Domingo de Resurrección, Ciclo C

Tras la celebración de la muerte y la resurrección del Señor, en el triduo y la Vigilia Pascual, llegamos al Domingo de Pascua, a la mañana de Pascua. ¿Qué añade este domingo a todo lo ya vivido y celebrado? La claridad, la certeza de que todo está bien hecho y de que todo no termina en la cruz. La cruz es el paso a la vida para siempre en Dios.

Con la resurrección, empieza por tanto, la novedad de la predicación, del anuncio de la fe : » A él a quien mataron colgándolo de un madero, Dios lo resucitó». Del testimonio: » El nos mandó predicar al pueblo y dar testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos». Y del perdón: «Todo el que cree en él recibe el perdón de los pecados por medio de su nombre».

Se impone por tanto, un modo nuevo de vivir que tal y como nos explica San Pablo en la carta a los colosenses, consiste en morir al pecado, al hombre viejo y renacer a una vida nuevo que el Apóstol denomina como una vida escondida con Cristo en Dios. Esto es, que prescinde de todo lo que vuelve la vida demasiado exterior y vacía de sentido para llenarla de Cristo, que vive en nosotros una vez resucitado. Es por tanto, una vida de adhesión a Cristo en la fe, hasta que se manifieste plenamente a todos.

El Evangelio de San Juan, nos sitúa ante la dolorosa experiencia de la tumba vacía, experiencia previa al encuentro con el Señor resucitado. No basta solo con el sepulcro vacío, sino que es necesario también el encuentro con el Señor, en el día primero de la semana, en el domingo, que pasa a ser así, el día primero de la nueva creación.

Una cosa es lo que se capta con la mirada externa, esto es, el sepulcro vacío y otra lo captado con la mirada interior. Lo primero es un simple ver, y lo segundo, creer. Así se nos dice que: «vio y creyó». La fe es una certeza pero una certeza que requiere un ponerse en marcha en el seguimiento de Jesucristo hasta llegar a la plenitud de vida con él.

El mensaje de la resurrección fue y sigue siendo una provocación que nos hace plantearnos la pregunta a cerca de Jesús y donde encontrarlo. Jesús es el que libre ya de las cadenas de la muerte está vivo y no lo encontramos en las páginas de los libros de historia, aunque ellos nos hablen de él, ni en las palabras de quienes lo describen como uno de tantos maestros de sabiduría de la humanidad, sino que es el que viene a nuestro encuentro, a lo largo del camino de la vida en la persona del otro, del prójimo, especialmente del que sufre y se deja encontrar en su Iglesia, enviada a llevar la buena noticia de la resurrección hasta los confines de la tierra.

El encuentro con el Señor resucitado hemos de hacerlo también todos y cada uno de nosotros. Este encuentro con él ha de ser el motor de nuestro vivir y de nuestro obrar.

Se dice que san Serafín de Sarov solía saludar con una palabras a las que venían a visitarle: «mi alegría es Cristo resucitado». Esto es sin duda un ejemplo de alguien que ha encontrado a Cristo. Como él podemos encontrar muchos ejemplos de personas entregadas a Cristo y a los demás y que nos ayudan en este tiempo de espera y de lucha y de dificultades; no de ostentaciones y de triunfalismos, sí de luces y sombras y de compromiso, en el que la Iglesia anuncia la venida del Señor y alienta a sus hijos a permanecer en la vigilancia, es decir, en la oración y en la alabanza continua, mientras preparamos con alegría su venida gloriosa.

Vivimos en el tiempo del Cristo glorioso escondido, en el que el creyente tiene la certeza de que un día se manifestará plenamente y entonces participará él de la gloria de su Señor.

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