27 Domingo del T.O. Ciclo C

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La Palabra de Dios en este domingo nos muestra un fragmento del Evangelio de Lucas 17, 5-10, que habla del siervo inútil.  Una expresión tan escandalosa como provocadora porque un servicio auténtico y bien hecho, nunca es inútil. Entonces ser siervo inútil significa para Lucas, ser siervo por amor, en clara referencia a Jesús que se hizo siervo y se entregó por nosotros. En consecuencia, también se refiere al servicio sacerdotal. El siervo modesto es en definitiva, el que no trabaja por la recompensa y está libre de la esclavitud del resultado o de la gratificación personal, que esconde ese antiguo y siempre nuevo pecado de la soberbia.

La palabra griega usada por Lucas es: a-kreioi, que significa: no buscar ventajas, no esperar ganancia, ni reclamarla. Entonces el significado viene a ser: «cuando hemos hecho todo decimos: somos servidores sin pretensiones, sin exigencias».

San Agustín, lo expresa con gran sabiduría: «la verdad te hizo libre, ahora el amor te hace siervo» y Jesús dice a los discípulos: «yo estoy en medio de vosotros como el que sirve». El es el que se ha identificado con el siervo sufriente predicho por Isaías.
Este es el Siervo que ha elegido el sufrimiento, el medio más escandalosamente inútil, improductivo e ineficaz como es el dolor, para sanar nuestras heridas. De manera que
es del sufrimiento de donde deriva su grandeza. ¿Qué pasaría si nosotros entendiéramos el valor de este servicio y si nuestra sociedad de apariencia y consumo entendiera el valor de este servicio, que es el sufrimiento? seguramente, la historia cambiaría y ya no tendríamos necesidad de estar discutiendo a cerca de la eutanasia o el suicidio asistido, entre otras cosas, para centrarnos en el cuidado y la atención del que sufre.

Así podemos entender mejor lo que nos dice la primera lectura del profeta Habacuc 1,2ss; 2,2-4, mediante esa frase tan conocida y comentada: «El malvado sucumbirá, pero el justo vivirá por la fe», que como dicen algunos, resume la teología de la Alianza. No por nada ha pasado a la Carta a los hebreos 10,36.39; a Romanos 1,17 y a Gálatas 3,11, aplicada a la fe en Cristo Jesús, vencedor del mal, el pecado y la muerte.

El profeta, entiende la fe como un encuentro personal del hombre con Dios de quien se fía. Recuperar este sentido de la fe, que se encuentra presente a lo largo de todo el antiguo testamento, resulta siempre novedoso, esperanzador y capaz de dar sentido a toda la vida.

 La segunda lectura de 2 Timoteo 1, 6-8.13-14, nos muestra como los encargados de velar por la integridad de la fe de los seguidores de Jesús, deben estar siempre alerta y atentos ante las dificultades, máxime cuando están expuestos también a los peligros y por tanto deben reavivar la gracia recibida de manera constante y diligentemente. La fidelidad al Evangelio, comporta la fidelidad al tesoro recibido. Solo así seremos capaces de transmitirlo a los demás.     

26 Domingo del T.O. Ciclo C

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El Evangelio de este domingo es de Lc 16,19-31 y hay que situarlo en el contexto de la bienaventuranza: «Dichosos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los cielos» (Lc 6,20).  

Nos presenta la parábola del hombre rico y del pobre Lazáro. El primero vive una vida entregada al lujo y a los placeres; nos recuerda a los que hacen un uso injusto de la riqueza utilizándola para el lujo y la satisfacción egoísta y sin tener en cuenta al que padece necesidad. El segundo en cambio vive en la pobreza y se alimenta de las sobras de la mesa del rico, nos recuerda a aquellos que ponen en Dios su confianza, de los que solamente Dios se cuida. Curiosamente y a diferencia del rico, éste tiene nombre: Lázaro, que es abreviación de Eleázaro (Eleazar), que significa precisamente «Dios le ayuda». En conclusión, que el que no es valioso a los ojos del mundo, es valioso a los ojos de Dios.

