5º Domingo de Pascua, ciclo B

La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 9,26-31. En ella se refleja la situación en que se encontraba Pablo, consciente de que no es fácil aceptar a un ex-perseguidor y a la vez convencido de que solo desde la comunidad podía ejercer su tarea de evangelizador a la que había sido llamado. Bernabé, hace de mediador entre Pablo y la comunidad y es que hoy como ayer, no es fácil aceptar lo nuevo, lo sorprendente, lo inusitado y se nos invita a preguntarnos a cerca de como acogemos y vivimos la fe. Finalmente, Pablo fue aceptado por los dirigentes y por la comunidad y se dedica a predicar públicamente el nombre de Jesús, pero amenazado por los judíos de lengua griega al demostrarles que Jesús es el verdadero Mesías esperado por Israel, huye de Jerusalén. Una vez más se pone de manifiesto que la fe apostólica y la fe en Jesús llevan consigo las marcas del maestro que son la persecución y la muerte, pero así es como crece la comunidad que, impulsada por el Espíritu, va ampliando cada vez más el circulo de su irradiación.

La segunda lectura, es de 1ª de Jn 3,18-2 y nos muestra como aquella crisis que existía en las comunidades jónicas les llevó a poner en duda la identidad de Jesús, y así llegar a decir, que el Hijo de Dios, no se ha hecho realmente hombre y no ha padecido una muerte salvadora, solo es posible resolverla desde el amor. La fe se expresa con un amor fraterno comprometido y la raíz profunda de este amor es la experiencia del amor de Dios a los hombres, manifestado en su hijo Jesucristo. Juan no ignora que el mandamiento del amor es verdaderamente divino, o sea, imposible para el hombre y solo posible con la ayuda del Espíritu. Por tanto, quien ama así, tiene una sola voluntad con Dios, y ama de verdad conforme a Cristo: ha restaurado plenamente en él la imagen divina a cuyo modelo fue creado. Los mandamientos se resumen pues en uno solo: el de la fe en Jesucristo y el del amor recíproco. El que, amando, guarda sus mandamientos, conoce a Dios y Dios habita en él.

El Evangelio es de Juan 15,1-8. Aunque va a enfrentarse con la muerte, Jesús sigue siendo para los suyos la fuente de la vida y de la santidad. Mas aún, yendo al Padre pone la condición para poder permanecer siempre en los suyos. Jesus, sirviéndose de una comparación habla de sí mismo como la vid verdadera, una imagen empleada por los profetas para describir a Israel. Así se presenta como el verdadero pueblo elegido que corresponde plenamente a las atenciones de Dios. Jesus por su vida entregada en la cruz es el primogénito de una humanidad nueva y su sangre como la savia de la vid, llega a todos los sarmientos y sólo en una comunión vital con la cepa se asegura y garantiza la producción de fruto. Pero por desgracia podemos ser también sarmientos que producen infección en la vid; de ahí que debamos desear ser purificados, limpiados. La poda consiste en dejar cortar de nosotros el pecado y todo lo que no es según Dios: este es el sufrimiento que da fruto. Esto se realiza cuando la palabra de Jesús es acogida en un corazón bueno.

3º Domingo de Pascua, Ciclo B

La primera lectura es de los Hechos de los apóstoles 3,13-15.17-19. Pedro y Juan acaban de curar a un mendigo tullido de nacimiento —y, por eso excluido del templo — con el poder del «Nombre de Jesús». El episodio suscita un gran estupor entre la gente.

El apóstol Pedro a la luz de las antiguas profecías, ayuda a la gente a reconocer en Jesús al Mesías no reconocido por su pueblo; rechazado y condenado a una muerte injusta. Si embargo, la muerte no es más fuerte que la vida ni son los hombres los que conducen la historia, sino Dios que con su poder ha resucitado de entre los muertos a su siervo fiel y de este modo, las puertas de la salvación siguen abiertas para su pueblo elegido, aunque históricamente fueron los ejecutores de la muerte del Mesías. Pero nada sucede por un poder que tengan los apóstoles; sólo en el nombre de Jesús pueden realizar prodigios y, sobre todo, exhortar con autoridad al arrepentimiento y a la conversión para que sean borrados sus pecados.

