Domingo 29 T.O. Ciclo B

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Lo que nos salva no es el sufrimiento, sino el que ama y quiere que todos se salven y por ello acepta el sufrimiento.

Esto es lo que ocurre al siervo que hace posible el plan de Dios y del que nos habla Isaías 53, 2ª.3ª. 10 ss en la primera lectura y cuyo sufrimiento es equiparable a dar a luz una nueva vida.

Sufrimiento que es rechazado, como rechazado es todo sufrimiento y como rechazado es el que sufre, pero este es un sufrimiento redentor, que nos habla de volver a ser lo que somos, esto es: hijos amados; lo que supone, un volver a nuestro origen a nuestras raíces.

El Siervo de Dios, no vive el sufrimiento bajo el signo del castigo, sino bajo el signo de la elección y la predilección de Dios, y así es como puede cumplir su voluntad, que consiste en llevar a todos a la reconciliación y a la paz, es decir a la salvación.

Jesús, que hace presente la figura del siervo, es proclamado en la segunda lectura de Hebreos 4,14-16, Sumo sacerdote, pero especifica que se trata de un Sumo sacerdote, capaz de compadecerse de nuestras flaquezas, que él mismo ha asumido, excepto el pecado, que consiste en el rechazo de Dios y de su voluntad. Por el contrario, él se ha unido totalmente a la voluntad del Padre y se ha mantenido en ella hasta el punto de ser su alimento. De este modo, su cuerpo y su sangre, ofrecida por todos, se ha convertido en el verdadero y único sacrificio agradable al Padre. Si bien como hombre, ha experimentado la debilidad, como Hijo de Dios, puede rescatarnos del pecado, pues hace posible que podamos acudir al «trono de la misericordia». Es decir, a la reconciliación, al perdón de los pecados. No nos deja en la muerte, sino que nos llama a la resurrección.

El Evangelio de Marcos 10, 35-45, Nos presenta a Jesús, que camina decidido hacia Jerusalén, hacia la pasión y en ese caminar va instruyendo a los suyos, que siguen sin entender lo del desprenderse de todo para seguirle, como escuchábamos el domingo pasado. Como cualquiera, pretenden privilegios, poder y gloria, pero Jesus, les muestra que el verdadero poder y la verdadera gloria, consisten en darse y en dar la vida por los demás ¿estáis dispuestos a ello les pregunta? ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Ellos sin mucha claridad, contestan que sí, pero Jesús les dice que esta entrega por los demás, como signo de amor y deseo de salvación, es algo que solo Dios nos puede dar. Nosotros aspiramos a la gloria de este mundo y a la de los grandes, pero ellos son los que oprimen y gobiernan tiránicamente, en cambio, la gloria de Cristo es la del siervo que se hace esclavo de todos y da su vida en rescate por todos. Esto sí que es capaz de transformar las estructuras pecaminosas de este mundo y hacer posible el reinado de Dios.

Necesitamos convertirnos, cambiar nuestra mentalidad por la de Cristo, que nos enseña a aspirar a un tipo de grandeza y de gloria distintas: la del amor incondicionado, que se hace humilde servicio al prójimo, hasta entregar la propia vida ¿estamos dispuestos a beber este cáliz? Una vez más el Señor nos enseña, que esto es imposible para nosotros, pero no para Dios.

Domingo 28 T.O. Ciclo B

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Domingo XXVIII del T.O.

La primera lectura del libro de la Sabiduría 7,7-11, nos muestra que la Sabiduría no es fruto de la habilidad o de una adquisición humana, sino que solo puede ser recibida de lo alto y es preferible a cualquier tesoro. Pues bien, a nosotros, esta Sabiduría se nos ha revelado en Jesús, él es el verdadero rostro de la Sabiduría, en él hemos visto el rostro de Dios, su amor por nosotros, su preocupación por nosotros. El P. Caussade en su tratado sobre el abandono en la divina providencia dice: «Puesto que Dios se nos ofrece para ocuparse de nuestros asuntos, dejémoslos pues de una vez en manos de su infinita sabiduría, para no ocuparnos ya sino de él y de lo que le concierne». ¿Qué significa ocuparnos de él sino, preferirlo a todo, como nos decía la primera lectura, hablando de la sabiduría: «la preferí a cetros y a tronos y a su lado en nada tuve la riqueza.

