2º Domingo de Adviento, Ciclo A

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Un renuevo que brota de un tronco. Con esta imagen, la primera lectura del Profeta Isaías, 11,1-10, nos muestra como en medio de la destrucción vuelve la vida, como signo de la fidelidad de Dios a sus promesas. En ese renuevo vemos a Jesús nacido en Belen, de la estirpe de David, que lleno del Espíritu actuará en favor de los pobres, abriendo de este modo el mundo a la esperanza, como si de un nuevo paraíso se tratara. Esto es posible porque: «el país está lleno de la ciencia de Dios» y desde que la humanidad conoce a Dios, a través de Jesucristo y de los cristianos, cambia la faz de la tierra.

En la segunda lectura de Rom 15,4-9 Pablo subraya el tema de la aceptación recíproca. Unas palabras que se dirigen a los cristianos de origen judío y a los de origen pagano, indicándoles que todo lo que hace el cristiano debe estar marcado por la acogida y la edificación recíproca, pues el que está firme en la esperanza acepta las propias limitaciones y las de los demás con paciencia. El ejemplo como nos dice el Apóstol es Cristo, que se hizo servidor de los judíos para probar que Dios es fiel al cumplir las promesas hechas a nuestros antepasados. Pero también acoge misericordiosamente a los paganos para que glorifiquen a Dios, como dice la Escritura.

El Evangelio, de Mateo, 3,1-12, nos presenta la predicación de Juan el bautista con su potente invitación a la conversión y a la penitencia introduciendo así, la predicación de Jesús. El motivo es que «está cerca el reino de los cielos». Es decir, que Dios quiere reinar y quiere arrancar de cuajo la raíz de los males humanos como son: el pecado, las enemistades, el egoísmo. Pero él es también consciente de su propia insuficiencia y de que sus palabras cobran valor en la medida en que viene otro que bautizará con Espíritu Santo.

La venida de este otro, es lo estamos preparando en el Adviento. Cuando Juan pronuncia estas palabras, él está presente ya, pero aún no de forma manifiesta. De ahí la importancia de vivir el ahora del momento presente como el lugar en el que Dios nos invita a vivir con esperanza, aguardando el cumplimiento final de la soberanía de Dios a través de su juicio escatológico final.

Es en el hoy, en el presente donde nos jugamos el futuro. La voz del gran profeta nos pide que preparemos el camino del Señor que viene en los desiertos de hoy, tanto interiores como exteriores, y en los que experimentamos la sed del agua viva que es Cristo.

María nos acompaña a fin de que podamos sintonizar nuestra mentalidad con el Evangelio.

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1 Domingo de Adviento, Ciclo A

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Comenzamos el tiempo de Adviento, tiempo de esperanza con la lectura del profeta Isaías 2,1-5 que nos llama como el salmo que escuchamos, a caminar alegres hacia el encuentro del Señor, porque como nos decía San Pablo en la Segunda lectura de Rom 13, 11-14: «nuestra salvación está cerca».

Con esta certeza, emprendemos este tiempo de Adviento que el Señor nos regala, y con el que queremos renovar la esperanza que él tiene en nosotros y consecuentemente de nosotros en Él.

A lo largo de estas cuatro semanas, la liturgia nos invitará a encontrar en Jesús apoyo y a no perder jamás la confianza en él. También nos recordará que no debemos cansarnos de invocarlo ni de salir a su encuentro sabiendo que él mismo viene continuamente a visitarnos, en la prueba, en la enfermedad, en cualquier circunstancia. También nos visita a través de los demás, especialmente de los que pasan necesidad. Dios nos visita para que podamos abrirnos a él y a su amor con entera confianza.

Por todo ello, el Adviento es tiempo de oración y espera vigilante. Vigilancia es la palabra clave como nos recuerda el Evangelio de Mateo 24,37-44: «Estad en vela…». Esta es la manera de vivir nuestra vida cristiana, pues el Jesús que vino y que vendrá glorioso, es el que viene continuamente en los acontecimientos de cada día, y por eso hemos de estar atentos a su presencia y de este modo, esperarlo vigilando, puesto que su venida no se puede programar o pronosticar, sino que será repentina e imprevisible y de ahí la necesidad de estar despiertos, es decir de no dejarnos absorber por lo inmediato, por la preocupación, de manera que nos olvidemos de su presencia en la alegría, y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, es decir en los acontecimientos de nuestra existencia.

