mujeres que él. En un mundo en el que las relaciones se hacen cada vez más distantes y más frías e interesadas, es necesario insistir en esta labor delicada y gratuita de Dios con el hombre.

La segunda lectura, de Filipenses 4,6-9, San Pablo, que es un ejemplo acabado de oración, habla de las riquezas que se derivan de la misma. Nos sorprende que en una persona de la actividad de Pablo se diera a la vez la honda riqueza del diálogo permanente con Dios que es su más breve y mejor definición. «Nada os preocupe», dice a los filipenses, es decir, que no vivan anticipándose a los acontecimientos ni con una solicitud angustiosa o cálculo exagerado, que les produzca desasosiego o al abandono de la confianza. También, San Mateo en su Evangelio, cuando habla de la confianza en Dios que cuida de las aves del cielo y de las flores del campo, utiliza la misma expresión: no os preocupéis, no os inquietéis, no os angustiéis, no os adelantéis a los acontecimientos. Pablo nos invita a hacer como las aves, siempre buscadoras, pero sin angustia. Esto es, hemos de ocuparnos y poner todos los dones en acción, pero con sosiego y con alegría. De este modo, es como los creyentes, hacemos posible el reino de Dios que entraña siempre un mundo mejor para todos, de manera que huir del compromiso moral y social nos alejaría de la voluntad de Dios. De ahí, la necesidad de construir la paz y la solidaridad trabajando por la dignidad y el respeto de toda persona humana. En una palabra y como nos recordaba el Apóstol: «busquemos siempre lo verdadero, lo noble, lo amable, lo virtuoso».

El Evangelio, de Mateo 21,33-43, nos muestra una parábola que como casi todas, tiene como finalidad justificar, porqué el Evangelio es ofrecido a los pobres. Es muy posible que ésta en concreto se haya dirigido a los miembros del sanedrin, pues Jesus no habla de la viña sino de los viñadores y por ende, a todos los responsables de llevar adelante la evangelización y la vida de la Iglesia.

El mensaje es claro: Jesús es la última oferta de Dios a su pueblo y a los hombres. Es necesaria la vigilancia y la decisión. Hoy como ayer, esta parábola sigue siendo una denuncia a cuantos tienen la misión de dirigir la sociedad y especialmente la Iglesia, la viña del Señor.

Pidamos al Señor continuamente, que recuerde su compasión y su misericordia para con nosotros.

Domingo XXV T.O. Ciclo A

Dios está cerca de los hombres, por lo tanto, se le puede encontrar siempre. La búsqueda de Dios, es una tarea fundamental para la felicidad de toda persona. La primera lectura del profeta Isaías 55,6-9, nos invita a ello, reconociendo su presencia en los acontecimientos imprevisibles de la vida y reconsiderando la idea que nos hacemos de Dios, a veces muy a nuestra medida y que no deja de ser fiel y misericordioso.

Hoy como ayer es muy necesario que sintamos muy cercano a Dios y que Dios siga estando muy cercano a cada uno de nosotros, pero a la vez hemos de estar dispuestos a aceptar que es el Otro que nos desborda por todas partes. Mas aún, estamos invitados a descubrir en las conquistas humanas la mano oculta y misteriosa de un Dios que, desbordándonos nos acompaña. Su trascendencia no es separación, sino que es cuidadosamente solícita, sumamente sabia y eternamente providente.

En la segunda lectura de Filipenses 1,20c-24.27ª, Pablo, desde la cárcel experimenta lo que ha predicado tantas veces: el misterio pascual de Cristo, pero a la vez no deja de preguntarse: ¿Qué es lo mejor para él? ¿Qué es lo mejor para la Iglesia? ¿Cuál es el proyecto de Dios en este momento de su vida?  no sabe qué escoger, y nos hace partícipes de un criterio, válido tanto entonces como ahora: cuando en las dudas la balanza se inclina a favor del otro, este criterio es válido y auténtico; pero para ello, es fundamental caminar según el Evangelio, afirmando con la palabra y con el testimonio sincero, que hay un futuro seguro por delante.

