25 Domingo T.O, Ciclo B

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Sobre la base primaria e instintiva de querer el éxito personal y perseguirlo a toda costa incluso eliminando al que pueda ser un obstáculo para conseguirlo o el deseo de hacer grupos de poder, que crean adeptos que se enfrentan a otros grupos, el Evangelio de este domingo nos muestra que todos esos mecanismos automáticos y que se refieren al hombre viejo, encuentran en Cristo su superación.

Dios que se nos ha revelado en Cristo, nos muestra, en primer lugar, que Jesucristo no es el que pretende triunfar a toda costa, sino el que se entrega por amor a su plan de salvación. Así lo vemos en el pasaje del Evangelio de este domingo de Marcos 9, 30-37. «El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le darán muerte y, después de morir, a los tres días resucitará». Pero al igual que a los discípulos, nos da miedo preguntar qué significa eso de que va a ser entregado, preferimos no entrar en detalles y al final nos quedamos con la duda lacerante ¿Acaso Dios desea el mal del Hijo y que sea sometido a la burla y al desprecio? Dios no quiere el mal, pero si lo acepta, es para nuestro bien o el bien de los demás.

La primera lectura del libro de la Sabiduría, 2,12.17-20, nos muestra, como el justo es el que sigue los mandatos de Dios y por ello, es rechazado por los demás. Al no conocer a Dios, lo condenan, sencillamente porque «no es de los nuestros» y «tiene un comportamiento distinto del nuestro». Esto se cumple en Jesucristo, que es rechazado, condenado y crucificado por el mundo, pero es el que resucitado ha sido habilitado por Dios y vive eternamente intercediendo por nosotros.

Jesus, nos enseña un modo nuevo de vivir en apertura a Dios y a los demás, y ¿Qué es lo que nos impide estar abiertos a Dios y a los demás? nos lo recordaba el apóstol Santiago en la segunda lectura 3,16-4,3, cuando dice: «sois como un campo de batalla y estáis en guerra. Ambicionáis y no teméis, asesináis y envidiáis, pero no podéis conseguir nada; lucháis y os hacéis la guerra y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones».

Tenemos que poner paz en nosotros y en nuestro alrededor y esa paz es la que proviene de Cristo que nos dice en primer lugar, que la jerarquía entre los discípulos se estructura según el criterio del servicio y del ponerse en el último lugar. Esto es lo que ha hecho él mismo. Y en segundo lugar, uniendo la acogida de Jesús y del Padre a la acogida de un niño. El niño era en el mundo antiguo escasamente considerado, llegando a ser imagen de todos los que no son considerados dignos de atención y de estima, pero sin embargo, y curiosamente, son ellos los que reciben el don del amor de Jesús y pasan a ser sacramento del mismo Jesús, como él lo es con respecto al padre.

En definitiva: que la autojustificación y la crítica van siempre de la mano, lo mismo que la justificación por la gracia y el servicio, van siempre unidos.

Domingo 24 del T.O. Ciclo B

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¿Quién es Jesús? La pregunta, nos la hemos hecho en algún momento. Para responderla, hemos aprendido fórmulas o sencillamente decimos algunas, que no nos comprometen demasiado y así decimos; que es un gran hombre, que es protector de los débiles, que es el Señor.

Toda respuesta, sin dejar de ser verdadera, estará vacía, si no afecta a nuestra vida y si no expresa un compromiso con Jesús. Por eso, la segunda lectura del Apóstol Santiago, nos decía que una fe sin obras es una fe muerta y el Evangelio de Mateo, aun nos recordará, que los que no tienen una fe explícita en su presencia y han socorrido a los necesitados, es al mismo Cristo a quien lo han hecho.

