Domingo 17, T.O. Ciclo A

El hombre, con tantas posibilidades a su disposición, necesita hoy más que nunca la Sabiduría que viene de Dios, la cual, alcanza a su vida cotidiana, le descubre la voluntad de Dios y le indica donde se encuentra la verdadera realización humana y consecuentemente su plenitud y felicidad. Esta sabiduría que viene de Dios es el valor más importante. Así se desprende de la primera lectura tomada de 1 Reyes 3,5.7-12. A la Alianza del Sinaí, realizada entre Dios y su Pueblo, sucedió otra entre Dios y su Rey, en este caso Salomón, de manera que todo queda abierto hacia la gran esperanza mesiánica. Dios atento a las necesidades de los hombres, concede a Salomón lo que éste ha pedido: la sabiduría, que es un don superior y de incalculable valor.

En la Segunda lectura, tomada de Romanos 8, 28-30, San Pablo, que sufrió toda clase de pruebas, afirma que: «todo contribuye al bien, de los que aman a Dios, de los que él ha llamado, conforme a su designio». El camino que ha recorrido Jesucristo hasta su gloriosa exaltación, es el camino que hemos de recorrer quienes le seguimos. En ello queda reflejada también la transformación del mundo, en una palabra, la razón de la esperanza cristiana. El Apóstol recoge en este pequeño fragmento los pasos a seguir desde el proyecto inicial hasta la consecución de la gloria. A los que desde el principio destinó, también los llamó; a los que llamó, los puso en camino de salvación y a quienes puso en camino de salvación les comunicó la gloria. En definitiva, se afirma, que a pesar de los avatares y dificultades de la historia y del camino, el destino final es una realidad firme y segura.

El Evangelio, nos muestra la Realidad del Reino como un misterio que se revela con la llegada del Verbo Encarnado y que está dentro de nosotros (Lc 17,21). A partir, de ahí podemos adentrarnos en las parábolas que hoy nos muestra: Mat 13, 44-52, y que nos dan a entender una verdad siempre más elocuente que la intuición inmediata.

En el caso del tesoro escondido, se nos muestra que el Reino de Dios es algo de un valor incalculable y que exige ponerlo todo en venta, esto es, una decisión rápida, radical y confiada en la compra del campo.

El caso de la perla de gran valor, es semejante. Es necesario venderlo todo, en primer lugar, para después, disfrutar del valor admirable de la perla. Es excelente el don si se toma la decisión. Espléndido es el valor de la perla, pero exigentes son las condiciones. La tercera parábola, de la red, nos muestra el Reino en su sentido escatológico. Su consumación será al final de los tiempos, pero no por ello deja de ser actual y la humanidad, inmersa en el mar de la historia se salva por él. Entonces Dios nos llevará consigo para hacernos participes de sus esplendores y de su realeza, ciñéndonos su misma corona de gloria.

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