Vivir con esta esperanza, nos permite conocer a Dios como Padre bueno y misericordioso, que Jesus nos ha mostrado con su muerte y resurrección abriéndonos a una vida verdadera, plena y eterna de comunión con él.

El mundo tiene necesidad de este Dios. Tiene necesidad de la esperanza. Que María que supo esperar y amar como nadie, nos acompañe en nuestro Adviento. Ella que nos transmite la alegría de la cercanía de Cristo vivo, que es la respuesta a nuestro sufrimiento, nos haga partícipes de su misma alegría y gloria.

  

34 Domingo del T.O. Ciclo C, Fiesta de Cristo Rey

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La fiesta de Jesucristo Rey del Universo que celebramos hoy fue instituida por el papa Pio XI en el año 1925 y más tarde, después del Concilio Vaticano II, se colocó al final del año litúrgico.

Pero ¿Cómo es la realeza de Cristo? ¿Es como la de los príncipes y reyes de este mundo?

En la primera lectura (2Sam 5,1-3) vemos como el pueblo aclama a David que es ungido rey de Israel, y que, en cuanto «ungido del Señor», es el arranque de la esperanza mesiánica en un descendiente de David (2Samuel 78ss) algo que se cumple en Jesucristo que será llamado, entre otras cosas: «Hijo de David». Así es como Dios muestra su fidelidad y su presencia en la historia.

La segunda lectura es de Col 1,12-20, y es un canto a la infinita generosidad de Dios que nos ha destinado a compartir la herencia del pueblo santo en la luz por medio de Jesucristo, que, siendo imagen del Dios invisible, ha restaurado en nosotros, por medio de la encarnación, la imagen divina que el pecado había empañado. Así, el que es primero en el orden de la creación, lo es también en el orden de la salvación, por el cual hemos sido reconciliados con Dios. Él es, por tanto, el Señor que, a través de su muerte y resurrección, recibe la adoración de todo el universo y es rey de todo lo creado.

El Evangelio de Lucas 23, 35-43, nos muestra como la realeza de Cristo se revela de modo admirable en la cruz, en donde contemplamos al Dios oculto y al rey oculto, pero verdaderos. Allí los jefes del pueblo y los soldados se burlan del «primogénito de toda la creación», como le llama San Pablo, y lo ponen a prueba para ver si tiene poder para salvarse de la muerte. Pero ahí, en la cruz, es donde Jesucristo se pone a la altura de Dios , se manifiesta como «Dios que es amor». De hecho, uno de los dos malhechores que están junto a él, consciente de sus pecados, se abre a la verdad, llega a la fe e implora al rey de los judíos: «Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» y recibe inmediatamente el perdón y la alegría de entrar en el reino de los cielos: «yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» Con estas palabras, Jesús, desde el trono de la cruz nos acoge también a todos con misericordia infinita. 

San Ambrosio, dice que: «este es un buen ejemplo de la conversión a la que debemos aspirar… y que la vida consiste en estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino»

33 Domingo T.O. Ciclo C

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Ya nos cercanos al Adviento y al final del año litúrgico, la palabra de Dios nos invita a considerar el final del tiempo ¿Cómo será ese final?

La primera lectura es de Malaquías 3,19-20a, nos dice que los orgullosos y malhechores serán como paja, pero a los que temen el nombre del Señor les iluminará un sol de justicia. Se trata de una invitación a no desaprovechar el tiempo y a vivirlo como una oportunidad que se nos da para conocer a Dios y su plan amoroso para todos y cada uno de nosotras y nosotros. Esto es, caminar en su presencia junto a los demás, manteniendo viva nuestra oración y alabanza.