El Evangelio de Marcos 10,17-30, nos presenta un buen ejemplo de lo que es el diálogo con Jesucristo, Sabiduría del Padre. Un diálogo que como hemos visto en ese personaje, está marcado por el deseo de la salvación: ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? Jesus le responde lo que él ya sabe: cumple los mandamientos, a lo que le responde, que él ya los cumple desde siempre. Entonces Jesus aprovecha para mostrarle hacia donde nos conduce la verdadera Sabiduría que es él: «una cosa te falta: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme».

Los mismos discípulos se quedan perplejos ante la respuesta y aquel, incluso, dejó plantado a Jesús, pues confiaba en su riqueza y Jesus le pide ir más allá, hacia una radicalidad, hacia un anteponerle a él a todo. El abandono en la divina providencia es la escuela a la que nos llama Jesús. Dejarlo todo para encontrarlo todo, morir a nosotros para resucitar en él: «os aseguro que todo aquel que haya dejado casa, hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras por mi y por la buena noticia, recibirá en el tiempo presente cien veces más y en el mundo futuro la vida eterna».

A partir de aquí, entendemos también lo que nos dice la segunda lectura de Hebreos 4, 12-13: «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo…juzga los deseos e intenciones del corazón». Nosotros, como el personaje del evangelio, dejamos esta Palabra que es Cristo, para ocuparnos de nuestros asuntos, pero el que le sigue, encuentra en él mucho más de lo que cree necesitar: cien veces más, pero junto con persecuciones, aclara el evangelista. Nada es comparable a esta vida que Cristo nos da y solo la podemos recibir si hacemos como aquel comerciante avispado, que lo vende todo para adquirirla.

Pero también aclara Jesus a los apóstoles que esto es imposible para nosotros, pero que para Dios, todo es posible.

Domingo 27 T.O. Ciclo B

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La Palabra de Dios, nos habla este domingo de la unidad entre el hombre y la mujer y del carácter indisoluble del vínculo matrimonial, algo que hoy nos puede parecer utópico o perteneciente al pasado. Es como si lo que nos dice la primera lectura de Génesis 2,18-24, a cerca de la creación del hombre y de la mujer, como lo que nos dice Jesús en el Evangelio de Marcos 10,2-16, a cerca de la controversia con los fariseos sobre el divorcio, pareciera algo mítico o algo fabuloso, pero para nada real, en cambio esta Palabra es hoy y siempre «viva y eficaz» y dirigida a nosotros en este momento, de manera que es el mismo Cristo el que nos muestra en la segunda lectura de Hebreos 2,9-11, que ese sufrimiento y esa fatiga concreta que experimentan hombres y mujeres cuando quieren vivir su unión de una manera estable, constructiva y fecunda, no es ajeno a ese otro sufrimiento que ha padecido Jesús por todos y cada uno de nosotros, al unirse a nuestra naturaleza humana para traernos la salvación. Salvación que no la trae el sufrimiento como tal, sino el amor que nos ha manifestado por medio de ese sufrimiento, de manera que así nos acompaña en el camino del amor y nos enseña a vivir en fidelidad y amor al plan de Dios, bien sea en el matrimonio o en la vida célibe por el reino.

El que ha experimentado el sufrimiento en su camino de fidelidad al Padre, y a su designio de amor (matrimonio) por nosotros, nos enseña también a vivir el sufrimiento y a vencerlo no a través de la disolución del vínculo contraído, sino a través de la perseverancia en el amor que nos lleva a una unión mucho mas viva y auténtica con el Padre. De resultas de la unión con el Padre, que Jesus ha hecho posible, podremos perseverar en nuestros compromisos de por vida y dando fruto abundante. El secreto es estar unidos a Cristo y por él al Padre. Entonces nuestros sufrimientos serán los suyos y su fidelidad, la nuestra. Es un intercambio de amor, realizado desde la gracia de su misericordia y su perdón.