La segunda lectura es de 1ª de Juan 2,1-5ª. El autor quiere salir al paso de aquellos que en su tiempo enseñaban que una vez aceptado el bautismo los creyentes eran impecables. Por eso el autor viene a decirnos: es difícil que un verdadero miembro de Cristo peque, pero, si se diera esta circunstancia, no debe perder la esperanza porque Jesús está junto al Padre intercediendo y abogando por él. Se puede vencer la tentación siempre porque Jesús y el Espíritu salen al encuentro del hombre para que pueda vencer, pero en caso contrario, Dios no abandona al hombre. Jesucristo en la cruz es la oferta de salvación que Dios hace para todo el mundo, en él se ha abierto de nuevo el camino de retorno a Dios y de la plena comunión con él. Ahora bien, no podemos hacernos la ilusión de amar a Dios —conocer en el lenguaje bíblico equivale precisamente a amar — si no guardamos sus mandamientos y no cumplimos su voluntad en las situaciones concretas de la vida. El regenerado en y por el acontecimiento pascual, puede cumplir la voluntad de Dios que son sus mandamientos y a la vez encuentra la energía que lo posibilita.

El Evangelio, pertenece a Lucas 24,35-48. Es la última aparición del resucitado y se produce después del encuentro de Jesús con los dos discípulos de Emaus.

Lo primero es el saludo: la paz, que es la síntesis de todos los bienes salvíficos. Jesús la hizo posible por la sangre de la cruz y ahora nos la da como distintivo y tarea. El evangelista recurre a expresiones como: «soy yo en persona… Dicho esto, les mostró las manos y los pies», para mostrar de la forma más plástica posible, el acontecimiento de la resurrección y que es la respuesta a la inquietante pregunta: ¿después de la muerte queda alguna esperanza? Dios responde con la realidad plena de Jesús resucitado.

Recogiendo unas palabras que atribuye al resucitado mismo, entiende que en toda la Escritura aparece esta oferta de Dios, en forma de anuncio y es el conjunto del plan de Dios el que tiene su realización

A partir de ahí, viene la misión universal, como tarea. Cristo resucitado y glorioso envía a sus apóstoles a anunciar el Evangelio. La universalidad de la misión arranca del Resucitado y es acompañada por el Resucitado. La esperanza de una vida imperecedera conquistada y ofrecida por Jesús resucitado, es para todos los hombres.

Domingo de Ramos, Ciclo B

En el segundo Isaías, encontramos cuatro fragmentos de especial belleza literaria y profundidad teológica: los «cánticos del siervo de Dios». La Primera lectura de este domingo es de Is 50,4-7. La fuerte personalidad del siervo realiza diversas tareas en el cumplimiento de su misión, pero la respuesta es la oposición, el enfrentamiento, el desprecio. Es una de las paradojas de la historia de la salvación. Recordemos a Moisés conduciendo al pueblo por el desierto hacia la libertad, pero sobre todo, lo vemos en Jesús, que no opuso resistencia a la voluntad del Padre ni se sustrajo a la maldad de los hombres, seguro – hasta la hora suprema del abandono en la cruz- de que el designio de Dios es don de salvación que se ofrece a todos. Las palabras del profeta-poeta, llamado segundo Isaías, tienen mucho que decirnos hoy a todos nosotros, inmersos en múltiples perplejidades, desconciertos, contradicciones e incomprensibles persecuciones en todos los ámbitos.

La segunda lectura es de Filipenses 2,6-11. Es un himno que Pablo ha tomado de la liturgia cristiana primitiva, con algunas adiciones que introdujo él. Pablo, recurre a este himno para reorientar la vida de la comunidad. Puede entenderse a partir de la expresión “alarde” (No hizo alarde de su categoría de Dios)

Se sobreentiende el parangón con Adán, quien no siendo de tal condición, quiso robarla. Pablo propone a la comunidad de Filipos el ejemplo del nuevo Adán, Cristo. Este aceptó reparar, mediante la humildad y la obediencia hasta la muerte más ignominiosa, la soberbia desobediencia del primer Adán, que precipitó a todo el género humano en el pecado y la muerte. En Cambió, Cristo se vació de sí mismo y tomó la condición de esclavo, que es la nuestra. A dicho anonadamiento, responde la acción de Dios que lo ha exaltado hasta el extremo, de modo que ahora, todo el universo, está llamado a proclamar que Jesucristo es el nombre más alto en el cielo y en la tierra, porque es el nombre del Kyrios, Señor, es decir, Dios, y esta confesión es para gloria del Padre.

