3º Domingo del T.O. Ciclo A

Este Domingo seguimos abundando en la Novedad que ha supuesto la venida de Cristo en una carne como la nuestra.

El comienzo de la predicación marca el inicio del ministerio de Cristo. Esta comienza con una aclamación breve pero llena de significado: «convertíos, porque está cerca el reino de los cielos»; todo ello unido a la llamada de los discípulos y a la curación de los enfermos. Y lo hace lejos de los centros de poder como son Judea o Jerusalén, cumpliendo así la palabra profética que escuchábamos en la primera lectura y que recoge también el evangelista: la tierra de Zabulón, la tierra de Neftalí. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y en sombras de muerte y una luz les brilló.

Todo se resume, en una palabra: «Evangelio». Una palabra que en tiempos de Jesús la usaban los emperadores romanos para sus proclamas que independientemente de su contenido, eran consideradas buenas nuevas, es decir, anuncios de salvación, porque el emperador era considerado el señor del mundo, y sus edictos buenos presagios. ¿Por qué se aplica esta palabra a la predicación de Jesús? Pues sin duda que con ello se da un reto y un desafío ya que aplicar esta palabra a la predicación de Jesús equivale a decir que es Dios y no el emperador el Señor del mundo, y que el verdadero Evangelio es el de Jesucristo.

Así pues, la proclamación de Jesucristo es tremendamente, novedosa y desafiante, pues indica que Dios es quien reina, que Dios es el Señor y que su señorío está presente, es actual, se está realizando.

Esta cercanía del Reino de Dios es la que se da con Jesucristo, como queda demostrado en las curaciones y milagros que realiza. En resumen, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte y la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira.

Que también nosotros vivamos la pasión por el reino que animó la vida de Jesús, pasión que tiene dos aspectos: pasión por Dios y pasión por el hombre.

San Pablo en la segunda lectura, nos invita a no andar divididos. Algo tan habitual a veces, sino que miremos a Jesucristo y veamos en él al que da la vida por todos. Por tanto, solo él, y en su nombre es como nosotros, podemos alcanzar la salvación, la alegría, el perdón la paz y la unidad. No caigamos en el desánimo ni en la desesperanza, porque son muchas las dificultades o porque son muchas las trabas que a veces nos podemos encontrar. Solo el que vive en Cristo, vence, como él ha vencido, solo el que vive en Cristo puede comprometerse de manera eficaz con la verdad, el amor, la justicia y la paz.

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