4º Domingo de Adviento, Ciclo C

En un tiempo difícil y complicado por la depravación de los dirigentes y por la amenaza de invasión por parte de Siria, el profeta Miqueas, 5,1-4 contemporáneo de Isaías, nos muestra en la primera lectura la necesidad de volver a los orígenes, a los comienzos, en definitiva, de volver a Dios. Y así anuncia que será Dios el que de a su pueblo un rey justo que provendrá no de Jerusalén, sino de la pequeña Belén, patria chica de David, recuperando así la humildad de los orígenes, en palabras textuales: «de los días remotos», cuando David, fue elegido el último, después de sus siete hermanos, que a los ojos de los hombres, parecían más adecuados que él. El profeta, nos indica, de este modo, que no habrá nuevo nacimiento, si no se comienza desde abajo, desde los últimos.

Este nuevo nacimiento, será el de un rey que gobernará con firmeza y a la vez con el cariño de un pastor que sigue a su propio rebaño, pero sobre todo, que actuará en nombre del Señor su Dios.

Esta profecía, la vemos cumplida en Jesús, verdadero pastor que se preocupa por su rebaño, disperso y agotado.

La segunda lectura de Hebreos 10,5-10, nos muestra el misterio de la encarnación en su sentido profundo, pues para santificarnos, Cristo no ofreció a Dios un sacrificio ritual como los ofrecidos en el templo, pues ahora, su cuerpo es el nuevo templo, no hecho por manos humanas en el que se realiza plena y cabalmente la voluntad de Dios de querernos salvar. Todo él, ha estado sujeto a la voluntad de Dios que es el bien integral de él y de todos los hombres y por él también nosotros entramos en obediencia a esa voluntad, como pedimos en el padre Nuestro.

El Evangelio de Lucas 1,39-48a, nos presenta en la visitación, la alegría de las dos madres y la de Juan, aun en el seno de Isabel. Con esa alegría manifiesta, se nos recuerda la alegría de David, que danzaba ante la llegada del arca de la alianza, signo de la presencia de Dios. Se nos dice, que saltó, ante María, que es el Arca de la Nueva Alianza, que lleva en su seno al Señor.

En la alegría de ambas madres y de Juan, descubrimos que Jesús es la fuente de la verdadera alegría, que nos muestra la verdad de lo que somos: Hijos de Dios, por él y con él. Concretamente en la alegría de María que glorifica al Señor, porque ha mirado la humildad de su sierva, vemos cumplido el plan de Dios, que anunciaba Miqueas y en el cual, los últimos están llamados a ser los primeros.

María es la que ha creído y creyendo ha comenzado a constatar cómo Dios es fiel en realizar su promesa. Igualmente nosotros, si no creemos, no experimentaremos nunca cómo el don de Dios misteriosamente se va formando en nosotros y en los demás, pues de hecho, tanto María como Isabel, saben dialogar sobre lo que Dios ha hecho en ellas. Ninguna de las dos habla de sí, sino de la otra, o de lo que Dios ha hecho en ellas, hasta llegar así, a la cumbre de la alabanza en el «magníficat».

Navidad, es dirigir la mirada hacia lo que Dios va realizando en nosotros y hacia los más pequeños que nos rodean cada día, es recibir al otro como un don y ser para el otro un don. Solo así podremos recibir la alegre noticia de la salvación.

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