13º Domingo del T.O. Ciclo C

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A lo largo de una serie de domingos, vamos a acompañar a Jesús en su viaje a Jerusalén.

San Lucas, ha dado a la parte central de su Evangelio esta forma narrativa de viaje. De este modo, pone de manifiesto que la vida del cristiano es una peregrinación hacia la patria, algo que está muy presente en otros escritos del Nuevo Testamento.

La primera lectura, es del libro 1º de los Reyes, 19, 16b. 19-21 y pertenece al llamado ciclo de Eliseo, el cual es llamado por Elías para la misión profética, lo que supone un cambio de vida radical y un ponerse en camino en despojo y libertad, para ejercer la propia misión. A la llamada, Eliseo responde inmediatamente con un gesto de entrega: da a los suyos todo lo que tiene y todo lo que es, mostrando así una libertad suprema.

En la segunda lectura de Gálatas 4,31b-5,1.13-18 San Pablo, nos invita también a recorrer un camino de libertad, libertad que curiosamente se da en la medida en que nos dejamos atrapar o nos sometemos a la caridad de Cristo, de manera, que vivir en la libertad, es lo mismo que vivir como Cristo vivió, es decir, estar dispuestos como él a dar la vida por los demás. Ser libre como Cristo es amar como Cristo y ello es posible, en la medida en que también nosotros nos sabemos como él, amados por el Padre, pues Dios es amor y quien vive en el amor, vive en Dios. Así es como dirá Pablo, que Cristo nos ha liberado de la ley, lo que equivale a ser liberado del apetito desordenado de poner nuestro propio yo en el centro de la existencia y pasar así a una nueva situación en lo que cuenta de verdad es la caridad que nos libera de las estrecheces de nuestro egoísmo dándonos así la felicidad.

Pero bien sabemos, que podemos entender la libertad justo, al contrario, como afirmación de nuestro propio yo, por ello hemos de estar atentos a lo que nos dice el apóstol: «no toméis la libertad como pretexto para vuestros apetitos desordenados; antes bien, haceos esclavos los unos de los otros por amor». Seamos pues libres, mediante la renuncia voluntaria y continua a vivir encerrados en nuestro yo.

El Evangelio es de Lucas 9,51-62 en él se nos muestra a Jesus que de forma decidida y en obediencia al Padre, se encamina hacia Jerusalén. La suya, es una decisión irrevocable fruto del amor. Envía por delante a sus discípulos, a fin de que preparen el corazón de los hombres, para la escucha de la Palabra. El punto de partida de su camino es un pueblo de Samaría. La relación entre judíos y samaritanos nunca fue buena y la animosidad y el odio entre ellos era grande. Pero Jesús, al comenzar el camino, advierte a los suyos que hay que alejar todo deseo de venganza, odio, persecución y toda su enseñanza consistirá en descubrirles que el reino tiene fuerza por sí mismo y sin necesidad de recurrir a la violencia o al poder, sino que más bien, el poder de Dios se manifiesta en el establecimiento del Reino por medio de la cruz y resurrección. Pero hoy como ayer, seguimos sintiendo la tentación del recurso a otros medios.

Jesús, se muestra también clarísimo en que no se puede anteponer nada a su amor, así hemos de entender: «deja que los muertos entierren a sus muertos». De este modo, el discípulo puede tener un corazón libre, capaz de hacer suyos los sentimientos del Maestro, y poder así entregarse por completo a la voluntad del Padre y a la construcción de su Reino.

El seguimiento de Cristo provoca una ruptura con lo anterior, sin que ello suponga desentenderse del mundo, sino un entenderlo desde Él mismo y desde su estilo de vida.

Lo que Jesus ofrece al que le sigue es: un sentido para toda la vida y una clave interpretativa de toda la existencia.       

Fiesta del Corpus Christi

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El día de Corpus Christi, nos centramos en la Eucaristía y afirmamos que es el centro de nuestra vida cristiana ¿Qué quiere decir esto?

En primer lugar, que la Eucaristía salva nuestro pasado, pues nos une a un hombre que pasó por en medio de la gente y anunció con obras y palabras la presencia de Dios en su tiempo y en todo tiempo. El pan y el vino consagrado nos hablan de una historia diferente, salvífica, que arranca del corazón de Dios, en la Trinidad de las personas divinas, de su amor.