En el Evangelio de Mateo 20,1-16, nos encontramos con la parábola en la que esas repetidas llamadas a los obreros y en distintas horas del día se llega a un momento en el que se da una ruptura con el modo habitual de pensar, pues jamás el que ha trabajado un rato es tratado como el que ha soportado el peso del día y del calor. Ciertamente el comportamiento de Dios es diferente del de los hombres. Ahora bien ¿Por qué pronunció Jesús esta parábola en la que los trabajadores de la primera hora se sienten airados con respecto a los de la última hora? Para salir al paso de quienes en la vida real se parecen mucho a esos jornaleros descontentos, que se atreven a murmurar del patrono porque se ha excedido en generosidad. La parábola es una defensa del Evangelio del perdón y de la misericordia contra los fariseos que la rechazan y de este modo rechazan a Jesús, su mensajero.

Se nos invita así a contemplar, dentro de la misma Iglesia, a quienes murmuran del proceder cotidiano de la Providencia. Esos que murmuran de todo lo que no les encaja en su marco de comprensión de las cosas y de los acontecimientos.

Vemos así, cómo en Jesucristo, lo anunciado por Isaías alcanza su plenitud y su sentido pleno, su realización. En Jesús tenemos al Dios-con-nosotros, Dios cercano para siempre, mediador entre el cielo y la tierra. En Jesús encontramos el pensamiento de Dios encarnado y a su vez el camino para encontrarlo.  

Domingo 22, T.O. ciclo A

Dios elige a sus enviados, pero no les exime de sus riesgos, aunque los protege. Desertar de la misión profética es como querer apagar en su propio corazón el ardor de la llama divina: es imposible y Dios sale victorioso en el corazón del profeta.

La primera lectura tomada de Jeremías 20,7-9, nos presenta los desahogos de un profeta apasionado por su Dios y que experimenta las contrariedades, oposiciones, persecuciones, encarcelamientos y desprecios que le aporta la misión; pero que conoce también la fuerza íntima de la Palabra que se le ha encomendado y tiene una especial confianza en ella, de modo que su fuerza es superior a las dificultades. Dios le ha permitido saborear el fracaso en el ministerio hasta el final; pero el final definitivo y más profundo es el rostro de un Dios amoroso que ama a su pueblo y quiere su salvación, por medio de la Palabra proclamada y creída.  

La misericordia divina es el motor del plan salvador de Dios. En la segunda lectura de Romanos 12,1-2, en nombre de la misericordia de Dios, Pablo anima a los hermanos en la fe para que le den a la vida una dimensión sacra y sacrificial. El culto cristiano verdadero implica contemplar y valorar la corporeidad humana de otra forma más auténtica y más acorde con su ser imagen y semejanza de Dios y miembros vivos de Cristo Jesús. La corporeidad humana queda así, insertada en el culto y con ella todo el comportamiento humano se convierte también en expresión de ese culto; un comportamiento según la voluntad de Dios, al que agrada, lo bueno, lo perfecto, lo que se realiza en el marco de la Alianza con su pueblo y en el marco de la experiencia y enseñanza de Jesús. Ello supone un encuentro más vivo con los demás y una transformación de la mente (pensamientos, quereres y sentimientos) para hacer posible no solo nuestra transformación, sino la del mundo entero llamado a entrar así, definitivamente, en el culto eterno, en la ciudad celeste, cuando toda la Creación quede liberada del pecado y de la muerte.

En el Evangelio de Mateo 16,21-27, Jesús vuelve a lo genuino de su misión, al verdadero sentido del Mesías en los planes de Dios, a las Escrituras, es decir, al camino del sufrimiento sustitutivo del Siervo. Pedro que no lo entiende se escandaliza. No entiende el proyecto de la cruz, no entiende que en la debilidad de la cruz se manifieste el poder soberano y amoroso de Dios por la humanidad caída. Pedro debe saber que por sí solo no alcanza a comprenderlo y que Satanás tiene sumo interés que ese proyecto sea entendido como insensato, irracional e inaceptable. Ahora es Pedro el que se alía con el tentador, pero la razón estará de parte del Padre que ama a la humanidad hasta la entrega del Hijo.