El trabajo como nos recuerda San Pablo en la segunda lectura, de 2 Tes 3,7 es un instrumento fundamental mientras vivimos en el tiempo, que lejos de ser algo fatídico es la manera que tenemos de ganar el pan, esto es de colaborar en la construcción de un mundo en donde todos podamos vivir gracias al propio esfuerzo y compartir con los demás. El desequilibrio entre la riqueza y la pobreza en nuestro mundo, el escándalo del hambre, la emergencia ecológica, el paro…están mostrando una crisis profunda en el modelo de desarrollo ecónimo que tenemos y nos está pidiendo una revisión de nuestra manera de vivir y de consumir, dañina no solo para nosotros, sino también para el ecosistema, lo que perjudica especialmente a los mas pobres, de ahí la necesidad de educarnos en un consumo responsable y de favorecer el trabajo de los que cultivan la tierra así como los valores que hacen posible una comunicación sana como: la acogida, la solidaridad y compartir la fatiga del trabajo.

El Evangelio de Lc 21,5-19, nos invita a no tener miedo y a vivir esperando la venida del Señor, es decir a no dejarnos llevar por el catastrofismo ni por los falsos mesianismos que intentan alarmar creando discordia y división. Cristo mas bien nos invita a afrontar los acontecimientos diarios confiando en su amor providente sin temer al futuro, aunque pueda parecernos oscuro, porque Dios por medio de Jesucristo, ha asumido la historia para abrirla a su meta trascendente, él es el alfa y la omega, el principio y el fin y nos enseña a ver en cada gesto de amor o de solidaridad algo que da sentido al universo y que perder la vida por él es encontrarla en plenitud.

Mientras la historia sigue su curso, con sus dramas y calamidades, lo que a muchos invita a no creer, el cristiano ve en todo ello el lugar en el que se desarrolla el designio salvador de Cristo y vive por tanto la fe que actúa en la caridad como antídoto frente al nihilismo, a la negatividad y al sinsentido que parece quererse instalar.

La celebración de la Eucaristía nos invita ya a vislumbrar esa luz en medio de la oscuridad.

32 Domingo del T.O. Ciclo C

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La resurrección no es un tema fácil de tratar y los saduceos que no creen en la resurrección entre otras cosas por ser una creencia tardía, concretamente a partir del siglo II A.C. como aparece en el libro de los macabeos, que hemos leído en la primera lectura y en algún otro lugar. Políticamente buscaban el poder lo que les hacía colaboracionistas con los romanos y por todo ello estaban enfrentados a los fariseos que eran piadosos conservadores.

Le preguntan a Jesús un poco para ponerlo a prueba, presentándole un caso que más bien ridiculiza la creencia en la resurrección: Se trataba de una viuda sin hijos que según la ley del levirato había sido esposa de siete hermanos, entonces ¿de qué marido será esposa en el más allá?

La respuesta de Jesús es clarificadora, pues les dice que en la otra vida ya no habrá matrimonio, pues los resucitados ya no pueden morir, son como ángeles. El matrimonio es una institución querida por Dios para esta vida y no para la otra y para reafirmarlo apela al episodio de la zarza ardiendo en el que Dios se reveló a Moises, como un Dios de vivos, es decir, que para él todos están vivos. Ciertamente, la resurrección es un hecho, aunque eso sí no sabemos cómo será:

En relación con la resurrección, está el enigma de la muerte. Se trata de una realidad a la que las ciencias del hombre, la filosofía, y la historia de las religiones a lo largo del tiempo, han intentado dar respuesta, pues de la respuesta que tengamos resultará una manera u otra de vivir

Estas respuestas que podemos dar y todas las posturas que nosotros podamos adoptar, van desde el miedo visceral hasta el hedonismo más exacerbado. Lo primero nos lleva a la angustia y lo segundo al desenfado, que se traduce en aquello de: comamos y bebamos que mañana moriremos.

Solo encontramos una verdadera respuesta en el acontecimiento fundamental de la resurrección de Jesucristo, que es finalmente la única respuesta válida a la muerte del hombre. Es más, tanto la fe como la esperanza se vinculan con la resurrección de Jesucristo con quien nos unimos por el bautismo, por el cual quedamos libres del pecado y consecuentemente de la muerte.