La unión indisoluble del hombre y la mujer es una verdad inscrita en el ser humano, una verdad que hace patente su capacidad y su necesidad de amar y de ser amado. Ahí vemos expresada también la suprema dignidad del hombre y de la mujer como «imagen y semejanza de Dios». El matrimonio, es signo de la unidad que estamos llamados a vivir en Dios, pero realizada ya aquí y ahora, pues como dice S. Juan Crisóstomo: «la mujer y el hombre no son dos seres, sino uno solo».

La dureza de corazón de los israelitas, que llevó a Moises a dictaminar el divorcio, es la dureza de corazón que ahora los discípulos muestran con respecto a los niños y que Jesus corta de raíz diciendo que: «el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él».

Domingo 26 T.O. Ciclo B

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En el Antiguo Testamento, el Espíritu es un don que reciben algunos encargados de una misión pública y para un tiempo solamente. La promesa de una donación del Espíritu en plenitud, que es el deseo de Moisés, se cumplirá en el Nuevo Testamento y en la Iglesia, en la que todos los bautizados son sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu es un don que no está sometido a condicionamientos humanos. Dios, Señor de la historia actúa con soberana libertad, pero a favor de su pueblo y de los hombres. Este es el mensaje de la primera lectura del libro de los Números 11,25-29. La institución acoge el carisma, pero no lo puede encorsetar, de manera que los que no estaban presentes, aunque pertenecían al grupo, también reciben el Espíritu. Dios hoy, puede actuar también desbordando toda institución.

En este sentido, el Evangelio de Marcos 9,37-42.44.46-47 nos dirá que no están en comunión con Jesús sólo los que son oficialmente de los suyos. Jesús no es propiedad de nadie en particular y hay personas que, aunque no se consideren discípulos de Jesús, no son de hecho, contrarios a él. La frase: «el que no está contra nosotros está a favor nuestro», nos invita a contemplar la vida real, con sus dramas, de manera positiva y respetuosa con todos, pues todo el que busca el bien, la honradez, la justicia, la verdad y el respeto al hombre, está ya en el reino de Jesús, está con y cerca de él. Es importante no perder de vista este talante conciliador e integrador de Jesús, del cual estamos tan necesitados para llevar adelante la Misión que él nos ha encomendado. El radicalismo, el exclusivismo, no caben en el proyecto de Jesús, pero él mismo nos invita a la radicalidad de su seguimiento, lo cual nos indica que su Reino y los valores del Reino son un don y una necesidad universal y para todos. Mención especial, en este sentido, es la que se hace de los débiles en la fe, a ellos no se les puede escandalizar de ninguna manera y sería mejor perder algún miembro, es decir, algo que es muy importante para nosotros, antes que poderlo hacer.

Todo esto es lo que nos recuerda la segunda lectura del Apóstol Santiago 5,1-6, que los bienes de este mundo, no solo los materiales, sino los culturales, técnicos y espirituales no pueden estar en manos de unos pocos, sino que tienen una función y un destino universal. De manera que cuando esto no ocurre, es Dios mismo el que escucha los gritos del pobre, si es retenido su salario o como también, comprobamos en Jesús, que se ha hecho pobre por nosotros, y en quien vemos al justo que pone su confianza enteramente en el Señor que «escucha su grito y lo salva».

Así es como hemos de construir el Reino en la etapa presente en el ahora, por medio de la comunión sincera, el compartir real y la solidaridad respetuosa con todos, y vamos preparando así, su llegada definitiva y plena.

Domingo 25 T.O, Ciclo B

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Sobre la base primaria e instintiva de querer el éxito personal y perseguirlo a toda costa incluso eliminando al que pueda ser un obstáculo para conseguirlo o el deseo de hacer grupos de poder, que crean adeptos que se enfrentan a otros grupos, el Evangelio de este domingo nos muestra que todos esos mecanismos automáticos y que se refieren al hombre viejo, encuentran en Cristo su superación.

