3º Domingo de Pascua Ciclo C

En la primera lectura de Hechos 5,27b-32.40b-41, se nos muestra el comienzo de la persecución para los que siguen a Jesús y ello les permite dar testimonio: «Dios lo ha exaltado a su derecha como príncipe y salvador, para dar a Israel la ocasión de arrepentirse y de alcanzar el perdón de los pecados. Nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha dado a los que le obedecen somos testigos de todo esto».

Es necesario dejar todo esto, bien claro, pues ya no hay vuelta atrás y por la resurrección, «Dios lo ha constituido en Príncipe», esto es, el que conduce a la vida y «Salvador», un título que el Antiguo Testamento lo reserva única y exclusivamente para Dios, por lo que el conflicto está servido, pues este es a quien «vosotros colgasteis de un madero», y una vez resucitado es el Señor. Y este conflicto es el que atraviesa la historia de ahora y de siempre, pues si Cristo resucitado es el Señor ya no hay otro. Los poderes de este mundo sean los que sean, se revelan ante esta situación y mientras, los apóstoles que continúan con la predicacion enmedio de esta situación, se presentan ante el pueblo y ante el mundo como testigos del Señor.

La segunda lectura, es de apocalipsis 5,11-14 y en ella aparece la alabanza del cordero. En Hebreo, una misma palabra: Talja, designa tanto «siervo» como «cordero», luego Cristo es el verdadero Cordero pascual y Siervo de Yaweh. El himno de alabanza, se inicia en el cielo, desciende sobre la tierra y vuelve a subir al cielo para concluir en el Amen de los cuatro vivientes, que simbolizan todas las realidades creadas. Cielo y tierra se encuentran, de este modo, unidos en un movimiento circular, mientras que Dios libérrimo en la oferta y en los medios, espera del hombre una respuesta adecuada bien sea que camine por la luz natural y la rectitud de su conciencia o por la luz del Evangelio. El misterio de la salvación, unido al misterio de la libertad humana, hace que libertad del hombre y la salvación de Dios vayan juntas y no se puedan separar.

El Evangelio es de Juan 21,1-19. Nos muestra ese momento de incertidumbre que viven los discípulos cuando Jesús resucitado desaparece de sus ojos. Lo que parece imponerse es volver a la vida de antes iluminada por la enseñanza de Jesús al que reconocen vivo y al que encuentran en el pan partido de la Eucaristía y en la obediencia a la Palabra que les permite realizar en este caso, una pesca superabundante. Todo esto nos indica que tan real fue la resurrección como real fue la muerte en cruz y por tanto, real es también la esperanza a la que Jesus nos llama.

En este contexto es donde Simón Pedro es afianzado en su misión. Si tres fueron las negaciones ahora son tres las llamadas a la disponibilidad total para servir a los demás hasta el don de la vida, pues el ejercicio de la autoridad en la Iglesia ha de estar dirigido por el amor y el ejercicio de este amor pastoral, solo es posible si se ha experimentado profundamente el amor de Dios revelado en la persona, la vida y la muerte de Jesús.

Al Igual que Pedro, también nosotros debemos dejarnos interpelar por la palabra de Cristo resucitado, que pone al descubierto nuestro pecado, nuestra fragilidad pasada y presente, aunque nos pide un consentimiento de amor.

Solo después de haberle reconocido a él y habernos reconocido a nosotros mismos bajo su luz, podremos ofrecerle nuestro amor sin engaño y con el deseo de amarle. Entonces nos confiará su tesoro: nuestros hermanos. El sufrimiento y la persecución estarán presentes, pero junto a ello, estará la alegría de poder realizarlo todo en su santo nombre.

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