Es verdad que la fe salva, como bien nos enseña San Pablo, pero la fe o nos lleva a las buenas obras o no es auténtica. La fe o se traduce en amor o no existe. Si la fe es don, las obras son la respuesta positiva a ese don. En una palabra, que si creemos, buscaremos hacer la voluntad de Dios y ese es el reto: no solo que creamos en él, sino que vivamos como él. Por eso Jesús, que se ha manifestado como Mesías y así lo ha expresado abiertamente Pedro con la expresión: «Tú eres el Mesías», quiere manifestarse también como Hijo de Dios, lo cual es todavía no evidente para Pedro y para los discípulos, de ahí que tenga que insistirles que ha de sufrir como Hijo y en obediencia al Padre, para llevar a cabo la salvación. La redención, operada por Cristo pasa por el sufrimiento y esto nos indica que el sufrimiento tiene un sentido redentor. Cuando sufrimos con Cristo, nuestro sufrimiento tiene también un sentido redentor, por eso, cargar con la cruz, significa que, si unimos nuestro sufrimiento al de Cristo, también éste tiene un sentido redentor, pues si Cristo nos he redimido por la cruz, esta redención que ya se ha dado, se tiene que dar en cada uno de nosotros ¿Cómo?  Cargando con nuestra cruz y uniendo nuestra cruz a la de Cristo. En una palabra: sufriendo con Cristo. El que así obra, nos decía, la primera lectura, de Isaías, no verá decepcionada su confianza y puede hacer frente a sus enemigos de forma resuelta, pues el Señor le ayuda. Este es el Siervo, el que ha puesto en Dios su confianza, ha sido ultrajado, pero Dios es testigo de su inocencia.

Las palabras del centurión a los pies de la cruz, dan fe de esta verdad: «realmente este es el Hijo de Dios». Este es el que hace la voluntad del Padre y el que viene a traernos no un mesianismo de triunfo, sino de humillación y sufrimiento. Hemos de dar una vuelta a nuestro modo de pensar y a la imagen de Dios que nos habíamos construido. Siguiendo los pasos de Jesús, hemos de proyectar nuestra vida, no como posesión egoísta y autosatisfactoria, sino como entrega.

Domingo 23 T.O. CicloB

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Jesús, se nos muestra en el Evangelio de este Domingo, cercano a alguien que por su enfermedad (sordomudo) se siente excluido de la sociedad, pero Jesus le cura, es decir, le devuelve no solo la salud, sino la capacidad de sentirse uno con los demás y recuperar su dignidad. Qué duda cabe que éste será después, uno de los que anuncien con fuerza la alegría de la salvación, el Evangelio de la misericordia y del perdón.

También nosotros somo sordos cuando no oímos las necesidades de los demás y somos mudos, cuando no somos capaces de decir una palabra de aliento al que está en el sufrimiento o en el dolor.

Si vivimos con Cristo y en Cristo, entonces comprenderemos la verdad de lo que somos, es decir: pobres por nuestra incapacidad, pero como nos recordaba la segunda lectura, llamados a ser ricos en la fe y herederos del Reino, pues como el hombre del Evangelio, que al encontrarse con Jesus, experimentó un cambio radical en su vida, así nosotros también experimentamos con Cristo la fuerza de su palabra que nos llama a la conversión. Entonces, no nos escandalizaremos de nosotros mismos y podremos acoger con la palabra de Jesus, la invitación a escuchar a los demás y a poderles decir igualmente, una palabra de aliento. Pero si no acogemos la palabra de Cristo y no somos capaces de reconocer que él nos ha escogido en nuestra pobreza, para ser herederos de su reino, prometido a todos los que le aman, seguiremos siendo sordos y mudos, incapaces de acoger y dar la Palabra que puede devolvernos a la vida de la comunión y del amor, y que nos libera de la sordera y de la incapacidad de hablar; podremos amar y escuchar al Señor en su palabra y proclamarla a los demás. Podremos alabarle y bendecirle por los dones que nos concede, y, sobre todo, podremos dirigirnos a él con un corazón nuevo, que no excluye a nadie, sino que a todos acoge y ama, pues es un corazón libre para amar, abierto al amor y a la verdad.

Si escuchamos la Palabra que nos salva y que puede devolvernos a la alegría del amor y del perdón, podremos afirmar, también, que todo lo ha hecho bien y nos sabremos partícipes de ese bien y de esa bondad que viene de lo alto, que no depende de nosotros pero que sí debemos pedir para poderla llevar a la práctica.

Domingo 22 T.O. Ciclo B

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Dios ha elegido por puro amor a su pueblo y ha establecido con él una Alianza. La primera lectura de Deuteronomio 4,1-2.6-8 nos habla de que la aceptación de un solo Dios y de las exigencias de la Alianza, lleva consigo la escucha fiel de la Palabra de Dios que es fuente de vida y de libertad. Este Dios no es un Dios alejado del hombre, sino que está en su interior, en su corazón, en su intimidad. En esta línea está también Jeremías, Oseas o el mismo San Juan. Es la corriente de espiritualidad característica del Deuteronomio y tiene como Palabra clave, la escucha. Israel, ha sido llamado, en virtud de la elección divina a escuchar la ley que Dios le da y a ponerla en práctica sin alterarla, solo así será conocido  y se distinguirá de los demás pueblos, como pueblo sabio y sensato y Dios pasa a ser el Dios cercano y próximo, que sobrepasa toda capacidad y todo juicio.