La enseñanza de la parábola por un lado es que Dios vence nuestra iniquidad y nuestra injusticia, pues Lázaro es acogido en el seno de Abrahán, es decir, en la bienaventuranza eterna, mientras que el rico acaba en el infierno, en medio de los tormentos. Por otro lado, y más allá de esto, se nos dice que, mientras vivimos en este mundo debemos escuchar al Señor, que nos habla mediante las Sagradas Escrituras y así poder vivir según su voluntad, de lo contrario, después de la muerte, será demasiado tarde o imposible poder enmendarse.

Cuando hablamos de un mundo nuevo en donde habite la justicia, será un mundo en el que tanto el pobre Lázaro como el rico, puedan sentarse en una misma mesa y donde todo hombre pueda vivir una vida plenamente humana.

Cómo olvidar en estos días las inundaciones de Pakistan o el huracán que ha afectado recientemente a la República dominicana y regiones limítrofes. Es una buena oportunidad para pensar en esto y ver que los pueblos más pobres no solo nos interpelan, sino que no pueden ser olvidados.

La primera lectura de Amós 6, 1ª.4-7 nos recuerda el gran riesgo que supone la riqueza, pues puede llegar a secar el corazón.

Y la segunda lectura de 1 Timoteo 6,11-16, nos muestra la importancia de perseverar en nuestro bautismo, lo que exige en palabras de Pablo, ejercitarnos en el noble combate de la fe, es decir, en la confianza sin vacilaciones en Dios, que nos ha escogido desde la eternidad. Más que una conquista es un dejarse interpelar por Dios que nos ama y al que solo podemos responder amándole y amándole fundamentalmente a través del otro que está necesitado.    

25 Domingo del T.O. Ciclo C

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Nuestra relación con el dinero, de alguna manera nos muestra como es nuestra relación con Dios y con los demás.

La primera lectura del profeta Amos 8,4-7 nos muestra el mundo de la injusticia y como ésta estaba presente entonces y lo está ahora. En el Decálogo encontramos un mandamiento encaminado a regular las relaciones entre las personas: no robarás. Y la Escritura insiste que desagrada a Dios la extorsión de los más débiles en provecho de los mas fuertes.

Uno de esos momentos es el texto que escuchamos hoy en el que Dios se declara solemnemente defensor del pobre, hasta el punto de que los derechos de los pobres y desvalidos son los derechos del propio Dios. Este mensaje que nos transmite la Palabra de Dios es válido para nuestro mundo en el que también predomina el provecho propio, el enriquecimiento rápido, la marginación de muchos que no tienen recursos. Dios hace suya la defensa de todos ellos y a nosotros a nos enseña a no echar en saco roto esa enseñanza.

La segunda lectura es de 1ª Timoteo 2,1-8, en ella el apóstol, nos muestra que la Iglesia está llamada a velar por todos puesto que en Jesús Dios ha actuado la salvación de todos y no hay otro que nos pueda salvar. De ahí su deseo de que todos oren por todos, de manera que la luz de la fraternidad predicada por Cristo y la caridad alcance a todos y por tanto la salvación. Pablo insiste en que esta oración ha de ser hecha en todo lugar en todo momento o también de modo incesante, ya que la voluntad salvífica de Dios no tiene límites. De un modo especial es necesario orar por aquellos en cuyas manos está el destino de los pueblos: los reyes y gobernantes.

El Evangelio es de Lucas 16,1-13 y nos muestra un caso, que al parecer era frecuente y no deja de serlo: la tensión entre los terratenientes y los administradores y colonos. Jesus ante uno de estos casos muestra una enseñanza que se transmite al final del relato en el que el administrador decide actuar sagazmente, indicándonos así que también nosotros debemos actuar sagazmente ante la llegada de la salvación de Cristo. Jesus no alaba la injusticia del administrador sino su habilidad para salir del atolladero. Pues igualmente nosotros hemos de ser hábiles para vivir los asuntos del reino de Dios y discernir la diferencia entre los valores del mundo y los del Reino de Dios. Si Jesus nos ha librado del mal, del pecado y de la muerte, no podemos ahora volver atrás para vivir sin Cristo o como si no existiera. Es necesaria la habilidad, para con los bienes de este mundo de manera que no nos impidan alcanzar los eternos, sino más bien todo lo contrario. De ahí la distinción entre Dios y el dinero. Dinero que puede ser una llave para entrar en el reino si lo empleamos en beneficio de los mas necesitados o que puede ser un impedimento si es que pasa a ocupar el lugar de Dios, hasta convertirlo en un adversario.

