20 Domingo del T.O. Ciclo C

La vida cristiana puede ser imaginada muy bien como una carrera en la que todos participan, no por libre iniciativa, sino por haber sido llamados por el único Señor. Una carrera cuesta arriba, si queremos, precisamente porque se trata de seguir a Jesús, que sube hacia el calvario, cargado con el leño de la cruz.

La Primera lectura es de Jeremías 38,4-6.8-10 y nos cuenta las peripecias del profeta, que es declarado reo de muerte, ajusticiado y liberado. Todo esto nos muestra que en los asuntos humanos, la última palabra sólo corresponde a Dios, por lo que la tradición cristiana, le considera como figura e imagen del Jesús de la pasión.

La segunda lectura, es de Hebreos 12,1-4. Nos invita a fijarnos en Jesús cuando mantuvo su mirada sobre Jerusalén mientras subía hacia la ciudad santa, y así mantenernos fieles en nuestra lucha frente al pecado. Una lucha en la que «aún no hemos llegado a derramar sangre». Algo a lo que hemos de estar preparados, en la lucha contra el mal.

El Evangelio es de Lucas 12,49-57, nos sitúa ante la espera, que está caracterizada no solo por la vigilancia sino también por la importancia del momento presente, en el que hemos de discernir los signos de los tiempos. En este presente, Jesús da a los discípulos una nueva posibilidad de interpretar el sentido de su presencia en el mundo: su vida, muerte y resurrección, son la clave de comprensión no solo de nuestra historia personal, sino de la historia en su conjunto. El que muere ofreciendo su vida por los demás, es el que resucita, y nos introduce en la vida eterna. La lucha contra el mal, el pecado y la muerte ha sido y es dramática, pero si él ha vencido, nosotros también podemos vencer, no por nuestra propia fuerza, sino por la que él ha desplegado en nosotros por medio del Espíritu, que nos permite también dar la vida por los demás.

Ahora bien, en una misma familia puede haber miembros, que se deciden por el seguimiento y otros no. ¿Qué ocurre entonces? Que se produce una división, no querida directamente por Jesús sino como resultado de la opción tomada por el discípulo que decide seguirle. Es decir, que el seguimiento de Jesús provoca muchas oposiciones y no cabe duda que en el culmen de esta oposición, fue rechazado por su pueblo. Luego, es verdad que el que vino a establecer la definitiva paz entre los hombres, y entre Dios y los hombres, de hecho, lleva consigo la división; una división no querida pero inevitablemente producida.

La paz que Jesús anuncia es una paz que divide, que provoca divisiones entre unos grupos y otros, entre unas comunidades y otras, entre unos pueblos y otros, precisamente por la novedad que trae al mundo y por el escándalo de ese misterio pascual que, tanto para nosotros como para él, es finalmente el criterio único y definitivo de todo comportamiento humano.   

Se nos indica, de este modo, que Jesús es un valor absoluto que está incluso por encima de la sagrada institución de la familia. Esto no sólo sigue teniendo vigencia hoy, sino que puede llegar a plantear serias dificultades.

En definitiva, no es fácil vivir el seguimiento, tanto en el tiempo de Jesús, como también en el nuestro y seguramente en cualquier tiempo, pues como se nos en afirma en la carta a los hebreos 13,8: Jesucristo es el mismo, ayer y hoy y siempre.   

        

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