La segunda lectura es de la Carta del Apóstol Santiago 1,17-18.21b22.27 y nos recuerda que la escucha de la Palabra requiere una actitud de apertura especial y particular. Si bien esta Palabra revela la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y tiene una fuerza intrínseca, sólo da fruto en plenitud con la colaboración del creyente, que encuentre sitio en un corazón disponible a escucharla y a ponerla en práctica. Ya Jesús había dicho la bienaventuranza: «dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» y toda bienaventuranza nos lleva a Jesús que la proclama, a la esperanza que engendra y a la situación en la que el hombre se encuentra. A partir de ahí, desparece la tentación que acecha a todo creyente de separar el culto y el estilo de vida, dando lugar a acciones concretas: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo. La carta traduce así el dicho del Señor: «el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca….(Mt 7,24ss)

El Evangelio es de Mc 7,1-8ª.14-15.21-23, y nos presenta una verdad que es válida para todos: «escuchadme todos». Todas las cosas creadas son buenas, según el proyecto del Creador (Gn 1) y, por consiguiente, no pueden ser impuras ni volver impuro a nadie. Lo que puede contaminar al hombre, haciéndolo incapaz de vivir la relación con Dios, es su pecado, que radica en el corazón, luego, no corresponde a la voluntad de Dios ni se está en comunión con él multiplicando la observancia formal de leyes con una rigidez escrupulosa sino purificando el corazón o dicho de otro modo, iluminando la conciencia, de forma que las acciones que llevemos a cabo, manifiesten la adhesión al mandamiento de Dios, que es el amor. Jesús conecta y supera la espiritualidad deuteronomista de la que nos habla la primera lectura.

Colocando al hombre frente a la genuina voluntad de Dios, Jesús lo libera de las exageraciones rabínicas y le proporciona la auténtica libertad y responsabilidad. Un equilibrio que siempre debemos mantener o recuperar.

Domingo 21 T.O. Ciclo B

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La primera lectura es del libro de Josué 24,1ª.15-17.18b y tiene como contexto la conquista de la tierra prometida que fue lenta y los habitantes del país tienen sus propios dioses. Los hebreos, por su parte, vienen del desierto, trayendo su propia fe monoteísta en su Dios Yahvé. En el encuentro con los nativos, la fe monoteísta, se vio en dificultades. Máxime cuando veían, la riqueza y los exuberantes cultos que allí se daba a los dioses. Ante esta situación, era preciso renovar la Alianza y descubrir su riqueza en el marco de una celebración donde el pueblo responde con la aceptación de la alianza y el cumplimiento de sus cláusulas. Esto es importante, resaltarlo ya que quienes sancionaron la Alianza en Siquem, no eran los mismos que atravesaron realmente el desierto, sino que eran sus descendientes, lo que nos indica que estamos ante una fe creíble, histórica  y que actualiza la historia de la salvación. Pero esto no quiere decir que el pueblo cumpla con esos compromisos adquiridos.

En la segunda lectura de Efesios 5,21-32 Pablo, no hace ningún alarde de machismo cuando dice que el marido es la cabeza de la mujer, sino que está hablando de la relación entre Cristo y la Iglesia, de manera que como Cristo, es cabeza de la Iglesia, así el esposo es cabeza de la esposa. Seguramente, fue escrito como respuesta a ciertas acusaciones dirigidas a los cristianos en el sentido de que amenazaban la estabilidad del tejido social, puesto que exigían cierta igualdad entre todos los fieles, pues el matrimonio como expresión de la vida que existe en Dios, es una comunión de vida y de amor y en este sentido el que el esposo sea cabeza, quiere decir que debe amar más y sabiamente a la esposa y que como la cabeza no se puede separar del cuerpo, tampoco la unión matrimonial puede disolverse. Esto que es lo que se da entre Cristo y la Iglesia, es lo que se da entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Consecuentemente: «serán los dos una sola carne».

