1º Domingo de Adviento, Ciclo C

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El Adviento nos prepara para la venida del Señor, que ya fue en la carne como celebraremos en la Navidad, pero que lo será también en gloria.

El profeta Jeremías nos invita en la primera lectura Jr 33,14-16 a prepararnos desde dentro, porque es en el interior donde el hombre se encuentra consigo mismo y con Dios, que es fiel a sus promesas y que ahora toma la iniciativa de llevarnos hacia una relación con él profunda y viva, donde la ley deja de ser un mero código exterior para convertirse en una inspiración que alcanza el corazón del hombre bajo la acción del Espíritu Santo. Para ello enviará a un descendiente de David, un mesías «germen de justicia», es decir, la promesa de un rey que tendrá de verdad la justicia como programa.

En la segunda lectura de 1ª Tesalonicenses 3,12-4,2, Pablo indica a los de tesalónica, como han de vivir aguardando a venida del Señor: centrados en la caridad y queriendo agradar al Señor. A ellos les dice: «os rogamos y os exhortamos en el nombre de Jesús, el Señor, a que pongáis en práctica lo que aprendisteis de nosotros en lo que al comportaros y agradar al Señor se refiere». Es decir, que ante las dificultades de todo tipo que podamos tener, no perdamos de vista la seguridad de la presencia del Señor que acompaña el camino de los suyos cuando permanecen en marcha y que da sentido y valor a todo lo que acontece, pues para el que vive en Cristo, todo acontecimiento se convierte en motivo de espera, de gloria y alabanza.  De esta manera es como estamos en continuo crecimiento y en constante profundización, puesto que la hondura del amor de Dios es inagotable.

El Evangelio de Lucas 21,25-28.34-36, nos invita a dirigir la mirada hacia la vuelta gloriosa del Señor, lo cual es el sentido original del adviento. El cristiano, es el que sin dejar de lado sus responsabilidades en el mundo, no pierde la esperanza en la plena realización final. Las señales, de que habla, no son tanto manifestaciones que nos permiten calcular con anticipación el momento de la venida del Señor, sino de acontecimientos que se darán siempre y en cualquier tiempo. De hecho, siempre ha habido y habrá catástrofes naturales, desórdenes y acontecimientos dolorosos, por lo que siempre habrá que estar a la espera de la venida del Señor. Por tanto, siempre podremos vivir bien en la angustia y en la pena o bien con la cabeza bien alta, porque está cerca la liberación. Ello supondrá acoger el don de la gracia, con fe y esperanza e interpretar la historia no desde el catastrofismo sino desde el amor gratuito de Dios que nos llama no solo a la esperanza sino también a la solidaridad.

La oración tiene aquí un gran significado, pues ha de ser continua mientras tanto y nos permite estar atentos en la espera, no de falsos aduladores, sino del que da sentido a nuestra historia: al hijo del hombre.

Solemnidad de Cristo Rey, Ciclo B

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Solemnidad de Cristo Rey

¿Qué significa afirmar que Cristo es rey? Con el evangelio de Juan 18,33-37, diremos que significa decir que Cristo es la verdad; que la verdad es la más profunda realidad de Jesús, que todos sus gestos y palabras son expresión de la única y profunda verdad y que acoger la verdad es para nosotros acoger la salvación que viene de Dios, es decir: la capacidad de ser amado y de amar a Dios, la posibilidad de la verdadera libertad, la realización de la verdadera humanización y la esperanza del auténtico sentido del hombre. La verdad es además, fuente de libertad y de vida. Jesus rey, es, por tanto, el testigo fiel del que nos habla la segunda lectura del libro del Apocalipsis 1,5-8, el que da testimonio de la verdad al revelarnos el rostro del Padre y las auténticas relaciones del hombre con él. El que manifiesta también el verdadero sentido del hombre en sí mismo y en sus relaciones con los demás y con el mundo, así como su destino de eternidad.

Este reino de la verdad que es Cristo, es una realidad trascendente por su naturaleza, pero comienza a realizarse en el tiempo; es eterno y es temporal, es íntimo y a la vez aparecerá glorioso y se hace presente en la tierra con la muerte-resurrección-glorificación de Jesús y el envío del Espíritu Santo. Este Reino de la verdad, hecho presente por Cristo, es la expresión de la soberanía de Dios, pero, aguarda a la consumación final.