La muerte biológica sigue estando, de hecho, Cristo murió, pero la esclavitud opresora de la muerte ha sido vencida y con ella el miedo a la misma. Esa es nuestra victoria, la victoria de Cristo sobre el mal, el pecado y la muerte

A la luz de la resurrección, el creyente sabe que, aunque la muerte física es inevitable, a pesar de todos los adelantos médicos, ésta no es el final del camino, sino la puerta que nos abre a la liberación definitiva con Cristo resucitado

Que esta certeza, nos haga también a nosotros aspirar a los bienes del cielo, como nos recuerda San Pablo.

Todos los Santos, Ciclo C

Hoy festividad de todos los santos nuestro corazón amplía sus horizontes, contemplando el cielo que nos aguarda y que ya experimentamos y vivimos cuando vivimos en la presencia del Señor, cada día y cada momento de nuestro vivir cotidiano.

Por el bautismo, que nos ha unido a Jesucristo ya hemos entrado en el cielo, en la santidad a la que todos estamos llamados, pues ser santo no es cosa de unos pocos sino la tarea que tenemos todos que llevar adelante por haber sido creados por Dios y más aun, por haber sido redimidos por Cristo, ya que el camino para lograr la santidad es Cristo. Todos somos hijos de Dios y todos debemos llegar a serlo de verdad por medio de Jesucristo.

El Evangelio de las bienaventuranzas que escuchamos en este día nos muestra que como hijos amados se nos da la gracia de soportar las dificultades de la vida: el hambre y la sed de justicia, la incomprensión, la persecución, pero se nos da también la esperanza de un mundo nuevo y de un hombre nuevo según el modelo de Jesucristo. En ellas vemos como aunque en el presente probemos la copa del dolor, podemos vivir ya la alegría de un amor que supera el dolor y la muerte y que es Dios presente en nuestro corazón  

El camino de la santidad comienza por la presencia de Cristo en nosotros y de nosotros en él, como acontece cuando celebramos la Eucaristía.

En este caminar nos acompañan los santos, porque la vida de los santos no termina con su vida en la tierra, sino que abarca también su vida de actuación en Dios tras la muerte, de manera que quien va hacia Dios no se aleja de los hombres y quien va a los hombres no se aleja de Dios . Esto es lo que afirmamos con la comunión de los santos

A nuestra oración de alabanza y veneración por todos los santos, que la liturgia nos presenta hoy como: “una muchedumbre inmensa que nadie podrá contar, de todas las naciones, razas, pueblos y lenguas”, la Iglesia quiere unir la conmemoración de los fieles difuntos que celebraremos tras esta fiesta y por los que ofreceremos la Eucaristía.

La muerte para el cristiano forma parte del camino de semejanza con Dios hasta que Dios lo sea todo en todos. Por eso al dolor de la separación de los seres queridos unimos la oración de sufragio indicando así que la muerte no puede romper los vínculos que nos unen a todos, vivos o muertos, con Cristo.

Que vivamos esta conmemoración con alegría y gozo

31 Domingo del T.O. Ciclo C

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Acogida es la palabra que resuena en la liturgia de este domingo.

La primera lectura del libro de la Sabiduría, 11,22-12,2, es una reflexión sapiencial sobre los acontecimientos del Éxodo. Israel sale de su particularismo y se da cuenta de que el amor de Dios se extiende a todas las criaturas.

En la segunda lectura de 2ªTesalonicenses 1,11-2,2 Pablo invita a los de Tesalónica a acoger la llamada recibida y a no huir de las fatigas del presente ni dejarse vencer por la tentación de evadirse fuera del tiempo, reclamando como inminente la venida del Señor. Es en medio de nuestra vida diaria vivida en el nombre de Cristo, como él es glorificado en nosotros y nosotros podemos realizar sus obras.

El Evangelio de este domingo Lc 19,1-10 nos habla del encuentro de Jesús con Zaqueo.

Zaqueo, era un hombre rico, un publicano, esto es, un recaudador de impuestos de parte de la autoridad romana. Por ello era considerado un pecador público, ya que además chantajeaba a la gente. Pero sintió el deseo de conocer a Jesús y como era bajo de estatura se subió a un árbol; su sorpresa debió ser grande al ver que Jesus lo llamó y le dijo que quería verle

En primer lugar, destaca que Jesus llama por su nombre a uno que es despreciado por todos y no solo eso, sino que le dice: hoy debo alojarme en tu casa. este fue para él el momento de la salvación que llega a todos por medio de Jesucristo, que viene a salvar lo que estaba perdido. La gracia de ese encuentro fue tal que cambió completamente su vida de forma que él le dice que dará la mitad de sus bienes a los pobres. Vemos así que es el amor de Dios que actúa a través de nuestro corazón, el que nos transforma a nosotros y a nuestro mundo.

