Domingo 30 T.O. Ciclo B

En la primera lectura de Jr 31,7-9 el Señor dirige por medio del profeta, una palabra de consuelo a su pueblo que está lacerado por las divisiones y por el exilio y le dice que mantenga viva la esperanza. Al pequeño resto que guarda la Alianza, Dios le promete el regreso y no solo el regreso, sino también su ayuda y protección, como si se tratara de un nuevo éxodo. Dios pondrá también en marcha una nueva Alianza, que será realizada en el corazón de los hombres. Así lo expresa el Profeta más adelante: «pondré mi ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (Jr 31,31). Así que Dios, desde nuestra interioridad, nos permite vivir de un modo nuevo, esto es, haciendo posible la justicia, la solidaridad y la paz.

En el Evangelio, continuamos escuchando el relato de Marcos 10,46-52 en el que prosigue la marcha de Jesus hacia Jerusalén. Hoy se nos presenta el relato del ciego Bartimeo, que grita a Jesús. Bartimeo, es un descartado de la sociedad, un mendigo y además está ciego, pero sabe que es Jesus el que pasaba por allí y le grita, invocándole con el título mesiánico de: «hijo de David». El evangelista, nos muestra así claramente quien es Jesus y quien es el hombre. El ciego, representa al hombre, que sabe que si deja pasar esta ocasión única de dirigirse a Jesús, no le quedará otra cosa que recaer en la oscuridad y tener como única perspectiva la muerte, por lo que solo le queda gritar, no puede hacer otra cosa sino gritar. Esa es su oración y así nos ha dejado un modelo de oración, como grito a la misericordia de Dios y que la tradición cristiana ha recogido en la llamada: «oración de Jesús u oración del corazón» en la versión: «Señor Jesucristo, hijo de Dios ten piedad de mi». Juan Pablo II en la Encíclica Dives in misericordia, nos recordaba que: «En ningún momento y en ningún período histórico —especialmente en una época tan crítica como la nuestra— la Iglesia puede olvidar la oración, que es un grito a la misericordia de Dios, ante las múltiples formas de mal que pesan sobre la humanidad y la amenazan». El grito de Bartimeo, indica no solo todo eso sino también su fe en la bondad y en el poder de Jesus, convirtiéndose así en modelo de creyente que ante nada retrocede y sigue a Jesus en su camino hacia la cruz, en la que se revela la plenitud de lo que significa ser el Mesías. El ciego es el que cree sin ver y ve creyendo, pudiendo así seguir a Jesus, y Jesus le permitió ver lo que todos necesitamos ver, a saber: nuestra situación y nuestro destino de pasión y gloria; de muerte y resurrección. Este es el milagro que se operó en él, el de la fe que le lleva a la visión y le impulsa a caminar.

Que nuestra oración insistente y continua, se convierta también en un grito de repudio del mal de este mundo y permita la manifestación de los más puros deseos del hombre, de sus ansias de un mundo nuevo, de su deseo de que el Reino venga, de contemplar la gloria de Dios (Ex 33,18), y de ver a Dios tal cual es y de asemejamos a él (cf 1 Jn 3,2)..

La segunda lectura de Hebreos 5,1-6 nos muestra a Jesus, que va por delante, abriendo camino y garantizando la misión. Los que han recibido la vista, como el ciego, deben seguir sus pasos y caminar tras él.

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