Si el lugar que ocupa el dinero en nuestra vida, lo ocupa Dios, entonces habremos sido astutos y sagaces como nos pide el Evangelio. Este es el reto.

24 Domingo del T.O. Ciclo C

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El Evangelio, que nos enseñaba el domingo pasado a renunciar a todo para seguir a Jesús, nos da este domingo la clave de porqué es necesario hacer esa renuncia. Es necesario renunciar a todo y a todos para amar como él ama a todo y a todos.

La Primera lectura es del libro del Éxodo. En ella Moises, nos ayuda a descubrir como es el corazón de Dios siempre dispuesto a amar y a perdonar. Moises, hace que de Dios salga lo más divino: un corazón que no cesa de latir de amor, incluso frente a la miseria de su pueblo.

Por mucho que nosotros, pensemos en un Dios que se enfada y quiere destruir a su pueblo porque se ha apartado de él, su verdadero rostro, el rostro que se nos ha revelado en Cristo es totalmente otro, como pone de manifiesto Moises, recordándole como si fuera un desmemoriado, su misericordia y compasión. La lectura nos permite descubrir que en el fondo no le conocemos y que lo que hacemos es trasladar nuestra manera de ver las cosas a Dios, de modo que así como nosotros hostigamos y nos enfadamos con el que nos hace daño, así también entendemos que es la actuación de Dios.

La segunda lectura es de 1ª Timoteo 1,12-17, y nos presenta a un Pablo que se sabe amado en lo más profundo de su ser, a pesar de su miseria y su pecado y esta es la doctrina segura que él enseña sin reservas: que Cristo vino al mundo para salvar a los pecadores y que cada uno lo somos, pues todos tenemos la propensión a no sabernos amados en el fondo y de ahí pensamos que por ser pecadores, Dios no nos puede amar.  Ahora bien, Dios es el que se ha desbordado en nosotros por medio de Jesucristo, para que nosotros llenos de su amor podamos vivir de un modo nuevo: el del que se sabe amado generosamente y así es como puede amar y vivir en la fe y en el amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Pablo, incluso se considera a sí mismo el primero de los pecadores, a fin de que pueda aparecer en él la expresión más clara de la misericordia infinita de Dios.

El Evangelio de Lucas 15,1-32, ilustra este verdadero rostro de Dios con tres parábolas sobre la misericordia en las que Dios no sólo es bueno y perdona al pecador que vuelve a él, sino que de manera afanosa busca al que estaba perdido hasta encontrarlo. Nos sorprende esa búsqueda del hombre perdido, a través de caminos y senderos escarpados. Igualmente nos llama la atención que no pare hasta que no haya encontrado al que se había perdido. El relato nos muestra de este modo, que Dios es el totalmente otro, lleno de un amor inmerecido por nuestra parte, y en el que desaparece todo tipo de cálculo.

La alegría consiste en saber que Dios nos ha perdonado y en haber descubierto un Dios mucho mejor que nosotros. Él es por tanto el bueno y no nosotros.

Así pues, solo al sabernos amados de un modo total, sin motivo y para siempre, podremos renunciar a todo y quedarnos con él que es el único digno de amor.

Es más, si Dios nos ama de esta manera, también nosotros nos hemos de amar de este modo y mutuamente.    

23 Domingo del T.O. Ciclo C

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¿Cómo conocemos la voluntad de Dios o qué quiere de nosotros? Las lecturas de este domingo insisten en la necesidad de la sabiduría para poder vivir según la voluntad de Dios. Ahora bien, para poseer la sabiduría es necesario renunciar a todo y seguir a Jesús.

La primera lectura es del libro de la sabiduría 9, 13-18b y allí se nos dice: «¿Quién conocería tu designio si tú no le dieras sabiduría y enviaras tu santo espíritu desde los cielos?» Se nos indica que la vida del hombre ha de ser una relación viva y transparente con la sabiduría para alcanzar de ella la luz y ahí tenemos la clave de la oración. La oración es la manera de mantener viva esa relación con la sabiduría y por tanto con el autor de la sabiduría que es Dios. En realidad, es lo único necesario, para saber lo que agrada a Dios, pues solo con la sabiduría que proviene de Dios y que es un don suyo, se puede acertar con el camino, de manera que lo que Dios quiere es lo que el hombre necesita.