La primera lectura del Profeta Daniel 7,13ss, nos habla de un hijo del hombre, a quien Dios le da un poder eterno y un reino invencible, que abarcará a todos los pueblos, es decir, que su persona y su señorío son celestiales y terrenos, divinos y humanos al mismo tiempo. San Pablo, hablará en este sentido, del cuerpo místico, cuya cabeza es Cristo y los fieles sus miembros.

Este reino no es de este mundo, es decir, que no se establece utilizando los medios humanos que utilizan otros reyes, sino que se hace presente en la tierra con la muerte-y resurrección de Cristo y así es como la soberanía de Dios, se hace carne en él, en su amor hacia nosotros, en el amor de los unos a los otros como él nos ha amado y en la esperanza firme de su plena glorificación como cabeza.

La venida de Cristo ha obrado, por consiguiente, una discriminación entre los que acogen su testimonio y los que lo rechazan, pues su testimonio es verdadero a cerca de Dios y a cerca del hombre y acogerlo significa entrar ya desde ahora en su reino. En cambio, el que lo rechace se somete al príncipe de este mundo, de modo que no es posible mantenerse en el escepticismo como intenta Pilato.

Al que sigue a Jesus rey, no le preocupan los triunfos ni los fracasos de este mundo, sino que como discípulos y seguidores, estamos llamados a trabajar para que las exigencias del reino se hagan realidad, de manera que la esperanza cristiana sea visible, tangible y creíble y así extender por el mundo su reino de verdad y de amor.

Domingo 33 T.O. Ciclo B

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Cuando el mal se propague y parezca triunfar, la historia desembocará en el acontecimiento escatológico, en la eternidad: este es precisamente el mensaje de esperanza que se nos presenta en la primera lectura de Daniel 12, 1-3 y que nos describe el tiempo final. En él ya no caben ni ambigüedades ni componendas y todas las cosas aparecerán en su auténtica realidad. Ahora es por tanto el tiempo de la lucha, el tiempo de la protección extraordinaria de San Miguel. Tiempo de Angustia y de salvación para los que mantienen la fidelidad. Es el tiempo que apunta a la resurrección universal en el que «muchos» (semitismo que significa «todos») resucitarán, unos para la vida eterna, otros para la ignominia. La resurrección de Cristo, ha dado lugar al comienzo de este tiempo final, en el que aguardamos la segunda venida del Señor.

En el Evangelio de Marcos 13,24-32, vemos que Jesús, habla a los suyos de este tiempo final, en el que las guerras y los cataclismos son signos de que la creación está de parto hasta la venida del hijo del hombre como juez de la historia y vencedor de las fuerzas del mal. El traerá el Reino para todos los que se hayan mantenido en la fidelidad y no hayan sucumbido ante los falsos dioses. Todo esto es lo que ha comenzado con la muerte y resurrección de Cristo, de ahí que se nos invite a la vigilancia, esto es a captar en los acontecimientos, ya su retorno glorioso y así adherirnos plenamente a su Palabra, que es más estable que los cielos y la tierra, los cuales también pasarán. A cerca de cuando será esto, el mismo Cristo, se ha sometido a la voluntad del Padre.

Mientras tanto, la segunda lectura, de Hebreos 10,11-14.18, nos muestra que el sacrificio de Cristo, su entrega por todos nosotros, a diferencia de los sacrificios antiguos, ha sido de una vez para siempre, lo que indica una superación con respecto a aquellos otros sacrificios pasados, que no pertenecían al tiempo final. A partir de ahora Cristo, que ha vencido a las fuerzas del mal y está sentado en el trono de Dios, está a la espera de que su victoria se vuelva evidente. Mientras tanto, tenemos la Eucaristía, «pan de vida eterna y cáliz de eterna salvación», memorial del sacrificio realizado de una vez para siempre por los pecados.

Con Cristo, la eternidad ha irrumpido en la historia y quien vive con él el dolor como pascua, entra ya en la eternidad y hace posible que ésta, vaya transfigurando ya el tiempo presente con su luz. Pero mientras tanto, vivimos el conflicto entre la luz y las tinieblas y así lo experimentamos en nosotros y en lo que nos rodea, de ahí que debamos mantener la vigilancia en el combate, de manera que la victoria de Cristo se vaya dando en nosotros, hasta que sea derrotado el mal.

