5º Domingo del T.O. Ciclo A

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El Evangelio de las bienaventuranzas del domingo pasado nos permitió ver que la vida del cristiano es nueva ya que ha descubierto que tiene sentido, y que no es absurda, pues estamos llamados en medio de todo lo que vivimos  y nos rodea a la felicidad de saber que nada nos puede separar del amor de Dios; la consecuencia de todo ello es lo que hoy nos dice el Evangelio: que el cristiano es sal y es luz.

La sal, es para nosotros sinónimo de preservación de los alimentos y de sabor. Para el hombre oriental es también sinónimo de Alianza, de solidaridad, de vida y de sabiduría. La luz es para nosotros, sinónimo de vida.

Cuando Dios crea, la primera obra que realiza por medio de su Palabra es la luz. Por eso la Palabra de Dios se la compara con la luz, como se proclama en los salmos: «Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero» y nosotros estamos llamados por tanto y en este sentido, a ser luz. El profeta Isaías nos lo recordaba en la primera lectura: «Cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo y sacies el alma afligida, brillará tu luz en las tinieblas, tu oscuridad como el medio día»

El que sigue a Jesús, está llamado por tanto a ser sal y luz. Como sal está llamado a dar sabor y a hacer que el mundo no se corrompa, de la misma forma que la sal impide que se corrompan los alimentos. Como luz está llamado a recordar que Jesucristo es la luz del mundo, y como tal es el que hace nuevas todas las cosas.

San Pablo en la segunda lectura, nos habla también de esa sabiduría que es fuerza de Dios y que fundamenta nuestra fe. «Me presenté ante vosotros débil y temeroso, para que vuestra fe no se apoye en la sabiduría de los hombres sino en el poder de Dios». «La fuerza se realiza en la debilidad», nos dirá en otro lugar.

Dios no necesita de nosotros, pero se hace presente por medio de nosotros. Somos nosotros los que necesitamos de Dios, porque él es nuestra fuerza y esa fuerza se hace presente, cuando desaparece nuestro orgullo y nos convertimos en apóstoles y profetas, en sal y luz capaces de iluminar las sombras y poner sentido a lo que somos y hacemos.

Que vivamos alegres en su presencia y juntos invoquemos su Santo Nombre.  

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4º Domingo del T.O. Ciclo A

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El Evangelio nos presenta este domingo el primer gran discurso que Jesús dirige a la gente allá en las colinas que rodean el lago de Galilea. El Evangelio nos lo presenta así: «al ver Jesús la multitud, subió al monte: se sentó y se acercaron sus discípulos».

Jesús aparece, así como el nuevo Moises que proclama desde el monte el Evangelio de las bienaventuranzas, que son la carta magna del reino, donde declara bienaventurados a los pobres de espíritu, a los que lloran, a los misericordiosos, a quienes tienen hambre y sed de justicia, a los limpios de corazón, a los perseguidos. ¿Qué es todo esto sino la expresión del deseo más profundo que hay en nuestro corazón? ¿No es este un deseo que toca nuestra condición humana en lo más profundo? ¿no deseamos todos que la pobreza termine, que el que llora deje de hacerlo, que el perseguido deje de estarlo? Pues bien, Jesús declara que este deseo profundo de nuestro corazón es también el deseo de Dios.

En efecto, cuando Dios consuela, sacia el hambre de justicia y enjuga las lágrimas de los que lloran. Las bienaventuranzas son, un pasar de la cruz a la resurrección, en nuestra existencia. Son en definitiva un retrato del Hijo de Dios, de Jesús, que se deja perseguir, despreciar hasta la condena a muerte, a fin de dar a los hombres la salvación.

Dice Pedro de Damasco, un antiguo eremita. Que «las bienaventuranzas son dones de Dios, y debemos estarle muy agradecidos por ellas y por las recompensas que de ellas derivan, es decir, el Reino de los cielos en el siglo futuro, la consolación aquí, la plenitud de todo bien y misericordia de parte de Dios…una vez que seamos imagen de Cristo en la tierra».

En la medida en que somos imagen de Cristo, vivimos las bienaventuranzas.

