Estoy con vosotros

«Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mt 28,16‑20)

El comienzo del capítulo 28 habla de la resurrección de Jesús y de su manifestación a las mujeres. El evangelio de Mateo, como los demás evangelios, por lo demás, nos relata en primer lugar la aparición de Jesús a unas personas determinadas, porque lo que nos une a Jesús es ante todo una relación personal inscrita en nuestra historia. Viene a continuación el relato de la aparición de Jesús al que puede considerarse el primer núcleo de la Iglesia, es decir, el grupo de los Doce, convertido ahora en el grupo de los Once discípulos: Jesús es también quien reúne a la comunidad eclesial y la funda como lugar de comunión.

Lo que leeremos al abordar los últimos versículos del capítulo 28, es decir, el final del evangelio, es el relato del encuentro de Jesús con los Once. Nuestra oración, a la vez que nos pone serena y agradecidamente en contacto con Jesús resucitado, nos invitará también a fijarnos en el misterio de la Iglesia, en la que Dios nos incorpora a la vida con su Hijo. Es en el interior de la Iglesia, que ha recibido la misión de anunciar el evangelio, donde él llega a nosotros y se comunica con nosotros.

«Por su parte, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verlo lo adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros to­dos los días hasta el fin del mundo».

La Iglesia que se propone ahora a nuestra contemplación es la misma de que hablábamos anteriormente, cuando escuchábamos las palabras con que envía Jesús a las mujeres a anunciar la noticia de la resurrección a los hermanos. La Iglesia, en efecto, es constituida por el anuncio de la resurrección de Jesús, un anuncio esencialmente fraternal, puesto que remite a la presencia entre nosotros de aquel que es el hermano universal y que nos constituye ‑como decíamos‑ en su familia a nosotros, que somos miembros de su cuerpo. Henos aquí ahora con los Once discípulos, aquellos a quienes Jesús invistió de una misión particular en el capítulo 10 del evangelio. Los vemos dirigirse a Galilea, el lugar de su vida en común con Jesús, el lugar de encuentro con él, el lugar de la experiencia del Señor, el lugar también de su propia historia. Y es en el lugar mismo de su primer encuentro donde Jesús quiere confirmar su llamada y enviarlos a la misión, que en adelante es una misión compartida con todos cuantos él reúne.

Puede resultar esclarecedor para comprender este contexto el recordar algunos pasajes del evangelio de Mateo donde Jesús se encuentra en un monte. Ello iluminará la última manifestación de Jesús. El monte lo hemos encontra­do ya al comienzo del capítulo 5, cuando Jesús pronunció su primer discurso. Lo volvemos a encontrar un poco más adelante, cuando se nos dice que Jesús se retira al monte a orar (14,23): «Después de despedirse de la gente, subió al monte a solas para orar». Lo encontramos también como el lugar en que, en el capítulo 15 (v. 29), Jesús, después de haber enseñado a la multitud, multiplica los panes: «Pasando de allí, Jesús vino junto al mar de Galilea; subió al monte y se sentó allí. En este contexto es donde expresa su compasión por la multitud, que desde hace tres días le escucha sin comer.

Tenemos, finalmente, una mención del monte en el capítulo 17 (v. l), en la descripción de la transfiguración del Señor: «Toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto». Al introducir el primer discurso de Jesús en un monte, remitimos brevemente a la historia de Moisés, que encontró a Dios en el Monte Sinaí.

El monte es, pues, en toda ocasión lugar de encuentro con Dios. De esto se trata para los Once, que van a Galilea a encontrar a Cristo resucitado, su Señor, en quien en adelante reconocen de manera definitiva al Hijo de Dios, enviado por su Padre, y en quien, por tanto, nos corresponde a nosotros encontrar a Dios. Aquel a quien los Once encuentran ese día es quien se deja encontrar también en la oración (14,23), en la palabra (5,1) o en el don del pan (15,29). Es también el Señor que transfigura nuestra vida (17,1), abriéndola a una presencia que no siempre se reconoce de inmediato. En nuestra Galilea, somos en cierto modo invitados a dirigirnos al monte, es decir, a encontrar al Señor en la oración, en la escucha de su palabra, en el don que nos hace del pan de vida, y también como aquel que no deja de venir a transfigurar nuestra vida.

