5º Domingo de Pascua, ciclo C

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Jesús muerto y resucitado nos muestra un camino nuevo, el del hombre glorificado a través de la muerte en cruz.

La primera lectura es de los hechos de los apóstoles, 14, 20b-26, y nos coloca junto Pablo, que acompañado de Bernabé se presenta en Jerusalén, como el que ha pasado de ser perseguidor a anunciador del Evangelio. Esto no fue fácil de asimilar ni por parte de los cristianos ni por parte de los judíos, pero Jesús resucitado es el que acompaña el camino de su Iglesia y este camino está hecho de cruz y de gloria. Un solo camino con dos etapas sucesivas y a la vez entretejidas.

Esta es la base de la evangelización en la que Cristo resucitado abre caminos y acompaña esta tarea con la presencia del Espíritu. La misión apostólica, así como la responsabilidad eclesial, son, en efecto, tareas que el Señor mismo confía a algunos, pero de las que debe hacerse cargo toda la comunidad, sosteniéndolos con la oración y el sacrificio personal.

La segunda lectura es de Apocalipsis 21,1-5, Se nos muestra la plenitud humana de Cristo resucitado, que hace posible un mundo nuevo. Si bien los profetas habían vaticinado ya unos cielos nuevos y una tierra nueva (Is 65,17) y habían presentado a Jerusalén como esposa de Dios (Is 62) el horizonte era temporal con referencia a la restauración material de la ciudad mediante la intervención de Dios. Juan ve descender ahora, un cielo nuevo y una tierra nueva, que será la morada de Dios con los hombres. Se trata de un nuevo y último paso en la revelación: el del hombre que está con Dios. Una vez destruido el mal, aparece un nuevo pueblo que pertenece totalmente al Señor y el Señor está eternamente con ese pueblo. Esta es la nueva realidad que ya hemos empezado a degustar, pero que se nos dará plenamente, gracias a que el Cordero degollado ha resucitado, ha entrado en su gloria y nos ha enviado el Espíritu que nos lo enseña y nos lo interpreta todo.

El Evangelio es de Juan 13,31-33a.34-35, pertenece al discurso de despedida, donde Jesús explica a los discípulos que la gloria de Dios no se vincula al fácil éxito mundano ,sino más bien al triunfo del bien, que para nacer debe pasar a través de la gran tribulación. La cruz, es así el seno materno de la vida verdadera, que consiste en una vida de comunión con Cristo y cuyo resultado es el de la comunión con los hermanos. Toda la Evangelización está destinada a conseguir que el hombre viva en comunión con Jesús y que en esa comunión encuentre el sentido a su vida.

El mandamiento nuevo se inscribe así en la perspectiva nueva del amor de Cristo por nosotros. El lo ha vivido primero y así es como nos lo enseña y muestra como mandamiento. Es el camino del que ha sido glorificado a través de la muerte en la cruz. Un camino nuevo, que comienza con nuestro morir a toda clase de orgullo y de egoísmo, para pasar de la decadencia del pecado a la plenitud de la vida nueva. Es la señal de que vivimos con él y en él.

El mandamiento nuevo no es así un yugo pesado, sino comunión personal con Dios, que quiere permanecer presente entre los suyos como amor, como caridad.

4º Domingo de Pascua, Ciclo C

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Decía Clemente de Alejandría que: «nosotros, que estamos enfermos, tenemos necesidad de salvador; perdidos, tenemos necesidad de guía; ciegos, necesitamos que nos lleve a la luz; sedientos, tenemos necesidad de la fuente de la vida; de la que quien bebe no vuelve a tener sed; muertos, tenemos necesidad de la vida, ovejas, del pastor; niños del pedagogo; en suma, toda nuestra naturaleza humana tiene necesidad de Jesús».

De esta necesidad brota la evangelización.

