29 Domingo del T.O. Ciclo C

La Palabra de Dios este domingo, tiene como tema principal la oración, más aún, la necesidad de orar siempre sin desfallecer como nos decía el Evangelio de Lc 18,1,8.

A simple vista nos puede parecer un tema poco incisivo en medio de un mundo tan convulso, pero no cabe duda de que la fe es la fuerza que en silencio cambia el mundo y lo transforma en el reino de Dios y la oración es expresión de la fe.

Una fe que se basa en el amor a Dios, reconocido como Padre bueno y justo, da lugar a una oración perseverante, insistente, un grito que penetra en el corazón de Dios. De este modo es como la oración se convierte en la mayor fuerza de transformación del mundo

La oración es la que mantiene encendida la llama de la fe, pues como hemos escuchado Jesus preguntaba: ¿Cuándo venga el hijo del hombre, encontrará fe en la tierra?

Las lecturas que hemos escuchado nos presentan algunos modelos en los que podemos inspirarnos para fortalecer nuestra fe.

Uno es el de la viuda del evangelio, que nos hace pensar en tantas personas que se sienten impotentes ante al mal y se desalientan. Pero esta viuda con su tenacidad insistente consigue que el juez la escuche. La conclusión es: ¿Cómo podríais pensar que vuestro padre celestial, bueno, fiel y poderoso que solo desea el bien de sus hijos, no os haga justicia a su tiempo? La fe nos asegura que Dios escucha nuestra oración y nos ayuda en el momento oportuno, aunque la experiencia diaria parezca desmentir esto. Pero Dios no puede cambiar las cosas sin nuestra conversión y nuestra conversión comienza con el grito del alma que pide el perdón y la salvación.

La oración nos pone, por tanto, de parte del Señor en la lucha contra el mal y la injusticia mediante la no violencia, testimoniando así que la verdad del amor es más fuerte que el odio y la muerte.

La primera lectura de Ex 17,8-13, nos recuerda como las manos levantadas de Moises en oración, garantizaron la victoria de Israel. Estos brazos elevados de Moises nos hacen pensar en los de Jesús en la cruz con los que vence el mal, el pecado y la muerte. Brazos elevados que piden de nosotros un ofrecimiento continuo con un amor semejante al suyo.

La segunda lectura de Tim 3,14.16; 4,2 nos recuerda la necesidad de permanecer firmes en lo ya aprendido de manera que la perseverancia en la oración sea para nosotros, motivo de esperanza al afrontar cada día el buen combate de la fe.

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