Y vivir las bienaventuranzas, es vivir y recorrer la historia de la santidad cristiana porque como escribía San Pablo: Dios ha escogido lo débil del mundo para humillar lo poderoso; ha escogido lo despreciable, lo que no cuenta, para anular a lo que cuenta (1ª Cor 1,27-28) y en otro lugar dice: ¿Quién nos separara del amor de Dios, manifestado en Cristo: la angustia, ¿el hambre la persecución, la tribulación, la indigencia, el peligro, la violencia? (Rom 8,35-39)

San Agustín, otro grande, nos dice que «lo que ayuda no es sufrir estos males, sino soportarlos por el nombre de Jesús, no solo con espíritu sereno, sino incluso con alegría».

Hermanas y hermanos, hoy es un buen día para animarnos a seguir a Jesus por este camino de las bienaventuranzas y como María vivir en continua alabanza y acción de gracias, por poderlo hacer.

3º Domingo del T.O. Ciclo A

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Este Domingo seguimos abundando en la Novedad que ha supuesto la venida de Cristo en una carne como la nuestra.

El comienzo de la predicación marca el inicio del ministerio de Cristo. Esta comienza con una aclamación breve pero llena de significado: «convertíos, porque está cerca el reino de los cielos»; todo ello unido a la llamada de los discípulos y a la curación de los enfermos. Y lo hace lejos de los centros de poder como son Judea o Jerusalén, cumpliendo así la palabra profética que escuchábamos en la primera lectura y que recoge también el evangelista: la tierra de Zabulón, la tierra de Neftalí. El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaba en tierra y en sombras de muerte y una luz les brilló.

Todo se resume, en una palabra: «Evangelio». Una palabra que en tiempos de Jesús la usaban los emperadores romanos para sus proclamas que independientemente de su contenido, eran consideradas buenas nuevas, es decir, anuncios de salvación, porque el emperador era considerado el señor del mundo, y sus edictos buenos presagios. ¿Por qué se aplica esta palabra a la predicación de Jesús? Pues sin duda que con ello se da un reto y un desafío ya que aplicar esta palabra a la predicación de Jesús equivale a decir que es Dios y no el emperador el Señor del mundo, y que el verdadero Evangelio es el de Jesucristo.

Así pues, la proclamación de Jesucristo es tremendamente, novedosa y desafiante, pues indica que Dios es quien reina, que Dios es el Señor y que su señorío está presente, es actual, se está realizando.

Esta cercanía del Reino de Dios es la que se da con Jesucristo, como queda demostrado en las curaciones y milagros que realiza. En resumen, el reino de Dios es la vida que triunfa sobre la muerte y la luz de la verdad que disipa las tinieblas de la ignorancia y de la mentira.

Que también nosotros vivamos la pasión por el reino que animó la vida de Jesús, pasión que tiene dos aspectos: pasión por Dios y pasión por el hombre.

San Pablo en la segunda lectura, nos invita a no andar divididos. Algo tan habitual a veces, sino que miremos a Jesucristo y veamos en él al que da la vida por todos. Por tanto, solo él, y en su nombre es como nosotros, podemos alcanzar la salvación, la alegría, el perdón la paz y la unidad. No caigamos en el desánimo ni en la desesperanza, porque son muchas las dificultades o porque son muchas las trabas que a veces nos podemos encontrar. Solo el que vive en Cristo, vence, como él ha vencido, solo el que vive en Cristo puede comprometerse de manera eficaz con la verdad, el amor, la justicia y la paz.

2º Domingo del T.O. Ciclo A

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Dios quiere que todos los hombres se salven. En la primera lectura de Isaías 49,3.5-6 el profeta anuncia que esa salvación llegará hasta los confines de la tierra y esto vemos que se realiza en Jesús, que entrega su vida, su sangre, como diremos en la consagración por muchos, es decir por todos. A nosotros siempre nos costará entender ese proyecto universal de salvación por parte de Dios, porque nos creemos los únicos que se salvan, pero ese es algo que en el fondo deseamos: una comunidad humana universal en paz y en armonía.

San Pablo en la segunda lectura de 1ª Cor 1,1-3 se dirige a los corintios y a todos nosotros presentándose como apóstol, él que ha sido perseguidor y que ha recibido una misión, demostrando así que Dios es más fuerte y grande que nuestras debilidades, limitaciones y que su proyecto de salvación desborda esas limitaciones, previsiones y resistencias humanas. Esa misión consiste en anunciar el nombre de Jesucristo, el único nombre capaz de salvarnos, pues para nosotros la salvación es, vivir en Cristo, ya que el que vive en Cristo es una nueva criatura, lo viejo, el hombre viejo y sus obras han quedado atrás y ha comenzado lo nuevo.

