3º Domingo del T.O. Ciclo C

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La Palabra de Dios en este domingo, nos invita a vivir en el «hoy» de la salvación.

La primera lectura es de Nehemías 8,2-4a.5-6.8-10 y nos muestra el momento de la celebración del pueblo que se reúne tras la llegada a la tierra tras el destierro y aunque llora por todo lo acontecido y por el propio pecado, es invitado ahora a la alegría en el Señor.

En la celebración, que es la primera, tras la llegada, se nos dice que Esdras abrió el libro a la vista de todos y al abrirlo, el pueblo respondió: «Amen, amén». La expresión «Amen», procede de una raíz hebrea que significa: esto es firme, sólido, y merece nuestra atención y conformidad. Dios es la roca firme, su palabra es eterna. Cuando el hombre se abre a él y a su Palabra, participa de la firmeza y seguridad que Dios irradia siempre.

Jesús es nuestro amen, dirá Pablo en 2ª Cor 1,19-22 y aún resuena en nosotros las palabras de María en las bodas de Cana: «haced lo que él os diga». En él encontramos el sí de Dios, su inquebrantable lealtad y fidelidad, que engendra en nosotros una sincera alegría. La alegría y la alabanza de sabernos objeto de su fidelidad y de su amor incondicional.

La segunda lectura, es de 1 Cor 12,12-31a y nos llama a vivir también en el hoy de la novedad que nos ha traído Jesús. En él, formamos un solo cuerpo, en donde las diferencias sociológicas (ser esclavo o libre) e incluso las religiosas (ser judío o pagano) pierden importancia y quedan abolidas. Ahora bien, surgen otras diferencias sobre distintas bases. Las nuevas diferencias, son las funciones y servicios que lejos de crear división, hacen posible la comunión, pues en un cuerpo, todos los miembros son necesarios para que el cuerpo sea una realidad acabada y pueda cumplir su misión y en él, nadie puede ser menospreciado, sino que es importante para los demás miembros. Si el cuerpo esta formado por miembros diferentes que tienen cada uno una función, así hemos de vivir en Cristo. De este modo es como sale Pablo al frente de un problema y es que algunos sintiéndose engreídos, despreciaban a los demás, especialmente a los más pequeños y según ellos, menos dotados de la comunidad.

El Evangelio de Lc 1,1-4; 4,14-21, nos presenta el «hoy» de la novedad de Jesús: «hoy se ha cumplido el pasaje de la escritura que acabáis de escuchar», dice tras la lectura del pasaje programático de Isaías, en la Sinagoga de Nazaret.

El texto anunciaba al futuro Mesías o, mejor, al futuro profeta objeto de ardiente esperanza. Con sus palabras, Jesús proclama que con él, han empezado los últimos tiempos, que se prolongan en la Iglesia y en nuestro tiempo y que su misión está dirigida de un modo particular a los pobres y a los últimos. Siguiendo a Isaías, Jesús dirige la «alegre noticia» a los pecadores, a los oprimidos y a los marginados de toda condición, porque Dios ama a cada hombre sin diferencias. Cada uno tiene un valor para él y no cabe la marginación en ningún caso.

Esta buena noticia de Cristo es capaz de sacudir a unos e infundir esperanza a todos, especialmente a los que están en los márgenes de la sociedad.

Como el Padre y con él, también Jesús, se enternece ante aquellos que han sido dejados «medio muertos» por los caminos de la vida, como le ocurrió al hombre de la parábola del «buen samaritano» y de la conmoción, pasa a la solícita acogida.

Que nuestra oración continua, nos mantenga solícitos para con los demás y constantes en el encuentro con Cristo en nuestro corazón.

2º Domingo del T.O. Ciclo C

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Retomamos el Tiempo Ordinario, que nos acompañará hasta la cuaresma. En él, iremos descubriendo y profundizando en esa relación de Dios con su pueblo y de Cristo con la Iglesia.

La primera lectura, es de Isaías 62,1-5. Nos presenta la relación de Dios con su Pueblo a través de la imagen de un matrimonio vivido en fidelidad e intensidad y que no rompe con la Alianza a pesar de la infidelidad. El consuelo y la esperanza que esto produce es grande, como grande es también el anuncio de este compromiso de fidelidad por parte de Dios, que perdona a pesar del pecado y del alejamiento de la Alianza.

