Viernes Santo, Ciclo C

Si ayer terminábamos diciendo que la única manera de celebrar la pascua es poniéndonos al servicio los unos de los otros, hoy la primera lectura con la que abrimos esta celebración en el día de Viernes santo, comienza diciendo: «mi siervo va a prosperar, crecerá y llegará muy alto». Toda esta lectura que hemos escuchado de Isaías, es un canto al Siervo de Dios, al siervo de Yave, que vemos realizado en Cristo. Quien: “aunque rechazado y despreciado de los hombres, llevaba nuestros dolores y soportaba nuestros sufrimientos”. Y que después, de una vida de aflicción, “comprenderá que no ha sufrido en vano”. Y es que la vida del que se ha puesto al servicio de los demás, cargando con sus culpas, es una vida que tiene sentido. Si el castigo como sufrimiento purificador, presupone una culpa, aquí en cambio nos encontramos por primera vez, con algo distinto, y es el misterioso sufrimiento vicario. En el cual, uno sufre por los otros. El pecado es nuestro, pero quien sufre para expiarlo no somos nosotros, sino el Siervo inocente.

Aquí es donde nos encontramos cara a cara con la misericordia de Dios, aun velada en el Antiguo Testamento pero que ahora Cristo pone de manifiesto. ¡Feliz culpa que mereció tal redentor! diremos mañana en la Vigila pascual. También: ¡Oh que gran misterio el del amor de Dios, que para rescatar al esclavo ha entregado al Hijo!

A meditar esto nos lleva también la segunda lectura de la carta a la hebreos, pues Cristo como verdadero y único sacerdote, no es el que ofrece sacrificios sino el que se ofrece a si mismo en sacrificio, el que ha experimentado todo lo nuestro menos el pecado, y el que obedece a ese plan de Dios de salvarnos. En virtud de esa obediencia, contraria a la desobediencia de Adán, nosotros, quedamos justificados, salvados, perdonados y nacidos de nuevo, por medio del bautismo, como también celebraremos mañana en la Vigilia pascual.

La lectura de la pasión, que escuchamos en este día, nos pone por tanto ante esa hora de sufrimiento, pero también de gloria, pues si bien el odio del mundo condena a muerte de cruz a Jesús, en la cruz Dios manifiesta su amor infinito hacia todos nosotros y nos muestra su gloria. La gloria que perdimos por el pecado, pero que ahora Cristo nos ha recuperado.

Jesucristo como queda de manifiesto en el relato, es el “yo soy”, es decir el rey de un mundo nuevo que brota de su costado abierto, que dará lugar a la Iglesia esposa de Cristo, que como nueva Eva tendrá en María, su origen, su principio y su cuidado materno, que junto a los discípulos, representados por Juan, constituye el núcleo de la Iglesia naciente.

Como el Espíritu Santo había conducido a Jesús al desierto en el comienzo de su vida pública, así le impulsa con fuerza ahora hacia Jerusalén, hacia su hora, la hora del encuentro definitivo y de la manifestación definitiva del amor de Dios. El Espíritu Santo es ahora el que da a Jesus la fuerza en Getsemaní para adherirse a la voluntad del Padre y llegar así al final de su caminar, haciendo que esa hora de muerte se convierta en hora de máxima fecundidad.

Hermanas y hermanos, que en nuestros desiertos, en nuestras cruces, en nuestro caminar, experimentemos también nosotros, con Cristo, la fuerza de ese Espíritu que nos hace exclamar: ¡Abba Padre! Y también: “Que no sea lo que yo quiero sino lo que quieres tú» y podamos experimentar que por la cruz de Cristo y por la nuestra cruz, unida a la de Cristo, es como viene la salvación al mundo.

El mensaje de la cruz nos enseña que la fuerza se realiza en la debilidad, y que el amor siempre triunfa aunque parezca lo más débil.

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