El Evangelio es de Marcos 1,14-15,47 y recoge la narración de la pasión, en la que encuentra respuesta la pregunta fundamental ¿Quién es Jesús? Es en la pasión donde se revela el misterio: Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios. La afirmación del centurión -un pagano- que lo ve morir «de aquella manera» (15, 39) indica el camino de la incredulidad a la confesión de fe, que cada uno de nosotros está llamado a recorrer contemplando al Crucificado y no pasar como la muchedumbre del «Hosanna» al «crucifícalo». Nos debemos preguntar, si estamos dispuestos a afrontar con nuestro Maestro y Señor, el camino del amor. Una senda que se manifiesta en su aparente debilidad e inutilidad en el abandono incondicionado a la voluntad del Padre. Pero si aquellos discípulos que, pese a haber estado y convivido con él no lo han comprendido y lo han abandonado y traicionado, nosotros ¿podremos ser fieles?

Es necesario huir y vencer todas las tentaciones de creer que la liberación y la felicidad del hombre se consiguen con la violencia. Pero también es una advertencia a quienes huyen de todo compromiso. Sólo a los pies de la cruz, podremos vivir en la fe del que es Dios y hombre verdadero. Un Dios que muere por amor. Solo así podremos vivir en la novedad que supuso aquel gesto y que puede regenerar nuestra vida, dando lugar a la emergencia del Reino de Dios que está en medio de nosotros.    

3 Domingo de Cuaresma, Ciclo B

En la primera lectura de Éxodo 20,1-17, Dios estipula con su pueblo, en el Sinaí, la alianza con sus cláusulas. El Dios de Israel, es el Señor de cielos y tierra, que puede ofrecer una alianza estable, firme y eficaz con su pueblo y así, pone ante los ojos de Israel la gran proeza que ha realizado con ellos: los ha liberado de la mano del faraón y su ejército, que eran muy superiores a ellos.  Este acontecimiento, se convierte en el punto de referencia de toda la historia de Israel, por lo que, Israel tiene motivos para fiarse de Dios, su soberano.

Hoy como ayer, es necesario mirar a los acontecimientos fundamentales; entonces fue la liberación de Israel de las manos de los egipcios y en la plenitud de los tiempos, fue la liberación de la humanidad por obra de Jesús en su muerte y resurrección. De esta forma es como los mandamientos no son en su origen y en el proyecto de Dios, una carga insoportable, sino la posibilidad de supervivencia del pueblo.  Son la respuesta a un Dios que se ha volcado en la salvación de un pueblo. Son posibilidades de vida y libertad: «obedece y vivirás».

La segunda lectura es de 1ª Cor 1,22-25. Pablo, nos recordará que la intervención definitiva de Dios en favor de su pueblo, se ha concretado en la cruz, que es expresión misteriosa y desconcertante del poder y sabiduría de Dios. Es, en una palabra, la expresión acabada del amor gratuito y portentoso de Dios. Cuando Pablo afirma que: «lo necio de Dios es más sabio que los hombres y lo débil de Dios más fuerte que los hombres», nos está indicando que Dios está por encima, pero no en contra, de nuestro modo de proceder, de pensar y de planificar. La fe en Cristo no anula los valores humanos, sino que los eleva, valoriza y humaniza, porque los libera del error (sabiduría) y los restaura (poder) lo que nos permite, la plena confianza en Dios y en las posibilidades que El da.

El Evangelio de San juan, nos presenta la expulsión de los vendedores del templo por parte de Jesús. El templo, es el lugar elegido por Dios para establecer su morada, donde habita su Nombre. Pero Jesús, afirmará: «destruid este templo y yo lo reconstruiré en tres días (Jn 2,12ss) Esta es la clave del acontecimiento. El templo material, edificado por manos humanas, debe orientar la mirada y el pensamiento del hombre a otro templo no construido por manos humanas. Continúa el Evangelio: «Él hablaba del templo de su cuerpo; cuando resucitó de entre los muertos los discípulos creyeron en la palabra de Jesús» (Jn 2,19ss).

Si bien la Iglesia primitiva, en sus primeros pasos, no se desprende del templo, Esteban se encarga, guiado por el Espíritu de urgir al alejamiento de la Iglesia respecto del templo, de forma que, como en el caso de Jesús, templo y muerte martirial, están relacionados y no en vano, el velo del templo se rasgó de arriba abajo, en el momento en el que muere Jesús y el centurión romano, expresa su fe en Jesus cuando exclama: ¡Este hombre era verdaderamente justo e Hijo de Dios!  