Cristo, figura del profeta perseguido, nos muestra el verdadero camino de la salvación que pasa por la entrega de sí mismo y en esa ofrenda, realizada en la cotidianidad de la vida, es donde el hombre celebra el auténtico culto espiritual.     

Domingo 21, T.O. ciclo A

Dios elige a aquellos que mejor pueden colaborar en su proyecto de salvación.

La primera lectura tomada de Isaías 22,19-23, nos recuerda que, así como es rechazado Saul y es elegido David, es rechazado el mayordomo del rey Ezequías, debido a su Megalomanía. Isaías, que había anunciado la liberación, invita con este episodio a reconsiderar la precariedad de las ambiciones humanas y cómo solo la iniciativa de Dios puede garantizar el orden y el progreso.  El Mayordomo normalmente estaba al cargo, cuidado y gobierno de la casa del rey, punto de referencia para la estabilidad del reino, es decir, una persona de alto nivel en la corte y del que depende la realización de muchos asuntos. Por otro lado, La entrega de las llaves, era un gesto significativo en la mentalidad antigua y se hacia al hombre de mayor confianza de la casa, en este caso del rey. Un caso ilustrativo es cuando el faraón encarga y entrega a José los máximos poderes para que dirija los asuntos de su reino. El traspaso de poderes simbolizado en las llaves, lo encontramos también en la figura de Pedro en la comunidad de Jesús.

El Apóstol San Pablo en la segunda lectura de Rm 11,33-36, manifiesta su profunda convicción de que la historia está dirigida por el propio Dios que es fiel, misericordioso y todopoderoso. Dios no pidió consejo para decidir la encarnación, pero sí pidió colaboración para realizarla. Hoy como siempre Dios sigue dirigiendo los destinos del mundo y de la Iglesia, aunque los hechos desconcertantes parezcan probar lo contrario.

Las expresiones que utiliza el Apóstol, referidas a Dios son consoladoras para la humanidad. El se nos ha revelado en Cristo Jesús y nos ha encerrado a todos en el pecado para tener misericordia de todos. El hombre encuentra en Jesucristo no solo el camino para avanzar en lo humano, sino el camino que conduce al Padre, fuente de vida. ¡A él la gloria por los siglos!

El Evangelio de Mt 16,13-20, nos presenta la confesión de Pedro, un episodio central en la vida y ministerio de Jesús pues supone un punto de llegada importante en el reconocimiento de su misión por los discípulos y a la vez, un punto de partida en su camino hacia la cruz y la gloria. La pregunta fundamental a cerca de ¿Quién es Jesús? Pedro, de modo solemne la responde, haciendo de portavoz. Afirma que no solo es el Mesías, sino también el Hijo de Dios vivo. Esto alcanza a la misión y a la naturaleza misma de Jesús como Mesías e Hijo de Dios. Hoy también somos invitados, en medio de nuestras dudas y búsquedas, a dar el salto necesario que nos permita ir de la humanidad de Jesús a su verdadera naturaleza, lo que da fundamento a la esperanza de la humanidad.

El reconocer en Jesús otra perspectiva nueva, es señal inequívoca de que en Pedro se ha producido una presencia real del Espíritu. Y eso es lo que declara Jesús como una bienaventuranza: que el Padre (que es quien da el Espíritu) ha iluminado a Pedro para redescubrir en la humildad visible del profeta de Nazaret al enviado especial y definitivo de Dios. Pedro ha confesado que Jesús es el verdadero y definitivo enviado del Padre para la salvación del mundo (Mesías) y es el verdadero y real Hijo de Dios. Esta es la roca sobre la que se edifica la Iglesia.

La entrega de las llaves, simboliza que Jesús nombra y declara solemnemente que Pedro es el vizir del reino de los cielos, el plenipotenciario elegido por Jesús. Mas tarde esta misión fundamental es ampliada, según el relato de Mateo a los apóstoles. Pedro y los apóstoles ejercen el poder de Cristo, la triple tarea de gobernar (atar y desatar), santificar y enseñar.