En la primera lectura de Hech 13,14. 43-52, hemos escuchado que Pablo y Bernabé se ponen en camino y emprenden el primer viaje misionero, el anuncio de la buena nueva comenzando por los judíos, pero, su rechazo, hace que se dirijan a los gentiles de manera que el plan de Dios no admite fronteras y su salvación es para todo el mundo. Cristo, es luz destinada a iluminar a todas las naciones y ha de ser llevado a todas partes por los predicadores del Evangelio. Acoger el Evangelio es acoger la alegría de la vida eterna y rechazarlo es quedar encerrado en unos estrechos horizontes, que no nos permiten estar abiertos a la novedad del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús muerto y resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

La segunda lectura de Apocalipsis 7,9.14-17, nos habla de un gran número de señalados, de las 12 tribus, que en realidad significa que todo el pueblo de Israel es invitado a participar del triunfo y de la gloria del Mesías, pero aquí se nos habla de una inmensa muchedumbre que nadie podía contar, lo que significa que Dios tiene un proyecto universal y amplio, ahora bien, como nos dice Jesús, es necesario vigilar y orar para no caer en la tentación de la apostasía, del abandono, de la renuncia, a seguir adelante el camino del Evangelio y asumido por todos en el bautismo. Así, vemos que el nuevo Éxodo, que había profetizado Isaías 49,10,: …«no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua», se ha cumplido en Jesucristo, que venido en carne, es el pastor de los redimidos para siempre y el que los conduce a la intimidad con el Padre, a la vida sin ocaso.

El Evangelio es de Jn 10, 27-3, en él, Jesús utiliza la imagen del buen pastor para indicar a la judíos quien es él. Pero presentarse como tal, equivale a presentarse como Mesías. El es pues,el buen pastor, que conoce y ama a sus ovejas y, por consiguiente, espera encontrar en las ovejas escucha, obediencia y seguimiento confiado. Jesús nos ofrece una salvación que es la posesión de la vida eterna, esto es la intimidad con el Padre, que es la alegría infinita. Esta vida, que es eterna comienza ya aquí, pues seguir al buen pastor y escuchar su palabra, es pasar de la muerte a la vida.

Jesucristo muerto y resucitado es en definitiva, el que que crea la comunión con el Padre y entre nosotros. La Eucaristía es signo de esa comunión que aunque en nosotros es todavía imperfecta, aspira a ser plena. El sigue actualizando su misión de buen pastor a través de sus pastores. Es por tanto necesario que los pastores traten de asemejarse al buen pastor de manera que todos puedan creer y tengan acceso a la salvación.

Es puro don el que en medio de todo lo que es pasajero, podamos reconocer la voz del buen pastor como la única que sabe dar palabras de vida eterna.

3º Domingo de Pascua Ciclo C

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En la primera lectura de Hechos 5,27b-32.40b-41, se nos muestra el comienzo de la persecución para los que siguen a Jesús y ello les permite dar testimonio: «Dios lo ha exaltado a su derecha como príncipe y salvador, para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados. Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto».

Es necesario dejar todo esto, bien claro, pues ya no hay vuelta atrás y por la resurrección, «Dios lo ha constituido en Príncipe», esto es, el que conduce a la vida y «Salvador», un título que el Antiguo Testamento lo reserva única y exclusivamente para Dios, por lo que el conflicto está servido, pues este es a quien «vosotros colgasteis de un madero», y una vez resucitado es el Señor. Y este conflicto es el que atraviesa la historia de ahora y de siempre, pues si Cristo resucitado es el Señor ya no hay otro. Los poderes de este mundo sean los que sean, se revelan ante esta situación y mientras, los apóstoles que continúan con la predicacion enmedio de esta situación, se presentan ante el pueblo y ante el mundo como testigos del Señor.

La segunda lectura, es de apocalipsis 5,11-14 y en ella aparece la alabanza del cordero. En Hebreo, una misma palabra: Talja, designa tanto «siervo» como «cordero», luego Cristo es el verdadero Cordero pascual y Siervo de Yaweh. El himno de alabanza, se inicia en el cielo, desciende sobre la tierra y vuelve a subir al cielo para concluir en el Amen de los cuatro vivientes, que simbolizan todas las realidades creadas. Cielo y tierra se encuentran, de este modo, unidos en un movimiento circular, mientras que Dios libérrimo en la oferta y en los medios, espera del hombre una respuesta adecuada bien sea que camine por la luz natural y la rectitud de su conciencia o por la luz del Evangelio. El misterio de la salvación, unido al misterio de la libertad humana, hace que libertad del hombre y la salvación de Dios vayan juntas y no se puedan separar.

El Evangelio es de Juan 21,1-19. Nos muestra ese momento de incertidumbre que viven los discípulos cuando Jesús resucitado desaparece de sus ojos. Lo que parece imponerse es volver a la vida de antes iluminada por la enseñanza de Jesús al que reconocen vivo y al que encuentran en el pan partido de la Eucaristía y en la obediencia a la Palabra que les permite realizar en este caso, una pesca superabundante. Todo esto nos indica que tan real fue la resurrección como real fue la muerte en cruz y por tanto, real es también la esperanza a la que Jesus nos llama.