«Al verlo lo adoraron; algunos sin embargo dudaron». Los discípulos expresan una doble reacción que quizá nosotros no esperáramos. Quizá pensáramos que, al saber que Jesús estaba vivo, resucitado, expresarían todos la misma reacción, dichosos por volver a verlo cuando se manifiesta, prosternándose todos ante él, reconociéndolo todos como el Señor. Pero el relato nos dice que «algunos, sin embargo, dudaron». Bien mirado, ésta es la historia de la Iglesia, que desde ese momento comienza su propio desarrollo, donde la fe en Jesús resucitado está siempre en algunos amenazada por la duda; una fe frecuentemente vivida a través de preguntas, vacilaciones y, en ocasiones, desasosiego o dificultad para comprender. Al ir a visitar a sus discípulos, aquel primer núcleo de su Iglesia, Jesús encuentra a la vez una Iglesia que lo adora como su Señor, pero también una Iglesia que está, de manera aparentemente invencible, habitada por la duda.

«Gentes de poca fe», había dicho Jesús, reconociendo que la fe que vive en el corazón de los suyos es una fe a veces vacilante, una fe frecuentemente puesta en cuestión.

El evangelio dice que Jesús entonces se adelantó y les habló. Les habló, de entrada, del poder que le había sido dado en el cielo y en la tierra, de ese poder que quería transmitirles. Cuando el discurso de la misión, veíamos a Jesús confiar a los suyos el poder que él mismo había ejercido en los capítulos anteriores. Aquí, de nuevo, Jesús recuerda el poder que le corresponde por haberle sido dado. Y lo hace de manera mucho más solemne: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra».

¿Cómo entender este poder de Jesús?; ¿se tratará de un poder que se ejerce al mismo nivel que todos los poderes terrenos? El texto dice claramente que no se trata de eso. Si bien el poder de Jesús se ejerce en la tierra, es a partir del cielo: «Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra». No se trata, por tanto, de una autoridad que venga a mezclarse con las autoridades terrenas; se trata de la autoridad que el Hijo amado recibe del Padre para poder reunir a todos los suyos y construir así el Reino de Dios. Es en la tierra, ciertamente, donde comienzan a reunirse todos los hijos de Dios; es con los hombres, cada uno de los cuales tiene su propia historia, con quienes se trata de realizar el Reino de los cielos, no de construir ningún otro reino. Por eso el poder que se ejerce en nombre de Jesús no es un poder terreno (cualesquiera que hayan podido ser en el pasado los errores de la Iglesia en este aspecto), sino el poder ‑que pronto va a ser precisado‑ de construir el Reino de Dios.

¿Cómo? Jesús lo explicita de algún modo al exponer a los suyos cómo tendrán que ejercer el poder que ahora se les confía: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre … ». «ld, pues … ». Quizá tengamos que escuchar con mayor atención que de costumbre esta primera invitación de Jesús. La Iglesia que él pretende cons tituir no es un territorio que haya que administrar y defender y que esté definido por unas fronteras. La sociedad que él funda puede edificarse sin límites y extenderse más allá de las fronteras en que alguien podría querer encerrarla. La Iglesia está impregnada de la fuerza y el dinamismo del Espíritu de Jesús, que es un Espíritu deseoso de llegar a todas las naciones, universal por naturaleza y que intenta sin cesar superar todas las divisiones entre los hombres, hasta el punto de no definirse por ninguna determinación nacional o cultural. La Iglesia no está fundada en la pertenencia a una nación o una raza; está, por el contrario, por la moción exigente del Espíritu que la constituye, llamada a llegar a los hombres en cualquier lugar en que éstos se encuentren.

Es importante entender bien esto: la Iglesia únicamente vive en la medida en que se sabe en misión, cuando se experimenta enviada a cualquier lugar en que vivan los hom­bres, a cualquier lugar en que haya una realidad humana que reconocer, comprender e iluminar desde dentro para ayudarla a abrirse al misterio de Dios. Cuando la Iglesia está demasiado ocupada con sus problemas internos, cuando se deja movilizar demasiado por debates internos, ¿no es señal de que ya no obedece suficientemente la moción que, por el contrario, la lleva hacia los hombres, hacia la humanidad entera, para llevar a ésta el mensaje de salvación?