El Espíritu nos guía y fortalece en la prueba, para que vivamos el momento presente como anticipo y lugar en el que vivimos en medio de la lucha, su presencia y su salvación.

Domingo 32 T.O. CicloB

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Las dos viudas, tanto la de la primera lectura del libro de los reyes, 17,10-16, que se fía de la Palabra del profeta, que le predice una intervención prodigiosa del Señor y es capaz de renunciar a lo que le aseguraría la supervivencia para este día, como la viuda del Evangelio de Marcos 12,38-44. que ofrece dos monedas de muy poco valor en el cofre del templo, nos enseñan a no tener miedo de ofrecer a Dios todo lo que tenemos y somos, es decir, a consagrarle nuestra vida de manera, que si hacemos suyo lo que es nuestro, será después tarea suya, la preocupación por lo nuestro.

Creer en Dios, significa creer que Dios es Dios y fiarse por eso de él, abandonarse en él, sin cálculos ni preocupaciones por el mañana.

A nosotros, esto nos puede parecer, una imprudencia temeraria, pero en cambio no lo es para los que no tienen ninguna seguridad a la hora de hacer frente al hoy ni al mañana.  Tal vez por ello, debamos aprender de ellos a vivir la fe y esto es lo que propone Jesús a los discípulos, que vivan bajo la lógica de la fe, como la pobre viuda.

Mi familia, mi trabajo, mis pocos o muchos recursos de todo tipo, pueden ser sometidos a la lógica de la fe y ser confiados y entregados por completo al Señor, pero esto no consiste en despreocuparnos, ni en un mero sentimiento fugaz, sino más bien, en no poner nuestra vida en ellos, es decir, tratarlos como nuestros y administrarlos como nuestros, y con un corazón conforme al nuestro, pero sin ser nuestros, ya que los hemos puesto en las manos de Dios, y en el tesoro de la comunión de los santos, de manera que Dios pueda disponer de nuestra vida para bien de sus hijos y de un mayor beneficio también para nosotros. Incluso todo eso que tenemos como más nuestro: la pobreza existencial, el pecado, también lo ofrecemos, sabiendo que el Señor, ha venido para tomarlo sobre sí y transformarlo en sacrificio de amor. Así nos lo recordaba la segunda lectura de Hebreos 9,24-28. «Cristo se ofreció una sola vez para tomar sobre si los pecados de la multitud, pero aparecerá por segunda vez ya sin relación al pecado, para dar la salvación a los que le esperan». Él es el sacerdote de la nueva alianza, el siervo de Yaveh, que no solo perdona, sino que destruye el pecado con su sacrificio y así es como nos trae la salvación. En el somos reconstruidos, liberados, salvados.

Si ponemos nuestra vida en sus manos, como la pobre viuda, sentiremos la alegría de vivir de él, por él y en él.

La Santidad ( día de todos los santos)

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La santidad es nuestra casa. Cuando por diferentes razones estamos fuera de casa, añoramos y queremos y deseamos volver a casa. La Navidad es uno de esos momentos en que los que están fuera y pueden, regresan a casa y qué felices estamos de regresar a casa.

La santidad es ese deseo de estar en casa con los nuestros, de vernos, abrazarnos, dialogar, ver cómo estamos, qué hemos hecho…Es el deseo del Reino.

Las lecturas de este día de todos los santos, nos recuerdan en primer lugar que todos estamos llamados a la santidad, es decir a regresar a casa, y que todos tenemos espacio en esa casa que es la casa del Padre. Alí nos dice el libro del Apocalipsis 7, 2-4. 9-14, en la primera lectura, que nos encontraremos con Dios nuestro Padre y con todos los que allí le adoran y gritan con voz potente: «la victoria es de nuestro Dios que está sentado en el trono, y del Cordero». Esto es, que la victoria no es del mal, aunque estemos rodeados por el mal; que la victoria no es de la muerte, aunque estemos rodeados de muerte y la muerte acontezca en nuestra vida. La victoria no es del pecado, aunque experimentemos el pecado en nosotros y en los que nos rodean. «La victoria es de nuestro Dios, que está sentado en el trono, y del Cordero». Por tanto, «sea la alabanza, la gloria y la sabiduría y la acción de gracias y el honor y el poder y la fuerza a Dios por los siglos de los siglos». Y terminaba diciendo que: «estos son los que vienen de la gran tribulación: han la vado y blanqueado sus vestiduras en la sangre del Cordero». Los santos son los que han llegado a la casa del Padre, al cielo, porque han estado y vivido con Cristo. Su sangre les ha salvado, les ha redimido, curado, alimentado.

