Fiesta del Corpus Christi

El día de Corpus Christi, nos centramos en la Eucaristía y afirmamos que es el centro de nuestra vida cristiana ¿Qué quiere decir esto?

En primer lugar, que la Eucaristía salva nuestro pasado, pues nos une a un hombre que pasó por en medio de la gente y anunció con obras y palabras la presencia de Dios en su tiempo y en todo tiempo. El pan y el vino consagrado nos hablan de una historia diferente, salvífica, que arranca del corazón de Dios, en la Trinidad de las personas divinas, de su amor.

Este pan y este vino consagrado no solo afectan a nuestro pasado, sino también a nuestro presente, puesto que en él vemos un amor que nos sostiene y que da fundamento a nuestra vida, haciendo posible el encuentro real con el Dios que es fuente de vida y de bendición en medio de nuestro vivir, esto es, de nuestro pan y vino cotidiano.

Este pan y este vino consagrado, es también pan del futuro, de manera que nuestro vivir cotidiano, ya no es algo que transcurre con angustia entre un nacimiento y una muerte; nuestra historia, ya no encuentra un cielo cerrado encima de ella.

El pan y vino consagrado aparece, así como el signo de una historia apasionante, que renueva, transforma y da sentido a nuestra propia historia, abriéndola a un futuro nuevo y esperanzador.

La primera lectura, de Génesis 14,18-20, nos habla del encuentro de Abrahán con Melquisedec, que le ofrece pan y vino, signos del culto y del alimento básico. Junto a ellos, las palabras de bendición a Dios y a Abrahán. La bendición dirigida a Dios es el reconocimiento de su grandeza y bondad, y la dirigida a Abrahán es la consolidación de la que recibió en el momento de la vocación. Todo ello nos habla de la Eucaristía, en cuanto que signo de la bendición de Dios hacia nosotros por medio de Jesucristo y de la acción de gracias que nosotros le tributamos a él por su presencia real entre nosotros.

La segunda lectura, de 1ª Corintios, 11,23-26 nos recuerda aquello que Jesús prometió a los discípulos antes de ascender al cielo: «sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20). Mientras aguardamos su retorno, esa espera está poblada por su compañía permanente. Y esto es lo que anunciamos cada vez que celebramos la Eucaristía: que la presencia en el pan y vino consagrado es Cristo mismo transformado y presencializado en el pan y el vino. Esto es algo que, perteneciendo al pasado, y que forma parte de una tradición recibida, da sentido al presente, abriéndolo a un futuro de plenitud felicidad y amor. Los que participamos de un mismo pan tenemos un mismo destino, convirtiéndonos así, en pan de vida y de esperanza para los demás.

El Evangelio, es de Lucas 9,11b-17 y nos muestra la multiplicación de los panes y de los peces. Un milagro que para muchos es anticipo de la Eucaristía, pues los gestos de Jesús sobre el pan evocan los de la última cena y, por otra parte, Lucas reconoce que la celebración del banquete fraterno empuja a compartir los bienes materiales del mismo modo que se comparten los espirituales, de manera que hoy como ayer, estamos llamados a seguir realizando signos convincentes de la fe que proclamamos. Es entonces, cuando el milagro se convierte en prueba de nuestra fe y en signo del mundo nuevo al que Dios nos llama por medio de Jesucristo, cuyo Santo Nombre invocamos continuamente.

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