TRIDUO de SANTO DOMINGO

Destacado

DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia Tercero

La Salvación como motivo y meta

La vida de Santo Domingo está al servicio de la predicación, para que la humanidad se salve. Sus largas noches de oración, son un testimonio de este deseo que alienta su vida: que todos se salven. Esta fue una de las intuiciones proféticas más relevantes en la vida de Domingo y la que dio pie a su proyecto fundacional de la Orden de Predicadores.

No olvidemos que la predicación o la evangelización es fundamental para edificar la comunidad Cristiana y para la renovación de la Iglesia.

Los grandes momentos de la renovación de la Iglesia han sido los grandes momentos de la evangelización.

Sin embargo, la predicación o la evangelización no es una simple actividad profesional en la Iglesia. Evangelizar es una forma esencial de ser cristiano. Dicho de otro modo, ser cristiano implica esencialmente la evangelización. Esta lleva consigo unas exigencias tales de fidelidad evangélica, que se convierte para el evangelizador en fuente de espiritualidad. La espiritualidad de Domingo es una espiritualidad evangelizadora, marcada por las exigencias de la evangelización.

En su jornada apostólica y en sus vigilias contemplativas Domingo se mantiene próximo a los hombres y a Dios. Vive intensamente las situaciones históricas de sus contemporáneos, las interpreta y las enfrenta desde una perspectiva evangélica. Por eso su vocación cristiana y apostólica renace constantemente al contacto con la humanidad. Este contacto remite la atención de Domingo al mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio…” (Mc 16, 15). Aquí se juntan la fidelidad a los hombres y la fidelidad a Jesús.

Estas dos fidelidades definen la verdadera espiritualidad dominicana. En medio de ambas fidelidades está Domingo, orante contemplativo y apóstol infatigable. Es significativo que llevara consigo el evangelio de Mateo y las cartas de Pablo, el evangelio de la misión y las cartas del evangelizador. Domingo entiende su misión como una fidelidad a los hombres y al man dato de Jesús en medio de la Iglesia. Y así entiende también su vocación cristiana de imitador y seguidor de Jesús.

La predicación dominicana, será pues, evangélica y apostólica y su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra. Domingo fue clarividente al diseñar el modelo de predicación dominicana. Su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra y en la vida evangélica del predicador. Todo ello al estilo de la comunidad de los Hechos de los Apóstoles.

En este estilo de vida, como ya indicábamos ayer, cobra especial relevancia la pobreza evangélica no es simple renuncia ascética a los bienes materiales, sino denuncia de toda idolatría de los mismos y anuncio del valor absoluto del Reino.

La pobreza evangélica es también una denuncia de la codicia humana, que ignora el derecho del hermano, especialmente del hermano pobre, y un anuncio del valor cristiano de la fraternidad y de la comunicación de bienes. En una palabra: una forma de anunciar con la propia vida el Evangelio de Jesús y una manera de expresar de forma auténtica la Providencia del Padre y el amor fraterno del cual se vale. Es más, la confianza en la Providencia, le llevó a vivir las bienaventuranzas evangélicas, dónde se proclama felices a los pobres y donde se nos enseña a vivir la compasión, en la que Domingo fue un gran experto.

Pero la Pobreza evangélica implica algo más, como es, la entrega de la propia vida a los hermanos por la causa del Evangelio. Qué duda cabe que si queremos hacer fecunda nuestra vida, apostolado y misión tendremos que hacer más hincapié en esta pobreza evangélica  tal como la vivió él. Una pobreza, que como dirá San Pablo, enriquece a muchos y que nos recuerda también la kenosis, el abajamiento del que siento «todo» vino a hacerse «nada» para que nosotros siendo nada podamos aspirar al todo

Por ultimo, la vida evangélica ideada y vivida por Santo Domingo está unida a la vida fraterna, que forma parte también del núcleo de la vida Cristiana. La predicación dominicana es una predicación desde la comunidad, respaldada por la comunidad. La vida comunitaria es una práctica de los valores evangélicos y, por consiguiente, un testimonio activo del Evangelio, quizá el testimonio más eficaz. Por eso, las primeras comunidades dominicanas eran llamadas domus praedicationis, casas de predicación, aunque se tratara de la comunidad femenina contemplativa de Prulla.

La experiencia y la práctica comunitaria está en el centro de la espiritualidad dominicana y en el centro de la misión evangelizadora de la Orden de Predicadores.

TRIDUO de SANTO DOMINGO

Destacado

DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia primero

La Encarnación como Fuente

Estamos celebrando los ochocientos años de la muerte de Santo Domingo y los quinientos años de presencia dominicana aquí en Daroca. Es Bueno que nos preguntemos como fue la espiritualidad de Santo Domingo el fundador de la Orden de Predicadores.

La suya, fue una espiritualidad de encarnación, es decir que asume con discernimiento la condición humana propia y ajena.

Domingo se adentra y progresa en esta espiritualidad en la medida que se adentra y progresa en el contacto, en el conocimiento y en la compasión con la humanidad doliente: la humanidad sufriente es el camino para entrar en una espiritualidad de encarnación, para descubrir el misterio de la encamación y de la pasión de Cristo.

El contacto con los hombres y mujeres crucificados es para-Domingo el camino seguro para adentrarse en la contemplación de Jesucristo Crucificado. Y los hombres y mujeres crucificados son para Domingo los pobres de Palencia, los herejes del sur de Francia, los paganos de las Marcas, los esclavos de la sociedad feudal, los pecadores, cualquier hombre o mujer abrumado por cualquier tipo de sufrimiento. No es necesario abandonar la humanidad para encontrarse con Dios; al contrario, es preciso adentrarse en ella para experimentar a Dios, para sentir en vivo la fuerza de su voluntad salvífica.

Esta espiritualidad de encarnación es, en buena parte, la fuente de la rica personalidad de Domingo. Esta se caracteriza por una extraordinaria armonía entre lo humano y lo divino, entre lo natural y lo sobrenatural, entre las dotes humanas y las virtudes cristianas. Apenas es posible determinar dónde termina su personalidad humana y dónde comienza su personalidad evangélica. Es prácticamente imposible señalar la frontera entre el valor humano de su amistad y el don cristiano de su caridad. Pues bien, esta armonía de la personalidad de Domingo explica en buena medida el talante y el carácter típico del ser dominicano.

La espiritualidad de encarnación explica suficientemente que la personalidad de Domingo sea a la vez rica y compleja, fascinante y desconcertante, llena de rasgos contrastantes.

Un rasgo destacado de la personalidad de Domingo es su firmeza de voluntad, que de ninguna forma está reñida con la gratuidad de la salvación. Domingo ha heredado y aprendido esa firmeza de voluntad en la dureza de su tierra natal. Castilla es una tierra dura, que hay que regar con sudor para cosechar el pan. Ha heredado también esa firmeza de su padre, caballero medieval que necesitaba un buen cúmulo de virtudes para triunfar: valentía, coraje, capacidad de riesgo y sacrificio, generosidad, espíritu militante y aventurero, sentido del honor y de la lealtad…

Así vemos como la firmeza de voluntad de Domingo aparece constantemente en el itinerario de su vida. Se mantiene firme en el ministerio de la predicación, a pesar de las dificultades que le acompañan; en la difícil tarea de hacer aprobar la Orden, a pesar del decreto del Concilio IV de Letrán; en la organización de las monjas en Roma; en la dispersión de los frailes contra la opinión de sus consejeros prudentes en demasía; en la defensa de los derechos de los frailes a tener culto público en sus iglesias, a pesar de la oposición de los canónigos de París y Bolonia; en la defensa de la fidelidad propia y de sus frailes al proyecto fundacional de los orígenes…

Como testimonia Jordán de Sajonia, la firmeza de Domingo en sus decisiones parece ser fruto de una fe profunda y de una gran clarividencia evangélica. Jordán está convencido de que Domingo tomaba aquellas decisiones tan arriesgadas, conducido por inspiración divina o, al menos, guiado por una confianza profunda en la Providencia.

Pero este rasgo de su personalidad está combinado con otro no menos importante: su exquisita sensibilidad, su ternura intensa, su extraordinaria compasión…, virtudes todas ellas heredadas probablemente de su madre. La combinación de ambos rasgos nos da el perfil característico de la personalidad de Domingo, y explica la riqueza humana y cristiana de esa personalidad. Esta presencia de lo femenino en la psicología, en la espiritualidad y en la vida de Domingo, tal vez explique su especial habilidad y delicadeza en el trato con la mujer, un trato cálido, afable, diáfano, transparente, lleno de naturalidad y de pudor, un trato exquisitamente evangélico.

Lo cierto es que Domingo es un experto en humanidad. Y, sobre todo, es un experto en la amistad, que es la encarnación humana de la caridad cristiana. “Amando a todos, de todos era amado”. Domingo termina por convertirse en amigo de todos cuantos se atraviesan en su camino. Amigo de Diego y de Fulco, de Inocencio y de Honorio, de Hugolino…; amigo de los herejes dispuestos a escucharle; padre y amigo de los frailes y de las monjas; próximo y cercano a los pecadores y a los que sufren; confidente de los estudiantes de Bolonia con quienes gusta conversar.

El resultado de estos rasgos de la personalidad de Domingo no es el varón evangélico que fue. Domingo es un hombre de extraordinario equilibrio, optimista, jovial, humano. Quizá en ninguna virtud se combinan tan extraordinariamente su experiencia de Dios y su calidad humana como en la forma de entender y practicar la virginidad. “El Señor me ha concedido la gracia de mantenerme virgen de cuerpo y de espíritu”. Así lo confiesa en los momentos finales de su vida. Esta virtud es para él una forma de ejercitar el amor cristiano libre de toda búsqueda egoísta de gratificaciones inmediatas. La humanidad de Domingo queda así, bien reflejada en su virginidad de cuerpo y de espíritu. Este armonizar lo humano y lo divino como lo hiciera Domingo, no deja de ser un desafío para todos nosotros sus seguidores, pidamos poderlo llevar a cabo.

Estoy con vosotros

«Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,16‑20)

El comienzo del capítulo 28 habla de la resurrección de Jesús y de su manifestación a las mujeres. El evangelio de Mateo, como los demás evangelios, por lo demás, nos relata en primer lugar la aparición de Jesús a unas personas determinadas, porque lo que nos une a Jesús es ante todo una relación personal inscrita en nuestra historia. Viene a continuación el relato de la aparición de Jesús al que puede considerarse el primer núcleo de la Iglesia, es decir, el grupo de los Doce, convertido ahora en el grupo de los Once discípulos: Jesús es también quien reúne a la comunidad eclesial y la funda como lugar de comunión.

Lo que leeremos al abordar los últimos versículos del capítulo 28, es decir, el final del evangelio, es el relato del encuentro de Jesús con los Once. Nuestra oración, a la vez que nos pone serena y agradecidamente en contacto con Jesús resucitado, nos invitará también a fijarnos en el misterio de la Iglesia, en la que Dios nos incorpora a la vida con su Hijo. Es en el interior de la Iglesia, que ha recibido la misión de anunciar el evangelio, donde él llega a nosotros y se comunica con nosotros.

«Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verlo lo adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros to­dos los días hasta el fin del mundo».

La Iglesia que se propone ahora a nuestra contemplación es la misma de que hablábamos anteriormente, cuando escuchábamos las palabras con que envía Jesús a las mujeres a anunciar la noticia de la resurrección a los hermanos. La Iglesia, en efecto, es constituida por el anuncio de la resurrección de Jesús, un anuncio esencialmente fraternal, puesto que remite a la presencia entre nosotros de aquel que es el hermano universal y que nos constituye ‑como decíamos‑ en su familia a nosotros, que somos miembros de su cuerpo. Henos aquí ahora con los Once discípulos, aquellos a quienes Jesús invistió de una misión particular en el capítulo 10 del evangelio. Los vemos dirigirse a Galilea, el lugar de su vida en común con Jesús, el lugar de encuentro con él, el lugar de la experiencia del Señor, el lugar también de su propia historia. Y es en el lugar mismo de su primer encuentro donde Jesús quiere confirmar su llamada y enviarlos a la misión, que en adelante es una misión compartida con todos cuantos él reúne.

Puede resultar esclarecedor para comprender este contexto el recordar algunos pasajes del evangelio de Mateo donde Jesús se encuentra en un monte. Ello iluminará la última manifestación de Jesús. El monte lo hemos encontra­do ya al comienzo del capítulo 5, cuando Jesús pronunció su primer discurso. Lo volvemos a encontrar un poco más adelante, cuando se nos dice que Jesús se retira al monte a orar (14,23): «Después de despedirse de la gente, subió al monte a solas para orar». Lo encontramos también como el lugar en que, en el capítulo 15 (v. 29), Jesús, después de haber enseñado a la multitud, multiplica los panes: «Pasando de allí, Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. En este contexto es donde expresa su compasión por la multitud, que desde hace tres días le escucha sin comer.

Tenemos, finalmente, una mención del monte en el capítulo 17 (v. l), en la descripción de la transfiguración del Señor: «Toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto». Al introducir el primer discurso de Jesús en un monte, remitimos brevemente a la historia de Moisés, que encontró a Dios en el Monte Sinaí.

El monte es, pues, en toda ocasión lugar de encuentro con Dios. De esto se trata para los Once, que van a Galilea a encontrar a Cristo resucitado, su Señor, en quien en adelante reconocen de manera definitiva al Hijo de Dios, enviado por su Padre, y en quien, por tanto, nos corresponde a nosotros encontrar a Dios. Aquel a quien los Once encuentran ese día es quien se deja encontrar también en la oración (14,23), en la palabra (5,1) o en el don del pan (15,29). Es también el Señor que transfigura nuestra vida (17,1), abriéndola a una presencia que no siempre se reconoce de inmediato. En nuestra Galilea, somos en cierto modo invitados a dirigirnos al monte, es decir, a encontrar al Señor en la oración, en la escucha de su palabra, en el don que nos hace del pan de vida, y también como aquel que no deja de venir a transfigurar nuestra vida.

«Al verlo lo adoraron; algunos sin embargo dudaron». Los discípulos expresan una doble reacción que quizá nosotros no esperáramos. Quizá pensáramos que, al saber que Jesús estaba vivo, resucitado, expresarían todos la misma reacción, dichosos por volver a verlo cuando se manifiesta, prosternándose todos ante él, reconociéndolo todos como el Señor. Pero el relato nos dice que «algunos, sin embargo, dudaron». Bien mirado, ésta es la historia de la Iglesia, que desde ese momento comienza su propio desarrollo, donde la fe en Jesús resucitado está siempre en algunos amenazada por la duda; una fe frecuentemente vivida a través de preguntas, vacilaciones y, en ocasiones, desasosiego o dificultad para comprender. Al ir a visitar a sus discípulos, aquel primer núcleo de su Iglesia, Jesús encuentra a la vez una Iglesia que lo adora como su Señor, pero también una Iglesia que está, de manera aparentemente invencible, habitada por la duda.

«Gentes de poca fe», había dicho Jesús, reconociendo que la fe que vive en el corazón de los suyos es una fe a veces vacilante, una fe frecuentemente puesta en cuestión.

El evangelio dice que Jesús entonces se adelantó y les habló. Les habló, de entrada, del poder que le había sido dado en el cielo y en la tierra, de ese poder que quería transmitirles. Cuando el discurso de la misión, veíamos a Jesús confiar a los suyos el poder que él mismo había ejercido en los capítulos anteriores. Aquí, de nuevo, Jesús recuerda el poder que le corresponde por haberle sido dado. Y lo hace de manera mucho más solemne: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra».

¿Cómo entender este poder de Jesús?; ¿se tratará de un poder que se ejerce al mismo nivel que todos los poderes terrenos? El texto dice claramente que no se trata de eso. Si bien el poder de Jesús se ejerce en la tierra, es a partir del cielo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra». No se trata, por tanto, de una autoridad que venga a mezclarse con las autoridades terrenas; se trata de la autoridad que el Hijo amado recibe del Padre para poder reunir a todos los suyos y construir así el Reino de Dios. Es en la tierra, ciertamente, donde comienzan a reunirse todos los hijos de Dios; es con los hombres, cada uno de los cuales tiene su propia historia, con quienes se trata de realizar el Reino de los cielos, no de construir ningún otro reino. Por eso el poder que se ejerce en nombre de Jesús no es un poder terreno (cualesquiera que hayan podido ser en el pasado los errores de la Iglesia en este aspecto), sino el poder ‑que pronto va a ser precisado‑ de construir el Reino de Dios.

¿Cómo? Jesús lo explicita de algún modo al exponer a los suyos cómo tendrán que ejercer el poder que ahora se les confía: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre … ». «ld, pues … ». Quizá tengamos que escuchar con mayor atención que de costumbre esta primera invitación de Jesús. La Iglesia que él pretende cons tituir no es un territorio que haya que administrar y defender y que esté definido por unas fronteras. La sociedad que él funda puede edificarse sin límites y extenderse más allá de las fronteras en que alguien podría querer encerrarla. La Iglesia está impregnada de la fuerza y el dinamismo del Espíritu de Jesús, que es un Espíritu deseoso de llegar a todas las naciones, universal por naturaleza y que intenta sin cesar superar todas las divisiones entre los hombres, hasta el punto de no definirse por ninguna determinación nacional o cultural. La Iglesia no está fundada en la pertenencia a una nación o una raza; está, por el contrario, por la moción exigente del Espíritu que la constituye, llamada a llegar a los hombres en cualquier lugar en que éstos se encuentren.

Es importante entender bien esto: la Iglesia únicamente vive en la medida en que se sabe en misión, cuando se experimenta enviada a cualquier lugar en que vivan los hom­bres, a cualquier lugar en que haya una realidad humana que reconocer, comprender e iluminar desde dentro para ayudarla a abrirse al misterio de Dios. Cuando la Iglesia está demasiado ocupada con sus problemas internos, cuando se deja movilizar demasiado por debates internos, ¿no es señal de que ya no obedece suficientemente la moción que, por el contrario, la lleva hacia los hombres, hacia la humanidad entera, para llevar a ésta el mensaje de salvación?

«Haced discípulos a todas las gentes». Esta hermosa palabra, «discípulos», indica una facultad particular del hombre, la de dejarse enseñar (discere, en latín, significa «aprender»). El hombre es capaz de aprender, es capaz de recibir mensajes de verdad; de una verdad que no concierne únicamente a algún aspecto secundario de su existencia, sino a la verdad que ilumina toda su vida, la verdad de Dios. Esto es lo que se pretende cuando se trata de «hacer discípulos» en nombre de Jesús: se trata, ante todo, de enseñar la verdad sobre el hombre y la verdad sobre Dios. Y es a través de este contacto vivo de discípulo a discípulo como la Iglesia continúa

Construyéndose a través de los siglos. Cada miembro ha recibido el mensaje del que vive, y a cada miembro corresponde transmitirlo, porque es conjuntamente cómo nos dejamos enseñar por el Señor: acogiendo y transmitiendo. Estamos al servicio de la verdad y nos ofrecemos al don de la verdad de Dios.

Hacer discípulos es también «bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». ¿Cómo debemos entender esto sin reducir estas palabras a una recomendación de Jesús enseñándonos el gesto ritual y las palabras que acompañan al bautismo? Por supuesto, en el simbolismo del bautismo puede encontrarse toda la realidad de la que Jesús quiere hablarnos aquí. Ser bautizado es ser sumido (el verbo griego del que proviene la palabra bautismo significa efectivamente «sumir») en el misterio de Dios revelado por Jesús: el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Porque la existencia humana no puede medirse únicamente en función de criterios terrenos, de las realidades inmediatas que ocupan la atención de los hombres en el día a día. En lo más profundo de la existencia humana hay una apertura del hombre a la paternidad de Dios; en el corazón del hombre hay una posibilidad de reconocer al Hijo que le ha sido dado para que en él todos los cristianos y, a través de ellos, todos los hombres se conviertan en hijos y hermanos‑ en el hombre hay, finalmente, una capacidad de dejarse mover por el Espíritu que suscita y opera en él la acción de Dios. «Bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» es, pues, abrir al hombre a lo que es ya su destino: una vida vivida en comunión con Dios y en relación personal con cada una de las personas divinas. Y las relaciones entre los hombres, por su parte, se desarrollan también a partir de esta relación primigenia con Dios.