La segunda lectura de Primera de Juan 1Jn 3,1-3, nos recuerda que, entonces es cuando se manifestará lo que realmente somos. Todos tenemos lo mismo: defectos, debilidades, distracciones, flaquezas, pero por encima de todo esto, somos hijos, hijos amados, hijos queridos. Esto que ahora no vemos o lo vemos mal, entonces lo veremos con total claridad y nos encontraremos por tanto con nuestro verdadero yo. Gracias a Cristo hemos podido renunciar a nosotros mismos, para encontrarnos con nuestro verdadero ser, nuestro verdadero yo. Pues, «hemos lavado y blanqueado los vestidos con la sangre del Cordero».

El Evangelio, es el Evangelio de las bienaventuranzas: Mt 5,1-12ª, Vivir las bienaventuranzas es vivir según Cristo, pues él es el que las ha vivido de verdad. El se ha hecho pobre por nosotros, se ha hecho manso y ha llorado por nosotros, ha padecido por nosotros hambre y sed de justicia, también ha sido misericordioso con todos, limpio de corazón, y dador de paz. También ha sido perseguido por causa de la justicia. Por último, y de este modo, las bienaventuranzas nos invitan a sabernos dichosos cuando vivimos también estas cosas, por su causa, porque entonces comprenderemos que solo en el cielo podremos ser felices de verdad solo allí será colmada nuestra esperanza y solo allí encontraremos todo lo que hemos buscado y deseado, aunque sin encontrarlo.

Ser santo, es por tanto, vivir como Cristo y estar con Cristo alimentarnos de él, seguir sus pasos, morir con y como él y resucitar con y como él. Seamos santos, no necesariamente, santos de hornacina, sino santos de la puerta de al lado, como tantas veces nos ha recordado el Papa Francisco. Santos que encontramos cada día en el metro, en el mercado, en la oficina, en el trabajo. Santos que sufren, lloran y oran, trabajan y luchan continuamente, mientras aguardan la llegada del Reino, su verdadera Patria, su verdadero hogar, su verdadera y ansiada, felicidad.

Domingo 28 T.O. Ciclo B

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Domingo XXVIII del T.O.

La primera lectura del libro de la Sabiduría 7,7-11, nos muestra que la Sabiduría no es fruto de la habilidad o de una adquisición humana, sino que solo puede ser recibida de lo alto y es preferible a cualquier tesoro. Pues bien, a nosotros, esta Sabiduría se nos ha revelado en Jesús, él es el verdadero rostro de la Sabiduría, en él hemos visto el rostro de Dios, su amor por nosotros, su preocupación por nosotros. El P. Caussade en su tratado sobre el abandono en la divina providencia dice: «Puesto que Dios se nos ofrece para ocuparse de nuestros asuntos, dejémoslos pues de una vez en manos de su infinita sabiduría, para no ocuparnos ya sino de él y de lo que le concierne». ¿Qué significa ocuparnos de él sino, preferirlo a todo, como nos decía la primera lectura, hablando de la sabiduría: «la preferí a cetros y a tronos y a su lado en nada tuve la riqueza.

El Evangelio de Marcos 10,17-30, nos presenta un buen ejemplo de lo que es el diálogo con Jesucristo, Sabiduría del Padre. Un diálogo que como hemos visto en ese personaje, está marcado por el deseo de la salvación: ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? Jesus le responde lo que él ya sabe: cumple los mandamientos, a lo que le responde, que él ya los cumple desde siempre. Entonces Jesus aprovecha para mostrarle hacia donde nos conduce la verdadera Sabiduría que es él: «una cosa te falta: vende todo lo que tienes y dáselo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Luego ven y sígueme».

