5º Domingo T.O. Ciclo C

El domingo pasado escuchábamos la vocacion de Jeremías, este domingo escuchamos la vocación de Isaías, ( 6,1-2a.3-8). Tanto uno como otro, hacen referencia a la santidad y la gloria de Dios, que trasciende toda grandeza y poder humanos.

Ante esa grandeza de Dios, el profeta se siente indigno y pecador y ese es el momento en el que interviene Dios que le infunde una nueva vida al tocar sus labios. Entonces el profeta se declara dispuesto para la misión. Es la plena disponibilidad del que se deja invadir por un Dios que salva. El relato de la vocación profética, nos recuerda que toda llamada es un don gratuito de Dios y requiere la acogida responsable coherente y generosa por parte del hombre, y que todos nosotros, hemos sido llamados a realizar una misión en medio del mundo, como testigos del Dios fuerte y tres veces santo, lo cual es fuente de realización humana y cristiana.

La segunda lectura es de (1 Cor 15,1-11) En medio de los problemas y dudas que se dan en la comunidad, Pablo recuerda a los Corintios, el Evangelio anunciado, esto es, la buena nueva de la resurrección. Fueron muchos, y todos dignos de fe, los que constaron el sepulcro vacío y vieron resucitado al Señor. Entre ellos estoy también yo -afirma Pablo-, que por la gracia de Dios, soy lo que soy. Él, que se siente indigno de ser apóstol, ha encontrado en la fuerza del resucitado, la explicacion de su tarea apostólica y de la fe de todo cristiano, pues de lo contrario seríamos unos infelices y engañados. Pero Cristo, ha resucitado y sigue vivo, ese es el fundamento de la fe. Pablo recibió este contenido fundamental de la fe, en el momento de su conversión y junto a él, la gracia singular de contemplar a Cristo resucitado. Es necesario recordar y proclamar una y otra vez esto: que la meta de la humanidad no es la muerte, sino la vida gloriosa junto al Señor. La Iglesia, guiada por los apóstoles proclama esa misma verdad, que no solo da sentido a la vida presente, sino la esperanza en la vida futura.

El Evangelio es de Lc 5,1-11. y nos presenta la vocación de los discípulos, con esa nota final: dejándolo todo lo siguieron. Esto supone y significa el abandono radical por parte del discípulo en una decisión consciente y libre.Ahora bien, el relato pone de manifiesto también, que es la Palabra de Jesus la que ha llenado las redes y es la misma Palabra la que hace eficaz el trabajo apostólico. Los apóstoles, pese a que han estado faenando toda la noche y sin resultados, ahora lo hacen pero en el Nombre del Señor; he ahí la nueva manera de vivir y de afrontar las cosas. Entonces, el resultado cambia y ante ello, Pedro experimenta su propia flaqueza, su propio pecado: «apártate de mi Señor, que soy un pecador». Es la reacción ante lo que Dios es y hace, pero ahí interviene Jesús: «No temas: desde ahora serás pescador de hombres».

Debemos preguntarnos si nuestra vida cristiana y nuestro trabajo apostólico es consecuencia de habernos dejado fascinar como los discípulos y Pedro, por Jesucristo y por su Reino. Esta es la raíz de toda actividad eclesial, de lo contrario caemos en el activismo, en la búsqueda de nuestra propia satisfacción o en el exhibicionismo: un «pescar hombres» no para la vida en Cristo, para la resurrección, sino para nosotros, para la muerte.

Hemos de volver al contacto con él, para poder llevar a los demás el gran anuncio de la resurrección, que es la victoria de la vida sobre la muerte.

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