Inmaculada Madre

Llegamos a esta fiesta, que nos dispone a mirar a Maria como la que ha sido concebida sin pecado. El pecado que a todos nos afecta a ella,  no le afectó en virtud de su maternidad divina, por la que fue madre del Salvador. Ello se tradujo en una vida de total entrega a Dios y al Reino de su Hijo querido, por cuya gracia hemos recibido la redención, el perdón de los pecados. Por este misterio de gracia infinita, pudo acompañar al Hijo hasta el final, sufrir y amar con él y hacer posible la Iglesia, que es el cuerpo de Cristo, al que ella dio a luz cuando Jesus en la cruz la proclamó madre nuestra. María es madre de Dios y madre nuestra Inmaculada. Ella es también la que asciende al cielo en cuerpo y alma haciendo de nosotros Hijos de Dios y hermanos de Jesucristo, llamados a reinar con ella en el reino de su Hijo querido, esto es, llamados a la santidad, como ella.

Este misterio entrañable, nos muestra en primer lugar que la gracia hace y puede hacer maravillas en nosotros. Ahí tenemos el testimonio de los santos, de los mártires, de los profetas, de los sacerdotes. Todos, por el bautismo, llamados a reinar con Cristo. Y en segundo lugar que lo que ella fue por designio de Dios, nosotros estamos llamados a serlo por ese mismo designio, una vez que identificados con Cristo nos decantemos por él y vivamos como él una vida de amor y de entrega a Dios y a los demás.

La primera lectura del Génesis 3,9-15.20, nos muestra el misterio del pecado, esa herida que todos llevamos y que nos hace apartarnos de Dios, desconfiar de su amor y de su misericordia. El pecado nos lleva también a la desesperación y pensar que no hay nada y que el fin del hombre es morir.

Pero la gran noticia, la buena noticia, es que Dios quiere salvarnos y por ello ha puesto en marcha un plan de salvación en donde María es la nueva Eva, figura de la nueva humanidad libre ya del pecado y la muerte y por tanto con la esperanza puesta en Dios. La segunda lectura de Efesios 1,3-6.11-12, nos decía que hemos sido destinados a ser hijos por medio de Jesucristo, de modo que ahora podamos no vivir ya en la desesperanza, sino que podamos prorrumpir en un himno de alabanza a su gloria. El que alaba y canta es porque sabe que su vida tiene sentido, que su vida está bien hecha y que Dios es la meta de nuestro vivir y de nuestro obrar. Estamos hechos para la comunión con Dios, para la libertad y el amor sin límite, una vez que hemos llegado como María a alumbrar al Salvador.

 El Evangelio de la Anunciación: Lc 1,26-38. Nos muestra lo que estamos celebrando en este tiempo de Adviento: que Dios viene. Viene en pobreza y debilidad, contando con la pequeñez de María. El Espíritu es el que hace posible lo imposible, pues para Dios no hay nada imposible.

Se nos invita a vivir también nosotros, bajo la fuerza de ese mismo Espíritu, que lleva adelante la obra de la salvación, contando también con nuestra pobreza y debilidad, pero que también nos pide como a María nuestro permiso, nuestro beneplácito, nuestro sí: «Aquí está la esclava del Señor, que me suceda según tú dices».

María nos enseña, ya en esta vida, a vivir de un modo nuevo, a vivir en la esperanza y en la confianza  en Dios, que nos llama a  ser santos como él es Santo.   

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