18 Domingo del T.O. Ciclo C

Tanto la primera lectura de Eclesiastés 1,2; 2,21-23, como el Evangelio, ponen de relieve dos mensajes que iluminan nuestra vida, el primero es el de la vanidad de los bienes de este mundo y hasta de las mismas obras humanas. Pero esto puede llevarnos, no a la desolación sino a la sabiduría del corazón y aquí es donde el Evangelio que escuchamos de Lucas 12,13-21, pone de manifiesto la insensatez que supone acumular riquezas. Jesús no considera que la riqueza sea mala, lo que desaprueba es la preocupación que tanto la ausencia de bienes como el exceso de estos, supone.

El rico vive en la preocupación por atesorar y no solo por atesorar, ya que después viene la preocupación por conservar lo atesorado, e incluso la preocupación por gastar. Pensemos por ejemplo en un camello de aquellos de oriente, todo cargado de fardos y de bultos y que tiene que pasar por una calle muy estrecha. El camello no pondrá ninguna resistencia a ser descargado de todo aquello que le impide poder pasar. Y en este sentido diremos que tiene mas sentido común que el rico, que no deseará que le quiten sus cosas, sino que se aferrará mas y más a sus bártulos y si alguien pretende aliviarlo dirá que en realidad lo que desea es tener más riqueza, aunque el peso que ello produzca, le impida avanzar. Esa es la insensatez del rico que denuncia Jesús.

Los bienes son un bien y todo lo que existe es bueno. Más aún, a los que lo han dejado todo para seguirlo, El Señor, les promete el ciento por uno: casas, hermanos, madres, hijos y tierras, con persecuciones y en el siglo venidero la vida eterna. Y cuando Jesús pregunta a los apóstoles: «cuando os envié sin talega, ni bolsa, ni calzado ¿os faltó alguna cosa? Ellos le respondieron: nada.

Por tanto, el tema no es privarse de los bienes sino de usarlos bien; servirnos de ellos y no estar a su servicio, en una palabra, hacer que aprovechen a todos.

Lo que Jesús considera insensato, es la riqueza acumulada, que nos convierte en esclavos y que nos impide ser libres para ponernos al servicio de Dios y de los demás.

De esa esclavitud paralizante es de la que nos quiere librar Jesús. Por tanto, hemos de ser pobres, pero según el corazón de Dios, de manera que ser pobre de espíritu, es tener las manos abiertas tanto si están llenas como si están vacías, pues de nada servirán las manos llenas si éstas permanecen cerradas. En este caso el pobre, será pobre, pero no lo será de espíritu, es decir, según el corazón de Dios.

El pobre de espíritu es pues, el que tiene sus manos, su vida y su corazón abiertos a Dios y a los demás.

El rico, en cambio, es el que se encierra y defiende su riqueza aún sabiendo que tras la muerte no se llevará nada. Lo suyo es insensatez y locura y de esa insensatez y locura es de la que nos previene Jesús. La segunda lectura de Colosenses 3, 1-5.9-11, nos muestra que, por el bautismo, hemos pasado a ser nuevas criaturas, por lo que hemos de vivir de un modo nuevo, concretamente evitando la codicia que es una idolatría, para morir con Cristo al hombre viejo y resucitar con él a una vida nueva, en la que a través de la relación fraterna se ponga de manifiesto la sinceridad y la lealtad.

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