Domingo 29 T.O. Ciclo B

Lo que nos salva no es el sufrimiento, sino el que ama y quiere que todos se salven y por ello acepta el sufrimiento.

Esto es lo que ocurre al siervo que hace posible el plan de Dios y del que nos habla Isaías 53, 2ª.3ª. 10 ss en la primera lectura y cuyo sufrimiento es equiparable a dar a luz una nueva vida.

Sufrimiento que es rechazado, como rechazado es todo sufrimiento y como rechazado es el que sufre, pero este es un sufrimiento redentor, que nos habla de volver a ser lo que somos, esto es: hijos amados; lo que supone, un volver a nuestro origen a nuestras raíces.

El Siervo de Dios, no vive el sufrimiento bajo el signo del castigo, sino bajo el signo de la elección y la predilección de Dios, y así es como puede cumplir su voluntad, que consiste en llevar a todos a la reconciliación y a la paz, es decir a la salvación.

Jesús, que hace presente la figura del siervo, es proclamado en la segunda lectura de Hebreos 4,14-16, Sumo sacerdote, pero especifica que se trata de un Sumo sacerdote, capaz de compadecerse de nuestras flaquezas, que él mismo ha asumido, excepto el pecado, que consiste en el rechazo de Dios y de su voluntad. Por el contrario, él se ha unido totalmente a la voluntad del Padre y se ha mantenido en ella hasta el punto de ser su alimento. De este modo, su cuerpo y su sangre, ofrecida por todos, se ha convertido en el verdadero y único sacrificio agradable al Padre. Si bien como hombre, ha experimentado la debilidad, como Hijo de Dios, puede rescatarnos del pecado, pues hace posible que podamos acudir al «trono de la misericordia». Es decir, a la reconciliación, al perdón de los pecados. No nos deja en la muerte, sino que nos llama a la resurrección.

El Evangelio de Marcos 10, 35-45, Nos presenta a Jesús, que camina decidido hacia Jerusalén, hacia la pasión y en ese caminar va instruyendo a los suyos, que siguen sin entender lo del desprenderse de todo para seguirle, como escuchábamos el domingo pasado. Como cualquiera, pretenden privilegios, poder y gloria, pero Jesus, les muestra que el verdadero poder y la verdadera gloria, consisten en darse y en dar la vida por los demás ¿estáis dispuestos a ello les pregunta? ¿sois capaces de beber el cáliz que yo he de beber? Ellos sin mucha claridad, contestan que sí, pero Jesús les dice que esta entrega por los demás, como signo de amor y deseo de salvación, es algo que solo Dios nos puede dar. Nosotros aspiramos a la gloria de este mundo y a la de los grandes, pero ellos son los que oprimen y gobiernan tiránicamente, en cambio, la gloria de Cristo es la del siervo que se hace esclavo de todos y da su vida en rescate por todos. Esto sí que es capaz de transformar las estructuras pecaminosas de este mundo y hacer posible el reinado de Dios.

Necesitamos convertirnos, cambiar nuestra mentalidad por la de Cristo, que nos enseña a aspirar a un tipo de grandeza y de gloria distintas: la del amor incondicionado, que se hace humilde servicio al prójimo, hasta entregar la propia vida ¿estamos dispuestos a beber este cáliz? Una vez más el Señor nos enseña, que esto es imposible para nosotros, pero no para Dios.

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