Si se trata de bautizar a los hombres, es para que toda la existencia humana sea transformada. Por eso añade Jesús: «…enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado». Acabamos de reflexionar sobre la condición de discípulo, sobre la capacidad de aprender que tiene el ser humano. Pero lo que se trata de aprender (la verdad sobre el hombre y sobre Dios que acabamos de evocar) no es una verdad de esencia exclusivamente teórica, sino una verdad que puede calificarse de «práctica». Se trata de acoger ‑dice Jesús‑ «lo que yo os he enseñado», aprendiendo una manera de vivir y de comprometerse, una manera de inscribir humildemente la vida en la fidelidad a una palabra recibida. Jesús nos enseña, mediante su evangelio, a transformar nuestra vida, pidiéndonos que seamos testigos de una auténtica fidelidad a su ejemplo y a su enseñanza. «Enseñándoles a guardar»: esto, ciertamente, puede transmitirse mediante la palabra, pero también y ante todo se transmite mediante el testimonio de la vida. Lo importante es que aquellos a quienes llegue la palabra evangélica puedan quedar marcados profundamente por ella, que todos cuantos pertenezcan al cuerpo del Señor sean fieles al evangelio de Jesús, ese evangelio aprendido y observado en constante disponibilidad del corazón, sin temor al cuestionamiento que provoca en nosotros.

Jesús termina su breve enseñanza con una promesa: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Si Jesús puede confiarnos la misión que nos confía, como personas y como Iglesia, es porque sigue presente a cada uno de nosotros en la Iglesia. Podemos contar con él, porque es su misión la que seguimos ejerciendo en el mundo de hoy, con él y a partir de él. Mediante su resurrección y el don del Espíritu, Jesús no deja de estar con nosotros, siendo en medio de nosotros y a nuestro lado una presencia más inmediata y más universal: «todos los días hasta el fin del mundo» y para «todas las gentes». Jesús se hace presente más allá de todo tiempo y lugar. Jesús resucitado es aquel que puede estar presente a todos los suyos allí donde estén y pertenezcan al siglo que pertenezcan. Jesús está con nosotros, con los suyos, para siempre y en todo lugar.

Terminaremos, pues, nuestra reflexión recordando que la designación de Jesús como Emmanuel, «Dios con nosotros», la encontramos ya en el primer capítulo del evangelio de Mateo. A esta luz, que llega a nosotros del principio y del final del evangelio, podemos repasar, por tanto, los diferentes textos que hemos recorrido y que ilustran, cada uno a su manera, la afirmación de Jesús: «Yo estoy con vosotros».

Jesús está con nosotros como quien enseña a centrar en Dios todo el impulso de nuestra vida, hasta el punto de eliminar toda inquietud de nuestro corazón. Jesús está con nosotros para hacernos descubrir la verdad de nuestra vida, el límite que a veces ponemos a nuestros compromisos en su servicio, así como nuestra inadecuación a la ley del amor fraterno. Jesús ha venido a continuación a nosotros para hacer resonar en nuestros oídos la llamada de las bienaventuranzas, que prefiguran en nuestra vida nuestra identificación anticipada con el misterio pascual. Jesús se nos ha aparecido como aquel que no duda en ir a los hombres en su existencia amenazada y herida de tantas maneras; él se entrega sin temor a sus hermanos, se deja marcar en lo más profundo de su ser por los sufrimientos y las pruebas de éstos. Después hemos prestado atención al discurso de la misión, por el que Jesús envía a sus apóstoles a trabajar al servicio del anuncio del evangelio, comunicando éste tanto por el desprendimiento de la vida como por la convicción de la enseñanza. Posteriormente hemos oído al Señor volverse hacia su Padre y bendecirlo por revelarse a los más pequeños: Jesús está con nosotros como aquel que nos introduce en la verdadera sabiduría de que hablábamos, esa sabiduría que consiste en conocer al Hijo y, mediante él, al Padre que él quiere revelarnos. Después de esto, hemos oído a Jesús hablarnos en parábolas, y hoy continúa abriéndonos la mente y el corazón a todas las parábolas y, más concretamente, a todas las palabras portadoras de un mensaje que incide en nosotros; es Jesús quien nos permite comprender los signos de Dios en nuestra vida y a nuestro alrededor. Nuestra oración se ha orientado entonces hacia Pedro, que, en nombre de los Doce, afirmaba su fe en Jesús. Es él, Jesús, quien sigue siendo hoy aquel en quien podemos poner toda nuestra fe, reconociendo que es él quien nos salva y nos introduce en la familiaridad con Dios, quien nos inserta en el corazón mismo de nuestra filiación divina. A continuación hemos oído al Señor hablarnos de la manera de vivir en comunidad, poniendo en el centro al más pequeño; sabemos que Jesús eligió ser él mismo el más pequeño, y así es como nos invita constantemente a la conversión. Él está con nosotros como quien habita nuestra oración cuando nos reunimos en su nombre. Él está con nosotros cuando aprendemos a perdonarnos los unos a los otros. Y después hemos visto a Jesús entrar en Jerusalén como el Mesías esperado y mal conocido, asombrándose de no encontrar una fe intensa, esforzándose por purificar el templo para mantenerlo fiel a su vocación de «casa de oración». Cuando hemos leído el texto evangélico que refiere la institución de la Eucaristía, hemos descubierto de nuevo que es Jesús quien nos reúne en su cuerpo para darse a nosotros y hacer que vivamos todos de su vida. Hemos contemplado igualmente al Señor en su muerte, porque Jesús quiso estar con nosotros como aquel que da su vida para que, transformando nuestros sufrimientos, nuestras pasiones y nuestras muertes cotidianas al contacto con los suyos, nuestras cruces sean iluminadas por su cruz y formen parte de ella.

Y así, oyendo a Jesús afirmar que está con nosotros, es todo el evangelio el que hace resonar de nuevo en nuestros oídos el mensaje del Hijo de Dios, ese mensaje que podemos leer y comprender a partir de Cristo resucitado, porque así es como lo hemos recibido desde el principio. En efecto, es Jesús resucitado el que nos acompaña en nuestra lectura y nos aclara el sentido de la Escritura. Cuando Jesús nos dice que está con nosotros, no quiere decir que está con nosotros de vez en cuando, cuando puede que tengamos signos más evidentes de su presencia. No nos dice que de vez en cuando viene a visitarnos, sino que nos dice que está siempre con nosotros, tanto mañana como hoy y como cada día.

Ha resucitado

Jesús, el Crucificado, ha resucitado

(Mt 28,1‑10)

Dejémonos habitar por el mensaje de la resurrección. Para alimentar nuestra oración, el evangelio de Mateo nos pro pone la lectura del capítulo 28, para lo cual primeramente abordaremos la primera parte de este capítulo, concretamente los diez primeros versículos. Si la resurrección de Jesús no fundamentara la certeza en la que se basa nuestra vida, sería imposible leer el evangelio como lo hemos leído desde el comienzo de estos Ejercicios. La historia de la vida de Jesús sería la historia de un acontecimiento pasado, capaz de alimentar nuestra memoria, pero no habríamos podido leerla como experiencia de nuestro encuentro con alguien que se dirige a nosotros ahora y actualiza su mensaje para nosotros. La resurrección de Jesús ‑afirma Pablo‑ es el fundamento de nuestra fe; y como la verdadera oración no puede brotar sino de la fe, la oración que hemos vivido estos días es una oración que nos pone en relación con Cristo resucitado.

Cuando se aparece después de su resurrección, Cristo recuerda su historia a aquellos a quienes se aparece, les muestra los signos de su pasión y su muerte y les remite a las palabras por él pronunciadas. Es, pues, obedeciendo a Cristo resucitado como leemos el evangelio y lo recibimos como el mensaje que hoy sigue dirigiendo Jesús a los que creen en él.

A veces nos preguntamos sobre los aparentes desacuerdos existentes entre los cuatro evangelios en relación con las apariciones de Jesús. La manifestación de la resurrección de Cristo encuentra su primer signo en el sepulcro vacío, y posteriormente en las apariciones de Jesús a distintas personas. Para entenderlo quizá baste con referirnos a lo que decíamos anteriormente sobre el relato de la pasión: es un re­ato continuo, en el que los acontecimientos se suceden uno tras otro, porque la vida de Jesús está entonces inscrita en el tiempo de nuestras historias. Pero Jesús resucitado ya no está encerrado en el tiempo de nuestra historia humana; la visita, ciertamente, pero a partir del más allá de Dios. Ya no se trata, por tanto, de acontecimientos que se encadenan unos con otros, sino más bien de encuentros plurales vividos por Jesús con una persona y después con otra, sin que se pueda trazar el camino que va de uno a otro. Jesús no tiene un camino que recorrer para ir de una persona a otra. Lo que los evangelios nos ofrecen para apoyar nuestra fe son diferentes experiencias de Cristo resucitado y distintos encuentros con él.

Comencemos, pues, nuestra lectura por los acontecimientos que siguieron al sabbath. pascual. «Al alborear el primer día de la semana, María Magdalena y la otra María. fueron a ver el sepulcro». Las primeras palabras del relato nos remiten al principio mismo del relato bíblico. «El primer día de la semana… »: ¿no es así cómo comienza la creación de Dios, repartida en el relato del Génesis en una semana? Pero ahora la semana ya se ha cumplido, y nos hallamos más allá del día del sabbath. Ahora bien, el relato del Génesis habla del sabbath como el día en que Dios descansa al término de su creación: representación imaginaria, por supuesto, pero que nos invita a comprender que dicho día celebra la creación realizada por Dios. Pues bien, resulta que ahora, después del sabbath, se presenta un nuevo primer día. Dios recomienza de alguna manera el trabajo de creación. En su Hijo resucitado, Dios retorna su creación para renovarla y fundarla en él, dándole parte en la vida que comunica su Hijo resucitado. En adelante, por tanto, nuestra vida está inscrita en la nueva semana que comienza con la resurrección de Jesús.

Veamos a las dos mujeres, María Magdalena y la otra María, que acuden a visitar el sepulcro. Han permanecido en su casa después de que el Señor fuera sepultado, antes del comienzo del gran sabbath; y, concluido éste, retornan al lugar del sepulcro. Si intentamos comprender lo que esto implica para ellas, sin pretender entrar en los sentimientos concretos que puedan animarlas, descubrimos que la sepultura de Jesús no ha puesto para ellas término a su vinculación con él. Algo prosigue, algo hay aún en ellas que les hace acudir al sepulcro, al lugar donde Jesús ha sido depositado. Sin que puedan decir aún cómo podría continuar esta historia, en su comportamiento se percibe la certeza de un vínculo con Jesús que no ha quedado roto tras su muerte.

«De pronto se produjo un gran terremoto, pues un ángel del Señor bajó del cielo y, acercándose, hizo rodar la piedra y se sentó encima de ella».

Recordemos que, en el momento de la muerte de Jesús, nos hablaba Mateo de un temblor de tierra que sacudió la creación entera, estremecida por el acontecimiento de la muerte del Hijo de Dios. Pero ese temblor de tierra se repite en el momento de la resurrección de Jesús, como si Dios quisiera así llegar a lo más profundo de la creación salida de sus manos. A partir de las profundidades de la creación, algo está bullendo, signo de una vida que brota de nuevo de Dios. Dios retorna su creación y la sacude para hacer germinar en ella una nueva semilla, que es el don de la vida ofrecida a todos en memoria de la resurrección de Jesús.

Y vemos a «un ángel del Señor». Cuando la Escritura habla de un ángel del Señor, nos manifiesta con discreción la presencia del Señor mismo: presencia discreta, pero a la vez presencia poderosa del Señor en su creación. No sólo la tierra tiembla, sino que la piedra del sepulcro es removida. En la descripción que se nos presenta hay una invitación a fijar la mirada en la realidad de la muerte y en lo que ésta significa para Dios. La muerte es para nosotros, cuando la vemos únicamente con nuestros ojos humanos, la última palabra, el final de la vida, y ya no queda sino cerrar con una piedra el lugar en el que el cuerpo ha sido depositado, sellando una historia definitivamente concluida. Pues bien, resulta que la piedra del sepulcro es removida por Dios. Dios viene a sacudir nuestra tierra desplazando con su poder la piedra de todos los sepulcros, desbaratando el poder de la muerte y burlándose en cierto modo de ella. Y puede que nos venga a la mente lo que evocan los salmos: monstruos marinos, profundidades del abismo, «Leviatán, a quien creaste para jugar con él».

Dios se burla del poder de la muerte y afirma su poder para triunfar de la muerte. «El ángel del Señor se sentó sobre la piedra del sepulcro». Es bueno que nos representemos esta escena para que nuestra fe se haga más firme, para que comprendamos más claramente que, ante Dios, la muerte es vencida definitivamente. Porque se trata del Dios de la vida, del Dios de los vivos‑, y lo que ese Dios quiere es que el hombre viva y que sean removidas todas las piedras que cierran nuestros sepulcros.

«Su aspecto era como el relámpago, y su vestido blanco como la nieve».

El aspecto de relámpago y la blancura de las vestiduras son elementos de la descripción que nos remiten a la presencia y la acción de Dios. Ahí está ese ángel, con su blancura resplandeciente, como aquel que revela el esplendor de Dios; y es Dios, por tanto, quien nos invita a ponernos en adoración ante él, reconociendo su poder sobre la muerte, reconociendo que él es quien resucita a su Hijo y, en él, a todos nosotros. Porque Dios surge como el relámpago, Dios revela su gloria en el esplendor de que está revestido.

«Los guardias, atemorizados ante él, se pusieron a temblar y se quedaron como muertos. El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: “Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el crucificado‑ no está aquí, ha resucitado como lo había dicho. Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: ‘Ha resucitado de entre los muertos e irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis’. Ya os lo he dicho”. Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con emoción y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos».

Leyendo hasta el versículo 8 nos damos cuenta de que el acontecimiento que acaba de referírsenos puede suscitar dos reacciones totalmente opuestas: la reacción de los guardias, que tiemblan de miedo y se quedan como muertos, y la reacción de las mujeres, que corren «con emoción y gran gozo» a transmitir la noticia. Ante la resurrección de Jesús, hay hoy muchas reacciones posibles, muchas maneras de situarse… Puede que para muchas personas la reacción se caracterice por una cierta frialdad y una falta de interés, incluso por una profunda ignorancia. Pero para quienes se cierran, la reacción ante la muerte sigue siendo de terror. En lugar de dejar que les llegue la corriente de vida que se manifiesta en la resurrección de Jesús, ¿no se torna también para algunos la acción poderosa de Dios en una amenaza de muerte, al quedarse estupefactos ante una realidad que no logran integrar en su comprensión de la realidad? El hombre puede, por tanto, sentir la tentación de excluirse del don de la verdadera vida; puede, en todo caso, intentar mantenerse a distancia. Las mujeres, por el contrario, se dejan alcanzar por ese don inesperado de una vida más fuerte que la muerte, de una vida triunfante para siempre sobre el poder de la muerte.

«El ángel se dirigió a las mujeres y les dijo: ‘Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el crucificado; no es­tá aquí, ha resucitado como lo había dicho”».

En lugar de quedarse paralizadas y sentirse apartadas de alguna manera del poder de la vida, acogen las palabras del ángel: «No temáis». La resurrección de Jesús no es para ellas causa de pavor, terror o miedo. En adelante, es en su corazón una presencia que aleja todo temor. Si Jesús ha resucitado, ¿qué podemos temer en adelante? Ya no hay miedo al poder de la muerte, ya no hay miedo a las fuerzas de muerte que pueblan nuestra historia y siguen reinando y renovando hoy de alguna manera la pasión y la muerte del Hijo amado, a través de las torturas y desprecios de que son víctima tantos de sus hermanos. Ya no hay miedo, porque Dios ha triunfado sobre la muerte‑ la muerte es definitivamente vencida en Jesús resucitado.

«Sé que buscáis a Jesús, el crucificado». Lo que llevó a las mujeres al sepulcro, como ya hemos dicho, fue su búsqueda de Jesús, a quien, a pesar de estar aparentemente perdido, ellas seguían buscándolo allí donde había sido depositado: en el sepulcro. Ese Jesús al que ellas buscan no es, ciertamente, alguien que únicamente tendría una entidad espiritual‑ se trata del Jesús que atravesó la muerte, del Jesús crucificado. La búsqueda que debe atravesar nuestra vida es la búsqueda de aquel que sabemos fue muerto, condenado como un criminal y crucificado sin piedad: ese Jesús que es, al mismo tiempo, el que venció a la muerte. Éste es el mensaje de la resurrección que se anuncia por primera vez a las mujeres como una realidad consumada: «No está aquí, ha resucitado como lo había dicho».

«Como lo había dicho … ». Ya lo hemos dicho anteriormente: el mensaje de la resurrección anunciado en nombre de Jesús remite a las palabras que él había, pronunciado y cuyo sentido pleno sólo las mujeres pueden acoger en ese momento. Es verdad que Jesús anunció que iba a Jerusalén para ser crucificado y resucitar al tercer día. Pero ¿cómo podían esas últimas palabras adquirir todo su sentido para los apóstoles, inmersos como estaban con él en una historia vivida como una serie de etapas sucesivas y provisionales?; Qué podía significar para ellos «Resucitar de entre los muertos»? Pero ahora esas palabras se iluminan a los ojos de las mujeres, afirmándose como prueba de la verdad anunciada por Jesús, como garantía del carácter definitivo de las palabras y de toda la vida del Señor. «Haber resucitado» significa para Jesús, por tanto, que el camino recorrido a lo largo de su existencia terrena no fue, en definitiva, sino el camino hacia la verdadera vida. Pueden entonces venirles a la mente las palabras pronunciadas por Jesús cuando los interpelaba: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a si, mismo, tome su cruz y sígame… Quien pierda su vida por mí, la encontrará». Estas palabras no eran palabras que encerraran en la muerte. Porque Jesús no nos pide que perdamos nuestra vida simplemente por perderla, sino porque es a través del camino en que la perdemos como, en definitiva, la salvamos. Es siguiendo ese camino marcado por su muerte y por todas las muertes unidas a la suya como nos abrimos, a nuestra vez, a la verdadera vida. Dios, creador de la vida, es quien nos hace vivir para siempre. Jesús está en medio de nosotros como aquel que nos hace descubrir el poder de la vida más fuerte que la muerte, el poder de la verdadera vida, a la que el hombre no accede en última instancia sino a través de la muerte, a través de todas las formas de muerte a sí mismo que es invitado a acoger.

«Venid, ved el lugar donde estaba. Y ahora id enseguida a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muer­tos e irá delante de vosotros a Galilea‑, allí lo veréis”».

Las mujeres reciben ahora un anuncio perfectamente claro, determinado, seguro, de la resurrección de Jesús, «resucitado de entre los muertos». Ese Jesús resucitado de entre los muertos es quien ahora precede al hombre en la vida definitiva que le es prometida. No es, por tanto, que Jesús se apartara en ese momento de la historia humana poniendo fin en lo sucesivo a su relación con los hombres. Como si nuestros sentimientos pudieran expresarse así: «A Jesús lo mataron, ha resucitado; ¡mejor para él! Pero ya no está con nosotros, nuestra historia ya no le interesa, porque ha finalizado la suya». Ciertamente, no es así como habla el ángel, que dice, por el contrario: «Irá delante de vosotros a Galilea». Para los discípulos y para las mujeres que fueron conquistados por la predicación de Jesús, Galilea es el lugar por excelencia donde se desarrolló su vida, el lugar donde encontraron a Jesús. Y allí es donde los espera y desea acogerlos en la realidad concreta de su vida. Así es como Jesús resucitado se manifiesta: allí es donde se deja reconocer en lo concreto de la vida. Lo que se les dice a las mujeres es que Jesús los precede allí. Efectivamente, ¿no es siempre él quien nos precede y nos espera allí adonde debemos ir?