El Evangelio de Jn 2,1-12, nos presenta a Jesús, también en un contexto nupcial como es el de las bodas de Cana. Si bien el domingo pasado, en la fiesta del bautismo le veíamos manifestarse en el Jordán como Hijo, bajo el testimonio del Padre y la presencia del Espíritu, ahora él mismo es el que se manifiesta como el esposo de la Nueva Alianza, el Mesías que celebra las bodas mesiánicas con la Iglesia, su esposa, simbolizada por María, la mujer de la verdadera fe, que nos enseña a acoger su Palabra, sus gestos, en definitiva su vida y de ahí que la expresión: «haced lo que él os diga», manifiesta la fe de María, que es la fe de la Iglesia, enseñándonos a amar y a escuchar a Cristo con sus palabras.

El agua que Jesús convierte en vino de gran calidad, simboliza las antiguas prácticas judías, que son sustituidas por una relación viva de Dios con nosotros, por medio de Jesucristo y los signos que realiza, por los cuales entramos en comunión con él, principalmente el bautismo y la Eucaristía.

Con este signo, que Jesús realiza en Cana, con el que convierte el agua en vino, nos dice el texto evangélico, que se manifestó su gloria y los discípulos empezaron a creer en el, es decir, empezaron a madurar hasta llegar al momento cumbre de su gloria en la muerte y resurrección y el envío del Espíritu. En la cruz será donde Cristo nos muestre toda su gloria.

En la segunda lectura de 1ª Cor 12,4-11, Pablo, nos muestra la riqueza del Espíritu, que crea la diversidad pero con un fin, el de promover la edificación común, la comunión, que proviene de la caridad, y que es por ello, el carisma mejor, ya que la hace posible. La caridad es pues, el vino nuevo, nunca probado hasta entonces: es Jesús mismo, su sangre derramada por nosotros, el signo de la caridad, que se manifiesta inequívocamente en la entrega de sí. Por tanto, si la diversidad es importante, más lo es la unidad y la comunión.

Podemos concluir que si bien María es la que nos lleva a Cristo, el Espíritu es el que nos lleva a la verdadera comunión en Cristo.

Debemos preguntarnos, hasta qué punto, somos esos «odres nuevos», capaces de ofrecer espacio al «vino nuevo» del Espíritu, que Cristo nos ofrece para no recaer continuamente en el viejo régimen del egoísmo y no tengamos modos ni maneras, contrarios al mandamiento nuevo de su Reino. Para ello, debemos pedir insistentemente al Padre el Espíritu, que nos renueva y vivifica.

El Bautismo del Señor

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Celebramos la fiesta del bautismo de Jesus por Juan en el Jordán y cabría preguntarse ¿por qué se acercó Jesus a recibirlo? Ciertamente no necesitaba el bautismo de Juan y su respuesta ante la extrañeza del mismo es: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere».

La primera lectura del Profeta Isaías 40,1-5.9-11 corresponde al primero de los cuatro cantos del siervo de Yave, en donde aparece un personaje misterioso: el ungido del Señor, que por sus rasgos, encarna al pueblo elegido o a algunos de sus personajes. El nuevo Testamento, verá en las características de este personaje, la historia y los acontecimientos trágicos de Jesús de Nazaret.

Este siervo elegido y preferido de Dios, es alguien que con la luz y la fuerza del Espíritu llevará adelante su misión, que no será fácil. Tendrá coraje en las pruebas y en los sufrimientos, que no le faltarán y tendrá como empuñadura las armas de la paz. Será sacerdote, profeta y rey. Como sacerdote, cumplirá su misión haciéndose alianza de un pueblo, como profeta, comunicará la voluntad de Dios y será luz de las naciones y como rey, está llamado a proclamar el derecho con firmeza y a establecer la justicia, es decir, la salvación, que viene de lo alto. Su objetivo es librar de todo mal al hombre en su ser más íntimo; hacer posible el bien común.

Necesitamos estas cualidades del Siervo para cumplir nuestra tarea de testigos que invitan a todos a participar de la salvación.

La segunda lectura, es de los Hechos de los apóstoles 10,34-38 y forma parte del discurso de Pedro en Cesarea, en casa de Cornelio, el cual se convierte y se bautiza, siendo así la primera conversión de un gentil al Evangelio, como fruto de la predicación de Jesucristo en la que enseña el apóstol, cómo su vida marcada por el Espíritu, que se pone de manifiesto en su bautismo en el Jordán, hace posible que la vida de todo cristiano desde su bautismo, realice la misión de ser como él para los demás y por los demás. Su pasar haciendo el bien y curando, es una característica del Siervo de Yavé y estamos todos llamados a realizarla con él y por él.