Nosotros, que hemos sido consagrados e incorporados a Cristo por el bautismo, hemos de mantener esta consagración en medio de nuestra fragilidad mediante la invocación de su santo Nombre, y así poder vivir y encontrar en él esa novedad de vida que llamamos, salvación o redención. Un buen programa para el año que comienza.

El Evangelio nos muestra a Juan como el precursor y mensajero que anuncia la presencia de Jesús y nos invita a descubrirlo a cada uno de nosotros: «he aquí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo». El es el que carga con nuestras miserias y transforma la iniquidad en santidad. En él, hemos renacido por el agua y el Espíritu para hacer posible un mundo nuevo, viviendo como hijos de Dios, y para ello nos da el Espíritu Santo.

En la etapa anterior, aparecía el Espíritu sobre los encargados de llevar adelante el proyecto salvador de Dios, lo que ocurría de forma esporádica. En cambio, con Jesús entramos en la época del Espíritu como don total, permanente y para todos. He ahí la gran novedad, que ha supuesto el tiempo inaugurado por Cristo. Que sepamos asumir vivir y alegrarnos en esta novedad del Espíritu.

El Bautismo del Señor

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Nos recordaba Benedicto XVI en una de sus homilías, que todo el misterio de Cristo en el mundo se puede resumir con esta palabra: bautismo, que en griego significa «inmersión».

El hijo de Dios, que desde la eternidad comparte con el Padre y con el Espíritu Santo la plenitud de la vida, se sumergió en nuestra realidad de pecadores para hacernos participar de su misma vida: se encarnó, nació como nosotros, creció como nosotros y, al llegar a la edad adulta, manifestó su misión por medio del bautismo de conversión que recibió de Juan el bautista.

Juan no quería, pero Jesús insistió porque era esa la voluntad del Padre. De este modo, Jesús manifiesta que aceptó hacerse hombre en obediencia al Padre y manifiesta así que es el hijo de Dios, verdadero Dios como el Padre. Es el que se rebajó para hacerse uno de nosotros, el que se hizo hombre y se humilló hasta la muerte y muerte de Cruz.

¿Porqué el Padre quiso eso nos podríamos preguntar? El relato insiste que cuando salió del agua, se posó sobre él el Espíritu Santo en forma de paloma y que se escuchó la voz del Padre que lo proclama Hijo predilecto.

Jesús es pues el que nos da el Espíritu y el bautismo cristiano, a diferencia del de Juan será bautismo en el Espíritu, es decir bautismo que nos introduce en la vida de Dios, en la vida eterna, es decir, que nos lleva a la situación original anterior al pecado.

San Pablo nos dice en la carta a los romanos, que hemos sido bautizados en la muerte de Cristo para tener su misma vida de resucitados. Entrar en el bautismo, es por tanto entrar en la muerte de Cristo para resucitar con él.

El bautismo de Jesús se sitúa pues en la lógica de la humildad y de la solidaridad con el hombre y con su condición. Haciéndose bautizar por Juan juntamente con los pecadores, Jesús comenzó a tomar sobre sí el peso de la culpa de toda la humanidad, como cordero de Dios que quita el pecado del mundo, obra que consumó en la cruz, cuando recibió también su «bautismo».

Por tanto, Cristo es el que nos da el bautismo en el Espíritu por el que quedamos libres del pecado y de la muerte. De ahí que el bautismo sea un gran don.

Hoy estamos llamados todos a descubrir este don de estar bautizados y de pertenecer a la familia de los hijos de Dios.

Que podamos dar testimonio de esta fe a lo largo de toda nuestra vida.

La Epifanía del Señor

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En la solemnidad de la epifanía, seguimos contemplando y celebrando el misterio del nacimiento de Jesús. Lo que hoy subrayamos es que este nacimiento tiene un significado universal. Al hacerse hombre en el seno de María, el Hijo de Dios vino no solo para el pueblo de Israel, representado por los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada por los Magos.

El Evangelio de Mt 2,1-12 que acabamos de escuchar, nos invita a meditar y a orar sobre los magos y sobre su camino en busca del Mesías.

Para conocer mejor a los magos y entender su deseo de dejarse guiar por los signos de Dios, veamos lo que encontraron en su camino.