Encontrarlo es, pues, caer en la cuenta de que ya está allí donde quiere compartir con nosotros la orientación de nuestra vida. En el evangelio, este acompañamiento de Jesús adopta diversas formas: Jesús puede invitarnos a seguirlo como hizo con sus discípulos. Pero lo vemos también seguir él, a su vez, a quienes lo llaman, como es el caso, por ejemplo, del padre que había perdido a su hija (Mt 9,19). Por lo tanto, Jesús a veces nos sigue y a veces nos precede, porque el mundo es ya el mundo que está penetrado de su presencia. Galilea, la Galilea de todos nosotros, es ahora el lugar habitado por Jesús. Porque, resucitado, habita el universo y nos espera allí adonde vamos. «Allí lo veréis». Es verdad que nuestro encuentro con Jesús resucitado no repite el prometido entonces a los apóstoles, porque en aquel tiempo debían ser iniciados poco a poco en el descubrimiento de la nueva forma de presencia de Jesús. Ellos lo habían conocido como el Señor que transitaba por sus mismos caminos, y ahora debían habituarse progresivamente a una nueva forma de presencia que ya no está encerrada en el espacio y el tiempo de su historia. Porque, resucitado, Jesús habita el tiempo y el espacio enteros de la historia humana. Así es como, también nosotros, podemos verlo y reconocerlo como aquel que se manifiesta a nosotros a través de multitud de signos, como dijimos cuando, por ejemplo, hablábamos de las parábolas.

«Ellas partieron a toda prisa del sepulcro, con emoción y gran gozo, y corrieron a dar la noticia a sus discípulos».

Vemos cómo reaccionan las mujeres ante el mensaje que se les ha anunciado, no con espanto y muertas de miedo (ésta era la descripción de los guardias), sino afectadas en lo más profundo de su corazón abierto a Dios, emocionadas en lo más profundo de su ser e invadidas de gozo. Ese gozo que las llena es el mismo gozo que siente Dios al comunicarse con ellas, el gozo que siente Dios al poder darse a los hombres sin límite, sin medida, en todas partes y siempre. Ellas descubren en sí mismas el gozo de Dios y se hacen responsables. Las vemos no sólo invadidas por ese gozo, sino descubriéndose investidas de una misión y una responsabilidad: correr a llevar la buena nueva a los discípulos. Como el gozo es comunicativo por naturaleza, no encierra al hombre en sí mismo, sino que su deseo es explotar dándose a los demás. Vemos también a las mujeres correr, no caminar pausadamente, porque no descansaron hasta poder transmitir la noticia a los discípulos.

Lo que en adelante invade el espíritu y el corazón de los hombres es comunicar la buena noticia de la resurrección de Jesús, tan distinta de todas las demás noticias que penetran en el oído humano. A la luz de Cristo resucitado que ilumina nuestra vida, todas las noticias que intercambiamos encuentran finalmente su sentido último, y por eso podemos penetrar por entero en su significado.

«En esto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: “¡Salve!”. Y ellas, acercándose, se asieron de sus pies y lo adoraron».

No es sólo la palabra del ángel la que les recuerda ahora cuanto Jesús les había dicho y prometido, sino que es Jesús mismo, en persona, quien está ante ellas; es Jesús quien las precede; es Jesús quien viene a su encuentro, manifestándoles así su proximidad, porque precedernos no es para Jesús establecer una distancia entre él y nosotros, sino poder estar allí donde podemos encontrarlo. Jesús es quien va al encuentro del hombre, quien quiere vivir su vida con los hombres, al haberse hecho para siempre el Emmanuel, Dios con nosotros, como el ángel anunció a José cuando le comunicó la noticia del nacimiento del Hijo de Dios (Mt 1,23). Esto es lo que se cumple de manera definitiva en Jesús resucitado.

El evangelio nos describe a las mujeres no sólo aproximándose a Jesús, sino aferrándose a sus pies. Al prosternarse ante él, manifiestan todo el respeto que sienten por su Señor, que ahora les revela que es más grande aún que aquel a quien ellas habían descubierto y reconocido. Se prosternan y adoran; pero todavía hay en ellas una especie de último temor que superar: se aferran a sus pies porque temen perderlo, tienen miedo de que se sustraiga a ellas. Esta cuestión surge bastante espontáneamente en la mente del hombre cuando tiene una experiencia de Dios, cuando encuentra al Resucitado y se desliza fácilmente en él la idea de que puede perderlo.

 «Entonces les dice Jesús; no temáis. Id, avisad a mis hermanos que vayan a Galilea‑, allí me verán».Vemos de liberarnos de ese último temor. Tener experiencia de Dios no es inquietarnos preguntándonos si mañana seguirá estando ahí; es estar seguro de que mañana lo encontraremos porque está ahí hoy. La certeza de su presencia es una certeza que, en lo sucesivo, debe llenar toda nuestra historia. Aquel a quien hoy conocemos es aquel que mañana seguirá estando con nosotros. «No temáis». Y porque está con nosotros, la responsabilidad de que nos inviste no es sino la responsabilidad de construir con él el Reino, Reino de fraternidad universal. La palabra «hermanos» que emplea Jesús al decir: Id, avisad a mis hermanos», la encontramos también, por ejemplo, en el evangelio de Juan, cuando Jesús resucitado encarga a María Magdalena esta

misión‑ En otro pasaje del evangelio de Mateo hemos leído: «¿ Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos». Hablábamos entonces de la constitución de la familia de los hijos de Dios. Pero es ahora cuando puede constituirse de verdad esta familia. Por su paso a través de la muerte y por su resurrección, Jesús se convierte en el hermano universal, no ya únicamente aquel que decía a sus discípulos: «Dirigíos a las ovejas perdidas de la casa de Israel», porque en aquel momento estaba aún sometido a los límites del tiempo y el espacio, a imagen de todos los hombres, sino aquel que ahora se prepara para enviarlos a todas partes, porque quiere llegar a todos los hombres. Cuando dice «mis hermanos», se trata por supuesto de los discípulos a los que pueden ir las mujeres, pero también de todos los hombres llamados a formar parte de la fraternidad eclesial. Jesús quiere llegar a todos los hombres, revelándose a ellos como quien los introduce en el misterio de la fraternidad y, por tanto, en el misterio de la filiación. El Reino de Dios que él establece en nosotros, entre nosotros y a través de nosotros es el Reino que nos hace a todos hijos de Dios y, por ello, nos hace a todos hermanos y hermanas en él.

la Cruz

La muerte de Jesús en la cruz (Mt 27,32‑56)

Veamos ahora, los versículos 32‑56 del capítulo 27 de Mateo, que constituyen el relato de la última parte de la pasión de Jesús, es decir, lo que ocurre cuando se aproxima su muerte e incluso inmediatamente después de ésta. Si comparamos el relato de la pasión con las otras perícopas del evangelio, nos sorprende constatar que el relato de la pasión nos presenta en cada uno de los evangelios un camino ininterrumpído: del principio al final, seguimos, a través de los diferentes episodios que nos son referidos, el camino de Jesús hacia la muerte.

Sin embargo, aquí nos limitaremos a evocar la última fase del relato de la pasión, a partir del versículo 32. Antes de ella, Mateo, como los demás evangelistas, habla del prendimiento de Jesús en Getsemaní, después de la oración dirigida a su Padre en el huerto‑ a continuación, Jesús comparecerá sucesivamente ante el Sanedrín, es decir, la autoridad judía, y posteriormente ante Pilato, la autoridad romana. Nuestra lectura comienza ahora con Jesús en el momento en que acaba de ser condenado a muerte por Pilato y se pone en camino hacia el Calvario.

«Al salir, encontraron a un hombre de Cirene llamado Simón, y le obligaron a llevar su cruz».

Jesús sale de la ciudad, nos dice el evangelio‑, ahí está, al margen de su pueblo, rechazado, excluido; es fuera de la ciudad santa donde vivirá sus últimos momentos y consumará su Pascua para toda la humanidad. Pero es reclutado un hombre de Cirene llamado Simón para que lleve la cruz detrás de Jesús. No sabemos gran cosa de este hombre; pero el inesperado llamamiento que le llega aquel día le ha sacado para siempre del anonimato. ¿Puede haber una vocación más noble que la de llevar la cruz con Jesús? Hemos oído al Señor hablarnos, en el capítulo 16, del que debe ser nuestro propio camino: «Si alguno quiere venir en pos de mí, tome su cruz». Pero esto puede entenderse de manera un tanto accidental, como si la Historia estuviese formada por múltiples cruces que se entrecruzaran, y cada cual tuviera su pequeña historia distinta de cualquier otra. Ver las cosas de este modo no es todavía penetrar en lo más profundo de lo que es la historia de la salvación, la historia definitiva de los hombres. Los acontecimientos se multiplicarían simplemente y se sumarían, como si todas las cruces se yuxtapusieran unas a otras, perteneciendo cada una de ellas exclusivamente a quien la lleva. No fue esto lo que sucedió aquel día, de manera inopinada para Simón de Cirene; tampoco es esto lo que nos sucede hoy a nosotros. Al llevar detrás de Jesús la pesada cruz que de alguna manera los une, Simón compartió la cruz con Jesús. ¿Y no es a esto a lo que se ve llevada finalmente toda persona llamada a llevar la cruz? Porque bajo las numerosas cruces que deben ser llevadas por los hombres, ¿no es la cruz misma de Jesús la que todos somos llamados a reconocer? Toda cruz que quiera permanecer totalmente disociada de la cruz de Jesús ¿no se convertirá en un testimonio en favor de una historia absurda, de una historia dominada por la muerte?

Si consideramos nuestras pruebas como cruces y nos cerramos en torno a ellas, no viendo más que nuestras propias pruebas con las que tenemos que arreglárnoslas por nuestra cuenta, impediremos a esas cruces encontrar su sitio, entrar en su verdadera luz, es decir, descubrirse cada vez como parte de la cruz que salva al mundo. Hay, ciertamente, muchos modos de unirnos a la cruz de Jesús, aun sin ser explícitamente conscientes de ello.

«Llegados a un lugar llamado Gólgota, esto es, “Calvario”, le dieron a beber vino mezclado con hiel; pero él., después de probarlo, no quiso beberlo. Una vez que lo crucificaron, se repartieron sus vestidos, echando a suertes. Y se quedaron sentados allí para custodiarlo».

Jesús ha llegado al lugar donde va a ser crucificado; recibe la bebida que habitualmente se da a los condenados para atenuar sus sufrimientos adormeciéndolos. Jesús se niega a beberla, manifestando así, sin lugar a dudas, que está dispuesto a entrar sin reserva alguna en el corazón del sufrimiento que está listo para asumirlo por entero, sin intentar evitarlo en lo más mínimo. Si vino a estar entre nosotros ‑como ya descubrimos en el relato de los primeros milagros‑, fue para asumir nuestros sufrimientos, para llevar en su propio corazón nuestras angustias. Jesús decidió, por tanto, dejarse llevar hasta lo más profundo del sufrimiento humano, viviéndolo fraternalmente como hermano mayor venido a compartirlo todo con nosotros. Si comprendemos quién es Jesús y lo que quiere ser para nosotros, ya no nos es posible vivir sufrimiento alguno sumiéndonos en la soledad, apartándonos de los demás, replegándonos sobre nosotros mismos. El sufrimiento es el lugar donde Jesús entró voluntariamente y donde sigue entrando: es el lugar que Jesús continúa visitando y habitando, para que con él y por él sea vivido y vencido todo sufrimiento.

A continuación viene el reparto de las vestiduras, en el que no nos detenemos. Se nos dice que «se quedaron sentados allí para custodiarlo». Esta última palabra puede utilizarse en muchos contextos y con distintos significados. «Guardar a Jesús». ¿No es también lo que nosotros desearíamos: conservar la presencia de Jesús? Pero se puede guardar a quien se quiere porque no se desea perderlo, o porque se desconfía de él, o porque representa para nosotros una amenaza, y así puede uno estar prevenido… Jesús es quien se deja guardar de muchas maneras en función de los diversos sentimientos que habitan el corazón de los hombres. ¿Cómo desearíamos guardar al Señor?

«Sobre su cabeza pusieron, por escrito, la causa de su condena: “Éste es Jesús, el rey de los judíos”. Y al mismo tiempo que a él crucifican a dos salteadores, uno a la derecha y otro a la izquierda».

El «motivo de la condena» debería especificar el crimen cometido. Pero ese crimen consiste en la pretensión manifestada por Jesús de ser el rey de los judíos. Esto es lo que dijeron los judíos a Pilato, según el evangelio de Juan (19,21‑22). Resulta que Jesús fue crucificado por haber pretendido ser el Rey de los judíos. Lo que nos remite a la pregunta ya expuesta: ¿cuál es el Reino que Jesús pretendió establecer? Ni más ni menos que el que se esperaba del Mesías. Pero es aquí donde se desliza la ambigüedad y, en último término, el malentendido. En tiempos de Jesús, la expectativa mesiánica se orientaba hacia diversos aspectos. Para muchos, en aquella situación política tan escasamente gloriosa de la ocupación romana, el mesías esperado debía liberar a Israel. Otros esperaban del mesías ventajas materiales y hasta manifestaciones extraordinarias, expectativa bien actual. Al comienzo de su ministerio, Jesús tuvo que afrontar, a través de las tentaciones a que se vio sometido (Mt 4,1‑11), esas visiones humanas, demasiado humanas, del mesianismo. Al hablar del Reino de Dios, introduce a sus oyentes en una expectativa y una exigencia propiamente espirituales, que él define en sus discursos a partir de la proclamación de las bienaventuranzas. Sin embargo, cuando topa con la más cerrada incomprensión es cuando empieza a hablar de la suerte que le está reservada. Humanamente, su discurso es incomprensible e inaceptable, y Pedro se lo hace saber. Pero Jesús no había venido a instaurar un reino de este mundo. Como «Rey de los judíos», vino a realizar de parte de Dios, conforme al mensaje de los profetas, la reunión de los hombres en Dios por la fuerza del amor. Y esta instauración supone un enfrentamiento despiadado con el pecado y las fuerzas divisoras. Porque en él el amor está íntegro, se muestra capaz de vencer el pecado y la muerte, es portador de esperanza para todos los hombres, como anunciaba en particular el profeta Isaías. El reino que Jesús vino a instaurar ‑lo vemos con mayor claridad cuando parece haberle llegado la hora del fracaso‑ no puede fundamentarse más que sobre un amor sin límites, que de ahora en adelante nada puede limitar ni destruir; un amor que se afirma respecto de los mismos que se ensañan en querer destruirlo. En la hora del aparente fracaso, queremos reconocer en Jesús a nuestro rey.

En cuanto a los dos salteadores que son crucificados a derecha e izquierda de Jesús, si nos fijamos en ellos, es para ver con nuevos ojos lo que pueden ser los caminos de los hombres y sus maneras de vivir. Esos dos hombres conocen sin duda el motivo de su condena, verosímilmente saben que sus actos merecían la muerte. Pero el verlos al lado de Jesús y observar cómo éste comparte su suerte y sus sufrimientos, ¿no nos sugiere que, a pesar de los ultrajes que esos bandidos reservan al Señor (como se afirma un poco más adelante), han entrado en una forma de similitud con Jesús al compartir su suerte, incluso allí donde sentiríamos la tentación de no ver en ellos más que al hombre perdido y marginado de la sociedad? Pero ¿no hay en la cruel suerte que les está reservada una comunión concreta con Jesús, y no puede reconocerse igualmente en ellos la presencia de la salvación que Jesús aporta para todos?

«Los que pasaban por allí le insultaban, meneando la cabeza y diciendo: “Tú, que destruyes el Santuario y en tres días lo levantas, ¡sálvate a ti mismo, si eres hijo de Dios, y baja de la cruz!”. Igualmente los sumos sacerdotes, junto con los escribas y los ancianos, se burlaban de él diciendo: “A otros salvó y a sí mismo no puede salvarse. Rey de Israel es: que baje ahora de la cruz, y creeremos en él. Ha puesto su confianza en Dios; que le salve ahora, si es que de verdad le quiere, ya que dijo ser hijo de Dios”. De la misma manera le injuriaban también los salteadores crucificados con él».

Acabamos de hablar de un fracaso en el que parece desembocar finalmente la vida de Jesús. Y es lo que vemos en las burlas de que es objeto. Las palabras pronunciadas retoman muchas afirmaciones de Jesús en el transcurso de su vida pública contenidas en su predicación, pero las retoman para mofarse de ellas. Porque las afirmaciones de los que pasaban por allí, así como de los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, evocan lo que hay en el corazón mismo de la misión de Jesús, para concluir que esa misión no ha llevado a ningún sitio, que Jesús no ha podido llegar más que a la condena y la muerte entre dos salteadores.

Destruir el santuario… ¿No se da a entender, a través de la imagen del Templo que con estas palabras se evoca, toda una dimensión de la misión de Jesús? Jesús vino para ser el verdadero Templo de Dios, para ser aquel en quien Dios reside y se da tanto como los hombres quieran comulgar con su presencia. Los que pasan por allí hablan de la destrucción del templo‑ pero ¿cómo pueden tan desconsideradamente hacer objeto de burla la afirmación de Jesús: «En tres días lo levantaré»?

« ¡Sálvate a ti mismo!». Jesús es presentado como el Salvador. Al haber venido para aportar la salvación, se inclinaba con enorme atención y bondad sobre aquellos con quienes se encontraba y que esperaban de él un gesto de misericordia y benevolencia. Jesús no dudó en multiplicar esos gestos. Pero ¿cómo ‑dicen ellos‑ puede ser el Salvador si es incapaz de salvarse a sí mismo? ¿Cómo creer a un Hijo de Dios ‑puesto que Jesús ha pretendido ser reconocido como tal‑ que perece tan lamentablemente clavado en una cruz?; ¿es así cómo se manifiesta su filiación divina? Es el «rey de, Israel», ese Rey de los judíos del que acabamos de hablar, pero su reino no parece tener un porvenir muy brillante, puesto que aparentemente desemboca en la muerte ignominiosa de quien lo anuncia.

Jesús tiene que afrontar todas esas burlas acerca de su relación con los hombres y con Dios, su verdadera misión de Salvador que viene a consumar la expectativa de la humanidad y a reconciliarla con su Padre. ¿Cómo puede Jesús invitarnos a contar con Dios si su confianza es traicionada hasta ese punto: «Que le salve ahora, si es que de verdad le quiere»? No podemos quedarnos en estas palabras, que hieren a Jesús en el corazón y parecen poner en entredicho la esencia misma de su misión. Porque tenemos que recordar más precisamente otras: «Quien pierda su vida, la salvará». ¿No es finalmente por fidelidad radical a su misión, por fidelidad a lo que enunció su palabra, por lo que Jesús está ante nosotros como quien pierde su vida, renunciando lamentablemente ‑cabría decir‑ a hacer nada por defenderse?

Ya hemos visto que lo que hay que comprender ante todo en la dinámica de Jesús sumiéndose en la muerte es la generosidad de aquel que se da. Jesús pierde su vida porque la da, porque quiere hacer de su vida hasta el final, de una manera extraordinaria, un acto de amor. Aquel al que así vemos es, por tanto, aquel que nos introduce en la única verdadera salvación para el hombre. Así es como el hombre ‑y en primerísimo lugar el hombre Jesús‑ cuenta con Dios, porque se desposee de su propia vida para recibirla plenamente de Dios.

Y el texto prosigue introduciéndonos en un episodio esencial de la historia humana, que es para siempre el centro de la misma. Mateo habla primero de las tinieblas que preceden al momento de la revelación de Dios:

«Desde la hora sexta hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. Y alrededor de la hora nona clamó Jesús con fuerte voz: ‘,‑Elí, Elí! ¿lama sabactaní?”, esto es:”¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?”».