Los mismos discípulos se quedan perplejos ante la respuesta y aquel, incluso, dejó plantado a Jesús, pues confiaba en su riqueza y Jesus le pide ir más allá, hacia una radicalidad, hacia un anteponerle a él a todo. El abandono en la divina providencia es la escuela a la que nos llama Jesús. Dejarlo todo para encontrarlo todo, morir a nosotros para resucitar en él: «os aseguro que todo aquel que haya dejado casa, hermanos o hermanas o madre o padre o hijos o tierras por mi y por la buena noticia, recibirá en el tiempo presente cien veces más y en el mundo futuro la vida eterna».

A partir de aquí, entendemos también lo que nos dice la segunda lectura de Hebreos 4, 12-13: «La palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo…juzga los deseos e intenciones del corazón». Nosotros, como el personaje del evangelio, dejamos esta Palabra que es Cristo, para ocuparnos de nuestros asuntos, pero el que le sigue, encuentra en él mucho más de lo que cree necesitar: cien veces más, pero junto con persecuciones, aclara el evangelista. Nada es comparable a esta vida que Cristo nos da y solo la podemos recibir si hacemos como aquel comerciante avispado, que lo vende todo para adquirirla.

Pero también aclara Jesus a los apóstoles que esto es imposible para nosotros, pero que para Dios, todo es posible.

Domingo 27 T.O. Ciclo B

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La Palabra de Dios, nos habla este domingo de la unidad entre el hombre y la mujer y del carácter indisoluble del vínculo matrimonial, algo que hoy nos puede parecer utópico o perteneciente al pasado. Es como si lo que nos dice la primera lectura de Génesis 2,18-24, a cerca de la creación del hombre y de la mujer, como lo que nos dice Jesús en el Evangelio de Marcos 10,2-16, a cerca de la controversia con los fariseos sobre el divorcio, pareciera algo mítico o algo fabuloso, pero para nada real, en cambio esta Palabra es hoy y siempre «viva y eficaz» y dirigida a nosotros en este momento, de manera que es el mismo Cristo el que nos muestra en la segunda lectura de Hebreos 2,9-11, que ese sufrimiento y esa fatiga concreta que experimentan hombres y mujeres cuando quieren vivir su unión de una manera estable, constructiva y fecunda, no es ajeno a ese otro sufrimiento que ha padecido Jesús por todos y cada uno de nosotros, al unirse a nuestra naturaleza humana para traernos la salvación. Salvación que no la trae el sufrimiento como tal, sino el amor que nos ha manifestado por medio de ese sufrimiento, de manera que así nos acompaña en el camino del amor y nos enseña a vivir en fidelidad y amor al plan de Dios, bien sea en el matrimonio o en la vida célibe por el reino.

El que ha experimentado el sufrimiento en su camino de fidelidad al Padre, y a su designio de amor (matrimonio) por nosotros, nos enseña también a vivir el sufrimiento y a vencerlo no a través de la disolución del vínculo contraído, sino a través de la perseverancia en el amor que nos lleva a una unión mucho mas viva y auténtica con el Padre. De resultas de la unión con el Padre, que Jesus ha hecho posible, podremos perseverar en nuestros compromisos de por vida y dando fruto abundante. El secreto es estar unidos a Cristo y por él al Padre. Entonces nuestros sufrimientos serán los suyos y su fidelidad, la nuestra. Es un intercambio de amor, realizado desde la gracia de su misericordia y su perdón.

La unión indisoluble del hombre y la mujer es una verdad inscrita en el ser humano, una verdad que hace patente su capacidad y su necesidad de amar y de ser amado. Ahí vemos expresada también la suprema dignidad del hombre y de la mujer como «imagen y semejanza de Dios». El matrimonio, es signo de la unidad que estamos llamados a vivir en Dios, pero realizada ya aquí y ahora, pues como dice S. Juan Crisóstomo: «la mujer y el hombre no son dos seres, sino uno solo».

La dureza de corazón de los israelitas, que llevó a Moises a dictaminar el divorcio, es la dureza de corazón que ahora los discípulos muestran con respecto a los niños y que Jesus corta de raíz diciendo que: «el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él».