La segunda lectura es de Filemón 9b-10.12-17. Filemón es un cristiano de buena posición, que había sido convertido por el mismo Pablo. Por su parte, el esclavo Onésimo había escapado de su señor Filemón, pero se encontró con Pablo en la cárcel y se convirtió. La Carta tiene por objeto proteger al esclavo de los duros castigos correspondientes a ese delito y garantizarle además una acogida amistosa. En el fondo es una petición de libertad y la clave está en que la liberación aportada por Cristo a la humanidad alcanza a todos los órdenes de la vida humana, incluida la esclavitud. Jesucristo, ha puesto las bases firmes para una humanidad nueva. Hemos de transmitir al mundo, este poder liberador de Cristo, sin necesidad de la violencia.

El Evangelio es de Lucas 14,25-33 y nos muestra por medio de parábolas como la verdadera sabiduría consiste en amar a Jesus y seguirle como el único amor, como la única riqueza y el único proyecto que llena el corazón. Quien no renuncia a todo no puede pretender ser discípulo suyo. Se trata no solo de los bienes materiales sino incluso la relación con otras personas, como los parientes más próximos. Es decir, que la sabiduría cristiana consiste en desvincularnos de todo lo que nos separa de Dios para llegar a vivir la vocación de discípulos que viven centrados en él y lo contemplan todo desde él.

Seguir a Jesús es una empresa dura, por lo que es necesario reflexionar antes con seriedad si estamos dispuestos a renunciar a todos los bienes y a combatir únicamente con la sabiduría divina y no con nuestra astucia sin más.

La verdadera sabiduría consiste entonces, en no llevar ningún peso que nos impida ir tras Jesús o mejor dicho, en llevar un único peso: la cruz de Jesús, es decir, el peso de su amor. En definitiva, ser discípulo, significa no preferir nada que no sea el amor de Jesús; preferirle únicamente a él. He ahí la verdadera sabiduría, que hemos de pedir continuamente y que nos acerca al conocimiento de sus designios, de su voluntad, de su amor que vence todo temor.

22 Domingo del T.O. Ciclo C

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Las lecturas de este Domingo nos hablan de dos actitudes que hoy no están muy de moda tales como: la humildad y el desinterés.

La humildad no es la resignación, sino lo contrario del orgullo. El humilde como dice Santa Teresa es el que está en la verdad, es decir, se acepta como es, sin darse importancia, aunque reconociendo sus valores y talentos. Es el que se valora en su justa medida y no se tiene en más ni en menos. El humilde no es el falto de autoestima ni el que se encierra en sí mismo, sino que sabe pedir ayuda y consulta en sus decisiones, pues ni lo inferior de sí mismo le abruma, ni le molesta lo superior en los demás.

Jesús nos dice: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón». Nos enseña a ser libres de todo aquello que nos ata como puede ser: la riqueza, la fama, la influencia, para poder ponernos al servicio de los demás, sobre todo de los más necesitados y sin pedir nada a cambio.

De ahí que el Evangelio nos habla también del desinterés: no hacer para que me hagan; no invitar para que me inviten. Mas bien, regala y regálate, porque así es como actúa Dios que hace salir el sol sobre malos y buenos y envía la lluvia sobre justos e injustos.

El desinterés no quiere decir que no me interese por los demás sino todo lo contrario, el actuar desinteresadamente es lo que me permite interesarme por el otro y esta es la manera de actuar de Jesús.

La Eucaristía, que celebramos cada domingo es el banquete del Señor al que venimos no por nuestros méritos sino por los suyos y sin ningún mérito por nuestra parte y aún así somos invitados continuamente por él a este banquete de su amor.

Que también nosotros hagamos de nuestra vida, de nuestras relaciones, de nuestro corazón, de nuestra comunidad una mesa abierta a todos, aunque no tengan méritos.

Nuestra vida se convierta así en acción de gracias a Dios que, sin mérito alguno de nuestra parte, nos ha llamado no sólo al banquete de la vida, sino también al banquete pascual de su amor.  