Este pan y este vino consagrado no solo afectan a nuestro pasado, sino también a nuestro presente, puesto que en él vemos un amor que nos sostiene y que da fundamento a nuestra vida, haciendo posible el encuentro real con el Dios que es fuente de vida y de bendición en medio de nuestro vivir, esto es, de nuestro pan y vino cotidiano.

Este pan y este vino consagrado, es también pan del futuro, de manera que nuestro vivir cotidiano, ya no es algo que transcurre con angustia entre un nacimiento y una muerte; nuestra historia, ya no encuentra un cielo cerrado encima de ella.

El pan y vino consagrado aparece, así como el signo de una historia apasionante, que renueva, transforma y da sentido a nuestra propia historia, abriéndola a un futuro nuevo y esperanzador.

La primera lectura, de Génesis 14,18-20, nos habla del encuentro de Abrahán con Melquisedec, que le ofrece pan y vino, signos del culto y del alimento básico. Junto a ellos, las palabras de bendición a Dios y a Abrahán. La bendición dirigida a Dios es el reconocimiento de su grandeza y bondad, y la dirigida a Abrahán es la consolidación de la que recibió en el momento de la vocación. Todo ello nos habla de la Eucaristía, en cuanto que signo de la bendición de Dios hacia nosotros por medio de Jesucristo y de la acción de gracias que nosotros le tributamos a él por su presencia real entre nosotros.

La segunda lectura, de 1ª Corintios, 11,23-26 nos recuerda aquello que Jesús prometió a los discípulos antes de ascender al cielo: «sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Mientras aguardamos su retorno, esa espera está poblada por su compañía permanente. Y esto es lo que anunciamos cada vez que celebramos la Eucaristía: que la presencia en el pan y vino consagrado es Cristo mismo transformado y presencializado en el pan y el vino. Esto es algo que, perteneciendo al pasado, y que forma parte de una tradición recibida, da sentido al presente, abriéndolo a un futuro de plenitud felicidad y amor. Los que participamos de un mismo pan tenemos un mismo destino, convirtiéndonos así, en pan de vida y de esperanza para los demás.

El Evangelio, es de Lucas 9,11b-17 y nos muestra la multiplicación de los panes y de los peces. Un milagro que para muchos es anticipo de la Eucaristía, pues los gestos de Jesús sobre el pan evocan los de la última cena y, por otra parte, Lucas reconoce que la celebración del banquete fraterno empuja a compartir los bienes materiales del mismo modo que se comparten los espirituales, de manera que hoy como ayer, estamos llamados a seguir realizando signos convincentes de la fe que proclamamos. Es entonces, cuando el milagro se convierte en prueba de nuestra fe y en signo del mundo nuevo al que Dios nos llama por medio de Jesucristo, cuyo Santo Nombre invocamos continuamente.

La Santísima Trinidad, Ciclo C

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La fiesta de la Santísima Trinidad, se celebra el domingo siguiente a Pentecostés y nos invita a contemplar el misterio de Dios.

La primera lectura es del libro de los Proverbios 8,22,31. Es una reflexión sobre la Sabiduría.

Sabio, es aquel que consigue ver la verdadera ley de la vida, aquel que reconoce en el mundo una sabiduría que es anterior a él. Pero poco a poco la reflexión fue evolucionando hacia su personificación en la figura de una muchacha que acompaña al Señor en su obra creadora y que se divierte con el mundo y con la humanidad.

La sabiduría es por tanto, la Palabra que hace existir la Historia, y que se suele interpretar como figura o tipo del Verbo de Dios. La sabiduría si bien aquí no se identifica con Dios, forma parte de su entorno relacional, presentándonos a Dios en relación y con un rostro femenino y en interacción con su criatura.

La sabiduría, aparece así como un intermediario o puente entre Dios y los hombres. El Nuevo Testamento, atribuye a Jesucristo este papel mediador y así la carta a los Hebreos, nos dirá que Jesucristo es el único mediador entre Dios y los hombres. La reflexión en torno a esta Sabiduría, nos permite comprobar que entre Dios y el hombre existe una suerte de relación, y que es en esa relación sobre la que se funda el sentido tanto de la vida como de la historia.

La segunda lectura, es de Romanos 5,1-5, Pablo nos recuerda que estamos llamados a participar de la gloria de Dios, de su misterio, de manera que todo contribuye a ello. El Espíritu, es el hacedor de esta gran obra, permitiendo que todo alcance su sentido y su plenitud en Dios. El que cree y espera en Dios, sabe que su amor, derramado en nosotros por medio de su Espíritu, es el que da un sentido nuevo a todas las cosas, pues todo es para la gloria de Dios.