En este contexto es donde Simón Pedro es afianzado en su misión. Si tres fueron las negaciones ahora son tres las llamadas a la disponibilidad total para servir a los demás hasta el don de la vida, pues el ejercicio de la autoridad en la Iglesia ha de estar dirigido por el amor y el ejercicio de este amor pastoral, solo es posible si se ha experimentado profundamente el amor de Dios revelado en la persona, la vida y la muerte de Jesús.

Al Igual que Pedro, también nosotros debemos dejarnos interpelar por la palabra de Cristo resucitado, que pone al descubierto nuestro pecado, nuestra fragilidad pasada y presente, aunque nos pide un consentimiento de amor.

Solo después de haberle reconocido a él y habernos reconocido a nosotros mismos bajo su luz, podremos ofrecerle nuestro amor sin engaño y con el deseo de amarle. Entonces nos confiará su tesoro: nuestros hermanos. El sufrimiento y la persecución estarán presentes, pero junto a ello, estará la alegría de poder realizarlo todo en su santo nombre.

2º Domingo de Pascua, Ciclo C. Domingo de la Misericordia

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La Pascua ha supuesto una nueva manera de vivir. Esto es lo que nos indica la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles, 2,42-47. Cuatro son las características que distinguen a los creyentes: la asiduidad a la enseñanza de los apóstoles, o sea el reconocerse necesitados de aprender a vivir como cristianos; la comunión o Koinonia, que es la unión de los corazones que se manifiesta también en el compartir los bienes; la fracción del pan, que es el gesto típico de los judíos para iniciar la comida ritual, que indica ahora la Eucaristía, el memorial; y por último, la oración.

Es más, los apóstoles, realizan signos y prodigios, lo que indica que expresan de forma plástica y convincente la resurrección de Jesús, pues si realizan signos en el Nombre de Jesús, es porque él está vivo. Por otra parte, según el testimonio de Deuteronomio 15, cuando los hebreos, entren en la tierra prometida han de poner cuidado en que no haya ningún pobre entre ellos, ya que la tierra es para todos. Pues bien, estas palabras adquieren ahora todo su significado, de manera que el compartir los bienes se convierte en un signo de que ha llegado la salvación definitiva.

La segunda lectura es del libro del Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19 y nos describe una experiencia que tiene lugar precisamente, el domingo, día memorial de la resurrección del Señor. En ella, el único candelabro de siete brazos del templo de Jerusalén, se ha transformado en muchos candelabros, lo que indica que se ha pasado de un único ámbito de culto, o sea el templo, a la totalidad de la comunidad eclesial. Enmedio de ellos está Cristo como primero y último, es decir, Creador y Señor del cosmos y de la historia. El que vive,esto es, el que tiene la vida en sí mismo y el que tiene las llaves, esto es el poder de la muerte y del abismo de los muertos.

El Evangelio es de Juan 20, 19-31. y nos presenta dos grandes cuadros, en el primero aparecen los once, encerrados por miedo a los judíos, a pesar del anuncio de María magdalena, pero Jesús traspasa las barreras que se le imponen, manifestando así su nueva condición, aunque mantiene los signos de la pasión: «les mostró las manos y el costado». Era necesario esta identificación, pues el que vivió en esta historia nuestra y murió en un aparente fracaso, es el que ahora está vivo y ha vencido a la muerte y por tanto, el que trae la paz: «la paz esté con vosotros». La paz es pues, el crucificado que ha resucitado. Paz y alegría, van juntos y son los signos de una creación nueva, libre ya del pecado y de la muerte.

El segundo cuadro, es el protagonizado por Tomás, que habiendo visto la agonía del maestro, se niega ahora a reconocer una realidad que no sea concreta, tangible, en cuanto al sufrimiento del que ha sido tangible. Jesús condesciende y así nos encontramos con la confesión de fe mas elevada y concreta: ¡Señor mío y Dios mío! Pero el Señor, declara de manera abierta, para todos los tiempos,: bienaventurados aquellos que crean por la palabra de los testigos, sin pretender ver. Si bien la fe parte de un Jesús real y humano, siguiendo la lógica de las bienaventuranzas, son felices, los que son capaces de superar esos motivos de credibilidad y se abren a la acción del Espíritu que les lleva al encuentro real con el Jesús resucitado.

