3º Domingo de Adviento, Ciclo C

El tercer Domingo de Adviento, tradicionalmente se le conoce como el domingo de Gaudete, que se traduce por: ¡estad alegres! Se nos invita a estar alegres ante la venida del Señor. Una venida que estamos proclamando de manera especial en este tiempo de Adviento, cercana ya la Navidad y que hemos de tener y vivir como ya presente, cada día y en cada momento de nuestro caminar, como nos lo recordaba el profeta Sofonías 3,14-18 en la primera lectura al proclamar con fuerza: «¡Lanza gritos de gozo, hija de Sion…no tengas miedo…Yahveh tu Dios está en medio de ti!».

Realmente es una alegría afirmar esto, de modo, que no podemos estar tristes ni apesadumbrados, cuando el Señor viene a nosotros, en los momentos cruciales de nuestra historia. Por ello, no podemos menos que alegrarnos y transmitir esa alegría a los demás.

Este relato, por otra parte, nos recuerda la Anunciación, cuando el ángel dice a María: «alégrate el Señor está contigo». Y es que Dios no nos deja, ni en el sufrimiento ni en la muerte, sino que está cerca y viene. En un tiempo de incertezas y de calamidades, de infecciones y contagios, dejémonos contagiar por la buena noticia, pues como nos seguía recordando el profeta: «Dios se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en día de fiesta».

La segunda lectura, de Filipenses 4,4-7 insiste también en el mismo mensaje: «estad siempre alegres en el Señor: os lo repito, estad alegres…el Señor está cerca». Y es que Dios no olvida ese proyecto de felicidad para el hombre, que el Génesis recoge en el relato del paraíso y que Pablo nos recuerda estando en una lóbrega e inmunda cárcel, donde se encontraba, al confirmar a los filipenses en la alegre esperanza cristiana, la vida eterna a la que Dios nos ha destinado por medio de Jesucristo: «Estad alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres».  Esta alegría es lo que da sentido a nuestra vida, sometida tantas veces a la limitación y a la debilidad. Qué bien resuena aquí la frase de Santa Teresa: «Nada te turbe, nada te espante» a la que podemos unir la de Pablo: «Que la paz de Dios custodie vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». De este modo, es como en la moderación y en la sencillez de una vida en paz, encontramos ya esa plenitud alegre y gozosa a la que el Señor nos llama.

El Evangelio de Lucas 3,10-18, nos sitúa ante la predicación de Juan el bautista en donde se destaca ese hablar de Jesús como el Mesías, el que ha de venir, el más fuerte. Esto nos recuerda que necesitamos cambiar, convertirnos, no hacer extorsión, ni crear escándalos. Una hermosa lección para nosotros y para nuestras relaciones sociales en las que el otro, se convierte en alguien importante, e incluso, superior a mí, pues en él descubro al Señor que viene y está ya presente.

En consonancia con lo que le preguntaban a Juan, hoy también nosotros nos preguntamos: ¿Qué hemos de hacer para que el Señor nazca en nuestros corazones? Sea como sea, una cosa está clara: en un mundo tentado por la ansiedad, la amargura y la carencia de felicidad, los cristianos, podemos vivir contentos, pues sabemos que Dios está en medio de la historia y la dirige tanto en el plano personal, como en el plano social y universal.

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