Al oírlo, algunos de los que estaban allí decían: “A Elías llama éste”. Y enseguida uno de ellos fue corriendo a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, sujetándola a una caña, le ofrecía de beber. Pero los otros dijeron: “Deja, vamos a ver si viene Elías a salvarlo”».

Hubo primero, pues, tres horas de tinieblas, al término de las cuales Jesús tomó la palabra. Debemos intentar comprender las palabras que pronunció, y que tantas veces hemos oído repetidas, para esforzarnos por entrar en lo que fue sin duda el término del camino por el que avanzó Jesús. «¡Dios mío, Dios mío. ¿por qué me has abandonado?». Estas palabras expresan la experiencia de Jesús en ese momento. Pero, ciertamente, no expresan que Jesús se viera privado de toda relación con Dios, sin acceso a él. El evangelio nos transmite una oración de Jesús dirigida a Dios. Es su relación con Dios lo que Jesús expresa. Es como si, en su voluntad de vivir una solidaridad total con la humanidad pecadora (hasta el punto de no poder disociarse de realidad humana alguna), Jesús percibiera la infranqueable distancia entre el pecado y la santidad de Dios. El abandono de que habla es el abandono del hombre que se cierra a Dios y se niega a referirse a Jesús entra deliberadamente en ese abandono de la humanidad alejada de Dios y alejada de él mismo. La solidaridad de Jesús con los hombres llega al extremo de asumir en esa hora el abandono por parte de ellos. Pero, si bien Jesús asume y hace suyo ese abandono, lo vive en una dinámica en la que se expresa toda su fe en el Padre al que ama. Jesús, ciertamente, preguntó a su Padre: «¿Por qué me has abandonado?. Pero, como es bien sabido, ése es el comienzo del Salmo 22, que desemboca en la afirmación de una esperanza sin límites. Jesús, en el seno del abandono ‑resultado de su solidaridad radical, con la humanidad pecadora‑, vive una esperanza infinita en su Padre Dios, una esperanza lo bastante fuerte como para asumir ese abandono.

Saltemos rápidamente los versículos siguientes para llegar al versículo 50:

«Jesús, dando de nuevo un fuerte grito, exhaló el espíritu».

Después del grito dirigido por Jesús a su Padre en el momento de su abandono, tenemos ahora este gran grito que condensa toda su palabra y todo su impulso hacia el Padre, al que entrega su espíritu. Jesús ofrece su vida al Padre por amor, y así nos salva. Después del momento de ti nieblas que culmina en la muerte del Hijo de Dios, de pronto, como una especie de fulguración, el evangelio de san Mateo nos presenta una teofanía, una manifestación de la presencia y la acción de Dios:

«En esto, el velo del Santuario se rasgó en dos, de arriba abajo; tembló la tierra y las rocas se hendieron. Se abrie­ron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron. Y saliendo de los sepulcros después de la resurrección de él, entraron en la Ciudad Santa y se aparecieron a muchos».

¿Qué es lo que se evoca aquí? Para empezar, el desgarramiento del velo del santuario. Sabemos que, en el templo, el velo impedía el acceso al Santo de los Santos, es decir, al lugar donde se suponía que habitaba Dios, al haber plantado su tienda en el corazón de su pueblo. Como para el hombre no hay acceso directo a Dios, el acceso al Santo de los Santos debe estar velado; pero es ese velo el que ahora queda rasgado. En efecto, a partir de la muerte de Jesús ya no hay la misma distancia entre Dios y el hombre. En la Pascua de Jesús, Dios se da con transparencia, como quien se entrega al hombre sin reservas y sin vuelta atrás. Por eso se rasga el velo del santuario, porque el hombre se ve cara a cara con Dios cuando ve a su Señor morir en la cruz.

«Tembló la tierra», como si la creación entera se viera estremecida en sus fundamentos cuando muere crucificado el Hijo de Dios pero estremecida para resurgir después con él a una vida nueva. «Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos difuntos resucitaron». Esta frase es para nosotros un tanto enigmática. Sin duda, debemos leerla en referencia al texto de Ezequiel sobre los huesos secos (capítulo 37), entendiendo que, si Jesús es el centro de la historia y si, en su Pascua, la historia encuentra el pivote en torno al cual gira, todos se salvan por su muerte. Se trata, ciertamente, de todos cuantos vendrán después de él, de todos cuantos viven hoy; se trata también de todos cuantos vivieron antes de él y que por él encuentran ahora vida. Jesús está en el corazón de la historia para que todos nosotros vivamos. San Mateo nos da a entender que todos cuantos, sin Jesús y sin su Pascua, habrían sido definitivamente condenados a la muerte, gracias a él y por él son ahora habitados por la vida que viene de Dios.

«Por su parte, el centurión y los que con él estaban guar~ dando a jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, se lle­naron de miedo y dijeron: Verdaderamente, éste era hijo de Dios».

Después del tiempo de tinieblas y del tiempo de manifestación de Dios, autor de la salvación, ahora, en el relato evangélico, los que se encuentran junto a la cruz reconocen la presencia de Dios. La manifestación de Dios, en efecto, les llega a lo más profundo de ellos mismos y les hace decir: « Verdaderamente, éste era Hijo de Dios». Se trata del centurión y de los que están mirando. El temor que les invade es una especie de experiencia de la inconmensurable grandeza del Dios todo santidad, que en la muerte de Jesús manifiesta para siempre la proximidad de éste a aquellos que el Padre le ha dado.

Volvamos nuestra mirada a la cruz, acompañando con nuestra atención a aquellas mujeres de las que nos habla el último versículo del texto:

«Había allí muchas mujeres mirando desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle. Entre ellas estaban María Magdalena, María la madre de Santiago y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo».

Podemos mirar la cruz con estas mujeres, de las que el evangelio nos dice que contemplaban la escena desde una cierta distancia. Los que están allí en el momento de la muerte de Jesús no son los Doce que han participado con Jesús en la última cena: son estas mujeres, numerosas según el evangelio, de las que cita algunos nombres. Si son numerosas, no es porque las llevara allí la curiosidad, sino porque cada una de ellas tiene una historia personal con Jesús, una historia que las ha llevado a seguirlo, a darse a él, a dejarse ganar por su palabra y a permitir que su enseñanza y sus gestos de misericordia transformen su espíritu y su corazón. Están unidas al Señor y se encuentran allí, ante la cruz de Jesús, como ante el enigma más inexplicable, ante la muerte de aquel que venía a aportar la vida. Pero miran con esa mirada que da comienzo a la contemplación de la Iglesia en su memoria, y la Iglesia ya no cesará nunca, a través de los siglos, de poner sus ojos en la cruz de Jesús. Porque así vive la Iglesia, orando a su Señor y dirigiéndose a él en ese momento decisivo en que da su vida por aquellos a quienes ama, es decir, en la cruz. Las mujeres miran a distancia, nos dice el evangelio; y también nosotros, sin duda, es a distancia como podemos mirar, una distancia que no se debe a un deseo de alejarnos, de separarnos, sino que es, por el contrario, la distancia del respeto y la adoración. Porque ¿cómo ponernos frente a la cruz de Cristo si no es descubriendo el misterio que revela y ante el cual no podemos hacer otra cosa que permanecer mudos y adorar, para entrar en comunión con el Dios que así se entrega a nosotros?

La presencia eucarística

La Eucaristía pascual de Jesús (Mt 26‑20‑29)

Abordemos ahora el capítulo 26 del evangelio de Mateo, en el que nos limitaremos a los versículos 20 a 29. Jesús está en Jerusalén para, según ha anunciado a sus apóstoles, ser detenido, condenado y ejecutado. Vamos a contemplar la celebración de la Pascua por parte de Jesús y de los Doce.

El comienzo del capítulo 26 indica claramente la perspectiva pascual del acontecimiento: «Y sucedió que, cuando acabó Jesús todos estos discursos, dijo a sus discípulos.: “Sabéis que dentro de dos días es la Pascua; y el Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado”». Las primeras palabras subrayan a su manera que llegamos aquí al término de los acontecimientos referidos en el evangelio: «Cuando acabó Jesús todos estos discursos». En el evangelio de Mateo en particular, estructurado en torno a cinco grandes discursos, hablar de su final ¿no es anunciar el término mismo de la historia terrena de Jesús? Por otra parte, Jesús pone explícitamente su camino de pasión y muerte en la perspectiva de la celebración de la Pascua. La Pascua era para el pueblo elegido la principal festividad del año. En ella se celebraba la alianza del pueblo con Dios. «Pascua» significa «paso», y el paso que celebraba el pueblo elegido era el de la tierra de servidumbre a la tierra prometida, a la tierra de libertad. La Pascua celebrada cuando la salida de Egipto estaba inscrita en la memoria del pueblo para recordarle constantemente la presencia de Dios que lo libera y le da la libertad constituyéndolo en pueblo de Dios. Esa Pascua era y sigue siendo actualizada cada año en la memoria del pueblo de Israel para celebrar que Dios se le manifestó en aquel momento decísivo de su historia.

Aquel año, Jesús celebra la Pascua con los Doce, pero la ilumina de una manera nueva. Porque el paso que Jesús nos invita a vivir con él es el que se consuma con su muerte y resurrección: el paso del pecado a la gracia. Puesto que la Pascua es celebrada «cuando acabó Jesús todos esos discursos», ¿no somos invitados a comprender que los discursos evangélicos encuentran su consumacíón en la nueva Pascua de Jesús, celebrada con sus apóstoles, y que anticipa su muerte y su resurrección? Como hemos subrayado en varias ocasiones, el ministerio de Jesús es un ministerio de palabras y actos, en el que éstos iluminan aquéllas, y viceversa. Veamos ahora, pues, cómo las palabras pronunciadas se hacen plenamente vida y fuente de una vida nueva.

Es en la Pascua de Jesús donde se verifica la verdad última de las bienaventuranzas y de la ley de renuncia y vida que ellas proponen, y que es fundamentalmente una ley de caridad. El discurso de la misión es en la Pascua de Jesús donde va a encontrar igualmente su cumplimiento. Jesús ha sido enviado a los hombres por el Padre; él es quien, en nombre de Dios, ha cumplido su misión entre nosotros y nos moviliza para proseguir dicha misión. Pero es en su Pascua donde nosotros celebramos el cumplimiento.

Jesús pronunció su discurso en parábolas, y ya vimos cómo éstas nos indican que tanto sus palabras como sus actos son signos cuyo sentido profundo hemos de descubrir. Pero ¿hay algún signo en el que se cumpla de manera más decisiva ese sentido profundo que el signo de Jesús ofreciéndonos su vida para que nosotros vivamos?, ¿no es la Pascua de Jesús la parábola a cuya luz se iluminan todas las demás parábolas y todas las palabras de revelación del Hijo de Dios?

Jesús también dirigió a sus apóstoles un discurso comunitario; ¿no es en su Pascua donde Jesús funda la comunión definitiva de cuantos quiere reunir en sí?; ¿no es recibiendo el don hecho por Jesús en su Pascua como descubrimos cuánto nos ama y cómo somos reunidos en un solo cuerpo, en cuyo seno nos corresponde entregarnos los unos a los otros? Jesús pronunció, finalmente, el discurso escatológico en que nos revela que nuestra vida se desarrolla, en definitiva, delante de Dios y en diálogo con él. ¿No es yendo a su Pascua como nos introduce en ese último diálogo del hombre con Dios en el que corresponde a cada cual acogerlo hasta el final entregándole su vida?

Veamos el alcance de esta sencilla frase con la que comienza el capítulo 26: «Cuando acabó Jesús todos estos discursos, dijo a sus discípulos: «Sabéis que dentro de dos días es la Pascua”». Es a la luz de la Pascua, que Jesús va a celebrar transformándola desde el interior, como sus discursos adquieren su sentido último y definitivo.

Volvemos a ver a Jesús en los versículos 20 y 21, en el momento en que está a la mesa con los Doce:

«Al atardecer, se puso a la mesa con los Doce. Y mientras comían, dijo: «Os aseguro que uno de vosotros me entregará ».

Así somos introducidos en la Pascua de Jesús como en el drama al que es entregado. Que es entregado y que se entrega es lo que va a afirmarse en varias ocasiones en los dos capítulos que nos hablan de su pasión y su muerte. Es entregado por Judas a los judíos, es entregado por los judíos a los paganos, y Pilato se lo entrega a aquéllos para que sea crucificado. Jesús es entregado: el enunciado de esta verdad no nos proporciona, sin embargo, más que una primera aproximación a lo que Jesús vive en su pasión. Jesús es entregado: así es evocada la dimensión de pasividad de esta pasión en la que los hombres se presentan como protagonistas: Jesús debe sufrir la pasión que los hombres le infligen.

Pero, al hablar de su ser entregado, Jesús nos lleva también a lo que está en el origen de esa entrega. El lector lo encontrará un poco más adelante, cuando el evangelio refiera las palabras y los actos del Señor en el curso de la última cena con los Doce: «Tomó Jesús pan…. lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad y comed  Tomó luego una copa y… se la dio diciendo: “Bebed de ella todos”». Jesús es entregado porque él se entrega, como afirma claramente en el evangelio de Juan: «Mi vida [..1 nadie me la quita;yo la doy voluntariamente». (Jn 10,18). Es, pues, el don que Jesús hace de sí mismo el que hay que descubrir ante todo, también en el relato de la pasión, donde Jesús parece, sin embargo, sumirse cada vez más en una especie de pasividad impresionante. Porque esa pasión, donde se muestra pasivo respecto de los hombres que se ensañan con él, es ante todo su pasión de amor por ellos. Para expresarlo de manera más ajustada aún: es el Padre quien nos da a su Hijo, y el Hijo quien se entrega, en un acto de confianza total, al Padre que nos le da.

Jesús acaba, por tanto, de pronunciar estas palabras: «Uno de vosotros me entregará». Y así se expresa la reacción de los Doce que están a la mesa con él:

«Muy entristecidos, se pusieron a decirle uno por uno: “¿Acaso soy yo, Señor?”».

Es comprensible la tristeza de los apóstoles al escuchar a Jesús anunciar la traición de que es objeto, sobre todo cuando se trata de una traición que no proviene de nadie del exterior, de un adversario de fuera, sino que es perpetrada por «uno de vosotros», por uno de los amigos de Jesús.

Pero no es únicamente tristeza lo que despiertan en ellos las palabras de Jesús, sino también una pregunta que brota del corazón: « ¿Acaso soy yo, Señor?». Pregunta sumamente profunda, porque manifiesta en los cercanos a Jesús la conciencia de ser capaces de traicionarlo. Cada uno de ellos se ve cuestionado por las palabras de Jesús. Y ninguno de ellos puede recibir seguridad suficiente más que de la respuesta que espera de Jesús. No es en nosotros donde podemos encontrar la seguridad perfecta respecto de nuestro amor por él, la seguridad de que tenemos necesidad para descartar la hipótesis de la traición: esta seguridad no puede venir sino de la palabra que Jesús nos dirige, una palabra con la que nos renueva su confianza, tranquilizándonos en cuanto a la autenticidad de nuestro propio amor.

«Él respondió: “El que ha metido conmigo la mano en el plato, ése me entregará».

La expresión «el que ha metido conmigo la mano en el plato» no hace sino acentuar el hecho de que se trata de uno de los Doce, porque esta expresión designa a alguien que es partícipe de la intimidad y la vida de Jesús, que comparte con él la comida. En el momento en que Jesús va a darse, nos hallamos frente a esta profunda verdad que hemos de llevar con él cuando celebramos el memorial de su don, a saber, que Jesús se da al hombre infiel, al hombre indócil, al hombre incapaz de amar.

Y Jesús prosigue:

«El Hijo del hombre se va como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! ¡Más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

El Hijo del hombre se va. Recordemos cómo, después de la profesión de fe de Pedro, Jesús dijo a los suyos que debía ir a Jerusalén. Y ahora está en la ciudad santa; pero recuerda a los suyos que el camino en que se encuentra lo lleva más lejos: a la muerte y, a través de la muerte, al Padre. «El Hijo del hombre se va». Y nosotros, que nos dejamos instruir por la palabra de Jesús, hemos de comprender que ese camino es también el camino por el que sigue caminando con nosotros. También nosotros tenemos que ir allá adonde nos lleva el Hijo del hombre, por el camino que conduce al don total y que desemboca finalmente, a través de la muerte, en la comunión total con el Padre. Como hemos subrayado al hablar de la entrega de Jesús, el camino que emprende no hace de él un juguete de las decisiones humanas. Es verdad que hay un nivel en el que las cosas parecen presentarse así; Jesús, incluso en el relato evangélico, aparece como alguien sobre el cual deciden los demás. Pero a través de esto, e incluso en esto mismo, algo se escribe en la historia humana que viene del corazón de Dios: «Como está escrito de él». Es, pues, sobre todo a partir del corazón de Dios como hemos de leer la pasión de Jesús, tratando de comprender lo que, en virtud de su amor, Dios inscribe en nuestra historia por medio de su Hijo. Porque, si bien nuestra historia es, obviamente, fruto del pecado del hombre, es más aún fruto de la pasión amorosa que atestigua para nosotros el Hijo de Dios.

«¡Ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado! Más le valdría a ese hombre no haber nacido!». Al leer esta frase podemos pensar que Jesús está emitiendo un juicio definitivo sobre Judas. Pero la intención de Jesús no es introducirnos en el secreto del destino eterno de Judas. Jesús nos habla, como siempre, de nosotros mismos, ayudándonos a sacar de la traición de Judas una lección que puede ayudarnos e interpelarnos. Acabamos de ver que cada uno de los Doce, cuando Jesús predice su traición, es invitado a cuestionarse. Lo que tenemos que descubrir en nuestra vida, destinada a la dicha por la amistad de Jesús, es la posibilidad de desdicha que también puede haber en ella. La adhesión a la felicidad que se desarrolla en nosotros cuando nos adherimos a Jesús y nos dejamos introducir con él en su Pascua puede volverse infelicidad si nos separamos voluntariamente del Hijo del hombre‑ si, de una u otra manera, lo entregamos. Entregar al Hijo del hombre, traicionarlo, serle infiel, es ir contra la ley de la vida, es entrar en contradicción con la dinámica que nace en cada uno de nosotros el día en que nacemos. ¿Cuál es, pues, la ley de la vida, sino vivir y dar vida, respetar la vida? En otras palabras, Jesús nos anima a ser fieles a la dinámica de la vida en nosotros, a reconocer que si vivimos, si hemos nacido, es para ser portadores de vida y para adherirnos finalmente a él, que es nuestra vida.

«Entonces preguntó Judas, el que iba a entregarlo: “¿Soy yo acaso, Rabbí?”. Dícele: “Tú lo has dicho”».

Después de los demás, también Judas hace la pregunta. La respuesta merece ser puesta de relieve, porque en otros dos lugares del relato de la Pasión dará Jesús esa misma respuesta. La primera vez, ante el sumo sacerdote Caifás, cuando sea conminado por él a responder a la pregunta decisiva (26,64): « “Te conjuro por Dios vivo que nos digas si tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”. Dícele Jesús.: “Tú lo has dicho”. Pero os digo… ». La segunda vez, cuando al comienzo de su interrogatorio por parte de Pilato (27,11), tiene que afrontar esta pregunta: «¿Eres tú el rey de los judíos? Respondió Jesús tú lo dices”».

El relato de la pasión, que está cada vez más impregnado del profundo silencio de Jesús, incluso cuando se ve acusado y cabría esperar de él una respuesta, pone por tres veces en boca de Jesús esta afirmación: «tú lo has dicho». Yo creo que podemos recoger esta frase de Jesús para esclarecer el proceso en que está inmerso. «Tú lo has dicho»: intenta ser fiel a lo que dices y ves. Porque, efectivamente, hay mucho más en lo que dices y ves de lo que quieres admitir. Te distancias con excesiva facilidad de lo que ves y sabes, transformándolo, por tanto, en pregunta. Es como si quisieras protegerte frente a la verdad, esa verdad que tocas y que, en el fondo de ti, puedes conocer, pero que no consientes en enunciar más que transformándola en pregunta. Así es cómo, quizá sin saberlo, te distancias de la verdad. En lo que a nosotros concierne, Jesús nos pide que acojamos la luz que se nos da, la palabra de verdad que habita en nosotros, y que no nos distanciemos de ella transformándola en pregunta: cree en lo que dices, en lo que ves, a la luz que se te da.