Este amor de Dios que se derrama en nuestros corazones, nos ha dado, la libertad con respecto a la ley y al pecado, abriéndonos a la esperanza, de forma que amparados en este amor, podemos perseverar enmedio de las tribulaciones y sufrimientos de esta vida, uniéndonos así a Cristo, vencedor del pecado y de la muerte.

La vida en el Espíritu es por tanto, la fuente de donde brota la vida cristiana, pues el Espíritu, es el que da testimonio continuamente de que somos hijos del Padre por la muerte y resurrección de Jesucristo, Hijo de Dios.

El Evangelio es de San Juan 16,12-15 y nos recuerda la necesidad de vivir en la verdad y en la bondad de la verdadera Historia, que no es sino Cristo Jesús, cosa que el Espíritu, nos permite y ayuda a comprender y asimilar, fundamentalmente su muerte y resurrección, que son el verdadero comienzo de la nueva historia, el nuevo mundo y de la nueva humanidad.

En este contexto, lo importante es mantener viva la comunión que existe entre el Padre, el Hijo y el Espíritu, tanto en nosotros como en el pueblo de Dios, que es la Iglesia.

Nuestra llamada a la comunión con Dios y con quienes nos acompañan en nuestro caminar, lejos de ser un peso, nos permite alcanzar la verdadera libertad y felicidad y por ello es: «la otra historia».

Ciertamente, hablar de Dios no es fácil, pues es hablar de esa otra historia, que se construye sobre la caridad, y la comprensión, unidas por un mismo amor.

Pentecostés, Ciclo C

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Con Pentecostés llegamos a la plena realización de la obra salvadora, al comienzo de la Evangelización y a la espera del retorno del Señor.

Lo que para el judaísmo era el don de la ley, se convierte ahora en el cumplimiento de la promesa.

La primera lectura de los Hechos de los apóstoles 2,1-11, narrados por San Lucas, pone de manifiesto cómo los discípulos reciben el Espíritu estando juntos y en oración. Este es el clima apropiado para recibir el Espíritu y cómo renovar su presencia, pues es el que hace posible la comunión, con Dios y con los demás.

Los signos que le acompañan como el viento, el fuego y las diferentes lenguas, son signos del poder soberano de Dios y principio de vida para todo viviente sea de la nación y lengua que sea. El hace nuevas todas las cosas comenzando por los mismos discípulos, que ahora son capaces de intuir, seguir y atestiguar los caminos de Dios y guiar a todos hacia la comunión con él, en Jesucristo, crucificado y resucitado por todos.

La segunda lectura, es de 1ª Cor. 12,13b-7.12-13. En ella Pablo indica a los cristianos de Corinto que el Espírítu es el que hace posible la comunión en la diversidad, de manera que tanto la diversidad como la comunidad son su obra. No podemos extrañarnos de lo uno ni de lo otro. Como tampoco puede extrañarnos el fin de todo ello, que no es otra cosa que la unidad, esto es el bien común, o dicho de otro modo, la edificación del cuerpo que es la Iglesia, formado no ya por los que tienen una misma sangre o pertenecen a una misma raza, sino por todos los que pertenecen a Cristo por el bautismo, que es el signo de la comunión, pues nos regenera y nos hermana a todos haciendo posible que podamos renacer a una vida nueva en la que el mayor carisma y el que los engloba a todos, es la caridad.

El Apostol, nos recuerda, que todo esto se resume en algo tan decisivo como es reconocer que Jesús es el Señor. Lo cual, no es solo una invocación realizada en la oración sino, la expresión del testimonio que se lleva a cabo en todo momento y de manera especial en la persecución. Tanto en la confesión como en el testimonio, el Espíritu es el gran protagonista y sin él no es posible ni lo uno ni lo otro.

El Evangelio es de Juan 20, 19-23. Jesús, en él, es el que entrega el Espíritu tanto en la cruz como en la resurrección y con él su fruto que es la paz, es decir, la reconciliación, el perdón de los pecados.