El Evangelio de Jn 6, 60-69, muestra la incredulidad de los discípulos ante las palabras de Jesús que afirman la necesidad de comer su carne y beber su sangre. Es necesario que Jesus muera y resucite para que lo puedan entender, pues sólo quien ha nacido y ha sido vivificado por el Espíritu y no obra según la carne, comprende la revelación de Jesús y es introducido en la vida de Dios.

Todo esto nos indica que, si bien el lenguaje en la transmisión de la fe es importante, la fe siempre será un paso duro de dar, pues supone una elección, una alianza del tipo de la propuesta por Josué; implica elecciones no siempre fáciles ni siempre indoloras. Y frente a los compromisos que afectan profundamente a nuestra vida, nos vemos tentados también a hablar de exageración o de complicaciones, que la Palabra se debe interpretar o sencillamente que los tiempos han cambiado. Frente a todo ello hoy el Señor nos sigue diciendo con claridad y entereza que es preciso estar con él o dejarle.

Pidamos poder decir con Pedro: «Señor ¿a quien iremos? Tus palabras dan vida eterna»

Fiesta de la Asunción

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La fiesta que celebramos de la Asunción de María, es un motivo de firme esperanza al contemplar como una criatura vence a la muerte y es elevada a la gloria.

La primera lectura es del libro del Apocalipsis. En ella se nos habla de una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal y coronada de doce estrellas. Esta mujer representa a la nueva creación, al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia que ve en ella a María asunta al cielo en cuerpo y alma, afirmando que, así como el Hijo de María murió y resucitó, así también la madre ha vencido a la muerte en la resurrección gloriosa, como primer fruto, de la resurrección del hijo. La Iglesia se alegra con la victoria del Hijo y de la madre y nosotros vemos en ello un camino de esperanza para la misma Iglesia y para el mundo. La fe en Jesús nos lleva hacia esa victoria esperanzadora sobre el mal, el pecado y la muerte.

La segunda lectura es de 1ª Corintios 15,20-26 nos recuerda que la resurrección de Jesús es el núcleo originario del mensaje cristiano, pues supone la victoria sobre la muerte y por tanto la desaparición del miedo a la muerte. Si la herencia recibida de Adán ha hecho que el pecado y la muerte alcance a todos los hombres, la herencia victoriosa de Cristo, alcanzará también a todos los hombres. Cristo ha resucitado, por tanto, resucitarán los muertos. Esto es lo fundamental: que la muerte ha sido vencida en todos, porque ha sido ya vencida en Cristo Jesús y María asunta al cielo, es la primera en participar de esa victoria. Si cierta es la muerte, mas cierta es la vida para todos. La vida ha vencido a la muerte, esa es la buena nueva, y Maria es primicia.

El Evangelio es de Lucas 1,39-56. El encuentro entre Isabel y María, dos mujeres en cinta, es un anuncio evangélico, de vida, pues una es estéril y la otra virgen. La historia a partir de ahora será distinta como canta María en el magníficat: los pobres y los oprimidos de todos los tiempos y de todos los ámbitos, pasan a ser los protagonistas de la historia y dejan de serlo los ricos y los poderosos. Isabel proclama bendita a María, pues si Cristo es nuestra bendición, María es la primera en participar de ella. El Magnificat, no es una simple plegaria de liberación ni una exaltación personal de María sino la proclamación de la capacidad de Maria y por ella, los que, por la humildad, tienen la capacidad de ver los acontecimientos con unos ojos nuevos, con unos ojos que saben ver la realidad de la historia y la mano de Dios que obra en ella, con los ojos de la fe.

Los ojos de la fe, nos ayudan también a nosotros a ver nuestra historia y la de los otros como una mirada especial, desde Dios. De este modo, las experiencias de luto y de dolor, como las de amor y alegría, pueden ser momentos que son transformados por la presencia de Dios en todos ellos, y así, hacer nuestro, el cántico de alabanza que María ha proclamado con su vida.   

TRIDUO de SANTO DOMINGO

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DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia Tercero

La Salvación como motivo y meta

La vida de Santo Domingo está al servicio de la predicación, para que la humanidad se salve. Sus largas noches de oración, son un testimonio de este deseo que alienta su vida: que todos se salven. Esta fue una de las intuiciones proféticas más relevantes en la vida de Domingo y la que dio pie a su proyecto fundacional de la Orden de Predicadores.

