Jueves Santo, Ciclo C

En un clima de amistad profunda y verdadera, Jesus quiere despedirse de los suyos y les abre su corazón de par en par. Muchas veces habría pensado en esta hora. Es la hora para la que había venido. Es la hora de darse, de entregarse, a los discípulos, a la humanidad, a la Iglesia. Estamos ante el final de su caminar entre nosotros y ante el comienzo de algo nuevo, e inusitado.

La primera lectura nos describía la última cena del pueblo en Egipto, la pascua, el paso del Señor. Esa ultima cena iba a suponer un terminar con todo lo viejo con la esclavitud y un abrir los brazos a la novedad de una nueva vida, marcada por la libertad por la presencia de Dios, por sus mandatos, en una palabra por la Alianza. En ella la sangre del cordero, ocupa un lugar importante, pues era la señal de pertenencia, de modo que la puerta marcada por la sangre del cordero no sería visitada por la muerte. Esa última cena en Egipto no solo seria algo que quedaría en la memoria, sino algo que se convierte en memorial, es decir en actualización de ese acontecimiento cada vez que se celebra. Hay un antes y un después. Ya nada será igual.

Pues bien, llegada la plenitud del tiempo, Jesucristo, ha llevado a cabo una nueva alianza, en la que la sangre del cordero es su propia sangre, derramada por todos, y con la cual quedamos libres de un esclavitud mucho mas grande que la de Egipto; la esclavitud del pecado que nos lleva a la muerte. Por este cuerpo de Cristo que se entrega y por esta sangre que se derrama, nosotros, recibimos el perdón y la misericordia de Dios. Sangre de la Alianza nueva y eterna, que se convierte también en memorial, es decir que no se renueva en el tiempo, sino que se nos hace presente, cada vez que lo celebramos, viendo en ello el amor del Padre.

Pero como veremos sobre todo mañana en la adoración de la cruz, Jesús, es el que se ha hecho siervo, y nos enseña a entrar también nosotros en la dinámica del servicio de los unos hacia los otros. Toda la vida de Jesús desde la encarnación hasta su entrega en la cruz, ha sido una kenosis, es decir un abajamiento y esto es lo que ha quedado significado en el gesto del lavatorio de los pies, con el que Juan evangelista, quiere mostrarnos todo el significado de su vivir y de su actuar. «¿comprendéis lo que acabo de hacer con vosotros? Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque efectivamente lo soy. Pues bien, si yo, que soy el maestro y el Señor, os he lavado los pies, vosotros debéis hacer lo mismo unos con otros. Os he dado ejemplo para que hagáis lo que yo he hecho con vosotros».

Debemos pues aprender de él. Aprender que la Eucaristía que Jesus instituye en el jueves Santo dejando a los apóstoles la potestad de celebrarla, es ante todo, acción gracias: gracias Señor por el don de tu cuerpo y de tu sangre, pero es también manera de vivir: entregando la vida por amor.

El rito del lavatorio de los pies que se reservaba a los esclavos, nos recuerda que el mandamiento del Señor debe llevarse a la práctica en el día a día: servirnos mutuamente con humildad.

La caridad, que hoy se nos invita a considerar, no es un sentimiento vago, ni una experiencia de la que podemos esperar grandes resultados, sino que es la voluntad de entregar nuestro cuerpo como Cristo se entrega en el suyo. Los casados, entregándose el uno al otro, el célibe, entregándose a los demás. Esto es mi cuerpo que se entrega por todos, esta es mi sangre derramada por muchos, diremos en la consagración.

Los casados deben enseñar a los célibes lo que significa amar de modo particular y los célibes deben enseñar a los casados a amar a todos. Dos formas de amar y de entregarse que no se excluyen sino que se complementan y que son necesarias para amar como Dios nos ama. Solo de este modo: siguiendo y acogiendo a Cristo, que se entrega totalmente por todos en la Eucaristía, como antesala de su entrega en la cruz, como veremos mañana, podremos participar en su memorial y podremos celebrar la pascua con él.

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