Bienaventurados nosotros, si aunque no lo veamos con los ojos del cuerpo, creemos en el Señor, creemos en su amor y besamos sus llagas, esto es, cuando también experimentemos los clavos y las espinas que son las pruebas de la vida y entonces no solo habrá relación entre su muerte y resurrección sino también entre sus llagas y las nuestras. Vivir con Cristo, es por tanto, morir con Cristo, para resucitar también, con Cristo.

Domingo de Resurrección, Ciclo C

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Tras la celebración de la muerte y la resurrección del Señor, en el triduo y la Vigilia Pascual, llegamos al Domingo de Pascua, a la mañana de Pascua. ¿Qué añade este domingo a todo lo ya vivido y celebrado? La claridad, la certeza de que todo está bien hecho y de que todo no termina en la cruz. La cruz es el paso a la vida para siempre en Dios.

Con la resurrección, empieza por tanto, la novedad de la predicación, del anuncio de la fe : » A él a quien mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucitó». Del testimonio: » El nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos». Y del perdón: «Todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados por medio de su nombre».

Se impone por tanto, un modo nuevo de vivir que tal y como nos explica San Pablo en la carta a los colosenses, consiste en morir al pecado, al hombre viejo y renacer a una vida nuevo que el Apóstol denomina como una vida escondida con Cristo en Dios. Esto es, que prescinde de todo lo que vuelve la vida demasiado exterior y vacía de sentido para llenarla de Cristo, que vive en nosotros una vez resucitado. Es por tanto, una vida de adhesión a Cristo en la fe, hasta que se manifieste plenamente a todos.

El Evangelio de San Juan, nos sitúa ante la dolorosa experiencia de la tumba vacía, experiencia previa al encuentro con el Señor resucitado. No basta solo con el sepulcro vacío, sino que es necesario también el encuentro con el Señor, en el día primero de la semana, en el domingo, que pasa a ser así, el día primero de la nueva creación.

Una cosa es lo que se capta con la mirada externa, esto es, el sepulcro vacío y otra lo captado con la mirada interior. Lo primero es un simple ver, y lo segundo, creer. Así se nos dice que: «vio y creyó». La fe es una certeza pero una certeza que requiere un ponerse en marcha en el seguimiento de Jesucristo hasta llegar a la plenitud de vida con él.

El mensaje de la resurrección fue y sigue siendo una provocación que nos hace plantearnos la pregunta a cerca de Jesús y donde encontrarlo. Jesús es el que libre ya de las cadenas de la muerte está vivo y no lo encontramos en las páginas de los libros de historia, aunque ellos nos hablen de él, ni en las palabras de quienes lo describen como uno de tantos maestros de sabiduría de la humanidad, sino que es el que viene a nuestro encuentro, a lo largo del camino de la vida en la persona del otro, del prójimo, especialmente del que sufre y se deja encontrar en su Iglesia, enviada a llevar la buena noticia de la resurrección hasta los confines de la tierra.

El encuentro con el Señor resucitado hemos de hacerlo también todos y cada uno de nosotros. Este encuentro con él ha de ser el motor de nuestro vivir y de nuestro obrar.

Se dice que san Serafín de Sarov solía saludar con una palabras a las que venían a visitarle: «mi alegría es Cristo resucitado». Esto es sin duda un ejemplo de alguien que ha encontrado a Cristo. Como él podemos encontrar muchos ejemplos de personas entregadas a Cristo y a los demás y que nos ayudan en este tiempo de espera y de lucha y de dificultades; no de ostentaciones y de triunfalismos, sí de luces y sombras y de compromiso, en el que la Iglesia anuncia la venida del Señor y alienta a sus hijos a permanecer en la vigilancia, es decir, en la oración y en la alabanza continua, mientras preparamos con alegría su venida gloriosa.

Vivimos en el tiempo del Cristo glorioso escondido, en el que el creyente tiene la certeza de que un día se manifestará plenamente y entonces participará él de la gloria de su Señor.

Vigilia Pascual, Ciclo C

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Las lecturas de esta Vigilia Pascual comienzan con el relato de la Creación y terminan con el acontecimiento de la Resurrección.

Se nos quiere indicar así, que toda la historia, tanto la anterior como la posterior, mira hacia este acontecimiento que celebramos en esta noche santa de la Pascua.

La celebración de esta noche comienza con el rito del fuego, del que hemos encendido el Cirio Pascual, que simboliza a Cristo resucitado, presente entre los que se reúnen en su nombre.

