El Bautismo del Señor

Nos recordaba Benedicto XVI en una de sus homilías, que todo el misterio de Cristo en el mundo se puede resumir con esta palabra: bautismo, que en griego significa «inmersión».

El hijo de Dios, que desde la eternidad comparte con el Padre y con el Espíritu Santo la plenitud de la vida, se sumergió en nuestra realidad de pecadores para hacernos participar de su misma vida: se encarnó, nació como nosotros, creció como nosotros y, al llegar a la edad adulta, manifestó su misión por medio del bautismo de conversión que recibió de Juan el bautista.

Juan no quería, pero Jesús insistió porque era esa la voluntad del Padre. De este modo, Jesús manifiesta que aceptó hacerse hombre en obediencia al Padre y manifiesta así que es el hijo de Dios, verdadero Dios como el Padre. Es el que se rebajó para hacerse uno de nosotros, el que se hizo hombre y se humilló hasta la muerte y muerte de Cruz.

¿Porqué el Padre quiso eso nos podríamos preguntar? El relato insiste que cuando salió del agua, se posó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y que se escuchó la voz del Padre que lo proclama Hijo predilecto.

Jesús es pues el que nos da el Espíritu y el bautismo cristiano, a diferencia del de Juan será bautismo en el Espíritu, es decir bautismo que nos introduce en la vida de Dios, en la vida eterna, es decir, que nos lleva a la situación original anterior al pecado.

San Pablo nos dice en la carta a los romanos, que hemos sido bautizados en la muerte de Cristo para tener su misma vida de resucitados. Entrar en el bautismo, es por tanto entrar en la muerte de Cristo para resucitar con él.

El bautismo de Jesús se sitúa pues en la lógica de la humildad y de la solidaridad con el hombre y con su condición. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como cordero de Dios que quita el pecado del mundo, obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su «bautismo».

Por tanto, Cristo es el que nos da el bautismo en el Espíritu por el que quedamos libres del pecado y de la muerte. De ahí que el bautismo sea un gran don.

Hoy estamos llamados todos a descubrir este don de estar bautizados y de pertenecer a la familia de los hijos de Dios.

Que podamos dar testimonio de esta fe a lo largo de toda nuestra vida.

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