Domingo 26 T.O. Ciclo B

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En el Antiguo Testamento, el Espíritu es un don que reciben algunos encargados de una misión pública y para un tiempo solamente. La promesa de una donación del Espíritu en plenitud, que es el deseo de Moisés, se cumplirá en el Nuevo Testamento y en la Iglesia, en la que todos los bautizados son sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu es un don que no está sometido a condicionamientos humanos. Dios, Señor de la historia actúa con soberana libertad, pero a favor de su pueblo y de los hombres. Este es el mensaje de la primera lectura del libro de los Números 11,25-29. La institución acoge el carisma, pero no lo puede encorsetar, de manera que los que no estaban presentes, aunque pertenecían al grupo, también reciben el Espíritu. Dios hoy, puede actuar también desbordando toda institución.

En este sentido, el Evangelio de Marcos 9,37-42.44.46-47 nos dirá que no están en comunión con Jesús sólo los que son oficialmente de los suyos. Jesús no es propiedad de nadie en particular y hay personas que, aunque no se consideren discípulos de Jesús, no son de hecho, contrarios a él. La frase: «el que no está contra nosotros está a favor nuestro», nos invita a contemplar la vida real, con sus dramas, de manera positiva y respetuosa con todos, pues todo el que busca el bien, la honradez, la justicia, la verdad y el respeto al hombre, está ya en el reino de Jesús, está con y cerca de él. Es importante no perder de vista este talante conciliador e integrador de Jesús, del cual estamos tan necesitados para llevar adelante la Misión que él nos ha encomendado. El radicalismo, el exclusivismo, no caben en el proyecto de Jesús, pero él mismo nos invita a la radicalidad de su seguimiento, lo cual nos indica que su Reino y los valores del Reino son un don y una necesidad universal y para todos. Mención especial, en este sentido, es la que se hace de los débiles en la fe, a ellos no se les puede escandalizar de ninguna manera y sería mejor perder algún miembro, es decir, algo que es muy importante para nosotros, antes que poderlo hacer.

Todo esto es lo que nos recuerda la segunda lectura del Apóstol Santiago 5,1-6, que los bienes de este mundo, no solo los materiales, sino los culturales, técnicos y espirituales no pueden estar en manos de unos pocos, sino que tienen una función y un destino universal. De manera que cuando esto no ocurre, es Dios mismo el que escucha los gritos del pobre, si es retenido su salario o como también, comprobamos en Jesús, que se ha hecho pobre por nosotros, y en quien vemos al justo que pone su confianza enteramente en el Señor que «escucha su grito y lo salva».

Así es como hemos de construir el Reino en la etapa presente en el ahora, por medio de la comunión sincera, el compartir real y la solidaridad respetuosa con todos, y vamos preparando así, su llegada definitiva y plena.

Domingo 25 T.O, Ciclo B

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Sobre la base primaria e instintiva de querer el éxito personal y perseguirlo a toda costa incluso eliminando al que pueda ser un obstáculo para conseguirlo o el deseo de hacer grupos de poder, que crean adeptos que se enfrentan a otros grupos, el Evangelio de este domingo nos muestra que todos esos mecanismos automáticos y que se refieren al hombre viejo, encuentran en Cristo su superación.

Dios que se nos ha revelado en Cristo, nos muestra, en primer lugar, que Jesucristo no es el que pretende triunfar a toda costa, sino el que se entrega por amor a su plan de salvación. Así lo vemos en el pasaje del Evangelio de este domingo de Marcos 9, 30-37. «El hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, le darán muerte y, después de morir, a los tres días resucitará». Pero al igual que a los discípulos, nos da miedo preguntar qué significa eso de que va a ser entregado, preferimos no entrar en detalles y al final nos quedamos con la duda lacerante ¿Acaso Dios desea el mal del Hijo y que sea sometido a la burla y al desprecio? Dios no quiere el mal, pero si lo acepta, es para nuestro bien o el bien de los demás.

La primera lectura del libro de la Sabiduría, 2,12.17-20, nos muestra, como el justo es el que sigue los mandatos de Dios y por ello, es rechazado por los demás. Al no conocer a Dios, lo condenan, sencillamente porque «no es de los nuestros» y «tiene un comportamiento distinto del nuestro». Esto se cumple en Jesucristo, que es rechazado, condenado y crucificado por el mundo, pero es el que resucitado ha sido habilitado por Dios y vive eternamente intercediendo por nosotros.