Se encontraron con Herodes, que estaba interesado en el niño pero no para adorarlo sino para eliminarlo. Es un personaje que a nosotros, no nos cae bien y lo juzgamos de forma negativa, pero deberíamos preguntarnos si también nosotros consideramos a Dios como un rival, porque pensamos que pone límites a nuestra vida y no nos permite disponer de nuestra existencia como nos plazca.

Pero Dios no es un rival sino el único que puede ofrecernos la posibilidad de vivir en plenitud, de experimentar la verdadera alegría.

Se encontraron también con los estudiosos de las escrituras, pero como nos dice San Agustín, éstos a veces les gusta ser guías para los demás, indican el camino, pero no caminan, se quedan inmóviles. También nosotros tenemos la tentación a veces de considerar las escrituras como algo de estudio para los especialistas y no como el Libro que nos señala el camino para llegar a la vida, que nos dice qué es el hombre y como puede realizarse.

Se encontraron también con la estrella porque buscaban a Dios en la creación, su sabiduría, y sobre todo su amor. También nosotros, como los magos, estamos llamados a descubrir los signos de Dios, su verdad, su sabiduría y ver como el que creó el mundo y el que nació en una cueva en Belén son el mismo Dios, que nos interpela, que nos ama y que quiere llevarnos a la vida eterna.

Sobre la gran ciudad, la estrella desaparece. Para aquellos hombres, era lógico buscar al nuevo rey en el palacio real, donde se encontraban los sabios consejeros de la corte. Pero con asombro tuvieron que constatar que aquel recién nacido no se encontraba en los lugares de poder, aunque ellos sí le puedan dar informaciones valiosas sobre él. Entonces la estrella los guio a Belén, una pequeña ciudad; los guio hasta los pobres, los humildes, para encontrar al rey del mundo.

Así pues, vemos que Dios no se manifiesta en el poder de este mundo, sino en la humildad de su amor que encontramos en Belén. En la aparente impotencia de su amor está su fuerza y su poder. Allí es donde debemos ir.

El lenguaje de la creación nos ayuda a descubrir a Dios pero al final es necesario escuchar la voz de la Escrituras que son la verdadera estrella que nos ofrece el inmenso esplendor de la verdad divina.

Que nosotros nos dejemos interpelar e iluminar por la palabra de Dios, por la estrella, que es Cristo Jesús, de manera que también nosotros podamos ser estrellas para los demás, reflejo de su luz y lo que celebramos hoy, que es luz para todo el mundo.

Maternidad divina de María

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El primero de año, viene marcado por esta fiesta de Santa María, madre de Dios, que dio carne al Hijo del Padre eterno.

En el nombre de María madre de Dios y de todos los hombres, desde el 1 de enero de 1968 se celebra en todo el mundo la jornada mundial de la paz.

La paz es un don de Dios como hemos escuchado en la primera lectura de Num 6,22-27. Es el don mesiánico por excelencia. El primer fruto de la caridad que Jesús nos ha dado es la paz, fruto de nuestra reconciliación y pacificación con Dios. Es también un valor humano que se ha de realizar en el ámbito social y político.

No podemos ceder al desaliento frente a la violencia y la guerra, por tanto, hemos de orar insistentemente para que lleguen a buen fin todos los esfuerzos para promover y construir la paz en el mundo y hacerla realidad en nuestras relaciones cotidianas.

Por María, el Hijo de Dios, pudo venir al mundo, en la plenitud de los tiempos, como nos recordaba la segunda lectura de Gal 4,4-7. Esa plenitud de los tiempos es Jesucristo, Palabra definitiva del Padre. Al empezar un nuevo año, se nos invita a considerar que el tiempo, pertenece a Dios, que Cristo es la plenitud del tiempo, y que hacia él apunta todo tiempo.

El Evangelio de Lucas 2,16-21 nos recuerda la imposición del nombre de Jesús, mientras María participa en silencio, meditando en su corazón sobre el misterio de su Hijo. Pero el acento se pone en los pastores que se volvieron alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto. Es el misterio del Verbo encarnado el que hace que la maternidad de María sea divina. María es madre de Dios en virtud de su relación con Cristo de manera que glorificando al Hijo es como se honra a la madre y honrando a la madre se glorifica al Hijo.

Ella, que dio la vida terrena al Hijo de Dios nos da a nosotros la vida divina que es Cristo mismo, el príncipe de la paz.

Que esta paz que es Cristo mismo inunde nuestra vida y haga posible un mundo nuevo en el que todos los hombres y mujeres sean respetados.