No olvidemos que la predicación o la evangelización es fundamental para edificar la comunidad Cristiana y para la renovación de la Iglesia.

Los grandes momentos de la renovación de la Iglesia han sido los grandes momentos de la evangelización.

Sin embargo, la predicación o la evangelización no es una simple actividad profesional en la Iglesia. Evangelizar es una forma esencial de ser cristiano. Dicho de otro modo, ser cristiano implica esencialmente la evangelización. Esta lleva consigo unas exigencias tales de fidelidad evangélica, que se convierte para el evangelizador en fuente de espiritualidad. La espiritualidad de Domingo es una espiritualidad evangelizadora, marcada por las exigencias de la evangelización.

En su jornada apostólica y en sus vigilias contemplativas Domingo se mantiene próximo a los hombres y a Dios. Vive intensamente las situaciones históricas de sus contemporáneos, las interpreta y las enfrenta desde una perspectiva evangélica. Por eso su vocación cristiana y apostólica renace constantemente al contacto con la humanidad. Este contacto remite la atención de Domingo al mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio…” (Mc 16, 15). Aquí se juntan la fidelidad a los hombres y la fidelidad a Jesús.

Estas dos fidelidades definen la verdadera espiritualidad dominicana. En medio de ambas fidelidades está Domingo, orante contemplativo y apóstol infatigable. Es significativo que llevara consigo el evangelio de Mateo y las cartas de Pablo, el evangelio de la misión y las cartas del evangelizador. Domingo entiende su misión como una fidelidad a los hombres y al man dato de Jesús en medio de la Iglesia. Y así entiende también su vocación cristiana de imitador y seguidor de Jesús.

La predicación dominicana, será pues, evangélica y apostólica y su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra. Domingo fue clarividente al diseñar el modelo de predicación dominicana. Su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra y en la vida evangélica del predicador. Todo ello al estilo de la comunidad de los Hechos de los Apóstoles.

En este estilo de vida, como ya indicábamos ayer, cobra especial relevancia la pobreza evangélica no es simple renuncia ascética a los bienes materiales, sino denuncia de toda idolatría de los mismos y anuncio del valor absoluto del Reino.

La pobreza evangélica es también una denuncia de la codicia humana, que ignora el derecho del hermano, especialmente del hermano pobre, y un anuncio del valor cristiano de la fraternidad y de la comunicación de bienes. En una palabra: una forma de anunciar con la propia vida el Evangelio de Jesús y una manera de expresar de forma auténtica la Providencia del Padre y el amor fraterno del cual se vale. Es más, la confianza en la Providencia, le llevó a vivir las bienaventuranzas evangélicas, dónde se proclama felices a los pobres y donde se nos enseña a vivir la compasión, en la que Domingo fue un gran experto.

Pero la Pobreza evangélica implica algo más, como es, la entrega de la propia vida a los hermanos por la causa del Evangelio. Qué duda cabe que si queremos hacer fecunda nuestra vida, apostolado y misión tendremos que hacer más hincapié en esta pobreza evangélica  tal como la vivió él. Una pobreza, que como dirá San Pablo, enriquece a muchos y que nos recuerda también la kenosis, el abajamiento del que siento «todo» vino a hacerse «nada» para que nosotros siendo nada podamos aspirar al todo

Por ultimo, la vida evangélica ideada y vivida por Santo Domingo está unida a la vida fraterna, que forma parte también del núcleo de la vida Cristiana. La predicación dominicana es una predicación desde la comunidad, respaldada por la comunidad. La vida comunitaria es una práctica de los valores evangélicos y, por consiguiente, un testimonio activo del Evangelio, quizá el testimonio más eficaz. Por eso, las primeras comunidades dominicanas eran llamadas domus praedicationis, casas de predicación, aunque se tratara de la comunidad femenina contemplativa de Prulla.

La experiencia y la práctica comunitaria está en el centro de la espiritualidad dominicana y en el centro de la misión evangelizadora de la Orden de Predicadores.

Domingo 19 T.O. Ciclo B

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La fidelidad a la vocación profética que desemboca en la persecución, es una constante en la historia de la salvación, como vemos fundamentalmente en Jesús.