El Evangelio de Mateo 3,13-17 nos relata la escena del bautismo en el Jordán por obra del bautista. Con este gesto, Jesús, quiere mostrar su solidaridad con todos, cargando con nuestro pecado y manifestándose como siervo manso y humilde, que se entrega totalmente, tomando nuestra condición de debilidad humana.

La escena del bautismo, evidencia además algunos rasgos que muestran la participación del mundo celeste en lo humano, como es la donación del Espíritu. Pero esta donación en el caso de Jesús, no está relacionada con el bautismo, pues el bautismo de Juan no confiere el Espíritu, como si lo hace el bautismo cristiano. Tanto la apertura de los cielos como el don del Espíritu, indican que aquel que está al borde del Jordán, es el Mesías esperado, que viene como siervo y que lleva adelante el proyecto de Dios.

El bautismo de Juan no confiere el Espíritu. Solo lo confiere, el bautismo recibido de Jesús y administrado por la Iglesia, que nos incorpora a Cristo muerto y resucitado, nos confiere el perdón, la filiación y el Don del Espíritu. En una palabra: nos da la potestad  de ser Hijos queridos y amados.  

Fiesta de la Epifanía

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¿Qué es la fiesta de la Epifanía, conocida como la fiesta de los reyes magos?

La primera lectura del Profeta Isaías 50,1-6, nos da una clave, al hablarnos de la universalidad y de la unidad de todos los pueblos en torno a Jerusalén. Nos habla de una caravana que avanza hacia la ciudad santa en dos grupos bien diferenciados: uno formado por los hijos y e hijas de Israel que vuelven del exilio y el otro formado por las naciones extranjeras atraídas por la luz y la gloria de Dios. Es la alegría de la salvación que llega a todos los pueblos.

Nosotros, que hemos visto esa salvación manifestada en Cristo Jesús nacido en Belen, estamos llamados a ser sal de la tierra y luz del mundo, esto es a colaborar en el plan de Dios que es universal, para todos, con todo lo que somos y hacemos, nuestras posibilidades y nuestras cualidades. La salvación de Jesucristo o es para todos o no es para nadie. Distinto es que esa salvación sea acogida o no por nosotros.

La segunda lectura es de Efesios 3,2-3ª.5-6 y expresa claramente la misión de Pablo de llevar el Evangelio a los gentiles, de modo que, como hemos dicho, el designio salvífico de Dios es para toda la humanidad, que está llamada a caminar a la luz del único Dios y Padre. El Evangelio no tiene fronteras y todos los pueblos están llamados a participar de las promesas hechas a Israel y realizadas en Jesús.

La Iglesia ,cuando anuncia y predica el misterio de Cristo, comunica una gran noticia, una buena noticia: que no somos ajenos a esa voluntad de Dios de salvación, de no dejarnos sometidos al pecado y a la muerte, sino de resucitarnos con Cristo y estar con él. Así realiza la unidad entre todos los pueblos y entre los propios hijos de Dios dispersos, bien sea mediante el anuncio del evangelio, bien sea tratando de crear vínculos de comunión y fraternidad a pesar de las apariencias y de las múltiples diversidades.

El nacimiento de Cristo, ha manifestado el misterio de Dios que consiste en reunirnos a todos en él.

El Evangelio de Mateo 2,1-12, nos habla de una Revelación extraordinaria que conduce a los magos o sabios a descubrir al rey de los judíos, como rey del universo. Estos magos o sabios, en el siglo V fueron reconocidos como tres, en base a los dones ofrecidos y en que el siglo VIII le fueron dados los nombres que todos conocemos, son para el evangelista, personajes ilustres, primicia de los paganos, que exaltan la dignidad de Jesús y le buscan para adorarle. En cambio Herodes, es todo lo contrario, le busca para matarlo. He ahí las dos posturas ante este Mesías buscado y rechazado a la vez, marginado por su pueblo y buscado con esperanza por los de lejos. Seamos como los magos y sabios, adoradores de Jesús; adorarle significa, reconocerle como el único Dios y Señor. Ellos son tipo y preludio de esa innumerable y gran multitud de «verdaderos adoradores» que marchan después de haberle encontrado, por caminos distintos a los que trajeron y que anuncian a todos la salvación y la paz que provienen de él. 

