21 Domingo del T.O. Ciclo C

¿Qué decir de la salvación? La pregunta que uno hace a Jesús, indica la relevancia de dicha cuestión: «Señor ¿son pocos los que se salvan?» Para nuestro sentido de responsabilidad resulta tan desastroso decir que van a salvarse todos, como saber que uno ya está condenado, pues tanto en un caso como en otro, no nos queda ningún margen de actuación.

Jesús, por ello, nos anuncia que la salvación se ofrece a todos, pero que esta oferta, puede ser rechazada por parte del hombre. Solo así podemos realmente comprometernos a trabajar con todas nuestras fuerzas, no solo por nuestra salvación, sino por la del mundo entero.

Una familia cristiana, una educación cristiana, serán siempre aspectos importantes a la hora de disponernos a aceptar la oferta, pero nada de todo ello, nos puede liberar de decidirnos por nosotros mismos, pues esta decisión por Cristo no solo es necesaria, sino que está en la raíz de nuestro deseo de salvación. Jesús nos previene de no hacerlo, de forma insistente: «hemos comido y bebido en tu presencia». A pesar de haber ido a misa todos los domingos o de haber realizado innumerables y esforzadas prácticas, Cristo nos responderá: «No os conozco. Apartaos de mi». Es decir, que solo si vivimos en Cristo y obedecemos sus mandatos, podremos, tener acceso a la salvación que procede de él, de modo que pueda: saciar nuestra sed, calmar nuestra hambre, mantenernos en su amor y así ya no tendremos necesidad de nada que no sea él.

La primera lectura, de Isaías 66,18-21, nos muestra cómo corresponde al proyecto de Dios creador y liberador, el querer hacer de todos los pueblos un solo pueblo, de todos los hombres una sola familia, y de todos los grupos una sola comunidad. Ello, en la medida en que reconocemos que el Señor es el único Dios y que es él quien puede llevar a buen puerto nuestros proyectos, anhelos y deseos, haciendo que todos converjan en una sola meta: la reunión de todos los pueblos de la tierra en una gran familia en la que se pueda vivir en paz y en prosperidad. Israel lo entendió desde la perspectiva de la reunión del Israel disperso y esta perspectiva, es la que curiosamente dio lugar a crear un muro de separación entre el pueblo de Dios y la gentilidad.

La segunda lectura de Hebreos 12,5-7.11-13, nos propone un método para entrar en la dinámica de la salvación, que consiste en la aceptación de la corrección por parte de Dios. En la vida del creyente, nada acontece por casualidad o por necesidad ,sino en virtud de una providencia divina que, aunque difícil a veces de identificar, está presente y activa en la historia. Esto no anula nuestra necesidad de conseguir certezas o de encontrar respuestas, pero solo a partir de la corrección y la prueba que Dios permite, podemos conseguir la salvación y la maduración en la fe. El resultado es que todo lo que constituye nuestra vida, adquiere significado y valor en la medida en que deriva de nuestra relación con Dios y conduce a él. Y Esta será en definitiva, la importancia y la alegría que tiene para nosotros el don de la fe.            

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