1 Domingo de Adviento, Ciclo A

Comenzamos el tiempo de Adviento, tiempo de esperanza con la lectura del profeta Isaías 2,1-5 que nos llama como el salmo que escuchamos, a caminar alegres hacia el encuentro del Señor, porque como nos decía San Pablo en la Segunda lectura de Rom 13, 11-14: «nuestra salvación está cerca».

Con esta certeza, emprendemos este tiempo de Adviento que el Señor nos regala, y con el que queremos renovar la esperanza que él tiene en nosotros y consecuentemente de nosotros en Él.

A lo largo de estas cuatro semanas, la liturgia nos invitará a encontrar en Jesús apoyo y a no perder jamás la confianza en él. También nos recordará que no debemos cansarnos de invocarlo ni de salir a su encuentro sabiendo que él mismo viene continuamente a visitarnos, en la prueba, en la enfermedad, en cualquier circunstancia. También nos visita a través de los demás, especialmente de los que pasan necesidad. Dios nos visita para que podamos abrirnos a él y a su amor con entera confianza.

Por todo ello, el Adviento es tiempo de oración y espera vigilante. Vigilancia es la palabra clave como nos recuerda el Evangelio de Mateo 24,37-44: «Estad en vela…». Esta es la manera de vivir nuestra vida cristiana, pues el Jesús que vino y que vendrá glorioso, es el que viene continuamente en los acontecimientos de cada día, y por eso hemos de estar atentos a su presencia y de este modo, esperarlo vigilando, puesto que su venida no se puede programar o pronosticar, sino que será repentina e imprevisible y de ahí la necesidad de estar despiertos, es decir de no dejarnos absorber por lo inmediato, por la preocupación, de manera que nos olvidemos de su presencia en la alegría, y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, es decir en los acontecimientos de nuestra existencia.

Vivir con esta esperanza, nos permite conocer a Dios como Padre bueno y misericordioso, que Jesus nos ha mostrado con su muerte y resurrección abriéndonos a una vida verdadera, plena y eterna de comunión con él.

El mundo tiene necesidad de este Dios. Tiene necesidad de la esperanza. Que María que supo esperar y amar como nadie, nos acompañe en nuestro Adviento. Ella que nos transmite la alegría de la cercanía de Cristo vivo, que es la respuesta a nuestro sufrimiento, nos haga partícipes de su misma alegría y gloria.

  

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