34 Domingo del T.O. Ciclo C, Fiesta de Cristo Rey

La fiesta de Jesucristo Rey del Universo que celebramos hoy fue instituida por el papa Pio XI en el año 1925 y más tarde, después del Concilio Vaticano II, se colocó al final del año litúrgico.

Pero ¿Cómo es la realeza de Cristo? ¿Es como la de los príncipes y reyes de este mundo?

En la primera lectura (2Sam 5,1-3) vemos como el pueblo aclama a David que es ungido rey de Israel, y que, en cuanto «ungido del Señor», es el arranque de la esperanza mesiánica en un descendiente de David (2Samuel 78ss) algo que se cumple en Jesucristo que será llamado, entre otras cosas: «Hijo de David». Así es como Dios muestra su fidelidad y su presencia en la historia.

La segunda lectura es de Col 1,12-20, y es un canto a la infinita generosidad de Dios que nos ha destinado a compartir la herencia del pueblo santo en la luz por medio de Jesucristo, que, siendo imagen del Dios invisible, ha restaurado en nosotros, por medio de la encarnación, la imagen divina que el pecado había empañado. Así, el que es primero en el orden de la creación, lo es también en el orden de la salvación, por el cual hemos sido reconciliados con Dios. Él es, por tanto, el Señor que, a través de su muerte y resurrección, recibe la adoración de todo el universo y es rey de todo lo creado.

El Evangelio de Lucas 23, 35-43, nos muestra como la realeza de Cristo se revela de modo admirable en la cruz, en donde contemplamos al Dios oculto y al rey oculto, pero verdaderos. Allí los jefes del pueblo y los soldados se burlan del «primogénito de toda la creación», como le llama San Pablo, y lo ponen a prueba para ver si tiene poder para salvarse de la muerte. Pero ahí, en la cruz, es donde Jesucristo se pone a la altura de Dios , se manifiesta como «Dios que es amor». De hecho, uno de los dos malhechores que están junto a él, consciente de sus pecados, se abre a la verdad, llega a la fe e implora al rey de los judíos: «Jesús acuérdate de mí cuando llegues a tu reino» y recibe inmediatamente el perdón y la alegría de entrar en el reino de los cielos: «yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso» Con estas palabras, Jesús, desde el trono de la cruz nos acoge también a todos con misericordia infinita. 

San Ambrosio, dice que: «este es un buen ejemplo de la conversión a la que debemos aspirar… y que la vida consiste en estar con Cristo, porque donde está Cristo allí está el Reino»

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