El pecado, que rompe la comunión con Dios y con los demás dando lugar a la guerra, ha sido vencido por Cristo y esa victoria se actualiza en el sacramento del perdón. La nueva creación es pues re-creación, es decir, un recordar al hombre su condición originaria de comunión con Dios y con los demás, llevándola hacia su plenitud. Así se pone de manifiesto que el pecado no pertenece al plan de Dios sobre el hombre, y que Jesús no tenga pecado, aun cuando fuera en todo semejante a nosotros en todo. Luego, podemos afirmar con rotundidad que el pecado no es humano.

En la formula de la absolución, se nos dice que: «el Espíritu fue derramado para la remisión de los pecados. La reconciliación, que es obra de la muerte y resurrección de Jesús y que se actualiza por el Espíritu Santo y los Apóstoles, pone de manifiesto cuál fue el proyecto original de Dios y cómo por medio del arrepentimiento, se nos da el Espíritu Santo.

Hermanas y hermanos, hemos sido llamados a formar un solo cuerpo, cada cual con sus propios dones, con sus propios carismas, con su propio rostro de santidad. El amor de Dios que se derrama en nosotros por medio del Espíritu, es el ceñidor de la unidad y el dador de la paz.

Vivir en el Espíritu es la meta de la vida cristiana, lo que equivale a tener paz en nuestro corazón, a ser instrumentos de paz y testigos de esperanza.

Para los que quieren hacer suyo el modelo de las bienaventuranzas, el Espíritu es luz, caridad, mansedumbre, y piedad enmedio de las tinieblas y de la ignorancia en esta vida.

¡Ven Espíritu Santo, ven!

Domingo de la Ascensión, Ciclo C

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La Ascensión, forma parte del núcleo del mensaje cristiano, esto es, la afirmación de que Cristo está sentado y glorificado a la derecha del Padre, pero la realidad de la Ascensión está presente en todos los escritos del Nuevo Testamento. El mensaje que nos da es que el que asciende volverá de nuevo para cerrar la historia y manifestarse plenamente. En la Ascensión celebramos, la plena glorificación de Jesús y el anuncio de su vuelta gloriosa para consumar la salvación.

La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 1,1-11, se trata de un resumen que contiene preciosas indicaciones. La primera y fundamental es que él está vivo. Tras cuarenta días, número que significa madurez, en los que Jesús se ha aparecido a los apóstoles, éstos, están capacitados, para ser testigos del resucitado y acoger el plan de Dios, que sobrepasa los límites y expectativas mesiánicas de Israel, por lo que deben estar disponibles al Espíritu prometido por el Padre, para encarnarlo en la historia. Como hizo en otro tiempo Abrahán, también los apóstoles deben salir de su tierra, de su seguridad, de sus expectativas y llevar el Evangelio a tierras lejanas, sin tener miedo a las persecuciones, fatigas, rechazos.

La segunda lectura es de Hebreos 9, 24-28; 10,19-23. En ella aparece Cristo en su función sacerdotal, infinitamente superior a la institución de la Antigua Alianza, pues él no entró en el santuario, como hacía una vez al año el sumo sacerdote para expiar los pecados del pueblo con la sangre de las víctimas sacrificadas, sino que penetró nada menos que en los cielos, en la trascendencia de Dios, para interceder en favor de todos, tras haber ofrecido de una vez por todas, el sacrificio de sí mismo. Una ofrenda cuyo valor infinito puede rescatarnos del pecado y de la muerte.

Por él, estamos llamados a acercarnos al Padre con un corazón puro, purificado por el bautismo y sus exigencias.

Cristo, ascendido a la diestra del Padre reina desde ahora. Él es la cabeza de toda la creación y en particular de la Iglesia, con la que forma una unidad indisoluble.

El Evangelio es de Lucas 24, 46-53. Este relato de la ascensión, de Lucas, que tiene muchos rasgos en común con el de los Hechos de los Apóstoles, pero también tiene acentos diferentes. El acontecimiento aparece narrado inmediatamente a continuación de la Pascua, significando que se trata de un único misterio: la victoria de Cristo sobre la muerte coincide con su exaltación a la gloria por obra del Padre y todo ello forma parte del designio de Dios, que ahora se extiende a los discípulos, llamados a dar testimonio de él.

Jerusalén, punto de llegada de la misión de Jesús, es ahora el punto de partida de la misión de los apóstoles. En Jerusalén, deberán también esperar el don del Espíritu.

El tiempo de Cristo acaba con la esperanza del Espíritu, que es también el tiempo de la Iglesia, que se alegra por el triunfo de su Rey, de su Cabeza, de su Señor y se siente llamada a la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, guiada por el Espíritu, y recordándonos que Jesús glorificado sigue en medio de nosotros hasta el fin del mundo.