2º de Cuaresma, Ciclo B

La primera lectura de Génesis 22,1-2.9ª.15-18, nos presenta una de las páginas más dramáticas de la Escritura, por medio de la cual, Abraham, comprenderá que no debe olvidar que Isaac es un regalo, un don de Dios y, por otra parte, no olvidemos que en los pueblos circundantes, se sacrificaban seres humanos a los falsos dioses. Dios quiere advertir a su pueblo que eso no le agrada. Es sobrecogedor el diálogo entre el padre y el hijo (que no se recogen en la lectura abreviada de hoy). En él, el padre resume el sentido en una frase: «Dios proveerá». El Dios bueno y amoroso proveerá, porque lo hace todo bien en la vida de los hombres. Y este Dios se ha hecho presente. Es el Dios de la vida que no quiere la muerte del hombre, hechura suya: «no alargues la mano contra tu hijo, ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo. Tu único hijo». En el Evangelio, escucharemos: «Este es mi hijo amado, escuchadlo». Hay una relación entre Isaac y Jesús, que se teje con tres palabras clave: hijo, amado y único. Isaac es un anuncio típico de lo que será Jesús y Abraham, un anuncio típico del Padre que será revelado en Jesús. Dios se revela, así, como el Padre que no perdona a su propio y único Hijo, muy amado, en favor de los otros hijos, que son muchos y necesitados de salvación.

En la segunda lectura de Romanos 8,31b-34, encontramos actualizado, ese amor fiel de Dios, quien, por nosotros y por nuestra salvación, nos ha dado lo más precioso que posee: su propio hijo. En él nos lo ha dado todo y quien da lo más, siempre está dispuesto a dar lo menos. Esto engendra una confianza que nunca nos defraudará, porque anda de por medio el amor gratuito y generoso de Dios. El Hijo que muere y resucita para liberarnos de la esclavitud y del miedo, nos invita a hacer creíble el amor de Dios al recibirlo y vivirlo como algo gratuito, humanizador y, a la vez comprometido. En una palabra, abriéndonos a la esperanza.

El Evangelio es de Marcos 9,1-9. En él, escuchamos el acontecimiento de la Transfiguración, que los evangelistas enmarcan después de la confesión de Pedro en Cesarea y el primer gran anuncio de Jesús de su pasión. Un anuncio que provocó en Pedro el rechazo, asustado por el escándalo de la cruz. Así pues, la escena de la Transfiguración, nos sitúa en primer lugar ante el seguimiento de Jesús y su destino de muerte y resurrección. En segundo lugar, se nos invita a mirar a Jesús como nuevo Moises, de forma que la Iglesia (Jesús: Evangelio) frente a la Sinagoga (Moises y Elías: ley y profetas) nos indica la novedad y la superioridad de Jesús. En tercer lugar, la voz celeste procedente del Padre nos remite a otro momento especial de la vida de Jesús: su bautismo. Tanto el uno como el otro nos indican que Él es el centro donde converge la realidad de lo alto y la más honda realidad de lo terreno. Es el mediador de la nueva y eterna Alianza. En cuarto lugar, todo tiende hacia la necesidad de «escucharlo» ya que es el que viene a proclamar la voluntad de Dios en favor de los hombres. La única alternativa es la de escuchar, la palabra de Éste de quien dan testimonio la Ley y los profetas y que, está por encima de la Ley y de los profetas. Solo Él tiene palabras de vida y de salvación, de ahí que debamos escucharlo.    

Navidad 2020, Ciclo B

En el marco de un cántico al Señor por la restauración de Jerusalén, la primera lectura de Isaías 52,7-10 nos muestra uno de los más hermosos mensajes en un tiempo en el que el pueblo está sometido al exilio y las preguntas acuciantes están a la orden del día: «Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz…que pregona la victoria, que dice a Sión: tu Dios es rey». El mensajero de parte de Dios, proclama: ¡Dios reina ya! Unas palabras que recobran todo su sentido en nuestro mundo acuciado por muchos interrogantes que parecen no tener respuesta, frente a los cuales hoy también proclamamos con fuerza la presencia de Dios, una presencia, siempre salvadora. La celebración del Nacimiento del Salvador nos permite contemplar y luego proclamar que Dios, aunque nos pueda desconcertar, ha actuado y actúa con poder por medio de su Hijo Jesucristo.

