3º Domingo T.O. Ciclo C

La Palabra de Dios en este domingo, nos invita a vivir en el «hoy» de la salvación.

La primera lectura es de Nehemías 8,2-4a.5-6.8-10 y nos muestra el momento de la celebración del pueblo que se reúne tras la llegada a la tierra tras el destierro y aunque llora por todo lo acontecido y por el propio pecado, es invitado ahora a la alegría en el Señor.

En la celebración, que es la primera, tras la llegada, se nos dice que Esdras abrió el libro a la vista de todos y al abrirlo, el pueblo respondió: «Amen, amén». La expresión «Amen», procede de una raíz hebrea que significa: esto es firme, sólido, y merece nuestra atención y conformidad. Dios es la roca firme, su palabra es eterna. Cuando el hombre se abre a él y a su Palabra, participa de la firmeza y seguridad que Dios irradia siempre.

Jesús es nuestro amen, dirá Pablo en 2ª Cor 1,19-22 y aún resuena en nosotros las palabras de María en las bodas de Cana: «haced lo que él os diga». En él encontramos el sí de Dios, su inquebrantable lealtad y fidelidad, que engendra en nosotros una sincera alegría. La alegría y la alabanza de sabernos objeto de su fidelidad y de su amor incondicional.

La segunda lectura, es de 1 Cor 12,12-31a y nos llama a vivir también en el hoy de la novedad que nos ha traído Jesús. En él, formamos un solo cuerpo, en donde las diferencias sociológicas (ser esclavo o libre) e incluso las religiosas (ser judío o pagano) pierden importancia y quedan abolidas. Ahora bien, surgen otras diferencias sobre distintas bases. Las nuevas diferencias, son las funciones y servicios que lejos de crear división, hacen posible la comunión, pues en un cuerpo, todos los miembros son necesarios para que el cuerpo sea una realidad acabada y pueda cumplir su misión y en él, nadie puede ser menospreciado, sino que es importante para los demás miembros. Si el cuerpo esta formado por miembros diferentes que tienen cada uno una función, así hemos de vivir en Cristo. De este modo es como sale Pablo al frente de un problema y es que algunos sintiéndose engreídos, despreciaban a los demás, especialmente a los más pequeños y según ellos, menos dotados de la comunidad.

El Evangelio de Lc 1,1-4; 4,14-21, nos presenta el «hoy» de la novedad de Jesús: «hoy se ha cumplido el pasaje de la escritura que acabáis de escuchar», dice tras la lectura del pasaje programático de Isaías, en la Sinagoga de Nazaret.

El texto anunciaba al futuro Mesías o, mejor, al futuro profeta objeto de ardiente esperanza. Con sus palabras, Jesús proclama que con él, han empezado los últimos tiempos, que se prolongan en la Iglesia y en nuestro tiempo y que su misión está dirigida de un modo particular a los pobres y a los últimos. Siguiendo a Isaías, Jesús dirige la «alegre noticia» a los pecadores, a los oprimidos y a los marginados de toda condición, porque Dios ama a cada hombre sin diferencias. Cada uno tiene un valor para él y no cabe la marginación en ningún caso.

Esta buena noticia de Cristo es capaz de sacudir a unos e infundir esperanza a todos, especialmente a los que están en los márgenes de la sociedad.

Como el Padre y con él, también Jesús, se enternece ante aquellos que han sido dejados «medio muertos» por los caminos de la vida, como le ocurrió al hombre de la parábola del «buen samaritano» y de la conmoción, pasa a la solícita acogida.

Que nuestra oración continua, nos mantenga solícitos para con los demás y constantes en el encuentro con Cristo en nuestro corazón.

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