4º Domingo de Pascua, Ciclo C

Decía Clemente de Alejandría que: «nosotros, que estamos enfermos, tenemos necesidad de salvador; perdidos, tenemos necesidad de guía; ciegos, necesitamos que nos lleve a la luz; sedientos, tenemos necesidad de la fuente de la vida; de la que quien bebe no vuelve a tener sed; muertos, tenemos necesidad de la vida, ovejas, del pastor; niños del pedagogo; en suma, toda nuestra naturaleza humana tiene necesidad de Jesús».

De esta necesidad brota la evangelización.

En la primera lectura de Hech 13,14. 43-52, hemos escuchado que Pablo y Bernabé se ponen en camino y emprenden el primer viaje misionero, el anuncio de la buena nueva comenzando por los judíos, pero, su rechazo, hace que se dirijan a los gentiles de manera que el plan de Dios no admite fronteras y su salvación es para todo el mundo. Cristo, es luz destinada a iluminar a todas las naciones y ha de ser llevado a todas partes por los predicadores del Evangelio. Acoger el Evangelio es acoger la alegría de la vida eterna y rechazarlo es quedar encerrado en unos estrechos horizontes, que no nos permiten estar abiertos a la novedad del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús muerto y resucitado, vencedor del pecado y de la muerte.

La segunda lectura de Apocalipsis 7,9.14-17, nos habla de un gran número de señalados, de las 12 tribus, que en realidad significa que todo el pueblo de Israel es invitado a participar del triunfo y de la gloria del Mesías, pero aquí se nos habla de una inmensa muchedumbre que nadie podía contar, lo que significa que Dios tiene un proyecto universal y amplio, ahora bien, como nos dice Jesús, es necesario vigilar y orar para no caer en la tentación de la apostasía, del abandono, de la renuncia, a seguir adelante el camino del Evangelio y asumido por todos en el bautismo. Así, vemos que el nuevo Éxodo, que había profetizado Isaías 49,10,: …«no pasarán hambre ni sed, no les hará daño el bochorno ni el sol; porque los conduce el compasivo y los guía a manantiales de agua», se ha cumplido en Jesucristo, que venido en carne, es el pastor de los redimidos para siempre y el que los conduce a la intimidad con el Padre, a la vida sin ocaso.

El Evangelio es de Jn 10, 27-3, en él, Jesús utiliza la imagen del buen pastor para indicar a la judíos quien es él. Pero presentarse como tal, equivale a presentarse como Mesías. El es pues,el buen pastor, que conoce y ama a sus ovejas y, por consiguiente, espera encontrar en las ovejas escucha, obediencia y seguimiento confiado. Jesús nos ofrece una salvación que es la posesión de la vida eterna, esto es la intimidad con el Padre, que es la alegría infinita. Esta vida, que es eterna comienza ya aquí, pues seguir al buen pastor y escuchar su palabra, es pasar de la muerte a la vida.

Jesucristo muerto y resucitado es en definitiva, el que que crea la comunión con el Padre y entre nosotros. La Eucaristía es signo de esa comunión que aunque en nosotros es todavía imperfecta, aspira a ser plena. El sigue actualizando su misión de buen pastor a través de sus pastores. Es por tanto necesario que los pastores traten de asemejarse al buen pastor de manera que todos puedan creer y tengan acceso a la salvación.

Es puro don el que en medio de todo lo que es pasajero, podamos reconocer la voz del buen pastor como la única que sabe dar palabras de vida eterna.

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