El fuego nos recuerda la fuerza, del Espíritu que todo lo hace nuevo, y que también interviene no solo en la encarnación, sino que es el que resucita a Jesús de entre los muertos, y nos regenera a nosotros en el bautismo dándonos la filiación, el ser hijos de Dios .

La resurrección de Cristo ha dado lugar a una nueva creación. Lo viejo ha pasado y lo nuevo a comenzado. Esta es la clave.

La escena de la resurrección tal y como nos la describe el Evangelio nos recuerda un poco la de la transfiguración. Y es que aquello fue una prefiguración de esto. Jesús en aquel momento, hizo ver a los apóstoles lo que tenía que ocurrir después de la cruz, para así, fortalecer su fe . Igualmente la resurrección ahora, viene no solo a fortalecer la fe, sino a fundamentarla.

La fe no tiene otra base que la resurrección, que es sin duda la gran y buena noticia que habrá que comunicar a los demás. Esto es lo que hacen las mujeres, cuyos nombres aparecen en el relato, indicando, que son personas conocidas y por tanto de fiar. Esta noticia, por otro lado, comprobada y cerciorada por Pedro, es la que pone en marcha la Iglesia, fundada en la fe pascual.

Por todo ello y como hemos proclamado en el pregón, esta noche es una noche verdaderamente dichosa, en la que el Señor resucita de la muerte y de la oscuridad del tumba a la gloria de su vida eterna.

Si bien el sepulcro vacío es un dato importante, no basta para la fe en la resurrección. Contribuye a entrar en el realismo de la resurrección, pero es necesario algo más: la experiencia personal y comunitaria del Cristo vivo y la revelación de lo alto, que les permite identificar al resucitado con el crucificado.

La resurrección de Cristo no es solo la reanimación de un cadáver, sino que es mucho más. Es la vuelta a la vida para siempre, en un estado totalmente nuevo y trascendente de Cristo.

Lo que ha acontecido es lo que ellos, los apóstoles no entendían cuando Jesús les decía que tenía que padecer y que resucitaría.

Estamos pues, ante un acontecimiento que desborda todas las previsiones y todos los planes. El mensaje que se nos da es claro como el sol: Dios ha intervenido e interviene en la historia, este es el mensaje que brota de la resurrección. Esta intervención de Dios en la Historia, comienza con la creación y culmina con la resurrección que es la respuesta definitiva que quedó pendiente tras el pecado. ¿Qué sentido tiene la muerte? Y ¿Qué es lo que le espera al hombre después de la muerte? Lo le que le espera, al hombre tras la muerte es la nueva creación que enlaza con el proyecto original de Dios y que Jesús ya nos había anunciado por medio de sus signos o milagros y que llega a su plenitud tras la muerte. El mensaje de la resurrección es que tras la muerte, espera a la humanidad una vida sin fin, feliz, para siempre y para todos y esto es lo que llena de sentido nuestro vivir, nuestro actuar, nuestro trabajar y nuestro esperar.

Viernes Santo, Ciclo C

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Si ayer terminábamos diciendo que la única manera de celebrar la pascua es poniéndonos al servicio los unos de los otros, hoy la primera lectura con la que abrimos esta celebración en el día de Viernes santo, comienza diciendo: «mi siervo va a prosperar, crecerá y llegará muy alto». Toda esta lectura que hemos escuchado de Isaías, es un canto al Siervo de Dios, al siervo de Yave, que vemos realizado en Cristo. Quien: “aunque rechazado y despreciado de los hombres, llevaba nuestros dolores y soportaba nuestros sufrimientos”. Y que después, de una vida de aflicción, “comprenderá que no ha sufrido en vano”. Y es que la vida del que se ha puesto al servicio de los demás, cargando con sus culpas, es una vida que tiene sentido. Si el castigo como sufrimiento purificador, presupone una culpa, aquí en cambio nos encontramos por primera vez, con algo distinto, y es el misterioso sufrimiento vicario. En el cual, uno sufre por los otros. El pecado es nuestro, pero quien sufre para expiarlo no somos nosotros, sino el Siervo inocente.

Aquí es donde nos encontramos cara a cara con la misericordia de Dios, aun velada en el Antiguo Testamento pero que ahora Cristo pone de manifiesto. ¡Feliz culpa que mereció tal redentor! diremos mañana en la Vigila pascual. También: ¡Oh que gran misterio el del amor de Dios, que para rescatar al esclavo ha entregado al Hijo!