Déjate iluminar y guiar por esta luz, por la verdad que se te da y que está en ti, la luz de Dios.

«Mientras estaban comiendo, tomó Jesús pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “Tomad, comed, éste es mi cuerpo”».

La cena ha comenzado, y Jesús prolonga la antigua Pascua con el sacramento de su propia Pascua, en la que nos salva dándose al Padre y dándose a nosotros, convirtiéndose en principio de nuestra reconciliación con Dios, transformando nuestra angustia en historia de gracia y de amor. Jesús anticipa aquí, en el signo con que se expresa y que nos deja en herencia, el don que nos hace de sí mismo: «Tomó pan, lo bendijo, lo partió y se lo dio a los discípulos». Fijemos nuestra mirada en la dinámica de don para los suyos proveniente de Jesús. El es quien, al dar el pan, se da y entrega su vida para que nosotros vivamos. E invita a los suyos a acoger este don que se les ofrece: «Tomad, comed, éste es mi cuerpo». A la dinámica que viene de Jesús hacia nosotros debe corresponder, por nuestra parte, una dinámica que nos haga acoger, «tornar» el don que nos ofrece‑ una dinámica que nos haga comerlo para que penetre en nosotros y seamos así miembros de ese cuerpo en el que él reúne a cuantos creen en él y que, viviendo de su vida, debe crecer hasta el final de los tiempos. Al darse a nosotros, Jesús nos asimila a él, haciéndonos entrar en la verdad de su vida y transformando nuestra vida en la suya.

«Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados”».

Aquí se repite la misma dinámica con la copa. Jesús «da las gracias», afirma el texto. Con la actitud filial que define toda su vida, sabiendo que todo le es dado por el Padre y que el Padre mismo le inspira el compartir con nosotros su vida, el Hijo da gracias al Padre, tanto por su propia vida como por la vida dada a los discípulos y, a través de ellos, a todos los hombres. Es, pues, a los hombres que nosotros somos a quienes Jesús se entrega para que todos acojamos más el don que él nos hace de su propia vida.

«Bebed de ella todos, porque ésta es mi sangre de la Alianza». Hemos recordado que la Pascua celebraba la alianza de Dios con su pueblo. De ahora en adelante, en Jesús se cumple la alianza definitiva, gracias a la cual estamos para siempre reconciliados con Dios por el don de amor de su Hijo. Esta alianza no se concluye únicamente con el pueblo de la promesa, porque la sangre de Jesús, como dice el texto, va a ser derramada por una multitud, es decir, por todos los hombres. Recibiéndola nos dejamos habitar por ese don que es él mismo y, por tanto, nos transformamos a nuestra vez en un don que debe ofrecerse a todos los hombres. La dinámica de la Pascua de Jesús es una dinámica mediante la cual él se entrega, pero que nos arrastra también a nosotros a la entrega a nuestros hermanos, a fin de que a todos llegue la dinámica de vida proveniente del corazón de Dios, de manera que todos puedan vivir de esa vida nueva en la que los pecados son redimidos gracias al amor sin límites que nos ha testimoniado el Hijo. Si nos dejamos transformar por él, se borra el pecado en nosotros. Y pasamos, de un universo en el que los hombres no sólo dudan de sí mismos ‑«¿Acaso soy yo, Señor?»‑, sino también unos de otros, al universo en el que Jesús se hace principio de unión y comunión entre todos. Entramos así en el universo de la gracia, cuya ley no es otra que el amor de caridad.

«Y os digo ‑termina Jesús‑ que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nueve), en el Reino de mi Padre».

Jesús, que se da a nosotros y que quiere darse a todos, es aquel que, ante todo, se da al Padre, se entrega al Padre; es aquel que nos lleva consigo hacia el Padre. He aquí cómo la dinámica que atraviesa la vida de Jesús es esencialmente la dinámica de la Pascua. Jesús vino a construir el nuevo Reino en comunión con el Padre; y nos ofrece a todos la comunión con él para que nosotros entremos igualmente con él en el Reino del Padre. El Reino de Dios que Jesús anuncia desde el principio de su misión pública, ese Reino que fue el centro de su predicación y con el cual nosotros tenemos que colaborar, hemos de descubrirlo en los signos que se nos dan por doquier. Hemos de construirlo juntos, y comienza ahora mismo, al tiempo que tiene valor de eternidad. Es en él donde se realiza desde ahora nuestra comunión definitiva con Dios. El Reino del Padre, cuya consumación aún esperamos, ya nos ha sido dado. El don del cuerpo y la sangre de Jesús son signo de ese don. Al recibir el don del cuerpo y la sangre de Jesús, recibimos el don del Padre. En Jesús somos reconciliados con el Padre y estamos unidos en una relación de amor que no acabará sino en la eternidad.

Jesús se encamina hacia Jerusalen

La entrada de Jesús en Jerusalén (Mt 21,1‑22)

Al igual que los otros dos evangelios sinópticos, el evangelio de Mateo describe la subida de Jesús a Jerusalén. Después de la profesión de fe de Pedro y el anuncio de su Pascua (pasión, muerte y resurrección), Jesús se pone en camino, mientras sigue prodigando sus enseñanzas, respondiendo a las preguntas que se le hacen a propósito del Reino y dando directrices sobre la vida cristiana y la manera en que debe vivir la comunidad, como acabamos de leer. Al igual que en los evangelios de Marcos y de Lucas, Jericó representa para Jesús la última etapa antes de la llegada a Jerusalén: allí cura Jesús a dos ciegos (uno solo, según Marcos y Lucas). Después lo vemos a las puertas de la Ciudad Santa. El texto que ahora vamos a comentar relata tres episodios: la entrada mesiánica en Jerusalén, la expulsión de los mercaderes del templo y la «condena» de la higuera estéril.

Es bien sabido que el relato de la entrada de Jesús en Jerusalén se presenta como el cumplimiento de una profecía del profeta Zacarías. Intentemos comprender su alcance. Jesús llegó ‑nos dice el evangelio‑ muy cerca de la ciudad, a Betfagé, al monte de los Olivos. Entonces envió a dos de sus discípulos a la ciudad para requisar una asna y un pollino. A cualquier pregunta o interpelación que se les pudiera hacer, les bastaba con responder: «El Señor los necesita». Todo parece, pues, dispuesto, incluso preparado expresamente, para que pueda cumplirse la profecía de Zacarías que anuncia la entrada del Mesías en su ciudad:

«Esto sucedió para que se cumpliese lo dicho por el profeta».

Hemos de intentar comprender el sentido de esta profecía y lo que significa para Jesús su cumplimiento. Escuchemos el anuncio de Zacarías, reproduciendo el texto, un poco modificado, que da el evangelio de Mateo:

«Decid a la hija de Sión: he aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en una asna y un pollino, hijo de animal de yugo».

El texto de Zacarías 9,9‑10 prosigue presentando la figura de un Mesías desarmado: «¡Exulta sin freno, Sión, grita de alegría, Jerusalén! Que viene a ti tu rey: justo y victorioso,humilde y montado en un asno, en una cría de asna. Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de guerra, y él proclamará la paz a las naciones. Su domi­nio alcanzará de mar a mar, desde el Río al confín de la tierra» (Za 9,9‑10).

Sí bien Jesús entra en Jerusalén como Mesías, no entiende que su misión consista en hacer frente con las armas a tropas enemigas. Su mesianismo está absolutamente impregnado de humildad y sencillez. Y si bien es cierto que el texto habla del «dominio» que va a establecer, para él se trata de iniciar el reinado de la paz. Jesús entra en la ciudad como Príncipe de la Paz, urgido, más aún de lo que podía percibir el profeta Zacarías, por la necesidad de hacer reinar en la humanidad, tan gangrenada por proyectos de conquista, una era de paz y acogida mutua.

Jesús posee, al mismo tiempo, una certeza interior que ya ha expresado varias veces en el curso de su viaje hacia Jerusalén: las autoridades, judías a las que debe presentarse para hacerles ratificar su misión mesíánica lo van a rechazar y a condenar. Pero es un paso obligado si quiere ser testigo de la fidelidad de Dios. Sabe, por otra parte, que el rechazo por parte de las autoridades religiosas del pueblo judío no hará sino confirmar su misión mesiánica tal como fue anticipada y descrita por los profetas.

¿Cómo comprender los sentimientos que animan el corazón de Jesús en ese momento decisivo? Su corazón desborda de la alegría anunciada por el profeta, porque se prepara para llevar a término la misión que le ha confiado el Padre. Es consciente, por otra parte, del inevitable encadenamiento de los acontecimientos a partir de ahora: Jerusalén significa el final de su peregrinaje terreno. Si entra en la ciudad, es porque acepta hasta el final el destino anunciado por el libro de Isaías y los cantos del Siervo de Yahvé. En los días posteriores deberá, ciertamente, entrar en una serie de debates y réplicas por parte de quienes se cierran a su mensaje. Entrará en ellos, como siempre, con el corazón en paz, con rectitud y veracidad. A lo que renuncia de manera definitiva, conforme al anuncio de Zacarías, es a toda violencia y a toda lucha por las armas. Y ahí lo tenemos: entrando desarmado en Jerusalén para llevar a cabo en ella la obra que sólo el amor le inspira. Humildemente, como anunciaba Zacarías, realiza su entrada mesiánica en la ciudad santa. Y se encuentra con que quienes lo acogen no son los jefes religiosos ni los líderes políticos, sino la muchedumbre de pequeños cuya alma comulga con la suya. Están allí, extendiendo sus mantos por el camino para honrar a aquel en quien reconocen al enviado de Dios. También agitan ramas a su paso para expresar sus sentimientos y gritan: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!».

Sin embargo, el evangelista no quiere que la celebración de esta entrada mesiánica, de dimensiones ciertamente limitadas, se desvanezca, por así decirlo, entre la multiplicidad de acontecimientos cotidianos, perdiendo así su importancia. A ojos de la fe, lo que ocurrió aquel día está lleno de enseñanzas. Y el desconcierto que sintieron algunos basta para subrayar esa importancia. Así ocurrió ya con el nacimiento de Jesús, cuando los magos se presentaron en Jerusalén: «Al oír la noticia, el rey Herodes se sobresaltó, y con él toda Jerusalén» (Mt 2,3). Como la entrada en Jerusalén no puede ser considerada un hecho de tantos, Mateo nos dice que «toda, la ciudad se conmovió» (v. 10),

Pero resulta que «el profeta Jesús, de Nazaret de Gali1ea» (v. 11) entra en el templo. El episodio que aquí se refiere ha suscitado a veces asombro. ¿Cómo explicar, tratándose de alguien que acaba de presentarse con toda humildad a la población de Jerusalén, lo que podría definirse como un desencadenamiento de violencia? Intentemos comprender lo que nos describe el evangelio. La escena es un tanto impresionante, pero quiere sobre todo sacar a la luz la oposición radical de Jesús a la actividad que se desarrolla en el recinto del templo. Para el Señor, que siente tan gran amor y respeto por su Padre, el templo no puede transformarse en un centro de negocios, si no es a base de una perversión radical y de un manifiesto menosprecio de Dios.

Jesús, que viene a cumplir la alianza de Dios con su pueblo y con la humanidad, está profundamente marcado por lo que define el corazón mismo de su misión. Es profundamente consciente de que la alianza que Dios ofrece a los hombres se define por un amor totalmente gratuito, llama do a ser recíproco. Y resulta que la esperada respuesta de los hombres se presenta, por el contrario, mezclada con el atractivo de la ganancia, con la búsqueda del provecho personal. De este modo, es la naturaleza misma del templo la que se pervierte. Jesús denuncia las prácticas mercantiles e interesadas que desnaturalizan la oración y su impulso gratuito hacia Dios. Las palabras que acompañan la acción de Jesús son suficientemente severas:

«Les dijo: “Mi Casa será llamada Casa de oración. ¡Pero vosotros estáis haciendo de ella una cueva de bandidos!”».

La primera afirmación de Jesús remite al profeta Isaías: «Mi Casa será llamada casa de oración para todos los pueblos» (1s 56,7), y pone en evidencia, en el texto profético, el destino universal del culto rendido a Yahvé; pero subraya también con bastante claridad que la oración no puede admitir otras actividades en las que el hombre busca su propio beneficio. En cuanto a la segunda afirmación de Jesús, remite al profeta Jeremías:

« ¿Esta casa, en la que mi Nombre ha sido proclamado, la tomáis por una cueva de bandidos?» (Jr 7,11)

Vale la pena citar los versículos precedentes: «Podéis, por tanto, robar, matar, adulterar, jurar en falso, incensar a Baal y seguir a otros dioses que no conocíais. Luego venís y ospardis ante mí en este templo donde se invoca mi Nombre y decís.’!Estamos salvados!, para seguir haciendo todas esas abominaciones» (Jr 7,9‑10). Lo que Jesús reivindica, con toda la impetuosidad de su corazón filial herido por esos actos, es la coherencia entre lo que se le expresa a Dios y la manera de actuar, completamente opuesta. ¿Estará Dios, pues, hasta tal punto ausente de nuestra vida que se pretenda reconocerlo y honrarlo actuando en contra de sus mandamientos?

Lo que esta página nos recuerda también a nosotros es que no hay verdadera alabanza a Dios, verdadera adoración del Señor, si la acción humana es pervertida por la búsqueda de beneficios egoístas, por el deseo de afirmarse y dominar a los demás, ni tampoco si las prácticas de la vida cotidiana son totalmente opuestas al honor debido a Dios. ¿Qué testimonio sacar de nuestra propia conducta?‑ ¿se inscribe en la línea de la enseñanza recibida y después compartida? Toda escisión entre el supuesto culto rendido a Dios y las actitudes adoptadas con respecto al prójimo es inconciliable con el evangelio de Jesús. Observemos la escena descrita por el evangelio y, en lugar de preguntarnos cómo pudo Jesús encolerizarse de ese modo, aprendamos de él que, frente a realidades o comportamientos intolerables, puede haber una «santa ira». Es lo que se verifica cuando el respeto y el amor de Dios están en juego, como cuando la injusticia, la violencia o el desprecio desencadenan su fuerza destructiva. No somos testigos de un Dios al que podamos honrar por el mero hecho de buscarlo allí donde reside o contentándonos con ofrecer en su honor algún sacrificio. El Dios de Jesucristo que anunciamos exige coherencia de la vida con la fe profesada.

Pero resulta que el templo, una vez purificado, se convierte en lugar de acogida para quienes, cuando David se instaló en Jerusalén, eran excluidos: «No entrarás aquí más que echando a los ciegos y cojos» (2 S 5,6). ¿No estaban ya excluidos del sacerdocio levítico? «Ningún hombre que tenga defecto corporal se acercará: ni ciego, ni cojo… » (Lv 21,18). Pues bien, después del acto de Jesús destinado a purificar el templo y devolverlo a la verdad del culto a Dios,

« … se acercaron a él algunos ciegos y cojos, y los curó».

A sus enemigos, que creían que debían velar por el respeto al templo y que no veían en Jesús más que un estorbo que se oponía al funcionamiento «normal» de las cosas, les impactó la reacción de las personas sencillas ante el acto de Jesús:

«Mas los sumos sacerdotes y los escribas, al ver los milagros que había hecho y a los niños que gritaban en el templo: “¡Hosanna al Hijo de David!”, se indignaron y le dijeron: “¿Oyes lo que dicen éstos?”».

Hasta ese momento, próximo ya su éxodo terrenal, Jesús es signo de contradicción: la sabiduría de los pequeños percibe más directamente la verdad y la cualidad de su ser, la rectitud y la bondad de sus palabras y sus actos. Por eso Jesús puede responder a la objeción de los príncipes de los sacerdotes y los escribas citando el salmo 8 e insistiendo en la calidad del conocimiento de los «pequeños»:

«Les dice Jesús: “¿No habéis leído nunca que de la boca de los niños y de los que aún maman te preparaste alabanza?”. Y, dejándolos, salió fuera de la ciudad, a Betama, donde pasó la noche».

Los dos episodios que acabamos de evocar son seguidos por un tercer relato más enigmático: el de la «maldición» de la higuera estéril. La higuera es un árbol muy extendido por Palestina; su presencia y su prosperidad son signo del favor divino, y puede utilizarse para describir la era de la paz mesiánica: «Se sentará cada cual bajo su parra y su higuera, sin que nadie le inquiete» (Mi 4,4). Pero, a cambio, también la destrucción de la higuera tiene un gran lugar en las amenazas de los profetas (por ejemplo, Jr 5,17; Ha 3,17).

Éste es el contexto en que hay que leer los versículos del 18 a 22 del capítulo 21 del evangelio de Mateo:

«Al amanecer, cuando volvía a la ciudad, sintió hambre; y viendo una higuera junto al camino, se acercó a ella, pero no encontró en ella más que hojas. Entonces le dice: “¡Que nunca jamás brote fruto de ti!”».

No es nada fácil penetrar en el significado de este episodio. ¿Cómo puede Jesús exigir a una higuera que le dé fruto cuando no es la estación de los higos?; ¿cómo puede castigarla por no ser capaz de calmar su hambre? La cuestión de fondo es, sin duda, la de la esterilidad real a pesar de las apariencias engañosas. La higuera, imagen de Israel, se presenta llena de promesas, pero se revela incapaz de responder a lo que Dios espera, que es precisamente lo que Jesús ansía al entrar de nuevo en la ciudad donde no cesa de celebrarse el misterio de la Alianza. ¿Es aceptable que Jesús, el enviado de Dios, no encuentre nada con que saciar su hambre? Al visitar a su pueblo, Jesús no encuentra más que hojas sin frutos. ¿No es normal, por tanto, que Jesús manifieste lo que acaba de verificar: que Dios, que ha enviado a su Hijo para cumplir la promesa hecha a su pueblo, no puede sino constatar la incoherencia en que se encierra éste, incapaz de responder positivamente a las expectativas de aquel que lo visita?

El texto de Mateo ofrece inmediatamente la prueba de que la palabra pronunciada por Jesús expresa el compromiso de Dios (de la misma manera que las palabras que pronuncia en cada relato de un milagro):

«Y al momento se secó la higuera».

Esta autoridad manifiesta de Jesús suscita un interrogante en sus discípulos, mientras Jesús los invita a entrar con mayor audacia en el universo de la fe:

«Al verlo los discípulos se maravillaron y decían: “¿Cómo al momento quedó seca la higuera?”. Jesús les respondió: “Yo os aseguro: si tenéis fe y no vaciláis, no sólo haréis lo de la higuera, sino que incluso, si decís a este monte: (quítate y arrójate al mar’, así se hará. Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis”».

Jesús sitúa claramente el acto que acaba de realizar en la perspectiva de su unión con Dios, que coincide con el corazón mismo de su persona, pero una unión que también nosotros tenemos que buscar y que no es sino fruto de nuestra fe.

La experiencia que Jesús está viviendo desde que llegó a Jerusalén para hacerse reconocer como rey‑mesías provoca la fe de los hombres y la pone en cuestión. Es la falta de fe lo que inspira a sus adversarios una oposición decidida al plan de Dios y a la revelación que hace de sí mismo en su Hijo. La respuesta estéril a la Alianza de Dios ha sido simbolizada por la ausencia de higos. ¿No consiste el creer en encontrar el punto de apoyo fuera de uno mismo, en aquel en quien se cree? La Escritura está llena de invitaciones a creer, a poner la fe en Dios. Y Jesús, cuando ha entrado en Jerusalén, percibe cada vez más vivamente que su enfrentamiento con las autoridades religiosas del pueblo judío le confronta con la falta de fe de éstas, porque han decidido remitirse a su escasa sabiduría y deshacerse de él como de un estorbo insoportable.