Dios que se nos ha revelado en Cristo, nos muestra, en primer lugar, que Jesucristo no es el que pretende triunfar a toda costa, sino el que se entrega por amor a su plan de salvación. Así lo vemos en el pasaje del Evangelio de este domingo de Marcos 9, 30-37. «El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le darán muerte y, después de morir, a los tres días resucitará». Pero al igual que a los discípulos, nos da miedo preguntar qué significa eso de que va a ser entregado, preferimos no entrar en detalles y al final nos quedamos con la duda lacerante ¿Acaso Dios desea el mal del Hijo y que sea sometido a la burla y al desprecio? Dios no quiere el mal, pero si lo acepta, es para nuestro bien o el bien de los demás.

La primera lectura del libro de la Sabiduría, 2,12.17-20, nos muestra, como el justo es el que sigue los mandatos de Dios y por ello, es rechazado por los demás. Al no conocer a Dios, lo condenan, sencillamente porque «no es de los nuestros» y «tiene un comportamiento distinto del nuestro». Esto se cumple en Jesucristo, que es rechazado, condenado y crucificado por el mundo, pero es el que resucitado ha sido habilitado por Dios y vive eternamente intercediendo por nosotros.

Jesus, nos enseña un modo nuevo de vivir en apertura a Dios y a los demás, y ¿Qué es lo que nos impide estar abiertos a Dios y a los demás? nos lo recordaba el apóstol Santiago en la segunda lectura 3,16-4,3, cuando dice: «sois como un campo de batalla y estáis en guerra. Ambicionáis y no teméis, asesináis y envidiáis, pero no podéis conseguir nada; lucháis y os hacéis la guerra y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones».

Tenemos que poner paz en nosotros y en nuestro alrededor y esa paz es la que proviene de Cristo que nos dice en primer lugar, que la jerarquía entre los discípulos se estructura según el criterio del servicio y del ponerse en el último lugar. Esto es lo que ha hecho él mismo. Y en segundo lugar, uniendo la acogida de Jesús y del Padre a la acogida de un niño. El niño era en el mundo antiguo escasamente considerado, llegando a ser imagen de todos los que no son considerados dignos de atención y de estima, pero sin embargo, y curiosamente, son ellos los que reciben el don del amor de Jesús y pasan a ser sacramento del mismo Jesús, como él lo es con respecto al padre.

En definitiva: que la autojustificación y la crítica van siempre de la mano, lo mismo que la justificación por la gracia y el servicio, van siempre unidos.

Domingo 24 T.O. Ciclo B

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¿Quién es Jesús? La pregunta, nos la hemos hecho en algún momento. Para responderla, hemos aprendido fórmulas o sencillamente decimos algunas, que no nos comprometen demasiado y así decimos; que es un gran hombre, que es protector de los débiles, que es el Señor.

Toda respuesta, sin dejar de ser verdadera, estará vacía, si no afecta a nuestra vida y si no expresa un compromiso con Jesús. Por eso, la segunda lectura del Apóstol Santiago, nos decía que una fe sin obras es una fe muerta y el Evangelio de Mateo, aun nos recordará, que los que no tienen una fe explícita en su presencia y han socorrido a los necesitados, es al mismo Cristo a quien lo han hecho.

Es verdad que la fe salva, como bien nos enseña San Pablo, pero la fe o nos lleva a las buenas obras o no es auténtica. La fe o se traduce en amor o no existe. Si la fe es don, las obras son la respuesta positiva a ese don. En una palabra, que si creemos, buscaremos hacer la voluntad de Dios y ese es el reto: no solo que creamos en él, sino que vivamos como él. Por eso Jesús, que se ha manifestado como Mesías y así lo ha expresado abiertamente Pedro con la expresión: «Tú eres el Mesías», quiere manifestarse también como Hijo de Dios, lo cual es todavía no evidente para Pedro y para los discípulos, de ahí que tenga que insistirles que ha de sufrir como Hijo y en obediencia al Padre, para llevar a cabo la salvación. La redención, operada por Cristo pasa por el sufrimiento y esto nos indica que el sufrimiento tiene un sentido redentor. Cuando sufrimos con Cristo, nuestro sufrimiento tiene también un sentido redentor, por eso, cargar con la cruz, significa que, si unimos nuestro sufrimiento al de Cristo, también éste tiene un sentido redentor, pues si Cristo nos he redimido por la cruz, esta redención que ya se ha dado, se tiene que dar en cada uno de nosotros ¿Cómo?  Cargando con nuestra cruz y uniendo nuestra cruz a la de Cristo. En una palabra: sufriendo con Cristo. El que así obra, nos decía, la primera lectura, de Isaías, no verá decepcionada su confianza y puede hacer frente a sus enemigos de forma resuelta, pues el Señor le ayuda. Este es el Siervo, el que ha puesto en Dios su confianza, ha sido ultrajado, pero Dios es testigo de su inocencia.