A meditar esto nos lleva también la segunda lectura de la carta a la hebreos, pues Cristo como verdadero y único sacerdote, no es el que ofrece sacrificios sino el que se ofrece a si mismo en sacrificio, el que ha experimentado todo lo nuestro menos el pecado, y el que obedece a ese plan de Dios de salvarnos. En virtud de esa obediencia, contraria a la desobediencia de Adán, nosotros, quedamos justificados, salvados, perdonados y nacidos de nuevo, por medio del bautismo, como también celebraremos mañana en la Vigilia pascual.

La lectura de la pasión, que escuchamos en este día, nos pone por tanto ante esa hora de sufrimiento, pero también de gloria, pues si bien el odio del mundo condena a muerte de cruz a Jesús, en la cruz Dios manifiesta su amor infinito hacia todos nosotros y nos muestra su gloria. La gloria que perdimos por el pecado, pero que ahora Cristo nos ha recuperado.

Jesucristo como queda de manifiesto en el relato, es el “yo soy”, es decir el rey de un mundo nuevo que brota de su costado abierto, que dará lugar a la Iglesia esposa de Cristo, que como nueva Eva tendrá en María, su origen, su principio y su cuidado materno, que junto a los discípulos, representados por Juan, constituye el núcleo de la Iglesia naciente.

Como el Espíritu Santo había conducido a Jesús al desierto en el comienzo de su vida pública, así le impulsa con fuerza ahora hacia Jerusalén, hacia su hora, la hora del encuentro definitivo y de la manifestación definitiva del amor de Dios. El Espíritu Santo es ahora el que da a Jesus la fuerza en Getsemaní para adherirse a la voluntad del Padre y llegar así al final de su caminar, haciendo que esa hora de muerte se convierta en hora de máxima fecundidad.

Hermanas y hermanos, que en nuestros desiertos, en nuestras cruces, en nuestro caminar, experimentemos también nosotros, con Cristo, la fuerza de ese Espíritu que nos hace exclamar: ¡Abba Padre! Y también: “Que no sea lo que yo quiero sino lo que quieres tú» y podamos experimentar que por la cruz de Cristo y por la nuestra cruz, unida a la de Cristo, es como viene la salvación al mundo.

El mensaje de la cruz nos enseña que la fuerza se realiza en la debilidad, y que el amor siempre triunfa aunque parezca lo más débil.

Jueves Santo, Ciclo C

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En un clima de amistad profunda y verdadera, Jesus quiere despedirse de los suyos y les abre su corazón de par en par. Muchas veces habría pensado en esta hora. Es la hora para la que había venido. Es la hora de darse, de entregarse, a los discípulos, a la humanidad, a la Iglesia. Estamos ante el final de su caminar entre nosotros y ante el comienzo de algo nuevo, e inusitado.

La primera lectura nos describía la última cena del pueblo en Egipto, la pascua, el paso del Señor. Esa ultima cena iba a suponer un terminar con todo lo viejo con la esclavitud y un abrir los brazos a la novedad de una nueva vida, marcada por la libertad por la presencia de Dios, por sus mandatos, en una palabra por la Alianza. En ella la sangre del cordero, ocupa un lugar importante, pues era la señal de pertenencia, de modo que la puerta marcada por la sangre del cordero no sería visitada por la muerte. Esa última cena en Egipto no solo seria algo que quedaría en la memoria, sino algo que se convierte en memorial, es decir en actualización de ese acontecimiento cada vez que se celebra. Hay un antes y un después. Ya nada será igual.

Pues bien, llegada la plenitud del tiempo, Jesucristo, ha llevado a cabo una nueva alianza, en la que la sangre del cordero es su propia sangre, derramada por todos, y con la cual quedamos libres de un esclavitud mucho mas grande que la de Egipto; la esclavitud del pecado que nos lleva a la muerte. Por este cuerpo de Cristo que se entrega y por esta sangre que se derrama, nosotros, recibimos el perdón y la misericordia de Dios. Sangre de la Alianza nueva y eterna, que se convierte también en memorial, es decir que no se renueva en el tiempo, sino que se nos hace presente, cada vez que lo celebramos, viendo en ello el amor del Padre.