Jesús sabe que su vida está en cierto modo aferrada a la voluntad de su Padre por una adhesión de fe indefectible, y deja que el Padre haga con él lo que desee hacer. De nuestra parte solicita una fe más firme y más decidida. Porque si nos abandonamos a él en la fe, el Padre podrá realizar plenamente su obra también en nosotros. Y para remarcar la irresistible fuerza de la fe, Jesús no sólo nos asegura que podremos realizar actos similares al que él acaba realizar, sino que afirma que la fe en Dios llegará a hacernos mover montañas.

No es preciso que nos detengamos en el sentido literal de esta expresión, porque es poco verosímil que Dios quiera movamos montañas. Pero las montañas pueden, evidentemente, significar obstáculos aparentemente infranqueables. ¿No es esto lo que la fe puede hacernos capaces de superar? Jesús nos ha dado ejemplo a lo largo de su misión e, imitándolo, los que viven una fe fuerte reciben de él la posibilidad de relativizar las dificultades y vencerlas cuando ello va unido al cumplimiento del servicio divino. ¿No es así cómo acaba Jesús su reflexión?

«Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis».

La fe no es, pues, una fuerza que nos habitaría y nos permitiría superar los límites actuales de nuestra acción, una fuerza que duplicaría nuestras posibilidades. Porque la fe, por su propia naturaleza, rompe el círculo que nos hace encontrar en nosotros mismos la fuerza para actuar. Ya lo hemos dicho: la fe consiste en poner nuestra seguridad en el Señor en quien creemos. Y es orando, según nos dice esta última afirmación de Jesús, como nos disponemos a recibir de él lo que sólo él puede darnos.

Llegado a Jerusalén, Jesús sabe que debe remitirse al Padre para que se cumpla, a pesar de todos los obstáculos con que ha de encontrarse, la misión recibida. Otras tantas montañas le parecerán, en el día de la aflicción, que se alzan ante él; pero, en la fe, las apartará de su camino, confiando en aquel a quien, filialmente, ofrece la infinitud de su fe.

La comunión

La comunidad cristiana (Mt 18, 1 ‑22)

Abordamos ahora el cuarto discurso de Jesús en el evangelio de san Mateo. Se encuentra en el capítulo 18 y suele ser conocido como el «discurso sobre la comunidad» o «sobre la Iglesia». Intentemos recapitular a partir de lo que ha sido hasta ahora objeto de nuestra oración. Se trataba de la profesión de fe de Pedro y de la respuesta de Jesús, reconociendo en dicha fe de Pedro la fe de la comunidad reunida a la que damos el nombre de «Iglesia»: «Sobre esta piedra edificaré mi Ig1esía». La Iglesia está constituida por hombres reunidos en nombre de Jesús porque creen en él y están dispuestos a acompañarlo en su camino pascual. Al anunciar su pasión, Jesús invitaba a los suyos a seguirlo: «Si alguno quiere ven ir en pos de mí .. ». Al principio del capítulo 17, mientras los apóstoles ‑y Pedro el primero‑ parecían no haber tomado nota del anuncio de su resurrección, Jesús toma consigo a Pedro, Santiago y Juan y se transfigura ante ellos en la montaña para hacerles comprender que su camino de sufrimiento y muerte es al mismo tiempo la vía de manifestación de la gloria del Cristo, el Hijo de Dios.

En el capítulo 18 nos hallamos ante a una pregunta que los apóstoles le hacen a Jesús. Como éste está edificando su «Iglesla», reuniendo a los que creen en él, se plantea la cuestión de saber cómo va a organizarse esa comunidad. Cuando los hombres deben vivir y actuar juntos, ¿acaso no es preciso que cada cual conozca el lugar que le corresponde? Así pues, hay que introducir en el grupo, en la comunidad, una ordenación muy concreta. De ahí brota la pregunta de los apóstoles:

«En aquel momento se acercaron a Jesús los discípulos y le dijeron: “¿Quién es, pues, el mayor en el Reino de los Cielos?”».

Pregunta que se expresa en términos de superioridad. « ¿Quién es el mayor?. Si vivimos juntos, lo que importa es que cada cual sepa cuál es su lugar en la escala social. ¿Cómo se va, por tanto, a designar y reconocer a quien ocupará el primer lugar?; ¿y cómo van los demás a recibir o descubrir el suyo? « ¿Quién es el mayor en el Reino de los Cielos? En la comunidad que vamos a formar, ¿cuál es la ley que designa al mayor o primero? Leamos ahora los versículos siguientes, hasta el 5, para dejarnos instruir por los gestos y las palabras con que Jesús da respuesta a la pregunta de los apóstoles:

«Él llamó a un niño, lo puso en medio de ellos y dijo: Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos. Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe”».

Antes de decir nada, Jesús responde con un gesto significativo: llama a un niño y lo pone en medio de ellos. En la sociedad judía de aquel tiempo, el niño era alguien que no tenía aún un lugar reconocido en la sociedad, alguien que no contaba. Sabemos cómo, especialmente con motivo de la multiplicación de los panes, el evangelio, para indicar el número de personas reunidas, dice: cinco mil hombres, «sin contar a las mujeres y los niños». El niño es alguien que no tiene aún voz ni voto. Es alguien en quien no se podía encontrar la respuesta a la pregunta que acaban de hacer los discípulos: ¿quién es el mayor? ¿Quién podría atreverse a pensar en un niño como respuesta a esta pregunta?

Y, sin embargo, Jesús pone a un niño en medio de ellos, como para invitar a sus discípulos a no pensar en su comunidad de manera puramente humana y para poner bajo otra luz la unión que viven en su nombre. En la comunidad que funda Jesús, el pequeño debe estar en medio. Como sabe mos, es en el medio donde convergen las miradas: en aquel que ocupa el lugar central; en aquel que, por tanto, es tomado más en consideración; en aquel en torno al cual los demás encuentran su lugar. Mediante el gesto que acaba de hacer, Jesús muestra, pues, que en la comunidad de creyentes se trata de dar el lugar central al que no cuenta, al que espontáneamente sería excluido. De este modo, Jesús plantea una exigencia radical a su Iglesia, a toda comunidad que viva en su nombre: si esa comunidad se funda en la exclusión, no está animada por el Espíritu del Señor. No se da cuenta de que todo el dinamismo que la atraviesa debe, por el contrario, tender a contrarrestar constantemente la ley de exclusión que rige las relaciones entre los hombres. Aquel que corre el riesgo de no encontrar su lugar es precisamente a quien hay que introducir en el círculo y tomar en consideración. Nosotros somos conscientes de la exigencia ‑que nunca logramos satisfacer plenamente‑ de ese gesto de Jesús y de hasta qué punto, sin embargo, es esta ley la que otorga veracidad a nuestra respuesta fundada sobre nuestra común fe en él. Y cuando hablamos aquí de «comunidad eclesial», hablamos, como es natural, de la Iglesia en su conjunto, pero también de toda realidad y toda comunidad eclesial, de toda parroquia, de toda comunidad cristiana, de toda comunidad religiosa, de toda familia cristiana.

Dada la tendencia natural de las cosas y las relaciones de fuerza que demasiado a menudo rigen las relaciones entre los hombres, siempre hay alguna amenaza de exclusión o de considerar carente de importancia a algún miembro de un grupo humano, incluso de creyentes. Por eso dice Jesús que la ley que debe unir al grupo es una ley que se opone a toda forma de exclusión. De manera que quien corre el riesgo de ser excluido debe ser puesto o repuesto en el medio. ¡Cuánta atención por nuestra parte supone esto…! Porque la cuestión de saber quién es ahora entre nosotros el «pequeño» no se resuelve de una vez por todas. Lo contrario supondría que podría designarse de una vez por todas a quien corre el riesgo de ser marginado y olvidado. Lo cual equivaldría, en cierto sentido, a decir: nosotros formamos una comunidad, y yo sé bien quién es el pequeño al que hay que poner en el medio. Pero cuando se ha terminado de poner a ese pequeño en el medio, uno se ve obligado a constatar que ahora hay otro que no es tenido en cuenta. Por tanto, hay que renovar constantemente la mirada y la atención. Es manteniéndose constantemente despierto como se puede constatar a cada instante si alguien corre el riesgo de no ocupar el lugar que le corresponde, si corre el riesgo de ser olvidado, oprimido, excluido, incomprendido o desdeñado. Al poner al pequeño en el medio, Jesús nos dice cómo incitar constantemente nuestra atención y cuál es la ley que debe ordenar nuestro vivir juntos.

Leyendo el versículo 5, descubrimos lo que se vive así en profundidad: «Y el que reciba a un niño como éste en mi nombre a mi, me recibe». Dicho de otro modo, si el más pequeño, si el excluido y el despreciado se encuentran en el centro, es Jesús mismo quien está en el centro. ¿Cómo estar reunidos en nombre de Jesús si no es precisamente estando reunidos en torno a aquel que es ahora el más pequeño, porque Jesús se presenta a nosotros como tal? Jesús nos dicta así la condición para estar realmente en el centro de nuestras comunidades: es preciso que el más pequeño ocupe precisamente ese lugar central. Así es como Jesús está en medio de nosotros. Haciendo esto, da a nuestra comunidad la ley de su verdad y nos introduce a cada uno de nosotros, por tanto, en la verdad de su vida.

Es lo que Jesús ha afirmado en los versículos precedentes: «Yo os aseguro: si no cambiáis y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Así pues, quien se humille como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos». No se trata, pues, de adoptar una actitud de suficiencia respecto del «pobre pequeño» al que hay que reconocer. Entonces estaríamos poniendo en el centro, con aire de superioridad, a quien, en último término, no es nada o, al menos, no es gran cosa a nuestros ojos. Sino que, como se trata de reconocer a Jesús, se trata también de reconocer, a partir de Jesús, dónde se encuentra nuestra propia verdad. Por tanto, poniendo en el centro al pequeño, somos invitados a descubrir que es también ahí donde estamos nosotros. Acceder a nuestra verdad es descubrir que también nosotros somos pequeños, a imagen de Jesús.

«Si no cambiáis y os hacéis como los niños», dice Jesús, indicándonos con ello que se trata de aceptar una verdadera conversión. Por ley de la vida y por las relaciones de fuerza que he mencionado anteriormente, nos arriesgamos a convencernos, equivocadamente, de que los años y la experiencia de la vida nos autorizan a tratar de imponernos a los demás, a mostrar que somos mayores, a intentar ser en todo los primeros, a tener siempre razón… Es preciso luchar contra este convencimiento para acceder a nuestra verdad, que, como proclama Jesús, se halla en el pequeño, en el niño. ¿No está el propio Jesús ante su Padre como un niño absolutamente receptivo? Él nos invita a volver a la condición de niños para adoptar también nosotros dicha actitud receptiva y disponernos así a entrar en el Reino de Dios. Ese Reino lo está anticipando Jesús en la construcción de su Iglesia, la comunidad de los que creen en él. Esta es la paradoja que nos propone: la grandeza se hace pequeñez. «Ser el mayor en el Reino de los Cielos» supone hacerse pequeño, como «este niño», como quien no cuenta para nada.

De este modo, y movido por la pregunta de los apóstoles, Jesús hace una reflexión global sobre lo que es la comunidad que él desea reunir. Veamos el texto de los versículos 6‑10, donde Jesús habla primero del escándalo, y después del desprecio:

«Pero al que escandalice a uno de estos pequeños que cre­en en mí, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar. ¡Ay del mundo por los escándalos! Es forzoso, ciertamente, que vengan escándalos, pero ¡ay de aquel hombre por quien el escándalo viene! Si, pues, tu mano o tu pie te es ocasión de pecado, córtatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida manco o cojo que, con las dos manos o los dos pies, ser arrojado en el fuego eterno. Y si tu ojo te es ocasión de pecado, sácatelo y arrójalo de ti; más te vale entrar en la Vida con un solo ojo que, con los dos ojos, ser arrojado a la gehenna del fuego. Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños; porque yo os digo que sus ángeles, en los cielos, ven conti­nuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos».

Continuando la reflexión a partir de ese pequeño al que Jesús ha situado en el centro ‑a partir, por tanto, de cualquier persona ante la que pudiéramos sentir la tentación de creernos superiores o sobre la que podamos ejercer algún poder, Jesús nos invita a reflexionar sobre lo que podría ser dicho ejercicio del poder. ¿No podría éste encubrir el escándalo o el desprecio?; ¿qué hay que entender por estas palabras de Jesús: «¡Ay del mundo por los escándalos! ¿Es forzoso que vengan escándalos»? Si Jesús habla de que es forzoso, es por que el hombre es pecador; en cuanto al escándalo de que se trata, no es ni más ni menos que la posibilidad que nos acecha de ser causa de muerte para los demás. El escándalo tenemos que figurárnoslo como la posibilidad de ser un obstáculo para los demás, entendiendo por ello todo cuanto se opone a la dinámica de la vida, de la verdadera vida, en el corazón de los otros. Y Jesús nos dice: es posible, es incluso forzoso, que a veces lo vivamos.

Por tanto, Jesús nos invita a caer en la cuenta de que no somos las únicas personas implicadas en nuestros actos, nuestras palabras y toda nuestra conducta. Nadie vive la vida completamente solo, sino que siempre produce algún impacto en los demás. Ahora bien, esto puede ir tanto en favor de la vida como de la muerte. Ser causa de escándalo para otro equivale a ser un obstáculo en él para el desarrollo de la vida, para la fuerza de la vida y, por tanto, inscribir en él un germen de muerte. Y si reflexionamos sobre ello, ¿no constatamos que así es como suele ocurrir? La palabra que digo, la frase que pronuncio, el gesto que hago, la reacción que muestro, mí modo de actuar o de no actuar. : Todo ello tiene repercusión en los demás. Portar el escándalo es causar en el otro una especie de déficit de vida: aportarle desánimo o escepticismo, encerrarle en sí mismo o hacer nacer en él reacciones menos buenas; todo esto es escándalo para mi hermano; todo esto es, para el pequeño ante el que me sitúo ahora, causa de muerte en lugar de causa de vida.

Obviamente, hay que reconocer que el Señor nos da también la posibilidad de ser para los demás causa de vida. Porque podemos decir la palabra debida, suscitar en el otro el impulso de vida, sostener en él una vida que en ese momento se tambalea o está amenazada. Jesús nos invita a reflexionar sobre ello, porque forma parte de la cotidianeidad de la comunidad, de la realidad habitual de nuestros encuentros y de nuestra vida juntos.

Para subrayar la importancia de lo que acaba de decir, Jesús, utilizando palabras muy fuertes, afirma: más te valdría perder la vida. « ¡Ay de aquel hombre por quien el escándalo viene mas le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molíno que mueven los asnos, y le hundan en lo profundo del mar». Vas contra la vida que está en tí; estás, pues, matando tu propia vida. Más te vale perder tu vida precaria y pasajera que amenazar la verdadera vida que hay en ti y en los demás. Y puesto que es a través de todo tu cuerpo, a través de los órganos que te han sido dados para actuar (tu mano, tu pie, tu lengua…) como llegas al otro, más te vale cortarte la mano, el pie o la lengua cuando veas que son portadores de muerte para el otro. Si tu palabra hiere o destruye, más te vale cortarte la lengua que utilizarla de ese modo. Y si tu mano o tu pie están ahí para impedir a tu hermano crecer, existir, o son un obstáculo para él, más te vale perder la mano o el pie. Jesús nos invita así a ver la verdadera vida como más importante que la vida mortal y pasajera que tenemos. Lo que se vive para desarrollar la verdadera vida es decisivo, es en lo que hay que poner la atención. Más te vale entrar tuerto en la verdadera vida que ser arrojado con los dos ojos a la gehenna del fuego.

Después de haber hablado del escándalo, Jesús evoca también otras actitudes que podríamos tener en la relación con el prójimo, a saber, toda clase de suficiencia y desprecio: «Guardaos de menospreciar a uno de estos pequeños». Mirar al otro por encima del hombro, juzgarlo a partir de nuestra propia grandeza o excelencia, despreciar al otro… es de nuevo destruir la verdad de nuestra relación, y de una relación que no basta para definir nuestra interconexión personal. Porque, como dice Jesús, «sus ángeles, en los cielos, ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos». Si comprendes lo que es el otro, lo que es cada uno de estos pequeños, tomarás conciencia de que tiene una relación directa con el Padre, de que es amado por El, de que es objeto de su ternura. Si eres consciente de ello, ¿cómo puedes menospreciar al otro, en quien reside la presencia del amor de Dios? No puedes vivir tú mismo en el amor si no es uniéndote al amor allí donde el Padre, que ama infinitamente a todo ser humano, te lo muestra.

Después habla Jesús de la oveja perdida, pero lo hace en un contexto distinto del que aparece en Lucas, donde esta parábola escenifica la misericordia del Padre. En el contexto de una reflexión sobre la comunidad, el acento no se pone aquí en la manera en que Dios va en busca del pecador, sino que se trata más bien de la manera en que nosotros, miembros de la comunidad, tenemos que preocuparnos de quien se extravía: «¿Qué os parece? Si un hombre tiene cien ovejas y se le descarría una de ellas, ¿no dejará en los montes las noventa y nueve para ir en busca de la descarriada? Y si llega a encontrarla, os digo de verdad que tiene más alegría por ella que por las noventa y nueve no descarriadas. De la misma manera, no es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños».

Pasemos brevemente por los tres temas que siguen. En los versículos 15 a 18 se presenta el tema de la corrección fraterna. Sin entrar en el detalle de la cuestión, en mi opi­níón podemos comprender la reflexión presentada por Jesús como sigue:

En este pasaje, Jesús nos invita a comprender que cada persona tiene un precio inestimable. No hay que sentirse satisfecho por el hecho de que noventa y nueve de cien se salven; hay que preguntarse por la número cien. Y no sólo preguntarse, sino ir en busca de ella. Así se comparte la preocupación que siente Dios por cada uno de sus hijos. «No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno solo de estos pequeños». Vivir esto es adherirse al amor de Dios por cada uno de sus hijos y a la alegría que siente al encontrarlos a todos. Compartamos esa alegría de Dios, hagamos nuestra esa alegría llevando a él a los extraviados. Esto significa que en la comunidad es conveniente estar atento a lo que puede ser bueno y saludable para todos.

«Si tu hermano llega a pecar [no se trata de saber lo que ha hecho por mí o contra mí, sino de saber lo que él esta vivien­do en su relación con Dios y, quizá, el drama en que podría es­tar sumido], ve y repréndele, a solas tú con él. Si te escu­cha, habrás ganado a tu hermano».

Aquí hay que recordar lo que se ha dicho del escándalo y el menosprecio: no vives solo; debes sentirte afectado por lo que vive tu hermano y preguntarte lo que puedes hacer por él. ¿Qué hacer cuando se encuentra en dificultades,

cuando puede zozobrar? Es verdad que no siempre es posi­ble actuar de una manera que todos acepten incondicional­mente. Si no me es posible intervenir a mí, quizá pueda en­contrar alguna persona a la que escuche más fácilmente‑

«Si no te escucha, toma todavía contigo a uno o dos … ».

Yo traduciría así esta recomendación: intenta encontrar a alguien que pueda tener un poco más de autoridad o de influencia sobre él y cuyas palabras puedan ser recibidas más fácilmente. Y si esto, de nuevo, no conduce a nada, les desoye a ellos, díselo a la comunidad».

Quizá podríamos traducir este consejo como sigue: ha­bla de ello a quien tenga la responsabilidad de la comuni­dad. Quizá él mismo, ejerciendo su responsabilidad, en­cuentre la manera de intervenir y ayudar.

«Y si hasta a la comunidad desoye, sea para ti como el gentil y el publicano».

Dicho de otro modo: si finalmente, intentando hacer to­do cuanto es posible, ves que no consigues nada, no pierdas la paz, porque has hecho lo que tenías que hacer; ahora pue­des seguir haciendo por él lo que haces por todo aquel que no pertenece a tu comunidad, el gentil o el publicano: pue­des rezar por él y confiárselo a Dios.

«Yo os aseguro: todo lo que atéis en la tierra quedará ata­do en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo».