La primera lectura es del Libro de los reyes 19, 4-8, y nos habla del profeta Elías. En un momento de especial dificultad y desánimo, el profeta pide a Dios que de por terminada su misión en esta vida, pero Dios le hace ver que ésta, apenas acaba de comenzar, de hecho, el enviado de Dios no le habla de huida o de muerte, sino de levantarse, comer y caminar. Estamos ante un nuevo relato de vocación del profeta o en todo caso, una renovación de su vocación-misión. Le corresponde denunciar al rey por su postura en clara connivencia con los cultos cananeos y proclamar la pureza de las relaciones con Yahvé estipuladas y conducidas por la fidelidad a la Alianza. Nosotros también hemos de revisar hasta qué punto ,estamos sirviendo al Dios manifestado en Cristo Jesús o a otros dioses.

La segunda lectura es de Efesios 4, 30-5,2, en ella San Pablo, nos invita a hacer del amor la norma de vida, lo cual es posible en la medida en que hemos recibido como don en el bautismo del Espíritu Santo. El Espíritu Santo, es el agente de la Nueva Creación. Esto lo entendemos mejor a partir de la afirmación de Rm 5,5, donde Pablo afirmará que la esperanza no será en modo alguno defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espíritu Santo que se nos ha dado. Este Espíritu es el que nos pone en contacto con el comportamiento de Jesus y con el del Padre celestial que es bueno con todas sus creaturas. Por tanto, es el amor sincero expresado en gestos concretos el que hace posible la comunidad cristiana  y la humana. El Evangelio es en este sentido, luz que ilumina y da vida.

El Evangelio es de Juan 6,41-52, y en él Jesus se revela como Pan de vida, esto es, como el que baja del cielo y por tanto con un origen divino. Pero reconocer esto no es fácil como tampoco lo es reconocerle como verdadero alimento (pan) que da vida, pues por desgracia, la humanidad de Jesús que debería ser camino de acceso a Dios, se ha convertido en un obstáculo para los judíos por su incomprensión y por la dificultad de entender a Jesus y abrirse a su palabra. En cambio, Jesús insiste que: el que cree, tiene vida eterna y que el come de este pan vivirá para siempre. El no es solo un pan vivo sino un pan vivificante y fuente de vida.

Si bien nuestros primeros padres comieron del fruto prohibido y murieron y los israelitas en el desierto, igualmente, comieron del mana y murieron, el que come de este pan que es Cristo, él lo resucitará en el último día. Jesús es pues, el que restaura la vida perdida allá en los orígenes como efecto del pecado y es sobre todo, Pan- Eucaristía, para un mundo atenazado por la experiencia de la muerte y de la destrucción. 

     

TRIDUO de SANTO DOMINGO

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DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia segundo

La Cruz como guía

La espiritualidad cristiana es, cristocéntrica y esto lo vemos especialmente reflejado en Santo Domingo

Jesucristo es el mediador entre Dios y los hombres, el que culmina la revelación de Dios y su Espíritu, el Espíritu de Jesús, es el que anima la vida Cristiana.

Todo espiritualidad Cristiana es, en definitiva, una experiencia de fe en Jesucristo, es por tanto, una espiritualidad esencialmente cristocéntrica.

Todo esto lo vemos reflejado en las representaciones que vemos de él, especialmente las de Fray Angélico que le suele representar de rodillas al pie del Crucificado. Esos cuadros reflejan bien el centro de la experiencia espiritual de Domingo. Ese centro es Cristo, y un Cristo crucificado.

El misterio de la encarnación, que asume plenamente la condición humana, desemboca en el misterio de la Cruz, que revela todo el drama de la condición humana. Por eso, la espi­ritualidad de Domingo es a la vez una espiritualidad de encarnación y una espiritualidad de la pasión.

En el Cristo Crucificado se revela el verdadero rostro amoroso de Dios y en el dolor humano —en los crucificados de la tierra— se revela el rostro del Cristo crucificado.

El contacto con la humanidad doliente, está en la base de la espiritualidad de Domingo. Igualmente, la humanidad doliente, el dolor humano, la compasión Cristiana, nos lleva al centro de la espiritualidad dominicana, que pasa a ser por ello, una espiritualidad verdaderamente cristocéntrica.