21 Domingo del T.O. Ciclo C

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¿Qué decir de la salvación? La pregunta que uno hace a Jesús, indica la relevancia de dicha cuestión: «Señor ¿son pocos los que se salvan?» Para nuestro sentido de responsabilidad resulta tan desastroso decir que van a salvarse todos, como saber que uno ya está condenado, pues tanto en un caso como en otro, no nos queda ningún margen de actuación.

Jesús, por ello, nos anuncia que la salvación se ofrece a todos, pero que esta oferta, puede ser rechazada por parte del hombre. Solo así podemos realmente comprometernos a trabajar con todas nuestras fuerzas, no solo por nuestra salvación, sino por la del mundo entero.

Una familia cristiana, una educación cristiana, serán siempre aspectos importantes a la hora de disponernos a aceptar la oferta, pero nada de todo ello, nos puede liberar de decidirnos por nosotros mismos, pues esta decisión por Cristo no solo es necesaria, sino que está en la raíz de nuestro deseo de salvación. Jesús nos previene de no hacerlo, de forma insistente: «hemos comido y bebido en tu presencia». A pesar de haber ido a misa todos los domingos o de haber realizado innumerables y esforzadas prácticas, Cristo nos responderá: «No os conozco. Apartaos de mi». Es decir, que solo si vivimos en Cristo y obedecemos sus mandatos, podremos, tener acceso a la salvación que procede de él, de modo que pueda: saciar nuestra sed, calmar nuestra hambre, mantenernos en su amor y así ya no tendremos necesidad de nada que no sea él.

La primera lectura, de Isaías 66,18-21, nos muestra cómo corresponde al proyecto de Dios creador y liberador, el querer hacer de todos los pueblos un solo pueblo, de todos los hombres una sola familia, y de todos los grupos una sola comunidad. Ello, en la medida en que reconocemos que el Señor es el único Dios y que es él quien puede llevar a buen puerto nuestros proyectos, anhelos y deseos, haciendo que todos converjan en una sola meta: la reunión de todos los pueblos de la tierra en una gran familia en la que se pueda vivir en paz y en prosperidad. Israel lo entendió desde la perspectiva de la reunión del Israel disperso y esta perspectiva, es la que curiosamente dio lugar a crear un muro de separación entre el pueblo de Dios y la gentilidad.

La segunda lectura de Hebreos 12,5-7.11-13, nos propone un método para entrar en la dinámica de la salvación, que consiste en la aceptación de la corrección por parte de Dios. En la vida del creyente, nada acontece por casualidad o por necesidad ,sino en virtud de una providencia divina que, aunque difícil a veces de identificar, está presente y activa en la historia. Esto no anula nuestra necesidad de conseguir certezas o de encontrar respuestas, pero solo a partir de la corrección y la prueba que Dios permite, podemos conseguir la salvación y la maduración en la fe. El resultado es que todo lo que constituye nuestra vida, adquiere significado y valor en la medida en que deriva de nuestra relación con Dios y conduce a él. Y Esta será en definitiva, la importancia y la alegría que tiene para nosotros el don de la fe.            

Fiesta de la Asunción de María a los cielos

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Esta fiesta de la Asunción, por un lado, canta las maravillas de Dios, que da a María el don de la Asunción, como afirma solemnemente la Iglesia. Por otro lado, es un canto a la fidelidad de María y por último, es un motivo de esperanza para la Iglesia y para toda la humanidad, al contemplar en María, cómo una como nosotros, vence a la muerte y es elevada a la gloria.

La primera lectura es del libro del Apocalipsis 11, 19ª; 12,1-6ª.10ab. El lenguaje apocalíptico nos invita a pensar en una especie de sueño en el que salen a flote nuestros miedos y nuestras certezas, nuestras necesidades y nuestros deseos.

En él aparece una mujer; una especie de reina soberana sobre la luna, es decir sobre el otro lado de nuestra conciencia, nuestro inconsciente, y sobre las estrellas, que representan a las doce tribus de Israel, que vendrían a significar la historia. Es en este sentido, una señal de vida y una esperanza ante el futuro

Sin embargo, encontramos en ella también dolor y peligro, pues la mujer grita por los dolores del parto y teme al dragón que quiere devorar al niño. Es una lucha en la que vemos el peligro inminente de que nuestro sueño de una vida nueva se vea en peligro.

