Fiesta de la Asunción de María a los cielos

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Esta fiesta de la Asunción, por un lado, canta las maravillas de Dios, que da a María el don de la Asunción, como afirma solemnemente la Iglesia. Por otro lado, es un canto a la fidelidad de María y por último, es un motivo de esperanza para la Iglesia y para toda la humanidad, al contemplar en María, cómo una como nosotros, vence a la muerte y es elevada a la gloria.

La primera lectura es del libro del Apocalipsis 11, 19ª; 12,1-6ª.10ab. El lenguaje apocalíptico nos invita a pensar en una especie de sueño en el que salen a flote nuestros miedos y nuestras certezas, nuestras necesidades y nuestros deseos.

En él aparece una mujer; una especie de reina soberana sobre la luna, es decir sobre el otro lado de nuestra conciencia, nuestro inconsciente, y sobre las estrellas, que representan a las doce tribus de Israel, que vendrían a significar la historia. Es en este sentido, una señal de vida y una esperanza ante el futuro

Sin embargo, encontramos en ella también dolor y peligro, pues la mujer grita por los dolores del parto y teme al dragón que quiere devorar al niño. Es una lucha en la que vemos el peligro inminente de que nuestro sueño de una vida nueva se vea en peligro.

Finalmente, el niño nace y se salva lo que nos confirma en la verdad de que Dios es el que reina sobre nosotros y el que tiene las claves de la vida y de la historia. Ha sido perseguido por la serpiente, pero ha salido vencedor, esto es: ha resucitado. Y esta es la realidad que se refleja también en su madre, cuya victoria sobre la muerte celebramos como fruto primero de la muerte y resurrección del Hijo. Se abre así un camino de esperanza para la misma iglesia y para el mundo.

La segunda lectura es de 1ª Corintios 15,20-26, en ella vemos el mensaje de la resurrección, como es en realidad: el centro del mensaje cristiano. Si Cristo ha resucitado, entonces los muertos resucitan y esta es la gran afirmación que el apóstol destaca: la muerte será vencida en todos porque ha sido vencida en Cristo Jesús. Pues bien, esta verdad realizada en Jesús, se ve realizada ya como primicia en María.

El Evangelio es de Lucas 1,39-56. El encuentro de María e Isabel pone en relación el Antiguo con el Nuevo Testamento. Isabel saluda a la madre de su Señor y la proclama bienaventurada por su fe, exultando junto con su propio hijo por impulso del Espíritu Santo.

En el magníficat, los primeros cristianos cantan el poder, la misericordia, la santidad y la fidelidad de Dios manifestados en la muerte y resurrección de Jesús y María es la mejor cantora de este cántico, pues por su fe, se convierte en modelo para todo aquel que quiere comprender lo que significa el reconocimiento del señorío de Dios sobre su propia vida.

También nosotros por ella, nos volvemos capaces de reconocer el poder de Dios que actúa en la historia, haciendo justicia al pobre, y nos transforma también a nosotros, en siervos en los que actúa el Espíritu con su fuerza, llegando incluso a abandonar nuestro cuerpo al poder del Reino de Dios.

La Iglesia canta con María, su mismo cántico de alabanza: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». 

         

6º Domingo de Pascua Ciclo C

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6º Domingo de Pascua Ciclo C

Los cristianos no judíos de Antioquía, bien pronto tuvieron que hacer frente a ciertas dificultades como, si tenían que guardar o no las tradiciones de los judíos, siendo que no eran judíos.

En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles 15,1-2.22-29, los Apóstoles reunidos en Jerusalén, decidieron algo importante para la marcha de la Iglesia y abrieron así, un punto de inflexión con respecto al judaísmo. Si para ser judío era imprescindible guardar la ley y las tradiciones judías, el cristiano, en cambio, es el que vive de la fe en Jesucristo y desde esta fe, experimenta la necesidad de la conversión y de dar muerte al pecado, para así acoger la presencia de Dios en él. Si hay que mantener algunas normas será para que pueda darse la comunión y evitar la división, pues estaba en peligro la unidad de la Iglesia. De este modo, lo que se pone de manifiesto es la libertad evangélica; algo que sin duda marcará toda la historia eclesial posterior.

El desafío entonces y ahora es el mismo; vivir en fidelidad a Jesucristo, lo que se traduce en una comunión que es la que hace creíble y posible la evangelización.

El Espíritu Santo junto a los apóstoles tanto entonces como ahora, es el que hace posible la fidelidad a las enseñanzas de Jesús, actualizando en cada momento su mensaje; garantizando esa fidelidad y adaptándola a las necesidades de cada época.

La segunda lectura es del libro del Apocalipsis 21,10-14.22-23, que nos viene acompañando durante toda la pascua y que nos habla en clave simbólica. Hoy llegamos a la conclusión, con la visión de la Jerusalén celeste, en contraste con Babilonia, la ciudad símbolo del mal.

De la Jerusalén que baja del cielo, se nos dice que esta amurallada, pero con tres puertas a cada uno de los lados que se corresponden con los puntos cardinales, por los que entran gentes de todos los pueblos de la tierra, dando lugar así al único pueblo de Dios, en el que los Apóstoles, como testigos de la resurrección, son sus fundamentos. La novedad está en que ahora el templo ya no es un lugar, sino una realidad nueva, que es la comunión con Dios y con el Cordero, cuya presencia resucitada es la luz que lo envuelve todo.

Como ocurrió en Jesús ocurrirá en su Iglesia: el camino de la pasión conduce a la gloria de manera segura y firme y es su presencia gozosa enmedio de los que se reúnen en su nombre, lo que celebramos y lo que aguardamos en plenitud.

El Evangelio es de Juan 14,23-29. En él, Jesús consuela a sus discípulos ante su partida, prometíéndoles una presencia continua y constante en aquellos que guardan sus palabras. Esta nueva manera de estar con nosotros, consiste en ser capaces de acoger a Dios en nuestro interior, de manera que por el Espíritu, Cristo sea para nosotros, vivo y actual. Y su palabra, una palabra viva dirigida al corazón de cada uno de nosotros. El Espíritu que se nos da es pues el gran hacedor de esta novedad, haciendo presente hoy en cada momento la salvación y el amor de Dios, que es presencia viva, realizada, por medio de Jesucristo muerto y resucitado; que nos recuerda el amor que Jesús nos tiene y la necesidad de amarnos unos a otros con ese mismo amor.

Así, como ocurrió en el Concilio de Jerusalén, el resultado de todo ello es la paz , pero no una paz como la paz que da el mundo, sino nueva, porque esa paz es él mismo en nosotros, una paz que nadie nos podrá quitar, una paz que nos permite amar, esperar, orar, actuar.

“Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo”. El destino de Jesús es también nuestro destino. Alegrarnos de su destino es alegrarnos del nuestro. Compartir la misión y el destino de Cristo es para nosotros, fuente de alegría y de gozo, pero de ahí también, la necesidad de un paráclito, un defensor y padre de los pobres, que nos invita a acogernos y a recordar la palabra de Jesús, que nos ilumina y nos muestra el camino de la verdadera paz.