La segunda lectura de Hebreos, 1,1-6, nos indica que Jesús es la última palabra de Dios y quiere que esa palabra siga siendo proclamada en el mundo. Se nos invita con urgencia a la evangelización, a la proclamación de la Buena Noticia de las maravillas de Dios. El Hombre que había sido hecho a imagen y semejanza de Dios, descubre en Jesús, su grandeza y por tanto la necesidad de respetar a toda persona humana sea de la raza o nación que sea. En todo hombre y en todo acontecimiento humano, se esconde Jesús y espera que le busquemos. Navidad es entrar en la realidad de todos esos hermanos en los que se esconde Jesús.

En la humanidad de Cristo se oculta su divinidad. Celebramos que Dios está presente en Jesús y que estamos llamados a encontrarnos con él en cada hombre y cada mujer de buena voluntad.

El Evangelio es de Juan 1,1-18, en el recordamos la presencia de la Palabra en la creación y consecuentemente en la historia de toda persona humana, que existe por la Palabra y el Espíritu. La Iglesia quiere que el día de Navidad dirijamos una mirada respetuosa a la creación y a encontrar en el Niño, la Palabra eterna de Dios por la que todo fue hecho.

El Evangelista sintetiza en una frase toda la Historia de la salvación en la que se da la dialéctica continua de fidelidad a la Palabra y rechazo de la misma: «Vino a los suyos y los suyos no la recibieron», pero Dios no deja de lado su proyecto y los que la acogen, son hechos hijos de Dios. Esta es la gran novedad de la encarnación en el pensamiento de Juan: que Dios ha revelado su Palabra y la ha enviado al mundo para nuestra salvación de manera que la salvación de los hombres, el reencuentro con Dios, que hace posible la humanización verdadera y el encuentro con los demás, ha sido la finalidad de todos los dones de Dios y entre ellos destaca el de la encarnación.

El hombre, no solo es imagen de Dios por la presencia de la Palabra y el Espíritu sino hijo adoptivo con todos los derechos. Celebremos, por tanto, la Navidad, disfrutémosla y compartámosla generosamente haciéndola actual en nuestro mundo.   El no solo se ha hecho hombre, sino que se ha quedado entre los hombres y nos ha hecho hijos: «A cuantos le recibieron, les dio poder para ser hijos de Dios».

En Navidad nace Jesus y con él nacemos nosotros a una vida nueva. A nosotros solo nos queda agradecerle y alegrarnos por nuestra participación en su misma vida divina.

3 Domingo de Adviento, ciclo B

El profeta es un enviado al pueblo con una misión que se define muy detalladamente. La primera lectura de Isaías 61,1-2ª. 10-11, resume el motivo del envío del profeta: para dar la buena noticia a los pobres. El profeta debe anunciar que Dios no se ha olvidado, sino que se cuida de ellos. Este profeta llevará el Evangelio a los pobres, la amnistía a los cautivos y un año de gracia del Señor. Todas estas son imágenes de la salvación definitiva. Ésta está inmersa en un forcejeo misterioso entre la gratuidad de Dios y la respuesta libre del hombre. La esperanza, por tanto, la vivimos inmersos en lo paradójico y desconcertante de nuestra historia, pero en referencia a una palabra que es como lámpara que alumbra en lugar oscuro, porque Dios conduce la historia hacia una meta feliz y victoriosa. Así es como la esperanza cristiana asume la historia humana apoyándose incondicionalmente en la fidelidad y en el poder de Dios. Este es el verdadero Adviento que el profeta nos muestra con su palabra, mostrándonos la voluntad de Dios.

La segunda lectura, es de 1Tesalonicenses 5,16-24. En ella, Pablo observa que la esperanza es motivo de alegría, pues se apoya en la seguridad de la promesa de Dios que dirige la historia hacia una meta feliz y plenamente humanizadora. De ahí, la exhortación a: estar alegres, a orar en todo momento y a dar gracias, pues esta es la voluntad de Dios. Solo así, podremos:  no apagar la fuerza del Espíritu, no menospreciar los dones proféticos, examinarlo todo quedándonos con lo bueno y apartarnos de todo tipo de mal.

