30 Domingo del T.O. Ciclo C

Este Domingo se celebra el día del DOMUND. Es el día en que la Iglesia universal reza por los misioneros y misioneras y colabora con ellos en su labor evangelizadora desarrollada entre los más pobres. La Jornada Mundial de las Misiones, conocida como DOMUND, se celebra en todo el mundo el cuarto domingo de octubre. Es una llamada de atención sobre la común responsabilidad de todos los cristianos en la evangelización e invita a amar y apoyar la causa misionera.

La palabra de Dios insiste en este domingo en la importancia de la oración. Bien sabemos, que la oración está en la entraña de la acción misionera. La primera lectura del libro del eclesiástico 35, 12-14.16-18 insiste en que la oración llega más al corazón de Dios cuanto mayor es la situación de necesidad o de aflicción de quien la reza y el salmo insiste en que el Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. Si la oración es por tanto el grito del pobre y del oprimido, Dios es el que le hace justicia sin tardar.

Esta confianza en el Dios cercano que libera a sus amigos es la que invoca San Pablo en la segunda lectura de 2 Tim 4,6-8. 16-18 que al ver cercano el final hace un balance: “He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe” y en otro lugar: “pero el Señor me asistió y me dio fuerzas para que, por mi medio, se proclamara plenamente el mensaje y lo oyeran todos los gentiles”. (2tim 4,17) En este domingo misionero la palabra del apóstol cobra especial fuerza para todos nosotros.

El Evangelio de Lc 18,9-14 nos recuerda que, para subir al cielo, la oración debe brotar de un corazón, humilde, pobre, reconociéndonos pequeños y necesitados de salvación y de misericordia, reconociendo que todo procede de él y que solo con su gracia se realiza en nosotros dicha salvación.

De este modo es como podremos volver a casa, a nuestros quehaceres, más justos, justificados, esto es, más capaces de caminar por las sendas del Señor.

La oración del justo está pues en el corazón de la actividad misionera, por la que el mundo queda transfigurado por la fuerza de Jesucristo, que nos convoca a la mesa de su palabra y de su Eucaristía para gustar el don de su presencia y vivir unidos a él.

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