«Haced discípulos a todas las gentes». Esta hermosa palabra, «discípulos», indica una facultad particular del hombre, la de dejarse enseñar (discere, en latín, significa «aprender»). El hombre es capaz de aprender, es capaz de recibir mensajes de verdad; de una verdad que no concierne únicamente a algún aspecto secundario de su existencia, sino a la verdad que ilumina toda su vida, la verdad de Dios. Esto es lo que se pretende cuando se trata de «hacer discípulos» en nombre de Jesús: se trata, ante todo, de enseñar la verdad sobre el hombre y la verdad sobre Dios. Y es a través de este contacto vivo de discípulo a discípulo como la Iglesia continúa

Construyéndose a través de los siglos. Cada miembro ha recibido el mensaje del que vive, y a cada miembro corresponde transmitirlo, porque es conjuntamente cómo nos dejamos enseñar por el Señor: acogiendo y transmitiendo. Estamos al servicio de la verdad y nos ofrecemos al don de la verdad de Dios.

Hacer discípulos es también «bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo». ¿Cómo debemos entender esto sin reducir estas palabras a una recomendación de Jesús enseñándonos el gesto ritual y las palabras que acompañan al bautismo? Por supuesto, en el simbolismo del bautismo puede encontrarse toda la realidad de la que Jesús quiere hablarnos aquí. Ser bautizado es ser sumido (el verbo griego del que proviene la palabra bautismo significa efectivamente «sumir») en el misterio de Dios revelado por Jesús: el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. Porque la existencia humana no puede medirse únicamente en función de criterios terrenos, de las realidades inmediatas que ocupan la atención de los hombres en el día a día. En lo más profundo de la existencia humana hay una apertura del hombre a la paternidad de Dios; en el corazón del hombre hay una posibilidad de reconocer al Hijo que le ha sido dado para que en él todos los cristianos y, a través de ellos, todos los hombres se conviertan en hijos y hermanos‑ en el hombre hay, finalmente, una capacidad de dejarse mover por el Espíritu que suscita y opera en él la acción de Dios. «Bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» es, pues, abrir al hombre a lo que es ya su destino: una vida vivida en comunión con Dios y en relación personal con cada una de las personas divinas. Y las relaciones entre los hombres, por su parte, se desarrollan también a partir de esta relación primigenia con Dios.

Si se trata de bautizar a los hombres, es para que toda la existencia humana sea transformada. Por eso añade Jesús: «…enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado». Acabamos de reflexionar sobre la condición de discípulo, sobre la capacidad de aprender que tiene el ser humano. Pero lo que se trata de aprender (la verdad sobre el hombre y sobre Dios que acabamos de evocar) no es una verdad de esencia exclusivamente teórica, sino una verdad que puede calificarse de «práctica». Se trata de acoger ‑dice Jesús‑ «lo que yo os he enseñado», aprendiendo una manera de vivir y de comprometerse, una manera de inscribir humildemente la vida en la fidelidad a una palabra recibida. Jesús nos enseña, mediante su evangelio, a transformar nuestra vida, pidiéndonos que seamos testigos de una auténtica fidelidad a su ejemplo y a su enseñanza. «Enseñándoles a guardar»: esto, ciertamente, puede transmitirse mediante la palabra, pero también y ante todo se transmite mediante el testimonio de la vida. Lo importante es que aquellos a quienes llegue la palabra evangélica puedan quedar marcados profundamente por ella, que todos cuantos pertenezcan al cuerpo del Señor sean fieles al evangelio de Jesús, ese evangelio aprendido y observado en constante disponibilidad del corazón, sin temor al cuestionamiento que provoca en nosotros.

Jesús termina su breve enseñanza con una promesa: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Si Jesús puede confiarnos la misión que nos confía, como personas y como Iglesia, es porque sigue presente a cada uno de nosotros en la Iglesia. Podemos contar con él, porque es su misión la que seguimos ejerciendo en el mundo de hoy, con él y a partir de él. Mediante su resurrección y el don del Espíritu, Jesús no deja de estar con nosotros, siendo en medio de nosotros y a nuestro lado una presencia más inmediata y más universal: «todos los días hasta el fin del mundo» y para «todas las gentes». Jesús se hace presente más allá de todo tiempo y lugar. Jesús resucitado es aquel que puede estar presente a todos los suyos allí donde estén y pertenezcan al siglo que pertenezcan. Jesús está con nosotros, con los suyos, para siempre y en todo lugar.

