5º Domingo de Cuaresma, Ciclo B

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El profeta Jeremías en la primera lectura (Jer 31,31-34) anuncia la nueva Alianza, que Dios quiere establecer con Israel. La nueva Alianza reemplaza a la antigua, porque había sido rota y porque Israel no la aceptó. Pero Dios sigue adelante con su plan de salvación, aunque con otra manera de llegar al corazón y conducirnos a la verdad y a la salvación. Implantando su voluntad en el mismo corazón. Este nuevo pacto ya no está formulado en normas impuestas desde fuera, sino basado en una unión íntima -esponsal- entre Dios y su pueblo. Esa es la característica de los tiempos nuevos, que llegan a su plenitud con Cristo, que declara realizada esta Alianza en la última cena y su pleno cumplimiento, cuando al expirar en la cruz entregue el Espíritu, que es principio de la nueva ley en el interior del creyente.

La segunda lectura de Hebreos 5,7-9, nos lleva a un momento de la vida de Jesús desconcertante y admirable a la vez: la oración en el huerto de los olivos. Allí Jesús sintió la profunda realidad humana de su encarnación real, autentica, con todas las consecuencias (menos la del pecado) pues el pecado no solo repugna a la persona divina de Jesús, sino que Jesús es el modelo humano ejemplar, y el pecado no es humano, ya que deshumaniza al hombre. El Sufrimiento de Jesus fue por tanto un sufrimiento fecundo, eso es lo que se desprende de la expresión: «a pesar de ser hijo, aprendió sufriendo a obedecer». Su padecer fue un padecer amoroso propio de un corazón nuevo, obediente y filial, como prometió Dios al profeta Jeremías. Si bien el pecado nos destruye y deshumaniza, el sufrimiento aceptado libre y generosamente nos curte y nos hace crecer.

El Evangelio es de Jn 12,20-23, se le conoce como el Getsemaní joaneo. En Juan se habla del prendimiento, pero no de la oración de Jesús ni del diálogo con los discípulos dormidos, que abandonaron al maestro en el momento culminante de su vida. Todo ello, acompañado de rasgos muy distintivos y singulares, de modo que, la muerte es fuente de vida, el grano de trigo que muere da mucho fruto y nadie vive verdaderamente si no acepta penetrar en este misterio del grano que muere, misterio vivido por él, antes que nadie.

«He venido para esta hora». Desde las bodas de Caná en donde Jesus responde a su madre: «mujer aun no ha llegado mi hora», todo apunta hacia un momento culminante en el que Dios se revelará plenamente en Jesús su Hijo y realizará su proyecto definitivo. Esa hora es el Exodo de Jesus a su Padre. Esto es, la muerte-glorificación, expresión suprema del amor del Padre y del poder salvador de Dios.  

Jesús, se siente conmovido con la perspectiva de lo que le espera, pero el centro de su ser permanece estable en su adhesión incondicional a la voluntad del Padre, que el vino a cumplir. Esta obediencia filial glorifica al Padre y realiza la salvación del mundo. Es la entrega total de si mismo, es la que le convierte en juez misericordioso y la que expulsa al príncipe de este mundo, que divide, miente y engaña, para así, inaugurar el Reino de Dios. Nos encontramos ante la hora decisiva de la Historia: la hora de su muerte de cruz. La Kénosis de la encarnación llegará a sus últimas consecuencias en la pasión y muerte de Jesús.  

ero. Un Dios que muere por amor. Solo así podremos vivir en la novedad que supuso aquel gesto y que puede regenerar nuestra vida, dando lugar a la emergencia del Reino de Dios que está en medio de nosotros.