Las palabras del centurión a los pies de la cruz, dan fe de esta verdad: «realmente este es el Hijo de Dios». Este es el que hace la voluntad del Padre y el que viene a traernos no un mesianismo de triunfo, sino de humillación y sufrimiento. Hemos de dar una vuelta a nuestro modo de pensar y a la imagen de Dios que nos habíamos construido. Siguiendo los pasos de Jesús, hemos de proyectar nuestra vida, no como posesión egoísta y autosatisfactoria, sino como entrega.

Domingo 23 T.O. CicloB

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Jesús, se nos muestra en el Evangelio de este Domingo, cercano a alguien que por su enfermedad (sordomudo) se siente excluido de la sociedad, pero Jesus le cura, es decir, le devuelve no solo la salud, sino la capacidad de sentirse uno con los demás y recuperar su dignidad. Qué duda cabe que éste será después, uno de los que anuncien con fuerza la alegría de la salvación, el Evangelio de la misericordia y del perdón.

También nosotros somo sordos cuando no oímos las necesidades de los demás y somos mudos, cuando no somos capaces de decir una palabra de aliento al que está en el sufrimiento o en el dolor.

Si vivimos con Cristo y en Cristo, entonces comprenderemos la verdad de lo que somos, es decir: pobres por nuestra incapacidad, pero como nos recordaba la segunda lectura, llamados a ser ricos en la fe y herederos del Reino, pues como el hombre del Evangelio, que al encontrarse con Jesus, experimentó un cambio radical en su vida, así nosotros también experimentamos con Cristo la fuerza de su palabra que nos llama a la conversión. Entonces, no nos escandalizaremos de nosotros mismos y podremos acoger con la palabra de Jesus, la invitación a escuchar a los demás y a poderles decir igualmente, una palabra de aliento. Pero si no acogemos la palabra de Cristo y no somos capaces de reconocer que él nos ha escogido en nuestra pobreza, para ser herederos de su reino, prometido a todos los que le aman, seguiremos siendo sordos y mudos, incapaces de acoger y dar la Palabra que puede devolvernos a la vida de la comunión y del amor, y que nos libera de la sordera y de la incapacidad de hablar; podremos amar y escuchar al Señor en su palabra y proclamarla a los demás. Podremos alabarle y bendecirle por los dones que nos concede, y, sobre todo, podremos dirigirnos a él con un corazón nuevo, que no excluye a nadie, sino que a todos acoge y ama, pues es un corazón libre para amar, abierto al amor y a la verdad.

Si escuchamos la Palabra que nos salva y que puede devolvernos a la alegría del amor y del perdón, podremos afirmar, también, que todo lo ha hecho bien y nos sabremos partícipes de ese bien y de esa bondad que viene de lo alto, que no depende de nosotros pero que sí debemos pedir para poderla llevar a la práctica.

Domingo 22 T.O. Ciclo B

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Dios ha elegido por puro amor a su pueblo y ha establecido con él una Alianza. La primera lectura de Deuteronomio 4,1-2.6-8 nos habla de que la aceptación de un solo Dios y de las exigencias de la Alianza, lleva consigo la escucha fiel de la Palabra de Dios que es fuente de vida y de libertad. Este Dios no es un Dios alejado del hombre, sino que está en su interior, en su corazón, en su intimidad. En esta línea está también Jeremías, Oseas o el mismo San Juan. Es la corriente de espiritualidad característica del Deuteronomio y tiene como Palabra clave, la escucha. Israel, ha sido llamado, en virtud de la elección divina a escuchar la ley que Dios le da y a ponerla en práctica sin alterarla, solo así será conocido  y se distinguirá de los demás pueblos, como pueblo sabio y sensato y Dios pasa a ser el Dios cercano y próximo, que sobrepasa toda capacidad y todo juicio.

