Fiesta de la Sagrada Familia

El Evangelio que escuchamos en esta fiesta, de Lucas 2,41-52 nos puede llamar la atención por la respuesta de Jesus ante sus padres, que le buscan afanosamente en medio de una carrera de obstáculos y de contratiempos: «¿Por qué me buscáis? ¿No sabéis que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?», pero ello nos permite comprobar que es porque vive en familia y en obediencia a sus padres, como puede decir esto. Y es que estar centrados viviendo una vida en familia, es lo que nos lleva a abrirnos a Dios a conocerlo y a amarlo como lo primero y lo mas importante.

La familia,  no está en función de sí misma, ni gira en torno de sí misma, sino que nos guía y dirige hacia Dios para conocerlo y amarlo como lo primero y lo más importante. La vida familiar y la obediencia a los padres, cuando brota del amor de Dios, nos guía y nos dirige hacia Dios, nos mueve hacia él.

Jesús, creciendo obediente a sus padres, reconoce y renueva continuamente el misterio de unidad con su Padre y así es como nos muestra su verdadera humanidad a todos nosotros que aspiramos a vivir también una humanidad plena y auténtica.

María y José, en medio de su extrañeza, no dejaron de reconocer la grandeza de este misterio, que Jesus niño proclama y en el que nos enseña el secreto de lo humano. Y nosotros aprendemos a partir de todo esto, que ser cristiano, es ante todo, ser hijo de Dios; pertenecer a la familia de Dios.

El mayor don de Dios, nos dirá San Juan, es que seamos sus hijos: «mirad que magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de Dios» (1ª Jn 3,1-2). Realmente nos cuesta comprender a fondo la grandeza de este don, que nos llevará a la visión de Dios y que por tanto hemos de vivir con gran alegría.

Hoy, es un día adecuado, cuando ya hemos pasado la noche buena y vivido el día de Navidad, para  meditar  que por ser hijos, estamos llamados a ser como nos dice San Juan: «semejantes a él, porque le veremos tal cual es». Y todo esto no es obra de nuestro esfuerzo, sino fruto del amor gratuito que se nos ha manifestado en Cristo Jesús y en el que hemos de fundamentarnos día tras día con el uniforme de la misericordia entrañable, la humildad, la dulzura, la comprensión, como nos decía san Pablo en la segunda lectura de Colosenses 3,12-21. Uniforme, es lo que nos identifica, como personas singulares y bien definidas, y lo que incluye también en este caso, el perdón y la paz, es decir, el amor con el que Jesús nos ha amado, dando su vida por todos.

Fundados en este amor más grande de Dios por nosotros, manifestado en Cristo Jesús, es como podemos vivir una vida de familia, humana y fraterna. El respeto y la ternura hacia los padres, como nos recordaba la primera lectura del eclesiástico 3,37.14.17ª, será siempre el camino mejor y necesario para poder encontrarnos nos solo con los hermanos, sino también con Dios nuestro Padre.  

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