Domingo 26 T.O. Ciclo B

En el Antiguo Testamento, el Espíritu es un don que reciben algunos encargados de una misión pública y para un tiempo solamente. La promesa de una donación del Espíritu en plenitud, que es el deseo de Moisés, se cumplirá en el Nuevo Testamento y en la Iglesia, en la que todos los bautizados son sacerdotes, profetas y reyes. El Espíritu es un don que no está sometido a condicionamientos humanos. Dios, Señor de la historia actúa con soberana libertad, pero a favor de su pueblo y de los hombres. Este es el mensaje de la primera lectura del libro de los Números 11,25-29. La institución acoge el carisma, pero no lo puede encorsetar, de manera que los que no estaban presentes, aunque pertenecían al grupo, también reciben el Espíritu. Dios hoy, puede actuar también desbordando toda institución.

En este sentido, el Evangelio de Marcos 9,37-42.44.46-47 nos dirá que no están en comunión con Jesús sólo los que son oficialmente de los suyos. Jesús no es propiedad de nadie en particular y hay personas que, aunque no se consideren discípulos de Jesús, no son de hecho, contrarios a él. La frase: «el que no está contra nosotros está a favor nuestro», nos invita a contemplar la vida real, con sus dramas, de manera positiva y respetuosa con todos, pues todo el que busca el bien, la honradez, la justicia, la verdad y el respeto al hombre, está ya en el reino de Jesús, está con y cerca de él. Es importante no perder de vista este talante conciliador e integrador de Jesús, del cual estamos tan necesitados para llevar adelante la Misión que él nos ha encomendado. El radicalismo, el exclusivismo, no caben en el proyecto de Jesús, pero él mismo nos invita a la radicalidad de su seguimiento, lo cual nos indica que su Reino y los valores del Reino son un don y una necesidad universal y para todos. Mención especial, en este sentido, es la que se hace de los débiles en la fe, a ellos no se les puede escandalizar de ninguna manera y sería mejor perder algún miembro, es decir, algo que es muy importante para nosotros, antes que poderlo hacer.

Todo esto es lo que nos recuerda la segunda lectura del Apóstol Santiago 5,1-6, que los bienes de este mundo, no solo los materiales, sino los culturales, técnicos y espirituales no pueden estar en manos de unos pocos, sino que tienen una función y un destino universal. De manera que cuando esto no ocurre, es Dios mismo el que escucha los gritos del pobre, si es retenido su salario o como también, comprobamos en Jesús, que se ha hecho pobre por nosotros, y en quien vemos al justo que pone su confianza enteramente en el Señor que «escucha su grito y lo salva».

Así es como hemos de construir el Reino en la etapa presente en el ahora, por medio de la comunión sincera, el compartir real y la solidaridad respetuosa con todos, y vamos preparando así, su llegada definitiva y plena.

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