En otras palabras, Jesús nos dice: comprended que lo que vivís así tiene un peso de eternidad ante Dios y no es asunto exclusivo de los humanos. No se trata únicamente de vuestras pequeñas historias, sino de algo más profundo: se trata del camino de la caridad y la salvación para todos. Comprended que lo que vivís de ese modo lo vivís ya de­lante de Dios.

En los versículos 19 y 20 se nos hace una recomenda­ción sobre la oración en común. jesús nos dice que podemos experimentar su presencia y descubrirnos congregados por él cuando nos reunimos para dirigirnos juntos a nuestro Padre del cielo; porque ¿cómo podríamos volvernos juntos hacia nuestro Padre del cielo si no es en virtud de la presencía de Jesús en medio de nosotros, que nos abre a la rea­lidad de nuestra filiación? Orar juntos al Padre es, pues, orar con Jesús y experimentar la fe en el Padre que él nutre, sa­biendo que el Padre nos ve y nos escucha: «Lo conseguirán de mi padre que está en los cielos».

Unas palabras sobre los dos versículos si­guientes, que hablan del perdón de las ofensas. Pedro pre­gunta a Jesús:

«¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?».

En su generosidad, Pedro está dispuesto a repetir el per­dón más de una vez. Pero fija un límite (siete), porque es preciso que el otro comprenda que no siempre le toca a la misma persona dar el primer paso y humillarse. ¿Hay que llegar hasta siete veces?

«Dícele Jesús: «No te digo hasta siete veces, sino hasta se­tenta veces siete”».

Es decir: siempre. Ésta es la ley del perdón para toda comunidad cristiana. Si no está inscrito en ella el perdón mutuo, ¿cómo puede esa comunidad vivir y resistir?; ¿cómo podría una comunidad cristiana mantener su coherencia y la fuerza de su testimonio si no viviera constante y explícita­mente ese perdón concedido y ese perdón recibido?

La fe en Jesús

La fe en Jesús y la renuncia a nosotros mismos (Mt 16,13‑26)

Abordamos ahora el capítulo 16 del evangelio, centrándonos en los versículos 13 a 26. Después de las parábolas del capítulo 13, todas las cuales evocan algún aspecto del Reino de Dios, el capítulo 14 ha relatado la historia de la condena y la ejecución de Juan el Bautista.

En el corazón del drama que vive Jesús frente a la libe­tad humana, capaz de acogida, pero también de rechazo, el destino de Juan el Bautista viene a proyectar una luz sobria. En Juan el Bautista se anticipa de alguna manera el destino mismo de Jesús; en él se verifica una vez más la historia dramática de los profetas, finalmente rechazados e incluso condenados a muerte. Afrontando la libertad del hombre, Jesús entra a su vez en el drama que la ejecución de Juan el Bautista anticipa; entra ya en su misterio pascual. Y éste será explícitamente evocado en el texto que abordamos ahora.

Otros episodios son relatados en los capítulos 14 y 15 y al comienzo del capítulo 16: varios milagros de Jesús, diversas controversias con quienes se oponen a su enseñanza. En medio de los milagros donde el Señor manifiesta su presencia y lo que puede ser para el hombre ‑dos multiplicaciones de panes, caminar sobre las aguas y diversas curaciones‑, ocupan un lugar los debates sobre ciertas prácticas y varias palabras pronunciadas por él.

Llegamos al capítulo 16, versículo 13, que relata un acontecimiento central en el desarrollo del evangelio de san Mateo, paralelamente a lo que proponen los otros evangelios sinópticos. Pedro va a expresar a Jesús su profesión de fe.

«Llegado Jesús a la región de Cesarea de Filipo, hizo esta pregunta a sus discípulos: “¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?”. Ellos dijeron: “Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas”».

Jesús se detiene entonces un momento para, de alguna manera, dejar las cosas claras con sus discípulos. Les pregunta en primer lugar sobre lo que ellos oyen decir, sobre lo que otros creen reconocer en la enseñanza y en los actos del Señor. En la pregunta, Jesús se designa a sí mismo con los términos «HiJo del hombre». Se trata de una expresión que le gusta utilizar y que remite al capítulo 7 del libro de Daníel, donde Dios, el Anciano, encarga al Hijo del hombre que ejerza su imperio sobre todas las naciones en un reino que no tiene fin. Jesús lo utiliza para significar que es en él en quien debe instaurarse el Reino de Dios.

La respuesta nos dice cómo es interpretado Jesús por quienes están abiertos a su enseñanza, por quienes acogen su palabra. Lo ven inscrito en la línea de los profetas. Dios ha guiado y visitado a su pueblo, mostrándole su atención y su benevolencia. Dios, a través de él, habla a su pueblo. Sin embargo, Jesús no se detiene ahí, sino que interroga a los apóstoles sobre lo que ellos piensan de él.

«y vosotros ¿quién decís que soy yo?”. Simón Pedro contestó: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”».

La pregunta se les hace ahora a quienes han seguido más de cerca a Jesús, a quienes más han compartido su vida y sus peregrinaciones y se han beneficiado de su enseñanza y de sus actos de cada día. Jesús les pregunta lo que ellos han descubierto en su persona. Pregunta que se nos hace a cada uno de nosotros. Pregunta que pone en cuestión, no sólo una interpretación teórica de la persona de Jesús, sino la actitud personal con respecto a él: « ¿Quién soy yo ?». Esto afecta a la manera de situarse frente a Jesús y, por tanto, de orientar la vida a partir de él y en función de él.

La respuesta de Pedro es, como anunciábamos al introducir la lectura de este pasaje, una profesión de fe. Conforme a la pregunta hecha ahora por Jesús, Pedro ya no repite lo que ha oído a la gente; responde en nombre propio y designa a Jesús como alguien que no sólo está inserto en el linaje de los profetas, sino que merece el título de Cristo y de Hijo de Dios vivo.

¿Qué debemos entender por estas palabras: «el Cristo»? La expresión significa: «aquel que ha recibido la unción de Dios», que es lo que significa también la palabra Mesías, que viene del hebreo y corresponde exactamente a la palabra Cristo, cuyo origen es griego. Mesías, o Cristo, quiere decir: aquel que ha recibido de Dios la unción para hacer realidad la salvación prometida por Dios a su pueblo. ¿No está toda la historia del pueblo de Israel orientada hacia el día en que Dios manifestará su poder consumando definitivamente la salvación prometida a su pueblo? Y lo hará enviando al Cristo Mesías. Simón Pedro y, a través de él, los discípulos reconocen en Jesús a aquel que es el Mesías anunciado. Ya no únicamente alguien que vendría a inscribirse en la lista de los profetas y después del cual podría llegar otro, sino alguien en quien culmina toda la espera de Israel, alguien en quien se realiza la promesa de Dios al pueblo con el que ha querido establecer su alianza.

Decir con Simón Pedro: «Tú eres el Cristo» es pues decir: yo, recibiéndote, recibo plenamente el don de Dios. Ya no hay nadie a quien esperar. Si bien después de un profeta viene otro profeta, después del Cristo no hay otro Cristo. Jesús es, por tanto, reconocido como aquel que es el objeto de toda la esperanza que atraviesa la historia del pueblo de la Alianza. Jesús es la verdad última que Dios dice al hombre, su revelación última. Jesús es aquel cuyos gestos salvíficos expresan la acción misma de Dios con respecto a los hombres.

«Tú eres el Hijo de Dios vivo»: estas palabras nos introducen en el interior de la relación viva que une a Jesús con Dios. En Jesús se descubre, a oídos de Pedro y de los apóstoles, a aquel que es el Hijo mismo de Dios, aquel en quien Dios mismo se da y se revela, aquel en quien descubrimos, por ello Mismo, nuestra propia filiación divina. Así pues, Jesús se revela a Pedro y a los discípulos como el Hijo de Dios. Si nosotros hacemos nuestras las palabras pronunciadas por Pedro, profesamos a nuestra vez que Jesús es aquel de quien lo esperamos todo, aquel que nos introduce en una relación nueva con Dios, una relación de la que él mismo es el principio y que nos une a Dios como un hijo puede estar unido a su padre.

En respuesta, Jesús le dice:

«Bienaventurado eres, Sírnón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos».

Jesús celebra en cierto modo la profesión de fe de Pedro, porque no ha podido pronunciarla más que a partir de una revelación cuyo origen no se encuentra en la mera experiencia humana («la carne y la sangre» de quien es designado como «hijo de Jonás»). Sólo Dios, el «Padre que está en los cielos», ha podido hacer nacer en el corazón y en los labios de Pedro esta adhesión a la revelación de su Hijo. En el evangelio de Juan, Jesús declara análogamente: «Nadie puede venir a mí si el Padre que me ha enviado no lo atrae» (Jn 6,44). Sólo el Padre puede revelar a los hijos que somos nosotros que en Jesús viene a nosotros y nos ama.

Nos volvemos a encontrar, pues, en la dinámica que nos sugería la lectura precedente, donde se nos decía que «nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar». Aquí se añade esta afirmación, también incontestable: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y aquel a quien el Padre se lo quiera revelar». Conocer a Jesús como Pedro lo conoce ahora es algo que sólo el Padre puede comunicar a los humanos. De alguna manera, es la generación de Dios realizándose en nosotros lo que nos permite descubrir en Jesús el principio de la filiación que nos es ofrecida. Pedro reconoce y nos invita a reconocer en Jesús a aquel que nos revela quiénes somos nosotros por la gracia de Dios y, por tanto, quién es Dios para nosotros, porque en Jesús, su Hijo, se manifiesta como nuestro Padre.

«Y yo, a mi vez, te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella».

La palabra «Iglesia» que aquí se utiliza no tiene la significación precisa que hoy le damos. De hecho, designa una agrupación, una comunidad que se está constituyendo. La Iglesia será, como sabemos, constituida definitivamente por la venida del Espíritu, pero comienza a nacer y a manifestarse en la historia a partir de la fe de Pedro y los apóstoles. Y es sobre esta fe de Pedro y de los apóstoles sobre la que Cristo quiere constituir su comunidad, la Iglesia congregada para anticipar en alguna medida el Reino de Dios. Así es como el Reino empieza a tomar forma, por la reunión en comunidad de fe de quienes reconocen a Jesús y profesan su fe en él.

En cuanto a las «puertas del Hades», las fuerzas de muerte y de pecado, nada podrán contra esta comunidad establecida sobre la fe en Jesús. La roca sobre la que ésta reposa es esa roca que Jesús designa aquí a través del nombre dado a «Simón, hijo de Jonás»: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Ig1esía». Los salmos gustan hablarnos del propio Dios como la roca sólida sobre la cual reposa nuestra fe. A esta luz podemos decir que nuestra fe es sólida y capaz de resistir, porque está establecida sobre la roca que es Dios. Volviéndose hacia Pedro, Jesús declara: tu fe en mí está llamada a ser en adelante la roca sobre la cual se establezca la comunidad de los creyentes.

«A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».

En esta comunidad de fe que comienza a nacer, en esta Iglesia que espera aún ser fundada definitivamente, hay un poder realmente divino. Dios, que viene a reunir a los hombres en su Hijo, seguirá reuniéndolos en su Iglesia, cuerpo de Cristo. El poder dado por Dios a su Hijo habita la Iglesia para que sirva de mediación en el establecimiento del Reino de los cielos. Jesús vino para establecer el Reino de Dios, para reunir a todos los hombres en Dios y para Dios, y esto debe continuar, en el camino que recorrerá la historia, en su Iglesia. Lo que la Iglesia dice, lo que articula, lo que ata o desata, es decir, lo que permite y lo que prohíbe, lo que condena o lo que absuelve, todo ello no es hecho en su propio nombre, sino en nombre de Dios mismo.

Así vemos perfilarse ante nuestros ojos la realidad en que vivimos, que no es otra que la realidad de la Iglesia de Cristo, fundada sobre la fe de los apóstoles que nosotros profesamos hoy. Esta fe es la que nos introduce en el interior de la comunidad creyente, cuya vida compartimos‑ es este acto de fe el que nos hace existir en el interior de la comunidad reunida por Jesús, en nombre de Jesús.

«Entonces mandó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el Cristo».

Encontramos una recomendación similar después del milagro de la curación del leproso. De nuevo, se trata de atajar toda ambigüedad. Decir que Jesús es el Cristo y el Hijo de Dios es afirmar algo que puede ser interpretado de diversos modos. En tiempos de Jesús se esperaba al Mesías desde perspectivas muy variadas. Para algunos se trataba de un Mesías político llamado a ponerse a la cabeza de su pueblo para vengar a Israel de sus enemigos. Decir que Jesús es el Cristo es, pues, afirmar una verdad que puede fácilmente inducir a error. Únicamente en la medida en que se descubre desde el interior el misterio de Jesús, es esta afirmación portadora de su verdad; sólo así sabe uno lo que dice al decir que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios. Es en contacto prolongado con Jesús como Pedro y los que vivieron con él descubrieron que era el Cristo. E incluso, aun cuando lo descubrieran lo bastante como para afirmar su fe en él, no lo habían descubierto plenamente, como lo demuestra la continuación del evangelio en el texto siguiente:

«Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día».

La misma secuencia se encuentra en los tres evangelios sinópticos: después de la profesión de fe de Pedro, Jesús empieza a hablar de su pasión, su muerte y su resurrección. Porque podría decirse que es a partir del momento en que el hombre está suficientemente unido a Jesús, a partir del momento en que deposita en él una confianza indefectible, estableciendo sobre él su fe en Dios mismo, es a partir de ese momento cuando puede ser iniciado poco a poco en la dinámica pascual que atraviesa la vida de Jesús y que él es llamado a compartir. La ley a la que obedece la vida de Jesús no es otra que la del misterio pascual. A partir del momento en que los discípulos creen suficientemente en él, reconociéndolo como Mesías, Jesús puede introducirlos poco a poco en el drama al que les arrastra. Deben ir a Jerusalén, es decir, no sólo afrontar las controversias en las que Jesús no deja ya de debatirse, sino también afrontar a las autoridades del pueblo de Israel (los ancianos y los sumos sacerdotes), y no para ser reconocido por ellas, sino para ser incomprendido y, condenado.

Este era el drama anunciado por los profetas, y en especial por los cantos del Siervo sufriente. Por tanto, no es siendo reconocido como Mesías como Jesús corroborará a los profetas mesiánicos. Evidentemente, para los discípulos

Este discurso es nuevo, absolutamente inédito. Para nosotros, que conocemos la continuación de la historia, es fácil ver en la resurrección la luz que ilumina todo cuanto la precede. Pero para Pedro y los demás, oír decir a Jesús que va a Jerusalén para ser matado es un auténtico escándalo.

Pedro, que acaba de reconocer al Mesías, no puede aceptar estas nuevas palabras de Jesús:

«Tomándolo aparte Pedro, se puso a reprenderle diciendo: “¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!”. Pero él, volviéndose, dijo a Pedro: “¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Escándalo eres para mí, porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres!”».

Ésta es la dificultad que encuentra el hombre cuando quiere entrar en el Evangelio de Jesús, en la lógica que atraviesa su vida, en la dinámica pascual de su existencia. Nosotros sabemos que hay una resistencia fundamental que surge entonces en el hombre, una dificultad que tiene que vencer si quiere remitirse a la Palabra de Jesús. Ciertamente, querríamos encontrar otro camino para evitar el que se perfila en nuestra mente. ¿No sería posible «resucitar» sin morir?‑, ¿no sería posible inventar otro camino de salvación? Así es como Pedro se opone al discurso de Jesús. Y Jesús, que acaba de decirle: quien habla en ti es el Padre mismo, le dice ahora: quien habla en ti es Satán. Ya no estás abierto al pensamiento de Dios, sino que piensas como un pecador.

Este breve pasaje nos presenta un contrastado perfil de la relación entre Pedro y Jesús. El Pedro que nos introduce en la fe es también el Pedro que nos hace comprender que la fe en nosotros es una historia difícil, que puede estar minada en su interior y reducirse, a veces sin que seamos conscientes de ello, a miras demasiado humanas. ¿Hemos de asombrarnos?; ¿no sentimos frecuentemente la tentación de reducir nuestra fe en Jesús a un elemento entre otros de nuestra pequeña historia, de esa historia que proyectamos según nuestros puntos de vista, según nuestros deseos, según nuestra manera de concebir la vida, en lugar de dejarnos arrastrar a la gran historia de Jesús, a la historia de su Pascua?

Pero ahora Jesús amplía su discurso y se dirige a todos sus discípulos:

«Entonces dijo Jesús a sus discípulos: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierda su vida por mí la encontrará. Pues ¿de qué le servirá al hombre ganar el mundo entero si arruina su vida? o ¿qué puede dar el hombre a cambio de su vida?».

El discurso de Jesús se dirige de nuevo a nuestra libertad. Porque nuestra adhesión no puede ser sino una adhesión libre; no hay en ella nada de impuesto ni de opresivo. Jesús no dice: tenéis que morir; dice: «Si alguno quiere venir en pos de mí… ». Se propone, por tanto, a nosotros como quien dispone de la verdad y quiere hacernos partícipes de ella, como quien nos hace descubrir el verdadero camino del hombre, como quien nos enseña lo que es para el hombre vivir, morir y amar. Jesús nos permite entrar en el interior de ese misterio que él nos revela. Pero el hombre puede también no aceptar seguir el camino que Jesús le abre… Escuchemos lo que Jesús propone a quien se pone a seguirle: «Niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame».

Seguir a Jesús implica, pues, pasar necesariamente por la renuncia a uno mismo, es decir, por toda clase de muertes que permiten entrar en la verdadera vida. Llevar la cruz con Jesús es fuente de salvación. Todas las cruces ‑las que nos son impuestas y las que aceptamos‑, con la coedición de vivirlas, aunque sea inconscientemente, con Jesús, expresando nuestra unión con él, son para nosotros fuente de salvación y de vida. Para nosotros, pero no únicamente para nosotros. Porque así nos asocia Jesús a ese gran misterio de la salvación universal que él ha venido a hacer realidad entre nosotros y con nosotros.

Jesús nos interroga, por tanto, sobre nuestra manera de entender nuestra relación con nuestra propia vida. Hay una manera muy humana de relacionarse con la propia vida que es querer protegerla, «salvarla», conservarla, ejerciendo una relación posesiva con ella: que a nadie se le ocurra tocar mí vida. Pero así es también como el hombre pierde su propia vida. Querer proteger la vida es, en efecto, no vivir verdaderamente, es impedirse vivir, es cerrarse a todas las posibilidades de vida que hay en uno. Sí concebimos nuestra relación con nuestra vida como una relación en la que se trata ante todo de proteger nuestra vida de todo cuanto puede amenazarla, la reducimos a ese pequeño mundo sobre el cual reinamos, negándonos a entrar en el mundo de Dios, mundo de amor sin límites.

Pero hay otra manera de relacionarse con la propia vida: en lugar de querer salvarla, aceptar perderla. «Perderla» significa «darla», dejar que sea tomada, no poseerla uno mismo, sino ofrecérsela a Dios y a los demás: «Quien pierda su vida… ». Nuestra relación con nuestra vida debe expresarse en la ofrenda, en la desposesión, en el don. Así es como el propio Jesús vivió su vida. Y vivir así a causa de Jesús, siendo arrastrado por él, dejándonos, por así decirlo, fascinar por la manera de Jesús de vivir su vida, es lo que nos permite encontrar la verdadera vida, descubrir lo que es vivir, y descubrirlo cada vez más profundamente.

«Quien pierda su vida por mí, la encontrará». Es como si hubiera para nosotros una búsqueda siempre por recomenzar y que se hace realidad en la medida misma en que perdemos nuestra vida. Buscamos la vida, pero hay que perderla para encontrarla. Y es en la medida en que seguimos perdiéndola como la encontramos más. Esto es lo que Jesús nos dice de nuestra verdadera relación con la vida, que se ilumina a partir del misterio pascual.

Jesús termina subrayando que se trata de la cuestión esencial, no de una cuestión secundaria. Es la cuestión esencial, porque se refiere al todo:

«¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida?».

