11 Domingo del T.O. Ciclo B

Dios es el gran protagonista de la historia. He ahí la gran lección que nos dan las lecturas de este Domingo.

La primera lectura es del profeta Ezequiel 17,22-24, se sitúa en el momento de la destrucción de Jerusalén y su posterior ministerio en Babilonia con los repatriados. En ella encontramos una promesa de futuro apoyada en la fidelidad, el poder y el amor de Dios, que a pesar del pecado es capaz de ofrecer al hombre un futuro diferente y nuevo. Su amor y su misericordia está por encima de todo. Este es el núcleo del texto, que se completa con la afirmación final: «y sabrán todos los árboles del bosque que yo el Señor, humillo al árbol elevado y exalto al árbol pequeño». Esto nos recuerda la imagen evangélica evocada por Lucas en el Magníficat, el cántico de María, del Dios que «derribó de sus tronos a los poderosos y ensalzó a los humildes» (Lc 1,52) o el dicho de Jesús: «el que se ensalza será humillado y el que se humilla será ensalzado» (Lc 14,11).

La segunda lectura es de 2ª Corintios 5,6-10. San Pablo, nos recuerda que la perspectiva del que ha optado por el seguimiento de Cristo está más allá de la dimensión terrena. De ahí que nuestro habitar en el cuerpo sea como si viviéramos en un exilio y lo que adquiere relevancia mientras tanto, es la fe y por tanto, la confianza, que nos lleva a esperar.

De ahí brota la necesidad de serle gratos, no tanto por nuestros méritos cuanto, porque hemos puesto nuestra vida bajo su mirada, esto es, actuar con fidelidad a su persona y a su Evangelio.

Por último, el comparecer ante el tribunal de Cristo, más que engendrar ansia o miedo, es la conclusión de una vida vivida en el abandono en Dios, sabiendo que el dictamen final de nuestra actuación está en manos de Jesús, juez universal.

El Evangelio es de Marcos 4,26-34, en donde reúne un grupo de parábolas que tienen como idea común el crecimiento. Hoy vemos la del grano que cae en tierra y la del grano de mostaza. Si Jesús, dijo que el Reino de Dios había llegado, estas parábolas nos indican que esta llegada es de forma germinal y está en desarrollo. La misma seguridad que tiene el labrador de que después de una larga espera recogerá su fruto, así ocurrirá con el Reino de Dios. No hay que precipitar la hora decisiva que con toda seguridad llegará, libremente, inevitablemente. Pero es Dios el que obra en la historia, a pesar de que las apariencias digan lo contrario. La realización de su Reino no depende de nuestra eficacia, ni de nuestros programas o de nuestras obras, sino de una escucha atenta de la Palabra de Dios y de la disponibilidad para dejarla crecer en nosotros. Nuestra actuación es necesaria, pero ésta no brota de nuestro deseo o de nuestras ganas, sino de nuestro mostrarnos disponibles con paciencia y humildad en orden a crear las condiciones para que la Palabra pueda dar su fruto.

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