Finalmente, el niño nace y se salva lo que nos confirma en la verdad de que Dios es el que reina sobre nosotros y el que tiene las claves de la vida y de la historia. Ha sido perseguido por la serpiente, pero ha salido vencedor, esto es: ha resucitado. Y esta es la realidad que se refleja también en su madre, cuya victoria sobre la muerte celebramos como fruto primero de la muerte y resurrección del Hijo. Se abre así un camino de esperanza para la misma iglesia y para el mundo.

La segunda lectura es de 1ª Corintios 15,20-26, en ella vemos el mensaje de la resurrección, como es en realidad: el centro del mensaje cristiano. Si Cristo ha resucitado, entonces los muertos resucitan y esta es la gran afirmación que el apóstol destaca: la muerte será vencida en todos porque ha sido vencida en Cristo Jesús. Pues bien, esta verdad realizada en Jesús, se ve realizada ya como primicia en María.

El Evangelio es de Lucas 1,39-56. El encuentro de María e Isabel pone en relación el Antiguo con el Nuevo Testamento. Isabel saluda a la madre de su Señor y la proclama bienaventurada por su fe, exultando junto con su propio hijo por impulso del Espíritu Santo.

En el magníficat, los primeros cristianos cantan el poder, la misericordia, la santidad y la fidelidad de Dios manifestados en la muerte y resurrección de Jesús y María es la mejor cantora de este cántico, pues por su fe, se convierte en modelo para todo aquel que quiere comprender lo que significa el reconocimiento del señorío de Dios sobre su propia vida.

También nosotros por ella, nos volvemos capaces de reconocer el poder de Dios que actúa en la historia, haciendo justicia al pobre, y nos transforma también a nosotros, en siervos en los que actúa el Espíritu con su fuerza, llegando incluso a abandonar nuestro cuerpo al poder del Reino de Dios.

La Iglesia canta con María, su mismo cántico de alabanza: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». 

         

20 Domingo del T.O. Ciclo C

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La vida cristiana puede ser imaginada muy bien como una carrera en la que todos participan, no por libre iniciativa, sino por haber sido llamados por el único Señor. Una carrera cuesta arriba, si queremos, precisamente porque se trata de seguir a Jesús, que sube hacia el calvario, cargado con el leño de la cruz.

La Primera lectura es de Jeremías 38,4-6.8-10 y nos cuenta las peripecias del profeta, que es declarado reo de muerte, ajusticiado y liberado. Todo esto nos muestra que en los asuntos humanos, la última palabra sólo corresponde a Dios, por lo que la tradición cristiana, le considera como figura e imagen del Jesús de la pasión.

La segunda lectura, es de Hebreos 12,1-4. Nos invita a fijarnos en Jesús cuando mantuvo su mirada sobre Jerusalén mientras subía hacia la ciudad santa, y así mantenernos fieles en nuestra lucha frente al pecado. Una lucha en la que «aún no hemos llegado a derramar sangre». Algo a lo que hemos de estar preparados, en la lucha contra el mal.

El Evangelio es de Lucas 12,49-57, nos sitúa ante la espera, que está caracterizada no solo por la vigilancia sino también por la importancia del momento presente, en el que hemos de discernir los signos de los tiempos. En este presente, Jesús da a los discípulos una nueva posibilidad de interpretar el sentido de su presencia en el mundo: su vida, muerte y resurrección, son la clave de comprensión no solo de nuestra historia personal, sino de la historia en su conjunto. El que muere ofreciendo su vida por los demás, es el que resucita, y nos introduce en la vida eterna. La lucha contra el mal, el pecado y la muerte ha sido y es dramática, pero si él ha vencido, nosotros también podemos vencer, no por nuestra propia fuerza, sino por la que él ha desplegado en nosotros por medio del Espíritu, que nos permite también dar la vida por los demás.

