2º Domingo de Navidad

La personificación de la sabiduría en la primera lectura de Eclesiástico, 21.1-4-12-16, le da una serie de atributos como es el de colaborar junto al Creador, en la obra de la Creación. De esta forma, el que contempla la Creación, puede contemplar la Sabiduría en ella. La naturaleza, se convierte así en don y espejo de esta Sabiduría de Dios.
Esta Sabiduría, presente en la historia, se actualiza en Jesús. San Juan, cuando habla del «Verbo», tiene como trasfondo este texto que leemos hoy, y lo utiliza refiriéndose a la teología de la Palabra, en cuanto fuerza que crea, revelación que ilumina, persona que vivifica. Cristo es así, la Palabra última y definitiva de Dios, la auténtica sabiduría hecha visible. Esta sabiduría que ha echado raíces en Israel, lo hace ahora en la Iglesia y en los creyentes y podemos recurrir a ella en toda ocasión, sobre todo en las dificultades y complejidades de nuestra existencia.
La segunda lectura, es de Efesios 1,3-6.15-18, y nos presenta el plan de Dios manifestado en Cristo. En él, el Padre es la fuente, El Espíritu es la garantía de la herencia que se nos da y el Hijo, es el que todo lo cumple y lleva a cabo con la entrega de sí, hasta el don de la vida. El objetivo primero de este plan, es la salvación del hombre y el objetivo final es la gloria de Dios. Estamos por tanto, dentro de ese amor que envuelve al Padre, al Hijo y al Espíritu y es por la mediación eclesial por la que recibimos la filiación y el perdón de los pecados.
Nuestro Dios es un Dios de bendición y de paz. Tanto la Navidad como la Pascua son expresión de esa bendición sin medida. De ahí brota la acción de gracias por las maravillas que Dios ha hecho y sigue haciendo en nosotros.
El Evangelio es el mismo de Navidad: Juan 1,1-18. En él, destaca la presencia de Jesús Palabra y lo hace en tres momentos: Primero la preexistencia de la Palabra. Segundo: la venida histórica de las Palabra entre los hombres y finalmente: la Encarnación de la Palabra.
Esta Palabra que había entrado por primera vez en la historia humana con la Creación, viene ahora a morar entre los hombres con su presencia activa: «Y el Verbo se hace carne», es decir, se ha hecho hombre en la debilidad, fragilidad e impotencia del rostro de Jesús de Nazaret para mostrarnos así su infinito amor, que da cumplimiento a la obra que el Padre le ha confiado.
La cruz, se convierte así en la expresión máxima de un amor que supera la lógica humana y que cuando lo acogemos, nos transforma en Hijos queridos, que llaman a Dios Padre.    

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