3 Domingo de Adviento, ciclo B

El profeta es un enviado al pueblo con una misión que se define muy detalladamente. La primera lectura de Isaías 61,1-2ª. 10-11, resume el motivo del envío del profeta: para dar la buena noticia a los pobres. El profeta debe anunciar que Dios no se ha olvidado, sino que se cuida de ellos. Este profeta llevará el Evangelio a los pobres, la amnistía a los cautivos y un año de gracia del Señor. Todas estas son imágenes de la salvación definitiva. Ésta está inmersa en un forcejeo misterioso entre la gratuidad de Dios y la respuesta libre del hombre. La esperanza, por tanto, la vivimos inmersos en lo paradójico y desconcertante de nuestra historia, pero en referencia a una palabra que es como lámpara que alumbra en lugar oscuro, porque Dios conduce la historia hacia una meta feliz y victoriosa. Así es como la esperanza cristiana asume la historia humana apoyándose incondicionalmente en la fidelidad y en el poder de Dios. Este es el verdadero Adviento que el profeta nos muestra con su palabra, mostrándonos la voluntad de Dios.

La segunda lectura, es de 1Tesalonicenses 5,16-24. En ella, Pablo observa que la esperanza es motivo de alegría, pues se apoya en la seguridad de la promesa de Dios que dirige la historia hacia una meta feliz y plenamente humanizadora. De ahí, la exhortación a: estar alegres, a orar en todo momento y a dar gracias, pues esta es la voluntad de Dios. Solo así, podremos:  no apagar la fuerza del Espíritu, no menospreciar los dones proféticos, examinarlo todo quedándonos con lo bueno y apartarnos de todo tipo de mal.

Todo ello, se apoya sobre una convicción típica de Pablo: «Dios es fiel». Es, por tanto, un Dios que cumple su palabra y sus promesas, en consecuencia, es posible la esperanza en medio de la tribulación. La esperanza requiere la respuesta por parte del hombre, pero siempre tiene la mirada y el corazón puestos en el Dios que es fiel, que cumple y mantiene su promesa. La esperanza cristiana apunta hacia un bien futuro, difícil pero posible por el empeño del poder de Dios.

El Evangelio de Juan 1,6-8.19-28, parece responder a ciertos movimientos sectarios que surgieron del bautista, apuntando a que Jesús es siempre y en todo superior a Juan y que solo Jesús es el verdadero Mesías. Por tanto, la comunidad eclesial fundada por Jesús es la auténtica. La última frase de este fragmento (v. 28) nos indica que Juan desarrolla su ministerio en Betania, que significa: casa del testimonio, lo que indica, la importancia del testimonio tanto personal como comunitario. Juan es modelo de testigo, enseñándonos que cada uno puede y debe ser «signo» de Jesus para el otro y manteniendo la capacidad de desaparecer, exactamente como él. Cada uno es un signo útil, incluso necesario, pero precisamente por ser signo no es algo definitivo. Juan pudo aprovecharse de la ignorancia de los que le preguntaban y dejarse aclamar como Mesías, pero el sabe estar en su lugar. Es el que da testimonio de que uno solo es el Señor y uno solo el maestro, todos los demás somos hermanos.

Un pensamiento en “3 Domingo de Adviento, ciclo B

  1. Pingback: Eterno silencio de Dios | Fraternidad Monástica Virtual

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s