     

2º Domingo de Navidad

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La personificación de la sabiduría en la primera lectura de Eclesiástico, 21.1-4-12-16, le da una serie de atributos como es el de colaborar junto al Creador, en la obra de la Creación. De esta forma, el que contempla la Creación, puede contemplar la Sabiduría en ella. La naturaleza, se convierte así en don y espejo de esta Sabiduría de Dios.
Esta Sabiduría, presente en la historia, se actualiza en Jesús. San Juan, cuando habla del «Verbo», tiene como trasfondo este texto que leemos hoy, y lo utiliza refiriéndose a la teología de la Palabra, en cuanto fuerza que crea, revelación que ilumina, persona que vivifica. Cristo es así, la Palabra última y definitiva de Dios, la auténtica sabiduría hecha visible. Esta sabiduría que ha echado raíces en Israel, lo hace ahora en la Iglesia y en los creyentes y podemos recurrir a ella en toda ocasión, sobre todo en las dificultades y complejidades de nuestra existencia.
La segunda lectura, es de Efesios 1,3-6.15-18, y nos presenta el plan de Dios manifestado en Cristo. En él, el Padre es la fuente, El Espíritu es la garantía de la herencia que se nos da y el Hijo, es el que todo lo cumple y lleva a cabo con la entrega de sí, hasta el don de la vida. El objetivo primero de este plan, es la salvación del hombre y el objetivo final es la gloria de Dios. Estamos por tanto, dentro de ese amor que envuelve al Padre, al Hijo y al Espíritu y es por la mediación eclesial por la que recibimos la filiación y el perdón de los pecados.
Nuestro Dios es un Dios de bendición y de paz. Tanto la Navidad como la Pascua son expresión de esa bendición sin medida. De ahí brota la acción de gracias por las maravillas que Dios ha hecho y sigue haciendo en nosotros.
El Evangelio es el mismo de Navidad: Juan 1,1-18. En él, destaca la presencia de Jesús Palabra y lo hace en tres momentos: Primero la preexistencia de la Palabra. Segundo: la venida histórica de las Palabra entre los hombres y finalmente: la Encarnación de la Palabra.
Esta Palabra que había entrado por primera vez en la historia humana con la Creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrarnos así su infinito amor, que da cumplimiento a la obra que el Padre le ha confiado.
La cruz, se convierte así en la expresión máxima de un amor que supera la lógica humana y que cuando lo acogemos, nos transforma en Hijos queridos, que llaman a Dios Padre.    

Santa María Madre de Dios

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El día 1 de Enero, fiesta de Santa María, está marcado ya desde hace varios años, por la Jornada mundial de la paz.

La paz, como hemos escuchado en la primera lectura del libro de los números 6,22-27, se nos muestra como un don de Dios, que proviene de su bendición. Dios nos bendice con la paz, nos da la paz, como resumen de todos sus dones. Así, su Reino, es Reino de amor, justicia y paz.

La segunda lectura de San Pablo a los Gálatas 4,4-7, nos muestra a Cristo como el dador del Espíritu, verdadero constructor de paz, que nos transforma ni más ni menos que en Hijos de Dios y provoca en nosotros la plegaria continua que brota del corazón y que nos hace exclamar: Abba Padre.

María es la artífice de este don de nuestra filiación primero, porque de ella nace el Salvador, el príncipe de la paz y segundo, porque por el mismo Espíritu que la hizo madre, del Salvador, también se convierte en madre de la Iglesia, cuerpo místico de Cristo. Por todo ello, hoy la proclamamos con ese título tan hermoso de «Madre de Dios».

Los pastores, que van a prisa a ver lo que ha ocurrido, nos enseñan a apreciar el valor de la paz, que nos trae Jesús y que como nos recordaba Juan XXIII en la Pacem in Terris , encuentra su fundamento en el amor, la justicia, la verdad y la libertad.

El Papa Francisco, en su mensaje para este año, concreta todo esto en un lema: «Diálogo entre generaciones, educación y trabajo: instrumentos para construir una paz duradera».

El diálogo entre generaciones, porque dialogar significa escucharse, confrontarse, ponerse de acuerdo y caminar juntos. Fomentar esto entre generaciones significa labrar la dura y estéril tierra del conflicto y la exclusión para cultivar allí las semillas de una paz duradera y compartida.