Podemos afirmar con San Agustín, que Pedro personifica a toda la Iglesia.

Domingo 20, T.O. Ciclo A

La primera lectura de este domingo está tomada de Is 56,1.6-7 y pertenece al tiempo posterior a la vuelta del destierro. El Autor, proclama que todos, tanto el prosélito reclutado entre los paganos que se adhiere al Señor como el judío nacido de un matrimonio ilegítimo contraído con extranjeros, pero que observa el sábado, no deben ser excluidos de la salvación. Y es que el proyecto de Dios alcanza a todas las naciones y este proyecto se va realizando en la historia de manera progresiva y muy lenta envuelto en muchas dificultades y retrocesos; de este modo se nos muestra que el Dios de Israel no es una propiedad privada y nacional, sino que es Dios salvador para todas las naciones. Este mensaje del Profeta, revela que del proyecto de Dios nadie queda excluido. Mas bien, todos pueden participar de la salvación de Dios, sin que nadie quede excluido. El mundo también está llamado a transformarse mediante el derecho y la justicia que proceden de la Alianza de Dios y que se realiza a través de los hombres de buena voluntad.

La segunda lectura es de Rm 11,13-15.29-32. En ella San Pablo, muestra una vez más sus dificultades para mantener el equilibrio entre el judaísmo y el cristianismo: el amor y fidelidad a Cristo y el amor sincero a sus hermanos de raza que ve como se cierran al Evangelio y lo persiguen. En el fondo surgen muchas preguntas: ¿Qué sentido tiene Israel en la Historia de la salvación? ¿EL pueblo de Dios es rechazado definitivamente? ¿queda todavía una esperanza para él? Pero curiosamente su reprobación ha sido motivo de reconciliación para el mundo. Por eso en, en el horizonte, brilla la firme esperanza de una restauración completa. Pablo, considera que esto es un misterio, del plan providente de Dios, que espera la entrada de todos en el Reino mesiánico, y por supuesto, el acceso está abierto para Israel. A pesar de nuestra desobediencia, todos judíos y paganos hemos sido llamados a experimentar la misericordia de Dios.

El Evangelio de Mt 15,21-28, no presente el episodio de la mujer cananea.  La Iglesia de los orígenes, como la de hoy, afrontaba una cuestión de capital importancia: la salvación del que todavía no ha sido alcanzado por el Evangelio de Jesús. La respuesta que se nos da es que: la salvación pasa por el reconocimiento del mesianismo y del señorío de Cristo. En su humanidad, Dios nos ha dado un templo en el que habita la divinidad y nosotros nos incorporamos como piedras vivas a la construcción de ese templo por la fuerza del Espíritu. A ello hemos sido llamados, de manera que como afirma el Concilio Vaticano II en la constitución Gaudium et Spes en el número 22: «una sola es la vocación de todos los hombres, es decir, la vocación divina. En consecuencia, debemos creer que el Espíritu Santo ofrece a todos la posibilidad de que, de un modo que sólo Dios conoce, se asocien a su misterio pascual».

Estamos hechos para Dios y es Dios mismo el que nos lleva hacia sí, por medio de los acontecimientos, de manera que todo se encamina hacia dicho fin. Pidamos una fe grande como la de la cananea, de modo que podamos testimoniar entre los hombres las grandezas de su amor.     

Fiesta de la ASUNCIÓN de Ntra. Sra.

La fiesta de la Asunción nos permite en primer lugar mirar a Dios que concede a María el don de su Asunción en cuerpo y alma a los cielos y que es una verdad firme de la Iglesia. En segundo lugar, miramos a María en su fidelidad hasta el final y en tercer lugar, miramos a la Iglesia y a la humanidad porque es un motivo de firme esperanza contemplar una pura criatura venciendo a la muerte y elevada a la gloria.