Jesus, nos enseña un modo nuevo de vivir en apertura a Dios y a los demás, y ¿Qué es lo que nos impide estar abiertos a Dios y a los demás? nos lo recordaba el apóstol Santiago en la segunda lectura 3,16-4,3, cuando dice: «sois como un campo de batalla y estáis en guerra. Ambicionáis y no teméis, asesináis y envidiáis, pero no podéis conseguir nada; lucháis y os hacéis la guerra y no obtenéis porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, con la intención de satisfacer vuestras pasiones».

Tenemos que poner paz en nosotros y en nuestro alrededor y esa paz es la que proviene de Cristo que nos dice en primer lugar, que la jerarquía entre los discípulos se estructura según el criterio del servicio y del ponerse en el último lugar. Esto es lo que ha hecho él mismo. Y en segundo lugar, uniendo la acogida de Jesús y del Padre a la acogida de un niño. El niño era en el mundo antiguo escasamente considerado, llegando a ser imagen de todos los que no son considerados dignos de atención y de estima, pero sin embargo, y curiosamente, son ellos los que reciben el don del amor de Jesús y pasan a ser sacramento del mismo Jesús, como él lo es con respecto al padre.

En definitiva: que la autojustificación y la crítica van siempre de la mano, lo mismo que la justificación por la gracia y el servicio, van siempre unidos.

Domingo 24 T.O. Ciclo B

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¿Quién es Jesús? La pregunta, nos la hemos hecho en algún momento. Para responderla, hemos aprendido fórmulas o sencillamente decimos algunas, que no nos comprometen demasiado y así decimos; que es un gran hombre, que es protector de los débiles, que es el Señor.

Toda respuesta, sin dejar de ser verdadera, estará vacía, si no afecta a nuestra vida y si no expresa un compromiso con Jesús. Por eso, la segunda lectura del Apóstol Santiago, nos decía que una fe sin obras es una fe muerta y el Evangelio de Mateo, aun nos recordará, que los que no tienen una fe explícita en su presencia y han socorrido a los necesitados, es al mismo Cristo a quien lo han hecho.

Es verdad que la fe salva, como bien nos enseña San Pablo, pero la fe o nos lleva a las buenas obras o no es auténtica. La fe o se traduce en amor o no existe. Si la fe es don, las obras son la respuesta positiva a ese don. En una palabra, que si creemos, buscaremos hacer la voluntad de Dios y ese es el reto: no solo que creamos en él, sino que vivamos como él. Por eso Jesús, que se ha manifestado como Mesías y así lo ha expresado abiertamente Pedro con la expresión: «Tú eres el Mesías», quiere manifestarse también como Hijo de Dios, lo cual es todavía no evidente para Pedro y para los discípulos, de ahí que tenga que insistirles que ha de sufrir como Hijo y en obediencia al Padre, para llevar a cabo la salvación. La redención, operada por Cristo pasa por el sufrimiento y esto nos indica que el sufrimiento tiene un sentido redentor. Cuando sufrimos con Cristo, nuestro sufrimiento tiene también un sentido redentor, por eso, cargar con la cruz, significa que, si unimos nuestro sufrimiento al de Cristo, también éste tiene un sentido redentor, pues si Cristo nos he redimido por la cruz, esta redención que ya se ha dado, se tiene que dar en cada uno de nosotros ¿Cómo?  Cargando con nuestra cruz y uniendo nuestra cruz a la de Cristo. En una palabra: sufriendo con Cristo. El que así obra, nos decía, la primera lectura, de Isaías, no verá decepcionada su confianza y puede hacer frente a sus enemigos de forma resuelta, pues el Señor le ayuda. Este es el Siervo, el que ha puesto en Dios su confianza, ha sido ultrajado, pero Dios es testigo de su inocencia.

Las palabras del centurión a los pies de la cruz, dan fe de esta verdad: «realmente este es el Hijo de Dios». Este es el que hace la voluntad del Padre y el que viene a traernos no un mesianismo de triunfo, sino de humillación y sufrimiento. Hemos de dar una vuelta a nuestro modo de pensar y a la imagen de Dios que nos habíamos construido. Siguiendo los pasos de Jesús, hemos de proyectar nuestra vida, no como posesión egoísta y autosatisfactoria, sino como entrega.