6º Domingo de Pascua Ciclo C

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6º Domingo de Pascua Ciclo C

Los cristianos no judíos de Antioquía, bien pronto tuvieron que hacer frente a ciertas dificultades como, si tenían que guardar o no las tradiciones de los judíos, siendo que no eran judíos.

En la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles 15,1-2.22-29, los Apóstoles reunidos en Jerusalén, decidieron algo importante para la marcha de la Iglesia y abrieron así, un punto de inflexión con respecto al judaísmo. Si para ser judío era imprescindible guardar la ley y las tradiciones judías, el cristiano, en cambio, es el que vive de la fe en Jesucristo y desde esta fe, experimenta la necesidad de la conversión y de dar muerte al pecado, para así acoger la presencia de Dios en él. Si hay que mantener algunas normas será para que pueda darse la comunión y evitar la división, pues estaba en peligro la unidad de la Iglesia. De este modo, lo que se pone de manifiesto es la libertad evangélica; algo que sin duda marcará toda la historia eclesial posterior.

El desafío entonces y ahora es el mismo; vivir en fidelidad a Jesucristo, lo que se traduce en una comunión que es la que hace creíble y posible la evangelización.

El Espíritu Santo junto a los apóstoles tanto entonces como ahora, es el que hace posible la fidelidad a las enseñanzas de Jesús, actualizando en cada momento su mensaje; garantizando esa fidelidad y adaptándola a las necesidades de cada época.

La segunda lectura es del libro del Apocalipsis 21,10-14.22-23, que nos viene acompañando durante toda la pascua y que nos habla en clave simbólica. Hoy llegamos a la conclusión, con la visión de la Jerusalén celeste, en contraste con Babilonia, la ciudad símbolo del mal.

De la Jerusalén que baja del cielo, se nos dice que esta amurallada, pero con tres puertas a cada uno de los lados que se corresponden con los puntos cardinales, por los que entran gentes de todos los pueblos de la tierra, dando lugar así al único pueblo de Dios, en el que los Apóstoles, como testigos de la resurrección, son sus fundamentos. La novedad está en que ahora el templo ya no es un lugar, sino una realidad nueva, que es la comunión con Dios y con el Cordero, cuya presencia resucitada es la luz que lo envuelve todo.

Como ocurrió en Jesús ocurrirá en su Iglesia: el camino de la pasión conduce a la gloria de manera segura y firme y es su presencia gozosa enmedio de los que se reúnen en su nombre, lo que celebramos y lo que aguardamos en plenitud.

El Evangelio es de Juan 14,23-29. En él, Jesús consuela a sus discípulos ante su partida, prometíéndoles una presencia continua y constante en aquellos que guardan sus palabras. Esta nueva manera de estar con nosotros, consiste en ser capaces de acoger a Dios en nuestro interior, de manera que por el Espíritu, Cristo sea para nosotros, vivo y actual. Y su palabra, una palabra viva dirigida al corazón de cada uno de nosotros. El Espíritu que se nos da es pues el gran hacedor de esta novedad, haciendo presente hoy en cada momento la salvación y el amor de Dios, que es presencia viva, realizada, por medio de Jesucristo muerto y resucitado; que nos recuerda el amor que Jesús nos tiene y la necesidad de amarnos unos a otros con ese mismo amor.

Así, como ocurrió en el Concilio de Jerusalén, el resultado de todo ello es la paz , pero no una paz como la paz que da el mundo, sino nueva, porque esa paz es él mismo en nosotros, una paz que nadie nos podrá quitar, una paz que nos permite amar, esperar, orar, actuar.

“Si me amarais os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo”. El destino de Jesús es también nuestro destino. Alegrarnos de su destino es alegrarnos del nuestro. Compartir la misión y el destino de Cristo es para nosotros, fuente de alegría y de gozo, pero de ahí también, la necesidad de un paráclito, un defensor y padre de los pobres, que nos invita a acogernos y a recordar la palabra de Jesús, que nos ilumina y nos muestra el camino de la verdadera paz.

5º Domingo de Pascua, ciclo C

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Jesús muerto y resucitado nos muestra un camino nuevo, el del hombre glorificado a través de la muerte en cruz.