Terminaremos, pues, nuestra reflexión recordando que la designación de Jesús como Emmanuel, «Dios con nosotros», la encontramos ya en el primer capítulo del evangelio de Mateo. A esta luz, que llega a nosotros del principio y del final del evangelio, podemos repasar, por tanto, los diferentes textos que hemos recorrido y que ilustran, cada uno a su manera, la afirmación de Jesús: «Yo estoy con vosotros».

Jesús está con nosotros como quien enseña a centrar en Dios todo el impulso de nuestra vida, hasta el punto de eliminar toda inquietud de nuestro corazón. Jesús está con nosotros para hacernos descubrir la verdad de nuestra vida, el límite que a veces ponemos a nuestros compromisos en su servicio, así como nuestra inadecuación a la ley del amor fraterno. Jesús ha venido a continuación a nosotros para hacer resonar en nuestros oídos la llamada de las bienaventuranzas, que prefiguran en nuestra vida nuestra identificación anticipada con el misterio pascual. Jesús se nos ha aparecido como aquel que no duda en ir a los hombres en su existencia amenazada y herida de tantas maneras; él se entrega sin temor a sus hermanos, se deja marcar en lo más profundo de su ser por los sufrimientos y las pruebas de éstos. Después hemos prestado atención al discurso de la misión, por el que Jesús envía a sus apóstoles a trabajar al servicio del anuncio del evangelio, comunicando éste tanto por el desprendimiento de la vida como por la convicción de la enseñanza. Posteriormente hemos oído al Señor volverse hacia su Padre y bendecirlo por revelarse a los más pequeños: Jesús está con nosotros como aquel que nos introduce en la verdadera sabiduría de que hablábamos, esa sabiduría que consiste en conocer al Hijo y, mediante él, al Padre que él quiere revelarnos. Después de esto, hemos oído a Jesús hablarnos en parábolas, y hoy continúa abriéndonos la mente y el corazón a todas las parábolas y, más concretamente, a todas las palabras portadoras de un mensaje que incide en nosotros; es Jesús quien nos permite comprender los signos de Dios en nuestra vida y a nuestro alrededor. Nuestra oración se ha orientado entonces hacia Pedro, que, en nombre de los Doce, afirmaba su fe en Jesús. Es él, Jesús, quien sigue siendo hoy aquel en quien podemos poner toda nuestra fe, reconociendo que es él quien nos salva y nos introduce en la familiaridad con Dios, quien nos inserta en el corazón mismo de nuestra filiación divina. A continuación hemos oído al Señor hablarnos de la manera de vivir en comunidad, poniendo en el centro al más pequeño; sabemos que Jesús eligió ser él mismo el más pequeño, y así es como nos invita constantemente a la conversión. Él está con nosotros como quien habita nuestra oración cuando nos reunimos en su nombre. Él está con nosotros cuando aprendemos a perdonarnos los unos a los otros. Y después hemos visto a Jesús entrar en Jerusalén como el Mesías esperado y mal conocido, asombrándose de no encontrar una fe intensa, esforzándose por purificar el templo para mantenerlo fiel a su vocación de «casa de oración». Cuando hemos leído el texto evangélico que refiere la institución de la Eucaristía, hemos descubierto de nuevo que es Jesús quien nos reúne en su cuerpo para darse a nosotros y hacer que vivamos todos de su vida. Hemos contemplado igualmente al Señor en su muerte, porque Jesús quiso estar con nosotros como aquel que da su vida para que, transformando nuestros sufrimientos, nuestras pasiones y nuestras muertes cotidianas al contacto con los suyos, nuestras cruces sean iluminadas por su cruz y formen parte de ella.

Y así, oyendo a Jesús afirmar que está con nosotros, es todo el evangelio el que hace resonar de nuevo en nuestros oídos el mensaje del Hijo de Dios, ese mensaje que podemos leer y comprender a partir de Cristo resucitado, porque así es como lo hemos recibido desde el principio. En efecto, es Jesús resucitado el que nos acompaña en nuestra lectura y nos aclara el sentido de la Escritura. Cuando Jesús nos dice que está con nosotros, no quiere decir que está con nosotros de vez en cuando, cuando puede que tengamos signos más evidentes de su presencia. No nos dice que de vez en cuando viene a visitarnos, sino que nos dice que está siempre con nosotros, tanto mañana como hoy y como cada día.

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