El Bautismo del Señor

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Celebramos la fiesta del bautismo de Jesus por Juan en el Jordán y cabría preguntarse ¿por qué se acercó Jesus a recibirlo? Ciertamente no necesitaba el bautismo de Juan y su respuesta ante la extrañeza del mismo es: «Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere».

La primera lectura del Profeta Isaías 40,1-5.9-11 corresponde al primero de los cuatro cantos del siervo de Yave, en donde aparece un personaje misterioso: el ungido del Señor, que por sus rasgos, encarna al pueblo elegido o a algunos de sus personajes. El nuevo Testamento, verá en las características de este personaje, la historia y los acontecimientos trágicos de Jesús de Nazaret.

Este siervo elegido y preferido de Dios, es alguien que con la luz y la fuerza del Espíritu llevará adelante su misión, que no será fácil. Tendrá coraje en las pruebas y en los sufrimientos, que no le faltarán y tendrá como empuñadura las armas de la paz. Será sacerdote, profeta y rey. Como sacerdote, cumplirá su misión haciéndose alianza de un pueblo, como profeta, comunicará la voluntad de Dios y será luz de las naciones y como rey, está llamado a proclamar el derecho con firmeza y a establecer la justicia, es decir, la salvación, que viene de lo alto. Su objetivo es librar de todo mal al hombre en su ser más íntimo; hacer posible el bien común.

Necesitamos estas cualidades del Siervo para cumplir nuestra tarea de testigos que invitan a todos a participar de la salvación.

La segunda lectura, es de los Hechos de los apóstoles 10,34-38 y forma parte del discurso de Pedro en Cesarea, en casa de Cornelio, el cual se convierte y se bautiza, siendo así la primera conversión de un gentil al Evangelio, como fruto de la predicación de Jesucristo en la que enseña el apóstol, cómo su vida marcada por el Espíritu, que se pone de manifiesto en su bautismo en el Jordán, hace posible que la vida de todo cristiano desde su bautismo, realice la misión de ser como él para los demás y por los demás. Su pasar haciendo el bien y curando, es una característica del Siervo de Yavé y estamos todos llamados a realizarla con él y por él.

El Evangelio de Mateo 3,13-17 nos relata la escena del bautismo en el Jordán por obra del bautista. Con este gesto, Jesús, quiere mostrar su solidaridad con todos, cargando con nuestro pecado y manifestándose como siervo manso y humilde, que se entrega totalmente, tomando nuestra condición de debilidad humana.

La escena del bautismo, evidencia además algunos rasgos que muestran la participación del mundo celeste en lo humano, como es la donación del Espíritu. Pero esta donación en el caso de Jesús, no está relacionada con el bautismo, pues el bautismo de Juan no confiere el Espíritu, como si lo hace el bautismo cristiano. Tanto la apertura de los cielos como el don del Espíritu, indican que aquel que está al borde del Jordán, es el Mesías esperado, que viene como siervo y que lleva adelante el proyecto de Dios.

El bautismo de Juan no confiere el Espíritu. Solo lo confiere, el bautismo recibido de Jesús y administrado por la Iglesia, que nos incorpora a Cristo muerto y resucitado, nos confiere el perdón, la filiación y el Don del Espíritu. En una palabra: nos da la potestad  de ser Hijos queridos y amados.