La primera lectura es de los hechos de los apóstoles, 14, 20b-26, y nos coloca junto Pablo, que acompañado de Bernabé se presenta en Jerusalén, como el que ha pasado de ser perseguidor a anunciador del Evangelio. Esto no fue fácil de asimilar ni por parte de los cristianos ni por parte de los judíos, pero Jesús resucitado es el que acompaña el camino de su Iglesia y este camino está hecho de cruz y de gloria. Un solo camino con dos etapas sucesivas y a la vez entretejidas.

Esta es la base de la evangelización en la que Cristo resucitado abre caminos y acompaña esta tarea con la presencia del Espíritu. La misión apostólica, así como la responsabilidad eclesial, son, en efecto, tareas que el Señor mismo confía a algunos, pero de las que debe hacerse cargo toda la comunidad, sosteniéndolos con la oración y el sacrificio personal.

La segunda lectura es de Apocalipsis 21,1-5, Se nos muestra la plenitud humana de Cristo resucitado, que hace posible un mundo nuevo. Si bien los profetas habían vaticinado ya unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65,17) y habían presentado a Jerusalén como esposa de Dios (Is 62) el horizonte era temporal con referencia a la restauración material de la ciudad mediante la intervención de Dios. Juan ve descender ahora, un cielo nuevo y una tierra nueva, que será la morada de Dios con los hombres. Se trata de un nuevo y último paso en la revelación: el del hombre que está con Dios. Una vez destruido el mal, aparece un nuevo pueblo que pertenece totalmente al Señor y el Señor está eternamente con ese pueblo. Esta es la nueva realidad que ya hemos empezado a degustar, pero que se nos dará plenamente, gracias a que el Cordero degollado ha resucitado, ha entrado en su gloria y nos ha enviado el Espíritu que nos lo enseña y nos lo interpreta todo.

El Evangelio es de Juan 13,31-33a.34-35, pertenece al discurso de despedida, donde Jesús explica a los discípulos que la gloria de Dios no se vincula al fácil éxito mundano ,sino más bien al triunfo del bien, que para nacer debe pasar a través de la gran tribulación. La cruz, es así el seno materno de la vida verdadera, que consiste en una vida de comunión con Cristo y cuyo resultado es el de la comunión con los hermanos. Toda la Evangelización está destinada a conseguir que el hombre viva en comunión con Jesús y que en esa comunión encuentre el sentido a su vida.

El mandamiento nuevo se inscribe así en la perspectiva nueva del amor de Cristo por nosotros. El lo ha vivido primero y así es como nos lo enseña y muestra como mandamiento. Es el camino del que ha sido glorificado a través de la muerte en la cruz. Un camino nuevo, que comienza con nuestro morir a toda clase de orgullo y de egoísmo, para pasar de la decadencia del pecado a la plenitud de la vida nueva. Es la señal de que vivimos con él y en él.

El mandamiento nuevo no es así un yugo pesado, sino comunión personal con Dios, que quiere permanecer presente entre los suyos como amor, como caridad.

4º Domingo de Pascua, Ciclo C

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Decía Clemente de Alejandría que: «nosotros, que estamos enfermos, tenemos necesidad de salvador; perdidos, tenemos necesidad de guía; ciegos, necesitamos que nos lleve a la luz; sedientos, tenemos necesidad de la fuente de la vida; de la que quien bebe no vuelve a tener sed; muertos, tenemos necesidad de la vida, ovejas, del pastor; niños del pedagogo; en suma, toda nuestra naturaleza humana tiene necesidad de Jesús».

De esta necesidad brota la evangelización.

En la primera lectura de Hech 13,14. 43-52, hemos escuchado que Pablo y Bernabé se ponen en camino y emprenden el primer viaje misionero, el anuncio de la buena nueva comenzando por los judíos, pero, su rechazo, hace que se dirijan a los gentiles de manera que el plan de Dios no admite fronteras y su salvación es para todo el mundo. Cristo, es luz destinada a iluminar a todas las naciones y ha de ser llevado a todas partes por los predicadores del Evangelio. Acoger el Evangelio es acoger la alegría de la vida eterna y rechazarlo es quedar encerrado en unos estrechos horizontes, que no nos permiten estar abiertos a la novedad del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús muerto y resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

La segunda lectura de Apocalipsis 7,9.14-17, nos habla de un gran número de señalados, de las 12 tribus, que en realidad significa que todo el pueblo de Israel es invitado a participar del triunfo y de la gloria del Mesías, pero aquí se nos habla de una inmensa muchedumbre que nadie podía contar, lo que significa que Dios tiene un proyecto universal y amplio, ahora bien, como nos dice Jesús, es necesario vigilar y orar para no caer en la tentación de la apostasía, del abandono, de la renuncia, a seguir adelante el camino del Evangelio y asumido por todos en el bautismo. Así, vemos que el nuevo Éxodo, que había profetizado Isaías 49,10,: …«no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua», se ha cumplido en Jesucristo, que venido en carne, es el pastor de los redimidos para siempre y el que los conduce a la intimidad con el Padre, a la vida sin ocaso.

