4º Domingo de Cuaresma, Ciclo C

El domingo cuarto de cuaresma nos llama a volver a casa.

La primera lectura de Josue 5,9a.10-12, nos muestra la llegada a la tierra prometida desde la dura esclavitud de Egipto. La celebración es al atardecer, en la llanura de Jericó. Es esta una noche solemne como la del comienzo del Éxodo. La liberación se ha dado y el pueblo deja de comer el mana y comienza a comer los frutos de la tierra. Ahora, ya quitado el oprobio de Egipto, Israel tiene la experiencia filial de llegar a casa.

En el Evangelio de Lucas 15 1-3.11-32, nos encontramos con la parábola del Hijo pródigo o mejor del padre de la misericordia. Lo primero que aparece es el contexto en el que se da: Jesús está rodeado por publicanos, pecadores y los fariseos y los maestros de la ley le echan en cara que anda y come con los pecadores, es decir, que tiene una comunión con ellos. Entonces Jesús les habla de la parábola del Hijo pródigo. Es una manera justa y adecuada de exponerles esto que están viviendo, es decir, la división entre los que se tiene por justos y los pecadores. Pues, los publicanos y los fariseos, se tiene por justos porque cumplen la ley, mientras que los pecadores no. Ese es el motivo de la división.

Jesús manifiesta, en cambio, que Dios en su misericordia nos ha puesto a todos bajo el pecado para que así, su misericordia se manifieste en todos.

Esta situación podemos vivirla de dos maneras, y que se corresponde con los dos hermanos: por un lado, el que se siente esclavo de un amo, y vive su esclavitud con rebelión o con sumisión sin amor o el que se siente amado y querido por el padre.

Lo que se pone de manifiesto tras la rebelión del hijo menor, que representa a los pecadores, es lo que hay en el corazón del hermano mayor que representa a los fariseos y a los maestros de la ley y lo que hay en el Padre. Esto es: un corazón rebosante de amor. De este modo, es como se cumple el objetivo: que todos se sientan reflejados en las palabras de Jesús, que es el que nos muestra el rostro amoroso del Padre, que cura las profundas heridas causadas por la rebelión y esta ternura se manifiesta en la invitación a la fiesta y a la comunión, que todavía no es plena ya que el hermano, aunque no se dice, todo a punta, a que se queda fuera de la fiesta y por tanto, no será plena hasta que participen todos en ella. Nos encontramos ante una imagen descriptiva de la humanidad desgarrada tal y como queda patentizado en la pasión de Cristo. Humanidad necesitada por tanto, de la reconciliación.

La segunda lectura de 2ª Corintios 5,17-21, nos habla en este sentido, de la necesidad del perdón, pues el género humano inmerso en el pecado, no podía volver a Dios con sus propios medios. Por eso en su amor sobreabundante, Dios nos envió a su unigénito para llevar a cabo la reconciliación, por su muerte y resurrección. De manera que una vez reconciliados por Cristo, hemos sido injertados en él y nos hemos convertido con él en cooperadores de la obra de la salvación. Pues si él se ha hecho solidario de nosotros ¿como no nos vamos a hacer nosotros solidarios con él? De este modo, Dios quiere exhortarnos a todos a dejarnos reconciliar, lo que exige una adhesión plena y libre a su voluntad. Y Una vez reconciliados por Cristo, ser nosotros embajadores de Cristo en la tarea de la reconciliación, sentirnos colaboradores suyos en hacer extensiva la reconciliación a todos y a todas, para así poder vivir el banquete de forma plena, total y definitiva.

Que podamos vivir con plena libertad esta misión.

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