La Primera lectura del libro del Apocalipsis 11,19a; 12,1-6ª. 10ab,  nos recuerda el arca de la Antigua Alianza y a continuación sugiere que con la llegada de Cristo surge otra arca, símbolo de la Nueva Alianza. Esta segunda Arca es la mujer que en su seno lleva a un niño varón, a Cristo el Mesías. En la mujer del Apocalipsis reconocemos a Eva, a la mujer esposa de la antigua Alianza, esto es al Pueblo de Israel, formado por las doce tribus y simbolizado por las doce estrellas. Y por último, La mujer es la figura de la Iglesia de Cristo. Después aparece como la madre del Mesías y la persecución desencadenada contra Cristo, se extiende ahora a la Iglesia, que peregrina por el desierto hacia Dios.

La segunda lectura de 1 Cor 15,20-26, nos muestra que la resurrección de Cristo es el fundamento mismo de la fe. Si la herencia recibida de Adán, el pecado y la muerte, alcanza a todos, la herencia victoriosa de Cristo, que es causa y origen de la vida que no termina, también alcanzará a todos y la primera que participó en esta herencia fue María. La afirmación de Pablo a los Corintios es contundente: Cristo ha resucitado, por tanto, resucitarán los muertos; y la muerte será vencida en todos porque ha sido ya vencida en Cristo y en su Madre como primera criatura que a participa de la resurrección. Si cierta es la muerta más cierta es la vida para todos y esto es lo que proclamamos con fuerza y como ya realizado en María.

El Evangelio de Lc 1,39-56, proclama igualmente, que Cristo es nuestra bendición y María es la primera que participa en ella. «Bendita tú…». La Iglesia proclama ante el mundo esta bendición sobre todos los que se abren al Evangelio.

En el Magníficat, los primeros cristianos cantan el poder, la misericordia, la santidad y la fidelidad de Dios manifestados en plenitud en la muerte y resurrección de Jesús y María es la mejor cantora de este canto. Estos cuatro atributos consolidan la fe y aseguran firmemente la esperanza del creyente en la realización de ese plan.

La Asunción de María, es también el momento ideal para que cantemos todos, este canto de Alabanza, que exalta esos atributos de Dios, presentes, principalmente en la muerte y resurrección de Jesús y en la glorificación de su madre.

En el Prefacio de la Misa diremos: «Ella es figura y primicia de la Iglesia que un día será glorificada; ella es consuelo y esperanza de tu pueblo, todavía peregrino en la tierra». 

Domingo 18, T.O. Ciclo A

El Hombre necesita la salvación que viene de Dios.

La primera lectura tomad de Is 55, 1-3, nos muestra como esa necesidad de ser salvados por Dios es similar a la necesidad que tenemos de cara a la propia supervivencia. Nos ayuda a entender esto, cuando Jesús nos invita a pedir al Padre, como hijos suyos, el pan de cada día. Ello incluye todos los bienes que el hombre necesita en su totalidad, para conseguir la salvación y experimentar así la solicitud de la Providencia en su día a día. En una palabra, que Dios sabe y conoce lo que necesitamos y lo que nos hace falta, de manera que su Salvación llega hasta lo más profundo de la realidad humana.

La segunda lectura de Rm 8,35.37-39, nos invita a reconocer algo que siempre hemos de recordar: nada ni nadie puede separarnos del amor que Cristo nos tiene, como tampoco nadie puede alejarnos del amor que nosotros tenemos a Cristo, pues el amor que Cristo nos tiene, es la raíz, la causa y la posibilidad de cualquier otra forma de amor. Su amor es, en definitiva, la causa de nuestro amor mutuo incluido nuestro amor a él. Así lo expresa el Evangelio de Juan en la última cena: «amaos mutuamente, porque yo os he amado primero». De entre los múltiples sentidos que la palabra amor tiene en el Nuevo Testamento, aquí se nos habla de un amor desinteresado y de amistad. Pues bien, este amor de Cristo por nosotros y que no tiene límite, San Pablo, lo opone a necesidades también límite que nosotros podamos tener. El resultado es pues, algo novedoso sobre todo en un mundo en el que todo se compra y se vende y todo se rige por letras pagares, inversiones y desfalcos económicos. Pues bien, ahí, los cristianos hemos de enarbolar la bandera del amor gratuito de Dios siempre y sin medida, tal y como se nos ha manifestado en Cristo Jesús.