El Evangelio es de Jn 10, 27-3, en él, Jesús utiliza la imagen del buen pastor para indicar a la judíos quien es él. Pero presentarse como tal, equivale a presentarse como Mesías. El es pues,el buen pastor, que conoce y ama a sus ovejas y, por consiguiente, espera encontrar en las ovejas escucha, obediencia y seguimiento confiado. Jesús nos ofrece una salvación que es la posesión de la vida eterna, esto es la intimidad con el Padre, que es la alegría infinita. Esta vida, que es eterna comienza ya aquí, pues seguir al buen pastor y escuchar su palabra, es pasar de la muerte a la vida.

Jesucristo muerto y resucitado es en definitiva, el que que crea la comunión con el Padre y entre nosotros. La Eucaristía es signo de esa comunión que aunque en nosotros es todavía imperfecta, aspira a ser plena. El sigue actualizando su misión de buen pastor a través de sus pastores. Es por tanto necesario que los pastores traten de asemejarse al buen pastor de manera que todos puedan creer y tengan acceso a la salvación.

Es puro don el que en medio de todo lo que es pasajero, podamos reconocer la voz del buen pastor como la única que sabe dar palabras de vida eterna.

3º Domingo de Pascua Ciclo C

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En la primera lectura de Hechos 5,27b-32.40b-41, se nos muestra el comienzo de la persecución para los que siguen a Jesús y ello les permite dar testimonio: «Dios lo ha exaltado a su derecha como príncipe y salvador, para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados. Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto».

Es necesario dejar todo esto, bien claro, pues ya no hay vuelta atrás y por la resurrección, «Dios lo ha constituido en Príncipe», esto es, el que conduce a la vida y «Salvador», un título que el Antiguo Testamento lo reserva única y exclusivamente para Dios, por lo que el conflicto está servido, pues este es a quien «vosotros colgasteis de un madero», y una vez resucitado es el Señor. Y este conflicto es el que atraviesa la historia de ahora y de siempre, pues si Cristo resucitado es el Señor ya no hay otro. Los poderes de este mundo sean los que sean, se revelan ante esta situación y mientras, los apóstoles que continúan con la predicacion enmedio de esta situación, se presentan ante el pueblo y ante el mundo como testigos del Señor.

La segunda lectura, es de apocalipsis 5,11-14 y en ella aparece la alabanza del cordero. En Hebreo, una misma palabra: Talja, designa tanto «siervo» como «cordero», luego Cristo es el verdadero Cordero pascual y Siervo de Yaweh. El himno de alabanza, se inicia en el cielo, desciende sobre la tierra y vuelve a subir al cielo para concluir en el Amen de los cuatro vivientes, que simbolizan todas las realidades creadas. Cielo y tierra se encuentran, de este modo, unidos en un movimiento circular, mientras que Dios libérrimo en la oferta y en los medios, espera del hombre una respuesta adecuada bien sea que camine por la luz natural y la rectitud de su conciencia o por la luz del Evangelio. El misterio de la salvación, unido al misterio de la libertad humana, hace que libertad del hombre y la salvación de Dios vayan juntas y no se puedan separar.

El Evangelio es de Juan 21,1-19. Nos muestra ese momento de incertidumbre que viven los discípulos cuando Jesús resucitado desaparece de sus ojos. Lo que parece imponerse es volver a la vida de antes iluminada por la enseñanza de Jesús al que reconocen vivo y al que encuentran en el pan partido de la Eucaristía y en la obediencia a la Palabra que les permite realizar en este caso, una pesca superabundante. Todo esto nos indica que tan real fue la resurrección como real fue la muerte en cruz y por tanto, real es también la esperanza a la que Jesus nos llama.