Pero como veremos sobre todo mañana en la adoración de la cruz, Jesús, es el que se ha hecho siervo, y nos enseña a entrar también nosotros en la dinámica del servicio de los unos hacia los otros. Toda la vida de Jesús desde la encarnación hasta su entrega en la cruz, ha sido una kenosis, es decir un abajamiento y esto es lo que ha quedado significado en el gesto del lavatorio de los pies, con el que Juan evangelista, quiere mostrarnos todo el significado de su vivir y de su actuar. «¿comprendéis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros».

Debemos pues aprender de él. Aprender que la Eucaristía que Jesus instituye en el jueves Santo dejando a los apóstoles la potestad de celebrarla, es ante todo, acción gracias: gracias Señor por el don de tu cuerpo y de tu sangre, pero es también manera de vivir: entregando la vida por amor.

El rito del lavatorio de los pies que se reservaba a los esclavos, nos recuerda que el mandamiento del Señor debe llevarse a la práctica en el día a día: servirnos mutuamente con humildad.

La caridad, que hoy se nos invita a considerar, no es un sentimiento vago, ni una experiencia de la que podemos esperar grandes resultados, sino que es la voluntad de entregar nuestro cuerpo como Cristo se entrega en el suyo. Los casados, entregándose el uno al otro, el célibe, entregándose a los demás. Esto es mi cuerpo que se entrega por todos, esta es mi sangre derramada por muchos, diremos en la consagración.

Los casados deben enseñar a los célibes lo que significa amar de modo particular y los célibes deben enseñar a los casados a amar a todos. Dos formas de amar y de entregarse que no se excluyen sino que se complementan y que son necesarias para amar como Dios nos ama. Solo de este modo: siguiendo y acogiendo a Cristo, que se entrega totalmente por todos en la Eucaristía, como antesala de su entrega en la cruz, como veremos mañana, podremos participar en su memorial y podremos celebrar la pascua con él.

Domingo de Ramos, Ciclo C

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El Profeta Isaías 50,4-7, nos presenta la figura del Siervo que sabe escuchar, y no opone resistencia a la voluntad del Padre ni a la maldad de los hombres, seguro de que el designio de Dios, es don de salvación para todos. Esta lectura en el pórtico de la Semana Santa, nos pone en relación con Jesús, que va a realizar la parte central de su misión a través de su muerte y resurrección.

La segunda lectura es de Filipenses 2,6-11,es un hermoso himno cristológico, en el que se sobreentiende el parangón con Adán, que quiso apoderarse de la condición divina y Cristo acepta reparar mediante la humildad de la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz, la soberbia del primer adán, que trajo el pecado y la muerte sobre todo el género humano, pero ahora, resucitado, es el Kirios, el Señor, es decir Dios, y en definitiva, el que da gloria al Padre como se merece.

El Evangelio de Lucas, nos muestra en la pasión, la realización de cuanto había enseñado Jesús. El maestro es así un espejo y una referencia para la conducta. Decidido ante las declaraciones del sanedrín y los poderosos, humilde ante los escarnios, los golpes, ante el odio creciente y enconado contra él, es el intercesor misericordioso de sus enemigos y el Salvador que introduce ya desde ahora en el Reino a quien confía en él. Porque donde Está Cristo, ahí está el reino y es en la cruz donde todo esto se lleva a cabo. En ella se realiza la entrega total de Jesús en manos del Padre y el total abandono a Dios para la conversión y la salvación del mundo. De este modo, el Dios del Amor; o el amor de Dios manifestado definitivamente en este Jesús, compromete al hombre en todas las facetas de su vida.

El Domingo de Ramos nos pone ante el contraste de una multitud que sigue a Jesús con entusiasmo y que poco después cae en la desilusión y se muestra indiferente o temerosa al cambiar la situación. Del «Hosanna», se pasa al «¡Crucifícalo!»

Es el momento de aceptar nuestra debilidad ante el seguimiento de Cristo por el camino de la cruz. El domingo de Ramos nos quiere poner ante el marco de este acontecimiento, para que lo vivamos decididamente y desando participar intensamente de su pasión, seguramente, no tanto llevando nosotros en el cuerpo los signos de esta comunión, cuanto aceptando en silencio y por su amor, cualquier humillación y aceptar con mansedumbre todas las pruebas de la vida.

