2º Domingo de Adviento Ciclo C

El segundo Domingo de Adviento, está marcado por la figura de Juan el bautista, el que escucha y predica. San Lucas 3,1-6 en el evangelio, lo expresa así: «La palabra de Dios vino sobre Juan, el Hijo de Zacarías, en el desierto…y fue por toda la región del Jordán predicando que se convirtieran y se bautizaran para que se les perdonaran los pecados». Juan, habiendo escuchado la Palabra de Dios en el desierto, ahora la puede hacer resonar en el Jordán como oferta de salvación. Se nos invita a ser como él, profetas que reconocen a Dios como el verdadero protagonista de la historia de la salvación, el que rebaja los montes y rellena los valles de nuestra soberbia, de la injusticia social, de nuestro corazón herido. He ahí nuestra esperanza.

Seamos pues,  profetas de un tiempo nuevo, que no se dejan vencer por la dificultad ni por el temor. Profetas, que aguardan en el desierto, es decir, en el silencio de la búsqueda de lo esencial, de la lucha contra la soberbia, de la escucha de la Palabra, del distanciamiento crítico, la venida de su Señor. Profetas que trabajan así, por el advenimiento de un mundo más justo, más humano y más fraterno.

La segunda lectura de San Pablo a los filipenses 1,4-6.8-11, nos recuerda que este tiempo de espera es también un tiempo de crecimiento en el amor. Alguien lo comparaba con cierta gracia, al perro que atado a la farola, espera que su amo salga de la tienda a la que ha entrado a comprar. Todos los que pasan le hacen caricias y carantoñas, pero él permanece afanado en la espera. En nuestro caso, Ese, mientras tanto, de la espera, es el tiempo del crecimiento en el amor, del conocimiento de los valores, lo que nos hace a la vez profundizar en el conocimiento y mayor agudeza en el discernimiento, de la tensión hacia lo mejor, de la integridad y transparencia de las costumbres. De manera que como nos recuerda Pablo, «el día en que Cristo se manifieste os hallará limpios e irreprensibles, cargados del fruto de la salvación que se logra por Jesucristo para gloria y alabanza de Dios».

El profeta Baruc, 5,1-9, en la primera lectura, nos muestra el camino de retorno del destierro y la reconstrucción de la capital, Jerusalén, que será llamada: «paz en la justicia y gloria en la Piedad», lo que se traduce en una vida de justicia, que traerá la paz y la piedad, es decir, el respeto a Dios, y todo ello será motivo de gloria y alabanza.

Pone así de manifiesto, que Dios es el Señor de la historia y que es él, el que resuelve en favor del hombre los tiempos de la prueba, allanando el camino de regreso. Que, en medio de nuestra realidad de cada día, vivamos también la alegría del retorno y del encuentro con Dios que nos viene a buscar por medio de Jesucristo y a sacar de nuestro exilio interior, para guiarnos por el desierto de cada día, a la esperanza de su Reino; a la justicia, al amor y la paz.

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