Ahora bien, en una misma familia puede haber miembros, que se deciden por el seguimiento y otros no. ¿Qué ocurre entonces? Que se produce una división, no querida directamente por Jesús sino como resultado de la opción tomada por el discípulo que decide seguirle. Es decir, que el seguimiento de Jesús provoca muchas oposiciones y no cabe duda que en el culmen de esta oposición, fue rechazado por su pueblo. Luego, es verdad que el que vino a establecer la definitiva paz entre los hombres, y entre Dios y los hombres, de hecho, lleva consigo la división; una división no querida pero inevitablemente producida.

La paz que Jesús anuncia es una paz que divide, que provoca divisiones entre unos grupos y otros, entre unas comunidades y otras, entre unos pueblos y otros, precisamente por la novedad que trae al mundo y por el escándalo de ese misterio pascual que, tanto para nosotros como para él, es finalmente el criterio único y definitivo de todo comportamiento humano.   

Se nos indica, de este modo, que Jesús es un valor absoluto que está incluso por encima de la sagrada institución de la familia. Esto no sólo sigue teniendo vigencia hoy, sino que puede llegar a plantear serias dificultades.

En definitiva, no es fácil vivir el seguimiento, tanto en el tiempo de Jesús, como también en el nuestro y seguramente en cualquier tiempo, pues como se nos en afirma en la carta a los hebreos 13,8: Jesucristo es el mismo, ayer y hoy y siempre.   

        

19 Domingo del T.O. Ciclo C

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Somos dichosos, bienaventurados, cuando el Señor viene, cuando el Señor nos visita y le acogemos y recibimos como tal. El mensaje de las bienaventuranzas, con las que Jesús inaugura el sermón del monte, nos ayuda pues, no consiste en un vago consuelo, sino en la fortaleza y el ánimo en medio de la lucha a ejemplo de aquel que habiendo experimentado nuestra pobreza y habiendo probado la muerte, ha resucitado y está para siempre en Dios. Así pues, la visita de Dios siempre va acompañada de la fortaleza en medio del dolor.

El recuerdo del Éxodo en la primera lectura, (Sab 18,6-9) nos permite comprobar como esa presencia de Dios en medio de su pueblo es la que hace realmente la historia, llevándola hacia su plenitud. Dios actúa de manera admirable y misteriosa a la vez. Este acontecimiento del Éxodo, que se refiere al pasado, hace referencia también a la actuación de Dios en el presente y en el futuro, luego, a partir de él, podemos hablar de que el Señor ha visitado y visita a su pueblo, a través de los acontecimientos de la historia y fundamentalmente a través del acontecimiento de Jesucristo su Hijo, Nuestro Señor.

¿Cómo vivo estos acontecimientos? Si los vivo a la luz de la fe, descubro en ellos al Dios vivo que ama a los que le reciben en medio de estos acontecimientos, de su vida y de su historia

En la segunda lectura de hebreos 11,1-2.8-19 vemos que este es el caso de Abrahán, y de tantos como él, que a pesar de la edad se puso en camino, haciéndose peregrino, y mostrando que la fe es fundamento de lo que se espera y garantía de lo que no se ve. Esperamos lo que no vemos, pero con fe, con sabiduría, con seguridad, con certeza, pues a pesar de todo, nada ni nadie ha podido interrumpir la marcha de la historia, ni el ritmo marcado por su Señor. La esperanza es segura, pues el Dios que ha actuado con fidelidad en el pasado, sigue haciéndolo ahora. Hay motivos para la esperanza, entendida como una capacidad o virtud que se apoya en el poder de Dios.

El Evangelio de Lucas 12,32-48 hace de esta seguridad, una de las más bellas declaraciones de Jesús: «no temáis pequeño rebaño, porque vuestro Padre ha querido daros el reino. Vended vuestras posesiones y dad limosna. Acumulad aquello que no pierde valor, tesoros inagotables en el cielo, donde ni el ladrón se acerca ni la polilla roe. Porque donde está vuestro tesoro, allí está vuestro corazón».

La invitación a no temer y el hecho de tratarnos de pequeño rebaño, además de la idea del tesoro que atrae nuestro corazón, nos invitan a mantenernos fieles a la Alianza, al amor de Dios, y por tanto, vigilantes, ante todo aquello que pueda poner en peligro dicha fidelidad, sabiendo que el Señor viene cuando menos se le espera y que los dones que todos hemos recibido de Dios, le dan gloria cuando los ponemos al servicio de su Reino.