La vida de Domingo es una historia de compasión. En Palencia siente compasión por las masas empobrecidas y vende sus libros para socorrerlas. En las guerras de reconquista y en el mundo feudal siente compasión por los esclavos y se ofrece como rescate. En el sur de Francia siente compasión por los herejes hundidos en la mentira y el error, y se dedica con todas sus fuerzas a la predicación del Evangelio. En las Marcas siente compasión por los paganos a quienes nadie les ha predicado el Evangelio, y mantiene durante toda su vida el ideal y el deseo de misionar entre los cumanos hasta entregar su vida como mártir del Evangelio. Siente especial compasión por los pecadores, y su oración de intercesión le conduce hasta el clamor y las lágrimas. Es compasivo con los frailes débiles y tentados, y se ejercita con singular destreza en la corrección fraterna y en la animación comunitaria.

Santo Domingo, fruto de este cristocentrismo es un enamorado de la pobreza evangélica, pues Cristo siendo rico, se hizo pobre, se vació de sí mismo. Y adoptó la condición de siervo, rebajándose hasta la muerte y una muerte de Cruz. Este es el Cristo al que Domingo quiere imitar con la práctica radical de la pobreza evangélica.

Por medio de la pobreza, no solo, quiere someter los instintos a la soberanía del espíritu. Sino que quiere compartir las condiciones más bajas de la condición humana, la situación de los crucificados de la tierra. A través de la pobreza Domingo ejercita de forma efectiva su compasión con la humanidad doliente.

La pobreza, le permite hacer también la experiencia de la Providencia divina y de la fraternidad humana. Una y otra se ponen de manifiesto en el compartir .

La pobreza le permite también imitar a Cristo pobre, para desde ahí vivir la pobreza no al estilo franciscano, tan querido por él, sino a “imitación de los Apóstoles”.

Finalmente, la pobreza es para-Santo Domingo un, un camino de libertad para el seguimiento radical de Jesús y para el anuncio del Evangelio. La pobreza es la carta credencial de los predicadores. Es la fuerza que respalda y legitima su predicación. La pobreza así entendida tiene un notable valor profético. Vivir la pobreza radicalmente es ya una forma efectiva de anunciar el Evangelio y de denunciar el ídolo del becerro de oro, una de las grandes idolatrías en la historia humana. Por eso, Domingo deja a sus frailes como herencia… la pobreza.

Todo esto, no solo dará forma a su apostolado, sino que también alimenta su ideal de martirio. Si bien el martirio cruento nunca tuvo lugar en la vida, siempre estuvo dispuesto a padecerlo, lo que es prueba de su centramiento en Cristo y de lo que alimenta su contemplación de Cristo crucificado. Experiencia contemplativa y experiencia apostólica van juntas en él, en perfecto equilibrio. “De día nadie más cercano a los hombres; de noche nadie más cercano a Dios”. Así resume Jordán de Sajonia su espiritualidad

Acción apostólica y contemplación, están tan unidas en él, que no se pueden separa, pues la contemplación del misterio de Cristo es la fuente del anuncio de ese misterio.

Este es el equilibrio de la vida de Santo Domingo y un reto para la familia dominicana. Pidamos en este día, poder encarnar este equilibrio.

TRIDUO de SANTO DOMINGO

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DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia primero

La Encarnación como Fuente

Estamos celebrando los ochocientos años de la muerte de Santo Domingo y los quinientos años de presencia dominicana aquí en Daroca. Es Bueno que nos preguntemos como fue la espiritualidad de Santo Domingo el fundador de la Orden de Predicadores.

La suya, fue una espiritualidad de encarnación, es decir que asume con discernimiento la condición humana propia y ajena.

Domingo se adentra y progresa en esta espiritualidad en la medida que se adentra y progresa en el contacto, en el conocimiento y en la compasión con la humanidad doliente: la humanidad sufriente es el camino para entrar en una espiritualidad de encarnación, para descubrir el misterio de la encamación y de la pasión de Cristo.

El contacto con los hombres y mujeres crucificados es para-Domingo el camino seguro para adentrarse en la contemplación de Jesucristo Crucificado. Y los hombres y mujeres crucificados son para Domingo los pobres de Palencia, los herejes del sur de Francia, los paganos de las Marcas, los esclavos de la sociedad feudal, los pecadores, cualquier hombre o mujer abrumado por cualquier tipo de sufrimiento. No es necesario abandonar la humanidad para encontrarse con Dios; al contrario, es preciso adentrarse en ella para experimentar a Dios, para sentir en vivo la fuerza de su voluntad salvífica.

