27 Domingo del T.O. Ciclo C

La Palabra de Dios en este domingo nos muestra un fragmento del Evangelio de Lucas 17, 5-10, que habla del siervo inútil.  Una expresión tan escandalosa como provocadora porque un servicio auténtico y bien hecho, nunca es inútil. Entonces ser siervo inútil significa para Lucas, ser siervo por amor, en clara referencia a Jesús que se hizo siervo y se entregó por nosotros. En consecuencia, también se refiere al servicio sacerdotal. El siervo modesto es en definitiva, el que no trabaja por la recompensa y está libre de la esclavitud del resultado o de la gratificación personal, que esconde ese antiguo y siempre nuevo pecado de la soberbia.

La palabra griega usada por Lucas es: a-kreioi, que significa: no buscar ventajas, no esperar ganancia, ni reclamarla. Entonces el significado viene a ser: «cuando hemos hecho todo decimos: somos servidores sin pretensiones, sin exigencias».

San Agustín, lo expresa con gran sabiduría: «la verdad te hizo libre, ahora el amor te hace siervo» y Jesús dice a los discípulos: «yo estoy en medio de vosotros como el que sirve». El es el que se ha identificado con el siervo sufriente predicho por Isaías.
Este es el Siervo que ha elegido el sufrimiento, el medio más escandalosamente inútil, improductivo e ineficaz como es el dolor, para sanar nuestras heridas. De manera que
es del sufrimiento de donde deriva su grandeza. ¿Qué pasaría si nosotros entendiéramos el valor de este servicio y si nuestra sociedad de apariencia y consumo entendiera el valor de este servicio, que es el sufrimiento? seguramente, la historia cambiaría y ya no tendríamos necesidad de estar discutiendo a cerca de la eutanasia o el suicidio asistido, entre otras cosas, para centrarnos en el cuidado y la atención del que sufre.

Así podemos entender mejor lo que nos dice la primera lectura del profeta Habacuc 1,2ss; 2,2-4, mediante esa frase tan conocida y comentada: «El malvado sucumbirá, pero el justo vivirá por la fe», que como dicen algunos, resume la teología de la Alianza. No por nada ha pasado a la Carta a los hebreos 10,36.39; a Romanos 1,17 y a Gálatas 3,11, aplicada a la fe en Cristo Jesús, vencedor del mal, el pecado y la muerte.

El profeta, entiende la fe como un encuentro personal del hombre con Dios de quien se fía. Recuperar este sentido de la fe, que se encuentra presente a lo largo de todo el antiguo testamento, resulta siempre novedoso, esperanzador y capaz de dar sentido a toda la vida.

 La segunda lectura de 2 Timoteo 1, 6-8.13-14, nos muestra como los encargados de velar por la integridad de la fe de los seguidores de Jesús, deben estar siempre alerta y atentos ante las dificultades, máxime cuando están expuestos también a los peligros y por tanto deben reavivar la gracia recibida de manera constante y diligentemente. La fidelidad al Evangelio, comporta la fidelidad al tesoro recibido. Solo así seremos capaces de transmitirlo a los demás.     

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