La segunda lectura es de la Carta del Apóstol Santiago 1,17-18.21b22.27 y nos recuerda que la escucha de la Palabra requiere una actitud de apertura especial y particular. Si bien esta Palabra revela la verdad sobre Dios y sobre el hombre, y tiene una fuerza intrínseca, sólo da fruto en plenitud con la colaboración del creyente, que encuentre sitio en un corazón disponible a escucharla y a ponerla en práctica. Ya Jesús había dicho la bienaventuranza: «dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen» y toda bienaventuranza nos lleva a Jesús que la proclama, a la esperanza que engendra y a la situación en la que el hombre se encuentra. A partir de ahí, desparece la tentación que acecha a todo creyente de separar el culto y el estilo de vida, dando lugar a acciones concretas: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo. La carta traduce así el dicho del Señor: «el que escucha estas palabras mías y las pone en práctica es como aquel hombre sensato que edificó su casa sobre roca….(Mt 7,24ss)

El Evangelio es de Mc 7,1-8ª.14-15.21-23, y nos presenta una verdad que es válida para todos: «escuchadme todos». Todas las cosas creadas son buenas, según el proyecto del Creador (Gn 1) y, por consiguiente, no pueden ser impuras ni volver impuro a nadie. Lo que puede contaminar al hombre, haciéndolo incapaz de vivir la relación con Dios, es su pecado, que radica en el corazón, luego, no corresponde a la voluntad de Dios ni se está en comunión con él multiplicando la observancia formal de leyes con una rigidez escrupulosa sino purificando el corazón o dicho de otro modo, iluminando la conciencia, de forma que las acciones que llevemos a cabo, manifiesten la adhesión al mandamiento de Dios, que es el amor. Jesús conecta y supera la espiritualidad deuteronomista de la que nos habla la primera lectura.

Colocando al hombre frente a la genuina voluntad de Dios, Jesús lo libera de las exageraciones rabínicas y le proporciona la auténtica libertad y responsabilidad. Un equilibrio que siempre debemos mantener o recuperar.

Domingo 21 T.O. Ciclo B

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La primera lectura es del libro de Josué 24,1ª.15-17.18b y tiene como contexto la conquista de la tierra prometida que fue lenta y los habitantes del país tienen sus propios dioses. Los hebreos, por su parte, vienen del desierto, trayendo su propia fe monoteísta en su Dios Yahvé. En el encuentro con los nativos, la fe monoteísta, se vio en dificultades. Máxime cuando veían, la riqueza y los exuberantes cultos que allí se daba a los dioses. Ante esta situación, era preciso renovar la Alianza y descubrir su riqueza en el marco de una celebración donde el pueblo responde con la aceptación de la alianza y el cumplimiento de sus cláusulas. Esto es importante, resaltarlo ya que quienes sancionaron la Alianza en Siquem, no eran los mismos que atravesaron realmente el desierto, sino que eran sus descendientes, lo que nos indica que estamos ante una fe creíble, histórica  y que actualiza la historia de la salvación. Pero esto no quiere decir que el pueblo cumpla con esos compromisos adquiridos.

En la segunda lectura de Efesios 5,21-32 Pablo, no hace ningún alarde de machismo cuando dice que el marido es la cabeza de la mujer, sino que está hablando de la relación entre Cristo y la Iglesia, de manera que como Cristo, es cabeza de la Iglesia, así el esposo es cabeza de la esposa. Seguramente, fue escrito como respuesta a ciertas acusaciones dirigidas a los cristianos en el sentido de que amenazaban la estabilidad del tejido social, puesto que exigían cierta igualdad entre todos los fieles, pues el matrimonio como expresión de la vida que existe en Dios, es una comunión de vida y de amor y en este sentido el que el esposo sea cabeza, quiere decir que debe amar más y sabiamente a la esposa y que como la cabeza no se puede separar del cuerpo, tampoco la unión matrimonial puede disolverse. Esto que es lo que se da entre Cristo y la Iglesia, es lo que se da entre el hombre y la mujer unidos en matrimonio. Consecuentemente: «serán los dos una sola carne».

