8º Domingo T.O. Ciclo C

No solo los hechos, sino también nuestras palabras manifiestan nuestra identidad.

La primera de lectura del libro del Eclesiástico 27,5-8 nos dice que las palabras manifiestan la bondad o maldad de nuestro corazón, del mismo modo que el fruto manifiesta al árbol o el producto horneado manifiesta su buena o mala hechura o el cribado nos ayuda a separar el trigo de la paja. Aunque solo Dios, conoce lo íntimo del hombre, el sabio es el que reconoce que por medio de los gestos y de las palabras es como nosotros nos ajustamos al querer de Dios, a su voluntad, y así poder buscar la justicia, la coherencia, la sinceridad, la honradez, la piedad, el buen hacer, la rectitud. En una palabra: para ajustarnos a la voluntad de Dios es necesario, escuchar su Palabra. Sin esa escucha paciente de la Palabra de Dios, no podemos conocerle ni amarle, ni consecuentemente, tampoco podemos hablar ni actuar con corrección y coherencia.

En la segunda lectura, seguimos escuchando la Carta a los Corintios 15,54-58, donde Pablo sigue con su reflexión en torno al sentido de nuestro vivir y de nuestro morir en Cristo. Es cierto que es algo innegable que pasaremos por la muerte, pero Jesús nos enseña que la muerte no es la última palabra sino que la última Palabra es Dios que le ha resucitado. Y si la muerte no tiene la última palabra, tampoco el mal es lo definitivo, y el cristiano se ve entonces abocado a vencer el mal con el bien, esto es con su trabajo y esfuerzo, en el día a día. No queda librado de volver a Jerusalén, es decir, a sus tareas cotidianas tras haber conocido la buena noticia de la resurrección y expandir esa buena noticia por todas partes.

Hay que trabajar como si todo dependiera de nosotros y hay que confiar en Dios como si todo dependiera de él. Esto que todos sabemos y conocemos es lo que importa: vivir en el aquí y en el ahora, de forma que nuestro trabajo sea redentor, humanizador y por tanto el medio para hacer vivo el reino de Dios aquí y ahora, con la certeza de la victoria final, pues la victoria de Cristo, es ya nuestra victoria.

En el Evangelio de Lucas 6 39,45 seguimos proclamando el sermón de la montaña que nos muestra la novedad de Jesucristo con respecto al mundo de los rabinos. Estos hablan y dicen pero al rechazar la verdad, que es Cristo, se han quedado en la oscuridad y en la incoherencia. Son como guías ciegos. En cambio seguir a Cristo es, seguir su destino, es estar dispuesto a dar la vida, lo que exige por parte del discípulo un cambio, en el sentido de no juzgar, sino que a lo sumo se expone de manera voluntaria a la corrección fraterna recíproca.

En una palabra, es necesario ejercitarse en la autocrítica, pues desde el pecado original, todos tenemos la tendencia innata a cargar sobre el otro la responsabilidad de lo defectuoso, equivocado y erróneo. Necesitamos pues conocer la verdad para ser libres, esto es, para poder amar y acompañar a los demás, lo que supone dejarse iluminar y empapar de la verdad que procede de Dios, decirme la verdad y dejar que otros me la puedan decir. Solo así podre decirla y proclamarla a los demás. Y solo así podremos ser como un árbol sano capaz de dar frutos sanos. Es decir, tendremos un corazón bueno, que supera la exterioridad propia de los fariseos.

Si nuestra vida está arraigada en Dios y en su Palabra, no puede producir mas que frutos buenos, ya que entonces el corazón, es la fuente de la que brotan las palabras y la acciones verdaderamente buenas.

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