En segundo lugar, vemos que Dios no excluye a nadie ni a pobres ni a ricos, sino que nos mira con amor y con deseos de salvarnos, especialmente a aquellos que son considerados ajenos a la salvación

Por último, Jesus sin quitar importancia al pecado, ofrece la salvación al pecador, la posibilidad de rescatarse, de volver a comenzar, de convertirse.

Realmente si difícil, es que un rico entre en el reino de los cielos como se nos dice en otro lugar del evangelio, esta posibilidad vemos que se realiza en Zaqueo, de forma que si la riqueza le llevó a la deshonestidad ahora esa misma riqueza se convierte para él en una ayuda para la salvación.

Que también nosotros experimentemos la alegría de recibir la visita del hijo de Dios, que nos cambia y nos convierte en mensajeros de su misericordia.

30 Domingo del T.O. Ciclo C

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Este Domingo se celebra el día del DOMUND. Es el día en que la Iglesia universal reza por los misioneros y misioneras y colabora con ellos en su labor evangelizadora desarrollada entre los más pobres. La Jornada Mundial de las Misiones, conocida como DOMUND, se celebra en todo el mundo el cuarto domingo de octubre. Es una llamada de atención sobre la común responsabilidad de todos los cristianos en la evangelización e invita a amar y apoyar la causa misionera.

La palabra de Dios insiste en este domingo en la importancia de la oración. Bien sabemos, que la oración está en la entraña de la acción misionera. La primera lectura del libro del eclesiástico 35, 12-14.16-18 insiste en que la oración llega más al corazón de Dios cuanto mayor es la situación de necesidad o de aflicción de quien la reza y el salmo insiste en que el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Si la oración es por tanto el grito del pobre y del oprimido, Dios es el que le hace justicia sin tardar.

Esta confianza en el Dios cercano que libera a sus amigos es la que invoca San Pablo en la segunda lectura de 2 Tim 4,6-8. 16-18 que al ver cercano el final hace un balance: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” y en otro lugar: “pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles”. (2tim 4,17) En este domingo misionero la palabra del apóstol cobra especial fuerza para todos nosotros.

El Evangelio de Lc 18,9-14 nos recuerda que, para subir al cielo, la oración debe brotar de un corazón, humilde, pobre, reconociéndonos pequeños y necesitados de salvación y de misericordia, reconociendo que todo procede de él y que solo con su gracia se realiza en nosotros dicha salvación.

De este modo es como podremos volver a casa, a nuestros quehaceres, más justos, justificados, esto es, más capaces de caminar por las sendas del Señor.

La oración del justo está pues en el corazón de la actividad misionera, por la que el mundo queda transfigurado por la fuerza de Jesucristo, que nos convoca a la mesa de su palabra y de su Eucaristía para gustar el don de su presencia y vivir unidos a él.

29 Domingo del T.O. Ciclo C

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La Palabra de Dios este domingo, tiene como tema principal la oración, más aún, la necesidad de orar siempre sin desfallecer como nos decía el Evangelio de Lc 18,1,8.

A simple vista nos puede parecer un tema poco incisivo en medio de un mundo tan convulso, pero no cabe duda de que la fe es la fuerza que en silencio cambia el mundo y lo transforma en el reino de Dios y la oración es expresión de la fe.

Una fe que se basa en el amor a Dios, reconocido como Padre bueno y justo, da lugar a una oración perseverante, insistente, un grito que penetra en el corazón de Dios. De este modo es como la oración se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo

La oración es la que mantiene encendida la llama de la fe, pues como hemos escuchado Jesus preguntaba: ¿Cuándo venga el hijo del hombre, encontrará fe en la tierra?

Las lecturas que hemos escuchado nos presentan algunos modelos en los que podemos inspirarnos para fortalecer nuestra fe.