El Evangelio de Jn 6, 60-69, muestra la incredulidad de los discípulos ante las palabras de Jesús que afirman la necesidad de comer su carne y beber su sangre. Es necesario que Jesus muera y resucite para que lo puedan entender, pues sólo quien ha nacido y ha sido vivificado por el Espíritu y no obra según la carne, comprende la revelación de Jesús y es introducido en la vida de Dios.

Todo esto nos indica que, si bien el lenguaje en la transmisión de la fe es importante, la fe siempre será un paso duro de dar, pues supone una elección, una alianza del tipo de la propuesta por Josué; implica elecciones no siempre fáciles ni siempre indoloras. Y frente a los compromisos que afectan profundamente a nuestra vida, nos vemos tentados también a hablar de exageración o de complicaciones, que la Palabra se debe interpretar o sencillamente que los tiempos han cambiado. Frente a todo ello hoy el Señor nos sigue diciendo con claridad y entereza que es preciso estar con él o dejarle.

Pidamos poder decir con Pedro: «Señor ¿a quien iremos? Tus palabras dan vida eterna»

Fiesta de la Asunción

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La fiesta que celebramos de la Asunción de María, es un motivo de firme esperanza al contemplar como una criatura vence a la muerte y es elevada a la gloria.

La primera lectura es del libro del Apocalipsis. En ella se nos habla de una figura portentosa en el cielo: una mujer vestida de sol, la luna por pedestal y coronada de doce estrellas. Esta mujer representa a la nueva creación, al nuevo pueblo de Dios, a la Iglesia que ve en ella a María asunta al cielo en cuerpo y alma, afirmando que, así como el Hijo de María murió y resucitó, así también la madre ha vencido a la muerte en la resurrección gloriosa, como primer fruto, de la resurrección del hijo. La Iglesia se alegra con la victoria del Hijo y de la madre y nosotros vemos en ello un camino de esperanza para la misma Iglesia y para el mundo. La fe en Jesús nos lleva hacia esa victoria esperanzadora sobre el mal, el pecado y la muerte.

La segunda lectura es de 1ª Corintios 15,20-26 nos recuerda que la resurrección de Jesús es el núcleo originario del mensaje cristiano, pues supone la victoria sobre la muerte y por tanto la desaparición del miedo a la muerte. Si la herencia recibida de Adán ha hecho que el pecado y la muerte alcance a todos los hombres, la herencia victoriosa de Cristo, alcanzará también a todos los hombres. Cristo ha resucitado, por tanto, resucitarán los muertos. Esto es lo fundamental: que la muerte ha sido vencida en todos, porque ha sido ya vencida en Cristo Jesús y María asunta al cielo, es la primera en participar de esa victoria. Si cierta es la muerte, mas cierta es la vida para todos. La vida ha vencido a la muerte, esa es la buena nueva, y Maria es primicia.

El Evangelio es de Lucas 1,39-56. El encuentro entre Isabel y María, dos mujeres en cinta, es un anuncio evangélico, de vida, pues una es estéril y la otra virgen. La historia a partir de ahora será distinta como canta María en el magníficat: los pobres y los oprimidos de todos los tiempos y de todos los ámbitos, pasan a ser los protagonistas de la historia y dejan de serlo los ricos y los poderosos. Isabel proclama bendita a María, pues si Cristo es nuestra bendición, María es la primera en participar de ella. El Magnificat, no es una simple plegaria de liberación ni una exaltación personal de María sino la proclamación de la capacidad de Maria y por ella, los que, por la humildad, tienen la capacidad de ver los acontecimientos con unos ojos nuevos, con unos ojos que saben ver la realidad de la historia y la mano de Dios que obra en ella, con los ojos de la fe.

Los ojos de la fe, nos ayudan también a nosotros a ver nuestra historia y la de los otros como una mirada especial, desde Dios. De este modo, las experiencias de luto y de dolor, como las de amor y alegría, pueden ser momentos que son transformados por la presencia de Dios en todos ellos, y así, hacer nuestro, el cántico de alabanza que María ha proclamado con su vida.