Por otro lado, la educación es el camino principal que conduce a las jóvenes generaciones a una preparación específica y a ocupar de manera provechosa un lugar adecuado en el mundo del trabajo, el cual, es hoy mas que nunca una necesidad en este tiempo difícil que nos toca vivir, ya que forma parte del sentido de la vida, es camino de maduración, de desarrollo humano y de realización personal.

En estos tiempos de pandemia, pongamos todo nuestro esfuerzo en poner las condiciones para hacer posible la paz, como bien al que todos podemos y debemos aspirar.

Fiesta de la Sagrada Familia

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El Evangelio que escuchamos en esta fiesta, de Lucas 2,41-52 nos puede llamar la atención por la respuesta de Jesus ante sus padres, que le buscan afanosamente en medio de una carrera de obstáculos y de contratiempos: «¿Por qué me buscáis? ¿No sabéis que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?», pero ello nos permite comprobar que es porque vive en familia y en obediencia a sus padres, como puede decir esto. Y es que estar centrados viviendo una vida en familia, es lo que nos lleva a abrirnos a Dios a conocerlo y a amarlo como lo primero y lo mas importante.

La familia,  no está en función de sí misma, ni gira en torno de sí misma, sino que nos guía y dirige hacia Dios para conocerlo y amarlo como lo primero y lo más importante. La vida familiar y la obediencia a los padres, cuando brota del amor de Dios, nos guía y nos dirige hacia Dios, nos mueve hacia él.

Jesús, creciendo obediente a sus padres, reconoce y renueva continuamente el misterio de unidad con su Padre y así es como nos muestra su verdadera humanidad a todos nosotros que aspiramos a vivir también una humanidad plena y auténtica.

María y José, en medio de su extrañeza, no dejaron de reconocer la grandeza de este misterio, que Jesus niño proclama y en el que nos enseña el secreto de lo humano. Y nosotros aprendemos a partir de todo esto, que ser cristiano, es ante todo, ser hijo de Dios; pertenecer a la familia de Dios.

El mayor don de Dios, nos dirá San Juan, es que seamos sus hijos: «mirad que magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios» (1ª Jn 3,1-2). Realmente nos cuesta comprender a fondo la grandeza de este don, que nos llevará a la visión de Dios y que por tanto hemos de vivir con gran alegría.

Hoy, es un día adecuado, cuando ya hemos pasado la noche buena y vivido el día de Navidad, para  meditar  que por ser hijos, estamos llamados a ser como nos dice San Juan: «semejantes a él, porque le veremos tal cual es». Y todo esto no es obra de nuestro esfuerzo, sino fruto del amor gratuito que se nos ha manifestado en Cristo Jesús y en el que hemos de fundamentarnos día tras día con el uniforme de la misericordia entrañable, la humildad, la dulzura, la comprensión, como nos decía san Pablo en la segunda lectura de Colosenses 3,12-21. Uniforme, es lo que nos identifica, como personas singulares y bien definidas, y lo que incluye también en este caso, el perdón y la paz, es decir, el amor con el que Jesús nos ha amado, dando su vida por todos.

Fundados en este amor más grande de Dios por nosotros, manifestado en Cristo Jesús, es como podemos vivir una vida de familia, humana y fraterna. El respeto y la ternura hacia los padres, como nos recordaba la primera lectura del eclesiástico 3,37.14.17ª, será siempre el camino mejor y necesario para poder encontrarnos nos solo con los hermanos, sino también con Dios nuestro Padre.  

Misa de Navidad

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La misa del día de Navidad, a diferencia de la de la media noche, no habla del nacimiento del niño en Belén, sino que es más bien una meditación muy rica de su significado.

La primera lectura de Isaías 52, 7-10 nos invita a pensar en la presencia del Señor en medio de su pueblo: «tus centinelas alzan la voz, cantan a coro, porque ven con sus propios ojos que el Señor vuelve a Sión». Esta es la gran noticia; que Dios vuelve a Sion a cada uno de nosotros, que viene con poder a darnos su consuelo y a rescatarnos.

El anuncio profético concluye con la constatación de que todos los pueblos de la tierra han podido contemplar que el Señor no abandona a su pueblo, sino que está siempre dispuesto a salvarlo. La Iglesia llena de alegría proclama al respecto, que Dios ha actuado con poder en el nacimiento de Jesús, su hijo.