El Evangelio de Mt 14,13-21 nos muestra a Jesús que multiplica los panes, movido por la lástima hacia la gente. A ello une la invitación a los discípulos a hacer ellos lo mismo, es decir, que deberán tener sus mismos sentimientos. Ahora bien, una cosa es el pan necesario para vivir y otra el pan necesario para conseguir la vida que ya comienza aquí en primicias y entre tribulaciones y que no terminará jamás. Ambos extremos están presentes en el gesto de Jesús. Esa relación entre el Pan y el pan, es importante, pues solo quien sabe compartir el Pan, sabrá también compartir el pan; solo quien tiene esperanza en los bienes imperecederos y eternos, es movido a compartir los bienes temporales y pasajeros.

Jesús es el que nos enseña e invita a amar y a compartir, con un corazón semejante al suyo, de ahí que hoy nos diga también a nosotros: «dadles vosotros de comer»  

 La oración de unos jóvenes prisioneros nos ilumina: «El cansancio y la debilidad han oprimido nuestros corazones. No tenemos ni alimento espiritual, ni descanso corporal, ni consuelo. La nostalgia, la espera y la esclavitud nos están agotando. Jesús misericordioso, imploramos tu compasión, nos abrazamos a tu costado abierto. Corazón misericordioso e inflamado de amor, apriétanos con los lazos de la piedad, el amor y la unión. Ayúdanos a regresar pronto a nuestra tierra, para que podamos cumplir mejor; siempre mejor las tareas encomendada por el Creador. Amen (jóvenes lituanos en un campo de concentración siberiano)

Domingo 17, T.O. Ciclo A

El hombre, con tantas posibilidades a su disposición, necesita hoy más que nunca la Sabiduría que viene de Dios, la cual, alcanza a su vida cotidiana, le descubre la voluntad de Dios y le indica donde se encuentra la verdadera realización humana y consecuentemente su plenitud y felicidad. Esta sabiduría que viene de Dios es el valor más importante. Así se desprende de la primera lectura tomada de 1 Reyes 3,5.7-12. A la Alianza del Sinaí, realizada entre Dios y su Pueblo, sucedió otra entre Dios y su Rey, en este caso Salomón, de manera que todo queda abierto hacia la gran esperanza mesiánica. Dios atento a las necesidades de los hombres, concede a Salomón lo que éste ha pedido: la sabiduría, que es un don superior y de incalculable valor.

En la Segunda lectura, tomada de Romanos 8, 28-30, San Pablo, que sufrió toda clase de pruebas, afirma que: «todo contribuye al bien, de los que aman a Dios, de los que él ha llamado, conforme a su designio». El camino que ha recorrido Jesucristo hasta su gloriosa exaltación, es el camino que hemos de recorrer quienes le seguimos. En ello queda reflejada también la transformación del mundo, en una palabra, la razón de la esperanza cristiana. El Apóstol recoge en este pequeño fragmento los pasos a seguir desde el proyecto inicial hasta la consecución de la gloria. A los que desde el principio destinó, también los llamó; a los que llamó, los puso en camino de salvación y a quienes puso en camino de salvación les comunicó la gloria. En definitiva, se afirma, que a pesar de los avatares y dificultades de la historia y del camino, el destino final es una realidad firme y segura.

El Evangelio, nos muestra la Realidad del Reino como un misterio que se revela con la llegada del Verbo Encarnado y que está dentro de nosotros (Lc 17,21). A partir, de ahí podemos adentrarnos en las parábolas que hoy nos muestra: Mat 13, 44-52, y que nos dan a entender una verdad siempre más elocuente que la intuición inmediata.

En el caso del tesoro escondido, se nos muestra que el Reino de Dios es algo de un valor incalculable y que exige ponerlo todo en venta, esto es, una decisión rápida, radical y confiada en la compra del campo.