Que como dirá San Gregorio Nacianzeno: «aceptemos todo por amor al Verbo, imitemos a través de nuestro sufrimientos la Pasión, honremos con nuestra sangre a la Sangre, llevemos decididamente la cruz. Si eres Simón Cireneo, toma la cruz y sigue al maestro. Si, como el ladrón estás en al cruz, con honradez reconoce a Dios, Si eres José de Arimatea, haz tuyo el cuerpo que ha expiado los pecados del mundo. Si eres Nicodemo, úngelo con los unguentos para la sepultura, si eres María, o la otra María, o Salomé, o Juana, llora con las primeras luces del día. Trata de ver la tumba abierta y quizá a los ángeles o al mismo Jesús.

Imita a Pedro o a Juan, corre al sepulcro. Si llegas el primero, vence en amor, no te quedes mirando fuera, ¡entra!».

5º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

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¿Como va nuestro camino hacia la pascua? La Palabra de Dios quiere ser un estímulo y una ayuda en nuestro itinerario.

La primera lectura es del profeta Isaías 43, 16-21 y nos recuerda que así como Dios hizo en el Éxodo grandes prodigios ahora continua haciendo cosas nuevas en favor de su pueblo, y sigue renovando en nosotros aquellos mismos prodigios que realizo en la salida de Egipto.

Se nos invita a mirar la Pascua y concretamente a Jesucristo como el hacedor de la nueva creación. Con él comienza algo novedoso: “Mirad, voy a hacer algo nuevo ya está brotando ¿no lo notáis?” Si después de la salida de Egipto el pueblo pudo encontrarse con Dios en el desierto y experimentar su propia debilidad y el poder de Dios, ahora salvados del pecado y de la muerte, por medio de Jesucristo, estamos llamados a caminar por el desierto de nuestra vida con una mirada y con un corazón nuevos, manteniendo viva la esperanza y entreviendo el destino glorioso al que Dios nos llama.

No hemos de mirar el pasado con añoranza sino como garantía para el presente y para el futuro, ese futuro que será siempre algo nuevo y al que Dios nos llama a acogerlo con esperanza.

La segunda lectura de S. Pablo a los Filipenses 3,8-14, nos muestra como la novedad que es Cristo, actúa en el corazón de Pablo y en el de los cristianos. El ha sido tocado por esta novedad y a pesar de su pasado glorioso en el judaísmo, no duda en reconocer todo eso basura comparado con el conocimiento de Cristo. El encuentro con Cristo, nos cambia a cada uno, en Pablo le impidió volver a las antiguas practicas en las que él mismo vivió y por las que perseguía a la Iglesia naciente. A nosotros, nos permite tener un corazón misericordioso, capaz de amar y de acoger al otro, aborrecer el pecado y vivir de un modo nuevo, y mirando siempre hacia adelante, lo pasado ha pasado y la novedad aparece en el horizonte. Si el Éxodo permitió la entrada en la Tierra prometida, la Pascua de Cristo es lo que nos permite ahora mirar con esperanza el porvenir. Lo que dice Pablo a los filipenses desde la cárcel, es que los sufrimientos del momento presente no son nada con la gloria que se nos ha dado en Cristo. Hemos de actualizar la fe en cada momento sin dejar de alimentarla y sin dejar de ver en todo lo que nos acontece, la mano misericordiosa de Dios que por medio de Jesucristo nos llama hacia él y lo que para nosotros es una pérdida o un despegarse de algo, puede ser una verdadera oportunidad de crecer y de avanzar hacia la meta final. Si el deportista tiene que hacer tantos esfuerzos y tantos sacrificios para llegar a la meta, nosotros que aspiramos a la vida eterna, tendremos que vivir cada acontecimiento en estado de esperanza, abiertos a la vida y al amor que Dios nos da. Este es el mensaje que Pablo da a los cristianos de Filipos y a los cristianos de todos los tiempos.

En el Evangelio, de Jn 8,1-11, vemos esa novedad que aparece reflejada en la pregunta: “Mujer ¿donde están tus acusadores?” Lo nuevo es que ya no hay acusadores, ya no hay acusador, ahora lo que hay es vida nueva: “en adelante no peques más”. La vida se impone no bajo el peso de la acusación, sino bajo el peso de la gracia, de manera que por la misericordia de Dios podemos vivir también de un modo nuevo. He ahí la gran novedad y la gran noticia, que si bien yo no puedo por mis propias fuerzas salir del pecado y por tanto soy digno de reprobación y de muerte, ahora por el amor de Dios manifestado en Jesucristo muerto y resucitado, puedo dejar la vida de pecado y vivir en la acción de gracias, amando y perdonando, como yo he sido amado/a y perdonado/a por él.