También la segunda lectura de Hebreos 1,1-6, es una invitación a la comunidad cristiana a fijar su mirada en el nacimiento de Cristo como el punto culminante de la revelación de Dios. El es la plena y completa revelación del Padre, su icono fiel, de manera que el hombre, hecho a imagen de Dios encuentra en Jesucristo la expresión máxima de lo que es él, esto es, el modelo y perfección de lo humano. En definitiva, Jesús nos enseña a ser hombres y mujeres de verdad, y en él encontramos no solo lo que somos, sino lo que estamos llamados a ser. Consecuentemente, en todo hombre y en todo acontecimiento humano, se esconde Jesús y ahí espera que le busquemos y encontremos. Lo que contemplamos con gozo en la navidad es que en la humanidad de Cristo, se esconde su divinidad y que es en lo humano, donde se nos da.

El Evangelio es de Juan 1,1-18 y corresponde al prólogo de su Evangelio, que es una síntesis meditativa de todo el misterio de la Navidad. Todo él gira en torno a la frase: «y la Palabra se hizo carne». Esto se dice de la Encarnación y por tanto, de la Navidad. Misterio de Navidad, que se remonta al misterio Trinitario y desciende después hasta el hombre. Jesús, la Palabra encarnada, hace a Dios visible y se hace cercano al hombre, siendo su reflejo, de modo que la historia y la realidad humana encuentra su razón de ser en la Palabra, pues como se nos dice: «en ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres».

En Jesús, encuentra pues, significado, fin y consistencia la salvación de todo hombre y de todo el hombre. En definitiva, que la Encarnación y el Nacimiento de la Palabra, se han realizado para llevar al hombre a la meta final. Por ello, ha asumido nuestra propia naturaleza, en todo menos en el pecado (Hb 4,15).

La Navidad, es reconocer que Dios ha revelado su Palabra y la ha enviado al mundo para nuestra salvación.

Celebrémosla con gozo y alegría, pues Dios trascendente e invisible, ha dejado su lejanía e invisibilidad y ha tomado un rostro humano haciéndose visible, concreto y asequible. Es más, ha elegido la vida del pobre y del derrotado para que nosotros pudiésemos vislumbrar el poder de Dios en su elección de la pobreza y de su abajamiento, y de este modo, es como Dios nos ha hecho partícipes de su naturaleza divina.

4º Domingo de Adviento, Ciclo C

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En un tiempo difícil y complicado por la depravación de los dirigentes y por la amenaza de invasión por parte de Siria, el profeta Miqueas, 5,1-4 contemporáneo de Isaías, nos muestra en la primera lectura la necesidad de volver a los orígenes, a los comienzos, en definitiva, de volver a Dios. Y así anuncia que será Dios el que de a su pueblo un rey justo que provendrá no de Jerusalén, sino de la pequeña Belén, patria chica de David, recuperando así la humildad de los orígenes, en palabras textuales: «de los días remotos», cuando David, fue elegido el último, después de sus siete hermanos, que a los ojos de los hombres, parecían más adecuados que él. El profeta, nos indica, de este modo, que no habrá nuevo nacimiento, si no se comienza desde abajo, desde los últimos.

Este nuevo nacimiento, será el de un rey que gobernará con firmeza y a la vez con el cariño de un pastor que sigue a su propio rebaño, pero sobre todo, que actuará en nombre del Señor su Dios.

Esta profecía, la vemos cumplida en Jesús, verdadero pastor que se preocupa por su rebaño, disperso y agotado.

La segunda lectura de Hebreos 10,5-10, nos muestra el misterio de la encarnación en su sentido profundo, pues para santificarnos, Cristo no ofreció a Dios un sacrificio ritual como los ofrecidos en el templo, pues ahora, su cuerpo es el nuevo templo, no hecho por manos humanas en el que se realiza plena y cabalmente la voluntad de Dios de querernos salvar. Todo él, ha estado sujeto a la voluntad de Dios que es el bien integral de él y de todos los hombres y por él también nosotros entramos en obediencia a esa voluntad, como pedimos en el padre Nuestro.

El Evangelio de Lucas 1,39-48a, nos presenta en la visitación, la alegría de las dos madres y la de Juan, aun en el seno de Isabel. Con esa alegría manifiesta, se nos recuerda la alegría de David, que danzaba ante la llegada del arca de la alianza, signo de la presencia de Dios. Se nos dice, que saltó, ante María, que es el Arca de la Nueva Alianza, que lleva en su seno al Señor.