Uno es el de la viuda del evangelio, que nos hace pensar en tantas personas que se sienten impotentes ante al mal y se desalientan. Pero esta viuda con su tenacidad insistente consigue que el juez la escuche. La conclusión es: ¿Cómo podríais pensar que vuestro padre celestial, bueno, fiel y poderoso que solo desea el bien de sus hijos, no os haga justicia a su tiempo? La fe nos asegura que Dios escucha nuestra oración y nos ayuda en el momento oportuno, aunque la experiencia diaria parezca desmentir esto. Pero Dios no puede cambiar las cosas sin nuestra conversión y nuestra conversión comienza con el grito del alma que pide el perdón y la salvación.

La oración nos pone, por tanto, de parte del Señor en la lucha contra el mal y la injusticia mediante la no violencia, testimoniando así que la verdad del amor es más fuerte que el odio y la muerte.

La primera lectura de Ex 17,8-13, nos recuerda como las manos levantadas de Moises en oración, garantizaron la victoria de Israel. Estos brazos elevados de Moises nos hacen pensar en los de Jesús en la cruz con los que vence el mal, el pecado y la muerte. Brazos elevados que piden de nosotros un ofrecimiento continuo con un amor semejante al suyo.

La segunda lectura de Tim 3,14.16; 4,2 nos recuerda la necesidad de permanecer firmes en lo ya aprendido de manera que la perseverancia en la oración sea para nosotros, motivo de esperanza al afrontar cada día el buen combate de la fe.

28 Domingo del T.O. Ciclo C

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Las lecturas de este domingo nos sugieren inmediatamente el tema de la gratitud, que tiene que ver más con la gratuidad que con un mero agradecimiento obligatorio.

En la primera lectura de 2º reyes 5,14-17 Dios realiza el milagro de curar a Naaman el sirio, un extranjero, que acaba alabando al Dios de Israel como único Dios y el Evangelio de Lc 17, 11-19, nos muestra como un cismático samaritano se vuelve también después de haber sido curado, alabando en voz alta al Dios de Israel.

¿Cómo andamos nosotros en la practica de la acción de gracias? Nietzche, en medio de su ateísmo, reprochaba a los cristianos el no estar contentos de su salvación, luego ¿hasta qué punto da testimonio nuestra alegría del don recibido?

Y nuestra oración ¿hasta que punto es una oración agradecida o simplemente es una queja? Eso es lo que hicieron los nueve leprosos que fueron curados, que se quedaron solamente en la queja en la súplica, pero no pasaron a la acción de gracias.

A su favor está el haber acudido a Jesus, a su santo nombre: gritándole: «Ten piedad de nosotros». Jesus les cura, mostrando así que es el Mesías esperado, que habría de eliminar precisamente esta enfermedad, pero no pasaron a la acción de gracias. La fe les curó pero no les salvó, en cambio la fe del samaritano sí suscitó el agradecimiento mostrando así que la verdadera gracia no nos pone solamente en estado de gracia sino en acción de gracias. Ser cristiano, es por tanto entrar en la acción de gracias por ser hijo y atrevernos a llamar a Dios Padre.

Pero la acción de gracias como la del samaritano, se realiza en el cotidiano vivir, en el día a día y no solo con palabras, sino con una alegría comunicativa y no solo por el hecho de haber recibido, sino por el de poder dar lo recibido. En nuestro vivir cotidiano, es donde damos gracias y esto luego lo expresamos después en la acción de gracias por excelencia que es la Eucaristía.

Venir a la Eucaristía tiene sentido entonces, pues es un agradecimiento a Dios por todo lo recibido, por el don de la vida, por el don de la fraternidad, por el don del convivir y compartir. Se nos muestra así que el cristiano no es sólo el que pide gracias o el que las recibe, sino el que las da.  Que mostremos hoy como el samaritano además de nuestra acción de gracias nuestra profesión de fe. Dios quiere que reafirmemos con todas las fibras de nuestro corazón nuestra profesión de fe en él y así Pablo en la segunda lectura de 2 Timoteo 2,8-13, nos invita a acordarnos de Jesucristo muerto y resucitado por nosotros. El único mediador entre Dios y los hombres.