El caso de la perla de gran valor, es semejante. Es necesario venderlo todo, en primer lugar, para después, disfrutar del valor admirable de la perla. Es excelente el don si se toma la decisión. Espléndido es el valor de la perla, pero exigentes son las condiciones. La tercera parábola, de la red, nos muestra el Reino en su sentido escatológico. Su consumación será al final de los tiempos, pero no por ello deja de ser actual y la humanidad, inmersa en el mar de la historia se salva por él. Entonces Dios nos llevará consigo para hacernos participes de sus esplendores y de su realeza, ciñéndonos su misma corona de gloria.

Domingo 15 T.O. Ciclo A

Si, como sugieren los Padres del desierto, antes de hablar nos preguntásemos con qué intención lo hacemos, enseguida enmudeceríamos pues a menudo, nuestras palabras son charlatanería o aún peor, maledicencia. La Palabra de Dios es diferente: está en todo y siempre; es comunicación de su proyecto, de sus deseos. De hecho, comunicar, significa poner en común. Dios pone en común su grandeza por medio de su Palabra.  

La Primera lectura está tomada de Is. 55, 10-11,y  nos muestra la eficacia de la Palabra de Dios. En la comprensión hebrea de la Palabra, ésta es una posibilidad creadora de vida y no solo un vehículo de conocimiento. Esta Palabra es eficaz por sí misma y transmite toda la fuerza creadora y regeneradora de Dios, de quien procede. Esto mismo lo vemos en la parábola del sembrador. Si al principio dijo Dios: «Haya…» y así fue»; ahora en el tiempo marcado por el pecado, la Palabra creadora se hace redentora, suscitando la conversión y sustentado al espíritu, pero, para ello ha de ser acogida, de forma que se haga vida en nosotros como lo hizo en María, para lo que es necesario nuestro consentimiento. Si gracias a María el Verbo se hace carne, gracias a cada uno de nosotros, el Señor seguirá vivo y presente en el mundo.

La segunda lectura es de Rm 8,18-23. El cristiano Liberado de la ley, el pecado y la muerte, es Hijo de Dios y está guiado por el Espíritu. El sufrimiento lejos de alienarle, le convierte en partícipe del misterio pascual de Cristo, de modo que los padecimientos del momento presente se convierten en instrumento de redención. Esto da al momento presente un sentido y la imagen que mejor puede ilustrarlo es la de un parto. En el parto hay sufrimiento, pero todo a punta hacia una alegría grande por el nuevo nacimiento. Así también el cristiano comparte los padecimientos de Cristo pero su sufrimiento está llamado a transformarse en gozo ante la promesa de la futura resurrección. El gemido se transformará en alegre melodía ante la entrada en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Esto mas que una respuesta abstracta es una respuesta encarnada. Las palabras de S.Pablo, son respuesta creíble para todos tanto si son cultos como si son ignorantes. Si bien hay experiencias que prolongan el sufrimiento tanto en la naturaleza como en el hombre, la esperanza cristiana, quiere ser respuesta a esas experiencias de soledad, abandono, fracaso, decepción, falta de horizonte, ruptura en el hogar, carencia de ideales etc.

El Evangelio de Mt 13, 1-23, a través de la imagen de la semilla y la tierra nos habla de la Potencia que tiene la Palabra de Dios en la medida en que es acogida por nosotros. Esto se dará en la medida en que por nuestra parte hay una escucha atenta, intensa y solícita de la Palabra de modo que penetre profundamente en el corazón y lo sane. La insensibilidad, la superficialidad, la infinidad de intereses egoístas, son lugares donde la semilla no podrá crecer. Pero si la Palabra es acogida con un corazón bueno, producirá un gran fruto según cada uno responda al don de Dios.

Somos invitados a adherirnos a este Evangelio de la libertad y de la gracia que es el único que puede cambiar radicalmente a la humanidad. En un mundo en que se valora y todo se mide por medio de encuestas y cuantificaciones numéricas, Jesús nos sale al paso y nos advierte que es necesario, también hoy, seguir sembrando a manos llenas y con una gran esperanza, pero sin entretenerse en resultados tangibles. A la gratuidad de Dios ha de seguir la respuesta silenciosa, amorosa y libre del hombre. La Semilla crecerá cuándo, dónde y cómo Dios quiera y el hombre responda.