¿Qué hay fuera de la vida? La pregunta que se refiere a nuestra vida, a nuestra relación con nuestra vida, es la pregunta total que tenemos que afrontar: « ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero… Jesús nos pide que afrontemos esta pregunta no como una pregunta pasajera. Nuestra vida misma es la respuesta. Hablándonos de su camino de muerte y resurrección, Jesús quiere introducirnos en lo que es la auténtica ley de la vida. Aceptando que nos introduzca, podremos descubrir esa ley de la vida que consiste en encontrarla perdiéndola.

La predicación de Jesús

El discurso en parábolas (Mt 13,1‑23)

Abordamos la lectura del tercer discurso contenido en el evangelio de san Mateo: el discurso en parábolas, que coincide con el capítulo 13. Nos limitaremos a la primera parábola, con la introducción que la precede y la explicación que de ella da Jesús, es decir, los versículos 1‑23, ampliando el contexto: del final del capítulo 12, versículos 46‑50, al final del capítulo 13, versículos 53-58.

Decíamos que la palabra de Jesús es una palabra sometida a la libertad del hombre y, por tanto, frecuentemente objeto de contradicción: es una palabra que puede ser recibida, pero que también puede ser rechazada; una palabra que reune pero que también puede dividir. Quienes acogen la palabra de Jesús forman juntos una nueva familia, cuyo fundamento lo constituye su palabra. Esto es lo que Jesús mismo afirma al final del capítulo 12:

«Todavía estaba hablando a la muchedumbre, cuando su madre y sus hermanos se presentaron fuera y trataban de hablar con él. Él respondió al que se lo decía: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?”. Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: “Éstos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre de los cielos, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre».

Jesús viene a revelar un lazo entre los hombres que ya no es meramente el lazo «de la carne y la sangre», sino el lazo establecido por la Palabra de Dios, y en concreto por la fe y la obediencia a esa Palabra, por la respuesta que se le da, por la adhesión a la voluntad de Dios que ella propone. Por una parte, pues, Jesús envía a los suyos ‑como hemos visto en el segundo discurso‑ y, por otra parte, reúne. Y esa reunión no puede fundarse más que en la adhesión libre del hombre a la palabra que se le ofrece.

Encontramos, por otra parte, un texto bastante similar al final del capítulo 13, después de las parábolas que contiene ese capítulo. No se trata ya de la familia de Jesús, sino de las personas de su entorno que, como él, viven en Nazaret. Leemos en el versículo 53:

«Y sucedió que, cuando acabó Jesús estas parábolas, partió de allí. Viniendo a su patria, les enseñaba en su sinagoga, de tal manera que decían maravillados: “¿De dónde le viene a éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es éste el hijo del carpintero? ¿No se llama su madre María, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros? [Sabemos que los términos «hermanos»y «hermanas» hay que entenderlos, en la sociedad judía, en un sentido más amplio que el habitual para nosotros hoy]. «Y se escandalizaban a causa de él. Mas Jesús les dijo: “Un profeta sólo en su patria y en su casa carece de prestigio”. Y no hizo allí muchos milagros, a causa de su falta de fe».

Los lazos de vecindad de que aquí se trata pueden ser muy flojos, y no necesariamente son significativos de las nuevas relaciones que Jesús viene a establecer: lazos de adhesión a su palabra y de acogida de los signos que realiza cumpliendo su misión. Jesús es aquel que, mediante su palabra, a la vez reúne y establece una especie de división entre los hombres. Esto es lo que va a aclarar ahora a través del discurso que nos presenta el principio del capítulo 13:

«Aquel día, salió Jesús de casa y se sentó a la orilla del mar. Y se reunió tanta gente junto a el que hubo de subir a sentarse en una barca, y toda la gente quedaba en la ribera. Y les habló muchas cosas en parábolas».

Jesús prosigue aquí su ministerio de enseñanza, no ya desde lo alto de un monte, sino al borde del mar. Y la muchedumbre, como en tantos otros lugares del evangelio, se congrega a su alrededor. Para poder dirigirse a la multitud, ahora que no puede adoptar la distancia que le permitía la ladera de la montaña, Jesús se sube a una barca. Y se dirige a la multitud que hay ante él «en parábolas». La parábola presentada al principio del capítulo 13 es la primera e introduce al mismo tiempo todo el discurso en parábolas de Jesús, que pretende hacer comprender lo que significa hablar en parábolas y cómo el hombre puede situarse frente a la palabra de Jesús cuando se presenta en forma de parábola.

Cuando Jesús se sube a la barca, percibe inmediatamente el destino reservado a esta Palabra: es ofrecida a todos, pero puede ser acogida o no. Jesús percibe cómo la Palabra va a encontrar terrenos de desarrollo propicios o no. Y esto es lo que va a inspirar su propio mensaje, en el cual evocará, en cierto sentido, la situación en la que él mismo se encuentra.

Hemos tenido ocasión de hablar de esta doble sabiduría que Jesús encuentra en los hombres, la una, puramente humana‑ la otra, inspirada por Dios y a la que aceptan abrirse. Las mismas actitudes se observan frente al don que es la Palabra de Dios: este don se ofrece y tropieza con la libertad de los hombres. Jesús está en una relación tan directa con la voluntad humana que su vida misma depende de ella: puede ser acogido o rechazado por el hombre. ¿No decía en el discurso de la misión que el apóstol puede ser acogido o, por el contrario, ver cómo se le cierra la puerta? De esto es de lo que Jesús quiere hablar: de las puertas que permanecen cerradas, de las que se abren y de las que no permiten llegar al corazón de la casa. No busquemos ahora más allá el significado de esta parábola, porque el propio Jesús va a encargarse de hacerlo.

«Decía: “Salió un sembrador a sembrar”». Esto es lo que vive Jesús; él es el sembrador‑ y es también la semilla que el Padre quiere esparcir por la tierra.

«Y al sembrar, unas semillas cayeron a lo largo del camino; vinieron las aves y se las comieron».

La palabra que Jesús dirige, su enseñanza, su anuncio de la Buena Nueva, es para Jesús la semilla que quiere arrojar a la tierra. Pero descubre que a veces los pájaros vienen inmediatamente a comerse esa palabra.

«Otras cayeron en pedregal, donde no tenían mucha tierra, y brotaron enseguida por no tener hondura de tierra; pero en cuanto salió el sol, se agostaron y, por no tener raíz, se secaron».

Ésta es otra tierra que Jesús tiene ante sí, una tierra a la que las raíces no pueden aferrarse.

«Otras cayeron entre abrojos crecieron los abrojos y las ahogaron».

Otra situación más que Jesús vive: cuando la palabra es sofocada sin poder desarrollarse, sin encontrar un espacio donde madurar.

«Otras cayeron en tierra buena y dieron fruto, una ciento, otra sesenta, otra treinta. El que tenga oídos, que oiga».

Jesús encuentra, finalmente, esta otra posibilidad: una respuesta acogedora, positiva, en una tierra buena que permite a la palabra dar fruto, y fruto abundante, que puede llegar hasta ciento, sesenta o treinta por uno. Y Jesús concluye invitando a acoger la palabra que acaba de pronunciar, a oír lo que acaba de decir: «El que tenga oídos, que oiga».

Pero resulta que, inmediatamente después, los discípulos se dirigen a Jesús para lograr comprender el sentido de la palabra dirigida a la muchedumbre:

«Y acercándose, los discípulos le dijeron: “¿Por qué les hablas en parábolas?”. Él les respondió: “Es que a vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los Cielos, pero a ellos no. Porque a quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará. Por eso les hablo en parábolas, porque viendo no ven y oyendo no oyen ni entienden. En ellos se cumple la profecía de Isaías: ‘Oír, oiréis, pero no entenderéis‑, mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane ».

La pregunta que los discípulos hacen a Jesús concierne directamente a la razón de las parábolas: ¿por qué habla Jesús así?‑ ¿por qué utiliza parábolas? Antes de entrar en la respuesta de Jesús, ¿no podemos recordar lo que se nos ha dicho a propósito de los signos que son los gestos de Jesús? Si esos gestos realizados por Jesús son signos ofrecidos tanto a sus beneficiarlos como a los que asisten al acontecimiento, ¿no está claro que esos signos pueden ser acogidos o rechazados, que pueden ser comprendidos o quedar incomprendidos? Recordemos las vivas reacciones de Jesús, en el capítulo 11, a propósito de Corazín, Betsaida y Cafarnaún.

Si eso ocurre con las obras de Jesús, ¿cómo asombrarse de que lo mismo ocurra con su palabra? La palabra de Jesús ‑como ya hemos dicho‑ es una palabra de revelación. No se sitúa, pues, únicamente como prolongación de otras palabras humanas: el sentido de que es portadora está siempre más allá de lo que, de inmediato, puede comprenderse en ella. Es posible comprender lo que dice Jesús superficialmente, sin acoger la revelación que transmite. También se puede, por el contrario, al tiempo que se acoge esta palabra, penetrar en el interior del sentido que ella revela.

Lo que ahora decimos a propósito del tercer discurso de Jesús podíamos ya enunciarlo en cierto sentido a propósito del Sermón de la Montaña. Cuando Jesús proclama: «Dichosos, los pobres, porque suyo es el Reino de los cielos», ¿no puede entenderse de manera que suscite una reacción negativa?; ¿cómo sostener que el miserable tiene la experiencia de una felicidad que el hombre rico ignora a pesar de que no le falte de nada? En cuanto al Reino de los cielos, ¿dónde situarlo?; ¿cómo reconocer su realidad?

Es conveniente, sin embargo, subrayar que el tercer discurso de Mateo se basa en el carácter simbólico de realidades naturales y de actividades humanas que remiten a diferentes aspectos del Reino de Dios. Cabe pensar que, durante los treinta años de su vida en Nazaret, Jesús habrá aprendido a reconocer, a través de muchos elementos de su experiencía cotidiana, una imagen simbólica de la presencia y la acción de su Padre tanto en la naturaleza como en el trabajo humano. Lo que Jesús quiere enseñar a sus discípulos es a descubrir el misterio de Dios y de su acción, simbolizado en numerosos aspectos de la existencia. Con sus parábolas, Jesús nos invita a aguzar la mirada.

Es verdad que, frente a sus discursos, el hombre es invitado a reaccionar libremente: o bien intenta comprender, captar y acoger lo que Jesús quiere decir a través de las palabras y las frases que pronuncia, o bien se cierra, no entra en la intimidad de su palabra ni la acoge. Esto es lo que Jesús explica respondiendo a la pregunta de sus discípulos: «¿Por qué les hablas en parábolas?». El les dice: «A vosotros se os ha dado conocer los misterios del Reino de los cielos, pero a ellos no». ¿Quién ha dado a los discípulos lo que no ha dado a los demás? Ciertamente, es Dios quien da el comprender o no comprender; sin embargo, lo dado está relacionado con la manera que tiene el hombre de escuchar, de ver, de intentar entender lo que se le dice. Sería un error creer que Jesús Justifica una especie de «parcialidad» de Dios. Es verdad que el don de Dios es siempre gratuito, pero ello no es razón para que el espíritu se cierre a su mensaje. En respuesta a la pregunta de los discípulos, Jesús les dice: ¿no veis que, siguiéndome, vais progresivamente entrando en un modo de comprender que no les es dado a todos? Por estar conmigo, a través de las palabras que yo digo, vais poco a poco descubriendo el misterio que yo revelo.

Por supuesto, Jesús les explicará la parábola que acaba de exponer, como si quisiera, mediante un ejemplo, estimularlos a ir más allá de las imágenes utilizadas. Así, poco a poco, en la medida en que vayan abriendo los oídos, comprenderán mejor el alcance de las palabras de Jesús y de su mensaje. Lo que lleva a Jesús a concluir: «A quien tiene se le dará y le sobrará; pero a quien no tiene, aun lo que tiene se le quitará». Efectivamente, tal es la ley que rige la adhesión de la libertad: si se da, lleva cada vez más lejos; si el hombre se adhiere a Jesús, comprenderá cada vez mejor lo que quiere decir. Por el contrario, si el hombre se cierra al don de Dios que se le hace en Jesús, poco a poco irá perdiendo lo que creía saber, lo que creía comprender.

En la prolongación de esta reflexión, Jesús quiere explicar la razón de su enseñanza en forma de parábola: «Porque viendo no ven, y oyendo no oyen ni entienden». Jesús descubre en el corazón de los hombres que tiene ante sí una especie de bloqueo, una especie de rechazo que les impide acoger verdaderamente su enseñanza. Si bien oyen lo que Jesús dice, no lo entienden verdaderamente, porque no lo entienden en el fondo de sí mismos, en el fondo de su corazón, no dejando, por tanto, que esa palabra penetre en ellos. Así se cumple para ellos ‑prosigue Jesús‑ la profecía de Isaías‑ y cita extensamente el pasaje del capítulo 6 de Isaías: « oír oiréis, pero no entenderéis; mirar, mirareis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos, y sus ojos han cerrado; no sea que vean con sus ojos, con sus oídos oigan, con su corazón entiendan y se conviertan, y yo los sane». La ceguera y la sordera de las personas con respecto a la revelación de Jesús no es de orden físico: es la mente del pueblo la que está espesa; son los oyentes de Jesús los que deliberadamente se han taponado los oídos y han cerrado los ojos. En cuanto a los que escuchan la palabra y la reciben, la moción de su corazón consiste en entrar en la conversión operada por Jesús y acoger la curación que él ofrece.

De lo que aquí se trata, por tanto, es, ante todo, de parábolas‑ pero, en último término, se trata de la manera en que el hombre es llamado en cualesquiera circunstancias a situarse frente a la palabra de Dios.

Por eso, esta primera parábola puede considerarse una especie de parábola fundante en la que se manifiesta lo que ocurre con todo discurso de Jesús. Se trata de la manera de entrar o no el hombre en las parábolas y en el conjunto de la enseñanza que Jesús nos entrega en su evangelio. Se trata también, de manera aún más amplia, de las palabras que Dios sigue dirigiendo a cada uno de nosotros a lo largo de toda nuestra vida en la misma situación de libertad humana. Si nuestro corazón está abierto a Dios, si estamos disponibles a su acción, cualquier acontecimiento o gesto que percibamos basta para hacernos entrar de algún modo en el misterio de Dios. A veces nos basta con oír una palabra o una frase, o incluso con leer un pasaje de un libro, para descubrirnos más disponibles a la llamada de Dios. Basta con ser informados de ciertos acontecimientos para sentirnos en comunión con el trabajo que Dios opera en el universo… Pero si, por el contrario, nuestro espíritu no está abierto a Dios, si estamos cerrados a su mensaje y si nos mantenemos en la superficie exterior del mundo, todo se nos presenta como parábolas cerradas cuyo sentido no hay nada que nos lo revele.

¿No consiste toda la cuestión que se nos plantea, por tanto, en dejarnos guiar por la palabra de Dios de tal manera que todo cuanto ocurra tanto en nuestra vida personal como en la vida del mundo nos ponga en relación con Dios nos haga vivir más profundamente con él, sintiéndonos incitados a renovar nuestra acogida y a profundizar en nuestro compromiso con él? Esto es lo que Dios dice cuando habla de la doble situación: la de los discípulos, a los que es dado conocer los misterios del Reino, y la de aquellos a quienes no es dado conocerlos.

El texto prosigue, además, antes de abordar la explicación de la parábola que da Jesús:

« ¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen! Pues os aseguro que muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron».

¿En qué consiste, pues, la situación privilegiada de los discípulos? Esencialmente, en esto: están frente a Jesús‑, pueden, por tanto, ver todo en Jesús y a partir de Jesús, entender todo a partir de la palabra de Jesús, en el interior de esa palabra. Ser dóciles a la palabra de Dios, hasta el punto de descubrir por todos lados que nos interpela, ¿no es lo que nos es dado en la medida en que estamos en relación íntima con el Señor Jesús y le descubrimos a él en el trabajo en toda cosa? Dichosos seremos, ciertamente, si nos damos cuenta de que su presencia está ahí donde está oculta y sellada para los demás. Nuestros ojos ven lo que los profetas desearon ver, es decir, al Mesías enviado por Dios para salvar al mundo.

Jesús ofrece entonces la explicación de la parábola del sembrador:

«Escuchad la parábola del sembrador. Sucede a todo el que oye la palabra del Reino y no la comprende, que viene el Maligno y arrebata lo sembrado en su corazón; éste es el que fue sembrado a lo largo del camino».

Jesús explica, una tras otra, las diferentes suertes reservadas para los oyentes a la semilla arrojada en tierra. La primera es la de la semilla caída al borde del camino, donde de inmediato es eliminada. Se trata de los que escuchan la palabra sin comprenderla, permaneciendo cerrados, de modo que todo les resulta totalmente extraño e ininteligible. Y prosigue:

«El que fue sembrado en pedregal es el que oye la palabra, y al punto la recibe con alegría; pero no tiene raíz en sí mismo, sino que es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la palabra, sucumbe enseguida».

En este caso, la semilla caída en tierra comienza a brotar, pero no tiene raíces. El hombre puede a veces situarse así frente a la palabra de Dios. Puede acogerla con alegría: « ¡Es extraordinario lo que Jesús nos dice!; ¡qué mensaje tan deslumbrante! ¿Quién habría podido imaginarlo?». La alegría del hombre parece entonces causada realmente por la palabra. Pero es inconstante y no permite que la palabra, pero no es constante y no permite que la palabra llegue hasta el fondo de sí mismo, que toque su corazón, que cambie su vida, que modifique su existencia y que sea así fuente de una vida renovada. Este hombre no puede abrirse a una vida renovada, porque hay en él una inconstancia radical, una especie de oportunismo ligado al momento en que se encuentra. La palabra es hermosa cuando la oye, pero enseguida oye otra cosa, pasa a otros discursos, se interesa por otros asuntos. «Es inconstante y, cuando se presenta una tribulación o persecución por causa de la palabra, sucumbe enseguida». Basta con que se le diga: no creo nada de lo que dices, y el discurso que él tenía sobre Jesús, la palabra de Dios y el mensaje del evangelio es por él mismo cuestionado, porque se deja bambolear al ritmo de las circunstancias.

Hay aún otra posibilidad para la palabra: dejarse sofocar por toda clase de intereses divergentes:

«El que fue sembrado entre los abrojos es el que oye la palabra, pero las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y queda sin fruto».

Esta vez se trata de un corazón que no es libre, que no puede, por tanto, dejarse realmente habitar por la palabra de Dios, orientar por ella. Esta persona no quiere que la palabra de Dios establezca el orden en ella y penetre en todos los rincones de su ser, poniendo todo en su lugar. Este hombre se deja atrapar por las preocupaciones del mundo y la seducción de las riquezas, es decir, por todo tipo de preocupaciones respecto del trabajo y diversas obligaciones, en lugar de dejarse penetrar por la palabra. Estas preocupaciones llegan finalmente a llenar todo el espacio del universo interior. La palabra no tiene, por tanto, posibilidad de desarrollarse sin ser pronto ahogada.

Queda por considerar la última posibilidad: la de la acogida positiva, dichosa y fructífera de la palabra:

«El que fue sembrado en tierra buena es el que oye la pa­labra y la entiende; éste sí que da fruto y produce, uno ciento, otro sesenta, otro treinta».

Si nuestra vida está en verdad disponible a la palabra de Dios, tal como nos la enseña el evangelio, atenta a lo que esta palabra nos enseña a cada instante, haciéndonos comulgar con la presencia de Jesús, da abundante fruto, porque realiza en nosotros lo que Dios quiere realizar en nuestra vida. Evitemos, no obstante, preguntarnos si los frutos que, por su gracia, logramos producir deben ser evaluados a treinta, sesenta o ciento por uno. No nos corresponde calcularlo, ni siquiera conocerlo. Lo único de lo que estamos seguros es de que debemos dejarnos atrapar radical y total­mente por la Palabra, de manera que ella gobierne, en la medida de lo posible, nuestra vida.