En este contexto es donde Simón Pedro es afianzado en su misión. Si tres fueron las negaciones ahora son tres las llamadas a la disponibilidad total para servir a los demás hasta el don de la vida, pues el ejercicio de la autoridad en la Iglesia ha de estar dirigido por el amor y el ejercicio de este amor pastoral, solo es posible si se ha experimentado profundamente el amor de Dios revelado en la persona, la vida y la muerte de Jesús.

Al Igual que Pedro, también nosotros debemos dejarnos interpelar por la palabra de Cristo resucitado, que pone al descubierto nuestro pecado, nuestra fragilidad pasada y presente, aunque nos pide un consentimiento de amor.

Solo después de haberle reconocido a él y habernos reconocido a nosotros mismos bajo su luz, podremos ofrecerle nuestro amor sin engaño y con el deseo de amarle. Entonces nos confiará su tesoro: nuestros hermanos. El sufrimiento y la persecución estarán presentes, pero junto a ello, estará la alegría de poder realizarlo todo en su santo nombre.

2º Domingo de Pascua, Ciclo C. Domingo de la Misericordia

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La Pascua ha supuesto una nueva manera de vivir. Esto es lo que nos indica la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, 2,42-47. Cuatro son las características que distinguen a los creyentes: la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, o sea el reconocerse necesitados de aprender a vivir como cristianos; la comunión o Koinonia, que es la unión de los corazones que se manifiesta también en el compartir los bienes; la fracción del pan, que es el gesto típico de los judíos para iniciar la comida ritual, que indica ahora la Eucaristía, el memorial; y por último, la oración.

Es más, los apóstoles, realizan signos y prodigios, lo que indica que expresan de forma plástica y convincente la resurrección de Jesús, pues si realizan signos en el Nombre de Jesús, es porque él está vivo. Por otra parte, según el testimonio de Deuteronomio 15, cuando los hebreos, entren en la tierra prometida han de poner cuidado en que no haya ningún pobre entre ellos, ya que la tierra es para todos. Pues bien, estas palabras adquieren ahora todo su significado, de manera que el compartir los bienes se convierte en un signo de que ha llegado la salvación definitiva.

La segunda lectura es del libro del Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19 y nos describe una experiencia que tiene lugar precisamente, el domingo, día memorial de la resurrección del Señor. En ella, el único candelabro de siete brazos del templo de Jerusalén, se ha transformado en muchos candelabros, lo que indica que se ha pasado de un único ámbito de culto, o sea el templo, a la totalidad de la comunidad eclesial. Enmedio de ellos está Cristo como primero y último, es decir, Creador y Señor del cosmos y de la historia. El que vive,esto es, el que tiene la vida en sí mismo y el que tiene las llaves, esto es el poder de la muerte y del abismo de los muertos.

El Evangelio es de Juan 20, 19-31. y nos presenta dos grandes cuadros, en el primero aparecen los once, encerrados por miedo a los judíos, a pesar del anuncio de María magdalena, pero Jesús traspasa las barreras que se le imponen, manifestando así su nueva condición, aunque mantiene los signos de la pasión: «les mostró las manos y el costado». Era necesario esta identificación, pues el que vivió en esta historia nuestra y murió en un aparente fracaso, es el que ahora está vivo y ha vencido a la muerte y por tanto, el que trae la paz: «la paz esté con vosotros». La paz es pues, el crucificado que ha resucitado. Paz y alegría, van juntos y son los signos de una creación nueva, libre ya del pecado y de la muerte.

El segundo cuadro, es el protagonizado por Tomás, que habiendo visto la agonía del maestro, se niega ahora a reconocer una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido tangible. Jesús condesciende y así nos encontramos con la confesión de fe mas elevada y concreta: ¡Señor mío y Dios mío! Pero el Señor, declara de manera abierta, para todos los tiempos,: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver. Si bien la fe parte de un Jesús real y humano, siguiendo la lógica de las bienaventuranzas, son felices, los que son capaces de superar esos motivos de credibilidad y se abren a la acción del Espíritu que les lleva al encuentro real con el Jesús resucitado.

Bienaventurados nosotros, si aunque no lo veamos con los ojos del cuerpo, creemos en el Señor, creemos en su amor y besamos sus llagas, esto es, cuando también experimentemos los clavos y las espinas que son las pruebas de la vida y entonces no solo habrá relación entre su muerte y resurrección sino también entre sus llagas y las nuestras. Vivir con Cristo, es por tanto, morir con Cristo, para resucitar también, con Cristo.