Esta espiritualidad de encarnación es, en buena parte, la fuente de la rica personalidad de Domingo. Esta se caracteriza por una extraordinaria armonía entre lo humano y lo divino, entre lo natural y lo sobrenatural, entre las dotes humanas y las virtudes cristianas. Apenas es posible determinar dónde termina su personalidad humana y dónde comienza su personalidad evangélica. Es prácticamente imposible señalar la frontera entre el valor humano de su amistad y el don cristiano de su caridad. Pues bien, esta armonía de la personalidad de Domingo explica en buena medida el talante y el carácter típico del ser dominicano.

La espiritualidad de encarnación explica suficientemente que la personalidad de Domingo sea a la vez rica y compleja, fascinante y desconcertante, llena de rasgos contrastantes.

Un rasgo destacado de la personalidad de Domingo es su firmeza de voluntad, que de ninguna forma está reñida con la gratuidad de la salvación. Domingo ha heredado y aprendido esa firmeza de voluntad en la dureza de su tierra natal. Castilla es una tierra dura, que hay que regar con sudor para cosechar el pan. Ha heredado también esa firmeza de su padre, caballero medieval que necesitaba un buen cúmulo de virtudes para triunfar: valentía, coraje, capacidad de riesgo y sacrificio, generosidad, espíritu militante y aventurero, sentido del honor y de la lealtad…

Así vemos como la firmeza de voluntad de Domingo aparece constantemente en el itinerario de su vida. Se mantiene firme en el ministerio de la predicación, a pesar de las dificultades que le acompañan; en la difícil tarea de hacer aprobar la Orden, a pesar del decreto del Concilio IV de Letrán; en la organización de las monjas en Roma; en la dispersión de los frailes contra la opinión de sus consejeros prudentes en demasía; en la defensa de los derechos de los frailes a tener culto público en sus iglesias, a pesar de la oposición de los canónigos de París y Bolonia; en la defensa de la fidelidad propia y de sus frailes al proyecto fundacional de los orígenes…

Como testimonia Jordán de Sajonia, la firmeza de Domingo en sus decisiones parece ser fruto de una fe profunda y de una gran clarividencia evangélica. Jordán está convencido de que Domingo tomaba aquellas decisiones tan arriesgadas, conducido por inspiración divina o, al menos, guiado por una confianza profunda en la Providencia.

Pero este rasgo de su personalidad está combinado con otro no menos importante: su exquisita sensibilidad, su ternura intensa, su extraordinaria compasión…, virtudes todas ellas heredadas probablemente de su madre. La combinación de ambos rasgos nos da el perfil característico de la personalidad de Domingo, y explica la riqueza humana y cristiana de esa personalidad. Esta presencia de lo femenino en la psicología, en la espiritualidad y en la vida de Domingo, tal vez explique su especial habilidad y delicadeza en el trato con la mujer, un trato cálido, afable, diáfano, transparente, lleno de naturalidad y de pudor, un trato exquisitamente evangélico.

Lo cierto es que Domingo es un experto en humanidad. Y, sobre todo, es un experto en la amistad, que es la encarnación humana de la caridad cristiana. “Amando a todos, de todos era amado”. Domingo termina por convertirse en amigo de todos cuantos se atraviesan en su camino. Amigo de Diego y de Fulco, de Inocencio y de Honorio, de Hugolino…; amigo de los herejes dispuestos a escucharle; padre y amigo de los frailes y de las monjas; próximo y cercano a los pecadores y a los que sufren; confidente de los estudiantes de Bolonia con quienes gusta conversar.

El resultado de estos rasgos de la personalidad de Domingo no es el varón evangélico que fue. Domingo es un hombre de extraordinario equilibrio, optimista, jovial, humano. Quizá en ninguna virtud se combinan tan extraordinariamente su experiencia de Dios y su calidad humana como en la forma de entender y practicar la virginidad. “El Señor me ha concedido la gracia de mantenerme virgen de cuerpo y de espíritu”. Así lo confiesa en los momentos finales de su vida. Esta virtud es para él una forma de ejercitar el amor cristiano libre de toda búsqueda egoísta de gratificaciones inmediatas. La humanidad de Domingo queda así, bien reflejada en su virginidad de cuerpo y de espíritu. Este armonizar lo humano y lo divino como lo hiciera Domingo, no deja de ser un desafío para todos nosotros sus seguidores, pidamos poderlo llevar a cabo.