Diálogo entre generaciones; educación y trabajo como instrumentos para construir una paz verdadera, es el lema de este año. Es necesario que todo ser humano en edad de trabajar tenga la oportunidad de contribuir con su propio trabajo a la vida de la familia y de la sociedad, nos recuerda el papa.

Que María nos acompañe en este nuevo año; que obtenga para nosotros y para todo el mundo el deseado don de la paz.

Noche Buena y Navidad, Ciclo A

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Llegó el momento esperado durante siglos: la venida del Señor. Cómo debió preparar María este momento, y como debió ser su sorpresa al ver que no había sitio en la posada.

Esa posada somos nosotros, que esperamos y aguardamos la venida del Señor, pero cuando llega, estamos tan ocupados que ya no queda en nosotros ni un espacio para el otro, para el prójimo, para el pobre, para Dios.

Pero ahí está María y José y los pastores. Ahí están los magos, pues como nos dice el Evangelio de Juan, 1,12: «a cuantos lo recibieron, les da poder para ser hijos de Dios.

Dios entra en el mundo y en la historia, pero la hace haciéndose pequeño y pobre de modo que solo los pequeños y los pobres lo ven y así por medio de ellos, es como comienza un mundo nuevo en el que cielo y tierra se unen. Esto es lo que indica el canto de los ángeles en la noche de Navidad. Los padres dirán que los ángeles son el signo de la alegría que supone el que cielo y tierra vuelven a estar juntos; y también porque el hombre en Jesucristo se ha unido a Dios. A partir de ahora, hombres y ángeles cantan juntos. Esta es la novedad, esta es la nueva situación, el mundo nuevo que ha comenzado.

San Agustín, lo expresa refiriéndose al Padre nuestro y concretamente al decir la frase: Padre nuestro que estás en los cielos. Entendiendo los cielos, como los santos y los justos. De manera que así como el hombre viejo es llamado: «tierra». El hombre nuevo, renovado por Cristo, es llamado: «cielo».

El cielo, por tanto, no pertenece a la geografía del espacio, sino a la geografía del corazón de Dios, que en la noche santa ha descendido hasta un establo, signo de la humildad de Dios que es ni más ni menos que el cielo. Entrar en el cielo es pues, entrar en la humildad de Dios y salir al encuentro de esa humildad de Dios es tocar el cielo lo que supone también, renovar la tierra. Un cielo y una tierra nuevos .

Este niño es la Palabra eterna de Dios, que une a la humanidad y la divinidad, quedando superada la distancia infinita entre Dios y hombre. Esto lo vemos, sobre todo, a partir de su muerte y de su resurrección con la que abre al hombre la dimensión de la vida eterna en la comunión con Dios. Él es, por tanto, el primogénito, el primero que inaugura para nosotros, el estar en comunión con Dios y la hermandad en la que somos de la misma familia de Dios que comienza en el momento en el que María envuelve en pañales al primogénito y lo acuesta en el pesebre.

En la Navidad con los ángeles, cantamos la gloria de Dios, y con ella la paz, a los hombres. Ambos extremos: la Gloria de Dios y la paz en la tierra se unen en la noche santa, de una vez y para siempre. Cantar en esta noche la gloria de Dios es proclamar la salvación del Hombre y la paz que viene de sabernos amados por Dios.

Que esta buena noticia nos inunde y nos haga participes de ese amor y de esa alegría que nos transforma y transforma el mundo.

4º Domingo de Adviento

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Llegamos al final de este tiempo de Adviento, un tiempo en el que hemos renovado la esperanza haciendo hincapié en esa súplica que tanto hemos repetido: «Ven Señor Jesus», y es que la presencia del Señor es siempre motivo de alegría.

Pues bien, este grito que no solo impregna el Adviento, sino que atraviesa toda la historia de la salvación, ha de seguir vivo en nosotros, porque cuando el Señor viene, nuestro corazón cambia y entonces en el mundo se difunde la justicia y la paz.

Ante este grito del Adviento, la Iglesia responde con la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes; anunciar que Jesus es el Señor, de manera que acoger la buena noticia significa a su vez el darla; acoger a Dios que viene a nosotros en la Navidad, es un don que nos cambia y nos hace mensajeros del amor de Dios a todas las gentes. En una palabra: acoger a Cristo es acoger a la humanidad entera y dejar así que nuestra libertad se oriente hacia la verdad y el bien de todos.