Todo ello, se apoya sobre una convicción típica de Pablo: «Dios es fiel». Es, por tanto, un Dios que cumple su palabra y sus promesas, en consecuencia, es posible la esperanza en medio de la tribulación. La esperanza requiere la respuesta por parte del hombre, pero siempre tiene la mirada y el corazón puestos en el Dios que es fiel, que cumple y mantiene su promesa. La esperanza cristiana apunta hacia un bien futuro, difícil pero posible por el empeño del poder de Dios.

El Evangelio de Juan 1,6-8.19-28, parece responder a ciertos movimientos sectarios que surgieron del bautista, apuntando a que Jesús es siempre y en todo superior a Juan y que solo Jesús es el verdadero Mesías. Por tanto, la comunidad eclesial fundada por Jesús es la auténtica. La última frase de este fragmento (v. 28) nos indica que Juan desarrolla su ministerio en Betania, que significa: casa del testimonio, lo que indica, la importancia del testimonio tanto personal como comunitario. Juan es modelo de testigo, enseñándonos que cada uno puede y debe ser «signo» de Jesus para el otro y manteniendo la capacidad de desaparecer, exactamente como él. Cada uno es un signo útil, incluso necesario, pero precisamente por ser signo no es algo definitivo. Juan pudo aprovecharse de la ignorancia de los que le preguntaban y dejarse aclamar como Mesías, pero el sabe estar en su lugar. Es el que da testimonio de que uno solo es el Señor y uno solo el maestro, todos los demás somos hermanos.

Primer domingo de Adviento, ciclo B

Comienza este tiempo de Adviento. Una vez más, es el amor del Padre el que nos pone en camino hacia el Hijo que viene y así podamos acogerle en todas las ocasiones que él nos brinde. Miremos de ponernos nuevamente en camino.

La primera lectura es de Isaías 63,16b-17.19b;64,2b-7 y en ella se invoca a Dios con el afectuoso nombre de «Padre» cuya paciencia, que desea nuestra salvación, parece ser la causa del error y del endurecimiento del pueblo. De ahí, que se insista, con una de las invocaciones más acuciantes: «¡Ojalá rasgases el cielo y bajases! Bajaste y los montes se derritieron». Con esta expresión se indica que Dios es la única posibilidad de salvación porque es poderoso y ha demostrado siempre que puede hacer lo que ningún ídolo puede hacer. Dios no puede negarse a sí mismo, no puede volver la espalda a la obra de sus manos. Por eso el profeta clama movido por la confianza de un hijo: «No te excedas en la ira, Señor; mira que somos tu pueblo».

La segunda lectura es de 1 Corintios 1,3-9. En ella San Pablo muestra la esperanza en la manifestación del Señor, que es el pensamiento central de este primer domingo de Adviento. Vivir siempre en la esperanza, es propio de quienes han sido sellados en el Señor resucitado y glorioso. Pero la esperanza que ha de realizarse en la historia está sometida a las pruebas y dudas, por eso Pablo, prefiere subrayar que será el mismo Dios, quien los conducirá a ese encuentro definitivo con su Hijo. La esperanza, que ha de estar acompañada siempre de la fortaleza, la constancia, la longanimidad y la perseverancia, es para el cristiano, sabedor de su propia debilidad, ocasión de aceptar y reconocer la fidelidad de Dios, que quiere a toda costa llevar a buen término la vocación que Dios le ha dado.

El Evangelio es de Marcos 13,33-37 y comienza y concluye con la misma invitación: «Vigilad». Dios actúa definitivamente en la historia a través de signos y palabras. Es necesario estar atentos para ver y entender. Una lectura superficial podría parecernos que Jesus no revela el día y la hora de su venida para que los cristianos vivan en continuo temor. Pero la verdadera lectura, nos permite reconocer que en realidad todas las horas son buenas para abrirse al evangelio de forma que comprometa la existencia. Frente al deseo de conocer el final, se impone la preocupación por vivir y discernir cada tiempo y cada momento en la escucha y en la obediencia.

Esta enseñanza de Jesús desmiente los esfuerzos de ciertas sectas que se entretienen en calcular fechas y tiempos de la vuelta de Señor, pero no somos nosotros los dueños del tiempo, sino que lo es el Señor, por tanto, no debemos vivir en la preocupación sino en la confianza en el Padre y en su providencia.

La seguridad de la vuelta del Señor urge así, que nos comprometamos y seamos fieles en el tiempo que nos ha tocado vivir.