Domingo 32 T.O. CicloB

Las dos viudas, tanto la de la primera lectura del libro de los reyes, 17,10-16, que se fía de la Palabra del profeta, que le predice una intervención prodigiosa del Señor y es capaz de renunciar a lo que le aseguraría la supervivencia para este día, como la viuda del Evangelio de Marcos 12,38-44. que ofrece dos monedas de muy poco valor en el cofre del templo, nos enseñan a no tener miedo de ofrecer a Dios todo lo que tenemos y somos, es decir, a consagrarle nuestra vida de manera, que si hacemos suyo lo que es nuestro, será después tarea suya, la preocupación por lo nuestro.

Creer en Dios, significa creer que Dios es Dios y fiarse por eso de él, abandonarse en él, sin cálculos ni preocupaciones por el mañana.

A nosotros, esto nos puede parecer, una imprudencia temeraria, pero en cambio no lo es para los que no tienen ninguna seguridad a la hora de hacer frente al hoy ni al mañana.  Tal vez por ello, debamos aprender de ellos a vivir la fe y esto es lo que propone Jesús a los discípulos, que vivan bajo la lógica de la fe, como la pobre viuda.

Mi familia, mi trabajo, mis pocos o muchos recursos de todo tipo, pueden ser sometidos a la lógica de la fe y ser confiados y entregados por completo al Señor, pero esto no consiste en despreocuparnos, ni en un mero sentimiento fugaz, sino más bien, en no poner nuestra vida en ellos, es decir, tratarlos como nuestros y administrarlos como nuestros, y con un corazón conforme al nuestro, pero sin ser nuestros, ya que los hemos puesto en las manos de Dios, y en el tesoro de la comunión de los santos, de manera que Dios pueda disponer de nuestra vida para bien de sus hijos y de un mayor beneficio también para nosotros. Incluso todo eso que tenemos como más nuestro: la pobreza existencial, el pecado, también lo ofrecemos, sabiendo que el Señor, ha venido para tomarlo sobre sí y transformarlo en sacrificio de amor. Así nos lo recordaba la segunda lectura de Hebreos 9,24-28. «Cristo se ofreció una sola vez para tomar sobre si los pecados de la multitud, pero aparecerá por segunda vez ya sin relación al pecado, para dar la salvación a los que le esperan». Él es el sacerdote de la nueva alianza, el siervo de Yaveh, que no solo perdona, sino que destruye el pecado con su sacrificio y así es como nos trae la salvación. En el somos reconstruidos, liberados, salvados.

Si ponemos nuestra vida en sus manos, como la pobre viuda, sentiremos la alegría de vivir de él, por él y en él.

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