En la alegría de ambas madres y de Juan, descubrimos que Jesús es la fuente de la verdadera alegría, que nos muestra la verdad de lo que somos: Hijos de Dios, por él y con él. Concretamente en la alegría de María que glorifica al Señor, porque ha mirado la humildad de su sierva, vemos cumplido el plan de Dios, que anunciaba Miqueas y en el cual, los últimos están llamados a ser los primeros.

María es la que ha creído y creyendo ha comenzado a constatar cómo Dios es fiel en realizar su promesa. Igualmente nosotros, si no creemos, no experimentaremos nunca cómo el don de Dios misteriosamente se va formando en nosotros y en los demás, pues de hecho, tanto María como Isabel, saben dialogar sobre lo que Dios ha hecho en ellas. Ninguna de las dos habla de sí, sino de la otra, o de lo que Dios ha hecho en ellas, hasta llegar así, a la cumbre de la alabanza en el «magníficat».

Navidad, es dirigir la mirada hacia lo que Dios va realizando en nosotros y hacia los más pequeños que nos rodean cada día, es recibir al otro como un don y ser para el otro un don. Solo así podremos recibir la alegre noticia de la salvación.

3º Domingo de Adviento, Ciclo C

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El tercer Domingo de Adviento, tradicionalmente se le conoce como el domingo de Gaudete, que se traduce por: ¡estad alegres! Se nos invita a estar alegres ante la venida del Señor. Una venida que estamos proclamando de manera especial en este tiempo de Adviento, cercana ya la Navidad y que hemos de tener y vivir como ya presente, cada día y en cada momento de nuestro caminar, como nos lo recordaba el profeta Sofonías 3,14-18 en la primera lectura al proclamar con fuerza: «¡Lanza gritos de gozo, hija de Sion…no tengas miedo…Yahveh tu Dios está en medio de ti!».

Realmente es una alegría afirmar esto, de modo, que no podemos estar tristes ni apesadumbrados, cuando el Señor viene a nosotros, en los momentos cruciales de nuestra historia. Por ello, no podemos menos que alegrarnos y transmitir esa alegría a los demás.

Este relato, por otra parte, nos recuerda la Anunciación, cuando el ángel dice a María: «alégrate el Señor está contigo». Y es que Dios no nos deja, ni en el sufrimiento ni en la muerte, sino que está cerca y viene. En un tiempo de incertezas y de calamidades, de infecciones y contagios, dejémonos contagiar por la buena noticia, pues como nos seguía recordando el profeta: «Dios se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta».

La segunda lectura, de Filipenses 4,4-7 insiste también en el mismo mensaje: «estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres…el Señor está cerca». Y es que Dios no olvida ese proyecto de felicidad para el hombre, que el Génesis recoge en el relato del paraíso y que Pablo nos recuerda estando en una lóbrega e inmunda cárcel, donde se encontraba, al confirmar a los filipenses en la alegre esperanza cristiana, la vida eterna a la que Dios nos ha destinado por medio de Jesucristo: «Estad alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres».  Esta alegría es lo que da sentido a nuestra vida, sometida tantas veces a la limitación y a la debilidad. Qué bien resuena aquí la frase de Santa Teresa: «Nada te turbe, nada te espante» a la que podemos unir la de Pablo: «Que la paz de Dios custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». De este modo, es como en la moderación y en la sencillez de una vida en paz, encontramos ya esa plenitud alegre y gozosa a la que el Señor nos llama.

El Evangelio de Lucas 3,10-18, nos sitúa ante la predicación de Juan el bautista en donde se destaca ese hablar de Jesús como el Mesías, el que ha de venir, el más fuerte. Esto nos recuerda que necesitamos cambiar, convertirnos, no hacer extorsión, ni crear escándalos. Una hermosa lección para nosotros y para nuestras relaciones sociales en las que el otro, se convierte en alguien importante, e incluso, superior a mí, pues en él descubro al Señor que viene y está ya presente.

En consonancia con lo que le preguntaban a Juan, hoy también nosotros nos preguntamos: ¿Qué hemos de hacer para que el Señor nazca en nuestros corazones? Sea como sea, una cosa está clara: en un mundo tentado por la ansiedad, la amargura y la carencia de felicidad, los cristianos, podemos vivir contentos, pues sabemos que Dios está en medio de la historia y la dirige tanto en el plano personal, como en el plano social y universal.