La alegría de la Navidad ya cercana, nos lleva a anunciar a todas y a todos, la presencia de Dios en medio de nosotros, que alienta nuestro vivir y nuestro obrar.

La primera lectura del profeta Isaías 7,10-14, nos presenta el rechazo de Acaz de una señal departe de Dios, motivado por el hecho de que seguramente, ya había decidido recurrir a la ayuda del poder de Asiria, en lugar del total abandono en Dios como quería el profeta. Pero Dios sigue llevando adelante su proyecto de salvación a pesar de nuestras vacilaciones y es él mismo, el que nos dará una señal que exige la fe: la de un niño frágil que nace de una virgen y asume el nombre simbólico de: «Dios con nosotros», garantizando así el futuro de su pueblo.

Todo esto nos recuerda el misterio de Jesús. Que nace de mujer, de María y por tanto es hombre, pero su nacimiento es obra del Espíritu Santo, aplicándole literalmente la profecía de Isaías, que llamaba a aquel niño: «Dios con nosotros».

El Evangelio de Mt 1,18-24, nos presenta la figura de José, que nos recuerda que al misterio de Dios se accede por la fe y que es por su fe por la que es llamado justo. El justo José, nos recuerda así, que el hijo, todo hijo, es una realidad que no pertenece a sus progenitores y que precisamente por eso, se acoge con gozo y como promesa de esperanza. La fe da así un sentido nuevo a las cosas y a las relaciones. En la segunda lectura de Rm 1,1-7 Pablo, se nos presenta como: «Apóstol por vocación, para proclamar el Evangelio prometido por Dios». Nos recuerda así, que Dios es gratuito, pero no barato, y que su gratuidad, exige de nosotros una entrega a su plan de salvación para todos los hombres.

3º Domingo de Adviento Ciclo A

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Durante este tiempo de Adviento, nos acompaña casi diariamente el profeta Isaías que se dirige al pueblo judío desterrado en Babilonia después de la destrucción del templo de Jerusalén y habiendo perdido la esperanza de volver a la ciudad santa. En la Primera lectura de Is 3-5,1-6ª.8.10, nos recuerda que dicho cambio radical es posible porque el Señor viene y manifiesta su gloria: «mirad a vuestro Dios: trae la venganza y el desquite; viene en persona a salvaros». Y es que, la venida de Dios capacita al hombre para la acción: «fortaleced las manos débiles» vuelve a poner en marcha a los inseguros: «afianzad las rodillas vacilantes» e imprime una nueva personalidad capaz de decidirse con valentía: «Decid a los cobardes no temáis».

Las palabras del Apóstol Santiago 5,7-10 en la segunda lectura, nos invitan no solo a la alegría sino también a ser constantes y pacientes en la espera del Señor que viene, y a serlo juntos, como comunidad, evitando quejas y juicios. Se pone al agricultor como ejemplo de quien sabe esperar, pues tiene la certeza de que la semilla dará fruto, al igual que los profetas que hablaron en nombre de Dios y tuvieron la osadía de hacerlo, confiando en él.

En el Evangelio de Mt 11,2-11, el bautista que había anunciado la venida del juez que cambia el mundo, ve que el mundo sigue igual, de ahí que pide a sus discípulos que vayan a Jesus y le pregunten: ¿eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? A lo largo de la historia muchos han hecho esa pregunta creyendo que hay que cambiar el mundo de un modo más radical y han dicho: ¡No es él! ¡No ha cambiado el mundo! Ahora bien, nosotros sí lo vamos a cambiar mediante: imperios, dictaduras, totalitarismos y lo han hecho, pero de modo destructivo y de todo eso no ha quedado sino un gran vacío y una gran destrucción. En cambio, en la respuesta de Jesús a Juan, vemos que lo que cambia al mundo no es la revolución violenta, ni las grandes promesas, sino la silenciosa luz de la verdad y de la bondad de Dios, que es el signo de su presencia, que nos da la certeza de que somos amados hasta el fondo, de que no caemos en el olvido, ni somos producto de la casualidad, sino de una voluntad de amor. La alegría cristiana brota de esa certeza: Dios está cerca, está conmigo, está con nosotros, en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad, como amigo y esposo fiel. Alegría que está en lo profundo de la persona que se encomienda a Dios y confía en él.

Que como María, vivamos en Adviento, es decir, en la cercanía del Señor, orando y esperando su venida.