TRIDUO de SANTO DOMINGO

DOMINICAS DE DAROCA (Zaragoza)

Dia Tercero

La Salvación como motivo y meta

La vida de Santo Domingo está al servicio de la predicación, para que la humanidad se salve. Sus largas noches de oración, son un testimonio de este deseo que alienta su vida: que todos se salven. Esta fue una de las intuiciones proféticas más relevantes en la vida de Domingo y la que dio pie a su proyecto fundacional de la Orden de Predicadores.

No olvidemos que la predicación o la evangelización es fundamental para edificar la comunidad Cristiana y para la renovación de la Iglesia.

Los grandes momentos de la renovación de la Iglesia han sido los grandes momentos de la evangelización.

Sin embargo, la predicación o la evangelización no es una simple actividad profesional en la Iglesia. Evangelizar es una forma esencial de ser cristiano. Dicho de otro modo, ser cristiano implica esencialmente la evangelización. Esta lleva consigo unas exigencias tales de fidelidad evangélica, que se convierte para el evangelizador en fuente de espiritualidad. La espiritualidad de Domingo es una espiritualidad evangelizadora, marcada por las exigencias de la evangelización.

En su jornada apostólica y en sus vigilias contemplativas Domingo se mantiene próximo a los hombres y a Dios. Vive intensamente las situaciones históricas de sus contemporáneos, las interpreta y las enfrenta desde una perspectiva evangélica. Por eso su vocación cristiana y apostólica renace constantemente al contacto con la humanidad. Este contacto remite la atención de Domingo al mandato de Jesús: “Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio…” (Mc 16, 15). Aquí se juntan la fidelidad a los hombres y la fidelidad a Jesús.

Estas dos fidelidades definen la verdadera espiritualidad dominicana. En medio de ambas fidelidades está Domingo, orante contemplativo y apóstol infatigable. Es significativo que llevara consigo el evangelio de Mateo y las cartas de Pablo, el evangelio de la misión y las cartas del evangelizador. Domingo entiende su misión como una fidelidad a los hombres y al man dato de Jesús en medio de la Iglesia. Y así entiende también su vocación cristiana de imitador y seguidor de Jesús.

La predicación dominicana, será pues, evangélica y apostólica y su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra. Domingo fue clarividente al diseñar el modelo de predicación dominicana. Su eficacia estará simplemente en la fuerza de la Palabra y en la vida evangélica del predicador. Todo ello al estilo de la comunidad de los Hechos de los Apóstoles.

En este estilo de vida, como ya indicábamos ayer, cobra especial relevancia la pobreza evangélica no es simple renuncia ascética a los bienes materiales, sino denuncia de toda idolatría de los mismos y anuncio del valor absoluto del Reino.

La pobreza evangélica es también una denuncia de la codicia humana, que ignora el derecho del hermano, especialmente del hermano pobre, y un anuncio del valor cristiano de la fraternidad y de la comunicación de bienes. En una palabra: una forma de anunciar con la propia vida el Evangelio de Jesús y una manera de expresar de forma auténtica la Providencia del Padre y el amor fraterno del cual se vale. Es más, la confianza en la Providencia, le llevó a vivir las bienaventuranzas evangélicas, dónde se proclama felices a los pobres y donde se nos enseña a vivir la compasión, en la que Domingo fue un gran experto.

Pero la Pobreza evangélica implica algo más, como es, la entrega de la propia vida a los hermanos por la causa del Evangelio. Qué duda cabe que si queremos hacer fecunda nuestra vida, apostolado y misión tendremos que hacer más hincapié en esta pobreza evangélica  tal como la vivió él. Una pobreza, que como dirá San Pablo, enriquece a muchos y que nos recuerda también la kenosis, el abajamiento del que siento «todo» vino a hacerse «nada» para que nosotros siendo nada podamos aspirar al todo

Por ultimo, la vida evangélica ideada y vivida por Santo Domingo está unida a la vida fraterna, que forma parte también del núcleo de la vida Cristiana. La predicación dominicana es una predicación desde la comunidad, respaldada por la comunidad. La vida comunitaria es una práctica de los valores evangélicos y, por consiguiente, un testimonio activo del Evangelio, quizá el testimonio más eficaz. Por eso, las primeras comunidades dominicanas eran llamadas domus praedicationis, casas de predicación, aunque se tratara de la comunidad femenina contemplativa de Prulla.

La experiencia y la práctica comunitaria está en el centro de la espiritualidad dominicana y en el centro de la misión evangelizadora de la Orden de Predicadores.

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