2º Domingo T.O. Ciclo C

Retomamos el Tiempo Ordinario, que nos acompañará hasta la cuaresma. En él, iremos descubriendo y profundizando en esa relación de Dios con su pueblo y de Cristo con la Iglesia.

La primera lectura, es de Isaías 62,1-5. Nos presenta la relación de Dios con su Pueblo a través de la imagen de un matrimonio vivido en fidelidad e intensidad y que no rompe con la Alianza a pesar de la infidelidad. El consuelo y la esperanza que esto produce es grande, como grande es también el anuncio de este compromiso de fidelidad por parte de Dios, que perdona a pesar del pecado y del alejamiento de la Alianza.

El Evangelio de Jn 2,1-12, nos presenta a Jesús, también en un contexto nupcial como es el de las bodas de Cana. Si bien el domingo pasado, en la fiesta del bautismo le veíamos manifestarse en el Jordán como Hijo, bajo el testimonio del Padre y la presencia del Espíritu, ahora él mismo es el que se manifiesta como el esposo de la Nueva Alianza, el Mesías que celebra las bodas mesiánicas con la Iglesia, su esposa, simbolizada por María, la mujer de la verdadera fe, que nos enseña a acoger su Palabra, sus gestos, en definitiva su vida y de ahí que la expresión: «haced lo que él os diga», manifiesta la fe de María, que es la fe de la Iglesia, enseñándonos a amar y a escuchar a Cristo con sus palabras.

El agua que Jesús convierte en vino de gran calidad, simboliza las antiguas prácticas judías, que son sustituidas por una relación viva de Dios con nosotros, por medio de Jesucristo y los signos que realiza, por los cuales entramos en comunión con él, principalmente el bautismo y la Eucaristía.

Con este signo, que Jesús realiza en Cana, con el que convierte el agua en vino, nos dice el texto evangélico, que se manifestó su gloria y los discípulos empezaron a creer en el, es decir, empezaron a madurar hasta llegar al momento cumbre de su gloria en la muerte y resurrección y el envío del Espíritu. En la cruz será donde Cristo nos muestre toda su gloria.

En la segunda lectura de 1ª Cor 12,4-11, Pablo, nos muestra la riqueza del Espíritu, que crea la diversidad pero con un fin, el de promover la edificación común, la comunión, que proviene de la caridad, y que es por ello, el carisma mejor, ya que la hace posible. La caridad es pues, el vino nuevo, nunca probado hasta entonces: es Jesús mismo, su sangre derramada por nosotros, el signo de la caridad, que se manifiesta inequívocamente en la entrega de sí. Por tanto, si la diversidad es importante, más lo es la unidad y la comunión.

Podemos concluir que si bien María es la que nos lleva a Cristo, el Espíritu es el que nos lleva a la verdadera comunión en Cristo.

Debemos preguntarnos, hasta qué punto, somos esos «odres nuevos», capaces de ofrecer espacio al «vino nuevo» del Espíritu, que Cristo nos ofrece para no recaer continuamente en el viejo régimen del egoísmo y no tengamos modos ni maneras, contrarios al mandamiento nuevo de su Reino. Para ello, debemos pedir insistentemente al Padre el Espíritu, que nos renueva y vivifica.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s